Ritmo Prohibido: Nuestra Amistad se Rompe con Anal

Bianca, de 28 años, y su amigo Franklin, de 30, rompen su amistad con un intenso polvo anal consentido y adictivo.

26 min read September 22, 2026New

Bianca tenía veintiocho años y el cuerpo de quien pasaba horas delante del ordenador diseñando logos y carteles, compensado después con estiramientos lentos que le habían dejado unas caderas anchas, un pecho generoso y un culo redondo que Franklin conocía de vista, de abrazos de amigo, de miradas demasiado largas. Él, a los treinta, entrenaba cuerpos ajenos en el gimnasio del barrio y el suyo propio se notaba en los hombros anchos, en los brazos fuertes y en esa forma de ocupar el sofá como si fuera suyo. Llevaban años siendo inseparables. Llevaban años fingiendo que la electricidad que saltaba entre ellos era solo costumbre.

Esa noche el apartamento de Bianca olía a palomitas y a la colonia barata que ella se echaba en la muñeca. La película era una comedia romántica cualquiera hasta que la trama dio un giro y la pantalla se llenó de una pareja en la cama, ella de rodillas, él empujando despacio dentro de su culo mientras ella gemía con la cara contra la almohada. Ninguno de los dos apartó la vista. El silencio se espesó.

—Hostia… —murmuró Franklin, la voz más grave de lo normal.

Bianca notó cómo se le humedecía la entrepierna sin haber tocado nada. Giró la cabeza. Él la miraba a ella, no a la tele.

—¿Tú… alguna vez has pensado en eso? —preguntó ella, y el corazón le golpeaba la garganta.

—Contigo —respondió él sin rodeos—. Solo contigo. Llevo años imaginándome abriéndote así. Despacio. Hasta el fondo. Y tú gritando mi nombre.

Ella soltó una risa nerviosa que se quebró en deseo.

—Yo también. Me toco pensando en tu polla en mi culo. En que seas el primero. En que me la destroces bien rico y después me la vuelvas a meter. Quiero cruzar esa línea contigo. Ahora. Si tú también quieres… de verdad.

—Lo quiero. Claro y alto. Quiero follarte el culo hasta que no puedas caminar derecho y después volver a empezar. ¿Estás segura, Bianca?

—Más que nunca. Quiero que me lo hagas. Consensuado, sucio y adictivo. Nuestra amistad se va a romper de la mejor manera posible.

Se inclinó sobre el sofá y lo besó como quien lleva años aguantando. La lengua de Franklin entró en su boca con hambre, mordiéndole el labio inferior, chupándole la lengua. Bianca se subió a su regazo sin dejar de besarlo y le susurró contra los labios:

—Quiero sentirte dentro de mi culo. Toda. Hasta que me duela rico y me corra solo de tenerte ahí.

Él gruñó y le metió la mano bajo la falda. Los dedos encontraron la braga ya empapada, el coño hinchado y resbaladizo. Frotó el clítoris con dos dedos en círculos lentos mientras ella jadeaba en su boca.

—Estás chorreando solo de pensarlo —dijo él—. Voy a prepararte con los dedos y la lengua hasta que me pidas la polla a gritos.

—Hazlo. Mételos. Lame. Quiero que mi culo esté listo para ti. Te voy a dar mi culo virgen esta noche, Franklin. Todo tuyo. Nadie más lo ha tocado. Solo tú vas a abrirme.

La subió en brazos y la llevó al dormitorio. Bianca se quitó la falda y la braga de un tirón, se arrodilló en la cama a cuatro patas y le ofreció el culo redondo, las nalgas firmes, el agujero rosado y apretado que brillaba un poco por la excitación. Franklin se arrodilló detrás, le abrió las mejillas con las manos y le pasó la lengua plana desde el coño hasta el culo, lamiendo el anillo con insistencia, empujando la punta dentro. Bianca gimió alto, empujando hacia atrás.

Él escupió, añadió lubricante de un frasco que ella tenía en la mesilla —porque las dos lo sabían, las dos lo habían planeado en secreto— y le metió primero un dedo, después dos, abriéndola con paciencia mientras le comía el coño, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua dentro. Los dos dedos se curvaban, la estiraban, la preparaban. Bianca temblaba.

—Más… joder, Franklin, así… prepárame bien que quiero tu polla gruesa ya.

Cuando sintió que estaba lista, se puso de rodillas, se lubrificó la polla gruesa y caliente y apoyó la cabeza contra el agujero. Empujó despacio. El anillo cedió, se abrió, y la polla fue entrando centímetro a centímetro. Bianca soltó un gemido largo, agudo, de placer y de llenura.

—Joder… qué apretado… qué rico te abres para mí —gruñó él, agarrándole las caderas.

Avanzó hasta que las bolas le tocaron el coño. Se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, y después empezó a follarla con embestidas profundas y controladas, sacando casi toda la longitud y volviendo a enterrarla hasta el fondo. El culo de Bianca se adaptaba, se contraía alrededor de él, y ella empujaba hacia atrás pidiendo más.

—Más fuerte… fóllame el culo como si fuera tuyo… ah, sí, así…

Cambió de posición. Se tumbó de espaldas y ella se montó a la inversa, de espaldas a él, guiando la polla otra vez dentro de su culo y bajando despacio hasta sentarse del todo. Empezó a cabalgarlo, subiendo y bajando con gemidos desesperados, el culo tragándose la verga gruesa una y otra vez. Franklin le azotaba las nalgas con las palmas abiertas, dejando marcas rojas, y le metió dos dedos en el coño empapado, follándola por los dos agujeros a la vez. Bianca gritaba, el placer anal y vaginal combinados la volvían loca.

—Me corro… me estoy corriendo con tu polla en el culo y tus dedos en el coño… Franklin… joder…

Él empujó hacia arriba con fuerza, le pellizcó un pezón y soltó:

—Córrete. Quiero sentir cómo me aprietas el culo mientras te corres. Voy contigo.

El orgasmo los partió a la vez. El coño de Bianca se contrajo alrededor de los dedos, el culo se le cerró en espasmos rítmicos alrededor de la polla, y Franklin se corrió profundo dentro, llenándola a chorros calientes mientras gruñía su nombre. Ella se derrumbó hacia adelante, aún ensartada, temblando, con lágrimas de placer en los ojos.

Marco… no, Franklin… sacó despacio la polla del culo aún palpitante. El agujero quedó semiabierto un segundo, goteando semen, y después se cerró despacio. Bianca se giró, se le echó encima y lo besó con una ternura que contrastaba con lo salvaje de hacía un minuto.

—Nuestra amistad… acaba de convertirse en algo mucho más adictivo —susurró contra su boca—. No quiero que esto sea solo una vez. Quiero más. Esta misma noche.

Él le acarició el pelo húmedo de sudor y sonrió, la polla todavía semidura entre ellos.

—Repetimos. Ahora mismo si quieres. Te voy a volver a abrir el culo hasta que amanezca. Pero primero… déjame mirarte así un rato. Con mi corrida saliendo de ti. Y después te lo meto otra vez, más lento, más profundo. Y tú me vas a contar exactamente qué más fantaseabas mientras fingíamos ser solo amigos.

Bianca se lamió los labios, todavía jadeando, y se acomodó de lado, ofreciéndole otra vez la curva de la cadera y el culo brillante.

—Entonces no apagues la luz. Quiero verte la cara cuando me la vuelvas a meter. Y quiero que me digas cosas peores. Que me uses. Que me llenes otra vez. Esta noche no se acaba aquí…

Bianca se acomodó de lado sobre las sábanas revueltas, la curva de su cadera brillando con sudor y restos de semen que se deslizaban lentos por el pliegue de su culo. Franklin no apagó la luz. Se quedó mirándola exactamente como había prometido, la polla ya volviendo a endurecerse contra su muslo mientras le pasaba la yema de los dedos por la nalga izquierda, abriéndola un poco para ver cómo el agujero todavía rosado y ligeramente abierto se contraía en espasmos suaves.

—Mírate —murmuró él, la voz grave, casi ronca—. Mi corrida saliendo de ti. Ese culo que me acabas de dar virgen… ahora es mío. ¿Cuántas noches te tocaste imaginando esto, Bianca? Dímelo. Quiero oírlo mientras te abro otra vez.

Ella giró la cabeza sobre el hombro, los ojos oscuros de deseo, los labios hinchados del beso anterior. Tenía veintiocho años y el cuerpo de diseñadora que pasaba horas sentada, pero ahora temblaba de pura necesidad, las caderas empujando hacia atrás instintivamente.

—Más de las que quiero admitir —susurró—. Me metía dos dedos en el culo en la ducha pensando en tu polla gruesa. Me corría callada para que no me oyeras desde el salón cuando venías a ver películas. Quería que me destrozaras la amistad exactamente así… lento primero, y después sin piedad. Métela. Quiero sentirte otra vez. Más profundo.

Franklin se colocó detrás de ella en cucharita, le alzó un poco la pierna superior y se frotó la polla entera por el surco de las nalgas, untándose con su propio semen y el lubricante que aún brillaba. La cabeza gruesa encontró el anillo y empujó. Bianca soltó un gemido largo, gutural, cuando el agujero cedió otra vez y lo tragó centímetro a centímetro. Esta vez entró más fácil, pero seguía apretadísimo, caliente, y ella arqueó la espalda contra su pecho.

—Joder… qué bien me abres —gruñó él contra su oreja, embistiéndola con movimientos cortos y profundos mientras una mano le rodeaba la cintura y la otra le pellizcaba un pezón duro—. Tu culo me está chupando la polla. Sientes cómo te estiro, ¿verdad? Cómo te lleno hasta donde nadie ha llegado. Dime qué más fantaseabas, putita de mi amigo. Cuéntame mientras te la meto entera.

Bianca jadeaba, empujando el culo hacia atrás para recibirlo todo. Cada embestida le sacaba un sonido sucio, húmedo, el roce de la polla saliendo casi por completo y volviendo a enterrarse hasta que las bolas le golpeaban el coño hinchado.

—Fantaseaba con que me follaras el culo en el sofá mientras veíamos pelis… que me taparas la boca con la mano para que los vecinos no oyeran… que me corriera solo de tenerte ahí dentro y después me hicieras lamer tu polla limpia… Ah, Franklin, más fuerte… úsame. Quiero que me trates como tu agujero personal esta noche. Que me llenes otra vez y me dejes goteando.

Él aceleró el ritmo, la mano bajando desde el pecho hasta el clítoris hinchado. Lo frotó en círculos firmes al mismo tiempo que le daba embestidas largas y profundas al culo. Bianca se retorcía, el placer dual volviéndola loca; el ano se le contraía alrededor de la verga gruesa en oleadas, el coño chorreaba sobre los dedos de él.

—Así… joder, así… me voy a correr otra vez solo con tu polla en el culo —gimió ella—. No pares. Fóllame más duro. Quiero sentir que me lo destrozas.

Franklin la hizo girar sin sacar del todo la polla, acomodándola de bruces con las rodillas abiertas y el pecho pegado al colchón. Se arrodilló detrás, le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestirla con un ritmo más salvaje, las nalgas rebotando contra su pelvis, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Cada embestida hacía que el culo de Bianca se abriera y se cerrara con avidez, tragándoselo hasta la base.

—Mira cómo te lo comes entero —le dijo, dándole un azote seco en la nalga derecha que dejó la marca rosa—. Este culo redondo era de mi amiga… ahora es mi puta adicta al anal. ¿Te gusta que te hable así? ¿Que te recuerde que nuestra amistad se fue a la mierda en el momento en que te abriste para mí?

—Sí… me encanta… dime más… ah, joder, más profundo —rogó Bianca, la cara de lado contra la almohada, los dedos agarrando las sábanas—. Quiero que me uses hasta que no pueda pensar. Que me dejes el culo abierto y lleno. Soy tuya. Solo tuya para follar así.

Él se inclinó sobre su espalda, sin dejar de meter y sacar la polla gruesa, y le mordió el hombro mientras le metía tres dedos en el coño empapado. Los curvó contra el punto sensible y la folló por los dos agujeros a la vez, el ritmo imperfecto y delicioso. Bianca gritó, el orgasmo subiendo otra vez como una ola imposible de detener.

—Me corro… Franklin, me estoy corriendo otra vez… el culo… se me cierra… joder…

Los espasmos la sacudieron. El ano se le cerró rítmicamente alrededor de la polla, exprimiéndola, y el coño le chorreó sobre los dedos de él. Franklin gruñó y se contuvo, sin corrérse todavía; quería alargar esto. Sacó la polla despacio, dejando el agujero abierto y goteando, y se tumbó de espaldas.

—Súbete. Quiero verte la cara. Quiero que te sientes en mi polla y me digas exactamente cómo te sientes mientras te la clavas tú misma.

Bianca no dudó. Se montó a horcajadas, de frente esta vez, y guió la cabeza gruesa otra vez hacia su culo. Bajó centímetro a centímetro, los ojos fijos en los de él, la boca abierta en un gemido continuo mientras se lo tragaba entero. Cuando estuvo sentada del todo, con las bolas contra su coño, se quedó un segundo quieta, respirando agitada, sintiendo cómo la estiraba por dentro de una forma casi intolerable y perfecta.

—Está tan gruesa… me llena tanto… siento cada vena, cada pulso —susurró ella, empezando a subir y bajar con movimientos circulares de cadera—. Llevo años mirándote los brazos en el gimnasio y fingiendo que no me mojaba. Ahora te tengo dentro del culo y no quiero salir nunca. Fóllame desde abajo. Empuja. Úsame.

Franklin le agarró las caderas y empujó hacia arriba con fuerza, clavándosela hasta el fondo una y otra vez mientras ella cabalgaba. El pecho generoso de Bianca rebotaba, los pezones duros, y él se incorporó para chupar uno, mordisquearlo, chupar el otro. Ella le clavó las uñas en los hombros anchos, gemiendo sin control.

—Más… más duro… quiero que me dejes marcas… que mañana no pueda sentarme sin acordarme de tu polla —pidió ella—. Dime cosas peores. Dime cómo vas a follarme el culo cada vez que vengas. Que la amistad se acabó y ahora solo soy tu agujero.

—Vas a ser mi agujero siempre que yo quiera —gruñó él, azotándole una nalga y después la otra—. Vas a abrirte para mí en este dormitorio, en el sofá, contra la pared de la cocina. Te voy a llenar de corrida y te voy a hacer caminar así, goteando, mientras me miras con esa cara de puta necesitada. Y tú me lo vas a pedir. Vas a rogarme que te la meta otra vez, más lento, más profundo, hasta que te duela rico y te corras gritando mi nombre.

Bianca aceleró el ritmo, subiendo y bajando con desesperación, el culo haciendo ruidos obscenos al tragar y soltar la verga. Franklin le metió la mano entre los cuerpos y le frotó el clítoris con el pulgar, rápido, preciso. Ella se tensó toda.

—Otra… me voy a correr otra vez… no paro… el culo me arde de lo rico que está… Franklin… joder, me destroza…

El tercer orgasmo la partió en seco. Se arqueó hacia atrás, el ano apretándole la polla en contracciones violentas, el grito ahogado en la garganta. Franklin la sostuvo por la cintura y siguió embistiéndola desde abajo a través de los espasmos, prolongándolos, hasta que ella se derrumbó contra su pecho, temblando, aún ensartada.

Él no se había corrido. La polla seguía dura y palpitante dentro de ella. Le acarició el pelo sudado y le susurró al oído:

—Todavía no he terminado contigo. Quiero correrme otra vez dentro, pero primero… quiero probarte. Quiero lamer mi semen de tu culo abierto y después metértela otra vez, más despacio, mirándote a los ojos. Y tú me vas a contar cada detalle de esas fantasías que te hacían mojar la braga cuando éramos “solo amigos”. ¿Listo para más, Bianca? Porque esta noche apenas empieza y tu culo va a aprender exactamente a quién pertenece ahora.

Bianca levantó la cabeza, los ojos brillantes, las piernas aún temblorosas. Sonrió con una mezcla de ternura y lujuria pura, se lamió los labios y se levantó despacio, dejando que la polla saliera con un sonido húmedo. El agujero quedó semiabierto, rosado, goteando una mezcla de lubricante y semen, y ella se puso a cuatro patas otra vez, abriéndose las nalgas con las propias manos.

—Entonces lámelo. Chupa tu corrida de mi culo. Y después métemela otra vez. Quiero que me folles tan lento que sienta cada centímetro… y tan profundo que se me quede la forma de tu polla. No pares hasta que amanezca. Nuestra amistad ya no existe… solo queda esto. Y yo quiero más. Mucho más.

Franklin se arrodilló detrás, le abrió más las mejillas y le pasó la lengua plana por el anillo hinchado, saboreando el sabor salado y sucio de su propia corrida mezclada con ella. Empujó la lengua dentro, follándola con ella mientras Bianca gemía y empujaba hacia atrás. La excitación volvía a subir en ambos, la polla de él dura otra vez, goteando líquido preseminal, y la noche se extendía delante como una promesa adictiva que ninguno de los dos estaba dispuesto a romper todavía.

Franklin hundió la lengua más adentro, saboreando el sabor salado y espeso de su propia corrida mezclada con el lubricante y el sabor natural de ella. Bianca gimió alto, las manos aún abriéndose las nalgas, empujando el culo hacia atrás para que él la follara con la lengua. Él chupó el anillo hinchado, lamió en círculos lentos, metió la punta otra vez y la sacó, repitiendo hasta que ella temblaba de puro deseo renovado.

—Joder, Franklin… así… lámelo todo —susurró ella, la voz rota—. Quiero que limpies mi culo con esa lengua y después me lo destroces otra vez. Siento cómo se me abre… cómo me late todavía por ti.

Él gruñó contra su piel, le dio un azote seco en la nalga izquierda y después la derecha, dejando marcas rosadas que se hinchaban al instante. Se incorporó, se lubrificó otra vez la polla gruesa y caliente —ya goteando líquido preseminal— y apoyó la cabeza contra el agujero brillante. Empujó despacio, centímetro a centímetro, y esta vez Bianca lo tragó con un gemido largo y gutural que llenó la habitación. El anillo cedió, se estiró alrededor de él, y ella arqueó la espalda mientras lo sentía entrar hasta que las bolas le golpearon el coño empapado.

—Más lento… quiero sentir cada vena —rogó ella, la cara de lado contra la almohada, los ojos entrecerrados de placer—. Estás tan grueso… me abres de una forma que duele rico. Fóllame así, sin prisa, hasta que no pueda más.

Franklin le agarró las caderas con fuerza, los dedos hundidos en la carne suave de sus nalgas redondas, y empezó a embestirla con movimientos largos y controlados. Sacaba casi toda la longitud, dejaba solo la cabeza dentro, y volvía a enterrarla hasta el fondo, estirándola, llenándola. El culo de Bianca se contraía alrededor de él en espasmos involuntarios, caliente, apretadísimo, y ella empujaba hacia atrás pidiendo más profundidad.

—Tu culo me está chupando la polla como si tuviera hambre —gruñó él contra su oído, inclinándose sobre su espalda—. Años fingiendo que éramos solo amigos… y ahora te tengo abierta, goteando mi corrida de antes y pidiendo que te la meta otra vez. Dime qué más fantaseabas, Bianca. Cuéntame mientras te la clavo despacio.

Ella jadeaba, el pecho generoso aplastado contra el colchón, los pezones duros rozando las sábanas. Cada embestida le sacaba un sonido húmedo y obsceno, el roce de piel contra piel, el chapoteo del lubricante y el semen anterior.

—Fantaseaba con que me follaras el culo contra el cristal de la ventana… que la gente de enfrente pudiera ver cómo me la metías entera —confesó ella, la voz temblorosa de excitación—. Que me taparas la boca y me correra en silencio, solo con tu polla destrozándome por detrás. Que después me hicieras arrodillarme y lamerte limpia… Ah, más profundo, Franklin. Quiero sentir que me llegas al estómago.

Él aceleró un poco, aún controlado pero más firme, y le metió la mano por debajo para frotarle el clítoris hinchado. Dos dedos resbalaron por el coño chorreante, lo follaron al mismo tiempo que la polla le abría el culo, y Bianca gritó, el placer dual subiéndole por la espalda como una corriente eléctrica.

—Así… joder, por los dos agujeros… me vuelves loca —gimió ella—. No pares. Úsame. Quiero que me trates como tu puta personal, la que ya no es tu amiga, la que solo sirve para que le destroces el culo.

Franklin la hizo girar sin sacar del todo la verga, acomodándola de lado otra vez, la pierna superior alzada alta contra su pecho. Entró más profundo desde ese ángulo, embistiéndola con fuerza creciente, y le mordió el hombro mientras le pellizcaba un pezón.

—Eres mía ahora —le dijo, la voz grave, casi un gruñido—. Mi amiga de mierda que se convirtió en mi agujero adicto. Voy a follarte el culo cada noche que venga. Te voy a dejar abierta y llena, caminando coja al día siguiente, y tú me lo vas a agradecer de rodillas. ¿Te gusta que te hable así? ¿Que te recuerde lo que perdimos y lo que ganamos?

—Sí… me encanta… dime más sucio —rogó Bianca, empujando el culo hacia atrás para recibirlo todo—. Di que soy tu zorra anal. Que me vas a llenar otra vez y me vas a hacer tragar lo que se escape. Que la amistad se fue a la mierda en el momento en que me abriste.

Él embistió más duro, el ritmo volviéndose salvaje, las nalgas de ella rebotando contra su pelvis. El sonido de carne contra carne llenaba el dormitorio, mezclado con los gemidos desesperados de Bianca y los gruñidos de él. Le metió tres dedos en el coño, los curvó contra ese punto que la hacía ver estrellas, y la folló sin piedad por ambos sitios.

—Me corro… otra vez… el culo se me cierra… Franklin, joder… —gritó ella, el cuerpo tensándose.

Los espasmos la sacudieron con violencia. El ano se le cerró rítmicamente alrededor de la polla gruesa, exprimiéndola, y el coño le chorreó sobre los dedos de él en oleadas calientes. Franklin se contuvo otra vez, mordiéndose el labio, queriendo alargar el placer. Sacó la polla despacio, dejando el agujero semiabierto y goteando una mezcla espesa, y se tumbó de espaldas.

—Súbete a mi cara primero —ordenó él, la voz ronca—. Quiero que me sientes el culo en la boca. Quiero lamerte abierta mientras te corres otra vez. Después te clavas tú misma y me miras a los ojos mientras te la comes entera.

Bianca no dudó. Se arrastró sobre él, se puso a horcajadas sobre su cara y bajó el culo hinchado y usado directamente sobre su boca. Franklin abrió las mejillas con las manos y se la comió con hambre, la lengua plana lamiendo el anillo abierto, empujando dentro, chupando su propia corrida y el jugo de ella. Bianca gimió, frotándose contra su cara, el clítoris rozando su nariz, y se corrió otra vez en segundos, el cuerpo sacudiéndose, el culo contrayéndose alrededor de la lengua de él.

—Joder… qué rico me lames… así… chupa tu corrida de mi culo —jadeó ella, las manos apoyadas en el cabecero, los pechos generosos colgando y rebotando.

Cuando el orgasmo aflojó, se deslizó hacia abajo, guió la polla gruesa otra vez hacia su agujero y se sentó despacio, centímetro a centímetro, los ojos fijos en los de Franklin. Bajó hasta que estuvo ensartada del todo, las bolas contra su coño, y se quedó quieta un segundo, respirando agitada, sintiendo cómo la estiraba de una forma casi intolerable.

—Está tan profunda… siento el pulso de tu polla dentro de mi culo —susurró ella, empezando a cabalgarlo con movimientos circulares y lentos—. Llevo años mojándome mirándote entrenar, fingiendo que no pasaba nada. Ahora te tengo dentro y no quiero que salga nunca. Empuja desde abajo. Fóllame. Úsame hasta que amanezca.

Franklin le agarró las caderas y empujó hacia arriba con fuerza, clavándosela una y otra vez mientras ella subía y bajaba. El pecho de Bianca rebotaba, los pezones duros, y él se incorporó para chupar uno, morderlo, chupar el otro. Ella le clavó las uñas en los hombros anchos, gimiendo sin control, el culo haciendo ruidos obscenos al tragar y soltar la verga.

—Más duro… déjame marcas… quiero que mañana no pueda sentarme sin acordarme de cómo me destrozaste —pidió ella—. Dime cómo vas a follarme el culo en el sofá la próxima vez. Que me vas a tener de rodillas lamiéndote mientras vemos pelis. Que soy solo tu agujero ahora.

—Vas a abrirte para mí cuando yo quiera —gruñó él, azotándole las nalgas alternadas—. En este dormitorio, contra la nevera, en la ducha. Te voy a llenar de corrida y te voy a hacer caminar goteando mientras me miras con cara de puta necesitada. Y tú me lo vas a rogar. Vas a decirme “por favor, Franklin, métemela otra vez más profundo” hasta que te duela rico y te corras gritando.

Bianca aceleró, desesperada, el culo tragándoselo entero una y otra vez. Él le frotó el clítoris con el pulgar, rápido y preciso, y ella se tensó toda.

—Otra… me parto… el culo me arde de lo bien que me lo das… Franklin… —gritó, el cuarto orgasmo explotándole en el centro del cuerpo.

Se arqueó hacia atrás, el ano apretándole la polla en contracciones violentas, el grito ahogado. Franklin la sostuvo y siguió embistiéndola a través de los espasmos, prolongándolos, hasta que ella se derrumbó contra su pecho, temblando, aún ensartada, con lágrimas de placer en las pestañas.

Él no se había corrido. La polla seguía dura y palpitante dentro de ella, latiendo. Le acarició el pelo sudado y le susurró al oído, la voz baja y cargada de promesa:

—Todavía no he terminado. Quiero correrme otra vez profundo, pero primero quiero que me chupes la polla limpia de tu culo. Quiero ver esos labios alrededor de mí, saboreando lo que te hice. Después te voy a poner de rodillas en el borde de la cama y te la voy a meter tan lento que sientas cada puta vena… y tan profundo que se te quede la forma. Y tú me vas a contar cada detalle sucio de esas noches en las que te tocabas pensando en mí. ¿Lista para más, Bianca? Porque tu culo apenas está aprendiendo a quién pertenece, y yo pienso enseñárselo hasta que no quede duda.

Bianca levantó la cabeza, los ojos brillantes de lujuria y ternura sucia. Se lamió los labios, se levantó despacio dejando que la polla saliera con un sonido húmedo y obsceno, y el agujero quedó abierto, rosado, goteando. Se arrodilló entre sus piernas, le agarró la verga gruesa y resbaladiza con ambas manos y la lamió desde las bolas hasta la punta, saboreando el sabor de su propio culo y del semen anterior.

—Entonces chúpala —dijo ella, mirándolo fijamente mientras abría la boca y se la metía hasta la garganta—. Limpia mi culo de tu polla. Y después métemela otra vez. Quiero que me folles tan despacio que me vuelva loca… y tan adictivo que no pueda dejar de pedírtelo. Nuestra amistad ya no existe. Solo queda esto. Y yo quiero que me uses hasta que no pueda más… y después un poco más.

Franklin gruñó, la mano en su pelo, empujando suave hacia adelante mientras ella lo chupaba con hambre, la lengua girando, la garganta abriéndose. La excitación volvía a subir en ambos como una marea imposible de detener, la noche extendiéndose delante llena de promesas sucias, posiciones nuevas y el ritmo prohibido que ya los tenía atrapados sin remedio.

Franklin empujó la cadera con suavidad, sintiendo cómo la garganta de Bianca se abría para recibirlo entero mientras ella lo chupaba con avidez, la lengua girando alrededor del glande resbaladizo, saboreando el sabor a culo usado y a semen anterior. Los labios hinchados de ella se cerraban firmes, subiendo y bajando, y él le enredó los dedos en el pelo húmedo, guiándola sin forzarla, disfrutando de cada lametón.

—Así… limpia toda mi polla, Bianca —gruñó él, la voz ronca—. Quiero que sepas exactamente a qué sabe lo que te hice. Después te la voy a meter tan despacio que te vuelvas loca.

Ella soltó la verga con un hilo de saliva, la miró de abajo arriba con los ojos brillantes y se lamió los labios.

—Ya está limpia. Ahora métemela. Quiero sentir cada centímetro otra vez. Más lento que antes. Hasta que me duela de lo rico que está y me corra mirándote a la cara.

Se colocó de espaldas en el borde de la cama, las piernas abiertas y alzadas, las rodillas contra el pecho. Franklin se puso de pie entre ellas, se lubrificó otra vez la polla gruesa y caliente, ya goteando, y apoyó la cabeza contra el anillo rosado e hinchado. Empujó milímetro a milímetro. Bianca arqueó la espalda, un gemido largo y agudo escapándosele cuando el agujero cedió y lo tragó despacio, estirándose alrededor de cada vena, cada pulso.

—Joder… qué profundo… siento que me llegas hasta el pecho —susurró ella, los ojos fijos en los de él, las manos agarrándole los antebrazos fuertes—. No te muevas todavía. Déjame acostumbrarme a lo grueso que estás otra vez. Años fingiendo que solo éramos amigos… y ahora tu polla me tiene abierta como una puta adicta.

Él se quedó quieto hasta la base, las bolas apretadas contra su coño chorreante, sintiendo las contracciones suaves de su culo. Luego empezó a sacar casi toda la longitud y a volver a enterrarla con una lentitud deliberada, cruel, cada embestida durando segundos eternos. Bianca temblaba, el pecho generoso subiendo y bajando, los pezones duros pidiendo boca. Franklin se inclinó y se los chupó uno por uno mientras la follaba así, lento, profundo, el roce húmedo llenando la habitación.

—Cuéntame más —le ordenó contra el pecho—. Cada detalle de esas noches en las que te tocabas. Quiero oírlo mientras te abro.

—Me metía un consolador en el culo en la cama, con la luz apagada, imaginando que eras tú —confesó ella, la voz entrecortada por los gemidos—. Me corría callada repitiendo tu nombre. Soñaba con que me azotaras las nalgas hasta dejarlas rojas y después me follaras sin piedad. Que me usaras en el sofá, en la cocina, contra la nevera… Ah, Franklin, más hondo… así… no pares nunca.

Aceleró un poco, aún controlado, y le metió dos dedos en el coño empapado, curvándolos contra el punto que la hacía ver estrellas. La follaba por los dos agujeros a la vez, el ritmo imperfecto y delicioso. Bianca gritó, las uñas clavándosele en los hombros anchos de él.

—Me corro… otra vez… el culo se me cierra alrededor de ti… joder, Franklin…

Los espasmos la sacudieron con violencia. El ano se le cerró rítmicamente, exprimiéndole la polla, y el coño le chorreó sobre los dedos en oleadas calientes. Él la sostuvo a través del orgasmo, sin dejar de embestirla despacio, prolongando cada contracción hasta que ella se derrumbó temblando, aún ensartada, con lágrimas de placer resbalándole por las sienes.

No se había corrido. Sacó la polla con un sonido obsceno, dejando el agujero semiabierto y goteando, y la hizo girar a cuatro patas otra vez. Se arrodilló detrás, le abrió las nalgas con las palmas y le dio un azote seco en cada una, dejando marcas rosadas que se hinchaban al instante.

—Ahora más fuerte —dijo él—. Quiero oírte gritar. Quiero que el vecino de abajo sepa exactamente cómo te estoy destrozando el culo.

Empujó de una sola embestida hasta el fondo. Bianca aulló de puro placer, empujando hacia atrás para recibirlo todo. Franklin le agarró las caderas con fuerza y empezó a follarla con un ritmo salvaje, las nalgas rebotando contra su pelvis, el sonido de carne contra carne mezclado con los chapoteos húmedos del lubricante y el semen anterior. Cada embestida hacía que el culo de ella se abriera y se cerrara con avidez, tragándoselo hasta las bolas.

—Eres mi zorra anal ahora —gruñó él, dándole otro azote—. Mi amiga de mierda que se convirtió en mi agujero personal. Voy a follarte así cada puta noche. Te voy a dejar caminando coja y llena, y tú me lo vas a agradecer de rodillas chupándome limpio. ¿Te gusta, Bianca? ¿Te gusta que te recuerde que la amistad se fue a la mierda en el segundo en que me abriste las nalgas?

—Sí… me encanta… dime más… úsame… ah, joder, más duro —rogó ella, la cara aplastada contra la almohada, los dedos agarrando las sábanas hasta casi romperlas—. Di que soy solo tu culo. Que me vas a llenar otra vez y me vas a hacer lamer lo que se escape. Que no quiero ser tu amiga nunca más… solo tu puta.

Él se inclinó sobre su espalda, mordiéndole el hombro, y le metió tres dedos en el coño hinchado, follándola sin piedad por ambos sitios. El placer dual la volvió loca; el quinto orgasmo le subió como un tren, el cuerpo entero tensándose, el ano cerrándose en espasmos brutales alrededor de la verga gruesa. Gritó su nombre una y otra vez mientras se corría, el coño chorreando sobre la mano de él.

Franklin no se detuvo. La sacó de la cama, la puso de pie contra la pared del dormitorio, le alzó una pierna alta y entró otra vez en su culo desde atrás, embistiéndola de pie con fuerza creciente. El pecho de Bianca se aplastaba contra la pared fría, los pezones duros rozando la pintura, y ella gemía sin control, empujando el culo hacia atrás para clavársela más profundo.

—Así… contra la pared… como fantaseaba… Franklin, joder, me destrozas —jadeó ella—. No pares. Quiero que te corras dentro otra vez. Lléname. Quiero sentir tus chorros calientes hasta el fondo y que se me queden todo el día.

Él aceleró, el ritmo volviéndose irregular, la polla hinchándose todavía más dentro del calor apretado. Le rodeó la cintura con un brazo y le frotó el clítoris con los dedos libres, rápido, preciso. Bianca se corrió de nuevo en segundos, el grito ahogado contra la pared, el culo contrayéndose violentamente a su alrededor.

Esa contracción lo mandó al límite. Franklin gruñó su nombre, embistió una última vez hasta la base y se corrió profundo, a chorros densos y calientes que la llenaron por completo. Las pulsaciones de su polla se sentían claras dentro de ella; cada una bombeaba más semen caliente que se mezclaba con lo anterior. Se quedó quieto, enterrado hasta el fondo, jadeando contra su cuello mientras los últimos espasmos lo vaciaban.

Sacó despacio. El agujero de Bianca quedó abierto un segundo, rosado, hinchado, goteando una mezcla espesa de corridas que le resbalaba por los muslos internos hasta las rodillas. Ella se giró, se le echó encima y lo besó con una ternura salvaje, las piernas todavía temblorosas, el cuerpo entero brillando de sudor.

Se dejaron caer juntos en la cama revuelta. Franklin la abrazó por detrás en cucharita, la polla blanda y resbaladiza contra el surco de sus nalgas, una mano acariciándole el pecho generoso con suavidad. Bianca entrelazó los dedos con los de él y suspiró, satisfecha, adicta, el culo aún palpitando y goteando.

—Nuestra amistad se acabó de verdad —murmuró ella, la voz ronca de tantos gritos—. Y no me arrepiento de nada. Quiero esto todas las noches. Quiero que me uses hasta que no pueda pensar en otra cosa.

Él le besó el hombro, sonriendo contra su piel.

—Hasta que amanezca y después también. Tu culo ya sabe a quién pertenece.

Callaron un rato, el único sonido el de su respiración sincronizada y el goteo lento de semen sobre las sábanas. Franklin cerró los ojos, agotado y pleno, convencido de que esto era solo el comienzo de una adicción compartida, de noches infinitas de culo abierto y gemidos sucios.

Bianca, en cambio, sonrió en la oscuridad con los ojos abiertos. Apoyó la mejilla en la almohada y sintió la corrida caliente seguir saliendo de ella mientras guardaba el secreto que él nunca iba a saber esa noche: llevaba tres semanas tomando la decisión en silencio, había dejado ya el piso y el trabajo remoto, y mañana por la mañana, cuando Franklin despertara todavía oliendo a sexo, ella le entregaría las llaves de su nuevo apartamento a dos calles del gimnasio. No pensaba dejarlo escapar nunca más.

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