Deseo Helado en la Floristería

En la floristería, Diego el musculoso florista se folla salvajemente la boca y el culo de Rafael hasta llenarlo de leche.

10 min read September 03, 2026New

El calor del verano se pegaba a las paredes de la floristería como una segunda piel. Diego, de veintiocho años, brazos tatuados de enredaderas negras y pecho ancho bajo la camiseta blanca manchada de tierra y polen, ordenaba tallos de lirios cuando la campanilla de la puerta tintineó. Entró un tipo alto, unos treinta y dos, barba cuidada y oscura, ojos que barrían el local con esa calma de quien ya sabe lo que quiere. Rafael. Diego lo miró de arriba abajo sin disimulo: hombros anchos, vaqueros ceñidos, el bulto marcado.

—Busco flores para el apartamento —dijo Rafael, voz grave, y se acercó al mostrador. El aire acondicionado fallaba a ratos y el olor a tierra mojada y pétalos aplastados llenaba todo—. Hace un puto bochorno aquí dentro.

Diego sonrió, apoyando las manos en la madera.

—El ambiente está húmedo, sí. Como los tallos que acabo de cortar. Gordos, firmes… mira. Agarró un tallo de rosa y lo giró entre los dedos, despacio. —Algunos clientes se quedan mirándolos un rato. Tú también, ¿no?

Rafael soltó una risa baja y se inclinó un poco más. Sus dedos rozaron los de Diego al coger otra flor, un roce casual que no lo era. El sudor brillaba en la nuca del florista, una gota bajando por el cuello tatuado hasta la clavícula.

—Me gusta el tamaño —murmuró Rafael—. Y cómo huelen. Tierra, agua, algo crudo. Tú también hueles a eso. A trabajo y a hombre.

Diego sintió la polla removerse dentro de los pantalones. Llevaba rato con el local vacío, solo el zumbido del ventilador y sus propios pensamientos sucios. Este tío lo miraba como si quisiera comérselo entero.

—El ramo de rosas rojas, entonces —dijo Rafael, señalando el cubo. Bajó la voz—. El olor a tierra mojada me pone duro, tío. Y ese sudor que te brilla en el cuello… joder, me excita. Imagino lamiéndotelo mientras me follas la cara.

Diego traga saliva. El corazón le golpeaba. Sin decir nada caminó hasta la puerta, giró la llave con un clic seco y bajó la persiana a medias. Volvió despacio, los ojos fijos en la boca de Rafael.

—Llevo un rato imaginando exactamente eso —admitió, voz ronca—. Cómo se sentiría tu boca alrededor de mi polla gruesa. Cómo me la chuparías hasta ahogarte. Ven aquí.

Se abalanzaron. El beso fue hambre pura: lenguas gruesas, dientes rozando labios, saliva compartida. Diego empujó a Rafael contra el mostrador y le metió la mano entre las piernas, palpando la polla ya dura a través de la tela. Rafael le agarró el culo con ambas manos, apretando, frotándose contra él. Los gemidos se perdían entre el olor a rosas y el calor pegajoso.

—Sácamela —rogó Rafael, ya de rodillas sin que nadie se lo pidiera, mirándolo desde abajo con la barba rozando la cremallera—. Por favor, Diego. Quiero tu polla en la puta boca. Sácamela ya.

Diego se desabrochó los pantalones. La verga saltó gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum. Rafael la lamió de base a punta como un perro sediento antes de abrir la boca y tragarla hasta el fondo. Diego gruñó, agarrándole el pelo y empujando más hondo, follándole la garganta contra el borde del mostrador.

—Eso es, puto goloso —le espetó, embistiendo—. Trágatela entera. Mira cómo te babeas. Qué puta de boca tan sucia.

Rafael se atragantaba y gemía alrededor del grosor, saliva espesa cayéndole por la barba, las manos clavadas en los muslos de Diego. El florista le sujetaba la cabeza con ambas manos y le daba embestidas cortas y profundas, el sonido húmedo de garganta llena llenando la tienda. Cuando lo sacó, un hilo de saliva unía la polla a los labios hinchados de Rafael.

—Arriba. A cuatro patas sobre la mesa de arreglos.

Rafael obedeció enseguida, subiéndose a la mesa de madera cubierta de restos de tallos y cintas. Diego le bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón, dejando el culo al aire: redondo, peludo, el agujero contrayéndose de ganas. Se arrodilló y le separó las nalgas con las manos grandes, clavando la lengua dentro sin aviso. La lamió profunda, sucia, chupando el borde y metiendo saliva hasta que Rafael temblaba y empujaba hacia atrás.

—Joder, sí… cómeme el culo, Diego… más profundo…

Diego escupió sobre el agujero y se puso de pie. Alineó la polla gruesa y empujó de un solo golpe hasta las bolas, el culo de Rafael abriéndose a la fuerza alrededor de él. Ambos gritaron. El polvo fue salvaje desde el primer segundo: Diego le agarraba las caderas y le metía todo el rato hasta el fondo, el sonido de piel contra piel húmedo y sucio, sudor cayendo de su pecho tatuado sobre la espalda de Rafael. Le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja.

—Más duro —gimió Rafael, la voz rota—. Fóllame el culo como un puto animal. Lléname.

Diego aceleró, embistiendo brutal, las bolas golpeándole el perineo. Rafael se corrió sin tocarse, la polla salpicando leche sobre la mesa de madera entre restos de pétalos, el culo apretándose en convulsiones alrededor de la verga que lo destrozaba. Diego no paró. Unas embestidas más y se enterró hasta el fondo, gruñendo como un animal mientras se corría en un orgasmo brutal, chorros calientes de leche llenándole el culo, desbordándose por los muslos.

Se quedaron jadeando. Diego se salió despacio y la leche espesa le goteó al otro por el agujero abierto. Cogió toallas húmedas del fregadero tras el mostrador y se limpiaron entre risas cómplices, todavía sudados, todavía con el olor a sexo mezclado con tierra y rosas.

—El ramo —dijo Rafael, voz ronca, sonrisa satisfecha mientras se subía los pantalones—. Me lo llevo. Y esto…

Arrancó un pétalo rojo, escribió su número con un boli que había en el mostrador y se lo dejó a Diego entre los dedos.

—Vuelvo mañana. Para que me lo metas otra vez, más bruto todavía. Quiero que me dejes el culo goteando otra vez y…

Diego apretó el pétalo rojo entre los dedos todavía manchados de tierra y semen seco. El número de Rafael le ardía en la piel como una promesa sucia. Esa noche no durmió: se la pasó reviviendo el culo peludo abriéndose a la fuerza, la leche propia resbalando por los muslos ajenos, el olor a rosa aplastada mezclado con mierda y sexo. Al día siguiente el calor era peor. El ventilador solo movía aire espeso. Diego abrió temprano, regó los lirios con la polla ya semi dura dentro del pantalón de trabajo, y esperó.

La campanilla tintineó a las once y pico. Rafael entró sin decir nada, cerró la puerta detrás de él y giró la llave él mismo. La persiana bajó del todo. El local quedó en penumbra húmeda, solo rayos de sol filtrándose entre las hojas de montera. Traía la misma barba oscura, la misma camisa abierta hasta la mitad del pecho velludo, y los vaqueros aún más ceñidos. Diego lo olió desde el mostrador: sudor limpio, colonia barata y ganas crudas.

—Vine por el ramo —dijo Rafael, voz grave, ya caminando hacia él—. Y por lo que te dejé escrito.

Diego no contestó con palabras. Lo agarró del cuello de la camisa y lo estrelló contra la nevera de flores cortadas. El frío del metal contrastó con el calor de las bocas que se comieron. Lenguas gruesas, dientes, saliva espesa cayendo por las barbas. Rafael le metió la mano bajo la camiseta manchada, pellizcó un pezón duro y tatuado, bajó hasta el cinturón y se lo abrió de un tirón. La polla de Diego saltó pesada, ya goteando.

—Joder, más gorda que ayer —murmuró Rafael, arrodillándose al instante sobre el suelo de baldosas húmedas—. Quiero atragantarme otra vez. Quiero que me uses la garganta como un puto agujero.

Se la metió entera de un golpe. Diego gruñó y le agarró el pelo con ambas manos, embistiendo sin piedad. La barba de Rafael rozaba las bolas en cada embestida profunda. Sonidos húmedos, nauseabundos, de garganta llena. Saliva espesa le chorreaba por la barbilla hasta el pecho. Diego le follaba la cara con rabia controlada, mirando cómo se le hinchaban los ojos, cómo se le contrían las fosas nasales buscando aire.

—Trágatela, puto goloso. Mira cómo te babeas todo. Eres una puta de boca barata que vino a la floristería solo para que le llenen el culo de leche otra vez.

Rafael se atragantó, tosió, pero no se apartó. Empujó más hondo hasta que la nariz le quedó aplastada contra el pubis de Diego. Cuando el florista lo sacó, un hilo grueso de saliva y precum unía la cabeza morada a esos labios hinchados y rojos. Rafael escupió a la polla, la lamió limpia y se levantó.

—Mesa de atrás. Ahora. Y no seas suave.

Diego lo empujó entre las mesas de trabajo. Tallos cortados, cintas verdes, tijeras y polvo de polen por todas partes. Rafael se subió a cuatro patas sobre la madera manchada, se bajó los vaqueros hasta los tobillos y se abrió las nalgas con las propias manos. El culo peludo, el agujero todavía un poco rosado e hinchado de la follada de ayer, se contraía invitando. Diego escupió dos veces directo al centro, metió dos dedos gruesos hasta el nudillo y los torció.

—Todavía estás abierto de ayer, zorra. Todavía te gotea un poco de mí. Hoy te voy a dejar el agujero hecho un desastre.

Se alineó y empujó de un solo embiste brutal. El culo de Rafael se abrió con un sonido sucio y ambos gritaron. Diego no dio tiempo a acostumbrarse: empezó a follar como animal en celo, caderas golpeando nalgas, bolas chocando contra el perineo peludo. El olor a sexo fresco se mezcló con el de tierra mojada y pétalos aplastados. Sudor le caía del pecho tatuado a la espalda de Rafael en gotas calientes.

—Más fuerte, joder… rómpeme… quiero sentir tus bolas hasta mañana —gimió Rafael, la voz rota, empujando hacia atrás para clavársela más hondo.

Diego le agarró las caderas con fuerza brutal, dejando marcas de dedos, y aceleró. Cada embestida sacaba un gemido gutural. Metió una mano por debajo, agarró la polla dura de Rafael que goteaba sobre la mesa y la masturbó al ritmo de las embestidas. El sonido de piel contra piel era obsceno, húmedo, constante. Rafael se corrió primero otra vez, chorros espesos salpicando madera y restos de lilas, el culo apretándose en espasmos locos alrededor de la verga que lo destrozaba.

Diego no paró. Lo sacó, lo volteó de un manotazo y lo puso de espaldas sobre la mesa, piernas abiertas en V, rodillas casi en los hombros. Volvió a entrar de un golpe y le folló el culo mirándole a la cara. La barba de Rafael estaba empapada de saliva y sudor. Diego le escupió en la boca abierta y él se lo tragó como si fuera néctar.

—Mírame mientras te lleno —ordenó Diego, voz ronca, embistiendo cada vez más profundo y más rápido—. Quiero ver cómo se te pone la cara de puta cuando te desbordo el interior.

Rafael se tocaba la propia polla semi blanda, volviéndola a endurecer por la sobreestimulación. Diego sintió las bolas subirle, el orgasmo subiendo como un tren. Se enterró hasta el fondo, gruñó como un perro y se corrió a chorros largos y calientes. Leche espesa inundando el culo, saliendo a presión alrededor del tronco grueso, resbalando por las nalgas peludas hasta la mesa. No se salió. Siguió embistiendo despacio, empujando su propia leche más adentro, hasta que ya no quedó nada.

Cuando por fin se retiró, el agujero quedó abierto, rojo, goteando un hilo blanco y espeso que caía entre los muslos de Rafael. Diego se arrodilló y lamió. Lengua plana recogiendo su propia leche del culo usado, chupando el borde hinchado, metiendo la punta para sacar más. Rafael temblaba y gemía, una mano en el pelo del florista.

—Joder… sí… limpia lo que me has dejado, cochino…

Diego se puso de pie, la polla todavía semi dura y brillante. Agarró un tallo de rosa roja del cubo cercano, se la pasó por el culo baboso de Rafael y luego se la ofreció a la boca. Rafael la chupó sin dudar, saboreando tierra, semen y piel.

Se limpiaron con trapos húmedos del fregadero, riéndose bajo, to//cándose todavía. Diego le preparó un ramo enorme de rosas rojas y lirios blancos, atado con cinta negra. Al entregárselo, le metió dos dedos otra vez en el culo para comprobar que seguía abierto y resbaladizo.

—Mañana cierran temprano —dijo Diego, voz baja contra la oreja de Rafael—. Vuelve. Te voy a follar de pie contra la nevera hasta que no puedas caminar derecho. Te voy a dejar el culo tan lleno que se te va a notar el bulto de leche cuando te sientes en el metro.

Rafael se subió los vaqueros despacio, sintiendo el semen residual resbalarle por el muslo interno. Le dio un beso profundo, sucio, con sabor a todo lo que habían hecho.

—Vendré. Y la próxima te chupo las bolas mientras me follas contra los cubos de agua. Quiero que me marques el cuello con chupetones para que se note.

Diego le dio una nalgada final, fuerte, que resonó en el local cerrado. Rafael salió con el ramo en brazos, el culo todavía goteando un poco bajo la tela, y la campanilla tintineó una última vez.

El pétalo con el número seguía sobre el mostrador, ahora manchado de precum seco y polen.

Nunca volvió a oler una rosa sin sentir el gusto de su propia leche en la lengua de otro hombre.

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