La Mejor Amiga de Mi Hija Me Desea en la Boda

En la boda de su hija, la amiga negra de 22 años se moja por la polla latina de Carlos y lo arrastra a follar como animales en un cuarto de servicio.

6 min read August 13, 2026New

El salón de la finca brillaba con cientos de luces cálidas. Cristalería, flores blancas y el rumor constante de la orquesta llenaban el aire. Carlos, de pie junto a una de las mesas redondas, ajustaba la solapa de su esmoquin oscuro. A sus cuarenta y ocho años el arquitecto se sentía bien: piel morena de sol, hombros anchos de quien todavía subía andamios de vez en cuando, vientre firme. Acababa de ver a su hija casarse. El pecho le latía con un orgullo sereno… hasta que la vio a ella.

Ana cruzó el salón como si el vestido dorado se le hubiera pegado a la piel. Veintidós años, curvas explosivas, pechos abundantes que el escote no intentaba disimular, caderas anchas y ese culo redondo y alto que se movía con cada paso. Piel negra luminosa bajo las luces. Cuando se acercó a felicitarlo, el perfume dulce y cálido la precedió.

—Señor Carlos… —su voz era baja, casi ronca—. Qué guapo está el papá de mi amiga esta noche.

Él sonrió, educado, y le dio dos besos. Ella se demoró un segundo de más en la mejilla. Más tarde, en la pista, la orquesta puso algo lento. Ana apareció a su lado sin pedir permiso. Se pegó. El pecho suave contra su pecho. La mano en su hombro. Y entonces el roce deliberado: su culo duro y carnoso rozando exactamente la entrepierna de él mientras se movían. Carlos sintió la sangre bajar de golpe.

Ella se estiró, labios casi en su oreja.

—Llevo meses mojándome pensando en ti —susurró—. En ese cuerpo fuerte y moreno. En la polla del papá de mi amiga. Me corro con los dedos imaginando cómo me la meterías entera.

Carlos tragó saliva. La mano le bajó sola hasta la curva de esa cintura.

—Ana… esto no—

—Sí. Esto sí —replicó ella, frotándose un poco más, sintiendo cómo él empezaba a endurecerse contra su culo—. Dime que no te gusta y me voy. Pero tu polla ya me está diciendo otra cosa.

La tensión se volvió espesa. Él la miró a los ojos: hambre abierta, sin vergüenza. Ella sonrió y lo tomó de la mano.

Lo arrastró fuera de la pista, por un pasillo lateral poco iluminado, lejos del bullicio. Lo empujó contra la pared. El vestido se le subió un poco al mover las caderas.

—Me mojo solo de imaginar tu polla latina abriéndome —confesó sin bajar la voz—. Quiero que me destrocéis el coño. Quiero sentir esa verga morena gruesa abriéndome las paredes. ¿Me oyes? Me tiene loca la idea de follarme al padre de mi mejor amiga en su propia boda.

Carlos ya no pensaba en educaciones. La agarró por la nuca y la besó con fuerza, lengua profunda, dientes rozando labio. Su mano derecha bajó, levantó la tela del vestido y encontró la braga empapada. Los dedos se deslizaron bajo la tela húmeda y tocó ese coño caliente, hinchado, resbaladizo. Ana gimió en su boca.

—Estás chorreando —murmuró él contra sus labios—. Qué puta más descarada.

—Tu puta esta noche —respondió ella, frotándose contra sus dedos—. Mételos. Comprueba cómo te deseo.

Le metió dos dedos de una vez. El coño de Ana los chupó con avidez. Ella abrió más las piernas en el pasillo oscuro y jadeó.

—Esta misma noche, Carlos. Quiero que me folles como un animal. Quiero tu leche latina dentro.

—Vas a tenerla —gruñó él, sacando los dedos brillantes y llevándoselos a la boca para saborearla—. Ahora.

Encontraron el cuarto de servicio al fondo: estanterías de mantelería, una mesa metálica, luz floja de un fluorescente. Carlos cerró con pestillo. Ana ya estaba de rodillas antes de que él terminara de bajar la cremallera.

La polla de Carlos saltó gruesa, morena, venas marcadas, la cabeza ya brillante de precum. Ana abrió la boca con un gemido de hambre y se la tragó. Labios estirados alrededor del grosor, lengua plana debajo, bajando centímetro a centímetro hasta que la cabeza golpeó su garganta. Se atragantó un poco, saliva espesa corriendo por la comisura, y aun así empujó más. Carlos le agarró el pelo rizado con ambas manos y empezó a follarle la boca con embestidas cortas y profundas.

—Eso… trágatela toda, negra preciosa. Qué bien chupas esa verga latina.

Ana bababa, ojos llorosos de esfuerzo, manos en sus muslos. Cada vez que él tocaba fondo ella se apretaba las tetas por encima del vestido y gemía alrededor de la polla. Lo chupó con ansia voraz, ruidos obscenos, saliva por la barbilla, hasta que Carlos la apartó jadeando.

—Contra la pared. Ahora.

La levantó como si no pesara. El vestido subido hasta la cintura, bragas rotas de un tirón. Ana abrió las piernas y se apoyó en la pared fría. Carlos alineó la cabeza gruesa contra ese coño negro hinchado y empujó de un solo tajo. Ella gritó, agudo, placentero.

—¡Joder… qué gruesa… me está abriendo todita!

La folló de pie, embestidas brutales, manos bajo sus muslos sosteniéndola. El sonido húmedo de piel contra piel llenó el cuarto. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Ana. Él le mordió el cuello, le habló sucio al oído.

—Tu coñito negro está tragándome entero. Escúchate… qué puta más mojada.

—Más duro… dest humíllame la vagina con esa polla de papá…

La bajó solo para tumbarla de espaldas sobre la mesa de servicio. Manteles cayeron al suelo. Carlos le abrió las piernas al máximo, le puso los talones en sus hombros y la penetró en misionero profundo, hasta el fondo, choque de pelvis. Ana se arqueó, uñas en sus antebrazos, gritando sin cuidado.

—Ahí… ahí… me estás tocando el útero, cabrón… no pares…

Él la miraba: labios hinchados, pechos saltando, coño negro estirado alrededor de su verga morena brillando de jugos. La folló sin piedad, profundo y constante, hasta que ella empezó a temblar.

—Me voy a correr… Carlos… me corro en tu polla…

—Córrete. Quiero sentir cómo me aprietas.

Ana se vino con un grito largo, paredes contrayéndose en espasmos, líquidos chorreando por el culo de Carlos. Él no paró. La hizo darse la vuelta y la montó al revés: Ana encima, vaquera salvaje, rodillas a ambos lados de sus caderas sobre la mesa. Ella se impaló sola, bajando hasta que los huevos le tocaron el culo, y empezó a rebotar como loca. Tetas libres ya del escote, pezones duros. Carlos le azotó las nalgas negras con la palma abierta: un chasquido seco, otro, la carne temblando.

—¡Más! ¡Azótame el culo y lléname! Quiero tu leche latina dentro… toda… márcame…

Él le agarró las caderas y la embistió hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El ritmo se volvió animal, desesperado. Ana se corrió otra vez, gritando “leche… dame esa leche…”, y Carlos la siguió: un gruñido profundo, polla palpitando, chorros espesos disparándose dentro del coño caliente. Se vació completo, embestida tras embestida, hasta que el semen empezó a salir por los bordes y a resbalar por los muslos negros de ella.

Se quedaron temblando. Ana, todavía ensartada, se inclinó y le dio un beso profundo, lento, saboreando la sal de los dos. Se levantó con cuidado. El semen le chorreaba en hilos blancos y densos por el interior de los muslos. Se limpió un poco con un mantel limpio que había por ahí, se subió lo que quedaba de las bragas rotas y se acomodó el vestido. Se acercó a su oído.

—Esto solo es el principio de nuestros encuentros secretos —susurró, voz ronca de tanto gritar—. La próxima vez quiero que me la metas por el culo también. Y quiero chupártela debajo de la mesa mientras comes con tu familia.

Carlos sonrió, todavía con el pecho agitado, ajustándose la camisa y la cremallera. El olor a sexo llenaba el cuarto pequeño.

—Cuando quieras escaparnos otra vez, me avisas. Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho en la fiesta de tu amiga.

Se besaron una vez más, sucio y lento. Ana le limpió un resto de pintalabios de la comisura con el pulgar. Estaban a punto de descorrer el pestillo y volver al salón como si nada hubiera pasado, el cuerpo todavía zumbando, la promesa caliente entre los dos—

Cuando el pomo giró desde fuera con fuerza y la puerta se abrió de golpe.

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