Rebote Inesperado en la Fiesta de Disfraces

Valeria y su vecina Tamara se reconocen en la fiesta, pero su deseo lésbico descontrolado complica todo.

17 min read August 29, 2026New

La música latía como un corazón desbocado en el salón abarrotalo de cuerpos disfrazados, luces de neón teñían de púrpura y rojo las paredes y el olor a alcohol barato se mezclaba con perfume barato y sudor. Valeria ajustó las orejas de gato negras que le coronaban el cabello suelto, sintiendo cómo el body de látex se pegaba a cada curva: escote pronunciado, cintura marcada, cola de felpa que se mecía al caminar. Veinticinco años y ya sabía cómo mirar para que la gente se removiera. Dio un trago a su copa y entonces la vio.

Del otro lado de la pista, entre un grupo que reía demasiado alto, estaba ella. Disfraz de demonio: cuernos rojos brillantes, corset que empujaba hacia arriba unos pechos generosos, minifalda de cuero y medias de red que subían por muslos firmes. Máscara a medio rostro, pero los labios rojos y la forma de la mandíbula… Valeria sintió un tirón en el estómago. Sofía no. Tamara. La vecina del tercero, la que a veces cruzaba en el ascensor con esa sonrisa perezosa. Y antes, mucho antes, la compañera de la facultad de Comunicación, la que se sentaba dos filas más adelante y se mordía el bolígrafo cuando pensaba.

Sus miradas se cruzaron. Tamara ladeó la cabeza, reconociéndola al instante; la máscara no ocultó del todo la sorpresa ni el destello que le siguió. Valeria no apartó los ojos. Sintió el calor subirle por el cuello mientras el látex le rozaba los pezones ya medio duros. Dio otro trago y se adentró en la pista, dejándose llevar por el ritmo denso del reggaetón que pedía caderas.

No tardaron en encontrarse. Un roce “accidental” de cadera contra cadera. Valeria giró y Tamara estaba ahí, tan cerca que el olor a vainilla y algo más oscuro le llenó la nariz.

—Miau —susurró Tamara contra su oído, voz grave, juguetona—. La gata de la uni. Valeria… hace mil años.

—El demonio del pasillo del tercero —respondió Valeria, sonriendo de lado, sintiendo cómo el pecho se le aceleraba—. Tamara. No te había visto la cara completa en meses, solo esas piernas cuando subías las escaleras.

Tamara soltó una risa baja y se pegó más cuando la gente las empujó. Sus pechos, aprisionados por el corset, rozaron el escote de Valeria. El contacto fue eléctrico. Valeria contuvo el aire. Las manos de Tamara bajaron “sin querer” a su cintura, dedos firmes sobre el látex, y Valeria respondió deslizando una palma por la cadera de la otra, sintiendo el calor de la piel a través de la media de red. Otra canción, más lenta, más sucia. Bailaron sin separarse. Caderas que se buscaban, muslos que se rozaban, miradas que ya no disimulaban. Valeria notó la humedad empezándole entre las piernas, el body pegajoso de excitación. Tamara tenía la boca entreabierta, la lengua rozando el labio inferior cada vez que Valeria se arqueaba contra ella.

—Estás mirándome como si quisieras comerme —dijo Valeria, voz ronca por encima de la música.

—Y tú te estás frotando contra mí como si ya lo hubieras decidido —contestó Tamara, y su mano bajó un poco más, rozando el arranque de la cola de gato, un toque deliberado ahora—. Siempre fuiste intensa en clase. No sabía que también fuera así de… directa con el cuerpo.

Valeria sintió un escalofrío. Agarró la muñeca de Tamara y la guió hacia un rincón más oscuro, detrás de una columna cubierta de telas negras y calabazas de plástico. Allí la luz apenas llegaba y el ruido se volvía un murmullo lejano. Se quedaron frente a frente, respirando agitadas.

—Tu disfraz es una puta provocación —dijo Valeria, mirándola de arriba abajo sin pudor—. Esos cuernos, ese corset… se te salen las tetas casi. Y las medias. Me las quiero bajar con los dientes.

Tamara soltó una risa ahogada, excitada.

—Y el tuyo… ese látex negro pegado al coño. Se te marca todo, Valeria. Cuando bailabas se te veía el pezón duro. Me mojé solo de mirarte. En la uni te imaginaba a veces, ¿sabes? En los baños, con la falda subida. Nunca me atreví.

—Pues ahora atrévete —susurró Valeria, acercándose hasta que sus labios casi se tocaban—. Dime qué ves.

Tamara recorrió su cuerpo con la mirada y con una mano abierta, sin prisa: el escote, la curva de la cintura, el montículo marcado bajo el látex.

—Veo unas tetas que quiero chupar hasta que grites. Un culo redondo que me cabe en las manos. Y un coño que, por cómo te mueves, ya debe estar empapado. ¿Lo está?

Valeria no respondió con palabras. Tomó la mano de Tamara y la guió entre sus propias piernas, presionando los dedos contra el calor húmedo que ya traspasaba la tela. Tamara jadeó.

—Joder… sí que lo está.

Fue Tamara quien dio el primer paso decisivo. Inclinó la cabeza y besó el cuello de Valeria, justo debajo de la oreja, lengua caliente, dientes rozando la piel sensible. Valeria soltó un gemido bajo, involuntario, y agarró la cintura de Tamara con fuerza, atrayéndola contra sí hasta que sus caderas chocaron. El corset de Tamara le aplastó los pechos; el látex crujió. Otra mordida suave en el cuello, un lametón que bajó hacia la clavícula, y Valeria sintió que las rodillas le flaqueaban.

—Tamara… —respiró—. Si sigues así me voy a correr aquí mismo contra tu muslo.

—Entonces no aquí —murmuró Tamara contra su piel, voz espesa de deseo—. Hay un cuarto de servicio al fondo del pasillo, lo vi cuando llegué. Oscuro. Con llave por dentro.

Se miraron un segundo. Consentimiento claro, hambre compartida. Valeria asintió y dejaron las copas abandonadas. Cruzaron la pista sin soltarse la mano, esquivando cuerpos borrachos, el corazón martillándoles en la garganta. El pasillo olía a limpiador y a humo de cigarro. Tamara empujó la puerta del cuarto de servicio —estantes con rollos de papel, una fregona, una bombilla rojiza débil— y entraron. El click de la cerradura fue el sonido más excitante que Valeria había oído en meses.

Apenas a oscuras, se lanzaron la una contra la otra. Bocas que se buscaron al fin: el primer beso fue voraz, lenguas torpes de ganas, labios chupándose, dientes rozando. Valeria metió las manos bajo el corset de Tamara y encontró la carne caliente de sus pechos, pezones ya duros que pellizcó con dedos ansiosos. Tamara gimió dentro de su boca y le bajó el body de látex lo suficiente para liberarle una teta, bajando de inmediato a chuparla con avidez, lengua girando, succionando fuerte.

—Hostia, cómo te saben… —jadeó Tamara entre lametones—. Quiero comerte entera.

Valeria arqueó la espalda contra la pared fría, una mano enredada en el pelo de Tamara, la otra bajando por la espalda hasta agarrarle el culo con fuerza, apretando, separando un poco las nalgas a través de la minifalda.

—Desde que te vi en el ascensor el mes pasado… —confesó Valeria, voz rota de placer mientras Tamara le mordisqueaba el pezón—. Me tocaba pensando en ti. En cómo sería follarte. En tu lengua. En tus dedos dentro.

Tamara levantó la cara, labios hinchados, ojos brillantes en la penumbra roja.

—Yo también. Cada vez que te oía los tacones en el rellano me calentaba. Me metía dos dedos imaginando que eras tú. Valeria… te deseo tanto que me duele el coño. Quiero que me corras en la boca y después quiero montarte la cara hasta ahogarte. ¿Seguimos? ¿De verdad?

Valeria la besó otra vez, más lento pero igual de profundo, saboreando el pintalabios y la saliva compartida.

—Seguimos. Quiero sentirte mojada en mis dedos. Quiero lamerte el clítoris hasta que tiembles. Quiero que me folles con la mano y me digas puta mientras lo haces. No vamos a parar hasta que las dos estemos hechas un desastre.

Tamara sonrió contra su boca, una sonrisa depredadora y tierna a la vez. Sus manos ya trabajaban en el cierre del body de Valeria, bajándolo por los hombros, exponiendo más piel. Valeria, a su vez, desabrochaba el corset lo suficiente para que los pechos de Tamara saltaran libres, pesados, pezones oscuros y erectos que se apresuró a pellizcar y torcer suavemente. Ambas gemían sin cuidado ya, el ruido de la fiesta filtrándose como un recordatorio lejano de que el mundo seguía ahí fuera mientras ellas se devoraban.

Tamara se arrodilló de pronto, empujando el látex más abajo, dejando el coño de Valeria al aire: afeitado, labios hinchados, brillantes de lubricación. Sopló aire caliente sobre el clítoris y Valeria soltó un jadeo que casi fue un grito. La lengua de Tamara salió, lenta, a probar el primer trazo desde la entrada hasta arriba, saboreando.

—Dulce… y tan jodidamente mojada para mí —murmuró contra la carne sensible—. Esto solo acaba de empezar, gatita. Agárrame los cuernos y no te calles.

Valeria obedeció, dedos enredados en el pelo y en los cuernos de plástico, caderas empujando hacia adelante, ya perdida en la sensación de esa boca caliente que la chupaba con hambre real. El cuarto de servicio olía a sexo naciente, a látex y a perfume barato. Afuera la fiesta seguía; adentro, el deseo que habían dejado fermentar durante años de miradas robadas y ascensores tensos por fin se desbordaba, y ninguna de las dos tenía la menor intención de volver atrás todavía.

Se lanzaron de nuevo la una contra la otra como si el primer contacto no hubiera bastado. Bocas abiertas, lenguas enredándose con violencia dulce, dientes rozando labios hinchados. Valeria mordió el labio inferior de Tamara y tiró de él, arrancándole un gemido gutural que se le metió directo al coño. Las manos se volvieron torpes de ganas: Valeria le arrancó el corset del todo, tirando de los broches hasta que los pechos pesados de Tamara rebotaron libres, pezones oscuros y duros que se le clavarían en la palma. Tamara, a su vez, bajó el body de látex con un tirón brutal por las caderas, escuchando el crujido de la tela al despegarse de la piel sudada. El látex quedó hecho un amasijo negro a los pies de Valeria; la minifalda y las medias de red de Tamara cayeron un segundo después. Quedaron desnudas bajo la bombilla rojiza, olores a vainilla, a látex caliente y a coño mojado mezclándose en el aire cerrado del cuarto de servicio.

Tamara no perdió tiempo. Se arrodilló otra vez, esta vez con las rodillas abiertas sobre el suelo frío, y empujó los muslos de Valeria contra la pared. La gata —orejas de felpa todavía puestas, cola colgando olvidada— arqueó la espalda y abrió más las piernas. El coño de Valeria brillaba, labios hinchados y resbaladizos, el clítoris asomando grueso y rojo. Tamara no pidió permiso; hundió la cara entre esas piernas y lamió de un trazo largo y voraz, desde la entrada hasta el capuchón, saboreando el sabor salado-dulce que ya conocía. Valeria soltó un gemido ronco y le agarró el pelo con las dos manos, empujándola más adentro.

—Joder, Tamara… así, más fuerte —jadeó, caderas empujando contra esa boca caliente.

Tamara chupó el clítoris entre los labios, succionando con hambre real, lengua plana frotando en círculos rápidos. Metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba hasta encontrar ese punto esponjoso que hizo que Valeria se doblara. Los dedos entraban y salían empapados, el sonido obsceno de la humedad llenando el cuartito. Valeria gemía sin control, tirando del pelo de Tamara, de los cuernos de plástico, frotándose la cara contra esa lengua como una gata en celo.

—Me comes… me comes tan jodidamente bien —balbuceó Valeria, la voz rota—. No pares, no pares, me voy a correr en tu boca si sigues…

Pero Tamara no la dejó terminar. Sacó los dedos, lamió los labios hinchados una última vez y se levantó, la barbilla brillante de jugos. Valeria la miró con pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando. Sin una palabra la giró de un manotazo y la empujó contra la pared, pechos aplastados contra el hormigón frío. Tamara abrió las piernas y arqueó el culo hacia atrás, ofreciéndose. Valeria se arrodilló detrás, separó las nalgas firmes con las dos manos y escupió sobre el agujero apretado. La lengua bajó sin piedad: primero el culo, lamiendo el anillo rosado en círculos lentos, empujando la punta dentro mientras Tamara temblaba y gemía contra la pared.

—Hostia puta, Valeria… sí, cómeme el culo —suplicó Tamara, voz ahogada—. Más adentro, así…

Valeria lamió más abajo, hasta el coño empapado de Tamara, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua en la entrada y sacándola con un sonido sucio. Alternaba: culo, coño, culo otra vez, mientras una mano rodeaba la cadera y encontraba el clítoris hinchado de Tamara. Lo frotó con dos dedos duros, rápidos, sin piedad, mientras la lengua se hundía en la raja resbaladiza. Tamara empujaba el culo hacia atrás, buscando más, las uñas rascando la pared.

—Me vas a hacer correr… me voy a correr —avisó Tamara, la voz subiendo de tono—. No pares, follame con la mano, más fuerte…

Valeria metió tres dedos de golpe en ese coño caliente y apretado, follándola con fuerza mientras el pulgar seguía castigando el clítoris y la lengua no abandonaba el culo. El ritmo era salvaje, húmedo, el sonido de la mano entrando y saliendo mezclado con los gemidos de Tamara. De pronto Tamara se tensó toda, las piernas temblando, y gritó sin contención:

—¡Ahí… ahí… me corro, Valeria, me corro!

El orgasmo la sacudió como una descarga. El coño se contrajo alrededor de los dedos de Valeria, chorros calientes mojándole la muñeca, el culo palpitando contra su lengua. Tamara gritó el nombre de Valeria una y otra vez, el cuerpo convulsionando contra la pared hasta que las rodillas le flaquearon.

Valeria no le dio respiro. La giró, la empujó al suelo sobre una pila de trapos y se montó encima en tijera, enredando una pierna por encima de la cadera de Tamara hasta que sus coños se encontraron. Los clítoris hinchados, brillantes, se rozaron al instante. Valeria empezó a frotar con movimientos rápidos y salvajes, cadera contra cadera, labios resbalando contra labios, el roce directo y electrizante. Tamara levantó las caderas para encontrar el ritmo, las dos empapadas, el sonido húmedo y obsceno de carne frotando carne llenando el cuarto.

—Mira cómo se nos hinchan… cómo se nos pegan —jadeó Valeria, mirando hacia abajo, viendo sus clítoris rojos y duros chocando una y otra vez—. Fóllame el clítoris con el tuyo, Tamara, más rápido…

Tamara agarró las caderas de Valeria y tiró, aumentando la presión. Se frotaban sin piedad, círculos salvajes, empujones cortos y brutales. El placer subía como una marea negra: cada roce enviaba chispas por la columna, cada gemido de la otra se metía bajo la piel. Valeria se inclinó hacia adelante, pechos rozando pechos, y besó a Tamara con la misma ferocidad de antes, lenguas torpes mientras las caderas no paraban.

—Me voy a correr otra vez… contigo —susurró Tamara contra su boca—. Juntas… quiero correrme contigo encima…

Valeria aceleró, frotando más fuerte, más salvaje, el clítoris de Tamara golpeando el suyo una y otra vez. El orgasmo las alcanzó al mismo tiempo, una explosión blanca y densa. Valeria gritó contra los labios de Tamara mientras el coño se le contraía a espasmos, el jugo brotando y mojando el muslo de la otra. Tamara se arqueó debajo, gritando también, las uñas clavándose en el culo de Valeria, el cuerpo entero temblando en olas largas y brutales. Se corrieron juntas, clítoris palpitando uno contra el otro, fluidos mezclándose, gemidos ahogados en el beso interminable.

Cuando las convulsiones bajaron un poco, quedaron enredadas, sudorosas, respirando a bocanadas. Valeria todavía se movía con suavidad, frotando los clítoris sensibles, arrancando espasmos residuales. Tamara le acarició el pelo pegado a la frente y sonrió con la boca hinchada.

—No he terminado contigo —murmuró, voz ronca—. Quiero tu lengua otra vez. Quiero que me montes la cara hasta que no pueda respirar. Y después quiero meterte los dedos tan profundo que grites mi nombre otra vez.

Valeria rió bajo, todavía temblando, y le mordió el hombro.

—Entonces levántate. Todavía tenemos la llave echada… y yo todavía tengo hambre de ti.

Tamara se incorporó de un salto, las piernas todavía temblorosas, y empujó a Valeria hacia el montón de trapos sucios que hacía las veces de colchón improvisado. La bombilla rojiza teñía de carmín el sudor que les brillaba en el pecho, en el cuello, entre los muslos. Sin decir nada más se subió a horcajadas sobre la cara de Valeria, las rodillas a ambos lados de su cabeza, el coño hinchado y goteante justo encima de esa boca abierta y ansiosa.

—Ábrela —ordenó Tamara, voz ronca—. Quiero montarte hasta que se te hinchen los labios.

Valeria obedeció al instante. Agarró las nalgas firmes de Tamara, las separó y hundió la lengua dentro de aquel coño caliente que aún palpitaba del orgasmo anterior. El sabor era denso, salado, embriagador; se le llenó la boca de jugos mientras Tamara se balanceaba, frotándose el clítoris contra su nariz, contra su mentón, ahogándola a propósito. Valeria gemía debajo, el sonido vibrando contra la carne mojada. Metió la lengua más hondo, la sacó, la aplastó plana y la pasó una y otra vez por los labios hinchados. Tamara se arqueó, una mano apoyada en la pared, la otra enredada en el pelo de Valeria, empujándola más adentro.

—Joder, sí… cómeme así, gatita. Chúpame el clítoris. Más fuerte.

Valeria succionó el botón hinchado entre los labios, tirando suavemente mientras dos dedos se deslizaban dentro del coño de Tamara y la follaban con ritmo profundo y constante. El cuarto olía solo a sexo ahora: a coño, a sudor dulce, a látex abandonado. Tamara cabalgaba esa boca como si se le fuera la vida, caderas en círculos salvajes, pechos balanceándose, cuernos de plástico todavía puestos y temblando con cada movimiento. El segundo orgasmo la golpeó sin aviso. Se corrió con un grito ahogado, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Valeria, un chorro caliente que le mojó la barbilla, el cuello, el pecho. Valeria no paró; siguió lamiendo, bebiendo, hasta que Tamara se desplomó hacia un lado, temblando, riendo entre jadeos.

—Tu turno —susurró Tamara, todavía convulsionando—. Quiero meterte la mano entera si hace falta.

Se arrastró entre las piernas de Valeria, que ya tenía el clítoris tan duro que dolía. Tamara no usó solo la lengua esta vez. Besó el montículo, mordisqueó los labios internos y después empujó cuatro dedos de golpe, curvándolos, abriéndola, follándola con la mano entera mientras el pulgar castigaba el clítoris sin piedad. Valeria gritó, las uñas clavándose en los hombros de Tamara, las caderas levantándose del suelo.

—Así… así, fóllame, fóllame duro —rogó, la voz rota—. Dime puta. Dime que soy tuya.

—Eres mi puta de látex —gruñó Tamara contra su muslo—. Mi gata cachonda del tercero. Te voy a dejar el coño tan abierto que mañana no vas a poder caminar sin acordarte de mis dedos.

Los dedos entraban y salían empapados, el sonido obsceno de chapoteo llenando el silencio entre canciones lejanas. Valeria se corrió con un alarido largo, el cuerpo entero arqueado, el coño apretando aquellos dedos en espasmos violentos. Tamara no sacó la mano hasta que las contracciones bajaron; entonces la retiró despacio, lamió cada dedo con delicia y se tiró encima de Valeria para besarla, compartiendo el sabor de las dos.

Quedaron así un rato, pechos contra pechos, corazones desbocados, el sudor resbalándoles por las sienes y el hueco de las clavículas. La respiración se fue calmando a trompicones. Valeria acarició la espalda de Tamara con dedos perezosos, dibujando círculos húmedos. Tamara le besó la frente, después la punta de la nariz, después la boca, esta vez sin lengua voraz: solo labios suaves, abiertos, un roce tierno que contrastaba con todo el salvajismo de antes.

—Tenemos que vestirnos —murmuró Valeria contra esos labios hinchados—. Si nos pillan aquí nos echan de la puta fiesta.

Tamara rió bajo, el pecho vibrándole contra el de Valeria.

—Que nos echen. Pero tienes razón.

Se levantaron torpemente, rodillas flojas, muslos brillantes de jugos mezclados. Valeria recogió el body de látex del suelo. Estaba revuelto, pegajoso de sudor y de ellas. Se lo subió despacio por las piernas, por las caderas, acomodándolo sobre el coño todavía sensible; el material frío le arrancó un escalofrío. Tamara le ayudó a subir la cremallera, dedos rozándole la espalda desnuda con una caricia que ya no era solo sexual: era cómplice, casi dulce. Después fue el turno de Tamara. Valeria le abrochó el corset pecho a pecho, tirando de los cordones con cuidado, sintiendo cómo esos pechos generosos se volvían a comprimir. Le subió la minifalda, le acomodó las medias de red que se habían enrollado en los tobillos. Cada roce era lento, deliberado. Se besaban entre prenda y prenda: un pico en el hombro, otro en la comisura de la boca, otro más profundo cuando sus pechos volvían a rozarse a través de la ropa.

Jadeantes todavía, sudorosas, el pelo pegado a la frente y el maquillaje corrido, se miraron a los ojos en la penumbra roja. Tamara tomó la cara de Valeria entre las manos y la besó con una ternura que le removió algo más hondo que el coño. Lenguas lentas, labios chupándose sin prisa, como si tuvieran toda la noche. Valeria cerró los ojos y se dejó mecer en ese beso, las manos en la cintura de Tamara, sintiendo el calor que aún latía bajo el cuero.

Cuando se separaron, Tamara le susurró al oído, la voz baja y ronca de tanto gemir:

—Esto no termina aquí, Valeria. Ni de coña. Quiero más. Quiero una segunda ronda más larga, sin prisa, en una cama de verdad. En mi casa o en la tuya, esta misma noche. Te voy a follar hasta que amanezca.

Sacó el móvil del corset —milagro que no se hubiera caído— y se lo puso en la mano a Valeria.

—Pon tu número. Ahora.

Valeria tecleó con dedos aún temblorosos. Tamara guardó el contacto bajo el nombre «Gata de látex» y le envió un mensaje vacío solo para que le quedara el suyo. Después le robó otro beso, más corto, sonriendo contra su boca.

—En media hora te escribo. Tú decide si subes al tercero o yo bajo al segundo. Pero vamos a mojar las sábanas, ¿me oyes?

Valeria asintió, la sonrisa torcida y cómplice, el body todavía pegándole al coño húmedo como un recordatorio constante.

—Te oigo. Y te voy a tener gemiendo mi nombre otra vez antes de que salga el sol.

Se miraron un segundo más, las dos con las mejillas encendidas, los labios hinchados, el olor a sexo impregnándoles la piel. Tamara recogió los cuernos que se le habían torcido y se los volvió a poner. Valeria acomodó las orejas de gato y la cola de felpa. El click de la cerradura al abrir sonó casi demasiado alto. Salieron juntas del cuarto de servicio, manos rozándose, sonrisas que no podían disimular. El pasillo olía otra vez a limpiador y humo; la música del salón les golpeó como una ola cuando se reincorporaron a la fiesta. Nadie pareció notarlas. Cruzaron la pista cadera contra cadera una última vez, el roce deliberado, eléctrico, una promesa silenciosa.

Llegaron hasta la entrada del edificio. La noche exterior era fresca, el aire de la calle les secó el sudor de la nuca. Tamara se detuvo en el umbral, le dio un último apretón de dedos a Valeria y le guiñó un ojo detrás de la máscara a medio rostro.

—Media hora —repitió—. No tardes.

Valeria asintió, el corazón todavía desbocado. Se quedaron mirándose un instante bajo la luz del portal. Después Tamara se giró y caminó hacia las escaleras que subían al tercero, la minifalda moviéndose sobre sus muslos, las medias de red marcándole el paso seguro. No miró atrás. Simplemente se alejó pasillo arriba, la silueta de demonio desapareciendo poco a poco entre las sombras del rellano, dejando a Valeria sola en la puerta con el sabor de su coño todavía en la lengua y el móvil caliente en la mano, esperando el mensaje que sabía que iba a llegar.

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