Rendición Bajo la Luna del Piscina

Raúl me folla salvajemente junto a la piscina de Ibiza y me llena de leche.

11 min read September 03, 2026New

La villa en Ibiza era un sueño de cristal y mármol blanco asomado al Mediterráneo, y yo, Nico, con mis veinticuatro años y la piel todavía olorosa a protector solar barato, no podía creer que estuviera allí. Había venido con Andre, mi mejor amigo de toda la vida, hetero hasta la médula, que prefería las discotecas de San Antonio y las rubias de Instagram. Esa noche él se había largado con unas chicas a la playa y yo me quedé solo, flotando en la piscina privada iluminada por focos azules bajo la luna llena. El agua tibia me lamía el pecho, el silencio solo roto por el chapoteo suave y el canto lejano de los grillos. Pensé que estaría solo hasta el amanecer.

Entonces lo vi.

Raúl salió de la sombra de los olivos como si la noche lo hubiera creado para mí. Treinta y dos años, dueño de aquella puta mansión, cuerpo de gimnasio y de sol, pectorales duros marcados por tatuajes negros que bajaban por los costados hasta desaparecer bajo el bañador negro ajustado. Pelo oscuro mojado peinado hacia atrás, barba de tres días, y esa mirada de depredador que me clavó desde el borde. No dijo nada al principio. Solo se quitó la camisa blanca y se tiró al agua de un salto limpio, salpicándome la cara. Cuando emergió a dos metros de mí, sonrió con los dientes blancos.

—Andre se fue, ¿verdad? —su voz era grave, con ese acento español de costa que me erizó la nuca—. Qué coincidencia. Yo también prefería quedarme.

Me acerqué a la orilla, apoyando los brazos en el borde húmedo. El agua me llegaba a la cintura y mi bañador azul se pegaba a la entrepierna de una forma que ya no podía ocultar del todo. Raúl nadó hasta quedar frente a mí, tan cerca que sentí el calor de su pecho contra el mío sin tocarlo todavía.

—Eres el chico de Madrid, el amigo del ruidoso —dijo, y sus ojos bajaron sin pudor a mi boca, a mi cuello, a mis pezones endurecidos por el fresco de la noche—. Te he estado mirando toda la tarde. Esas piernas, ese culo cuando te agachabas a recoger la toalla… joder, Nico.

Mi polla dio un tirón traicionero bajo el agua. Tragué saliva.

—¿Y tú qué has estado haciendo, Raúl? ¿Contando las veces que me mirabas el paquete?

Él rio bajo, un sonido gutural, y se acercó otro palmo. Sus dedos rozaron mi pecho mojado, trazando el contorno de un pezón con la yema. El contacto fue eléctrico. Me mordí el labio.

—Llevo toda la puta noche con la polla dura pensando en follarte —confesó sin filtro, la voz ronca contra mi oído—. En abrirte las piernas aquí mismo, junto al agua, y metértela hasta el fondo mientras me miras con esa carita de sorpresa. Quiero oírte gemir mi nombre. Quiero llenarte de leche y ver cómo te escurre por los muslos bajo la luna.

El aire se me atascó en la garganta. Mis manos, traidoras, subieron a sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo la piel tatuada. El agua nos rodeaba, cálida, cómplice. Nuestras pollas ya se rozaban a través de la tela empapada; la suya se sentía gruesa, pesada, lateando contra la mía.

—Entonces hazlo —susurré, y me lancé a su boca.

El beso fue hambre pura. Labios abiertos, lenguas chocando, dientes rozando. Raúl me agarró la nuca con una mano y con la otra me bajó el bañador justo lo suficiente para liberar mi polla, ya goteando pre-semen. Sus dedos me rodearon el tronco, fríos del agua y luego calientes por la fricción, subiendo y bajando con una lentitud cruel. Yo gemí dentro de su boca y le metí la mano dentro del bañador negro. Su polla era una bestia: gruesa, venosa, la cabeza ancha y resbaladiza. La acaricié de arriba abajo, sintiendo cómo se hinchaba aún más en mi puño.

—Joder, qué dura la tienes —jadeé contra sus labios—. Quiero chupártela. Quiero que me la metas entera.

Raúl gruñó y me empujó suavemente contra el borde de la piscina. El agua nos llegaba a la cadera. Sus dedos exploraron más abajo, rozando mis huevos, deslizando un dedo por el períneo hasta la entrada de mi culo, apenas presionando el anillo apretado. Yo abrí las piernas instintivamente, ofreciéndome.

—Mírate —murmuró él, mordiéndome el cuello, chupando la piel hasta dejar marca—. Todo mojado, temblando, con la polla palpitándome en la mano. Llevo horas imaginando cómo se te va a abrir el culo alrededor de mi polla. Cómo vas a gritar cuando te raje.

Mis caderas se movían solas, follando su puño bajo el agua mientras yo le masturbaba a él con la misma desesperación. El chapoteo se volvió más rítmico, obsceno. Nuestras frentes juntas, respiraciones agitadas mezclándose. Le besé la mandíbula, el tatuaje de una serpiente que le subía por el pecho, el pezón duro. Él me apretó la polla con más fuerza y yo solté un gemido alto que se perdió en la noche ibicenca.

—Sácame de aquí —supliqué—. No aguanto más. Quiero sentirte fuera del agua, quiero que me folles contra las toallas, contra el césped, donde sea.

Raúl no necesitó que se lo pidiera dos veces. Me agarró por la cintura y me izó hacia el borde como si no pesara nada. El agua cayó de nuestros cuerpos en cascadas brillantes bajo la luz de la luna. Mis rodillas temblaban al apoyarlas en el mármol frío. Él salió detrás de mí, el bañador negro ya bajado a medias, su polla gruesa balanceándose pesada y oscura, goteando. Me giró, me pegó contra su pecho mojado y me besó otra vez, profundo, posesivo, mientras sus manos me bajaban del todo el bañador y me agarraban los glúteos con fuerza, abriéndolos, el pulgar rozando mi entrada sensible.

—Mira cómo me late —dijo, frotando su polla contra la mía, piel con piel por fin, el calor brutal después del agua—. Toda para ti, Nico. Voy a reventarte. Voy a follarte tan salvaje que mañana no vas a poder sentarte en la terraza sin acordarte de mí.

Yo le rodeé el cuello con los brazos, frotándome contra él como un gato en celo, la fricción de nuestras pollas mojadas enviando chispas por toda la columna. El césped húmedo nos esperaba a unos metros, las toallas blancas abandonadas, la villa en silencio absoluto. Andre no volvería hasta el amanecer. Nadie nos iba a interrumpir.

Raúl me guió hacia el borde más amplio de la piscina, donde las luces submarinas pintaban de azul nuestros cuerpos. Me tumbió de espaldas sobre una toalla gruesa, se arrodilló entre mis piernas abiertas y me miró desde arriba, pasándose la lengua por los labios. Su mano volvió a mi polla, bombeándola lenta, mientras con la otra recogía el pre-semen de la punta de la suya y lo untaba en mi entrada, preparándome con dedos pacientes y gordos. Primero uno, después dos, curvándolos hasta tocar ese punto que me hizo arquear la espalda y soltar un “joder, sí” roto.

—Así —ronroneó—. Ábrete para mí. Quiero verte dilatarte. Quiero que me ruegues que te la meta ya.

Yo movía las caderas contra sus dedos, buscando más, el culo contrayéndose alrededor de ellos con hambre. La luna nos bañaba enteros: su torso tatuado brillando, mis muslos temblando, nuestras pollas erectas y oscuras apuntándose la una a la otra. Cada respiración mía era un ruego. Cada roce suyo una promesa de la embestida que vendría.

Me incorporé lo suficiente para agarrarle la polla con las dos manos y llevarme la cabeza a la boca. El sabor salado del agua y de él me llenó la lengua. Chupé con ganas, hundiendo las mejillas, bajando todo lo que pude mientras él gemía y me enredaba los dedos en el pelo. “Así, trágatela”, ordenó, y yo lo hice, babeando, mirándole a los ojos mientras mi garganta se adaptaba a su grosor. Él embistió suave, follándome la boca un momento, antes de apartarme con un jadeo.

—No. No me corro todavía. Te voy a llenar el culo primero —dijo, y me empujó de nuevo hacia atrás, abriéndome las piernas hasta casi doblarme por la mitad. Su polla rozó mi entrada resbaladiza, la cabeza ancha presionando, pidiendo permiso que yo ya le había dado mil veces con la mirada y con los gemidos.

El aire de la noche olía a cloro, a jazmín y a sexo. Mi corazón latía tan fuerte que creí que él lo oiría. Estábamos a punto. El agua de la piscina chapoteaba suave a nuestro lado, la luna nos vigilaba, y yo solo pensaba en cómo iba a sentirse cuando por fin me la clavara hasta las pelotas y empezara a follarme como me había prometido: salvaje, profundo, hasta llenarme de leche caliente que se me escaparía por los muslos mientras gemía su nombre bajo las estrellas de Ibiza.

Raúl se inclinó sobre mí, me besó con una lentitud que contrastaba con la urgencia de su polla empujando contra mi culo, y susurró contra mis labios:

—Prepárate, Nico. Ahora sí que te rindo del todo.

Raúl me giró de golpe, sus manos firmes en mis hombros, y me empujó de rodillas sobre el césped húmedo que todavía goteaba el agua de la piscina. La hierba se me pegó a la piel de las rodillas y los muslos, fresca y resbaladiza. Su polla gruesa me golpeó la mejilla, caliente, pesada, olorosa a cloro y a él. Me agarró el pelo con fuerza, tirando hacia atrás hasta que mi garganta quedó expuesta, y sin pedirme nada más me embistió la boca de un solo golpe.

—Ábrela bien, Nico —gruñó—. Trágatela entera.

La cabeza ancha me empujó la lengua, salada y gruesa, y yo abrí todo lo que pude. Me folló la boca con embestidas profundas, sin prisa al principio, saboreando cómo mis labios se estiraban alrededor de su verga. Cada vez que entraba hasta el fondo sentía el roce de sus pelotas contra mi barbilla y el calor de su pubis. Babeaba sin control; la saliva me corría por la barbilla y caía al césped. Él tiraba de mi pelo al ritmo de las embestidas, controlándome por completo, y yo gemía alrededor de su carne, el sonido vibrando en su glande.

—Joder, qué bien chupas —jadeó, mirándome desde arriba con esa sonrisa de depredador—. Mira cómo te hinchas la garganta. Quieres que te llene la boca de leche, ¿verdad? Pero no. Todavía no.

Me apartó con un tirón suave y me levantó como si no pesara nada. Me inclinó sobre la tumbona más cercana, el plástico frío contra mi pecho desnudo, el culo al aire bajo la luna. Raúl se arrodilló detrás de mí, me abrió los glúteos con las dos manos y metió la cara entre ellos. Su lengua caliente y plana lamió desde mis huevos hasta el agujero, una y otra vez, profunda, sin vergüenza. Me comió el culo como si tuviera hambre de años, empujando la lengua dentro, retorciéndola, mojándome hasta que el anillo se ablandó y se abrió solo. Yo apretaba los puños en el borde de la tumbona y gemía alto, empujando el culo hacia atrás contra su boca.

—Raúl… joder, sí, más profundo —supliqué, la voz rota—. Cómeme todo.

Él gruñó contra mi entrada y me dio un azote seco en una nalguita antes de levantarse. Sentí la cabeza de su polla rozarme el agujero resbaladizo, caliente y gruesa, y de pronto se clavó de un empujón. Me abrió de golpe, el ardor mezclado con un placer tan intenso que se me doblaron las rodillas. Entró hasta las pelotas de la primera, rellenándome por completo, y se quedó quieto un segundo para que yo me acostumbrara a su grosor.

—Mírate —susurró, inclinándose sobre mi espalda, mordiéndome el hombro—. Todo abierto para mí. Tu culo me está chupando la polla. Ahora te voy a follar como te mereces.

Empezó a moverse en posición de perrito, embestidas largas y salvajes que me hacían rebotar contra la tumbona. Cada embestida me sacudía el cuerpo entero; el sonido de su carne golpeando la mía era obsceno, húmedo, rítmico. Yo gemía su nombre sin parar, el culo contrayéndose alrededor de él, pidiendo más. Él me agarraba las caderas con fuerza, los dedos clavándose en mi carne, y me follaba sin piedad, profundo, dominante, exactamente como me había prometido.

—Más fuerte —le pedí entre jadeos—. Rómpeme. Quiero sentirte mañana.

Raúl rio bajo y me giró de un tirón. Me tumbó de espaldas sobre la tumbona, me abrió las piernas y se colocó entre ellas. Me miró a los ojos mientras volvía a entrar, lento esta vez, hasta el fondo. La posición de misionero nos unió de otra forma; podía ver cada expresión de su cara, el sudor brillando en sus tatuajes, la forma en que sus labios se entreabrían cada vez que me embestía.

—Mírame mientras te follo —ordenó, empezando a dar embestidas profundas y constantes—. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando te doy en ese punto.

Su polla rozaba mi próstata una y otra vez. Yo agarré mi propia verga y empecé a masturbarme al mismo ritmo, el puño resbaladizo de pre-semen. Cada embestida suya me sacaba un gemido largo, gutural, que yo reclamaba con ganas. “Sí, así, más hondo”, le decía, y él respondía clavándosela hasta que sus pelotas me golpeaban el culo. El deseo era mutuo, total; yo le rodeaba la cintura con las piernas y lo atraía más adentro, y él me besaba la boca entre embestida y embestida, lenguas juntas, respiraciones compartidas.

El placer subía como una marea. Mis huevos se tensaron. Raúl aceleró, follándome con fuerza dominante, el torso tatuado brillando bajo la luna, los músculos de sus brazos tensos mientras me sujetaba las rodillas abiertas.

—Voy a correrme dentro —advirtió con voz ronca—. Voy a llenarte de leche caliente hasta que te escurra.

—Hazlo —gemí—. Lléname. Quiero tu leche.

Con un gruñido gutural y profundo que vibró en mi pecho, Raúl se enterró hasta el fondo y se corrió. Sentí los espasmos de su polla, el chorro caliente y espeso disparándose dentro de mí, llenándome, desbordándome. El calor de su semen me empujó al límite. Eyaculé sobre mi propio abdomen entre contracciones violentas, chorros blancos que me mancharon el pecho y el ombligo mientras mi culo se apretaba alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.

Nos quedamos así un momento, jadeando, pegados, su polla todavía dentro, pulsátil, mientras la leche se nos mezclaba. Después se retiró despacio y se dejó caer a mi lado sobre la tumbona. Nos besamos suavemente bajo la luna, labios cansados, lenguas lentas, el sabor de sal y sexo todavía entre nosotros. El silencio solo lo rompían nuestras respiraciones y el chapoteo lejano del agua.

Raúl se levantó primero y me tendió la mano. Juntos nos metimos otra vez en la piscina. El agua tibia nos limpió el sudor, el semen, el césped pegado a la piel. Flotamos cerca el uno del otro, piernas enredadas, y él me besó el cuello con una ternura que contrastaba con todo lo salvaje de antes.

—Esto solo es el comienzo —murmuró contra mi oído, la voz grave y satisfecha—. El resto de tu estancia en Ibiza voy a follarte cada noche. Bajo la luna, en la cama, en la terraza… donde sea. Voy a rendirte una y otra vez hasta que no sepas ni tu nombre.

Yo sonreí, exhausto y lleno, el culo aún sensible y caliente de su leche, y le respondí con un beso lento mientras el agua nos rodeaba.

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