La viuda del vagón que me devoró con la mirada
Una viuda madura de 48 años devora con la mirada a un joven de 24 en el tren y terminan follando salvajemente en el baño.
El vagón olía a metal frío, a café rancio de máquina y a esa mezcla indefinible de monótono cansancio nocturno que solo aparece después de la una de la madrugada. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido bajo, bañando de un blanco enfermizo los asientos vacíos. Apenas había media docena de pasajeros repartidos como islas lejanas; la mayoría dormía con la cabeza apoyada en la ventanilla o en su propio hombro. El tren avanzaba con ese balanceo hipnótico de las vías, un balanceo que invitaba al secreto, a lo que no se dice en voz alta.
Elena se acomodó en un asiento individual junto al pasillo, a mitad del vagón. Tenía cuarenta y ocho años y lo llevaba como una corona de lujuria madura: caderas anchas que rellenaban el pantalón negro de tela elástica, un suéter de cuello abierto que dejaba entrever el escote generoso, pechos pesados y redondos que se movían con el traqueteo del tren. El pelo castaño oscuro, teñido con mechas sutiles, le caía en ondas desordenadas sobre los hombros. La viudez le había robado el marido hacía tres años, pero no el hambre. Esa hambre seguía ahí, instalada entre las piernas, bajo la ropa interior de encaje negro que se había puesto esa misma tarde sin saber muy bien por qué, solo porque el roce de la tela contra su coño afeitado le recordaba que todavía estaba viva.
Entró Marcos.
Veinticuatro años, mochila colgada de un hombro, chaqueta vaquera abierta sobre una camiseta gris que se pegaba al pecho firmemente marcado. Pelo negro corto, barba de tres días, mandíbula marcada y esa torpeza sexy de quien aún no sabe del todo el efecto que provoca. Buscó un sitio con la mirada cansada del viajero solitario y eligió, casi por inercia, el asiento frente a ella, al otro lado del pasillo, dejando solo un estrecho corredor de aire cargado entre ambos.
Elena no apartó los ojos.
Los clavó en él desde el primer segundo, sin pudor, sin la cortesía de bajar la vista. Recorrió el cuello de Marcos, la manzana de Adán que subía y bajaba cuando tragaba, los hombros anchos bajo la chaqueta, las manos grandes que sostenían el teléfono con dedos largos. Bajó la mirada hasta la entrepierna del chico, donde el pantalón vaquero se ajustaba lo justo para delatar el bulto dormido, y se detuvo allí un segundo de más, el tiempo exacto para que él lo notara.
Marcos levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron.
Ella no sonrió. No hizo el coqueteo tímido de las jovencitas. Abrió un poco más los labios, húmedos, y dejó que su mirada dijera todo: te estoy follando con los ojos, chaval. Te estoy imaginando con la cara entre mis tetas y la polla dura metida hasta el fondo de mi coño viudo. La tensión se instaló de inmediato, espesa como el aire antes de una tormenta. Marcos parpadeó, sorprendido, y un calor traicionero le subió por el cuello. Sintió cómo su polla daba un tirón involuntario dentro del bóxer.
Elena cruzó las piernas con lentitud deliberada. El movimiento levantó un poco el suéter y dejó ver un tramo de piel cremosa del vientre, la curva suave bajo el ombligo. Se pasó la lengua por el labio inferior, sin prisa, y volvió a clavar la mirada en la entrepierna de él. Marcos tragó saliva. El tren dio una curva y el balanceo hizo que el muslo de Elena se rozara contra el borde del asiento; ella aprovechó para abrir un poco más las piernas, solo un segundo, lo bastante para que él imaginara el calor que había entre ellas.
—Larga noche —dijo ella de pronto. La voz era grave, ligeramente ronca, de quien ha fumado y ha gemido mucho en su vida.
Marcos se aclaró la garganta.
—Sí… madrugada de mierda. ¿Va lejos?
—A donde haga falta —respondió Elena, y esta vez sí sonrió, una sonrisa lenta, depredadora, que le descubrió los dientes blancos—. Tú pareces de los que todavía no saben adónde van.
Él soltó una risa nerviosa, pero no apartó la vista. Ahora la estaba devorando él también: las tetas pesadas que se movían con cada bache de la vía, los pezones que se marcaban apenas bajo el suéter (ella no llevaba sujetador, o el que llevaba era tan fino que daba igual), la boca pintada de un rojo oscuro que invitaba a ser manchado. Marcos sintió cómo se le endurecía la polla de verdad, empujando contra la cremallera. Cruzó una pierna sobre la otra en un intento torpe de disimularlo.
Elena lo vio todo.
Se inclinó un poco hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, y el escote se abrió como una promesa. Desde donde él estaba, podía ver el valle profundo entre sus pechos, la piel morena ligeramente brillante por el calor del vagón.
—¿Te gusta lo que ves, guapo? —preguntó ella en voz baja, lo bastante para que solo él la oyera por encima del traqueteo—. No hace falta que contestes. Ya lo sé. Llevo media hora follándote con la mirada y tú no has dejado de ponerla dura.
Marcos sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Nunca le habían hablado así. Las chicas de su edad eructaban emojis y medias palabras; esta mujer le hablaba como quien clava las uñas en la carne.
—Eres… directa —logró decir.
—Soy viuda, cariño. El tiempo de los rodeos se me acabó el día que enterré a mi marido. Ahora miro lo que quiero y, si me deja, me lo como.
La palabra “como” salió de su boca cargada de saliva y promesa. Marcos imaginó esa boca alrededor de su polla, los labios rojos estirados, la lengua caliente. Su polla dio otro salto visible. Elena sonrió con satisfacción, como una gata que acaba de cazar.
El vagón seguía casi vacío. Un señor roncaba al fondo. Una chica con auriculares miraba por la ventanilla sin enterarse de nada. Estaban solos en su burbuja de lujuria.
Elena se pasó una mano por el muslo, subiendo despacio hasta la ingle, y apretó un poco, solo para sentir el calor de su propio coño ya húmedo. El roce le arrancó un suspiro casi inaudible. Marcos no pudo evitar mirar. Vio cómo los dedos de ella se hundían un momento entre las piernas, sobre la tela del pantalón, y cómo se le entreabría la boca.
—Llevo semanas sin que nadie me toque como hay que tocar —confesó ella, la voz más baja todavía, más íntima—. Y tú… tú tienes cara de saber usar esa polla que se te está marcando. ¿O solo eres bonito?
Marcos se removió en el asiento. El corazón le latía en la garganta y en la entrepierna al mismo tiempo.
—Sé usarla —respondió, y su propia voz le sonó más grave de lo habitual—. Mejor de lo que crees.
Elena soltó una risa baja, casi un gruñido de placer.
—Eso espero. Porque la forma en que me estás mirando… me está dejando el coño empapado. ¿Lo sientes? Ese olor a ganas. Está en el aire.
Él lo sentía. O creía sentirlo. El calor le subía por el pecho. Imaginó a esa mujer de cuarenta y ocho años abierta delante de él, las tetas pesadas balanceándose mientras él la follaba contra la pared del baño del tren, el coño maduro apretándole la polla, los gemidos roncos. La imagen le hizo morderse el labio inferior.
Elena se levantó de pronto. El movimiento fue lento, deliberado. Se ajustó el suéter, empujando un poco más los pechos hacia arriba, y dio dos pasos hasta quedar de pie junto a él, en el pasillo. Desde arriba lo miró, y Marcos tuvo que alzar la cara. El olor de ella lo envolvió: perfume caro mezclado con un fondo dulzón de excitación.
—Me voy al baño —dijo, sin bajar la voz del todo—. El del fondo. El que está más escondido. Si tienes cojones de verdad… no me hagas esperar mucho.
Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, un contacto eléctrico, caliente, y después se alejó caminando con las caderas ondulando de un modo obsceno. Marcos la siguió con la mirada: el culo redondo y firme moviéndose bajo el pantalón negro, las piernas largas, la espalda curva. Cada paso era una invitación. Cada balanceo del tren hacía que ese culo temblara un poco más.
Se quedó sentado, la polla ya completamente dura, dolorosamente apretada contra la cremallera. El corazón le golpeaba las costillas. Miró alrededor: nadie prestaba atención. El señor seguía roncando. La chica de los auriculares no se había movido.
Elena desapareció al final del vagón, tras la puerta del baño. La lucecita verde se puso en rojo un segundo después.
Marcos apretó los puños sobre las rodillas. El deseo le quemaba la sangre. Podía oír todavía la voz de ella: “no me hagas esperar mucho”. Podía ver todavía esa mirada hambrienta que lo había desnudado sin tocarle un solo botón. La viuda de cuarenta y ocho años lo había devorado con los ojos y ahora lo esperaba en un cubículo estrecho, con el coño mojado y las tetas listas para ser agarradas.
Se pasó la lengua por los labios secos. El tren siguió avanzando en la noche, el traqueteo constante como un reloj que contaba los segundos. Marcos se levantó despacio, ajustándose la chaqueta para disimular la erección evidente, y empezó a caminar hacia el fondo del vagón.
Cada paso lo acercaba más al rojo de esa lucecita. Cada metro aumentaba la tensión en su polla y en su pecho. No sabía exactamente qué iba a pasar detrás de esa puerta, pero sabía que la mujer que lo esperaba no iba a contentarse con besos tímidos. Iba a quererlo todo. Iba a pedírselo con esa boca sucia y esos ojos de loba madura.
La mano de Marcos rozó el pomo frío de la puerta del baño. Del otro lado, apenas audible por encima del ruido de las vías, creyó oír un suspiro. Un suspiro húmedo, impaciente, lleno de promesas salvajes que todavía no se habían cumplido.
Empujó.
Marcos empujó la puerta y el olor denso de ella lo golpeó de lleno: perfume caro, excitación femenina y el calor cerrado del cubículo. Elena lo esperaba de pie, con la espalda apoyada contra el lavabo estrecho, las caderas echadas un poco hacia adelante y los labios entreabiertos. El suéter negro le marcaba los pezones duros; el pantalón elástico se le pegaba al monte de Venus como una segunda piel brillante de humedad.
Cerró la puerta tras de sí y el pestillo sonó metálico. El tren balanceó y los acercó un centímetro más.
—Pensé que te echarías atrás —susurró ella, la voz ronca, sin apartar la mirada de la erección evidente que le deformaba el vaquero—. Qué alivio. Me hubiera masturbado aquí sola pensando en ti, pero prefiero tu mano.
Marcos dio un paso. El espacio era ridículo: rodillas contra muslos, pecho contra pechos pesados. Él la miró a los ojos y ella cruzó una pierna sobre la otra con deliberada lentitud, aunque ya estuvieran de pie. El movimiento hizo que la tela del pantalón se tensara y subiera un poco por la ingle, dejando ver la curva cremosa del muslo interior. Se mordió el labio inferior, el rojo oscuro de la barra se le pegó a los dientes, y sostuvo la mirada de él sin pestañear.
—Siéntate —ordenó ella en voz baja, señalando con la barbilla el inodoro cerrado con la tapa—. Quiero verte la cara mientras te hablo de lo que te voy a hacer.
Él obedeció. Se sentó de espaldas a la pared del fondo, las piernas abiertas lo más que el espacio permitía. Elena se quedó de pie entre ellas, tan cerca que el calor de su coño le llegaba a la cara a través de la tela. Cruzó de nuevo las piernas, despacio, rozándole la rodilla con la pantorrilla, y el roce hizo que el pantalón se le subiera todavía más, descubriendo el borde del encaje negro de las bragas. Se mordió el labio otra vez y no apartó los ojos de los de Marcos.
—Dime que me quieres follar —exigió ella, casi en un susurro—. Dímelo claro. No me gustan los que se esconden detrás de “a ver qué pasa”.
Marcos tragó saliva. La polla le latía contra la cremallera, dolorosa.
—Te quiero follar —contestó, la voz grave, sin dudar—. Quiero metértela entera, hasta que grites. Quiero sentir cómo te corre el coño por los muslos mientras te la empujo.
Elena soltó un gemido bajo, casi un ronroneo. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en los hombros anchos de él, y el escote se abrió del todo. Las tetas pesadas colgaban libremente, pezones oscuros y duros rozándole la camiseta.
—Bien —murmuró—. Porque yo también te quiero dentro. Te quiero tan adentro que me duela un poco al caminar después. Llevo tres años mojándome sola y esta noche vas a repararlo.
Él levantó las manos y las posó en sus caderas anchas. Los dedos se hundieron en la carne blanda y firme a la vez. Elena no se apartó; al contrario, empujó la pelvis un poco hacia adelante para que la erección de él le rozara el muslo interno.
—Tócame —susurró ella contra su boca, sin besarla todavía—. Métete la mano por el pantalón y comprueba lo empapada que estoy por ti. Quiero que sientas lo que me has hecho solo con mirarme.
Marcos no necesitó más invitación. Deslizó una mano por la cintura elástica, pasó por encima del encaje y encontró el coño afeitado, caliente y resbaladizo. Los labios hinchados se le abrieron solos al contacto de los dedos. Ella estaba chorreando; el jugo le mojó la yema del dedo medio en cuanto rozó la rendija. Elena arqueó la espalda y soltó un jadeo ronco que se perdió en el traqueteo del tren.
—Joder… —gruñó él, la voz entrecortada—. Estás empapada. Se te resbala todo.
—Por ti —confirmó ella, moviendo las caderas para frotarse contra la mano—. Llevo así desde que te sentaste enfrente y me miraste las tetas. Sigue. Mete un dedo. Quiero sentirte.
Marcos empujó el dedo medio dentro. El coño maduro lo chupó con avidez, caliente y estrecho a pesar de los años y de lo mojada que estaba. Elena cerró los ojos un segundo, se mordió el labio con fuerza y después volvió a clavar la mirada en la de él mientras se empujaba contra la mano.
—Más profundo —pidió—. Así… joder, sí. Muévelo. Quiero que me toques el punto ese que me hace correr la primera vez rápido.
Él curvó el dedo y lo encontró casi al instante. Elena tembló. Las piernas se le aflojaron y tuvo que agarrarse a los hombros de Marcos con más fuerza. El tren dio un bache y el movimiento le clavó el dedo todavía más adentro. Ella gimió abiertamente, sin importarle si alguien en el pasillo oía.
—Eres un cabrón con buena mano —jadeó—. Saca el dedo y chúpamelo. Quiero ver cómo te saboreo en la lengua.
Marcos obedeció. Sacó el dedo brillante de jugos y se lo llevó a la boca. El sabor era salado, espeso, de mujer que lleva tiempo sin ser follada como necesita. Elena lo miró chupar y se le entreabrió la boca en una sonrisa lasciva.
—Ahora tócame el clítoris —ordenó, bajándose un poco el pantalón y las bragas hasta media nalga—. Rómpeme el control. Quiero correrme en tu mano antes de que me la metas.
Marcos deslizó la mano otra vez. Esta vez encontró el botón hinchado y lo rodeó con dos dedos empapados, frotando en círculos firmes. Elena abrió más las piernas todo lo que el pantalón a medio bajar le permitía y se apoyó contra él, las tetas aplastadas contra su pecho. El pezón le rozaba la mejilla a través del suéter.
—Más rápido —susurró al oído de él, la respiración caliente—. Así… joder, Marcos, me estás dejando temblando. Dime otra vez que me vas a follar.
—Te voy a follar aquí mismo —contestó él, la voz ronca de deseo, frotando más deprisa—. Te voy a dar la vuelta, te voy a bajar el pantalón del todo y te la voy a meter de una embestida. Quiero oírte gemir mi nombre mientras te lleno.
Elena se corrió con un gemido ahogado, el cuerpo sacudiéndose contra la mano de él. El coño le palpitó con fuerza alrededor de los dedos que aún tenía dentro. Un chorrito caliente le mojó la palma. Se quedó un momento temblando, mordiéndose el labio para no gritar, y después soltó una risa baja, satisfecha y hambrienta a la vez.
—Primera —murmuró, todavía con la respiración entrecortada—. Ahora quítame esto. Quiero tu polla en la mano. Quiero sentir lo dura que la tienes por mí.
Marcos se levantó de un salto. El espacio era tan estrecho que sus cuerpos quedaron pegados. Elena le bajó la cremallera con dedos rápidos y sacó la polla gruesa y caliente. La empuñó con ambas manos, sintiendo el peso, las venas hinchadas, la gota de líquido preseminal en la punta. Se arrodilló un segundo solo para lamerla de base a cabeza, dejando un rastro brillante de saliva, y después se puso de pie otra vez.
—Dentro —susurró ella contra su boca, rozándole los labios sin besar del todo—. Métela ya. Quiero sentirte abrirme. Quiero que me folles como si no hubiera mañana, aquí, contra este lavabo de mierda, con el tren balanceándonos.
Marcos le bajó el pantalón y las bragas de un tirón hasta los tobillos. Elena se giró, apoyó las manos en el borde del lavabo y abrió las piernas todo lo que pudo. El espejo sucio le devolvía la imagen de sus tetas colgando, el culo redondo y pálido presentado, el coño rojo e hinchado goteando todavía. Él se colocó detrás, la cabeza de la polla rozando la entrada resbaladiza.
—Dime que sí otra vez —exigió él, la voz tensa al borde del control—. Quiero oírlo.
—Sí —jadeó Elena, empujando el culo hacia atrás—. Métela. Fóllame. Quiero tu polla dentro de mi coño hasta que no pueda más. Ahora.
Marcos empujó. La cabeza se abrió paso con un sonido húmedo y obsceno. Elena soltó un gemido largo y gutural cuando los primeros centímetros entraron. Él se detuvo a mitad, temblando, sintiendo cómo el coño maduro lo apretaba y lo chupaba.
—Más —rogó ella, mirándolo por encima del hombro con los ojos entrecerrados de lujuria—. Toda. Dámela toda.
Él embistió hasta el fondo de un solo golpe. Las caderas de Elena golpearon el lavabo. El tren balanceó y los empujó todavía más juntos. Los dos se quedaron un segundo inmóviles, jadeando, él enterrado hasta las pelotas, ella llena hasta el límite.
Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos lejanos. El balanceo del vagón los mecía. La lucecita roja seguía encendida. Marcos empezó a sacar despacio, casi hasta la punta, y volvió a clavar con fuerza. Elena mordió su propio antebrazo para no gritar.
Estaban al borde. Cada embestida los empujaba más cerca del abismo. El cubículo olía a sexo crudo. Ella empujaba el culo al ritmo de él, pidiendo más, más profundo, más salvaje. Marcos le agarró las caderas con las dos manos y aceleró, el sonido de piel contra piel llenando el baño estrecho.
Todavía no se habían corrido. Todavía podían más. El control se les escapaba entre los dedos como el jugo que le corría a Elena por el muslo interior, pero ninguno de los dos quería parar. El tren seguía avanzando en la noche y el baño del fondo guardaba el secreto de lo que apenas acababa de empezar.
Marcos embistió otra vez, hondo, y el jugo de Elena le chorreó por las pelotas. Ella empujaba el culo hacia atrás con avidez, las tetas pesadas colgando y balanceándose con cada golpe de cadera. El espejo empañado les devolvía el reflejo borroso de sus cuerpos unidos. Él estaba a punto de acelerar cuando ella se separó de golpe, gimiendo por la pérdida repentina.
—Espera —jadeó Elena, dándose la vuelta en el cubículo estrecho—. Quiero saborearte primero. Quiero esa polla gruesa en mi boca antes de que me la destroces otra vez.
Se arrodilló delante de él sin más preámbulos. Las rodillas le crujieron contra el suelo sucio del baño del tren, pero no le importó. Agarró la polla de Marcos con las dos manos: gruesa, dura como el acero, brillante de sus propios jugos y de la saliva que ya le había dejado antes. Latía en su puño. La olió, ese olor a hombre joven y a coño maduro mezclados, y se le hizo agua la boca. Abrió los labios rojos y se la metió de un solo movimiento, tragándosela hasta el fondo con ansia experta.
Marcos soltó un gemido ronco que se perdió en el traqueteo de las vías. Sintió la garganta caliente y apretada de ella cerrarse alrededor de la cabeza de su polla, la lengua experta rodeándole el tronco, las manos apretándole la base y los huevos. Elena chupaba como quien lleva años sin probar carne fresca: voraz, sin asco, babosa. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, dejándose ir hasta que la nariz le rozó el vello púbico de él. Tragaba, deglutía, hacía gárgaras obscenas alrededor de la polla mientras miraba hacia arriba con esos ojos de loba de cuarenta y ocho años.
—Joder, Elena… —gimió él, la voz entrecortada, una mano enredada en el pelo castaño de ella—. Me la estás comiendo entera. La garganta… hostia, qué bien la usas.
Ella soltó la polla solo lo justo para hablar, un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta morada e hinchada.
—Tres años practicando con juguetes, cariño. Ahora tengo la de verdad. No te corras todavía. Quiero que me la dejes dura para lo que viene.
Volvió a engullirla. Marcos se arqueó contra la pared del baño, las piernas temblando. Cada succión le arrancaba un jadeo. Ella usaba la lengua en la vena gruesa de abajo, chupaba los huevos uno por uno mientras masturbaba el tronco empapado, y después se la volvía a tragar hasta el tope, tosiendo un poco cuando le golpeaba la campanilla pero sin soltar. El cubículo olía a sexo puro: saliva, pre-semen y el coño chorreante de ella que goteaba sobre sus propios muslos desnudos.
Cuando sintió que él estaba al borde, Elena se apartó con un pop húmedo. Marcos la agarró por debajo de los brazos y la levantó como si no pesara. La empujó contra la pared del fondo, junto al lavabo. El espacio era mínimo; sus pechos se aplastaron contra el pecho firme de él. Con una mano le subió lo que quedaba del pantalón elástico y las bragas de encaje hasta la cintura solo para bajarlos del todo otra vez, dejándola abierta. No había falda, pero no hacía falta: el acceso era total. Levantó una de las piernas de Elena y se la enganchó a la cadera.
—Ahora te folló de pie —gruñó él—. Contra esta puta pared.
Empujó la polla dentro de un solo embiste profundo. Elena gritó contra su hombro. La entrada resbaladiza la tragó entera; él llegó hasta el fondo, golpeándole el cuello del útero. Empezó a follarla con fuerza, en posición de pie, las caderas martilleando sin piedad. Cada embestida hacía que las tetas grandes de ella rebotaran entre ambos cuerpos. Ella le clavó las uñas en la espalda, a través de la camiseta, rayándole la piel.
—Más duro —pidió, la voz rota de placer—. Dámela más dura, Marcos. Rómpeme el coño. Así… ¡joder, sí! Más profundo. Quiero sentirla en las tripas.
Él obedeció. La sujetó por el culo con las dos manos, separándole las nalgas para penetrarla todavía más hondo. El sonido de carne contra carne llenaba el baño: húmedo, rítmico, salvaje. El tren balanceaba y los ayudaba, empujándolos juntos en las curvas. Elena gemía sin freno ahora, mordiéndole el cuello, arañándole los hombros. Su coño maduro se contraía alrededor de la polla gruesa, chupándola, chorreando por los muslos de los dos. Marcos pensaba que nunca había follado a nadie así: tan abierta, tan exigente, tan mojada. La diferencia de edad se notaba en la forma en que ella pedía, en cómo movía la cadera para encontrarlo, en los gemidos roncos de mujer que sabe exactamente lo que quiere.
—Me vas a dejar coja —jadeó ella entre embestidas—. Sigue. No pares. Clávamela entera cada vez.
Él aceleró hasta que sudor les corría por la frente. Cuando sintió que las piernas de ella flaqueaban, se separó un segundo, se sentó en la tapa del inodoro y la atrajo hacia sí.
—Súbete —ordenó—. Quiero verte montarme. Quiero esas tetas rebotando en mi cara mientras te corres.
Elena no dudó. Se subió a horcajadas sobre él, guió la polla hasta su entrada hinchada y se dejó caer de una vez. Ambos gemeron al unísono. Empezó a cabalgarlo con fuerza, las manos apoyadas en los hombros anchos de Marcos, las caderas subiendo y bajando en un ritmo brutal. Sus tetas grandes, pesadas, libres bajo el suéter levantado, rebotaban delante de la cara de él. Marcos las agarró, las apretó, les chupó los pezones duros y oscuros mientras ella se empalaba una y otra vez.
—Míralas —susurró Elena, jadeando, moviéndose más rápido—. Míralas cómo te bailan. Fóllame desde abajo. Empújame tú también.
Él le agarró las caderas y embistió hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El encuentro era brutal, profundo, perfecto. El clítoris de Elena rozaba la base de la polla de él en cada bajada. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, el pelo pegado al sudor del cuello, y apretó el coño con fuerza.
—Me corro —avisó, la voz temblando—. Me estoy corriendo. Joder, Marcos, ven conmigo. Lléname. Quiero sentirte latir dentro.
Él no pudo aguantar más. La visión de esas tetas rebotando, el coño apretándole como un puño mojado, los gemidos de ella pidiendo más… todo lo empujó al límite. Embestió hacia arriba tres, cuatro veces más, y se corrió con un gruñido largo, chorros calientes y espesos disparándose dentro de ella. Elena se vino en el mismo instante: el orgasmo la sacudió de pies a cabeza, el coño convulsionando alrededor de la polla que aún latía y la llenaba. Un gemido ahogado le salió de la garganta mientras se aferraba a él, temblando, chorreando más jugo mezclado con el semen de Marcos que ya le resbalaba por los muslos y le goteaba sobre las pelotas de él.
Se quedaron así un momento, unidos, jadeando, el tren balanceándolos como una cuna sucia. El orgasmo todavía les sacudía en oleadas pequeñas. Elena tenía la frente apoyada en el hombro de él; Marcos le acariciaba la espalda mojada de sudor con dedos torpes.
Pero no había terminado. Fuera, en el pasillo, se oyeron pasos más cercanos y una risa lejana. La lucecita roja seguía ardiendo. La polla de Marcos, todavía semidura dentro del coño palpitante de ella, dio un tirón involuntario. Elena lo notó y sonrió contra su piel, una sonrisa lenta y peligrosa.
—Todavía no hemos terminado, guapo —susurró, moviendo apenas las caderas para sentirlo—. El tren tarda en llegar. Y yo llevo tres años de hambre. Quiero que me la vuelvas a poner dura y me folles otra vez… pero esta vez quiero que me la metas por detrás hasta que no pueda cerrar las piernas mañana. ¿Tienes huevos para otra ronda antes de que alguien llame a la puerta?
Marcos tragó saliva. El corazón le latía desbocado. Afuera el vagón seguía en su monótono avance nocturno, pero dentro de aquel baño estrecho la lujuria solo acababa de coger impulso.
Marcos no contestó con palabras. Solo la miró a los ojos, todavía semidura dentro de ella, y empujó las caderas hacia arriba una sola vez, lenta, profunda, sintiendo cómo el semen mezclado con sus jugos le facilitaba el roce. Elena soltó un gemido bajo, de pura sorpresa placentera, y su coño maduro se contrajo alrededor de la polla que volvía a endurecerse con avidez joven.
—Tengo huevos de sobra —gruñó él contra su cuello—. Date la vuelta. Ahora.
Ella se levantó temblando, el semen de Marcos resbalándole ya por el muslo interior en un hilo caliente y espeso. Se giró en el espacio ridículo del baño, apoyó las manos abiertas en el lavabo sucio y arqueó la espalda, presentándole el culo redondo, pesado, aún brillante de sudor y de sexo. Marcos se puso de pie detrás de ella, la polla ya completamente dura otra vez, rojiza y resbaladiza. Le agarró las caderas anchas con fuerza, separándole las nalgas con los pulgares, y se alineó contra la entrada hinchada y roja.
—Métela —rogó Elena, mirándolo por encima del hombro con los ojos entrecerrados—. Por detrás. Hasta el fondo. Quiero sentirla mañana cuando camine.
Él empujó de un solo tajo. La polla se hundió entera en el coño empapado, empujando hacia fuera un poco de semen y jugo que le chorreó por los huevos. Elena gritó contra el espejo empañado, un sonido gutural y salvaje que el traqueteo del tren apenas disimuló. Marcos no le dio tiempo a acostumbrarse. Empezó a embestir con fuerza bruta, las caderas golpeando el culo blando de ella en un ritmo seco y húmedo a la vez. Cada embestida hacía que las tetas pesadas de Elena colgaran y rebotaran bajo el suéter levantado; cada retirada sacaba la polla casi hasta la punta, brillante de crema blanca, antes de clavársela otra vez hasta las pelotas.
—Así… joder, sí… más fuerte —jadeaba ella, empujando el culo hacia atrás para encontrarlo—. Rómpeme. Úsame. Llevo tres años soñando con esto.
Marcos le agarró el pelo castaño con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándola a mirarse en el espejo borroso mientras la follaba. La otra mano le rodeó la cadera y le buscó el clítoris hinchado, frotándolo en círculos rápidos al mismo tiempo que embestía. Elena temblaba toda. El coño se le cerraba y se le abría alrededor de la polla gruesa como si quisiera ordeñarla. El olor a sexo era denso, animal: semen fresco, coño maduro, sudor de hombre joven. El tren dio una curva y los empujó todavía más juntos; la polla de Marcos le golpeó el fondo del útero y ella soltó un gemido largo, casi un llanto de placer.
—Me corro… otra vez… —avisó Elena, la voz rota—. No pares. No me saques. Quiero que te corras dentro otra vez. Lléname hasta que me gotee por las piernas cuando vuelva al asiento.
Él aceleró. Las embestidas se volvieron cortas, brutales, desesperadas. El sonido de piel contra piel llenaba el cubículo. Marcos sentía cómo los muslos de ella temblaban, cómo el culo se le ablandaba contra su pelvis, cómo el coño empezaba a convulsionarse en oleadas. Él estaba al borde también: la visión de esa viuda de cuarenta y ocho años doblada sobre el lavabo, pidiendo más, el culo rojo de palmadas, el coño tragándose su polla joven… todo lo empujó al abismo.
—Elena… me corro —gruñó él, clavándosela hasta el tope y quedándose quieto un segundo, solo latiendo dentro.
Ella se vino en ese mismo instante. El orgasmo la sacudió de pies a cabeza: el coño le palpitó con fuerza salvaje alrededor de la polla, exprimiéndola, chupándola, y un chorro caliente le mojó los muslos a Marcos. Él disparó al mismo tiempo, chorros espesos y abundantes bombeando dentro de ella, llenándola otra vez, empujando semen hacia fuera por los bordes ya desbordados. Se quedaron unidos, temblando, jadeando como animales, el tren balanceándolos con ternura sucia mientras el orgasmo les bajaba en ondas lentas.
Pasaron largos segundos así. Marcos se retiró al fin con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo grueso de semen blanco le resbaló a Elena por el muslo interno hasta la rodilla. Ella se giró despacio, todavía con las piernas blandas, y se arrodilló delante de él sin decir nada. Agarró la polla semidura, brillante de sus jugos mezclados, y la limpió con la lengua. Con suavidad absurda después de la violencia. Lamió desde la base hasta la cabeza, recogiendo cada gota de semen y de crema, chupando con ternura, pasando la lengua por el glande sensible hasta dejarlo limpio y reluciente. Marcos se estremeció, una mano en el pelo de ella, mirándola desde arriba con algo parecido a devoción animal.
Cuando terminó, Elena se puso de pie. Se subió el pantalón y las bragas de un tirón, acomodándose el suéter sobre las tetas aún pesadas y sensibles. Marcos se abrochó el vaquero con dedos torpes. Entonces ella lo agarró de la nuca y lo besó. Un beso profundo, lento, sabroso a sexo y a saliva. Lenguas enredadas, labios abiertos, respiraciones compartidas. Cuando se separaron, Elena le rozó la boca con la suya y le susurró al oído, la voz ronca y íntima:
—Este será nuestro secreto de viaje, guapo. Nadie más lo sabrá. Solo tú y yo y este puto tren.
Marcos asintió, todavía sin aliento. Abrieron la puerta con cuidado. La lucecita pasó de rojo a verde. El pasillo estaba vacío. Caminaron de vuelta a sus asientos como si nada hubiera pasado, aunque el olor a follada les impregnaba la ropa y el semen de él aún le resbalaba a ella entre las piernas con cada paso. Se sentaron uno al lado del otro esta vez, en el asiento doble junto a la ventanilla. Elena se acomodó contra él, apoyando la cabeza en su hombro ancho, una mano poseída sobre su muslo. Marcos le rodeó los hombros con el brazo. Ambos sonreían, sonrisas pequeñas, cómplices, de quienes acaban de compartir algo salvaje y secreto.
El tren siguió avanzando en la noche, el traqueteo monótono como una nana. Fuera, la oscuridad. Dentro, el calor de dos cuerpos que se habían devorado sin piedad. Elena cerró los ojos, sintiendo todavía el pulso del coño lleno y satisfecho, el sabor de la polla de Marcos en la lengua, el peso agradable de su brazo. Marcos miraba por la ventanilla sin ver nada, solo el reflejo de la viuda madura apoyada en él, sabiendo que esa noche había sido devorado y que el deseo mutuo había quedado plenamente saciado, al menos hasta que el tren llegara a destino.
El balanceo los mecía. Ella suspiró contra su cuello, contenta, gastada, viva. Él apretó un poco más el brazo alrededor de sus hombros. No hacía falta hablar más. El secreto ya estaba sellado entre los dos, en el olor de sus cuerpos y en la humedad que todavía les unía.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories