Rebote Inesperado en el Taller de Arte
Una MILF divorciada seduce a su alumno en el taller de arte.
El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos anaranjados a través de los ventanales altos del taller de arte comunitario, bañando de oro el polvo suspendido en el aire y las mesas manchadas de yeso y pintura. Colette se movía entre los caballetes con la naturalidad de quien ha dominado ese espacio durante años. A sus cuarenta y dos, recién divorciada y más libre que nunca, su cuerpo de curvas generosas se adivinaba bajo la blusa blanca de escote generoso que siempre elegía para las clases. Las tetas pesadas, todavía firmes, se movían con cada paso; los pezones rozaban la tela fina cada vez que se inclinaba a corregir un trazo. Sabía el efecto que provocaba. Lo sabía y lo disfrutaba.
Malik, de veintidós años, era el último alumno que quedaba. Musculoso, de hombros anchos y brazos marcados por el gimnasio y el trabajo de modelado, llevaba meses devorándola con la mirada. Colette lo sentía: esos ojos oscuros que se posaban en el escote cuando creía que ella no miraba, la forma en que se ajustaba los jeans cada vez que ella se acercaba demasiado. Aquella tarde había fingido necesitar ayuda extra con una escultura de arcilla a medio formar. Los demás se habían ido uno a uno. Ahora solo quedaban ellos dos, el olor a barro húmedo y la tensión espesa como barniz.
—Muéstrame de nuevo cómo quieres el contorno de la cadera —dijo Colette, acercándose por detrás. Su voz era grave, ligeramente ronca por el cansancio del día.
Malik tragó saliva. Ella se inclinó a su lado, el pecho rozándole casi el brazo. La tela de la blusa se tensó y los pezones, ya duros por el roce del aire acondicionado y la cercanía, se marcaron con claridad. Él no apartó la vista.
—Así… más curva aquí —continuó ella, deslizando los dedos por la arcilla, pero su mirada bajó un segundo a la entrepierna de Malik. La polla se le marcaba gruesa y larga bajo el denim azul, un bulto imposible de disimular. Colette sintió un tirón caliente entre las piernas. Hacía meses que no follaba como se merecía, y este chico viril la miraba como si quisiera comérsela entera.
—Profesora… —empezó Malik, la voz baja.
—Colette. Ya te lo dije mil veces. Aquí no hay profesora después de las seis.
Él se giró un poco en el taburete. Estaban tan cerca que el calor de su cuerpo le llegaba a ella a través de la ropa.
—Colette… llevo fantaseando con follarte desde la primera clase. Cada vez que te inclinas, se me pone dura. Sueño con esas tetas, con abrirte las piernas sobre esta mesa. No puedo más.
Colette sonrió, pícara, sin apartarse. Al contrario: se inclinó más, ofreciéndole el escote completo, dejando que él viera el valle profundo entre sus pechos pesados y la piel suave.
—Qué descarado eres, Malik. Y qué joven. Un semental de verdad… —susurró, pasando la lengua por el labio inferior—. Yo también quiero probarte. Quiero sentir esa polla que se te marca cada puta tarde. ¿Vas a quedarte mirándome o vas a hacer algo?
No hizo falta más. Malik se levantó de un salto, la agarró de la cintura y la besó con hambre. Labios abiertos, lengua exigente, dientes rozando. Colette gimió dentro de su boca y le pasó los brazos al cuello, aplastando las tetas contra su pecho duro. Las manos de él bajaron al culo carnoso, lo apretaron con fuerza, la alzaron un poco para frotar su erección contra el vientre de ella. Se quitaron la ropa entre risas sofocadas y gemidos. La blusa de Colette voló hacia una silla; el sujetador negro se desabrochó con torpeza y las tetas pesadas cayeron libres, pezones oscuros y erectos. Malik se las chupó al instante, lamiendo, mordisqueando con ganas mientras ella le bajaba los jeans y la boxer. La polla gruesa saltó libre, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Colette la rodeó con la mano y la acarició despacio, midiendo el grosor.
—Joder, qué gorda la tienes… —murmuró ella, arrodillándose en el suelo polvoriento del taller sin dejar de mirarlo a los ojos.
Se la metió en la boca de una vez, abriendo la garganta como la puta experta que sabía ser. Malik soltó un gemido gutural y le agarró el pelo. Colette chupaba con ganas, saliva resbalando por la base, tragándosela hasta que la nariz le tocaba el vello púbico. Subía y bajaba la cabeza, mirándolo con ojos húmedos y lascivos, saboreando el sabor salado, el calor. Con una mano le acariciaba los huevos pesados; con la otra se tocaba el coño ya empapado a través de la falda que aún llevaba a medias. Malik embestía suave la boca, sin forzar, pero ella lo pedía más profundo con gemidos vibrando alrededor de la verga.
—Así, Colette… trágatela entera… puta deliciosa…
Ella se separó con un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza hinchada.
—Ahora cómeme. Quiero que me dejes la cara llena de mi jugos antes de follarme.
Malik la levantó como si no pesara, la sentó en el borde de la mesa de trabajo llena de herramientas y restos de arcilla. Le alzó la falda, le bajó las bragas empapadas y le abrió las piernas de par en par. El coño de Colette estaba hinchado, rosado, goteando. Él se arrodilló y la lamió de un solo trazo largo, de la entrada al clítoris, chupando con fuerza. Colette arqueó la espalda y gritó, las tetas rebotando. Malik metió dos dedos gruesos mientras chupaba el clit hinchado, curvándolos contra ese punto que la hacía temblar. Ella se agarró a su pelo y embistió contra su cara.
—Sí, así… cómeme el coño… más fuerte… me voy a correr…
Llegó con un grito ahogado, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Malik, el coño contrayéndose alrededor de los dedos. Él no paró hasta que ella lo empujó con suavidad, todavía sacudida por las oleadas.
Entonces Malik se puso de pie, alineó la polla gruesa con la entrada mojada y la embistió de un solo empujón profundo en misionero. Colette gritó de placer al sentirse llena hasta el fondo. Él follaba duro desde el principio, caderas chocando, la mesa crujiendo bajo ellos. Las tetas de ella rebotaban salvajemente con cada embestida; Malik se las agarraba, las apretaba, les chupaba los pezones mientras la follaba sin piedad. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba el taller.
—Dalo vuelta —jadeó Colette—. Quiero que me cojas de perrito. Fuerte.
Malik la giró, le bajó el torso sobre la mesa y le abrió las piernas. Le entró de nuevo de un golpe y empezó a embestirla de perrito, agarrándola de las caderas. El culo carnoso de Colette rebotaba contra su pelvis. Ella pedía más, mirándolo por encima del hombro con la cara sonrojada y el pelo revuelto.
—Cachetadas… dame en el culo… pégame mientras me follas… por favor…
Él le dio una palmada sonora en una nalga, luego en la otra. Colette gimió alto, el coño apretándose alrededor de la verga. Malik le propinó varias más, consensuadas, fuertes, enrojeciendo la piel mientras la follaba sin piedad. El sonido de las cachetadas y los gemidos de ella se mezclaban con el crujido de la madera.
—Más… otra… joder sí…
Cuando ella ya temblaba al borde de otro orgasmo, Malik la hizo subir encima en vaquera. Se sentó en una silla resistente del taller y ella se montó, guiando la polla gruesa hasta hundírsela completa. Empezó a cabalgar salvajemente, subiendo y bajando, las tetas pesadas rebotando delante de la cara de él. Malik se las chupaba, las mordía con suavidad, mientras le apretaba el culo con ambas manos y le daba alguna cachetada más cuando ella se lo pedía entre gemidos.
—Así… cabálgame… usa esa polla joven… lléname…
Colette se corrió otra vez, gritando, el cuerpo sacudido, el coño exprimiendo la verga de Malik. Él no aguantó mucho más: la agarró de las caderas, embistió hacia arriba varias veces y se corrió profundo dentro de ella, gemiendo su nombre, llenándola a chorros calientes. Ella siguió moviéndose despacio, ordeñándolo hasta la última gota, las tetas aún agitándose.
Terminaron sudorosos y satisfechos sobre el suelo del taller, entre trapos y restos de yeso. Malik se había tumbado de espaldas y Colette seguía a horcajadas, todavía con la polla semidura dentro de su coño empapado de ambos. Ella se inclinó, le besó el pecho salado de sudor, lamiendo un pezón, y sonrió contra su piel.
—Esto va a ser nuestro nuevo ritual semanal después de cada clase —murmuró, la voz ronca de tanto gemir—. Cada jueves, cuando se vayan todos… me follas hasta que no pueda ni caminar. ¿Trato?
Malik le acarició la espalda desnuda con dedos perezosos, subiendo y bajando por la curva de la columna, aún dentro de ella, sintiendo las contracciones suaves de su coño.
—Prometido. Cada puta semana. Y si algún día no hay clase… te busco igual.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories