Masaje Prohibido entre Amigos en la Granja
En la granja, mi amigo Bruno me da un masaje prohibido que termina con su polla negra follándome duro.
La granja de mi familia siempre había olido a tierra mojada, a heno y a ese calor pegajoso del verano en el interior. Aquella tarde, cuando el polvo del camino se levantó detrás del coche de Bruno, sentí un nudo en la barriga que no tenía nada que ver con la nostalgia. Llevábamos años sin vernos de verdad. Él bajó del vehículo con esa sonrisa ancha que yo recordaba de la universidad, la piel oscura brillando bajo el sol de las cinco, los hombros anchos de quien había seguido entrenando como si todavía jugara al fútbol cada fin de semana. Veintiocho años y el cuerpo de un dios negro, musculoso, las venas marcadas en los brazos cuando cargó la maleta con una sola mano.
—Lorenzo, cabrón, qué bueno verte —dijo, y me abrazó fuerte. El pecho contra el mío. Yo acababa de bajar del tractor, la camiseta blanca pegada a la espalda con el sudor del trabajo en el campo, el pantalón vaquero manchado de tierra. Noté cómo sus ojos bajaron un segundo, recorriendo el pecho húmedo, la línea de la cintura, antes de volver a mi cara con una risa fácil.
—Los viejos se fueron a la costa una semana —le expliqué mientras lo guiaba hacia la casa de piedra—. Estamos solos. Tienes la habitación de invitados, pero si quieres podemos tirarnos en el porche a tomar cervezas hasta que amanezca.
Bruno soltó una carcajada grave y dejó la maleta en el salón. Yo no podía dejar de mirarlo. Esa piel oscura, casi azulada en las sombras del atardecer, el cuello grueso, la forma en que la camiseta negra se tensaba sobre los pectorales. En secreto, desde hacía años, fantaseaba con tocarla. Con pasar la lengua por el hueco de la clavícula, con sentir el contraste de mi mano blanca sobre su pecho. Nunca se lo había dicho a nadie. Éramos mejores amigos. Punto. Pero aquella tarde, con el polvo todavía en mis botas y el olor a hombre sudado entre nosotros, la tensión se instaló como un animal vivo.
Trabajamos un rato juntos al día siguiente. Él me ayudó a arreglar la cerca del corral de las vacas, sudando a mares bajo el sol de julio. Cuando se quitó la camiseta, tuve que apartar la vista un segundo. La espalda ancha, los dorsales marcados, el sudor resbalando por la columna hasta el elástico de los pantalones cortos. Mi polla dio un tirón traicionero dentro del bóxer. Me imaginé pasando los dedos por esa piel caliente, lamiendo el salado de su nuca. Tragué saliva y seguí clavando postes como si la vida me fuera en ello.
Por la tarde el calor apretaba de verdad. Bruno se dejó caer en el sofá de la sala con un gemido.
—La espalda me está matando, tío. El viaje más el curro de hoy… siento los trapecios como piedras.
Yo estaba en la cocina, bebiendo agua del grifo. El cuerpo todavía sucio del campo, el pelo pegado a la frente. Lo miré. La idea me subió caliente desde las pelotas.
—Te puedo dar un masaje —ofrecí, intentando que la voz sonara casual—. Tengo aceite de la abuela, de esos de oliva con hierbas. En la habitación de arriba hay más luz y la cama es grande.
Bruno levantó una ceja, sonrió de lado, y asintió.
Subimos. Corrí las cortinas a medias para que entrara solo la luz dorada. Él se tumbó bocabajo sobre la colcha, sin camiseta, los pantalones cortos todavía puestos. Yo me arremangué, vertí aceite en las palmas y lo froté hasta calentarlo. Cuando apoyé las manos en sus hombros, el calor de su piel me recorrió los brazos como una descarga. Empecé a amasar los trapecios, los dedos hundidos en la carne firme, empujando hacia el cuello, bajando por los dorsales. Bruno soltó un gemido bajo, gutural.
—Joder, Lorenzo… nadie me había tocado así. Ahí, más fuerte.
Mis manos se movían solas. Aceite brillando sobre la piel negra, los músculos relajándose bajo la presión. Bajé por la columna, despacio, abriendo las manos para cubrir toda la anchura de su espalda. Cada gemido suyo me ponía más duro. La polla se me hinchó contra el vaquero, inevitable. Fantaseaba con bajar un poco más, con meter los pulgares bajo el elástico de los shorts, con separar esas nalgas oscuras y… me mordí el labio.
Bruno se movió. De pronto se giró, quedando boca arriba. Sus ojos negros me miraron directo, sin vergüenza. Vi el bulto grueso que tensaba la tela de los pantalones cortos. Mi respiración se entrecortó.
—Siempre quise probar algo prohibido contigo —confesó él, la voz ronca—. Desde la uni. Verte sudado, blanco, con esa cara de bueno… me volvía loco. Quería follarte. ¿Tú también lo has pensado?
El corazón me latía en la garganta. Asentí, la voz saliendo apenas un susurro.
—Sí. Joder, sí. He soñado con tu polla, con tu piel… con que me la metas entera.
No hizo falta más. Bruno se incorporó, me agarró de la nuca y me besó con hambre. Labios gruesos, lengua caliente invadiéndome la boca, sabor a cerveza y a deseo acumulado. Me tumbó de espaldas sobre la cama. Sus manos grandes me quitaron la camiseta con urgencia, luego el cinturón, el vaquero, el bóxer. Mi polla saltó libre, dura, rosada, goteando ya. Él se desnudó del todo: la polla negra gruesa, venosa, curva hacia arriba, la cabeza brillante de precum, las pelotas pesadas. Me miró un segundo como si decidiera por dónde empezar, y entonces me abrió las piernas.
Su lengua bajó directa al culo. Me comió con hambre experta, lamiendo el agujero, empujando la punta dentro, chupando los bordes mientras yo gemía alto, sin vergüenza, pidiendo más.
—Ahí… joder, Bruno, mete la lengua… sí, así…
Me abrió más con los pulgares, me folló con la boca hasta que estuve temblando y abierto. Entonces se acomodó entre mis muslos, alineó esa polla negra gruesa contra mi entrada y empujó. El glande abrió, grueso, quemando delicioso. Me embistió despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que las pelotas me rozaron el culo. En misionero, mirándome a los ojos, me folló profundo y fuerte. Cada embestida me movía en la cama, el aceite de antes mezclado con sudor, el sonido húmedo de su carne entrando en la mía.
—Tan puto estrecho… tan blanco y abierto para mí —gruñía él, agarrándome las caderas con fuerza, los dedos hundidos en mi piel.
Cambié de posición cuando él lo pidió. Me puse a cuatro patas, el culo en alto, y él se clavó de un solo empujón. Perrito. Yo empujaba hacia atrás con ganas, buscando que me llegara al fondo, gemiendo su nombre cada vez que los golpes hacían chocar su pelvis contra mis nalgas. La cama crujía. El olor a sexo llenaba la habitación. Sudor corriendo por mi espalda, gotas cayendo de la frente de Bruno sobre mi piel.
Al rato me hizo montarlo. Me senté sobre esa polla gruesa, la absorbiendo hasta el fondo, y empecé a cabalgarlo salvajemente. Arriba y abajo, rebotando, las manos apoyadas en su pecho oscuro, sintiendo el corazón galopar bajo la palma. Él me agarraba las caderas y empujaba hacia arriba, follándome desde abajo mientras yo gritaba de placer. Las tetillas negras duras bajo mis dedos. Mi polla rebotaba contra su abdomen, dejando hilos de precum sobre su piel.
—Me corro… Lorenzo, me voy a correr dentro —
—Dentro, joder, lléname —
Gritamos juntos. Él se tensó, la polla latiendo profundo, chorros calientes inundándome el culo. Yo me corrí sin tocarte, chorros blancos salpicando su pecho oscuro, el cuello, la barbilla. Seguimos moviéndonos unos segundos más, exprimiendo cada espasmo, hasta que caí sobre él, sudoroso, temblando, su polla todavía dentro, ablandándose despacio.
Nos quedamos abrazados. El aire de la habitación olía a sexo y a aceite de hierbas. Bruno me besó suavemente los labios, la frente, el hombro. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi espalda.
—Esto no va a ser la última vez que nos veamos en la granja —murmuró contra mi pelo—. Ni de coña.
Sonreí, todavía con el culo latiendo alrededor de él, la mezcla de su corrida resbalándome muslo abajo. Le confesé al oído, la voz ronca de tanto gemir:
—Ya quiero repetir el masaje prohibido mañana mismo. Y pasado. Y el día que vuelvan mis padres… encontraremos la manera.
Él rio bajito, me apretó contra su pecho y me miró con esa chispa peligrosa que yo empezaba a conocer de verdad. Afuera, el sol se ponía sobre los campos. Dentro, la tensión no se había apagado: solo había cambiado de forma. Había más noches por delante, más habitaciones, más formas de follarnos hasta no poder caminar. Y yo, con la polla ya empezando a despertar de nuevo contra su muslo, supe que el verano en la granja acababa de volverse mucho más largo… y mucho más sucio.
Bruno rio bajito otra vez y su mano bajó entre mis nalgas, dos dedos gruesos recogiendo el semen caliente que ya me resbalaba por el muslo. Me los metió de golpe, sin avisar, y yo arqueé la espalda con un jadeo ronco. Su polla, todavía medio dura dentro de mí, volvió a hincharse al instante, empujando contra esos dedos como si no hubiera acabado de vaciarse.
—Mírate —susurró contra mi cuello—. Todavía abierto y goteando mi leche. ¿Creías que con una ronda bastaba, Lorenzo? Llevo años aguantándome.
No esperó respuesta. Me giró de un tirón, me puso boca arriba otra vez y se arrodilló entre mis piernas abiertas. Su lengua larga y caliente lamió el borde de mi agujero hinchado, chupando su propia corrida, metiendo la punta hasta que yo me agarré a las sábanas y empujé la cadera hacia su cara. El sabor a sexo y aceite me llenaba la habitación. Yo gemía sin control, las piernas temblando sobre sus hombros anchos.
—Joder, Bruno… así, más hondo… limpia todo…
Él gruñó y me folló con la lengua hasta que el agujero volvió a abrirse blando y listo. Entonces se incorporó, me agarró las rodillas y las empujó contra mi pecho. La cabeza negra y brillante de su polla rozó la entrada resbaladiza y empujó de un solo golpe seco. Me abrió de par en par. El glande grueso me rozó la próstata al entrar y grité, puro placer crudo. Empezó a embestirme sin piedad, profundo, rápido, las pelotas pesadas golpeándome el culo con cada embestida. El sonido húmedo y obsceno llenaba la habitación: carne contra carne, aceite y semen salpicando.
—Tan puto blanco… tan fácil de abrir —jadeaba él, sudor cayéndole de la frente a mi pecho—. Desde la uni soñaba con esto. Con follarte hasta que no pudieras caminar. ¿Lo sientes? Cómo te estiro.
—Sí… joder, sí… me tienes completamente abierto… no pares…
Mis manos recorrieron su pecho oscuro, pellizcando las tetillas negras, bajando por el abdomen marcado hasta donde su polla desaparecía dentro de mí. Me miraba a los ojos mientras me clavaba, esa chispa peligrosa ahora convertida en hambre pura. Cada embestida me movía hacia la cabecera. Yo empujaba hacia abajo, buscando que me llenara del todo, que me destrozara el culo con esa verga negra gruesa y curva.
Cambió de ángulo. Sacó casi toda la longitud y volvió a entrar de lado, rozándome por dentro de una forma que me hizo ver estrellas. Mi propia polla rebotaba contra mi vientre, roja, goteando hilos blancos que se mezclaban con el sudor. Bruno la agarró con su mano enorme, la masturbó al ritmo de sus embestidas, el pulgar extendiendo el precum por el glande sensible.
—Córrete otra vez —ordenó, la voz grave, casi un gruñido—. Quiero sentir cómo te aprietas cuando te vienes con mi polla dentro.
No hizo falta mucho más. El nudo de placer explotó desde el culo hacia arriba. Me corrí a chorros, salpicando su pecho, su cuello, incluso la barbilla. El esfínter se cerró a rachas alrededor de él y Bruno maldijo, aceleró, follándome a través del orgasmo hasta que yo quedé temblando y sin aire. Entonces se salió de golpe. Me miró un segundo, los ojos negros brillantes, y me dio la vuelta otra vez.
—A cuatro. Ahora.
Obedecí. Me puse de rodillas, el culo en alto, la cara contra la almohada que olía a nosotros. Bruno se colocó detrás, me abrió las nalgas con las manos grandes y me escupió el agujero. La saliva caliente bajó y él la empujó dentro con el glande antes de clavarse de nuevo hasta las pelotas. Perrito salvaje. Empezó a follarme con golpes secos, potentes, que hacían crujir la cama antigua. Cada embestida me sacudía entero. Yo empujaba hacia atrás, buscando más, gemiendo su nombre como un puto desesperado.
—Más duro… joder, Bruno, destrozámelo… quiero sentir tu polla días…
Él se inclinó sobre mi espalda, me mordió el hombro y me agarró del pelo, tirando hacia atrás mientras me embestía. El contraste de su piel oscura contra la mía, blanca y roja por las marcas de sus dedos, me volvía loco. El olor a sexo, a sudor de campo y a aceite de hierbas era espeso. Sudor nos corría por la espalda, gotas cayendo de él a mí. Su polla entraba y salía brillante de semen y saliva, el anillo de mi culo agarrándola como si no quisiera soltarla.
Al rato me levantó del todo. Me puso de pie al borde de la cama, me dobló por la cintura y me folló de pie, agarrándome las caderas con fuerza bruta. Yo me agarré al colchón, las piernas temblando, mientras él me usaba como quería. Profundo. Sin piedad. Cada embestida me sacaba un gemido ahogado.
—Mira cómo te abres para esta polla negra —gruñó—. Tan puto guapo cuando te follan. Siempre lo supe. Siempre quise metértela hasta que gritaras.
Me sacó otra vez, me hizo arrodillarme frente a él. Su polla, gruesa, venosa, brillante de mi culo, me golpeó los labios. Abrí la boca y la chupé con hambre, saboreando mi propio sabor mezclado con el suyo. La lengua bajó por el tronco oscuro hasta las pelotas pesadas, las chupé una a una mientras él gemía y me agarraba la cabeza. Luego se la metí hasta la garganta, tragando alrededor del glande grueso, lágrimas saltándome de los ojos de puro placer. Bruno me folló la boca despacio al principio, luego más rápido, hasta que babas me corrían por la barbilla.
—Bastante —dijo de pronto, la voz rota—. Quiero correrme otra vez dentro de ti.
Me tiró de nuevo a la cama, me abrió las piernas en misionero extremo, rodillas contra pecho, y se clavó de un empujón. Esta vez no hubo suavidad. Solo embestidas profundas y salvajes, el sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenando todo. Yo gritaba, pedía más, le arañaba la espalda oscura dejando marcas blancas de uñas. Mi polla, ya dura otra vez entre nosotros, rozaba su abdomen marcado con cada golpe.
—Dentro… otra vez… lléname otra vez, Bruno… joder, necesito tu leche…
Él se tensó. La polla latió fuerte, profunda, y empezó a bombejar chorros calientes y espesos que me llenaron el culo hasta el borde. Sentí cada pulso, cada descarga. El exceso me salió alrededor del tronco y me bajó por las nalgas. Yo me corrí por tercera vez solo con eso, un orgasmo seco y tembloroso que me dejó sin voz, solo gemidos rotos mientras mi cuerpo se cerraba a rachas alrededor de él.
Bruno siguió moviéndose unos segundos más, exprimiendo los últimos espasmos, hasta que se quedó quieto, hundido hasta el fondo, la respiración pesada contra mi cuello. Su peso me aplastaba de la mejor manera posible. Su polla todavía dentro, latiendo suave mientras se ablandaba despacio, el semen caliente atrapado entre nosotros. Yo tenía los brazos alrededor de su espalda ancha, los dedos trazando círculos perezosos sobre la piel oscura y sudada. El corazón le galopaba contra el mío. El aire de la habitación olía a sexo crudo, a aceite y a nosotros dos mezclados.
No dije nada. Solo noté cómo su mano grande me acariciaba el costado, cómo su boca dejaba un beso lento en mi hombro marcado. El culo me latía alrededor de él, lleno, usado, perfecto. Afuera ya era de noche completa. Dentro, solo el calor de su cuerpo y el goteo lento de su corrida por mi muslo mientras seguíamos unidos, todavía sin salir, todavía temblando un poco.
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