Luz Ciega: Su Primera Rendición entre Nosotras
Valeria, la tatuadora de 32 años, domina y folla sin piedad a su nueva empleada Paulina, de 24, en una intensa sesión BDSM hasta que se r
Valeria cerró la puerta de cristal del estudio de tatuajes con un clic seco y giró el cartel a CERRADO. Tenían ya las luces tenues de la trastienda, solo el brillo anaranjado de las lámparas de trabajo. Ella, de treinta y dos años, dueña del local, se pasó la mano por el cabello corto teñido de un rojo oscuro mientras observaba a Luz, su nueva empleada de veinticuatro, una ilustradora tímida que llevaba apenas tres semanas dibujando bocetos para los clientes. Luz recolectaba los trapos con tinta, el culo apretado en aquellos vaqueros ajustados, los pechos subiendo y bajando un poco más rápido de lo normal.
—Hoy ha sido un puto maratón —dijo Valeria con voz grave, acercándose—. Tú y yo solas. Me gusta.
Luz se detuvo. Sus mejillas se colorearon. Miró al suelo, luego a los labios de Valeria, y confesó en un murmullo tembloroso:
—Desde que entré… he fantaseado. Con que una mujer me ate. Que me domine. Que me use sin preguntar demasiado. Y… contigo. Con tus manos. Con esa voz.
Valeria sintió el calor subirle entre las piernas de inmediato. Se plantó frente a ella, le tomó la barbilla con dos dedos firmes y la obligó a mirarla a los ojos.
—¿Quieres que esa fantasía se vuelva real esta misma noche, Luz? Aquí. Ahora. Sin escapatoria hasta que yo diga.
Luz tragó saliva. Sus pupilas se dilataron. Un “sí, por favor” salió de su boca húmedo, casi un gemido anticipado. Valeria sonrió con lentitud, depredadora.
—Bien. Entonces vamos a jugar en serio.
Se besaron con hambre. Valeria mordió el labio inferior de Luz, empujó la lengua dentro, saboreando el miedo dulce y la excitación. Las manos de la mayor bajaron, agarraron el culo de Luz y lo apretaron con fuerza hasta sacar un quejido. Cuando se separaron, un hilo de saliva las unía.
—Desnúdate. Completamente. Quiero verte arrodillada y temblando antes de tocarte más.
Luz obedeció con dedos torpes. Se quitó la camiseta, el sujetador negro, los vaqueros, las bragas ya húmedas. Quedó desnuda bajo la luz amarilla: pechos firmes con pezones duros, coño afeitado dejando solo una delgada raya de vello, muslos que se juntaban nerviosos. Se arrodilló en la baldosa fría, manos sobre los muslos, respiración agitada.
Valeria caminó alrededor de ella como quien inspecciona carne nueva.
—Mírate. Mi putita ciega de deseo. Ya goteas y ni te he puesto nada. Levanta la barbilla.
Del cajón de suministros sacó un collar de cuero negro grueso, con una anilla plateada. Se lo abrochó al cuello de Luz con un clic, tiró un poco para comprobar.
—Esto te marca. Eres mía mientras lo lleves. Di que lo quieres.
—Lo quiero… por favor, Valeria. Úsame. Discípliname. Necesito que me jodas la cabeza y el cuerpo.
Valeria le vendó los ojos con una cinta de satén negro, apretando bien. Luz quedó a ciegas, jadeando. Cada roce de aire se volvía mil veces más intenso. Valeria le rozó un pezón con la yema del dedo y Luz se arqueó.
—Suplica más. Que te oiga bien.
—Fóllame. Átame. Azótame hasta que no pueda pensar. Soy tu puta. Tu zorra. Haz lo que quieras conmigo esta noche. Por favor, dueña.
Valeria sintió su propio coño latir contra el denim. Sacó las correas de cuero que usaba a veces para inmovilizar brazos en sesiones largas de tatuaje y empujó a Luz hacia la mesa grande de trabajo, la de acero y cuero acolchado donde los clientes se tumban. Le hizo apoyar el torso, le abrió las piernas y le ató las muñecas a las patas delanteras de la mesa con nudos firmes, dejando el culo en alto, expuesto, vulnerable.
—Cuenta. Cada golpe. Y después de cada uno repites: “soy tu zorra sumisa”. Si te equivocas, empiezo de cero. ¿Entendido?
—Sí… sí, dueña.
La primera azotaina con la pala de madera resonó húmeda y seca a la vez. La nalga de Luz saltó, se puso rosa al instante. Ella gritó un número y la frase con voz rota:
—¡Uno! Soy tu zorra sumisa.
Valeria no se detuvo. Diez, quince, veinte. Las nalgas de Luz se volvieron rojas brillantes, calientes al tacto, un poco hinchadas. Cada impacto hacía que el coño de la chica se contrajera a la vista, brillando de lubricante que le bajaba por el muslo. Luz lloriqueaba de placer y escozor, contando sin fallar, repitiendo la frase como un mantra sucio mientras el culo le temblaba.
—Veinte… soy tu zorra sumisa… joder, más, por favor…
Valeria dejó la pala. Se humedeció dos dedos en la boca y se los metió de golpe en el coño empapado de Luz. Tres falanges hasta el fondo, curvando, buscando ese punto esponjoso. Luz gritó y empujó hacia atrás. Valeria la folló con los dedos con rudeza, el sonido chapoteante llenando el estudio vacío.
—Tan puta. Tan abierta. Ahora vas a tomar mi polla.
Se abrochó el arnés negro de cuero, el dildo grueso de silicona realista, venoso, de un buen tamaño que haría arder. Se colocó detrás, le abrió más las nalgas enrojecidas y empujó la cabeza del strap-on contra la entrada resbaladiza. Entró de un solo embiste profundo. Luz aulló, las muñecas tirando de las correas.
Valeria la cogió de las caderas y la embistió en posición de perrito sin piedad, el cuero del arnés golpeando contra el culo ya castigado. Cada embestida sacudía a Luz entera, pechos aplastados contra la mesa, la anilla del collar tintineando.
—Cuenta los embistes ahora. Y no dejes de decir quién eres.
—Uno… soy tu zorra sumisa… dos… ah, joder, más hondo… tres… soy tu zorra sumisa…
Valeria aceleró. Le dio una torta en la nalga al mismo tiempo que empujaba. Luz se deshacía en gemidos guturales, babeando sobre el cuero de la mesa, el orgasmo ya rozándole la espalda. Pero Valeria no la dejó correrme todavía. Sacó el dildo de golpe, le dio la vuelta con las correas aún sujetas, le abrió las piernas en una posición expuesta y obscena, rodillas hacia el pecho, coño rojo y abierto mirando al techo.
Se arrodilló entre esos muslos temblorosos y lamió. Lengua plana desde el culo hasta el clítoris hinchado, chupando con fuerza, metiendo la lengua dentro. Luz gritaba sin control, la venda negra empapada de lágrimas de placer. Valeria sacó un vibrador pequeño y potente, lo puso directo sobre el clítoris mientras follaba el agujero con tres dedos otra vez.
—Te corres cuando yo diga. Y te corres gritando que me perteneces.
Luz temblaba enterita, los músculos del vientre contrayéndose en olas.
—Por favor… necesito… soy tuya… tu zorra… déjame correrme…
—Ahora. Córrase para mí. Toda.
El orgasmo golpeó a Luz como un tren. Gritó, el cuerpo se arqueó contra las ataduras, el coño se agarró a los dedos de Valeria en espasmos violentos, chorreando un poco sobre la muñeca de la dominanta. Valeria no apartó ni la lengua ni el vibrador, alargando cada contracción, dominando cada gemido y cada temblor hasta que Luz sollozó de sobreestimulación y se derrumbó, rendida por completo.
Solo entonces Valeria apagó el juguete. Con movimientos deliberadamente lentos y cuidadosos desató las correas de las muñecas, masajeó la circulación, le quitó la venda de los ojos. Luz parpadeó, la mirada vidriosa, las mejillas manchadas. Valeria se quitó el arnés, se sentó en la mesa y atrajo a la chica contra su pecho desnudo, debajo de la camiseta abierta. Le acarició el pelo húmedo de sudor, le besó la frente.
—Lo has hecho tan jodidamente bien, mi putita. Tan abierta. Tan mía. Ese culo rojo es una obra de arte y ese coño todavía palpita por mí.
Luz se acurrucó, respirando entrecortada, el collar todavía ceñido al cuello. Valeria le susurró contra la oreja, la voz baja y posesiva:
—Esto solo ha sido el principio de tu rendición. Todavía no has probado lo que te haré cuando te deje sin voz. Esta noche no se acaba aquí… y mañana, cuando abras el estudio con las nalgas ardiendo bajo la ropa, vas a recordar exactamente a quién le pertenece cada gota que se te escape. Descansa un minuto contra mí. Luego vamos a seguir. Porque tu cuerpo ya sabe que quiere más… y yo no he terminado de follarte la voluntad.
Valeria no le dio más que ese minuto contra su pecho. Los dedos le enredaron el cabello corto de Luz, tiraron hacia atrás y la obligaron a mirarla otra vez con los ojos todavía vidriosos.
—Arriba. Quiero tu boca ahora mismo.
Luz se deslizó al suelo de baldosas frías sin quejarse. El collar de cuero le rozaba la garganta cada vez que tragaba. Valeria se subió la falda del arnés otra vez, el dildo grueso todavía brillante de los jugos de la chica, y se lo metió entre los labios abiertos de Luz de un solo empujón. La cabeza de silicona golpeó el fondo de la garganta. Luz se atragantó, babas espesas le chorrearon por la barbilla y el pecho, pero abrió más la boca y se dejó usar. Valeria la folló la cara con las dos manos en la nuca, embistiendo profundo, sin piedad, sintiendo cómo la lengua se le enrollaba alrededor del tronco y cómo la garganta se contraía en espasmos.
—Así. Trágate todo. Eres un agujero con voz y yo decido cuándo te dejo respirar.
Luz gemía alrededor del dildo, las lágrimas le corrían otra vez, la saliva le empapaba los pechos. Cada vez que Valeria se retiraba un segundo, ella jadeaba “soy tu zorra sumisa” antes de que la polla de goma le volviera a tapar la boca. Cuando Valeria se corrió en seco —solo el temblor de sus caderas y un gruñido gutural— sacó el juguete y lo restregó por la cara de Luz, manchándole mejillas y párpados.
—Límpiame. Con la lengua. Todo.
Luz lamió cada centímetro de silicona y de cuero, saboreando su propio sabor ácido mezclado con el olor de Valeria. La mayor la levantó de un tirón del collar y la arrastró hasta la silla de trabajo giratoria. Le ató los tobillos a las patas metálicas, abiertas hasta el límite, rodillas forzadas hacia afuera. Las muñecas las cruzó a la espalda y las fijó con una correa gruesa que tiraba de los hombros. Luz quedó expuesta, el coño hinchado y rojo todavía goteando sobre el asiento de cuero.
Valeria sacó el siguiente juguete: un plug anal negro, grueso, con base de joya. Lo lubricó con los mismos jugos de Luz y lo empujó contra el culo ya castigado. La resistencia del esfínter hizo que Luz se tensara y gimiera, pero no dijo stop. Valeria giró el plug, lo metió centímetro a centímetro hasta que el anillo de músculo lo tragó entero y la base quedó encajada entre las nalgas ardientes.
—Ahí. Ahora tienes las dos entradas llenas y todavía te falta la mía.
Se puso el arnés de nuevo, esta vez con un dildo todavía más grueso, de doble densidad, que se curvó hacia arriba. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Luz y se lo metió de un solo embiste hasta el fondo. El impacto hizo que el plug se moviera dentro del culo y Luz gritó, la voz rota. Valeria no esperó. Empezó a follarla a ritmo brutal, el cuero del arnés golpeando el culo rojo, el dildo abriéndola y el plug presionando desde dentro. Cada embestida sacudía la silla. El collar tintineaba. Luz bababa, los pechos rebotaban, el clítoris hinchado rozaba el arnés en cada movimiento.
—Cuenta otra vez. Cada embiste. Y cada vez que llegues a diez me pides que te destroce más.
—Uno… soy tu zorra sumisa… dos… joder, el culo… tres… ah, dueña… cuatro…
Valeria le dio una bofetada en la cara al llegar al cinco. Luz lloriqueó de placer y siguió contando. Al diez:
—Diez… por favor, destrozame más, follame hasta que no pueda caminar mañana…
Valeria aceleró. Le agarró las tetas y las apretó hasta dejar marcas de dedos. Le escupió en la boca abierta y Luz lo tragó como si fuera hostia. El orgasmo se le acercaba otra vez, el vientre se le endurecía, pero Valeria lo sintió y se detuvo en seco. Sacó el dildo. Luz sollozó de frustración.
—No. Todavía no. Vas a aguantar.
Le metió cuatro dedos de golpe, el pulgar en el clítoris, y la folló con la mano entera mientras el plug se movía. El sonido era obsceno, chapoteante, húmedo. Luz se retorcía en las ataduras, el cuello tensado contra el collar, pidiendo por favor en un hilo de voz.
—Te corro cuando yo diga y solo cuando yo diga. Ahora te voy a llenar el culo también.
Valeria sacó el plug con un pop húmedo. Luz gritó. En su lugar empujó el dildo del arnés directo en el culo abierto y lubricado. Entró más fácil de lo que debería, el anillo ya laxo y hambriento. Valeria embistió hondo, sin pausa, follando el culo de Luz como si fuera un coño barato. Con la mano libre le metió tres dedos en el coño y los movió en sentido contrario. Luz se deshizo. El cuerpo entero le temblaba, los ojos en blanco detrás de los párpados semiabiertos, la saliva le corría hasta el ombligo.
—Ahora. Córrate con el culo lleno y gritando que eres mía. Hazlo.
El segundo orgasmo fue más violento que el primero. Luz aulló, el esfínter se cerró alrededor del dildo en espasmos rítmicos, el coño chorreó sobre la mano de Valeria y el asiento. Valeria no paró. Siguió embistiendo el culo mientras Luz se corría y se sobreestimulaba, hasta que los gritos se volvieron sollozos y el cuerpo se le aflojó por completo en las correas.
Solo entonces Valeria se retiró. Dejó el dildo fuera, reluciente de mierda limpia y lubricante. Se desabrochó el arnés, se subió a la silla a horcajadas sobre la cara de Luz y se sentó directo en su boca.
—Limpia. Come. No pares hasta que yo me corra en tu puta lengua.
Luz lamió. Lengua plana, chupando el clítoris hinchado de Valeria, metiendo la lengua en su coño empapado, tragando todo lo que le caía. Valeria se frotó contra esa cara entregada, agarrándole el pelo, usándola como un asiento caliente. Se corrió con las caderas apretadas, mojando la barbilla y la nariz de Luz, gritando bajo mientras le ordenaba que tragara cada gota.
Cuando bajó, Luz estaba destrozada: collar marcado, culo abierto y rojo, coño hinchado y goteando, cara brillante de saliva y jugos, pechos marcados de dedos y bofetadas. Valeria le desató las correas con movimientos rápidos, sin caricias. La hizo arrodillarse otra vez en el suelo frío, las nalgas hacia arriba, la cara contra el suelo.
Sacó la pala de madera una vez más. Diez azotes secos y duros sobre el culo ya castigado, cada uno sacando un grito ahogado. Después le metió dos dedos en el culo abierto y se los sacó manchados solo para restregárselos por los labios de Luz.
—Chúpame los dedos. Saborea lo que te he abierto.
Luz obedeció, lamiendo sin dudar. Valeria le dio la última orden de la noche con la voz ronca:
—Mañana vas a venir al estudio con el plug puesto. Sin bragas. Y cada vez que un cliente se tumbe en esa mesa vas a recordar cómo te follé el culo aquí mismo mientras contabas como la puta que eres. Ahora abre la boca.
Le metió el dildo otra vez hasta la garganta y se corrió en seco una última vez, solo por el placer de ver a Luz atragantarse y babear. Cuando lo sacó, un hilo grueso de saliva unía la silicona a los labios hinchados de la chica.
Valeria se agachó, le agarró la mandíbula y le escupió directo en la lengua abierta.
—Traga. Y no te limpies. Quiero verte mañana con mi saliva seca en la cara y el culo todavía abierto por mí, zorra.
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