Karaoke Privado con su Madrastra
En un karaoke privado su madrastra confiesa su deseo prohibido y lo cabalga con lujuria.
La habitación de karaoke olía a alcohol barato y a la colonia que mi padre le había regalado el último cumpleaños. Yo, Nikolai, acababa de cumplir veintidós y mi madrastra Tamara había insistido en que saliéramos solos “para celebrar como Dios manda”. Cuarenta y un años, cuerpo voluptuoso metido en un vestido negro que parecía pintado sobre ella: pechos pesados, cintura aún estrecha, caderas anchas que se movían cada vez que cruzaba las piernas. Casada con mi padre. Tabú absoluto. Y yo no podía dejar de mirarla.
Tomé el micrófono con manos sudorosas. Empezamos con baladas lentas, de esas que hablan de amores prohibidos sin decirlo del todo. La luz roja de la cabina le dibujaba sombras en el escote. Cada vez que cantaba, su mirada se clavaba en la mía un segundo de más. Cuando se acabó la canción, se acercó, me rozó el hombro y susurró tan bajito que casi lo confundo con el eco del altavoz:
—Siempre he fantaseado contigo, Nikolai. Desde que te vi hecho un hombre. Es un secreto que destruiría mi matrimonio si alguien se enterara… y aun así no puedo dejar de pensarlo.
Me tembló la polla dentro de los pantalones. Tragué saliva. Ella lo sabía. Yo también.
La tensión se puso espesa. Tamara eligió una canción cargada de erotismo, de esas que hablan de sudor y sábanas. Se levantó y empezó a bailar frente a mí, lenta, provocativa. Se acercó hasta rozarme los pechos contra el pecho. Sentí la suavidad de la tela y debajo la dureza de sus pezones. Agarré su cintura con las dos manos, tirando de ella contra mi erección ya evidente.
—Esto es una locura —dije contra su oreja—. Eres la mujer de mi padre.
—Y aun así te quiero dentro —susurró ella, sin dejar de mover las caderas—. Aunque sea una puta locura. Aunque nos condene. Dímelo tú también. Di que me deseas.
—Te deseo, Tamara. Te deseo tanto que me duele.
El beso que siguió fue un choque. Lenguas, dientes, saliva. Rompimos todas las barreras de un solo golpe. Ella gimió en mi boca cuando le apreté el culo con fuerza. El micrófono cayó al suelo. Nadie podía oírnos. Nadie debía.
Tamara se arrodilló entre mis piernas en el sofá de cuero. Me abrió el pantalón con prisa, sacó mi polla gruesa y ya chorreante y la miró un segundo como si fuera un premio prohibido. Luego la engulló hasta el fondo. La sentí caliente, húmeda, voraz. Me miraba a los ojos mientras tragaba, las mejillas hundidas, la saliva corriendo por la base. Chupaba con hambre de años guardados. Yo le sujetaba el pelo rubio oscuro y empujaba despacio hacia su garganta. Ella no se quejaba; al contrario, gemía alrededor de mi verga como si el sonido mismo fuera un orgasmo.
—Joder, madrastra… así, trágatela entera —jadeé.
Cuando la sacó de la boca, un hilo de saliva unió sus labios a mi glande. Se levantó, se subió la falda hasta la cintura —no llevaba bragas— y se montó a horcajadas sobre mí. Su coño estaba empapado. Se guió con la mano y se hundió de un solo movimiento. Los dos gemimos. Estaba apretada, caliente, perfecta. Empezó a cabalgarme salvajemente, subiendo y bajando, la falda arremangada, los pechos rebotando. Yo le abrí el escote, saqué esas tetas pesadas y se las apreté, chupé los pezones duros mientras ella rebotaba. Cada bajada hacía un sonido húmedo obsceno. Le di una nalgada fuerte en el culo; el ruido resonó en la cabina. Ella gritó de gusto y apretó más fuerte alrededor de mi polla.
—Más duro —pidió—. Fóllame como si no fueras mi hijastro. Como si fueras cualquier desconocido que me arranca la ropa.
La agarré de las caderas, la levanté y la puse a cuatro patas en el sofá. Me coloqué detrás, le aparté las nalgas y volví a clavármela de un embate. La follé con fuerza, profundo, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más. Yo le agarraba el pelo y le hablaba al oído:
—Se siente tan jodidamente prohibido follar a mi madrastra… tu coño me está chupando la polla como si me hubiera esperado años.
—Porque te esperé —gimió ella—. Cada noche en la cama con tu padre pensaba en esto. En que me destrozaras así. Nikolai… no pares.
La follé hasta que tembló, hasta que su coño se contrajo en oleadas y mojó mis huevos. Yo no aguanté más. Me corrí dentro, a chorros, llenándola mientras ella seguía retorciéndose. Seguimos unidos un rato, jadeando, sudorosos. Ella todavía sentada sobre mi polla palpitante, ahora ablandándose poco a poco. Me besó con una ternura extraña, casi maternal, y murmuró:
—Esto será nuestro secreto más caliente. Buscaremos más noches de karaoke privado. Nadie tiene por qué saberlo. Solo tú y yo.
Nos arreglamos la ropa en silencio. Ella se limpió entre las piernas con una servilleta, se alisó el vestido, se pintó de nuevo los labios. Yo me abroché el pantalón con dedos torpes. La canción de fondo se había acabado hacía rato; solo quedaba el zumbido del aire acondicionado.
Salimos de la cabina. En el pasillo del local ella me sonrió como si nada hubiera pasado, la misma sonrisa de madrastra educada que usaba en las cenas familiares. Yo asentí, fingí normalidad. Pero mientras caminábamos hacia el coche, algo se me enredó en el pecho. El semen todavía me goteaba un poco, el olor de ella me impregnaba la piel, y de pronto la euforia se me convirtió en un nudo frío. Miré su alianza de matrimonio brillando bajo la luz del parking y pensé en mi padre esperándonos en casa, preguntando cómo había ido la celebración. Tamara hablaba de la próxima vez, de otro karaoke, de otro secreto. Yo asentía, pero por dentro ya no estaba seguro. ¿Habíamos cruzado una línea que no se puede descruzar? ¿Qué pasaría la mañana siguiente, cuando ella le diera los buenos días a él con la misma boca que me había chupado la polla? El placer todavía me zumbaba en las venas, pero debajo había una duda densa, amarga, que no se iba por mucho que intentara ahogarla. Habíamos follado. Había sido brutal y perfecto. Y aun así, mientras cerraba la puerta del copiloto y ella arrancaba el motor, solo pude pensar que tal vez el arrepentimiento ya había empezado a crecer en silencio, exactamente en el mismo sitio donde minutos antes solo había lujuria.
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