Noche de Lluvia en la Tienda Compartida

Un joven folla a la madura vecina viuda en la tienda inundada.

27 min read August 23, 2026New

Te lo confieso de una vez: yo nunca pensé que iba a acabar empotrado contra el cuerpo de Laura en una puta tienda de campaña a medio derrumbarse, con el agua del festival lamiéndonos los tobillos y la tormenta castigando el lonazo como si quisiera meternos dentro. Tengo veintidós. Ella, cuarenta y ocho. Es la madre de mi mejor amigo. Viuda. Vecina de toda la vida. Y esa noche olía a lluvia, a crema de cuerpo barata y a algo mucho más peligroso que ninguna de las dos cosas.

El festival se fue a la mierda en menos de una hora. Primero fue un chaparrón “pasajero”, decían por los altavoces. Luego el cielo se abrió de verdad y el campamento entero se convirtió en un mar de barro. Las tiendas de alrededor se hinchaban y se hundían; la nuestra —la que me tocó compartir con ella porque las suyas se habían inundado y la mía era la única que aguantaba medianamente en alto— crujía por las costuras. Dentro no cabíamos ni de lado. Dos colchonetas finas, un saco abierto a medias, la mochila de ella apretada contra la mía, y ese puto techo a medio metro de la cara.

Laura entró empapada, riéndose con esa risa grave de mujer que ya no finge inocencia. El vestido de verano se le pegaba a las tetas grandes, pesadas, con los pezones marcados por el frío como dos monedas. El pelo castaño oscuro le chorreaba por la espalda. Se agachó para quitarse las botas y el escote se le abrió de golpe: el valle entre aquellas mamas maduras, blancas, con esa suave caída que solo da la edad y dos hijos criados, me golpeó en la entrepierna antes de que pudiera apartar la vista.

—Joder, Felix… perdona el espectáculo —murmuró, sin apartarse—. No hay espacio ni para respirar.

—No pasa nada —mentí yo, con la voz más cascada de lo que pretendía.

Me hice a un lado todo lo que pude. Fue inútil. Cuando se sentó a mi lado, su muslo ancho y suave rozó el mío de arriba abajo. La tela mojada de su vestido chilló contra el pantalón corto mío. Noté el calor de su piel a través de todo. Ella fingió acomodarse el saco. Yo fingí revisar el móvil sin cobertura. Los dos sabíamos que estábamos jugando.

La lluvia arreciaba. Cada ráfaga empujaba la lona hacia dentro y nos obligaba a inclinarnos el uno hacia el otro. En un momento el techo bajó tanto que su pecho se aplastó contra mi brazo. Sentí el peso real de aquella teta, la blandura caliente, el pezón duro rozándome el bíceps. Ella dio un respingo mínimo y se quedó quieta, respirando por la boca.

—Perdona —dijo bajo, casi en mi oído—. Es que… no cabe.

—Ya —respondí yo, y no moví el brazo.

El silencio se llenó del golpeteo del agua y de nuestra respiración demasiado cerca. Podía olerla: champú de hotel del día anterior, un toque de perfume dulzón que se había diluido con la lluvia, y debajo, el olor limpio de su piel mojada. Mi polla empezó a ponerse dura sin permiso. Intenté recoger las piernas. Peor. La rodilla se me clavó entre los muslos de ella un segundo y noté lo cálido y blando que estaba ahí abajo, bajo la tela fina del vestido. Los dos nos quedamos helados.

Laura se mordió el labio inferior. Lo vi de reojo. Esa boca gruesa, pintada todavía de un rojo oscuro desgastado por la lluvia. Tenía pequeñas patas de gallo en los ojos y una suave papada cuando bajaba la barbilla, y joder si eso me ponía más cachondo que cualquier tía de mi edad. Era una mujer hecha. Caderas anchas de parir, cintura todavía marcada, culo grande y redondo que al agacharse a buscar una toalla se levantó hacia mí como una ofrenda. El vestido se le subió un palmo. Vi la curva interna de un muslo blanco, la sombra de la braga negra húmeda pegada al coño.

Tragué saliva tan fuerte que ella lo oyó.

—¿Tienes frío? —preguntó, volviéndose hacia mí. Sus pechos se movieron con el giro, pesados, libres bajo la tela. No llevaba sujetador. Se le habían marcado los pezones de nuevo, oscuros y gruesos.

—Un poco —mentí otra vez.

Sonrió de lado, esa media sonrisa de viuda que ha follado mucho en su vida y lo recuerda todo.

—Acércate entonces. No vamos a morirnos de hipotermia por fingir educación, ¿no?

Se corrió lo poco que podía hacia la pared de la tienda y levantó un lado del saco. No había forma elegante de hacerlo. Me deslicé. En cuanto estuve bajo la tela, su cuerpo entero quedó pegado al mío: tetas contra costillas, vientre suave contra mi cadera, un muslo metido entre los míos. Mi polla, ya dura del todo, quedó atrapada contra la curva de su cadera. Ella lo notó. Claro que lo notó. Su respiración se entrecortó un segundo y después soltó una risita baja, casi nerviosa.

—Vaya… —susurró—. Parece que a alguien no le importa la inundación.

—Laura… —empecé, la voz rota.

—Shh. No digas tonterías. Estamos empapados, hacinados y temblando. Es biología, cielo. No te mortifiques.

Pero su mano, al acomodar el saco sobre nosotros, “sin querer” rozó el bulto de mi polla a través del pantalón. Fue un segundo. Un roce deliberadamente torpe de dedos largos y anillo de viuda todavía en el anular. El contacto me sacó un jadeo ahogado. Ella no retiró la mano de inmediato. La dejó ahí, quieta, sintiendo cómo me latía contra la palma, antes de deslizarla “casualmente” hacia mi abdomen.

El calor entre nosotros subió de golpe. Afuera el agua empezaba a filtrarse por una esquina y formaba un charco que nos obligó a apretarnos todavía más al centro. Ahora sí que no había milímetro libre. Su pecho se aplastaba completo contra mi costado cada vez que respiraba. Podía contar los latidos de su corazón. Oler el leve rastro de sudor dulce entre sus tetas. Mi mano, sin saber dónde ponerse, acabó en su cintura. Los dedos se hundieron en la carne blanda justo encima de la cadera. Ella soltó un suspiro que no tenía nada de frío.

—Tienes las manos calientes —dijo contra mi cuello. Sus labios casi me rozaron la piel.

—Y tú estás helada —respondí, aunque era mentira: bajo el vestido mojado ardía.

Pasaron minutos así, fingiendo que el roce constante era inevitable y no elegido. Cada vez que la lona se hundía con el viento, su culo se pegaba más a mi ingle. Yo empujaba un poco hacia atrás “para hacer sitio” y mi polla dura se incrustaba entre sus nalgas grandes y suaves. Ella no se quejaba. Al contrario: en un momento abrió un poco más las piernas, solo lo justo para que mi muslo quedara atrapado contra el calor de su coño tapado por la braga empapada. Sentí la humedad. No era solo lluvia.

—Felix… —su voz salió más grave—. Tu amigo no puede saber nunca que…

—Que qué —pregunté, aunque ya lo sabía.

Ella levantó la cara. A centímetros. Los ojos oscuros, húmedos, con esa mirada de mujer que lleva años sin que la toquen de verdad y de pronto tiene a un tío joven duro como una piedra pegado a la entrepierna.

—Nada. Olvídalo. Solo… quédate quieto. O muévete. Como quieras. Pero no me mires así porque se me va a ir la olla.

Yo la miré igual. Peor. Dejé que mi mano subiera despacio desde la cintura hasta la costilla baja, rozando el borde pesado de su teta. Ella no me apartó. Al contrario: arqueó un milímetro el pecho hacia mi palma. El pezón me rozó los dedos a través de la tela fría. Estaba duro, grueso, sensible. Un gemidito mínimo se le escapó antes de morderse el labio otra vez.

La tormenta no aflojaba. El agua ya nos mojaba los pies. Tuvimos que sentarnos casi abrazados, pecho contra pecho, para que las colchonetas no flotaran. Sus tetas aplastadas contra mi pecho desnudo (me había quitado la camiseta empapada hacía rato) eran un suplicio caliente y blando. Cada respiración suya me frotaba los pezones por el torso. Mi polla latía contra su vientre bajo. Ella bajó la mirada hacia el bulto, tragó saliva y volvió a subir los ojos a los míos con una mezcla de culpa y hambre que me destrozó.

—Esto es una locura —susurró—. Tengo la edad de… joder, Felix, podría ser tu madre.

—Pero no lo eres —contesté, y por primera vez dejé que mis caderas se movieran un poco, un frote lento y deliberado de mi polla dura contra el hueco de su cadera y el borde de su coño—. Y no me estás empujando.

Ella cerró los ojos. Su mano subió a mi nuca, los dedos enredándose en mi pelo mojado, y me acercó la boca hasta que sentí su aliento en los labios.

—Todavía no —murmuró contra mi boca, sin besar, torturándome—. Si cruzamos esta línea… no hay vuelta atrás. Y afuera sigue lloviendo. Y esta tienda es un puto ataúd de lonas. Y yo llevo dos años sin que nadie me folle como se debe.

Su confesión me partió por la mitad. Dos años. Aquella mujer voluptuosa, con ese cuerpo de curvas maduras y ese coño que ya sentía caliente y hinchado contra mi muslo, llevaba dos años seca de tíos. Mi polla dio un vuelco doloroso. Deslicé la mano por fin bajo el escote del vestido. Encontré la teta desnuda, pesada, la areola grande y rugosa, el pezón grueso entre los dedos. Lo apreté suave. Ella soltó un gemido ronco que se perdió bajo el trueno.

—Felix… joder…

—Dime que pares y paro —susurré en su oreja, masajeándole la teta con toda la palma, sintiendo cómo se desbordaba entre mis dedos.

Ella no dijo que parara. Abrió más las piernas. Su mano bajó entre nuestros cuerpos y por fin rodeó mi polla por encima del pantalón, midiendo el grosor, el calor, la dureza absoluta. Apretó. Un solo apretón firme de mujer que sabe lo que quiere aunque le dé miedo admitirlo.

—Qué grande la tienes… —respiró—. Como tu padre no, desde luego. Perdona. No sé por qué he dicho eso.

Yo reí bajo contra su cuello y le mordí suavemente la piel salada.

—Di lo que te salga. Estamos solos. Nadie nos oye con esta lluvia.

Fuera, el festival era un cementerio de luces apagadas y gritos lejanos. Dentro, solo existíamos nosotros dos: mi mano metida bajo su vestido, amasándole la teta madura; la de ella palpándome la polla como si estuviera decidiendo si sacármela ya o torturarme un rato más; nuestros muslos enredados; su coño dejando una mancha caliente de humectación en mi pierna. El agua subía otro centímetro. Tuvimos que abrazarnos del todo para no mojarnos más. Pecho con pecho. Boca a un suspiro de distancia. Su culo grande acomodándose contra mi ingle cada vez que se movía “para acomodarse”.

Laura levantó la cara. Los labios entreabiertos. Las mejillas sonrojadas bajo el rímel corrido.

—Si me besas ahora —advirtió con voz ronca—, te juro que te dejo correrme en los dedos antes de que escampe. Y después… después no sé si voy a poder parar, Felix. Llevo demasiado tiempo deseando exactamente esto y odiándome por pensarlo cada vez que te veía bajar la basura en chándal.

La confesión me dejó sin aire. Ella me deseaba. Desde antes. Desde las visitas a casa de mi colega, desde los saludos en el rellano, desde las veces que yo la miraba el culo al inclinarse en el jardín y ella fingía no notar mi mirada de crío cachondo.

Acaricié su pezón con la yema del dedo, despacio, circular, mientras mi otra mano bajaba por su espalda hasta agarrarle un buen puñado de culo blando y lo apretaba contra mi polla.

—Entonces no pares de hablar —le dije al oído—. Cuéntame todo lo que has imaginado. Tenemos toda la noche. Y esta puta tienda no se va a secar en horas.

Ella soltó una risa temblorosa, mitad vergüenza, mitad excitación pura, y restregó su coño contra mi muslo con un movimiento lento y deliberado por fin, sin excusas de espacio ni de frío. La tela de la braga estaba empapada de ella. Su jugo me calentó la piel.

—Eres un cabrón joven y te voy a odiar por esto mañana… —susurró, y sus labios por fin rozaron los míos sin llegar a besar del todo, dejándome el gusto a barra de labios diluida y a ganas—. Pero ahora mismo… ahora mismo necesito que me toques más. Más abajo. Antes de que se me pase el valor.

Mi mano empezó a bajar por su vientre suave, pasando el ombligo, rozando el elástico de la braga. Ella abrió más las piernas todo lo que el espacio permitía y levantó un poco la cadera, ofreciéndome el acceso. Fuera, un rayo iluminó la lona y por un segundo vi su cara: ojos cerrados, boca abierta, expresión de mujer a punto de romper una regla que llevaba años sosteniendo.

No metí los dedos todavía. Me limité a posar la palma entera sobre su coño tapado, sintiendo el calor absurdo, los labios hinchados, el clítoris duro como un botón bajo la tela. Ella empujó contra mi mano con un gemido ahogado y escondió la cara en mi cuello.

—Así… joder, así… no pares…

La lluvia seguía castigando la tienda. El agua nos rodeaba. Y yo, con la polla a punto de reventar contra su cadera y la mano abierta sobre el coño mojado de la madre de mi mejor amigo, supe que el Acto de fingir ya se había acabado. Lo que viniera después no iba a poder disfrazarse de accidente ni de frío ni de falta de espacio.

Solo faltaba que uno de los dos diera el siguiente paso. Y por la forma en que Laura empezó a frotar su coño contra mi palma con movimientos cortos y necesitados, supe exactamente quién lo iba a dar.

Ella frotó su coño contra mi palma con una desesperación que ya no podía disfrazar de nada. El calor de su braga empapada me quemaba los dedos; sentí el clítoris hinchado y duro empujando, pidiendo más presión, y se la di. Laura soltó un gemido largo, ronco, que se le escapó contra mi cuello mientras el agua del exterior seguía subiendo y lamiéndonos los tobillos con esa insistencia fría que nos obligaba a apretarnos todavía más al centro de la puta tienda.

—Tengo una toalla —jadeó de pronto, la voz entrecortada—. En la mochila… hay que secarnos un poco o vamos a coger una puta pulmonía antes de follar.

La palabra se le escapó. Follar. La sentí temblar al decirla. Apartó la cara solo lo justo para buscar a tientas entre las mochilas apretadas. Sacó una toalla de microfibra gris, todavía medio seca por milagro, y se la pasó por el pecho primero, sin soltarme del todo. El vestido mojado se le pegaba como una segunda piel; cuando lo levantó por el escote para secarse las tetas, las vi completas por un segundo: pesadas, blancas, con areolas grandes y oscuras, pezones todavía duros por el frío y por lo que estábamos haciendo. Se los secó despacio, con movimientos circulares que me tenían hipnotizado, y después me tendió la toalla.

—Tú también. Quítate eso de una puta vez —ordenó en un susurro—. Estás empapado y yo… yo necesito verte.

Me quité los pantalones cortos con torpeza, quedándome solo en el bóxer negro que ya marcaba la forma exacta de mi polla dura y palpitante. Laura no apartó la vista. Empezó a pasarme la toalla por el pecho, por los hombros, bajando despacio por el abdomen. Sus manos expertas se notaban incluso a través de la tela: dedos largos, anillo de viuda todavía brillando, uñas cortas que raspaban un poco la piel. Cada pasada me secaba y me encendía a la vez. Cuando llegó a la cintura, se detuvo. El bulto de mi polla le rozaba los nudillos.

—Hace años que no siento esto —confesó de golpe, la voz bajita, casi perdida bajo el golpeteo de la lluvia—. Deseo de verdad, Felix. No el de saciarme a solas con los dedos pensando en gilipolleces. Deseo de hombre. De carne caliente. De juventud. Tú… joder, tú me excitas de una forma que me da vergüenza. Cada vez que te veía en el rellano, sudado después de correr, con esa polla marcándose en el chándal… me mojaba. Me odiaba por ello. Tengo cuarenta y ocho putos años y soy la madre de tu mejor amigo, y aun así me imaginaba arrodillándome y chupándotela hasta que me correras en la cara.

La confesión me dejó sin aire. La toalla se le había quedado olvidada en el pecho. Yo la tomé y se la pasé por la espalda, por ese culo grande y redondo que se me ofrecía cada vez que se giraba un poco, secándole los muslos gruesos y suaves. Mis dedos rozaron la parte interna y ella abrió las piernas un centímetro más.

—Siempre te he deseado —admití, la voz ronca, sin filtros ya—. Desde que tenía dieciocho y te veía regar el jardín en pantalones cortos. Me batía la polla pensando en esas tetas, en cómo sería metértela despacio mientras me mirabas con esa cara de “esto está mal pero no pares”. Cada visita a casa de Pablo era una tortura. Oler tu perfume en el pasillo. Escuchar tu risa grave. Imaginarme follándote en la cocina mientras él estaba arriba. Llevo años con esa fantasía podrida y ahora mismo la tengo aquí, empapada, confesándome que también me quiere dentro.

Laura levantó la cara. Los ojos oscuros brillaban con rímel corrido y algo mucho más peligroso. No esperó. Me agarró de la nuca con las dos manos y me besó. Fue ella quien inició el beso: boca abierta, lengua exigente, labios gruesos que sabían a barra de labios diluida y a ganas acumuladas durante demasiado tiempo. Me mordió el labio inferior, chupó mi lengua, gimió dentro de mi boca cuando yo le agarré el culo con las dos manos y la apreté contra mi polla dura. El beso no era tierno. Era hambre pura. Era dos años de sequía estrellándose contra veintidós años de cachondeo reprimido.

Sus manos expertas bajaron por mi pecho mientras nos besábamos. Dedos que sabían exactamente dónde apretar, uñas rozando mis pezones hasta hacerme jadear, palma abierta recorriendo las costillas, el abdomen tenso. Bajó más. Llegó al elástico del bóxer y no se detuvo. Me rodeó la polla por encima de la tela fina, midiendo el grosor, la longitud, el calor que latía contra su palma. Apretó. Un solo apretón firme, de mujer que ha follado lo suficiente como para saber cómo coger una polla joven y dura y hacerla llorar. Deslizó la mano arriba y abajo, frotándome el glande hinchado a través del algodón húmedo de precum, y yo empujé contra su puño con las caderas, sin vergüenza ya.

—Qué dura la tienes… —susurró contra mi boca, sin dejar de acariciarme—. Late. Se me pone la boca agua solo de sentirla. ¿Cuánto tiempo llevas deseando metérmela, eh? Dímelo mientras te la toco.

—Desde siempre —jadeé, mordiéndole el cuello, lamiendo la piel salada—. Desde la primera vez que te vi en bañador en la piscina del urbanización. Quería agarrarte de las caderas y follarte contra la pared del baño de hombres. Quería correrme dentro y que salieras cojeando a buscar a Pablo.

Ella soltó una risa temblorosa, mitad culpa, mitad excitación salvaje, y me apretó más fuerte la polla. Con la otra mano se bajó un poco el vestido, liberando una teta completa, y me la puso en la cara.

—Chúpamela entonces. Ahora. Antes de que se me pase el valor y recuerde que esto nos va a joder la vida.

Obedecí. Metí aquella teta madura en la boca, areola grande y rugosa, pezón grueso entre los dientes. La chupé con ganas, con ruido, mientras ella seguía masturbándome por encima del bóxer con movimientos lentos y firmes, subiendo y bajando, retorciendo la muñeca justo en la corona como si quisiera sacarme el primer tiro solo con la mano. El agua nos rodeaba ya hasta media pantorrilla. Tuvimos que arrodillarnos frente a frente sobre las colchonetas flotantes, pecho contra pecho, su mano atrapada entre nosotros rodeándome la polla, mi boca llena de su teta, mis dedos metiéndose por fin bajo la braga para encontrar su coño empapado, labios hinchados, entrada resbaladiza que se abrió sola al primer roce.

—Ahí… joder, Felix, dos dedos… así… —jadeó, abriendo más las rodillas, sentándose casi en mi mano mientras me follaba la polla con la suya por encima de la tela—. No pares. No me mires con esa cara de crío bueno porque te juro que te voy a montar aquí mismo y me voy a correr gritando tu nombre aunque nos oiga todo el puto festival.

La metí los dos dedos hasta el fondo. Estaba caliente, apretada, chorreando. La froté por dentro buscando ese punto rugoso mientras el pulgar le daba al clítoris y ella me devolvía el favor con la mano experta, acelerando el ritmo sobre mi bóxer hasta que el precum manchaba la tela y yo empezaba a ver estrellas. El beso se reanudó, más sucio, más desesperado: lenguas, dientes, saliva. Sus tetas aplastadas contra mi pecho desnudo. Su culo grande moviéndose al ritmo de mis dedos. Mi polla a punto de reventar en su puño.

Afuera un trueno partió el cielo. Dentro solo existía el sonido de su mano mojada frotándome, el chapoteo de mis dedos dentro de su coño, nuestros jadeos entrecortados y la certeza brutal de que ya no había marcha atrás. Laura me miró a los ojos, la boca entreabierta, las mejillas ardiendo, y apretó más fuerte mi polla, casi dolorosamente, justo cuando yo le curvaba los dedos dentro y le hacía arquear la espalda.

—Si me la sacas ahora del bóxer —susurró contra mis labios, la voz rota de pure deseo mutuo—, te la chupo hasta el fondo y después te dejo correrme en la cara o donde te dé la gana. Pero avísame, cielo. Porque una vez que te la meta en la boca… no voy a parar hasta que me llenes la garganta. Y esta tienda se va a caer encima de nosotros y yo ni me voy a enterar.

Mi polla dio un latido violento contra su palma. El punto de no retorno ya no era una línea: era un puto precipicio y los dos estábamos cayendo de cabeza, empapados, temblando, con las manos llenas del cuerpo del otro y la tormenta castigando la lona como si quisiera empujarnos más adentro del pecado. Ella no retiró la mano. Yo no saqué los dedos de su coño. Solo nos miramos, respirando el mismo aire viciado de lluvia y sexo a punto de estallar, sabiendo que el siguiente movimiento iba a destrozar lo poco que quedaba de fronteras entre nosotros.

Te lo confieso sin filtros: en el segundo en que Laura me miró así, con la mano todavía apretándome la verga a través del bóxer y mis dos dedos enterrados hasta los nudillos en su coño chorreante, supe que iba a cruzar. Saqué la polla de un tirón. El elástico me rozó el glande hinchado y ella soltó un gemido gutural al verla saltar libre, gruesa, venosa, goteando precum que le brilló en los dedos cuando la rodeó de verdad, piel contra piel. Estaba caliente como un hierro. Ella se lamió los labios, se inclinó y me la metió en la boca de un solo movimiento hambriento, chupándome hasta la base mientras el agua nos chapoteaba en las pantorrillas. La lengua le daba vueltas a la corona, la garganta se le abría para tragarla entera, y yo le agarré el pelo mojado y empujé un poco más hondo, sintiendo cómo se le hinchaban las mejillas y cómo bababa por las comisuras.

—Joder, Laura… así… —jadeé, pero ella no me dejó correrme ahí. Me soltó con un hilo de saliva uniendo sus labios gruesos a mi glande y se incorporó de rodillas sobre las colchonetas que ya flotaban un poco. Se quitó el vestido de un tirón, después la braga negra empapada, y se puso a horcajadas sobre mí. Sus caderas anchas, maduras, se abrieron a ambos lados de las mías. Agarró mi verga con una mano, la frotó entre sus labios hinchados y resbaladizos, y se la fue metiendo centímetro a centímetro, lenta, profunda, hasta que el culo le tocó mis muslos y yo sentí cómo su coño me abrazaba entero, caliente, apretado, chorreando jugo que me resbalaba por las pelotas.

Empezó a cabalgarme. Movimientos lentos y profundos de esas caderas de mujer que ha parido y que sabe exactamente cómo frotar el punto. Subía hasta casi sacármela y bajaba de golpe, engulléndome hasta el fondo, gimiendo mi nombre con esa voz grave y rota.

—Felix… ay, Felix, qué gruesa la tienes… me la estás abriendo toda… —sus tetas grandes rebotaban con cada embestida de sus caderas, pesadas, blancas, pezones duros que le bailaban delante de la cara. Yo las agarré con las dos manos, las amasé, les chupé los pezones mientras ella se mecía, rodeándome con el coño como si quisiera ordeñarme. El lonazo crujía sobre nosotros. El agua fría nos lamió más arriba. Pero ella no paraba. Aceleró un poco, girando la pelvis en círculos que me frotaban la base de la verga contra su clítoris hinchado. Yo le clavé los dedos en el culo blando y la ayudé a bajar más fuerte.

—Más despacio… no, así, profundo… joder, sí —me ordenó, y yo obedecí, empujando hacia arriba cada vez que ella bajaba, clavándosela hasta el útero. Sus gemidos se volvieron más altos, mi nombre saliendo entre jadeos: «Felix… Felix… me estás follando tan rico…». El calor de su coño me apretaba las venas; podía sentir cada contracción, cada ola de jugo que me bañaba la polla. Pensé en Pablo, en el rellano, en cómo esta misma mujer me había deseado en silencio, y se me puso todavía más dura dentro de ella. Ella lo notó y soltó una risa ahogada, casi salvaje.

—Se te pone más gorda cuando piensas en lo mal que está esto, ¿verdad, cielo? —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo mientras seguía cabalgándome con esa lentitud cruel y profunda—. Sigue. No pares de imaginarlo. Yo tampoco paro.

De pronto se detuvo, se levantó dejando mi verga brillando de sus jugos y se puso a cuatro patas sobre las colchonetas, el culo grande y redondo hacia mí, las tetas colgando pesadas hacia el suelo inundado. Miró por encima del hombro, el rímel corrido, la boca abierta.

—Ahora fóllame así. Fuerte. Agárrame las caderas y métela toda de una.

Me arrodillé detrás, le abrí las nalgas con las manos y me la clavé de un solo empujón hasta el fondo. Ella gritó ahogado. Empecé a embestirla con fuerza, agarrándole las caderas anchas, los dedos hundidos en la carne blanda, golpeándole el culo con la pelvis cada vez. El chapoteo del agua se mezclaba con el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su coño. Le di una nalgada suave, solo para sentir cómo le temblaba la carne.

—Más fuerte —pidió ella, empujando el culo hacia atrás—. Dale más duro, Felix. Nalgéame como se debe. Quiero sentir la mano de un tío joven en el culo mientras me folla.

Se la di más fuerte. El sonido seco de la palmada llenó la tienda. Ella gimió alto, pidió otra, y otra. Le dejé la marca roja de mis dedos en la nalga derecha mientras la embestía sin piedad, la verga entrando hasta las pelotas, saliendo casi del todo y volviendo a hundirse. Sus tetas se sacudían bajo ella. Yo le agarré el pelo mojado con una mano y le tiré suavemente hacia atrás, arqueándole la espalda, y con la otra le seguí nalgueando al ritmo que ella pedía: «Más… más fuerte… joder, sí, así me gusta, me estás destrozando el coño…».

El calor me subía por la espina. Sentía cómo se le apretaba alrededor de la polla cada vez que le daba un azote. Ella metió una mano entre sus piernas y se frotó el clítoris mientras yo la follaba, gimiendo mi nombre una y otra vez. El agua ya nos mojaba las rodillas. La lona se hundía con el viento y nos rozaba la espalda. Pero no había mundo fuera de ese coño maduro engulléndome y esas caderas anchas que yo agarraba como si fueran mías.

—Montame otra vez —jadeó de pronto, la voz hecha trizas—. Quiero correrme montada en ti. Quiero verte la cara cuando te vengas dentro.

Se giró, me empujó de espaldas sobre la colchoneta empapada y se puso a horcajadas de nuevo. Se la metió de un golpe y empezó a cabalgarme sin piedad esta vez, subiendo y bajando con fuerza, las tetas rebotándole salvajemente, el culo golpeándome los muslos. Yo le agarré las caderas y empujé hacia arriba al mismo ritmo, follándola desde abajo mientras ella se follaba a sí misma con mi verga. Sus gemidos se volvieron gritos. Los míos también. El coño se le contrajo en oleadas cada vez más fuertes.

—Felix… me corro… me estoy corriendo en tu polla… —gritó, y su cuerpo entero se arqueó, el coño exprimiéndome en espasmos violentos, chorreando jugo caliente que me bañó las pelotas y el bajo vientre. Eso me mandó al borde. Empujé tres veces más, hondo, y me corrí gritando su nombre, bombeándole chorros espesos dentro mientras ella seguía moviendo las caderas, ordeñándome hasta la última gota, los dos gritando de placer puro bajo el estruendo de la tormenta.

Seguimos temblando unidos, mi verga todavía latiente dentro de ella, su jugo y mi corrida mezclándose y resbalando por donde estábamos unidos. Ella se dejó caer sobre mi pecho, las tetas aplastadas contra mí, respirando a bocanadas. Afuera la lluvia no aflojaba. Dentro, el agua nos rodeaba ya casi hasta la cintura de las colchonetas. Laura levantó la cara, me miró con los ojos vidriosos y me besó lento, sucio, saboreando el sudor y el sexo.

—No hemos terminado —susurró contra mi boca, apretando el coño alrededor de mi polla que aún no se había ablandado del todo—. Esta tienda se va a caer y yo todavía quiero más. Quiero que me la metas otra vez cuando se te ponga dura. Y quiero que me digas todo lo que vas a hacerme cuando salgamos de aquí… si es que salimos.

El trueno volvió a partir el cielo. Su mano bajó entre nosotros y empezó a acariciar despacio la base de mi verga, todavía enterrada en ella, y yo supe que el pecado apenas había empezado a mojarnos de verdad.

Te lo confieso sin filtros: su coño todavía me apretaba en oleadas lentas, resbaladizo de su corrida y la mía mezcladas, y mi polla, que no se había ablandado del todo, empezó a endurecerse de nuevo dentro de ella con cada leve contracción. Laura se rio bajito contra mi pecho, esa risa grave y sucia que me subía por la espina como corriente eléctrica.

—Mira tú… —susurró, moviendo las caderas en un círculo mínimo que me hizo jadear—. Ni se te ha bajado. Eres un animal joven, Felix. Exactamente lo que necesitaba.

El agua ya nos llegaba a media pantorrilla sobre las colchonetas, fría y traicionera, pero el calor entre nosotros era un horno. Me agarró la cara con las dos manos y me besó profundo, lengua lenta, saboreando el sudor y el sexo. Después se levantó despacio, dejando que mi verga saliera de ella con un sonido húmedo y obsceno, un hilo de semen y jugo colgando entre nosotros. Se puso a cuatro patas otra vez, el culo grande y marcado de mis nalgadas hacia mí, las tetas pesadas colgando y rozando el agua. Miró por encima del hombro, el rímel hecho un desastre, la boca hinchada.

—Métela. Ahora. Quiero sentirla otra vez hasta el fondo antes de que esta puta tienda se nos trague.

Me arrodillé detrás, le abrí las nalgas con las manos y me deslicé dentro de un solo empujón. Estaba empapada, caliente, todavía sensible; gritó ahogado y empujó el culo hacia atrás para engullirme entero. Empecé a follarla con embestidas largas y profundas, agarrándole las caderas anchas, sintiendo cómo la carne blanda se me hundía entre los dedos. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y chapotear el agua. Ella metió una mano entre sus muslos y se frotó el clítoris con dedos rápidos mientras yo la clavaba sin piedad.

—Así… joder, más fuerte… nalgéame otra vez —pidió, la voz rota—. Quiero que me duela el culo mañana cuando me siente a desayunar con Pablo y finja que no me has destrozado el coño esta noche.

Le di una palmada seca en la nalga derecha, después en la izquierda. El sonido llenó la tienda junto al trueno. Ella gimió alto, se apretó alrededor de mi polla y yo aceleré, follándola con fuerza bruta de tío de veintidós que lleva años fantaseando exactamente con esto. Le agarré el pelo mojado, le arqueé la espalda y le hablé al oído mientras la embestía:

—Te voy a follar cada vez que pueda. En tu cocina mientras él está en clase. En el garaje. En esta misma tienda si hace falta. Te voy a llenar de leche y te vas a ir a casa cojeando con mi corrida resbalándote por los muslos.

—Sí… dilo más… —jadeó ella, empujando contra cada embestida—. Soy una puta por desearte tanto… la madre de tu amigo… y aun así quiero que me corras dentro otra vez.

Me saqué casi del todo y la volví a clavar hasta las pelotas. El coño se le contrajo en un espasmo violento; estaba al borde. La giré bruscamente, la tumbé de espaldas sobre la colchoneta empapada y me metí entre sus muslos abiertos. Sus piernas se engancharon a mi cintura. Le agarré las tetas con las dos manos, le chupé un pezón grueso mientras la follaba desde arriba, profundo, sin piedad, el agua chapoteando a nuestro alrededor. Ella me arañó la espalda, me mordió el hombro y empezó a gritar mi nombre sin control.

—Felix… me corro… me estás haciendo correr otra vez… ¡ahí, no pares!

Su coño me ordeñó en espasmos salvajes, chorreando jugo caliente que me bañó las pelotas. Eso me mandó directo al abismo. Empujé tres veces más, hondo, gruñendo su nombre, y me corrí bombeándole chorros espesos otra vez dentro, sintiendo cómo me exprimía hasta la última gota mientras los dos temblábamos unidos bajo el estruendo de la tormenta. Seguimos jadeando, mi polla todavía latiente enterrada en ella, el semen mezclado resbalando por donde estábamos unidos y perdiéndose en el agua sucia del festival.

Poco a poco el ritmo se calmó. Me dejé caer a su lado lo mejor que pude en el espacio ridículo, todavía dentro de ella un momento más antes de salirme con un sonido húmedo. Laura se acurrucó de inmediato contra mi pecho sudoroso, una pierna echada sobre la mía, las tetas aplastadas contra mis costillas, el pelo mojado pegado a mi piel. Me besó suavemente en los labios, un beso lento, casi tierno después de toda la brutalidad, saboreando el sudor y el sexo residual.

—Esta noche de lluvia… —me susurró contra la boca, la voz ronca y satisfecha—, es solo el comienzo de un secreto que vamos a guardar con gusto, cielo. Mañana fingiremos normalidad. Tú saludarás a Pablo como siempre. Yo te ofrecerá un café en el rellano como si nada. Pero los dos sabremos. Y en cuanto podamos… en cuanto él se vaya un fin de semana o yo encuentre una excusa… te voy a montar otra vez. Te voy a chupar la polla en mi cocina. Te voy a dejar correrte en mis tetas. Esto no se acaba aquí.

Asentí, abrazándola fuerte, oliendo su cuello salado y a crema barata diluida. El cansancio nos cayó encima de golpe, el tipo de agotamiento dulce que solo deja un follón así de salvaje. Nos dormimos abrazados, mi mano grande cubriéndole una teta blanda, su respiración calmándose contra mi pecho, escuchando la tormenta castigar la lona y el agua lamiéndonos todavía los tobillos. Sabíamos que mañana todo sería fachada… pero con esa promesa silenciosa ardiendo debajo, la de repetir en cuanto el cuerpo y la oportunidad nos lo permitieran.

El sueño me estaba llevando de verdad cuando oí el chapoteo distinto afuera. No era solo lluvia. Voces. Una linterna atravesó la lona semitransparente y se detuvo justo encima de nosotros. Después llegó la voz, demasiado cerca, demasiado familiar, y el corazón se me paró en seco:

—¡Felix! ¡Mamá! ¿Estáis ahí dentro? Llevo media hora buscándoos. La tienda de al lado se ha hundido del todo y… joder, abrid, que el agua sigue subiendo.

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