Rebote Inesperado Bajo la Luna
Dos vecinos cachondos se comen a besos y follan duro en la terraza bajo la luna.
La noche de verano pesaba caliente sobre la terraza comunitaria del edificio, ese rincón alto donde las tumbonas de plástico se alineaban junto a la barandilla y la luna llena derramaba una luz plateada sobre el suelo de baldosas aún calientes del día. Javier, de veinticuatro años, cuerpo atlético moreno de horas en el gimnasio y en la cancha, se había escapado de su piso con una cerveza fría en la mano, solo para despejar la cabeza. Llevaba shorts cortos y una camiseta ceñida que marcaba el pecho ancho y el vientre plano. No esperaba encontrar a nadie, pero ahí estaba Marcos, su vecino del tercero, veintiocho años, músculos marcados bajo la camiseta sin mangas, brazos cubiertos de tatuajes que serpenteaban desde los hombros hasta las muñecas, y esa barba corta que le daba un aire de peligro suave.
Se miraron. Durante meses se habían cruzado en el ascensor, en el pasillo, intercambiando saludos cortos cargados de algo que ninguno nombraba. Javier sentía cómo el calor le subía por el cuello solo de verlo. Marcos le ofreció una sonrisa ladeada, sacó otra cerveza de la nevera portátil y se la tendió.
—No pensé que alguien más aguantara este calor a estas horas —dijo Marcos, la voz grave, mirándolo de arriba abajo sin disimulo.
Javier aceptó la lata, los dedos rozándose un segundo de más. El contacto le envió un tiro directo a la entrepierna.
—Prefiero esto a quedarme encerrado. Además… la vista desde aquí no está mal —respondió, y su mirada se detuvo un instante en el pecho de Marcos, en la forma en que la tela se pegaba a los pectorales.
Bebieron en silencio al principio, pero la luna los empujaba. Las sonrisas se volvieron coquetas. Marcos se pasó la lengua por el labio inferior.
—Te he visto entrenar en el parque los sábados. Ese cuerpo no se hace solo, ¿eh? —comentó, la voz baja, casi un ronroneo.
Javier sintió la polla moverse dentro de los shorts. Meses de fantasías secretas, de imaginarse esas manos tatuadas agarrándolo, ahora se condensaban en el aire húmedo entre ellos.
—Y yo te he visto salir a correr al amanecer. Esos tatuajes… se ven aún mejor de cerca —admitió, el corazón latiéndole rápido. Se atrevió a sostenerle la mirada. —Me excita, si te soy sincero. Tu cuerpo. Llevo meses mirándote y sintiendo que me voy a correr solo de pensarlo.
Marcos soltó una risa ronca, se acercó un paso. La cerveza quedó olvidada sobre la mesa baja.
—Joder, Javier. Ese culo firme que marcas con esos shorts cortos me tiene loco desde que te mudaste. Cada vez que subes las escaleras delante de mí se me pone dura. Quiero clavártela y oírte gemir mi nombre.
La conversación se había vuelto fuego. Sus manos se rozaron de nuevo, esta vez a propósito: los dedos de Marcos rozaron el dorso de la mano de Javier, luego subieron por la muñeca, sintiendo el pulso acelerado. Javier se inclinó. El olor a jabón masculino y a sudor limpio de Marcos lo mareó. Se miraron a los labios. El beso llegó hambriento, consensuado, lengua contra lengua desde el primer segundo. Marcos lo agarró por la nuca, tiró de él hasta que sus pechos chocaron, y Javier gimió dentro de la boca ajena al sentir la erección dura de Marcos presionarle el muslo. Beso sucio, dientes, saliva, manos explorando: Javier metió los dedos bajo la camiseta de Marcos y recorrió los abdominales duros, los pezones erectos. Marcos le apretó el culo con ambas manos, amasándolo, separando un poco las nalgas a través de la tela.
—Hostia, qué ganas… —jadeó Javier contra su boca—. Quiero que me la chupes. Quiero tu boca en mi polla ahora mismo.
Marcos no dudó. Se arrodilló sobre las baldosas cálidas, bajo la luz de la luna que les daba de lleno. Bajó los shorts de Javier de un tirón junto con el boxer, liberando la polla gruesa, morena, ya completamente dura y goteando por la punta. Javier jadeó al aire libre, la brisa nocturna rozándole la piel sensible. Marcos lo miró un segundo, ojos oscuros de lujuria, y luego se la metió entera en la boca. Sin preliminares suaves: la tragó hasta el fondo, la garganta abriéndose alrededor del glande, la nariz contra el vello púbico. Javier soltó un gemido alto, las manos enterrándose en el cabello corto de Marcos, agarrando con fuerza mientras las caderas se movían solas.
—Joder, sí… así, trágatela toda… —murmuró, la cabeza echada hacia atrás, mirando las estrellas y sintiendo cómo la lengua de Marcos giraba alrededor del tronco, cómo las mejillas se hundían con cada chupada ansiosa. Marcos bababa, hacía ruidos húmedos y obscenos, una mano apretándole los huevos, la otra rodeando la base para bombear lo que no cabía. El calor de esa boca, la presión, el deseo crudo… Javier sentía que se corría ya, pero se contuvo, disfrutando cada segundo de aquella mamada voraz bajo la luna.
Cuando Marcos se separó, un hilo de saliva unía sus labios a la punta brillante de la polla de Javier. Se puso de pie, se bajó los pantalones cortos y dejó libre su propia polla gruesa, venosa, dura como piedra, la cabeza rojiza ya brillante de precum. Javier lo miró y se le hizo agua la boca.
—Ahora te toca a ti follarme —dijo con voz ronca, ya girándose hacia la tumbona más cercana. Se puso a cuatro patas sobre ella, el culo en alto, las nalgas firmes y morenas abiertas un poco por la postura. Miró por encima del hombro, ojos brillantes. —Métela. Quiero sentirte dentro, duro. Como lo he fantaseado todas estas noches.
Marcos escupió en su mano, se untó la polla y se acercó. Las manos tatuadas le agarraron las caderas con fuerza posesiva. La cabeza de su verga empujó contra el agujero apretado de Javier, que se abrió con un gemido gutural al sentir la invasión. Marcos entró de un embiste profundo, hasta los huevos, y se quedó un segundo ahí, respirando pesado, disfrutando de cómo las paredes internas lo agarraban.
—Tan jodidamente estrecho… y tan caliente —gruñó. Empezó a follarlo en posición de perrito: embestidas fuertes, rápidas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la terraza vacía. Cada embiste hacía que el culo de Javier temblara, que su polla colgante rebotara. Marcos se inclinaba de vez en cuando para besarlo torcidamente por encima del hombro, lenguas chocando, mientras una mano rodeaba la polla de Javier y la masturbaba al ritmo de las embestidas. Sudor corría por la espalda de ambos, gotas brillando bajo la luna. Marcos dominaba con ganas, y Javier lo recibía con igual hambre, empujando hacia atrás para encontrarse cada embiste, gimiendo sin pudor.
—Más fuerte… fóllame como si me quisieras romper… sí, así, joder, tu polla me llena entero —jadeaba Javier, los dedos aferrados al borde de la tumbona, el placer subiendo como una marea. Sentía cada vena, cada centímetro, el calor brutal de Marcos martilleándole la próstata. Marcos le daba palmadas en el culo, le apretaba la carne, le mordía el hombro mientras aceleraba.
El orgasmo los alcanzó casi juntos. Marcos se corrió primero con un gruñido profundo, clavándose hasta el fondo y llenando el culo de Javier con chorros calientes de leche espesa. El pulso de esa polla dentro lo empujó a Javier al límite: se corrió en la mano de Marcos, chorros blancos saliendo con fuerza mientras el culo se contraía alrededor de la verga que aún lo follaba en espasmos. Gemidos rotos, cuerpos temblando, sudor mezclado.
Se quedaron unidos un momento, respirando agitados. Marcos salió despacio, el semen caliente empezando a resbalar por el muslo de Javier. Se besaron entonces con ternura, labios suaves, lenguas lentas, contrastando con la crudeza anterior. Marcos le acarició el pelo húmedo.
—Esto… no termina aquí —susurró contra su boca—. Ven a mi apartamento. Quiero repetirlo con más calma. Explorar cada centímetro de ti. Chuparte otra vez, dejarte que me folles tú también, tomarnos el tiempo que haga falta. Toda la noche si quieres.
Javier sonrió, aún con las piernas temblorosas, el cuerpo latiéndole de placer residual y de ganas nuevas.
—Vamos. No voy a poder dormir pensando en lo que me vas a hacer dentro.
Se vistieron a medias, se tomaron de la mano sin importarles si alguien los veía, y bajaron las escaleras hacia el piso de Marcos, la luna aún vigilándolos desde arriba, la noche apenas empezando a abrir todas las puertas que llevaban meses cerradas.
Bajaron las escaleras tomados de la mano, la respiración aún agitada y la ropa a medias. La puerta del piso de Marcos cedió con un clic suave y, en cuanto estuvieron dentro, la oscuridad del pasillo se llenó del olor a él: colonia barata, cuero y el rastro de sexo que aún les impregnaba la piel. Marcos empujó a Javier contra la pared nada más cerrar, besándolo con una urgencia nueva, más lenta pero igual de voraz. Las lenguas se enredaron de nuevo, saboreando la cerveza y el precum que aún quedaba en la boca de Marcos. Javier gimió cuando las manos tatuadas le subieron la camiseta y se la quitaron de un tirón, dejando el pecho moreno al aire.
—Quiero verte entero —murmuró Marcos contra su cuello, mordisqueando la clavícula mientras lo guiaba a tientas hasta el sofá del salón. La luna entraba por el ventanal abierto y bañaba el espacio en la misma luz plateada de la terraza—. Desnúdate del todo. Quiero chuparte los huevos mientras me follas la cara.
Javier no necesitó que se lo pidieran dos veces. Se bajó lo que le quedaba de shorts y boxer, la polla ya semi-dura otra vez, brillando todavía de saliva y de los restos de su propio semen anterior. Marcos se quitó la camiseta sin mangas y los pantalones, quedando completamente desnudo: el cuerpo marcado, los tatuajes negros serpenteando por los brazos y el pecho, la polla gruesa balanceándose pesada entre las piernas, aún medio hinchada. Se arrodilló delante de Javier y le abrió los muslos con ambas manos, metiendo la cara entre ellos. La lengua caliente recorrió los huevos, lamiéndolos enteros, chupándolos uno a uno mientras la barba raspaba la piel sensible. Javier echó la cabeza hacia atrás, los dedos enredados en el pelo corto de Marcos, empujándolo más cerca.
—Joder, sí… lámelos así… —jadeó, la voz ronca—. Quiero metértela hasta la garganta otra vez.
Marcos abrió la boca y se la tragaró de nuevo, esta vez más lento, saboreando cada centímetro. La garganta se contrajo alrededor del glande cuando lo empujó hasta el fondo; la saliva resbalaba por la barbilla y caía sobre el pecho tatuado. Javier empezó a mover las caderas, follándole la boca con embestidas cortas y profundas, gozando del sonido húmedo y de cómo las mejillas de Marcos se hundían. Cuando sacó la polla, un hilo grueso de babas unía la punta roja a los labios hinchados de Marcos.
—Ahora tú —dijo Javier, la voz cargada de hambre—. Quiero tu culo. Quiero follarte como me has follado tú a mí.
Marcos sonrió de lado, se levantó y se dejó caer de espaldas en el sofá, levantando las piernas y abriéndolas. Se escupió dos dedos y se los metió en el agujero, abriéndose delante de Javier sin pudor, gimiendo bajo mientras se preparaba. Javier se arrodilló entre esos muslos fuertes, escupió generosamente sobre su propia polla y alineó la cabeza contra el anillo rosado y apretado. Empujó despacio al principio, sintiendo cómo las paredes internas lo agarraban, calientes y resbaladizas. Marcos arqueó la espalda y soltó un gemido largo cuando Javier se hundió hasta los huevos de un solo golpe.
—Hostia, qué gruesa la tienes… lléname entero —gruñó Marcos, las manos tatuadas agarrándole las nalgas a Javier para atraerlo más adentro.
Javier empezó a follarlo con ritmo constante, embestidas profundas que hacían crujir el sofá. El sonido de piel contra piel llenaba el salón; el sudor volvía a brillar en sus pechos bajo la luz de la luna. Se inclinó y besó a Marcos con torpeza, mordiéndole el labio inferior mientras le masturbaba la polla al mismo tiempo, el pulgar frotando la raja húmeda de la punta. Marcos empujaba hacia arriba para encontrarse cada embiste, el culo apretándose alrededor de la verga de Javier cada vez que este rozaba esa mancha dulce en su interior.
—Más duro… fóllame como si quisieras dejarme cojo —exigió Marcos entre gemidos—. Quiero que me dejes el culo abierto y lleno de tu leche.
Javier aceleró, agarrándolo por las rodillas y abriéndole más las piernas, clavándosela hasta el fondo una y otra vez. El calor era sofocante; el olor a sexo y a macho llenaba el aire. Cambió de posición sin salir del todo: sacó la polla solo un segundo, giró a Marcos a cuatro patas en el sofá y se la volvió a meter de un embiste brutal. Ahora le daba por detrás, las manos abiertas sobre las nalgas firmes, separándolas para ver cómo su polla morena desaparecía y reaparecía brillando de saliva y precum. Le dio una palmada sonora en el culo y Marcos gimió más alto, empujando hacia atrás.
—Así… joder, sí, rómpeme… —jadeaba Marcos, la cara hundida en el cojín, una mano debajo de sí mismo bombando su propia verga gorda.
Javier se corrió primero esta vez, clavándose hasta el fondo con un gruñido gutural y soltando chorros calientes y espesas dentro del culo de Marcos. El pulso de su orgasmo hizo que Marcos se corriera también segundos después: la leche blanca salió a chorros sobre el sofá, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la polla que aún lo follaba en sacudidas lentas. Se quedaron unidos, temblando, el semen de Javier empezando a resbalar por los huevos de Marcos cuando al fin salió despacio.
Se dejaron caer juntos en el sofá, sudorosos, respirando agitados. Marcos le pasó un brazo por encima de los hombros y lo atrajo para un beso lento, casi tierno, limpiándole el sudor de la frente con los labios. Javier acarició los tatuajes del pecho ajeno, siguiendo las líneas negras con la yema de los dedos, el cuerpo aún latiéndole de placer residual.
—Toda la noche, dijiste —susurró Javier contra su boca, sonriendo—. Todavía me quedan ganas de chuparte otra vez cuando se te ponga dura.
Marcos rió bajo, la mano dibujando círculos perezosos en la espalda de Javier.
—Y yo de dejarte que me montes al revés mirándome a la cara. Quiero verte la cara cuando te corras dentro otra vez.
Se acurrucaron un rato más, las piernas enredadas, la luna todavía vigilándolos desde el ventanal. El semen se enfriaba pegajoso entre sus muslos y ninguno se movía para limpiarse. Javier cerró los ojos un momento, escuchando el corazón de Marcos bajo la oreja, y sonrió para sí en la semi-oscuridad.
Marcos no sabía que Javier había firmado esa misma tarde el contrato de trabajo en otra ciudad, a seiscientos kilómetros, y que en menos de una semana ya no serían vecinos.
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