Fingiendo Ser Novios en el Taller

Un joven mecánico finge ser el novio de su jefa Talia, una MILF cachonda de 45 años, y terminan follando duro en el taller.

22 min read September 04, 2026New

Soy un mecánico de veintidós años y paso los días enterrado en el taller familiar, con las manos negras de grasa y el mono oloroso a aceite quemado. Mi jefa se llama Talia. Tiene cuarenta y cinco, es divorciada, dueña del negocio y una MILF voluptuosa que me vuelve completamente loco. Caderas anchas, culo redondo y pesado, tetas grandes que se marcan bajo las camisetas ceñidas, labios carnosos y esa forma de mirarme cuando se agacha a revisar un presupuesto. Llevamos meses deseándonos en secreto. Yo me corría en la ducha pensando en ella; ella, según confesó después, se mojaba los bragas cada vez que me veía debajo de un coche.

Aquella mañana el inspector de Hacienda apareció de improviso. Maletín, gafas y cara de quien huele irregularidades. Talia se puso pálida un segundo. Me agarró del brazo, me acercó a su cuerpo y me susurró al oído, urgente:

—Callum, hazme el favor. Finge que eres mi novio. Joven, pero mío. Si huelen que vivo sola y mezclo cuentas personales con el taller, nos cae una multa de cojones. Tócame. Bésame si hace falta.

El corazón me latía en la garganta. Asentí. El inspector nos miró con ceja arqueada. Talia se pegó a mi costado, pasó un brazo por mi cintura y apoyó la cabeza en mi hombro como si lo hiciera todos los días. Su perfume a vainilla y metal se me metió en la nariz. Noté el calor de su pecho contra mi costado. El funcionario preguntó por facturas, horarios, “el estado civil de la propietaria”. Talia sonrió, acarició mi pecho sucio por encima del mono y dijo con voz melosa:

—Mi novio y yo lo llevamos juntos. Él es joven, sí, pero sabe cómo se trabaja… y cómo se mima a una mujer.

Me giré hacia ella. Nuestros ojos se encontraron. Vi el brillo de excitación y de miedo. Me incliné y la besé. Un beso de novios, lento, con lengua apenas. Sus labios se abrieron. Probé su saliva. La mano que ella tenía en mi pecho apretó la tela. Noté cómo se le endurecían los pezones. La polla se me puso dura al instante dentro del mono. El inspector carraspeó, tomó unas notas y murmuró que “todo parecía en orden por ahora”. Se fue. La puerta del despacho exterior se cerró.

En cuanto el coche del tipo arrancó, Talia cerró con llave la puerta grande del taller. El eco metálico resonó. Se giró hacia mí con los ojos hambrientos, mechos de rubia recogidos a la rápida, el pecho subiendo y bajando.

—Llevo meses, Callum —confesó con la voz ronca—. Cada vez que te veo agachado bajo un coche, con el culo tenso y los brazos grasientos, se me empapa el coño. Me toco en el baño del fondo pensando en tu boca. Ya no aguanto más esta mierda de fingir.

Se pegó a mí. Su culo grande y firme rozó mi erección por encima de la tela gruesa del mono. Frotó despacio, de lado a lado, mientras me miraba a los ojos. Acarició mi pecho otra vez, bajó la cremallera un poco y metió los dedos entre el algodón y mi piel manchada.

—Se te ve tan bien con la grasa del taller… —susurró pegada a mi oído—. Quiero que me dejes pringada de ti.

El roce de su culo contra mi polla dura era insoportable. Apreté las manos en sus caderas anchas, se las clavé y la pegué más. Ella gimió bajito. Empujó otra vez, deliberada, sintiendo el bulto completo.

Talia se arrodilló delante de mí sobre el suelo de cemento manchado de aceite. Con dedos temblorosos y expertas a la vez me abrió el mono y bajó el bóxer. Mi verga gruesa y venosa saltó fuera, ya goteando. Ella la miró un segundo, se lamió los labios y me la metió entera a la boca de un golpe. Chupó con ansia de MILF experimentada: lengua plana por debajo, mejillas hundidas, saliva corriendo hasta las bolas. Me miraba a los ojos mientras profundizaba, la garganta apretándome la cabeza.

—Qué gorda y caliente la tienes… —dijo al separarse un momento, con un hilo de saliva uniendo sus labios a mi glande—. Llevo meses deseando que me folles con esto. Quiero que me destrocies el coño, Callum. Quiero gritar.

Volvió a chuparme, más rápido, una mano masturbándome la base, la otra apretándome el culo para empujarme más adentro. Yo gemí, enterré los dedos en su pelo y le follé un poco la boca. Ella lo aceptó con ganas, babas y sonidos obscenos.

De pronto se levantó, se subió la falda de trabajo —siempre llevaba faldas o pantalones ajustados que me mataban— y se sentó sobre el capó frío de un sedán que estábamos reparando. Abrió las piernas de par en par. No llevaba bragas. El coño se le veía hinchado, rosado, brillante de jugos. Se lo tocó con dos dedos y me los acercó a la boca.

—Cómemelo hasta que me corra gritando. Ahora.

Me arrodillé entre sus muslos gruesos y le di un lengüetazo largo desde el agujero hasta el clítoris. Sabía a excitación pura, salado y dulce. La chupé con hambre: lengüetazos planos, succiones en el botón hinchado, dos dedos curvados buscándole el punto. Talia se agarró al capó, arqueó la espalda y empezó a gemir alto.

—Así… joder, Callum, más profundo… me voy a correr en tu cara…

Le metí la lengua dentro, le follé el coño con la boca, le masajeé el clítoris con el pulgar. Sus muslos me apretaron la cabeza. De pronto se tensó toda, gritó mi nombre y se corrió chorreando contra mi boca, las piernas temblando, el culo levantándose del metal. Seguí lamiéndola hasta que me empujó suavemente.

—Fóllame ya —ordenó, jadeante—. De pie. Contra la pared.

La levanté. La pegué de espaldas a la pared de bloques del taller. Le abrí más las piernas, alineé mi polla gruesa con su entrada empapada y empujé de un solo tajo hasta el fondo. Talia gritó. Estaba caliente, apretada, chorreante. Empecé a follarla con fuerza, embestidas largas y profundas que hacían sonar piel contra piel. Le subí la camiseta, le saqué las tetas grandes y pesadas del sujetador y se las aplaqué con las manos grasientas, pellizcándole los pezones duros mientras la penetraba.

Ella me clavó las uñas en la espalda, a través del mono semiabierto.

—Más duro… así, joder, me estás abriendo… tus manos en mis tetas… no pares…

La follé sin piedad, levantándole una pierna para llegar más hondo. El taller olía a sexo, a grasa y a su perfume. Sudábamos. El sonido de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado llenaba el espacio. Cuando sentí que ella empezaba a apretarme otra vez, la giré, la llevé hasta el banco de herramientas y me senté en el borde. Ella se subió a horcajadas, me guió otra vez dentro y empezó a cabalgarme salvajemente. Culo grande rebotando, tetas saltándole en la cara, uñas en mi pecho. Yo le agarré las caderas y la empujé hacia abajo al ritmo de mis embestidas hacia arriba.

—Me corro… me corro otra vez —gimió ella, echando la cabeza atrás.

Sentí el orgasmo subir desde los huevos. Le agarré el culo con las dos manos, la clavé hasta el fondo y me corrí dentro de ella a chorros calientes, gruñendo su nombre. Ella gritó y se vino a la vez, el coño contrayéndose alrededor de mi polla que no paraba de latir y llenarla.

Después nos quedamos quietos. Talia seguía sentada sobre mí, mi verga todavía dentro, blanda pero caliente, chorreando semen mezclado con sus jugos por el banco. Me besó con ternura, lento, labios suaves, lengua perezosa. Me acarició la cara manchada de grasa y de su corrida.

—Ya no quiero fingir más, Callum —susurró contra mi boca—. Deseo que seamos algo de verdad. Que me folles cada día en este taller… y que esta noche vengas a casa conmigo. Pero hay algo que no te he contado del inspector, y de por qué necesitaba tanto que parecieras mío…

Seguíamos unidos por la polla, mi semilla espesa resbalando entre nuestros cuerpos y el banco de herramientas. Talia no se movió. Me miraba de cerca, los labios hinchados del beso y de chupármela antes, el pecho sudado pegado al mío. Su coño aún me apretaba suave, caliente, latiendo con los restos del orgasmo. Yo notaba cada contracción. La grasa de mis manos se había pegado a sus tetas y a sus caderas; manchas negras sobre su piel clara. Oliamos a sexo y a taller.

—Dime —le pedí, con la voz ronca, acariciándole la espalda por debajo de la camiseta subida—. Qué pasa con el inspector. Por qué necesitabas tanto que pareciera tuyo.

Ella se mordió el labio inferior. Sus ojos azulados brillaban, pero había un flash de nervios detrás del hambre. Se levantó un poco, dejando que mi verga saliera de ella con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo blanco de semen y jugos le cayó por el muslo interno hasta la rodilla. Se quedó a horcajadas sobre mis piernas, mirándome la polla todavía semidura, manchada de los dos.

—El tío no es solo de Hacienda —susurró—. Es el hermano de mi ex. El cabrón que me dejó el año pasado se las arregló para meterlo a husmear. Buscan cualquier irregularidad para joderme el negocio y quedarse con la mitad. Si ven que estoy sola, que mezclo cuentas… me hunden. Por eso te agarré. Porque te deseo desde hace meses y porque necesitaba que alguien me tocara delante de él como si fueras mío de verdad. Y ahora… ahora no quiero soltarte.

Me besó otra vez, más profundo. Su lengua entró lenta, saboreando lo que quedaba de su propio sabor en mi boca. Yo le agarré el culo grande con las dos manos, separándole los glúteos, metiendo un dedo grasiento entre ellos para rozarle el agujero trasero. Ella gimió contra mis labios y empujó hacia atrás.

—Joder, Callum… sí. Quiero todo. Cada rincón de este taller huele a ti y ahora quiero que huela a mí también.

Se bajó del banco, se arrodilló otra vez y me limpió la polla con la lengua. Lamió despacio desde las bolas hasta la cabeza, recogiendo el semen que aún goteaba. Me miraba mientras lo hacía, las mejillas hundidas, la saliva brillándole en la barbilla. Mi verga se puso dura otra vez en segundos, gruesa y pesada contra su paladar. Ella la tomó entera, hasta que la nariz le rozó el vello, y se quedó ahí, tragando, la garganta apretándome.

—Así te quiero —murmuré, enterrando los dedos en su pelo rubio desordenado—. Chupándome la polla como una puta necesitada después de que te haya llenado el coño.

Talia se separó con un gemido, un hilo de babas uniendo su boca a mi glande.

—Lo soy. Tu puta de cuarenta y cinco años. Fóllame otra vez. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar.

La levanté, la giré y la empujé contra el capó del mismo sedán. Le levanté la falda hasta la cintura. El culo se le veía redondo, pesado, con marcas de mis manos grasientas. Le abrí los muslos y le clavé dos dedos en el coño empapado, removiendo el semen que le había dejado. Estaba resbaladizo, caliente, abierto. Ella arqueó la espalda y empujó contra mi mano.

—Métela ya… por favor…

Alineé la cabeza y empujé de un golpe seco hasta el fondo. El capó crujió bajo su peso. Talia gritó, las manos aplastadas contra el metal frío. Empecé a follarla duro, embestidas cortas y profundas que hacían rebotar su culo contra mi pelvis. El sonido de piel contra piel llenaba el taller, mezclado con el goteo de aceite de algún motor y nuestros jadeos. Le agarré las tetas por detrás, se las apreté fuerte mientras la penetraba, pellizcándole los pezones hasta que se le endurecieron como piedras.

—Más… joder, Callum, más profundo… así me abres…

Le di una palmada en el culo. El golpe resonó. La piel se le puso roja al instante. Otra. Y otra. Ella gemía más alto cada vez, el coño contrayéndose alrededor de mi verga.

—Eres una MILF sucia —le dije al oído, mordiéndole el lóbulo—. Te mojas cada vez que me ves con el mono manchado. Te corres pensando en que te deje pringada de grasa y de leche.

—Sí… sí, me corro pensando en ti todas las noches… tócame el clítoris…

Le metí la mano por delante, le froté el botón hinchado con el pulgar mientras la follaba sin piedad. Talia empezó a temblar. Sus piernas flaquearon. Se corrió otra vez, gritando mi nombre, el coño exprimiéndome en oleadas calientes. El líquido le chorreó por los muslos, mezclado con mi corrida anterior, salpicando el suelo de cemento.

No me detuve. La saqué de encima del coche, la llevé hasta la pared de ladrillos cerca de la fosa del taller y la pegué de frente. Le separé las nalgas con las manos y le froté la polla resbaladiza entre ellas, empujando un poco contra su culo sin entrar del todo. Ella jadeó, mirándome por encima del hombro.

—Hazlo… si quieres. Quiero sentirte ahí también. Pero primero… sigue destrozándome el coño. No he terminado contigo.

Volví a entrar en su coño de un embiste. Esta vez más lento, más profundo, casi sacándola entera antes de clavársela otra vez hasta los huevos. Le besé el cuello, le chupé la piel, le dejé marcas. Mis manos grasientas recorrían su cuerpo: tetas, cintura, el vientre suave, el monte de Venus hinchado. Ella empujaba hacia atrás al ritmo, el culo golpeándome la pelvis.

—Esta noche —jadeó ella— te llevo a casa. Te ducho, te lavo la grasa… y luego te montas otra vez. Pero hay más. El inspector… va a volver. Mañana o pasado. Y va a querer pruebas de que somos pareja de verdad. Facturas conjuntas, fotos… o que nos vea follando si hace falta. ¿Estás dispuesto a seguir fingiendo… o a que deje de ser un fingimiento?

La idea me calentó más. La polla me latió dentro de ella. La giré, la levanté en peso, le abrí las piernas alrededor de mi cintura y la follé de pie, contra la pared, embestidas salvajes que hacían sonar su espalda contra los ladrillos. Sus tetas rebotaban entre nosotros. Ella me clavaba las uñas en los hombros, gemía en mi oído, me pedía más duro, más profundo, que la llenara otra vez.

Sentí el orgasmo subir. Los huevos se me tensaron. Le dije que me corría. Ella se apretó alrededor de mí y se vino conmigo, gritando, el cuerpo entero convulsionando. Me corrí a chorros dentro de ella otra vez, caliente, espeso, llenándola hasta que se desbordó y le bajó por el culo y los muslos. Nos quedamos así, temblando, sudados, mi verga aún dentro latiendo.

Talia me besó la boca con ternura y lujuria a la vez.

—No te sueltes todavía —susurró—. Quiero sentirte blanda y caliente dentro. Y quiero que sepas… que lo del inspector no es lo único. Hay una caja fuerte en mi despacho. Documentos que él busca. Si los encuentra, me jode. Necesito que me ayudes a esconderlos… esta noche. En casa. Pero primero… limpia mi coño con la lengua. Quiero que te tragues lo que nos hemos dejado.

Se separó despacio. Mi semen le gotó al suelo. Se subió otra vez al banco de herramientas, abrió las piernas de par en par y me señaló el coño hinchado, rojo, chorreante. Yo me arrodillé sin dudar. El taller seguía oliendo a nosotros. Fuera se oía algún camión lejano. Dentro solo estaba el sonido de mi lengua entrando en ella otra vez, lamiendo nuestra mezcla, mientras ella gemía y me sujetaba la cabeza contra su coño.

Y mientras la comía, con la polla ya volviendo a endurecerse contra el muslo, pensé en lo que venía: el inspector, los papeles, la casa de ella, y cómo esta mentira de novios se estaba convirtiendo en lo único real que quería. Talia se arqueó y se corrió otra vez en mi boca, más suave, más larga, y yo supe que el fingimiento ya no existía. Solo quedaba el deseo sucio y la sombra de lo que ella aún no me había contado del todo.

Seguí lamiéndola sin prisa, la lengua plana recogiendo cada gota espesa que se le escapaba del coño hinchado. El sabor a los dos juntos me volvía loco: salado, cremoso, con ese dejo metálico de la grasa que aún me manchaba la cara. Talia gemía bajo, las uñas clavándome el cuero cabelludo, abriendo más las piernas sobre el banco de herramientas hasta que los muslos le temblaban.

—Así, Callum… trágatelo todo —jadeó—. Quiero que sepas a lo que me has dejado. Soy tuya. De verdad.

Mi polla ya estaba otra vez dura, pesada contra el muslo, rozando el cemento frío. Me incorporé un poco, le besé el clítoris hinchado y le metí dos dedos grasientos dentro, removiendo lo que quedaba de mi corrida. Ella arqueó la espalda y empujó contra mi mano.

—Joder, todavía estás abierta y caliente —murmuré contra su coño—. Podría follarte otra vez ahora mismo y ni siquiera necesitaría lubrificante.

—Hazlo —ordenó ella, la voz ronca—. Pero esta vez quiero sentirte en el culo. Llevo meses imaginándomelo: tú detrás, el mono bajado, las manos negras en mis nalgas, metiéndomela despacio hasta que me rompas. Quiero que me uses completa antes de irnos a casa.

El corazón me dio un vuelco. Me puse de pie, le di la vuelta sobre el banco y le separé las nalgas con ambas manos. El agujero rosado se le contraía, brillante de jugos y semen que le había chorreado. Escupí sobre él, unté con el pulgar y empujé un dedo despacio. Talia jadeó, el culo apretándome.

—Relájate, jefa —le dije al oído, mordiéndole el hombro—. Voy a dejarte el culo tan pringado como el coño.

Metí un segundo dedo, abriéndola, sintiendo lo estrecho y caliente que estaba. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo mi nombre, pidiéndome más. Saqué los dedos, alineé la cabeza gruesa de mi verga y empujé. Entró centímetro a centímetro. Talia gritó, las manos aplastadas contra el metal, el culo abriéndose para mí.

—Hostia puta… qué gorda… no pares…

Me hundí hasta los huevos. El calor la apretaba como un puño. Empecé a moverme despacio, embestidas largas que le sacaban gemidos rotos. Le agarré las caderas anchas, le di palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas y le follé el culo con ganas, el sonido obsceno de piel contra piel llenando el taller. Cada vez que entraba del todo ella se contraía y yo sentía cómo mi polla le estiraba el agujero.

—Eres una MILF puta —gruñí, inclinándome para pellizcarle los pezones—. Te encanta que te abra el culo un chaval de veintidós años con las manos de mecánico. Dilo.

—Sí… me encanta… fóllame más duro, Callum… destrozame…

Aceleré. El banco crujía. Le metí la mano por delante y le froté el clítoris mientras le daba por detrás. Talia se corrió en segundos, el cuerpo entero convulsionando, el culo exprimiéndome en oleadas. Seguí embistiéndola a través del orgasmo, sin piedad, hasta que sentí los míos subir. Me corrí profundo en su culo, chorros calientes llenándola, gruñendo su nombre contra su nuca. Me quedé clavado, latiendo dentro, mientras el semen le salía alrededor de mi verga y le bajaba por los muslos.

Cuando salí, un hilo blanco le gotó al suelo. Talia se giró, me besó con lengua y saliva, y me miró con esos ojos azulados brillantes de lujuria.

—Ahora sí huelo a ti por todos lados —susurró—. Vamos a casa. Quiero ducharme contigo… y esconder esos papeles antes de que el hijo de puta del inspector vuelva. Pero primero dime la verdad: ¿estás dispuesto a que esto deje de ser teatro? Porque mañana va a querer ver fotos de nosotros juntos, facturas a tu nombre… o que te pille follándome otra vez si se presenta de sorpresa.

Asentí, todavía jadeando, la polla semiblanda manchada de los dos.

—Ya no fingo, Talia. Quiero follarte cada puto día. En el taller, en tu cama, donde sea. Y te ayudo con lo del despacho. Lo que haga falta.

Nos vestimos a medias: ella se bajó la falda sin bragas, el semen aún resbalándole por dentro de los muslos; yo me subí el mono dejando la cremallera a medio camino. Cerramos el taller. El aire de la calle me pegó en la cara sudada. Subimos a su coche, un sedán negro que olía a su perfume de vainilla. Apenas arrancamos ella me agarró la mano y la puso bajo su falda. Estaba empapada, caliente, mi corrida todavía saliendo.

—Tócame mientras conduzco —pidió—. Quiero llegar a casa ya a punto otra vez.

Le metí dos dedos, se los curvaba mientras ella gemía y aceleraba. El trayecto fue un tormento: el coño apretándome los dedos en cada semáforo, su mano libre bajándome la cremallera para sacarme la polla y masturbarme despacio en el semáforo en rojo. Llegamos a su casa, un chalet con jardín al final de una calle tranquila. Apenas cerró la puerta del garaje se me tiró encima.

La empujé contra la pared del recibidor. Le subí la falda, le abrí las piernas y la penetré de pie otra vez, el coño aún resbaladizo de antes. Embestidas profundas que hacían golpear su espalda contra la madera. Ella me clavaba las uñas, me pedía más, me decía que era su novio de verdad, que el inspector podía venir cuando quisiera y nos iba a pillar así: yo follándola como un animal, las manos grasientas todavía en sus tetas, el semen del taller mezclándose con el nuevo.

—En el despacho… la caja fuerte —jadeó entre embestidas—. Hay carpetas con transferencias que mi ex no debería ver. Si las encuentra, me quita el taller. Esta noche las movemos a un sitio seguro… pero primero córrete otra vez dentro. Quiero ir a la ducha goteando de ti.

La levante en peso, las piernas alrededor de mi cintura, y la follé contra la pared hasta que ambos nos corrimos otra vez: ella gritando, el coño exprimiéndome; yo llenándola a chorros, temblando. Nos quedamos unidos un momento, sudados, el olor a sexo impregnando el recibidor.

Después la llevé al baño. La ducha caliente nos cayó encima. Le lavé la grasa de las tetas, del culo, del coño hinchado. Ella se arrodilló bajo el chorro y me chupó la polla limpia, lamiendo hasta dejarla brillante, mirándome a los ojos mientras me la metía hasta la garganta. Me corrí en su boca y ella lo tragó todo, chupando la última gota.

Salimos envueltos en toallas. Talia me guió al despacho de casa. Abrió la caja fuerte del taller que había traído en una bolsa —no la de casa— y sacó un montón de carpetas.

—Estos son los que busca —explicó, la voz tensa de pronto—. Movimientos entre cuentas personales y del negocio. Si el hermano de mi ex los ve, me denuncia y se queda con la mitad por la sentencia del divorcio. Quiero que me ayudes a esconderlos… en tu piso, o donde digas. Pero hay más, Callum. El inspector no viene solo mañana. Trae un notario. Quiere “pruebas fehacientes” de que somos pareja estable. Fotos, testigos… o pillarnos en la cama. ¿De verdad estás listo para que esto sea oficial? Porque si dices que sí… esta noche te follo hasta que no puedas más, y mañana le damos el espectáculo que quiera.

Me miró, el pelo mojado pegado a la cara, las tetas pesadas bajo la toalla entreabierta, el coño aún rosado y abierto. Mi polla se removió otra vez. La tensión me apretaba el pecho: el deseo, el riesgo, la mentira que ya no era mentira.

La agarré por la cintura, la senté en el escritorio y le abrí las piernas.

—Estoy listo —dije, alineándome otra vez—. Esconde lo que sea. Finge lo que sea. Pero ahora mismo voy a follarte otra vez aquí, sobre estos papeles, y después me cuentas el resto. Todo. Porque siento que aún te guardas algo del cabrón de tu ex… y del inspector.

Empujé dentro de ella de un golpe. Talia gritó de placer, las carpetas crujiendo bajo su culo. Empecé a embestirla duro, el escritorio bamboleándose, mientras ella gemía mi nombre y yo pensaba en la mañana que venía: el inspector, el notario, las pruebas, y lo que ella todavía no me había confesado del todo. El fingimiento ya no existía. Solo quedaba el hambre y la sombra de lo que nos esperaba al otro lado de la puerta.

Empujé dentro de ella de un golpe. Talia gritó de placer, las carpetas crujiendo bajo su culo. Empecé a embestirla duro, el escritorio bamboleándose contra la pared, los papeles volando al suelo como confeti sucio. Sus tetas pesadas rebotaban con cada embestida; se las agarré con las manos todavía manchadas de grasa y me las llevé a la boca, chupándole los pezones hasta dejarlos rojos y brillantes de saliva. Ella enredó las piernas alrededor de mi cintura y me empujó más adentro.

—Así, joder, Callum… rómpeme encima de toda esta mierda —jadeó, la voz rota—. Quiero correrme sabiendo que estos papeles van a oler a coño y a leche.

Le froté el clítoris con el pulgar mientras la follaba sin piedad. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado llenaba el despacho. Talia se arqueó de golpe, gritó mi nombre y se vino en un chorro caliente que me mojó los huevos y el bajo vientre. Seguí embistiéndola a través del orgasmo, sintiendo cómo su coño me exprimía en oleadas, hasta que no pude más. Me corrí profundo, a chorros espesos, llenándola otra vez mientras gruñía contra su cuello. El semen le desbordó al instante, bajándole por el culo hasta el escritorio.

Nos quedamos jadeando. Ella me acarició la nuca con ternura sucia y me susurró:

—Ahora sí. Escondemos esto y después te quiero en la cama hasta que amanezca.

Recogimos las carpetas con dedos temblorosos. Talia las metió en una bolsa de deporte vieja y me guió al jardín trasero. Bajo la luz de la luna escondimos todo dentro de un baúl oxidado que había junto al cobertizo, tapado con macetas y tierra. Cuando la tapa cerró, ella se arrodilló ahí mismo sobre el césped húmedo, me bajó el mono y me metió la polla aún semidura en la boca. La chupó despacio, saboreando la mezcla de los dos, hasta que se me puso otra vez de piedra. Me miró desde abajo, saliva corriéndole por la barbilla.

—Casa. Ahora. Quiero que me folles en mi cama como el novio que ya eres.

Subimos. En el dormitorio la tiré de espaldas sobre las sábanas blancas. Le abrí las piernas y le comí el coño hasta que volvió a correrse en mi lengua, los muslos aplastándome la cabeza, los jugos y mi semen anterior chorreándole hasta el culo. Después me montó a horcajadas. Se guió sola, se hundió hasta el fondo y empezó a cabalgarme con ese culo grande y pesado rebotando contra mis muslos. Le agarré las caderas, le di palmadas que dejaban marcas rojas y le follé hacia arriba al ritmo salvaje que ella marcaba. Sus tetas me golpeaban la cara; se las chupé mientras gemía que era mía, que el taller era nuestro, que mañana el inspector podía chuparle el coño a la puta que se le antojara.

La giré a cuatro patas. Le separé las nalgas y le escupí en el agujero rosado que todavía estaba un poco abierto de antes. Empujé despacio. Talia gruñó, empujó hacia atrás y me tomó entero. La follé el culo con embestidas largas y profundas, una mano en su clítoris hinchado, la otra retorciéndole un pezón. El colchón crujía. Ella se corrió otra vez, el culo apretándome como un puño caliente, y yo me vine dentro a los pocos segundos, llenándola hasta que el semen le salió alrededor de mi verga y le manchó las sábanas.

Dormimos poco. Cada vez que me despertaba duro ella ya estaba mojada, abriéndose para mí. La tomé de ladito, cuchara, lento y profundo mientras le mordía el hombro. La senté sobre mi cara y me ahogué en su coño hasta que me meó un poco de excitación y se rio. Me chupó las bolas y me la metió entera hasta que le lloraban los ojos. Perdí la cuenta de las corridas. El dormitorio olía a sexo rancio, a vainilla y a grasa de taller que nunca terminaba de irse de mi piel.

Al amanecer el timbre sonó como un disparo. Talia se puso solo una bata de seda abierta de más. Yo me enrollé una toalla en la cintura. Abrimos juntos. El inspector —maletín, gafas, la misma cara de perro sarnoso— venía acompañado de un tipo delgado con traje gris que resultó ser el notario. Los dos nos miraron: a mí el pecho marcado de uñas, a ella las tetas casi a la vista y el cuello lleno de chupetones.

Talia se pegó a mi costado exactamente como en el taller. Me besó delante de ellos, lengua profunda, mano en mi culo por encima de la toalla. Yo le correspondí agarrándole un pecho descaradamente.

—Como ve —dijo ella con voz melosa—, mi novio pasó la noche. Y la anterior. Y va a pasar todas las que quiera. ¿Necesitan algo más… fehaciente?

El notario carraspeó, tomó notas apresuradas, miró el recibidor todavía oliendo a follada y murmuró que «las muestras de convivencia parecían suficientes por ahora». El inspector apretó la mandíbula, nos deseó un «buen día» cargado de veneno y se largaron. Cerré la puerta con llave. Talia se rio contra mi boca y se dejó caer de rodillas ahí mismo en el recibidor. Me arrancó la toalla y me mamó como si quisiera vaciarme los huevos de una vez. La levanté, la pegué contra la puerta y la penetré de pie, embestidas brutales que hacían temblar la madera. Nos corrimos juntos otra vez, gritando, el semen bajándole por las piernas hasta el suelo de madera.

Después nos duchamos lentos, nos secamos y volvimos a la cama. Ella se acurrucó contra mi pecho, el pelo mojado, los dedos trazando círculos en mi abdomen.

—Ya no hay inspector que temer —susurró—. Los papeles están seguros. Tú estás aquí. Y yo… yo estoy exactamente donde quería estar desde hace meses.

La besé la frente, todavía pantagando la última corrida, creyendo de verdad que el fingimiento había muerto del todo y que lo que teníamos era real, sucio y nuestro. Talia se rio bajito, un sonido cálido y peligroso contra mi piel, y dijo la frase que lo reencuadró todo para siempre: «Callum… nunca hubo hermano de mi ex ni notario de verdad. Pagué a dos actores. Llevaba medio año inventando la excusa perfecta para que me follaras sin que yo tuviera que pedírtelo primero.»

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