Fingiendo Novios Hasta Que Arde la Noche
Fingiendo novios en la fiesta, Rafael y Cody terminan follando duro toda la noche.
La casa de los tíos de Cody olía a carne asada, perfume barato y el zumbido constante de conversaciones que él prefería evitar. Tenía veinticuatro años, el cuerpo atlético marcado por horas de gimnasio y una constelación de tatuajes negros que subían por los brazos hasta desaparecer bajo la camisa blanca arremangada. Rafael, su mejor amigo desde la universidad, le iba dos años y era todo músculo denso, hombros anchos y esa mirada dominante que hacía callar a la gente sin esfuerzo. Habían acordado la farsa en el coche, cinco minutos antes de aparcar.
—Si preguntan, somos novios desde hace seis meses —había dicho Cody, nervioso, apretando el volante—. Mis tíos no paran con lo de “¿cuándo traes novia?” y “ya es hora de sentar cabeza”. Tú eres la solución perfecta.
Rafael había sonreído de lado, esa sonrisa peligrosa.
—Tranquilo. Voy a tocarte la cintura, mirarte como si te quisiera comer y decir tonterías románticas. Nadie va a dudar.
Ahora, en el patio iluminado por guirnaldas, la farsa se sentía demasiado real. La tía Paulina los había abrazado a los dos con lágrimas de emoción fingida, y el tío de Cody ya les había soltado un “por fin un hombre de verdad a tu lado”. Rafael no soltaba la mano de Cody. Sus dedos gruesos se entrelazaban con los suyos, el pulgar rozándole la muñeca en círculos lentos que no tenían nada de casual. Cada vez que alguien se acercaba, Rafael inclinaba la cabeza hacia el cuello de Cody y dejaba un beso suave justo debajo de la oreja, lo bastante cerca para que el aliento caliente le erizara la piel.
Cody sentía el calor subirle por la espalda. Llevaban años reprimiendo esto: miradas que duraban un segundo de más en el vestuario, bromas sobre lo grande que se le veía la polla a Rafael en los pantalones de deporte, noches de borrachera en las que se dormían en el mismo sofá con las piernas rozándose. Nunca habían cruzado la línea. Hasta ahora, cuando fingir ser novios los obligaba a tocarla con las yemas de los dedos.
—Estás temblando —susurró Rafael contra su oído mientras saludaban a un primo lejano—. ¿De los nervios o porque te gusta que te agarre así?
Cody apretó la mandíbula y le devolvió el apretón de mano, más fuerte.
—Cállate. Están mirando.
Pero sí le gustaba. La palma de Rafael era caliente, callosa, y cuando se deslizó un momento más abajo para posarse en la curva de su culo —un gesto posesivo, de novio celoso—, Cody contuvo un jadeo. El deseo mutuo que siempre habían enterrado subió como lava. Rafael lo miró de reojo, pupila dilatada, y Cody vio el mismo hambre reflejada ahí: años de “solo somos amigos” haciéndose polvo en un segundo.
La música cambió a algo más lento, bachata pegajosa que pedía cuerpos juntos. Alguien gritó que bailaran, que los novios abrieran la pista. Rafael no esperó permiso. Tiró de Cody hacia el centro del patio, lo giró y lo pegó contra su pecho. Una mano en la cintura baja, la otra entrelazada con la de Cody. Empezaron a moverse.
Al principio fue la farsa: caderas al compás, sonrisas para la audiencia. Luego Rafael apretó más. Su paquete duro, grueso, se clavó exactamente contra el culo de Cody a través de los vaqueros. No había forma de disimularlo. La polla de Rafael palpitaba, caliente, y cada balanceo la frotaba de arriba abajo por la raja tela contra tela. Cody abrió la boca sin sonido. El mundo se redujo al roce y al olor a colonia y sudor limpio de Rafael.
—Estoy duro como una piedra —le susurró Rafael al oído, la voz ronca, sin dejar de sonreír para quien mirara—. Siento tu culo apretándome la polla aunque sea con la ropa. Llevo años imaginándome metértela, Cody. Toda esta mierda de fingir… me está volviendo loco. Dime que no soy el único.
Cody tragó saliva. Su propia polla ya empujaba contra la cremallera, doliendo. Empujó hacia atrás, deliberado, frotando su culo contra esa erección gruesa, sintiendo el contorno, el calor. El movimiento fue pequeño, invisible para los tíos, devastador para los dos.
—También lo deseo —admitió en voz baja, la respiración entrecortada contra el cuello de Rafael—. Joder, Rafael… siento lo gordo que la tienes. Me estás mojando el boxer de ganas. Quiero que me la metas. Esta noche. Ya.
Rafael soltó un gruñido bajo, casi animal, y apretó los dedos en la cadera de Cody hasta dejar marca. Bailaron un minuto más, frotándose con descaro disfrazado de ritmo, hasta que Rafael murmuró:
—Habitación de arriba. La del final del pasillo. Nadie va a subir con la fiesta aquí abajo.
Se escabulleron entre risas fingidas, pidiendo “un momento a solas de novios”. Subieron las escaleras de dos en dos. El pasillo estaba en penumbra. Rafael abrió la puerta de una habitación de invitados —cama hecha, persianas bajadas, olor a lavanda— y empujó a Cody dentro, cerrando con llave detrás de ellos.
En cuanto la cerradura chasqueó, se lanzaron el uno al otro. La boca de Rafael se estrelló contra la de Cody, lengua gruesa empujando, chupando, mordiendo el labio inferior hasta casi sacar sangre. Cody gimió dentro del beso y le agarró la camisa, tirando, abriendo botones a la fuerza. Las manos de Rafael bajaron directo al culo de Cody, lo amasaron con fuerza, separando las nalgas por encima del vaquero, apretando los dedos en la tela como si quisiera rasgarla.
—Quiero follarte esta misma noche —escupió Rafael entre besos, la voz rota de urgencia—. Quiero verte de rodillas chupándome la polla hasta que se te escape la baba, y después abrirte el culo y metértela entera de una embestida. Dime que sí. Dime que me vas a dar ese culo apretado.
Cody jadeaba, frotando su polla dura contra el muslo de Rafael, la fricción del denim casi dolorosa.
—Sí. Joder, sí. Quiero tu polla dentro. Quiero que me uses, que me dejes el culo rojo y lleno de tu leche. Llevo años aguantándome las ganas cada vez que te veía salir de la ducha con la toalla baja. Tócame. Por favor.
Las manos se volvieron torpes de hambre. Rafael le desabrochó el cinturón solo lo suficiente para meter la palma por dentro, por encima del boxer, y agarrarle la polla caliente, palpitante, ya goteando por la punta. Cody le devolvió el favor: abrió la bragueta de Rafael, metió la mano y envolvió esa verga gruesa, pesada, con venas marcadas que latían contra sus dedos. Se masturbaron mutuamente por encima de la ropa interior, respiraciones entrecortadas, frentes juntas, mirándose a los ojos mientras se confesaban más sucio todavía.
—Esta noche te la voy a meter tan profundo que vas a gritar mi nombre —prometió Rafael, apretando el glande de Cody a través de la tela húmeda—. Primero te voy a lamer el culo hasta que tiembles, y después te voy a follar contra esa pared hasta que no puedas tenerte en pie.
Cody le apretó la polla con más fuerza, el pulgar rozando la ranura húmeda.
—Y yo te voy a chupar los huevos mientras me la clavas. Quiero saborearte. Quiero que me corras dentro y que me dejes marcado. No finjas más, Rafael. Fóllame de verdad. Toda la noche.
Se besaron otra vez, más lento ahora pero igual de voraces, las lenguas enredándose mientras las manos seguían recorriendo bultos duros, pechos tensos, el borde de la ropa que todavía no se atrevían a arrancar del todo. Afuera la fiesta seguía: risas, música, el tintineo de vasos. Dentro, el aire olía a sexo contenido, a sudor y a promesas crudas. Rafael empujó a Cody contra la pared, una rodilla entre sus piernas, y le mordió el cuello justo donde el tatuaje de una serpiente se curvaba hacia la clavícula.
—Todavía no —susurró contra la piel marcada—. Si te la saco ahora, no voy a parar y van a notar que faltamos demasiado. Pero más tarde… cuando todos se emborrachen y se vayan a dormir… te voy a tener desnudo en esta cama. Y no vas a salir de aquí hasta que te haya follado tantas veces que no recuerdes tu propio nombre.
Cody cerró los ojos, la polla palpitándole contra la mano todavía metida de Rafael, el culo contrayéndose con anticipación.
—Entonces date prisa en volver abajo —respondió, la voz ronca—. Porque cada minuto que pase fingiendo que solo somos novios me va a poner más desesperado por sentirla de verdad. Quiero que me destroces, Rafael. Quiero despertar cojeando mañana y que todo el mundo sepa, aunque no digan nada, que mi “novio” me ha follado como un animal toda la noche.
Rafael le dio un último apretón posesivo a la polla de Cody, le ajustó la ropa con dedos temblorosos de contención y le robó un beso más, profundo, sucio, antes de susurrarle al oído:
—Aguanta esa gana. Cuando bajemos otra vez, cada roce va a ser una promesa. Y esta noche… esta noche arde de verdad.
Se separaron solo lo suficiente para recuperar el aliento, las erecciones todavía evidentes, las miradas cargadas de todo lo que todavía no habían hecho. La fiesta los esperaba abajo. La noche, mucho más larga y mucho más sucia, los esperaba después.
Bajaron otra vez al patio con las erecciones todavía palpitando bajo la ropa, pero la ficha de novios ya no era solo teatro. Cada roce de Rafael contra la cadera de Cody era una promesa cruda. Aguantaron horas: brindis, risas falsas, la tía Paulina mirándolos con ojitos de madrina. Cuando por fin la gente se emborrachó de verdad y el patio se llenó de snoring lejano y vasos a medio beber, se escabulleron de nuevo. Subieron las escaleras sin hablar. La cerradura chasqueó. Esta vez no hubo contención.
Rafael arrancó la camisa de Cody de un tirón. Botones volaron. Cody le bajó los vaqueros a Rafael con las manos temblorosas y la verga gruesa y venosa le saltó contra la cara, pesada, ya goteando. Quedaron desnudos en segundos, piel contra piel, el olor a sudor limpio y ganas acumuladas llenando la habitación.
—De rodillas —ordenó Rafael, voz ronca. Cody se arrodilló sin dudar, el suelo frío contra las rodillas, y abrió la boca. Rafael le agarró el pelo y se la metió de un solo empujón. La verga gruesa le estiró los labios, las venas latían contra la lengua. Cody chupó con ganas, salivando, gimiendo alrededor del grosor mientras Rafael le follaba la boca con embestidas profundas.
—Así, joder… trágatela toda —gruñó Rafael, caderas empujando. Babas le corrían a Cody por la barbilla, por el pecho. Cada embestida le llenaba la garganta; se atragantaba y pedía más con los ojos, manos agarrándole las nalgas a Rafael para metérsela más hondo. El sabor a sal y precome le volvía loco. Rafael se retiró solo cuando Cody babearon tanto que el hilo le colgaba del labio inferior.
—A la cama. En cuatro.
Cody trepó a la cama de invitados, el culo en alto, las nalgas abiertas. Rafael se arrodilló detrás, le separó los cachetes con las manos grandes y le hundió la lengua de un solo golpe. Se la comió el culo con hambre de años: lengua profunda, húmeda, revolviendo el borde, chupando el agujero hasta que Cody temblaba y gemía contra la almohada.
—Rafael… joder, más —jadeó Cody. Rafael le metió un dedo grueso, luego dos, abriéndolo, torsiendo, buscando la próstata mientras la lengua seguía lamiendo alrededor. Los dedos entraban y salían con un sonido obsceno y mojado. Cody empujaba hacia atrás, el culo contrayéndose, pidiendo.
—Dime que lo quieres —exigió Rafael, sacando los dedos y alineando la verga gruesa, el glande ya brillante de saliva y ganas.
—Quiero que me la metas. Toda. Fóllame duro —suplicó Cody, voz rota.
Rafael empujó de una embestida. La polla gruesa y venosa le abrió el culo de golpe, hasta los huevos. Cody gritó de placer, el ardor mezclado con alivio. Rafael no esperó: le agarró las caderas y se la metió a lo bestia en posición de perrito, embestidas salvajes que hacían crujir la cama. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Cada estocada le golpeaba la próstata; Cody se corría en gemidos, el culo apretando la verga como un puño.
—Más fuerte… joder, destrozame —pedía Cody entre embestidas, empujando hacia atrás para chocar más duro. Rafael le dio una palmada en la nalga, otra, marcándolo, y siguió follándolo como un animal, sudor cayéndole por el pecho tatuado de Cody.
Cuando el ritmo se volvió demasiado intenso, Rafael lo volteó de un tirón. Lo puso de espaldas, piernas abiertas en misionero. Le clavó la verga otra vez de lleno y empezó a masturbarle la polla al mismo tiempo, puño rápido y apretado alrededor del glande de Cody mientras lo embestía salvajemente. Caderas golpeando, el peso de Rafael dominándolo por completo, pecho contra pecho.
—Mírame —ordenó Rafael. Cody abrió los ojos, dilatados, y pidió:
—Más fuerte, Rafael. No pares. Quiero sentirla mañana. Fóllame hasta que me corra contigo dentro.
Rafael obedeció. Embistió más duro, más profundo, la mano todavía ordeñándole la polla a Cody. El dominio era total, pero cada gemido de Cody era un “sí” claro, cada uña clavada en la espalda de Rafael un permiso. El culo de Cody se cerraba alrededor de la verga gruesa en cada retirada, chupándola, y Rafael gruñía como un poseído.
El orgasmo llegó en una oleada brutal. Rafael se corrió dentro de Cody con un gemido gutural, chorros calientes llenándole el culo, embistiendo hasta el fondo mientras se vaciaba. Cody se corrió al mismo tiempo, semen saliendo a chorros entre el puño de Rafael, el cuerpo convulsionando bajo él, el culo apretando la polla todavía palpitante.
Se quedaron así un momento, unidos, respirando a trompicones. Rafael se inclinó y lo besó con ternura, lento, labios suaves después de toda la crudeza, lengua suave limpiando el sabor a sexo. Cody le acarició la nuca, recuperando el aliento, el culo todavía lleno y tibio.
Se limpiaron con una toalla que había en el baño en suite, risas bajas, caricias que ya no fingían nada. Se vistieron a medias, el semen de Rafael todavía resbalándole a Cody por el muslo interior cuando se subió los vaqueros. Bajaron a la fiesta con sonrisas cómplices. Nadie se había enterado del todo, o si lo había notado, no dijo nada. Se quedaron un rato más, manos entrelazadas de verdad, miradas que ya no mentían.
Cuando por fin salieron al coche, Cody apoyó la cabeza en el hombro de Rafael y murmuró:
—Ya no vamos a fingir más. Esta noche solo ha sido el comienzo.
Rafael le besó la sien, la mano pesada y caliente en su muslo.
—Algo real. Desde ahora.
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