Última vez en el vestuario
La entrenadora Delphine se folla a su alumno Cody por última vez en el vestuario.
El eco metálico de la puerta del vestuario de hombres al cerrarse resonó como un sello. Delphine giró la llave del candado exterior y la metió en el bolsillo de su chándal negro, demasiado ceñido en las caderas. Las luces fluorescentes zumbaban con ese tono agudo de después de la medianoche; el gimnasio llevaba cerrado cuarenta minutos y solo quedaban ellos dos. El aire olía a cloro diluido, a goma de las pesas y a sudor seco en las toallas amontonadas junto a los bancos.
Cody estaba de espaldas, recogiendo las toallas que los últimos clientes habían dejado tiradas. Veintidós años, hombros anchos que tensaban la camiseta gris sin mangas, trapecios marcados, la curva de los glúteos bajo el pantalón corto de entrenamiento. Delphine lo observó un segundo de más, como había hecho durante semanas, y sintió ese calor familiar subirle por el pecho hasta el cuello. Cuarenta y dos años y un cuerpo que aún exigía atención: pechos pesados y redondos bajo la camiseta deportiva, cintura estrecha que se abría en caderas generosas, muslos firmes de tantas sentadillas demostradas. Sabía el efecto que provocaba. Y sabía, también, que Cody lo había notado desde el primer día.
—Déjame ayudarte —dijo él sin volverse del todo. Su voz sonaba más grave en el silencio—. Así terminamos antes.
Ella se acercó. El suelo de goma amortiguaba sus pasos. Se agacharon al mismo tiempo junto al banco más cercano; sus manos rozaron la misma toalla húmeda. La piel de Cody estaba caliente, todavía sudada de la última serie de press de banca que ella le había supervisado. Delphine retiró los dedos un segundo tarde. Él no apartó la mirada.
—Llevas semanas recogiendo mis toallas como si fueras el chico de los recados —murmuró ella, intentando que sonara a broma. No lo logró del todo—. Podrías haberte ido a casa.
Cody se incorporó despacio, la toalla enrollada en el puño. Estaba tan cerca que ella percibió el olor de su desodorante mezclado con el esfuerzo: limpio y masculino, casi agresivo.
—Podría —admitió—. Pero no quiero. Y tú tampoco has apagado las luces del todo.
Delphine dejó la toalla en el carro y se pasó la lengua por el labio inferior sin pensarlo. El vestuario vacío amplificaba cada respiración. Las taquillas metálicas reflejaban sus siluetas distorsionadas: ella más baja, voluptuosa; él erguido, nervioso y decidido a la vez.
—Cody…
—No digas mi nombre como si fueras a regañarme, Delphine. —Él dio un paso. Solo uno—. Llevo seis semanas aguantando que me corrijas la postura con las manos en la cintura. Que te agaches delante de mí para señalarme el ángulo de la rodilla. Que te quedes mirándome el pecho cuando creo que no te veo.
Ella sintió un tirón bajo el ombligo, caliente y traicionero. Había fantaseado exactamente con esto: el vestuario cerrado, la puerta con llave, la boca de este chico en su cuello. Por las noches, en su piso, se tocaba pensando en sus antebrazos venosos y en cómo se sentiría esa polla joven y dura empujando entre sus muslos maduros. Se lo había prohibido mil veces. Era su alumno. Tenía la edad de… no. No iba a hacer esa cuenta otra vez.
—Tú también me has mirado —replicó en voz baja, casi un reto—. Cuando me pongo a cuatro patas para recoger una pesa. Cuando me subo la camiseta para secarme el sudor. No soy ciega, Cody.
Él soltó una risa breve, sin humor, cargada de algo más denso.
—He soñado contigo. Despierto empapado, con la sábana pegada a la polla, imaginando que eres tú quien me la chupa en este mismo banco. Que me dices que me corra en tus tetas. Que me follas como si fuera la última vez que vas a tener una polla de veintidós años dentro.
El silencio que siguió fue espeso. Delphine notó cómo se le endurecían los pezones contra la tela técnica. Su coño, ya húmedo desde que lo vio solo en el vestuario, latía con insistencia. Dio un paso hacia el carro de toallas para ganar distancia y falló; él la siguió con la mirada como un depredador paciente.
—Yo también —confesó ella al fin, la voz ronca—. He fantaseado con esto. Con cerrar la puerta, con que me empujes contra las taquillas y me bajes el pantalón. Con tu boca en mi coño mientras te digo que chupes más fuerte. Con montarte aquí mismo, en el suelo de goma, hasta que me duelan las rodillas. Llevo semanas mojándome los bragas cada vez que te corrijo el deadlift y siento tu culo contra mi cadera.
Cody tragó saliva. Su erección ya marcaba de forma obscena el pantalón corto. Delphine no pudo evitar bajar la vista; la tela se tensaba sobre el bulto grueso, largo, que se levantaba hacia la izquierda. Imaginarlo libre, pesado, con las venas hinchadas, le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda hasta el coxis.
—Entonces por qué no lo hemos hecho ya —preguntó él, acercándose otro medio metro. Ahora casi no cabía aire entre sus pechos y el pecho de él—. Dime que no es porque te da miedo lo que van a decir. Dime que es porque quieres que te ruegue.
Delphine alzó la barbilla. El deseo le quemaba la garganta.
—Es porque mañana me voy. Cierro el contrato con este gimnasio. Nueva ciudad, nuevo centro. Esta es… —tragó— la última noche que tienes para follarte a tu entrenadora. Si es que de verdad lo quieres.
Las palabras quedaron suspendidas. Cody exhaló con fuerza, como si le hubieran dado un puñetazo suave en el estómago. Sus ojos, oscuros bajo la luz blanca, recorrieron el escote de ella, la curva pesada de sus pechos, la cintura, el bulto suave del monte de Venus bajo el chándal.
—Lo quiero desde el día que me enseñaste a hacer hip thrust y se te vio la raja del tanga negro —dijo sin adornos—. Quiero meterte los dedos ahora mismo y comprobar lo empapada que estás. Quiero oírte gemir mi nombre contra la taquilla. Quiero correrme tan adentro que camines distinto mañana cuando cojas el tren.
Delphine sintió un hilo de lubricante resbalarle entre los labios vaginales. Dio un paso atrás hasta que sus omóplatos tocaron el metal frío de una taquilla. El contraste le erizó la piel. Cody plantó una mano a cada lado de su cabeza, sin tocarla todavía, encerrándola con el cuerpo. El calor que desprendía era sofocante. Ella olía su sudor y quería lamerlo.
—Entonces tócame —susurró ella—. Pero despacio. Quiero recordar cada segundo de esta última vez.
La mano de Cody bajó. Primero rozó la mandíbula de Delphine con los nudillos, luego el lateral del cuello, donde el pulso le latía desbocado. Descendió por la clavícula, rozó el borde del sujetador deportivo y se posó, por fin, sobre el pecho derecho. Apretó con la palma entera, pesado, posesivo. El pezón se le clavó en la mano a través de la tela. Delphine soltó un gemido bajo que le vibró en la garganta.
—Joder, qué tetas —murmuró él contra su sien—. Pesadas. Calientes. Llevo semanas imaginando cómo se desbordan de mis manos cuando te las chupo.
Ella arqueó la espalda, ofreciéndose. La otra mano de Cody bajó por la costilla, rodeó la cintura y se deslizó bajo el elástico del chándal y del tanga. Los dedos le encontraron el vello recortado, luego la hendidura hinchada y resbaladiza. Delphine abrió un poco las piernas sin que se lo pidiera. Dos dedos se hundieron entre sus labios, recogieron la humedad y subieron hasta el clítoris, circulando con una presión deliberada.
—Estás empapada —gruñó Cody—. Empepada por mí. Por tu alumno.
—Cállate y bésame —exigió ella, ya sin aliento.
La boca de él se estrelló contra la suya. No fue un beso tierno; fue hambre. Lenguas chocando, dientes rozando labios, saliva compartida. Delphine le mordió el labio inferior y él respondió metiéndole la lengua más profundo mientras los dedos bajaban otra vez y se clavaban dentro de su coño con un sonido obsceno y húmedo. Ella jadeó dentro de su boca. Dos dedos gruesos, curvados hacia delante, buscando ese punto que la hacía ver estrellas. El pulgar seguía frotándole el clítoris con ritmo cruel.
El metal de la taquilla se le clavaba en la espalda. A Delphine le daba igual. Levantó una pierna y la enredó en la cadera de Cody, abriéndose más, empujando contra su mano. Sentía la polla de él palpitando contra su vientre, dura como el acero, caliente incluso a través de la tela. Quiso bajarle el pantalón ya, sacársela, pesarla en la palma, guiársela hasta la entrada y sentarse despacio hasta el fondo. Pero se contuvo. Quería alargar esto. Quería que cada roce quedara grabado.
Cody se separó lo justo para hablarle contra los labios húmedos:
—Voy a bajarte esto. Voy a arrodillarme y te voy a lamer hasta que te corras en mi cara. Después te voy a dar la vuelta, te voy a abrir el culo con las manos y te voy a follar de pie contra estas taquillas hasta que grites. Y cuando no puedas más, te voy a tumbar en ese banco y te voy a montar otra vez, despacio, para que sientas cada centímetro.
Delphine le agarró la muñeca y le empujó los dedos más adentro, cabalgándolos con un movimiento de cadera circular.
—Hazlo —susurró—. Pero primero déjame verte. Quiero ver esa polla que me ha tenido loca durante semanas. Quiero escupirte en la mano y tirártela yo misma mientras me dices lo puta que soy por follarme a un chico de tu edad en el vestuario.
Los ojos de Cody se oscurecieron todavía más. Retiró los dedos con lentitud, se los llevó a la boca y los chupó sin apartar la vista de ella, saboreándola. Delphine sintió que se le aflojaban las rodillas.
Él dio un paso atrás, lo justo para que ella pudiera verlo entero. Se agarró el bajo de la camiseta y se la quitó de un tirón, revelando el abdomen marcado, el pecho amplio, los pezones oscuros y duros. Después enganchó los pulgares en el elástico del pantalón corto y del calzoncillo a la vez. Bajó ambos prendas hasta la mitad del muslo. Su polla saltó libre: gruesa, vena lateral marcada, glande morado y brillante de precum, las bolas pesadas y tirantes. Delphine no pudo contener un gemido de pura avaricia.
—Tócame —pidió Cody, la voz rota—. Por favor, Delphine. Tócame antes de que me corra solo de verte mirarme así.
Ella se acercó. La mano derecha le rodeó la polla; apenas le cabía del todo. Caliente, palpitante, resbaladiza en la punta. Lo acarició despacio, de la base a la corona, repartiendo el líquido preseminal con el pulgar. Con la izquierda le pesó los testículos, los apretó con cariño posesivo. Cody soltó un juramento entre dientes y apoyó la frente en la de ella.
—Mañana me voy —repitió Delphine contra su boca, sin dejar de masturbarlo con esa lentitud tortuosa—. Así que esta noche no vamos a guardarnos nada. Quiero que me uses. Quiero que me dejes marcada. Quiero irme cojeando y oliendo a tu semen.
Cody le agarró la nuca y la besó otra vez, más profundo, mientras su cadera empujaba contra el puño de ella. La tensión en el aire era eléctrica, casi dolorosa. Afuera, en la calle, un coche pasó rompiendo el silencio de la madrugada. Dentro del vestuario solo existían el roce de la piel, el olor a sexo incipiente y la certeza de que lo que estaba a punto de ocurrir no tendría vuelta atrás.
Delphine se arrodilló despacio sobre la goma del suelo, sin soltarle la polla, y levantó la vista hacia él con los labios entreabiertos, lista para tomársela en la boca… pero aún no del todo. Quería oírlo rogar una vez más. Quería que la noche apenas estuviera empezando.
Delphine permaneció de rodillas sobre la goma fría, la polla gruesa de Cody palpitándole en el puño. El glande morado brillaba bajo la luz fluorescente, una gota espesa de precum resbalándole por el dorso de los dedos. Ella sonrió con picardía, esa sonrisa lenta y maliciosa que usaba en el gimnasio cuando lo obligaba a hacer una serie extra, y levantó la vista sin soltarlo.
—Esta será la última vez que entrenemos juntos, Cody —murmuró, la voz ronca, rozándole el glande con el labio inferior sin abrirlo del todo—. Mañana cojo el tren y se acabó. Quiero despedirme como se merece. Quiero que me uses hasta que no puedas más, que me dejes el coño destrozado y el olor de tu semen entre las piernas cuando cruce la puerta. ¿Me lo vas a dar así, o te vas a quedar mirándome como un crío con la polla en la mano?
Cody tragó saliva con dificultad. Sus abdominales se contraían con cada respiración. La mano libre de Delphine subió por su muslo interior, apretó la base de los huevos y los masajeó con lentitud cruel.
—Joder, Delphine… por favor. Métetela. Chúpamela. Te lo ruego. Llevo semanas soñando con esa boca.
Ella soltó una risa baja contra la punta caliente.
—Todavía no. Primero te vas a arrodillar tú también. Quiero sentir tu lengua antes de que me la metas entera.
Se incorporó con gracia deliberada, sin soltarle del todo la verga, y tiró de él hacia abajo. Cody cayó de rodillas frente a ella. El contraste era obsceno: ella todavía vestida con el chándal negro ceñido, pechos pesados empujando la camiseta técnica, y él desnudo de cintura para abajo, la polla rígida apuntando hacia su vientre. Delphine se bajó el elástico del pantalón y el tanga de un solo empujón, dejándolos a media muslo. El vello recortado brillaba de humedad. El aroma de su coño empapado llenó el aire cerrado del vestuario.
Cody no esperó permiso. Hundió la cara entre sus muslos maduros y lamió de abajo arriba, una lengüetada larga y ruidosa que le abrió los labios hinchados. Delphine se agarró a su pelo corto y empujó la cadera hacia adelante.
—Así… justo ahí. Chúpame el clítoris como si te fuera la vida en ello. Quiero correrme en tu lengua antes de que me folles.
Él obedeció con hambre. La lengua se le clavó en el clítoris hinchado, circulando con presión firme mientras dos dedos se hundían de golpe en su coño empapado. El sonido húmedo resonó entre las taquillas. Delphine arqueó la espalda, los pezones duros rozando la tela, y miró hacia la puerta con llave. El riesgo le quemaba las entrañas: si alguien del personal de limpieza venía a comprobar, si un faro de coche barría la ventana alta… La idea solo la mojó más.
—Más profundo —exigió, cabalgando su cara—. Mételos hasta el fondo. Quiero oír cómo chapoteas dentro de mí.
Cody gruñó contra su coño y añadió un tercer dedo, estirándola, curvándolos hacia ese punto esponjoso que la hacía ver blanco. Su nariz se aplastaba contra el monte mientras lamía sin descanso. Delphine sintió el orgasmo subir como una marea caliente desde el útero. Se mordió el labio para no gritar demasiado alto y se corrió temblando, apretando los muslos alrededor de su cabeza, chorreándole jugos por la barbilla y el cuello. Cody no se detuvo; siguió lamiendo los espasmos, bebiéndola, hasta que ella lo empujó suavemente hacia atrás.
Jadeando, Delphine se bajó del todo el chándal y la ropa interior, se quitó la camiseta y el sujetador deportivo de un tirón. Sus pechos pesados cayeron libres, pezones oscuros y erectos. Cody se levantó de un salto, la agarró por la cintura y la estrelló contra las taquillas metálicas. El frío del acero le erizó la piel de la espalda. La besó con hambre voraz, lengua profunda, sabores mezclados de su propio coño y la saliva de él. Delphine respondió con la misma furia, mordiéndole el labio inferior hasta casi sacarle sangre, las manos explorando cada centímetro: los trapecios tensos, el pecho amplio, los abdominales marcados, bajando otra vez a esa polla que le golpeaba el vientre goteando precum.
Él le apretó un pecho con la mano entera, aplastándolo, pellizcándole el pezón hasta hacerla gemir dentro de su boca. La otra mano le rodeó el culo generoso, separándole los glúteos, rozándole el agujero trasero con el dedo medio empapado de sus jugos.
—Me voy a correr solo de tocarte —jadeó Cody contra su cuello, chupándole la piel hasta dejarle un chupetón oscuro—. Estas tetas… este culo… este coño que me ahoga los dedos. Eres una puta perfecta, Delphine. Mi entrenadora puta.
—Y tú mi alumno cachondo que se corre soñando con follarme —replicó ella, tirándole la verga con el puño cerrado, rápido y firme—. Siente cómo me late. Estoy lista. Tan abierta y mojada que podrías metérmela de un solo empujón.
Las manos de ambos no paraban. Ella le masajeaba los huevos mientras él le metía dos dedos otra vez en el coño y le frotaba el clítoris con el pulgar. El riesgo flotaba entre ellos como un tercer cuerpo: cualquier ruido en el pasillo, cualquier sombra bajo la puerta, y tendrían que parar. O no. La idea de que los descubrieran medio desnudos, ella montada en su polla de veintidós años, solo los excitaba más.
Cody la levantó un poco, apoyándole el culo en el borde de una taquilla baja. Delphine enredó las piernas alrededor de su cintura. La polla de él quedó atrapada entre sus vientres, resbalando por el pliegue de su coño, el glande golpeándole el clítoris una y otra vez. Ella se frotó contra él, untándolo de lubricante, gimiendo bajo cada roce.
—Te deseo dentro de mí —le susurró al oído, la voz rota de pure necesidad—. Ahora. Quiero sentirte abrirme. Quiero cada centímetro de esa polla joven y dura enterrada hasta las bolas. Fóllame contra estas taquillas, Cody. Úsame. Déjame marcada por dentro para que mañana, cuando me siente en el tren, todavía note cómo me has estirado.
Él la miró a los ojos, las pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando. Ajustó la cadera. La punta gruesa empujó entre sus labios hinchados, se abrió paso un centímetro, dos, sintiendo cómo el calor húmedo la engullía. Delphine clavó las uñas en sus hombros y empujó hacia abajo, intentando tragársela más rápido.
—Despacio —gruñó él, aunque su control se resquebrajaba—. Quiero sentir cómo me aprietas cada vena.
Entró otro tramo. Delphine soltó un gemido largo, la cabeza echada hacia atrás contra el metal. Estaba tan empapada que resbalaba fácil, pero la grosor la llenaba de una forma deliciosa, estirándola, rozándole las paredes sensibles. Cody empujó hasta el fondo de un solo movimiento firme. Sus huevos golpearon el culo de ella. Ambos se quedaron quietos un segundo, respirando el mismo aire caliente, sintiendo el pulso de la polla enterrada hasta la raíz.
Fuera, en la calle, un claxon lejano rompió el silencio. Dentro, solo existía el olor a sexo, el roce de piel sudada y el temblor de los músculos conteniendo el primer embiste salvaje. Delphine contrajo el coño a propósito, exprimiendo la verga de Cody, y sonrió contra su boca.
—Muévete. Fóllame como si fuera la última polla que voy a tener en la vida. Y no te corras todavía. Quiero que me la saques y me la metas otra vez, que me des la vuelta, que me la metas por detrás mientras me aprietas las tetas contra la taquilla. Quiero oírte gemir mi nombre cuando te corras tan adentro que me chorree por los muslos hasta los tobillos.
Cody retiró la cadera hasta dejar solo el glande dentro y embistió con fuerza. El golpe seco de piel contra piel resonó. Delphine gritó ahogado. Otra embestida. Otra. El ritmo se volvió brutal de inmediato, profundo, posesivo. Cada embiste hacía temblar las taquillas. Ella le clavaba los talones en los glúteos para pedirle más, más hondo, más duro. El deseo explícito los empujaba sin freno: las manos de él aplastándole las tetas, pellizcándole los pezones, la boca de ella mordiéndole el hombro para no aullar. El metal frío contrastaba con el calor sofocante entre sus cuerpos. Cody le separó más las piernas, cambió el ángulo y dio justo en ese punto que la hacía ver estrellas.
—Joder, Delphine… te aprietas como una puta en celo. Tu coño me está ordeñando. Voy a llenarte. Voy a correrme tan profundo que caminarás coja mañana.
—Hazlo —jadeó ella, ya al borde de otro orgasmo—. Pero no todavía. Sácala. Quiero chuparte el sabor de mi coño de la polla y después te la vuelvo a meter yo misma. Quiero montarte en ese banco. Quiero que me veas rebotar encima de ti con estas tetas pesadas hasta que no puedas más.
Cody obedeció a duras penas. Se salió de ella con un sonido obsceno y húmedo. La polla brillaba entera de jugos. Delphine se deslizó al suelo otra vez, de rodillas, y se la metió entera en la boca de un solo movimiento, saboreando su propio sabor mezclado con el precum salado. Cody maldijo y se agarró a su pelo. Ella lo chupó con avaricia, garganta relajada, saliva espesa cayéndole por la barbilla hasta los pechos. Después lo soltó con un pop húmedo, se levantó, lo empujó hacia el banco de madera y se subió a horcajadas sobre él.
La polla quedó vertical entre ellos. Delphine la agarró, se alineó y se sentó despacio, centímetro a centímetro, hasta que su culo descansó contra los muslos de él. Ambos gimieron al unísono. Ella empezó a moverse: circular primero, después subiendo y bajando con fuerza, las tetas rebotando delante de la cara de Cody. Él las atrapó con la boca, chupando un pezón y luego el otro, mordiendo justo lo suficiente para hacerla gritar.
El banco crujía. El riesgo de ser descubiertos seguía ahí, eléctrico, haciendo que cada embiste fuera más urgente. Delphine se inclinó hacia adelante, las manos en el pecho de él, y le susurró otra vez contra los labios, la voz temblando de placer:
—Te deseo dentro. Siempre. Incluso cuando me vaya. Quiero que esta última follada me dure semanas. Fóllame más fuerte, Cody. Úsame hasta que no pueda caminar derecho.
Él le agarró las caderas con ambas manos y empezó a embestir desde abajo, salvaje, encontrando su ritmo. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el vestuario. Delphine sentía el segundo orgasmo acumularse otra vez, más intenso, más profundo. Se agarró a los hombros de él y se dejó llevar, sabiendo que todavía quedaba mucho por hacer esa noche: más posiciones, más suciedad, más marcas. La tensión no se rompía; solo se tensaba más, lista para estallar en la siguiente embestida, en el siguiente gemido, en la certeza de que el amanecer tardaría todavía en llegar y ellos no iban a desperdiciar ni un segundo.
El banco crujía bajo ellos con cada embestida que Cody le daba desde abajo. Delphine rebotaba salvaje, las tetas pesadas golpeándole la cara, el coño engulléndole la polla hasta las bolas con un chapoteo obsceno y rítmico. El segundo orgasmo la atravesó como un calambre eléctrico: se arqueó, se contrajo a su alrededor y gritó su nombre contra el pecho sudado de él mientras los jugos le resbalaban por los muslos y le empapaban las pelotas. Cody aguantó a duras penas, los dientes apretados, las manos clavadas en esas caderas maduras que no dejaban de moverse.
—Joder… Delphine… si sigues así me corro ya —jadeó, la voz rota.
Ella se detuvo un segundo, temblando todavía, y se levantó despacio. La polla de Cody salió de su coño con un sonido húmedo y obsceno, brillante de sus fluidos, palpitando al aire libre del vestuario. Delphine se arrodilló entre sus piernas abiertas sobre la goma fría. No hubo pausa. Agarró la verga gruesa con ambas manos, la acercó a su boca y la engulló de un solo movimiento hasta que el glande le rozó la garganta. Saliva espesa le brotó de inmediato por las comisuras, le chorreó por la barbilla y le cayó a chorros sobre los pechos pesados que colgaban libres.
Cody soltó un gemido gutural y le enterró los dedos en el pelo corto, agarrándola con fuerza, sin empujar del todo todavía, solo sujetándola mientras ella le chupaba con avaricia. La lengua de Delphine se enroscaba alrededor de la corona, lamiendo su propio sabor mezclado con el precum salado; después aflojó la garganta y se la metió entera otra vez, hasta que la nariz le rozó el vello púbico y los huevos le golpearon la barbilla. Babas espesas le cubrían la verga, le brillaban en los labios hinchados, le resbalaban por el cuello. Cada vez que subía, dejaba un hilo viscoso que se estiraba y se rompía contra su pecho.
—Así… joder, trágatela toda —gruñó él, tirándole del pelo para verle la cara. Los ojos de Delphine lloraban un poco por el esfuerzo, pero no apartaba la mirada. Sonaba el ruido sucio de la mamada: glups húmedos, respiraciones entrecortadas por la nariz, el chapoteo de la saliva cuando ella sacaba la polla solo para escupirle encima y volver a engullirla hasta el fondo—. Llevo semanas soñando con esta puta boca. Tu garganta me aprieta… me voy a correr si sigues.
Delphine respondió metiéndose dos dedos en el coño empapado mientras lo chupaba, frotándose el clítoris hinchado, gimiendo alrededor de la verga. El sonido vibró por toda la longitud de Cody. Él le tiró más fuerte del pelo, le embistió la boca un par de veces con cuidado brutal, y ella se lo permitió, relajando la mandíbula, dejándose usar. La saliva le chorreaba ya hasta el ombligo. El olor a sexo llenaba el vestuario cerrado: sudor, coño, precum.
Cuando notó que los muslos de él temblaban demasiado, Delphine lo soltó con un pop ruidoso. Hilos de baba unían sus labios al glande morado. Cody no esperó. La agarró por debajo de los brazos, la levantó como si no pesara y la estrelló de espaldas contra las taquillas metálicas. El frío del acero le arrancó un grito. Él le abrió las piernas a la fuerza, le enganchó un muslo en la cadera y le clavó la polla de un solo empujón seco hasta el fondo. Delphine gritó alto esta vez. El metal resonó. Cody empezó a embestir fuerte y rápido, sin piedad, el cuerpo entero empujando, los huevos golpeándole el culo con cada embate.
—Tómalo… tómalo todo —le gruñó al oído, una mano aplastándole un pecho contra la taquilla, la otra agarrándole el culo para abrirla más—. Esta polla es tuya esta noche. Última vez. Voy a destrozarte el coño contra estas putas taquillas.
Cada embestida era un golpe seco y profundo. Delphine sentía cómo le rozaba ese punto interno una y otra vez; las piernas le temblaban, los pezones se le clavaban en el pecho sudado de él. El ritmo era brutal, casi violento de puro deseo. Las taquillas temblaban y sonaban. Ella le clavó las uñas en la espalda, le mordió el hombro para no aullar demasiado alto y se corrió otra vez, contrayéndose alrededor de la verga que no dejaba de entrar y salir como un pistón. Cody no se detuvo. Siguió follándola de pie, rápido, fuerte, hasta que las rodillas de ella flaquearon del todo.
Entonces la bajó, la giró y la empujó hacia el banco de madera. Se sentó él primero, la polla apuntando al techo, y la atrajo a horcajadas. Delphine se alineó y se sentó de golpe, engulléndosela entera otra vez. Empezó a cabalgarlo salvajemente: subía hasta dejar solo el glande dentro y se dejaba caer con todo el peso, las tetas rebotando pesadas delante de la cara de Cody. Él las atrapó con la boca, chupó un pezón hasta casi dolerle, mordió el otro, le azotó el culo con ambas manos mientras ella rebotaba sin control.
—Mírame —exigió Delphine, la voz hecha jirones, sudor corriendole entre los pechos—. Mírame montarte como la puta que soy. Tu entrenadora de cuarenta y dos años follándose a su alumno en el vestuario. ¿Te gusta? ¿Te gusta cómo te ordeño la polla con este coño maduro?
Cody solo pudo gruñir y embestir hacia arriba, encontrando su ritmo, agarrándole las caderas para clavar más hondo. El banco crujía como si fuera a romperse. Delphine cabalgaba sin freno, circular, vertical, frotándose el clítoris contra el pubis de él cada vez que bajaba. Otro orgasmo la sacudió; gritó, se inclinó hacia adelante y le mordió el cuello mientras el coño le espasmaba alrededor de la verga gruesa. Cody estaba al límite. Se levantó con ella todavía ensartada, la dio la vuelta y la dobló sobre el banco más cercano.
Delphine se agarró a la madera con las dos manos, el culo en alto, las piernas abiertas. Cody le separó los glúteos con las palmas, le miró el coño rojo e hinchado un segundo y se la volvió a clavar de un solo empujón hasta las bolas. Empezó a darle duro por detrás: embestidas largas y potentes que hacían sonar la carne contra carne. Cada vez que entraba del todo le azotaba una nalga con la mano abierta. El sonido seco del azote llenó el vestuario junto con los gemidos de ambos.
—Más fuerte… azótame más fuerte —suplicó ella, empujando el culo hacia atrás para encontrarlo—. Déjame el culo marcado. Quiero sentirlo mañana en el tren. Fóllame… fóllame como si quisieras romperme.
Cody le dio una palmada más dura en la nalga derecha; la piel se le puso roja al instante. Luego en la izquierda. Delphine gritaba de placer puro cada vez. Él le agarró el pelo con una mano, le tiró la cabeza hacia atrás y le embistió sin piedad, el ritmo cada vez más salvaje, los huevos golpeándole el clítoris. El otro brazo le rodeó la cintura para alcanzarle el pecho y pellizcarle el pezón. Ambos gemían y gritaban sin control ya: ella el nombre de él, él maldiciones y alabanzas sucias a ese coño que lo apretaba como un puño caliente.
El olor a sexo era espeso. El sudor les resbalaba por la espalda. Delphine sentía cómo se acercaba otro orgasmo, más profundo, más destructivo, y sabía que Cody tampoco iba a aguantar mucho más. Pero aún no. Todavía no. Quería más. Quería que la usara hasta el amanecer. Empujó el culo hacia atrás con más fuerza, contrajo el coño a propósito y gritó:
—No te corras todavía… joder, no todavía. Sácala… métela otra vez… azótame y fóllame hasta que no pueda más…
Cody le dio otro azote brutal, le clavó la polla hasta el fondo y se quedó quieto un segundo, temblando, respirando como un animal, la frente apoyada en la espalda sudada de ella. El vestuario entero parecía vibrar con el eco de sus gritos. Afuera el silencio de la madrugada seguía intacto. Dentro, la tensión no se rompía: solo se tensaba más, lista para la siguiente embestida, para el siguiente gemido, para todo lo que todavía les quedaba por hacer antes de que la luz del día los obligara a separarse.
El banco crujía bajo el peso de ambos mientras Cody le embestía sin freno por detrás. Delphine tenía las manos clavadas en la madera húmeda de sudor, el culo en alto, las piernas abiertas hasta el límite. Cada embate le hacía rebotar los pechos pesados, los pezones rozando la superficie fría. Él le agarraba las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne madura, y le daba con toda la longitud de esa polla gruesa y joven que la llenaba hasta el fondo. El sonido de la carne golpeando carne llenaba el vestuario cerrado: húmedo, rítmico, obsceno.
—Ahora… ahora sí —jadeó ella, la voz rota, empujando el culo hacia atrás para encontrarlo más profundo—. Córrete conmigo. Lléname. Quiero sentirte latir dentro cuando te corras.
Cody gruñó como un animal. Aceleró el ritmo hasta volverlo brutal. Le azotó una nalga una última vez, la marca roja ardiendo bajo la luz fluorescente, y le rodeó la cintura con un brazo para alcanzar su clítoris hinchado. Lo frotó con dos dedos rápidos, duros, mientras la polla entraba y salía como un pistón. Delphine gritó su nombre. El orgasmo la golpeó primero: un calambre eléctrico que le partió la espalda en dos, el coño contrayéndose en oleadas violentas alrededor de la verga de él, exprimiéndola, ordeñándola. Los jugos le chorrearon por los muslos, empapándole las bolas a Cody.
Él no aguantó. Dos embestidas más, profundas hasta las raíces, y se corrió con un gemido gutural que le vibró en el pecho. Delphine sintió cada chorro caliente, espeso, disparándose contra las paredes de su coño, llenándola, desbordándose. Él siguió empujando en pequeños embates cortos mientras se vaciaba, la frente apoyada en su espalda sudada, la respiración entrecortada caliente contra su piel. Ella apretó a propósito, exprimiendo hasta la última gota, sintiendo cómo el semen le resbalaba ya por los labios hinchados y le bajaba por el muslo interior hasta la rodilla.
Quedaron así un largo minuto, unidos, temblando. El eco de sus gemidos se apagó poco a poco. Solo quedaba el zumbido de las luces y el olor espeso a sexo: sudor, coño, semen. Cody se salió despacio. La polla salió brillante, aún semidura, un hilo blanco uniendo el glande al coño rojo e hinchado de Delphine. Ella se quedó doblada sobre el banco un segundo más, sintiendo cómo le chorreaba por dentro y por fuera, las piernas temblando, el corazón latiéndole en la garganta.
Se enderezó con lentitud. El semen le resbalaba por el muslo. Cody se dejó caer sentado en el banco, pecho subiendo y bajando, ojos oscuros fijos en ella. Delphine caminó hasta el carro de toallas, las piernas aún blandas, y cogió una limpia. Se limpió entre las piernas con movimientos deliberados, lentos, pasando la tela por los labios hinchados, recogiendo el desastre blanco y transparente que le bajaba. El contraste de la toalla áspera contra la piel sensible le provocó un escalofrío residual. Se limpió los muslos, el bajo vientre, incluso un poco el culo marcado por las palmadas. Después se acercó a Cody y le limpió la polla con la misma toalla: suave, casi cariñosa, envolviendo el glande todavía sensible, bajando por el tronco brillante, secándole las bolas. Él soltó un suspiro ronco y le agarró la muñeca un segundo, solo para sentirla.
Cuando terminó, Delphine dejó la toalla a un lado y se inclinó sobre él. Le tomó la cara entre las manos y lo besó. Fue un beso largo, profundo, lento. Lenguas que se buscaban sin prisa, sabores mezclados de saliva y de su propio coño todavía en la boca de él. No había prisa ya. Solo la necesidad de quedarse un poco más dentro del otro. Él le rodeó la cintura desnuda con los brazos, las palmas abiertas sobre la curva de su culo, y la atrajo más cerca. El beso se alargó hasta que ambos se quedaron sin aire. Se separaron solo lo justo para mirarse.
Delphine le habló con la voz ronca, todavía quebrada por los gritos:
—Esta ha sido la mejor última vez de mi vida, Cody. La mejor. Me has follado como nadie. Me has llenado como nadie. Mañana me subo a ese tren oliendo a ti por dentro y sé que voy a mojarme solo de recordarlo.
Él sonrió. Esa sonrisa joven, cansada, satisfecha, que le iluminaba la cara sudada. Le pasó el pulgar por el labio inferior de ella, hinchado de tantos besos y de haberle chupado la polla.
—No digas última como si de verdad creyeras que es la última —murmuró—. Porque yo no lo creo. Y tú tampoco.
Se levantaron. Cody se puso el calzoncillo y el pantalón corto todavía pegajosos de sudor. Se metió la camiseta gris sin mangas por la cabeza, los trapecios tensándose una última vez bajo la tela. Delphine se enfundó el sujetador deportivo, se metió los pechos pesados dentro, se subió el chándal negro y el tanga. El semen todavía le resbalaba un poco; lo sintió y sonrió para sus adentros. Se peinó el pelo corto con los dedos. El vestuario olía a ellos. A sexo recién hecho. A despedida que no quería serlo.
Se miraron junto a la puerta. Cody tenía la mano en el pomo. Delphine la llave del candado exterior en el bolsillo. No se dijeron adiós. Solo se miraron. Una mirada cómplice, cargada de todo lo que acababan de hacer y de todo lo que probablemente volverían a hacer. Él inclinó la cabeza un milímetro. Ella le devolvió la misma inclinación. Ambos sabían. Esta no había sido la última vez. Solo la primera que se atrevían a llamar así.
Cody abrió la puerta. El pasillo oscuro del gimnasio lo engulló. El eco metálico de la puerta al cerrarse resonó una vez más. Delphine se quedó sola en el vestuario de hombres. Las luces fluorescentes seguían zumbando. Las taquillas metálicas reflejaban su silueta voluptuosa, el chándal ceñido, la sonrisa lenta y satisfecha que se le extendía por la cara.
Se pasó la lengua por el labio inferior, saboreando todavía el beso. Sintió el coño sensible, lleno, marcado. Se sentó un momento en el banco donde él la había montado, las piernas abiertas, y dejó que la sonrisa se le hiciera más ancha. Mañana cogería el tren. Nueva ciudad. Nuevo gimnasio. Pero el olor de Cody entre las piernas y la memoria de esa polla destrozándola contra las taquillas se irían con ella.
Y algo le decía, con absoluta certeza, que no tardaría en volver.
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