Reencuentro en la fiesta de Navidad con la MILF del ramo.
El joven reencuentra a Paulina, la MILF divorciada de su antigua jefa.
La fiesta de Navidad de la empresa olía a pino artificial, champán barato y ambición disfrazada de brindis. Yo, Felix, veinticuatro años recién cumplidos y dos años fuera del país, entraba otra vez en aquel salón de cristal como si nunca me hubiera ido. El traje me apretaba un poco en los hombros; el jet lag todavía me raspaba detrás de los ojos. Entonces la vi.
Paulina.
Cuarenta y seis años, divorciada, antigua jefa de mi departamento, y más jodidamente deseable que en cualquier recuerdo que me hubiera llevado a Asia. El vestido rojo le ceñía el cuerpo como una segunda piel: escote generoso que ofrecía el valle profundo de sus tetas grandes, falda que marcaba las caderas anchas y se detenía justo encima de esas rodillas que yo había mirado demasiadas veces en reuniones aburridas. El cabello castaño recogido a medias dejaba escapar mechones que rozaban su cuello. Cuando nuestros ojos se encontraron al otro lado de la mesa de canapés, ella no sonrió de cortesía. Sonrió de hambre. Esa curva lenta de labios pintados, esa mirada que bajó por mi pecho hasta la entrepierna y volvió a subir sin disimulo. La química prohibida de siempre —la que ambos habíamos fingido no notar cuando yo era el junior y ella firmaba mis evaluaciones— se materializó de golpe, caliente y espesa.
Me acerqué. Ella no esperó a que yo hablara.
—Felix —dijo, voz grave, cercana, como si ya estuviéramos a solas—. Mírate. Te fuiste un chaval y vuelves… hecho un hombre. Ese traje te sienta de puta madre. ¿O es que yo estoy demasiado vieja para decirlo en voz alta?
—Nunca has estado vieja para nada, Paulina —contesté, y noté cómo se me secaba la boca—. Y ese vestido… joder. Parece que te lo han cosido encima.
Ella rio bajito, un sonido que vibró en mi polla. Se acercó un paso más, lo bastante para que el perfume —algo caro, oscuro, a vainilla y piel— me golpeara de lleno. Su pecho rozó casi mi brazo.
—La gente mira —susurró—, pero me importa una mierda. Llevo dos años sin verte y no pienso perder el tiempo con formalidades. Quédate cerca de mí esta noche.
El coqueteo no era sutil. Era un invitación abierta, casi agresiva en su honestidad. Cada frase, cada roce “accidental” de sus dedos contra mi muñeca mientras tomábamos copas, tensaba el aire entre nosotros. Yo sentía la erección crecer, pesada contra la tela del pantalón, y ella lo sabía: su mirada bajaba una y otra vez, satisfecha, como quien comprueba que el fuego prende.
Nos apartamos hacia un rincón, detrás de un arbolito de luces blancas donde el ruido de los brindis se amortiguaba. Paulina se apoyó en la pared, una pierna flexionada, el muslo rozándome deliberadamente. El calor de su piel atravesó la tela.
—Te voy a confesar algo —dijo en voz muy baja, casi contra mi oído—. Mientras estabas fuera me tocaba pensando en ti. En esa polla joven que alguna vez vi marcarte el pantalón en una reunión de mierda a las seis de la tarde. Me metía los dedos en el coño imaginando cómo me la meterías entero, sin piedad. Me corría con tu nombre en la boca, Felix. Más de una noche. Más de diez.
La confesión me dejó sin aire. Su muslo presionó más firme contra mi erección ya dolorosa. Yo tragaba saliva.
—Paulina…
—No te hagas el sorprendido. Tú también lo sentías. Siempre lo sentimos. —Su mano bajó, rozó la protuberancia con el dorso de los dedos, una caricia rápida, electoral, y retiró la mano como si nada—. Ahora mismo estoy empapada. ¿Quieres follarme esta noche o prefieres seguir fingiendo?
La tensión se volvió insoportable. Ella misma tomó mi mano —dedos cálidos, anillos finos— y me arrastró por el pasillo lateral, lejos de las risas, hasta un despacho vacío que aún olía a su antiguo perfume de jefa. Cerró con llave. La luz de la lámpara de escritorio dibujaba sombras largas. Nos miramos. El pecho de ella subía y bajaba rápido.
—Quiero que me folles —admitió, sin vergüenza, con una sonrisa torcida—. Esta misma noche. Aquí. Ahora. Dilo tú también.
—Te deseo desde el primer día que te vi firmar un informe con esas uñas rojas —confesé, la voz ronca—. Quiero metértela hasta el fondo y oírte gemir mi nombre. Quiero correrme dentro de ti si me dejas.
Ella soltó un gemido bajo, de aprobación pura, y se arrodilló frente a mí sobre la alfombra corporativa. Sus manos expertas abrieron mi cinturón, bajaron la cremallera, liberaron mi polla dura, ya goteando por la punta. Paulina la miró un segundo, lamiéndose el labio inferior.
—Más gruesa de lo que imaginaba —murmuró—, y yo imaginaba mucho.
Entonces me la metió en la boca. No hubo preámbulos tímidos. Abrió los labios rojos y tragó, lamiendo la longitud con la lengua plana, succionando con hambre de MILF que sabe exactamente qué hace. Sus mejillas se hundían. Gemía alrededor de mi carne, vibraciones calientes que me subían por la espina. Yo le enredé los dedos en el pelo castaño, sin forzar, solo para sentir el movimiento de su cabeza mientras bajaba hasta casi la base, la garganta abriéndose, los ojos húmedos mirándome hacia arriba. Babas brillaban en su mentón. El sonido húmedo de chupar llenaba el despacho. Cada vez que salía casi del todo, la lengua jugueteaba con el frenillo antes de volver a engullir. Yo apretaba los dientes para no gemir demasiado alto.
—Joder, Paulina… así, trágatela…
Ella se apartó solo lo necesario para hablar, hilo de saliva uniendo sus labios a mi glande.
—Quiero montarte. Ahora.
Se levantó, se subió el vestido rojo hasta la cintura. Debajo no llevaba bragas; el coño afeitado, labios hinchados y brillantes de jugos, me dejó claro cuánto había estado anticipando esto. Me empujó a sentarme en el borde del escritorio de madera oscura, se subió a horcajadas y se guió con una mano. Bajó despacio, abriéndose alrededor de mi polla, caliente, estrecha, resbaladiza. Un grito ahogado le salió del pecho cuando me enterró hasta las pelotas.
—Tan joven… tan duro… —jadeó, empezando a cabalgar.
Sus tetas grandes rebotaban dentro del escote. Yo se las saqué: pezones oscuros, erectos, perfectos para morder. Las apreté con ambas manos, chupé un pezón, lo mordí con los dientes justo al límite del dolor que ella buscaba. Paulina se arqueó, gemía sin freno, rebotando con fuerza, el coño apretándome en cada bajada. El escritorio crujía. Sus uñas se clavaban en mis hombros.
—Más fuerte… úsame…
La hice girar. La puse a cuatro patas sobre el escritorio, vestido arremangado en la cintura, culo redondo y blanco expuesto. Entré de un embiste. Ella gritó contra el brazo. Empecé a follarla duro, profundo, el ruido de piel contra piel llenando la habitación. Le agarré el pelo, tiré hacia atrás para arquearle la espalda, y con la otra mano le di una cachetada firme en una nalga. El sonido seco, el enrojecimiento inmediato.
—Otra —pidió entre gemidos rotos—. Cachetéame el culo mientras me la metes. Soy tuya esta noche.
Obedecí. Cachetadas rítmicas, pelo tirado, polla clavándola sin piedad. Su coño se contraía alrededor de mí cada vez que la palmada caía. Yo le hablaba al oído, confesando lo mucho que había fantaseado también, lo mucho que me corría pensando en estas tetas, en este culo de mujer madura que sabía lo que quería. Ella empujaba hacia atrás al mismo tiempo, buscándome más profundo, completamente entregada, consentida, salvaje.
Sentí el orgasmo subirle primero: el temblor en los muslos, el grito ahogado, el coño exprimiendo mi polla en oleadas. Eso me empujó al borde. Me corrí con ella, intenso, chorros calientes llenándola mientras seguía embistiéndola en cortos y profundos empujones, vaciándome dentro. Las piernas me temblaban. El aliento de ambos era un caos.
Paulina se resbaló del escritorio y se arrodilló otra vez. Con la lengua limpia mi polla aún sensible, lamiendo la mezcla de su jugo y mi semen, chupando con delicadeza hasta dejarme limpio y brillando. Luego se incorporó, me besó en la boca, profundo, compartiendo el sabor salado y dulce de ambos. Su lengua buscó la mía con lentitud perezosa, satisfecha.
Se bajó el vestido, se alisó el cabello con los dedos, se miró un segundo en el cristal oscuro de la ventana. La sonrisa que me dedicó era de gata que ya ha probado la nata y quiere el plato entero.
Se acercó a mi oído, labios rozándome.
—Esto solo es el comienzo, Felix —susurró—. La fiesta sigue abajo. Hay más despachos. Hay el baño de ejecutivos. Y después… mi piso está a quince minutos. No pienso dejarte ir a casa solo esta noche. Quiero que me folles otra vez hasta que no pueda caminar mañana. ¿Entendido?
El corazón me latía todavía desbocado. Afuera se oían risas y el tintineo de copas. Dentro del despacho, el aire olía a sexo y a promesa. Paulina abrió la puerta con calma, me guiñó un ojo y salió primero, el vestido rojo perfectamamente colocado otra vez, como si no llevara mi semen resbalándole por el muslo interior.
Yo me ajusté el pantalón, todavía medio duro, la mente llena de las siguientes horas. La noche de Navidad apenas empezaba, y la MILF que había sido mi jefa ya había decidido que yo era su regalo.
Salí del despacho todavía con las piernas flojas y el gusto de su boca en la mía. El pasillo olía a sexo disimulado bajo el ambientador corporativo. Bajé la cremallera un segundo para acomodarme la polla, que seguía semi dura y brillante de su saliva y de mi propio corrida, y me incorporé a la fiesta como si no llevara el coño de Paulina impregnado en la piel.
Ella ya estaba otra vez entre la gente, copa en mano, riendo con ese tono grave que me había hecho endurecerme media docena de veces en reuniones antiguas. Cuando nuestros ojos se cruzaron por encima de las cabezas, me guiñó despacio y se llevó un dedo a los labios, chupándolo un instante como si todavía saboreara mi leche. El gesto me subió la sangre otra vez. Me acerqué, fingiendo interés en la conversación de finanzas, y sentí su mano rozarme la nalga por detrás, un apretón posesivo que nadie vio.
—Quince minutos —susurró sin mover los labios—. Baño de ejecutivos, segunda planta. Si no apareces, me meto los dedos yo sola pensando en cómo me has llenado.
Se alejó balanceando esas caderas anchas. Yo me tomé otro champán solo para no seguirla de inmediato, el corazón latiéndome en la garganta y en la entrepierna. Cada minuto se me hizo eterno. Cuando por fin subí las escaleras, el pasillo estaba vacío. Empujé la puerta del baño de ejecutivos: mármol negro, espejos amplios, una mampara de ducha de cristal y un sillón de cuero absurdo en un rincón. Paulina estaba apoyada en el lavabo, el vestido rojo ya subido otra vez hasta la cintura, las piernas abiertas. Se miraba en el espejo mientras se tocaba el coño con dos dedos, metiéndolos y sacándolos despacio, los jugos mezclados con mi semen brillando en sus uñas rojas.
—Cierra —ordenó sin dejar de mirarse—. Quiero verte la cara mientras me follas otra vez.
El pestillo chasqueó. Me acerqué por detrás, le agarré las caderas y le hundí la cara contra el cristal frío del espejo. Ella jadeó, empañándolo. Saqué la polla de un tirón —dura otra vez, sensible todavía— y la froté entre sus labios hinchados, recogiéndo la mezcla cremosa que le resbalaba por el muslo. Entró de un solo empujón profundo. El calor la apretó alrededor de mí como un puño mojado.
—Joder… todavía estás llena de mí —gruñí contra su cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Y quiero más —contestó, la voz rota, empujando el culo hacia atrás—. Métemela entera. Úsame como la puta madura que soy por ti esta noche.
Empecé a embestirla con fuerza, el sonido húmedo de piel contra piel rebotando en los azulejos. Le sujeté las tetas por fuera del escote, aplastándolas contra el mármol, pellizcando los pezones hasta que ella soltó un grito ahogado. En el espejo se veía todo: su boca abierta, los ojos vidriosos, el vestido arremangado, mi polla desapareciendo dentro de ese coño afeitado y resbaladizo. Cada embestida sacaba un hilito de semen anterior que le corría por el clítoris. Yo no podía parar de confesarle cosas al oído, la voz ronca de puro deseo:
—Llevo dos años follándome la mano soñando exactamente con esto. Con tu coño de MILF tragándome hasta las pelotas. Con esas tetas rebotando mientras te parto. Me corría pensando en dejarte cojeando.
—Sigue… —rogó ella, una mano bajando para frotarse el clítoris en círculos rápidos—. Dime más. Dime cómo me vas a destrozar en mi piso.
Le di una palmada seca en el culo, más fuerte que en el despacho. La nalga se puso roja al instante. Otra. Otra. Ella gemía cada vez más alto, el coño contrayéndose alrededor de mi polla en espasmos que me volvían loco. La giré de golpe, la senté en el borde del lavabo y le abrí las piernas hasta casi partirlas. Entré de nuevo, esta vez de frente, y le chupé un pezón con hambre mientras le follaba el coño a embestidas cortas y brutales. Sus uñas se me clavaron en la espalda a través de la camisa. El espejo nos devolvía la imagen obscena: yo, veinticuatro años, clavando a mi antigua jefa de cuarenta y seis hasta hacerla temblar.
—Voy a correrme otra vez —avisó ella, la voz quebrada—. Dentro. Quiero sentirte latir.
Apreté los dientes y aceleré. Cuando ella se corrió, el grito se le escapó contra mi hombro; el coño la exprimió en oleadas calientes que me arrastraron con ella. Me vacié profundo, chorros espesos llenándola de nuevo mientras seguía moviéndome en círculos lentos, exprimiéndome hasta la última gota. Las piernas me flaquearon. Nos quedamos así un momento, jadeando, unidos, el semen empezando a gotear ya sobre el mármol negro.
Paulina me miró a los ojos, todavía con mi polla dentro, y sonrió esa sonrisa de gata satisfecha pero hambrienta.
—Todavía no he terminado contigo, Felix. Ni de lejos.
Se bajó, se arrodilló otra vez y me limpió con la lengua, lenta, obscena, lamiendo cada resto de nuestras corridas mezcladas hasta que mi polla brilló limpia y empezó a endurecerse otra vez bajo su boca. Luego se puso de pie, se alisó el vestido y me dio un beso profundo, compartiendo el sabor salado.
—Vamos a mi coche. Ahora. La fiesta puede irse a la mierda.
Salimos por la puerta de servicio para no cruzarnos con nadie. En el garaje el aire frío de diciembre me golpeó la cara. El coche de ella —un sedán oscuro y caro— olía a cuero y a su perfume. En cuanto cerró la puerta del conductor se lanzó sobre mí en el asiento del copiloto, subiéndose a horcajadas otra vez, el vestido ya no importaba. Me bajó la bragueta con prisas, sacó mi polla dura y se la metió de un golpe, montándome allí mismo, bajo las luces tenues del parking. El coche se mecía. Sus tetas salían del escote a cada rebote. Yo le agarré el culo con ambas manos y la ayudé a subir y bajar, profundo, salvaje, el claxon casi sonando cuando ella se arqueó.
—En mi piso te voy a chupar las pelotas mientras me metes los dedos en el culo —susurró contra mi boca, cabalgándome sin piedad—. Quiero que me des por detrás hasta que grite tu nombre contra la almohada. Quiero que me dejes marcada.
Me corrí otra vez dentro de ella antes de llegar ni a la mitad del camino, un orgasmo seco y potente que me dejó viendo estrellas. Ella se quedó sentada sobre mí, respirando agitadas, mi semen nuevo resbalándole otra vez por los muslos. Arrancó el coche con una mano mientras con la otra me acariciaba el pelo, cariñosa y posesiva a la vez.
El trayecto de quince minutos se me hizo eterno y corto a la vez. Cada semáforo en rojo ella metía la mano entre mis piernas, apretándome la polla todavía sensible, susurrándome lo que me iba a hacer en cuanto cruzáramos la puerta: la ducha juntos, el sofá, la cama grande, el balcón si me atrevía. Yo le contaba en voz baja cómo iba a lamerle el coño hasta hacerla correrme dos veces seguidas antes de volvérsela a meter, cómo quería verla a cuatro patas en su propia cama, el culo rojo de palmadas, pidiendo más.
Cuando aparcamos frente a su edificio, un bloque moderno de cristal y acero, Paulina me miró con los labios hinchados y los ojos brillantes de lujuria sin saciar.
—Sube conmigo. No hay marcha atrás esta noche, Felix. Voy a follarte hasta el amanecer y luego voy a pedirte que te quedes a desayunar follándome otra vez sobre la mesa de la cocina. ¿Estás listo para no poder caminar tú tampoco mañana?
Le respondí con un beso brutal, la lengua invadiéndole la boca, la mano subiendo por debajo del vestido para meterle dos dedos en el coño empapado y lleno. Ella gimió contra mis labios. Juntos salimos del coche y cruzamos el portal. El ascensor olía a madera cara. En cuanto se cerraron las puertas la empujé contra la pared de espejo, le levanté una pierna y le froté la polla otra vez por fuera de la ropa interior improvisada de sus propios jugos. Ella se reía bajito, excitada, nerviosa de placer, mientras el numerito subía.
La puerta de su piso se abrió con un pitido electrónico. Dentro olía a ella: vainilla, madera, algo floral caro. No llegamos ni al sofá. Paulina me arrastró al pasillo, se quitó el vestido de un tirón y se quedó desnuda delante de mí, tetas pesadas, culo redondo, el coño goteando mezcla de los dos. Se arrodilló en la alfombra del recibidor, me bajó los pantalones y me tomó la polla entera en la boca otra vez, chupando con hambre renovada, mirándome desde abajo como si yo fuera el único regalo de Navidad que importaba.
—Esta noche no duermes —prometió al apartarse un segundo, un hilo de saliva uniendo su lengua a mi glande—. Voy a montarte, vas a montarme, te voy a pedir que me la metas en el culo despacio y luego fuerte, y cuando creas que no puedes más te voy a ordeñar otra corrida con la mano mientras te lamo las pelotas. Y todo eso solo es el principio, cariño.
Me levantó, me llevó hacia el salón amplio con ventanales que daban a la ciudad iluminada de luces navideñas. Me empujó al sofá grande de cuero, se subió a horcajadas una vez más y se guió con la mano. Bajó centímetro a centímetro, abriéndose alrededor de mi polla ya dolorida de tantas corridas, caliente, resbaladiza, perfecta. Cuando me enterró del todo se quedó quieta un segundo, disfrutando la sensación, y entonces empezó a moverse en círculos lentos, las tetas colgándole delante de mi cara para que las chupara.
—Confiesa —me dijo, voz grave, casi maternal y a la vez puta—. Dime todo lo que quieres hacerme esta noche. Cada detalle sucio. Quiero oírtelo mientras me follo contra tu polla joven.
Yo le agarré las caderas y empecé a empujar hacia arriba, profundo, mientras le hablaba al oído todo lo que llevaba años guardando: cómo iba a lamerle el culo hasta dejarlo brillando, cómo quería verla corrida con los dedos en la garganta, cómo pensaba follarla despacio contra el cristal del ventanal para que la ciudad la viera si se asomaba, cómo iba a dejarla temblando y llena hasta que el sol saliera. Ella se movía más rápido, el coño apretándome, los gemidos subiendo de tono. Afuera las luces de Navidad parpadeaban. Dentro, el sofá crujía bajo nosotros y la noche apenas empezaba a mostrar de verdad de lo que era capaz aquella MILF que había decidido que yo era suyo hasta el amanecer.
El sofá de cuero crujía bajo el peso de Paulina mientras se movía en círculos lentos, mi polla enterrada hasta el fondo de su coño empapado. Sus tetas pesadas colgaban frente a mi cara y yo las atrapaba con la boca, chupando un pezón oscuro hasta que ella arqueaba la espalda y soltaba un gemido gutural. El sabor de su piel —salado, dulce, mezclado con el perfume de vainilla— me volvía loco. Pensaba en cómo dos años antes, en aquella oficina, yo me masturbaba a escondidas imaginando exactamente esto: la MILF de mi jefa montándome como si yo fuera su juguete privado de Navidad.
—Dime más —exigió ella, la voz ronca, acelerando el vaivén—. Confiesa cómo me vas a abrir el culo esta noche.
La agarré de las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne blanda, y empujé hacia arriba con embestidas profundas que le arrancaban gritos. El coño se le contraía alrededor de mí, caliente y resbaladizo, todavía goteando la mezcla de semen de las corridas anteriores.
—Voy a lamerte el culo hasta que brille —jadeé contra su pecho—. Voy a meter la lengua bien adentro, a abrirte con los dedos y luego a follártelo despacio, centímetro a centímetro, hasta que grites mi nombre. Y cuando te acostumbres, te la voy a clavar fuerte, hasta las pelotas, mientras te froto el clítoris.
Paulina se corrió con eso. El temblor le subió por los muslos, el coño la exprimió en oleadas calientes que me hicieron ver estrellas. Se quedó temblando encima de mí, respirando entrecortada, y entonces se bajó, se arrodilló entre mis piernas y me tomó la polla en la boca otra vez. Lamió la base, chupó las pelotas una por una, succionando con esa hambre de mujer madura que sabe exactamente cómo ordeñar a un tío joven. Su lengua era plana y caliente, recorriendo cada vena, tragando hasta la garganta hasta que mis caderas se levantaron solas.
—Al dormitorio —ordenó, levantándose. Su cuerpo desnudo brillaba con sudor bajo las luces tenues del salón. Las tetas rebotaban al caminar, el culo redondo y blanco se balanceaba, y un hilito de semen le resbalaba por el muslo interior. La seguí como un perro en celo, la polla balanceándose dura y brillante de saliva.
La cama era enorme, sábanas negras, ventanal que daba a las luces de Navidad de la ciudad. Paulina se tiró de bruces, el culo en alto, y abrió las piernas. Me arrodillé detrás y le separé las nalgas con las manos. El agujero rosa y apretado palpitaba. Saqué la lengua y la pasé plana desde el coño hasta el culo, lamiendo la mezcla cremosa, saboreando lo nuestro. Ella gimió contra la almohada, empujando hacia atrás.
—Más… métela —rogó.
La perforé con la punta de la lengua, abriéndola, revolviendo, chupando. Luego metí un dedo, lento, lubricado con sus jugos, y lo moví dentro y fuera mientras le lamía el clítoris hinchado. Ella se retorcía, gemía mi nombre, pedía otro. Dos dedos. Tres. El culo se le abría, caliente y estrecho, y yo la preparaba con paciencia de quien quiere destrozarla después.
Cuando estuvo lista, me subí, froté el glande contra ese agujero rosado y empujé. Despacio. El anillo de músculo cedió, me tragó la cabeza, y Paulina soltó un grito ahogado de puro placer.
—Joder… tan gruesa… sigue…
Avancé centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, cómo el calor la rodeaba. Hasta que las pelotas le rozaron el coño. Me quedé quieto un segundo, dejando que se acostumbrara, y luego empecé a moverme. Corto al principio, profundo después. El culo de Paulina me chupaba la polla con cada embestida. Le agarré el pelo, tiré hacia atrás para arquearle la espalda, y con la otra mano le di palmadas firmes en las nalgas mientras la follaba.
—Soy tuya —gemía ella, la voz rota—. Úsame el culo, Felix. Parteme.
Aceleré. El sonido de piel contra piel llenaba el dormitorio, mezclado con sus gritos y mis gruñidos. Le metí la mano por debajo y le froté el clítoris en círculos rápidos. Ella se corrió otra vez, el culo contrayéndose alrededor de mi polla en espasmos que me llevaron al borde. Aguanté. Saqué, la giré de lado, le levanté una pierna y volví a entrar en el coño de un embiste profundo, follándola de lado mientras le mordía el cuello y le pellizcaba los pezones.
—Vas a correrme otra dentro —ordenó—. Lléname.
Obedecí. Embistí fuerte, brutal, el coño de MILF tragándome entero, y me vacié en chorros espesos, profundos, sintiendo cómo me ordeñaba hasta la última gota. Las piernas me temblaban. Me desplomé a su lado un segundo, pero ella no me dejó descansar.
—Ducha —dijo, arrastrándome.
El agua caliente nos golpeó. La empujé contra el azulejo mojado, me arrodillé y le lamí el coño hasta hacerla correrme dos veces seguidas, chupando el clítoris, metiendo la lengua bien adentro, saboreando mi propio semen mezclado con sus jugos. Luego la giré, le separé el culo y la follé otra vez por detrás, de pie, el agua corriendo por nuestras pieles, mis manos aplastándole las tetas contra el cristal. Ella gritaba mi nombre, pedía más fuerte, y yo le daba, embistiendo hasta que se corrió otra vez y yo la llené de nuevo, el semen blanco resbalando por sus muslos bajo el chorro.
Salimos empapados. En la cocina, sobre la mesa de mármol, la senté, le abrí las piernas y me la comí otra vez hasta que tembló. Después me subí encima, la follé despacio, mirándola a los ojos, confesándole al oído cómo llevaba años soñando con dejarla cojeando, con marcarla, con ser el chaval que se follaba a la jefa hasta que no pudiera pensar. Ella me abrazó con las piernas, me clavó las uñas en la espalda y se corrió con un gemido largo mientras yo me vaciaba dentro por última vez aquella noche.
Nos quedamos ahí, unidos, respirando agitados. Mi polla todavía latía dentro de su coño caliente y lleno. El sudor nos pegaba la piel. Afuera, las luces de Navidad parpadeaban en la ciudad. Paulina me acarició el pelo con dedos perezosos, la sonrisa satisfecha de gata que ha comido hasta reventar.
—Quédate —susurró contra mi boca, la voz ronca de tanto gemir—. Desayuno… después.
El corazón me latía despacio ahora, el cuerpo agotado, la mente flotando en el calor de su carne alrededor de la mía. La noche de Navidad se había cerrado sobre nosotros como una sábana húmeda de sexo, y yo, todavía enterrado en ella, no pensaba moverme.
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