Susurro de No Quiero en el Tanque

En el gimnasio vacío, Omar y Andre se comen la verga y se follan duro dentro del tanque de flotación.

13 min read September 03, 2026New

El gimnasio olía a caucho caliente, metal y ese rastro ácido de cloro que siempre flotaba desde el pasillo de las duchas. Casi medianoche. Las luces del vestuario parpadeaban con ese zumbido flojo de neón barato y solo quedaban dos taquillas abiertas.

Omar empujó la puerta con el hombro. Todavía traía la camiseta del cuerpo de bomberos pegada a la espalda, oscura de sudor de un turno que se había alargado. Veintiocho años, pecho ancho, brazos marcados por mangueras y escaleras, muslos que reventaban el short gris. Se sacó la camiseta de un tirón y la tiró dentro de la taquilla. El aire frío le rozó los pezones.

Al fondo, Andre estaba de espaldas, quitándose la sudadera. Treinta y dos, entrenador personal, tinta negra subiendo por los hombros hasta el cuello: dragones, fechas, un corazón roto sobre la omóplata izquierda. Cuando se giró, se reconocieron al mismo tiempo.

Habían coincidido semanas en las duchas compartidas. Miradas robadas bajo el agua. Jabón resbalando por abdominales ajenos. Ninguno había hablado. Ahora sí.

Andre sonrió de lado, lento, sin prisa.

—Mira quién aparece cuando ya no hay nadie. El bombero de las duchas.

Omar cerró la taquilla con un golpe suave. Le sostuvo la mirada. Los ojos de Andre eran oscuros, directos, de esos que te desnudan sin pedir permiso.

—Y el tatuado que siempre se enjabona demasiado despacio —respondió Omar, voz ronca—. Pensé que ya te habías largado.

—Esperaba —dijo Andre, sin disimulo—. A ver si caías.

Se quedaron así un segundo de más. Omar se bajó el pantalón del uniforme. Quedó en boxers negros ajustados. Andre no apartó la vista. Bajó la mirada a la entrepierna del bombero, al bulto grueso que se marcaba contra la tela, y volvió a subirla con una sonrisa cómplice, casi pícara. Omar le devolvió la misma: dientes, calor, promesa.

Andre se quitó el pantalón de chándal. Debajo llevaba un short de compresión blanco que no escondía casi nada. La tela se le pegaba al culo firme, a los muslos tatuados, al paquete grueso que se movía cuando caminaba hacia el banco. Al pasar junto a Omar, “tropezó”. Su antebrazo rozó el pecho desnudo del bombero. Piel caliente contra piel. No fue accidente. Los dos lo sabían.

—Perdón —murmuró Andre, sin apartarse del todo.

Omar no se movió. Dejó que el contacto durara. Sintió el vello del brazo de Andre contra su pecho y se le endureció la polla un poco más, traicionera, empujando la tela de los boxers.

—No pidas perdón —dijo bajo—. Si lo haces otra vez, no va a ser por error.

Andre rio por lo bajo, un sonido sucio, y se alejó hacia los espejos para terminar de atarse las zapatillas. Omar se puso el short de entrenamiento y la camiseta sin mangas. Cada vez que se movían, se buscaban. Hombros rozándose al pasar. La mano de Andre “buscando” una toalla y rozando la cadera de Omar. Los dedos del bombero rozando la espalda tatuada cuando se inclinaba a recoger una botella. Fuego bajo la piel. La polla de Omar ya latía pesada entre las piernas; la de Andre se marcaba clara contra el short blanco, una línea gruesa y larga que no pedía disculpas.

Salieron juntos a la sala de máquinas. El eco de sus pasos era lo único que sonaba. Nadie más. Las ventanas daban a la calle oscura; dentro, solo ellos y el olor a hierro y goma.

Andre se plantó en el banco de press. Omar se quedó de pie a un lado, listo para asegurar. Vio cómo el entrenador se tumbaba, cómo se tensaban los pectorales al bajar la barra, cómo subían las venas en los brazos tatuados. Sudor empezando a brillar en la frente, en el hueco del cuello.

—Estás más gordo de lo que recordaba —dijo Andre entre repeticiones, mirándolo desde abajo—. Más pecho. Más culo también. Ese short te queda indecente, bombero.

Omar soltó una risa baja.

—Y a ti ese short blanco te deja la verga dibujada. No te hagas el santo. Cada vez que te duchabas me mirabas la polla como si quisieras comértela.

Andre terminó la serie, dejó la barra y se sentó. Se pasó la toalla por la cara, pero los ojos no dejaban a Omar.

—Porque sí quiero comérmela —dijo sin filtro—. Semanas viéndote enjabonarte esa cosa gruesa y no poder tocarte. Hoy no me aguanto más.

Se levantaron. Pasaron a las poleas. Omar tiraba de arriba; Andre se colocaba detrás “para corregir la postura”. Manos en la cintura del bombero. Dedos que se hundían un segundo de más en la carne firme. Luego, al cambiar, era Omar quien se pegaba por detrás de Andre en las sentadillas con barra. Pecho contra espalda sudada. La polla dura de Omar rozando el culo de Andre a propósito, una, dos, tres veces, mientras susurraba cerca de la oreja:

—Así de duro me pones cuando te veo agacharte. Cabronazo.

Andre gimió bajito, sin vergüenza, y empujó el culo hacia atrás, buscando más contacto.

—Sigue hablándome así y te la saco aquí mismo.

Entraron en la zona de pesos libres. Bromas cada vez más sucias. Cumplidos que eran casi manoseos con la voz.

—Tienes los pezones duros —dijo Andre, mirando la camiseta mojada de Omar—. Se te marcan. Me dan ganas de chuparlos hasta que te duela.

—Y a ti se te ve el glande cuando te pones de lado —respondió Omar—. Ese short no aguanta tu polla. Quiero verla. Quiero saboreártela.

Sudor corriendo por las sienes. Respiraciones más pesadas de lo que pedía el ejercicio. Cada roce “accidental” ya era un frote deliberado: muslo contra muslo al pasar, mano en la espalda baja que bajaba hasta el inicio del culo, miradas fijas en las entrepiernas ajenas. La excitación les subía por la garganta. A Omar se le nublaba la cabeza; solo pensaba en la boca de Andre, en esos tatuajes bajo sus dedos, en abrir esas piernas. Andre no paraba de imaginar al bombero de rodillas, la cara contra su verga, los hombros anchos temblando.

Se acercaron a las máquinas de pierna. Andre se sentó en la prensa. Omar se puso al lado, cerca, demasiado cerca. Cuando Andre empujó el peso, el short se le subió y se le marcó el contorno entero de los huevos y el tronco grueso. Omar no pudo evitarlo: pasó la lengua por el labio inferior y dijo, crudo:

—Me la comes tú primero o te la como yo. Pero alguien se la va a tragar esta noche.

Andre terminó la serie de golpe. Se levantó. El pecho le subía y bajaba. Se acercó hasta casi chocar con Omar, bocas a un palmo, aliento mezclado a menta y deseo.

Se inclinó al oído del bombero. La voz le salió ronca, húmeda, solo para él:

—Llevo semanas queriendo follarte, Omar. Queriendo meterte la polla hasta el fondo y oírte gemir como un puto perro en celo. Quiero tu culo. Quiero tu boca. Quiero que me uses también. Estoy hasta los huevos de solo mirarte en la ducha.

Omar cerró los ojos un segundo. La polla le palpitaba tan fuerte que le dolía contra el short. Notaba el calor de Andre, el olor a sudor limpio y colonia barata, la promesa en cada palabra. Abrió los ojos y le agarró la nuca, sin besarlo todavía, solo sujetándolo ahí, frente a frente.

—También te deseo con ganas de reventar —confesó, la voz hecha un hilo grueso—. Desde la primera vez que te vi enjabonarte el culo y mirarme de reojo. Tengo la polla dura como una piedra. Si no me la tocas pronto me voy a correr solo de oírte.

Se frotaron sin pudor: caderas buscando caderas, bultos duros chocando a través de la tela húmeda. Un gemido escapó de la garganta de Andre. Omar le apretó la nuca un poco más.

—No aquí —jadeó Andre—. Hay cámaras en la sala. Pero el pasillo de atrás… el tanque de flotación. Nadie lo usa de noche. La puerta se cierra. Oscuro. Silencio. Podemos hacernos de todo.

Omar asintió, la respiración entrecortada, la mente ya imagándose a Andre de rodillas dentro de esa cabina cerrada, la boca llena, el agua salada salpicando mientras se follaban sin piedad.

—Vamos —dijo—. Antes de que se me escape la leche aquí mismo.

Apagaron las luces de la zona de máquinas uno por uno. El gimnasio quedó en penumbra. Caminaron juntos hacia el pasillo estrecho del fondo, hombros rozándose, manos ya sin fingir: la de Andre bajando a apretar el culo de Omar por encima del short, la de Omar metiendo los dedos bajo la cintura del short blanco de Andre para rozar la piel caliente justo encima de la raja. Los dos duros, sudados, con la sangre martillándoles en las ingles.

La puerta del área de flotación estaba al fondo, con su luz roja de “libre”. Andre giró el pomo. Miró a Omar por encima del hombro, la sonrisa sucia otra vez, los ojos negros de hambre.

—Dentro te voy a hacer cosas que no vas a poder contar —susurró—. Y tú a mí.

Omar empujó la puerta con él. El aire frío y denso del tanque les golpeó la cara. La tapa estaba cerrada. Oscuridad casi total. El click de la cerradura al girar sonó como el inicio de algo que ya no tenían intención de frenar.

La tensión les quemaba la piel. Las pollas les pedían a gritos boca, mano, culo. Aún no se habían besado. Aún no se habían sacado nada. Solo el eco de sus respiraciones y la promesa cruda de lo que iba a pasar en cuanto bajaran la cremallera y se dejaran caer uno sobre el otro dentro de aquel espacio cerrado y privado.

Andre cerró la puerta del todo. La oscuridad los envolvió. La mano de Omar buscó la cintura del entrenador en la penumbra y lo atrajo contra su cuerpo, polla contra polla, pecho contra pecho tatuado.

—Ahora sí —murmuró el bombero contra la boca que todavía no tocaba—. Ahora te como entero.

La boca de Andre se abrió contra la de Omar como si llevara meses guardándose ese hambre. Fue un choque húmedo, de lengua gruesa y dientes que rozaban labio, saliva compartida al instante. Omar lo apretó más, caderas pegadas, las dos vergas duras frotándose a través de la tela mojada de sudor. Forcejearon sin soltarse, manos torpes buscando cinturas, elásticos, cremalleras.

—Quítatelo todo —jadeó Andre contra su boca—. Ya.

Se desnudaron con prisa torpe en la penumbra. Omar se bajó el short y los boxers de un tirón; su polla gruesa rebotó pesada, venosa, la cabeza ya brillante. Andre se sacó el short blanco y la camiseta; la verga le saltó gruesa y larga, curva hacia arriba, los huevos tirantes, la piel de los hombros tatuados brillando con sudor. Se volvieron a agarrar desnudos. Piel contra piel. El pecho ancho del bombero aplastando los pectorales del entrenador. Se besaron otra vez, más sucios, mordiéndose, respirando el uno en la boca del otro.

Omar se soltó solo lo necesario para bajarse de rodillas sobre el suelo frío junto al tanque. Las manos le subieron por los muslos tatuados de Andre. Miró esa verga de frente: gruesa, palpitante, olor a sudor limpio y deseo crudo. Abrió la boca y se la metió de un golpe, sin preámbulos. La glande caliente le empujó la lengua, el tronco le estiró los labios. Andre soltó un gemido ronco y le agarró la nuca.

—Joder, Omar… así, trágatela.

Omar bajó más. La polla le llenó la garganta hasta el fondo; sintió el golpe en la campanilla, las lágrimas pinchándole los ojos, la saliva corriendo por la barbilla. Subió y bajó con hambre, chupando fuerte, la lengua aplastada contra la vena gruesa de abajo. Andre empujaba con las caderas, corto, profundo, follándole la boca. Omar se atragantó un poco y no se apartó; al contrario, se la embutió otra vez hasta que la nariz le rozó el vello del pubis. El sabor era salado, vivo. Le dolía la mandíbula y le gustaba.

—Mírate —susurró Andre, voz rota—. El bombero de rodillas comiéndome la verga como un puto vicioso. Me voy a correr si sigues…

Omar se apartó con un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza hinchada. Se pasó el dorso de la mano por la boca y se levantó. Andre no esperó: lo giró de un manotazo firme y lo empujó de pecho contra la pared lateral del tanque, el metal frío clavándosele en los pezones. Las manos del entrenador le abrieron las nalgas. Omar sintió el aliento caliente primero, después la lengua.

Andre se lo comió el culo sin vergüenza. Lengua plana, húmeda, empujando contra el agujero apretado, lamiendo en círculos, clavándola dentro lo más profundo que podía. Omar gimió contra la pared, las piernas temblando. Andre escupió en la raja, metió la lengua otra vez, la nariz aplastada entre las nalgas, chupando el borde sensible hasta que el bombero se le deshacía.

—Ábrete —ordenó Andre, voz pastosa—. Quiero metértela ya.

Se puso de pie. Se escupió en la mano, se untó la polla gruesa y alineó la cabeza contra el agujero baboso de Omar. Empujó. La entrada cedió despacio, ardiendo, estirándose alrededor de ese tronco grueso. Omar apretó los dientes y empujó hacia atrás a la vez.

—Aaah, joder… qué gruesa la tienes…

Andre no paró hasta clavársela entera, hasta que los huevos le golpearon la carne. Se quedó un segundo hundido, respirando contra la nuca del bombero, sintiendo cómo el culo le apretaba la polla a latidos. Después sacó casi toda y volvió a entrar de un embestida seca. Omar gritó bajo. Andre lo folló de pie contra la pared, embestidas profundas, las manos clavadas en las caderas anchas, el golpe húmedo de carne contra carne llenando la sala. Cada embestida le sacaba el aire a Omar; la polla le rebotaba contra su propio abdomen, goteando.

—Más fuerte —pidió Omar, la voz hecha un hilo—. Úsame.

Andre lo sacó del tanque solo lo suficiente para abrir la tapa. El agua salada densa brillaba en la oscuridad. Bajaron dentro. El líquido tibio les subió por las piernas, por la cintura. Andre puso a Omar a cuatro patas dentro del tanque, el pecho casi tocando la superficie, el culo fuera del agua lo bastante para follarlo. Se le montó detrás, le abrió las nalgas otra vez y se la volvió a clavar de un solo golpe.

El chapoteo salado acompañó cada embestida. Andre lo follaba salvaje, sin ritmo educado: profundo, rápido, las caderas golpeando el culo mojado de Omar con fuerza bruta. El agua salpicaba sus pechos, sus caras. Omar gemía sin control, la frente apoyada en el borde interno, empujando hacia atrás para recibirla entera cada vez. La sal le ardía un poco en la piel abierta; la polla de Andre le rozaba ese punto interno que le nublaba la vista.

—Me estás destrozando el culo —gimió Omar, placer puro en la voz—. No pares, no pares, folllame…

—Te la voy a dejar llena —jadeó Andre, acelerando—. Este culo es mío esta noche. Apriétame. Así… joder, así.

Se follaron como perros en celo dentro de aquel tanque cerrado. Gemidos rotos, chapoteos, el olor a sal y sexo subiendo. Andre le rodeó la cintura con un brazo y le masturbó la verga gruesa al mismo tiempo que lo embestía. Omar se corría ya casi sin tocarse del todo; la presión en la próstata y la mano apretada lo llevaron al borde en segundos.

—Me corro —avisó Andre, voz quebrada—. Te la vierto dentro…

Tres embestidas más, profundas hasta el fondo, y se vació. La leche caliente le saltó a chorros dentro del culo de Omar, espesa, abundante; Andre siguió moviéndose corto mientras se desleía, rellenándolo. Omar gritó y se corrió en el mismo instante: chorros blancos saliendo a presión sobre el pecho y el vientre tatuado de Andre, que se había inclinado sobre su espalda. La polla de Omar latía y escupía contra la piel mojada del entrenador, semen caliente mezclándose con el agua salada. Los dos temblaban, gemían, sin soltarse.

Se quedaron así un rato, Andre todavía dentro, ablandándose despacio, la respiración de los dos hecha un desastre. Después se separó con cuidado. El semen le resbaló a Omar por el muslo interno y se perdió en el agua. Se giraron el uno hacia el otro dentro del tanque. Bajo la luz roja tenue que entraba por la rendija de la puerta se besaron despacio, con una ternura que contrastaba con lo salvaje de minutos antes. Labios suaves, lenguas lentas, manos en la cara.

—Hostia —susurró Omar, riendo bajo contra su boca—. Casi me dejas cojo.

—La semana que viene te dejo peor —respondió Andre, y le mordió el labio inferior con cariño—. Misma hora. Misma puerta. Y esta vez te la chupo yo primero hasta que me ruegues.

Salieron del tanque con las piernas flojas. Se secaron mutuamente con las toallas que había en el estante: Andre le pasó la tela por el pecho a Omar, por la entrepierna sensible, por el culo todavía abierto y sensible; Omar le secó los hombros tatuados, la espalda, la polla blanda y pesada. Se vistieron en silencio cómplice, rozándose aún, sonriendo como idiotas. Antes de abrir la puerta Andre le dio un último beso, profundo y quieto.

Caminaron por el pasillo oscuro del gimnasio vacío. Afuera, la calle olía a madrugada. Omar le apretó la mano un segundo a Andre al cruzar el umbral; los dos salieron con el cuerpo aún temblando de placer y la misma sonrisa sucia compartida.

Nunca volverían a ducharse como extraños.

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