Una Última Canción Antes de Perderte
Output: El cantante de 28 años Marco se folla salvajemente con su vecino bombero Diego de 32 en la azotea la noche antes de irse a Europa.
La azotea del edificio olía a asfalto caliente y a la brisa salada que subía desde el puerto. Marco, cantante de veintiocho años a punto de firmar con un sello en Europa, se apoyó en la barandilla con una botella de agua en la mano. Mañana el avión. Maletas ya cerradas. Dos años mirando de reojo al vecino del tercero y ahora se iba sin haber tocado nada.
Diego apareció por la escalera de servicio con el torso todavía húmedo de la ducha del cuartel. Bombero de treinta y dos años, hombros anchos, pantalones de chándal grises que marcaban el bulto sin pudor. Se quedó a dos metros, el viento revolviéndole el pelo corto y oscuro.
—Cántame una última canción solo para mí —dijo, voz grave, mirándolo con esa hambre descarada que Marco había captado mil veces en el ascensor.
Marco tragó saliva. La guitarra estaba apoyada contra la pared; la cogió, se sentó en el borde de una manta vieja que alguien había dejado y afinó rápido. Empezó una balada lenta, voz ronca y baja, letras que hablaban de querer morder la boca de alguien antes de que se escape. Diego no se movió al principio. Solo escuchaba, piernas abiertas, mano rozándose la entrepierna por encima de la tela.
A mitad de la segunda estrofa Diego dio un paso. Otro. Se plantó delante, le puso la mano grande y callosa en la nuca y le susurró al oído, tan cerca que el aliento le quemó:
—Llevo dos putos años fantaseando con follarte. Con abrirte las piernas y metértela hasta que grites mi nombre. Cada vez que te oía ensayar a través de la pared me palmeaba la polla pensando en esa boca.
Marco soltó un gemido ronco, dejó la guitarra caer sobre la manta y se levantó de un salto. Lo besó con urgencia bruta, lengua metiéndose, dientes rozando labio inferior. Diego le agarró el culo con las dos manos y lo apretó contra su erección gruesa ya dura.
—Yo también —confesó Marco entre besos, voz hecha un hilo—. Meses mirándote bajar la basura con la camiseta sudada y queriendo arrodillarme ahí mismo. Esta noche no me voy sin que me la metas entera. Sin reservas. Haz lo que quieras conmigo.
Diego gruñó conformidad, le bajó la cremallera del pantalón a Marco de un tirón y le sacó la polla ya goteando. Lo empujó de rodillas sobre el concreto frío. Se bajó el chándal y la ropa interior hasta los muslos. La verga le saltó gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum. Marco no esperó orden: abrió la boca y se la tragó hasta la mitad, tragando el sabor salado, salivando a propósito para que le resbalara por la barbilla.
—Así, puto cantante de mierda —escupió Diego, agarrándole el pelo y empujando más profundo—. Chúpamela bien. Quiero verla entrar hasta el fondo.
Marco se atragantó un poco, lágrimas de esfuerzo en los ojos, pero no se apartó. Relajó la garganta y dejó que Diego follara su boca a golpes cortos y brutales. La saliva le caía en hilos gordos por el mentón, goteaba sobre su propia polla olvidada. Cada embestida hacía que las bolas le golpearan la barbilla. Marco gemía alrededor del grosor, manos aferradas a los muslos fuertes del bombero, sintiendo el músculo tensarse.
Diego lo sacó de un tirón, un hilo de baba uniendo la punta a los labios hinchados de Marco.
—Arriba. Quiero follarte de pie primero.
Lo levantó como si no pesara, le bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y lo giró contra la barandilla. El metal frío le rozó la barriga. Diego escupió en su mano, se untó la polla y los dos dedos, y sin más preámbulo le metió un dedo grueso hasta el nudillo. Marco jadeó, empujando hacia atrás.
—Más. Ya estoy listo, joder. Métela.
Diego alineó la cabeza gruesa contra el agujero y empujó de un solo golpe profundo. El culo de Marco se abrió alrededor de él, caliente y apretado. Ambos soltaron un gemido animal. Diego no le dio tiempo a acostumbrarse: empezó a embestir salvaje, caderas chocando contra el culo con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida hacía que Marco se doblara un poco más sobre la barandilla, la ciudad abajo como un mar de luces, el viento llevándose sus gemidos.
—Qué culo tan puto apretado —gruñó Diego al oído, mordiéndole el cuello—. Trágate mi polla, cantante de mierda. Agárrate fuerte que te voy a destrozar.
Marco gritaba entre dientes, una mano en la barandilla y la otra intentando tocarse, pero Diego se la apartó.
—Sin manos. Quiero que te corras solo de sentirla.
Lo sacó de golpe, lo giró, lo tiró de espaldas sobre la manta. Las piernas de Marco se abrieron solas. Diego se metió otra vez de un empujón brutal, esta vez en misionero profundo, rodillas clavadas en la tela, manos agarrando los muslos y doblándolos hacia el pecho de Marco. La polla entraba hasta las bolas, rozando ese punto que hacía que Marco arqueara la espalda y soltara gritos rotos.
—Aprieta ese culo que me voy a correr dentro… no, mejor en tu cara de puta famosa —jadeaba Diego, ritmo cada vez más irregular, sudor cayéndole del pecho sobre el de Marco—. Dime lo que quieres.
—Más… follame más duro… quiero tu leche en la cara… joder, Diego, así, no pares—
Marco se corrió sin tocarse. La polla le saltó contra el vientre, corrida blanca saliendo a chorros, salpicándole el pecho y la camiseta subida. El culo se le contrajo en espasmos alrededor de Diego, que gruñó y se salió de un tirón. Se arrodilló a horcajadas sobre el pecho de Marco, se masturbó rápido con la mano resbaladiza de saliva y precum, y se corrió a chorros gruesos y calientes sobre la cara y la lengua abierta de Marco. La leche le cayó en la mejilla, en los labios, en la lengua que salía a recogerla. Marco tragaró lo que pudo, el resto resbalándole por la barbilla mezclado con la saliva anterior.
El silencio después solo lo rompía la respiración entrecortada y el viento. Diego se bajó, cogió su propia camiseta empapada de sudor y limpió con sorprendente suavidad la cara de Marco: mejillas, labios, mentón. Después se inclinó y lo besó despacio, saboreando su propio sabor en la boca del otro.
—Esa canción que me acabas de cantar… —murmuró contra sus labios—. Esa va a ser la que ponga cada noche cuando te extrañe en Europa. Cada puta vez.
Marco sonrió, todavía temblando, la polla blanda y sensible contra el muslo de Diego. Le pasó los dedos por el pelo corto del bombero.
—Te la voy a cantar otra vez. Cuando vuelva. O por videollamada si no aguanto. Pero no creas que con una corrida se acaba lo que te debo, Diego.
Diego se recostó a su lado sobre la manta, un brazo pesado rodeándole la cintura, la otra mano ya bajando otra vez a acariciar el culo aún abierto y resbaladizo de Marco. La azotea seguía oliendo a sexo y a noche. Mañana el avión. Pero la madrugada todavía era larga y ninguno de los dos parecía dispuesto a bajar todavía.
Diego no apartó la mano. Los dedos gruesos siguieron rozando el borde todavía abierto y resbaladizo del culo de Marco, dibujando círculos lentos que hacían que el cantante se estremeciera y empujara hacia atrás sin pudor. El semen de Diego se había secado un poco en su cara, pero el sabor salado le quedaba pegado a la lengua y le gustaba. Marco giró la cabeza y lo miró a los ojos, la respiración todavía irregular.
—No has terminado conmigo —dijo, voz ronca, casi un desafío—. Quiero más. Quiero que me uses hasta que no pueda cantar mañana en el puto avión.
Diego soltó una risa baja, sucia, y le pellizcó un pezón por encima de la camiseta subida.
—Mírate. Con la cara llena de mi leche y todavía pidiendo. Eres un puto vicioso, Marco. Dos años aguantándome la polla dura cada vez que te oía y ahora resulta que el cantante de mierda es más puta que yo.
Marco se incorporó un poco, se inclinó y le lamió el pecho sudado al bombero, saboreando la sal de su piel. Bajó la lengua por el abdomen marcado hasta la polla que ya volvía a endurecerse entre las piernas abiertas de Diego. La tomó en la boca sin rodeos, chupando con hambre, lengua girando alrededor de la cabeza todavía sensible. Diego arqueó la espalda y le agarró el pelo con fuerza.
—Eso… chúpala limpia. Sácalo todo lo que te dejé dentro. Quiero oír cómo te atragantas otra vez.
Marco obedeció. Se arrodilló entre las piernas del bombero, la manta arrugada bajo las rodillas, y se la tragó hasta que la nariz le rozó el vello oscuro. La garganta se le abrió a la fuerza. Tragó alrededor del grosor, babas espesas cayéndole otra vez por la barbilla y manchándole el pecho donde todavía tenía restos de su propia corrida. Cada embestida de las caderas de Diego le sacaba un sonido húmedo y obsceno. Marco se tocaba la polla con una mano, dándose palmadas lentas, el glande ya brillando de nuevo.
Diego lo sacó con un chasquido, un hilo de saliva uniendo labios a polla.
—Súbete. Quiero que me montes. Quiero verte rebotar encima de mí como la puta que eres.
Marco no necesitaba que se lo repitieran. Se puso a horcajadas sobre las caderas anchas del bombero, se escupió en la mano y se untó el culo otra vez, metiéndose dos dedos de golpe para abrirse. Diego lo miraba con los ojos negros de lujuria, manos agarrándole las nalgas y abriéndolas.
—Métela tú. Siéntela cómo te abre.
Marco alineó la cabeza gruesa contra su agujero y se dejó caer de un solo movimiento. El aire se le escapó en un gemido largo y roto. La polla de Diego le llenó hasta el fondo, más profunda en esta posición, rozándole la próstata con una precisión brutal. Se quedó un segundo quieto, temblando, sintiendo cómo el culo se le adaptaba al grosor otra vez.
—Joder… está tan gruesa… me estás destrozando el culo, Diego.
—Muévete, cantante. Fóllate tú solo. Quiero ver cómo te corres otra vez sin tocarte.
Marco empezó a subir y bajar, primero lento, después más rápido, las nalgas chocando contra los muslos del bombero con un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con el viento de la azotea. Cada bajada le sacaba un gemido gutural. Se apoyó las manos en el pecho sudado de Diego y se folló con ganas, culo apretado, polla rebotando entre los dos cuerpos. Diego le daba palmadas en las nalgas, fuertes, dejando la piel roja y caliente.
—Así, puta. Rebota más duro. Trágate toda mi verga. Mírate, con la cara todavía sucia de mi leche y follándote como un perro en celo.
—Sí… soy tu puta… fóllame… úsame… —jadeaba Marco, voz hecha un desastre—. Cada vez que te oía ducharte pensaba en esto. En montarte y que me destrozaras.
Diego se incorporó de repente, lo abrazó por la cintura y empezó a embestir hacia arriba con fuerza brutal. El ritmo se volvió salvaje. Las caderas del bombero subían como pistones, enterrándose hasta las bolas una y otra vez. Marco gritaba abiertamente ahora, sin importarle si alguien en el edificio oía. La ciudad abajo seguía brillando, indiferente. El metal de la barandilla reflejaba la luna. El olor a sexo, a sudor y a asfalto caliente lo envolvía todo.
Diego lo volteó sin salir del todo. Lo puso a cuatro patas sobre la manta, le agarró las caderas con las dos manos callosas y se lo folló de perro, embestidas profundas y rápidas que hacían que el culo de Marco se abriera y se cerrara alrededor de la polla con un sonido sucio de carne mojada. Cada golpe le sacudía el cuerpo entero. La polla de Marco colgaba dura y goteando, balanceándose con cada embestida.
—Tócate ahora —ordenó Diego, voz grave y rota—. Quiero verte correrte mientras te la meto entera.
Marco se masturbó con furia, mano resbaladiza de precum, al ritmo de las embestidas. El placer le subía por la espalda como corriente. Diego se inclinó sobre él, le mordió el hombro y le susurró al oído:
—Cuando estés en Europa vas a recordar esto cada puta noche. Vas a tocarte pensando en cómo te abrí el culo en esta azotea. Y cuando vuelvas te voy a follar todavía más duro. Te voy a llenar tantas veces que no vas a poder caminar derecho.
—Sí… joder, sí… córrete dentro… llena mi culo… quiero sentirte escurrirme por las piernas mañana en el puto avión—
Diego gruñó como un animal. Las embestidas se volvieron irregulares, profundas, salvajes. Marco se corrió primero, chorros espesos saliendo a presión sobre la manta y su propia mano, el culo contrayéndose en espasmos alrededor de la polla del bombero. Diego lo sintió y se dejó llevar: se enterró hasta el fondo y se corrió a chorros calientes dentro de él, llenándolo, bombeando leche espesa que le rebosaba por los bordes del agujero y le bajaba por los muslos.
Se quedaron así un momento, unidos, jadeando, el sudor mezclándose. Diego salió despacio y el semen le siguió en un hilo grueso y blanco que resbaló por las bolas de Marco y cayó sobre la tela. El bombero lo miró, ojos oscuros, y le metió dos dedos otra vez, empujando su propia corrida más adentro.
—Mira cómo te queda el culo. Abierto y lleno. Perfecto.
Marco se dejó caer de lado, temblando, la polla todavía sensible. Diego se tumbó detrás de él, cuchara, un brazo rodeándole el pecho y la otra mano bajando otra vez entre las nalgas, jugando con el desastre que había dejado. Le besó el cuello, la oreja, la mandíbula.
—Todavía no has cantado la segunda canción —murmuró Diego contra su piel—. Y yo todavía no te he follado la boca hasta hacerte tragar otra carga.
Marco rio bajo, exhausto y excitado a la vez, y se giró lo suficiente para buscarle la boca. El beso fue lento, sucio, sabores mezclados de semen y saliva.
—Entonces cántame tú algo —dijo Marco, voz baja—. O fóllame otra vez. La noche es larga y mañana el avión no va a esperar, pero ahora mismo solo quiero que me destroces un poco más. Que me dejes tan marcado que en Europa cada vez que me siente sienta tu polla.
Diego le apretó el culo con posesión, dedos metiéndose otra vez en el agujero resbaladizo, y le mordió el labio inferior.
—Vas a cantar. Y después te voy a poner de rodillas otra vez. Y después te voy a follar contra la barandilla mirando la ciudad mientras te corro dentro por segunda vez. Y si todavía puedes hablar me vas a decir exactamente cómo quieres que te espere cuando vuelvas.
Marco empujó el culo hacia atrás, buscando más de esos dedos, la polla ya intentando endurecerse otra vez contra el muslo del bombero. El viento traía el olor del puerto. Las luces de abajo parpadeaban. Ninguno de los dos miraba el reloj. La manta estaba hecha un desastre de semen y saliva, y la azotea seguía siendo solo suya. Diego le dio otra palmada en la nalga, fuerte, y le susurró al oído el siguiente orden, la voz ya cargada de hambre nueva:
—Arrodíllate otra vez. Quiero ver esa boca de cantante famosa llena otra vez antes de que te vuelva a abrir las piernas.
Diego no esperó. Agarró a Marco por la nuca y lo empujó de rodillas otra vez sobre la manta empapada. La polla del bombero ya latía otra vez gruesa y dura, todavía brillante de semen y saliva, la cabeza morada hinchada. Marco abrió la boca sin que se lo pidieran, la lengua afuera, y Diego se la clavó de un solo empujón hasta el fondo de la garganta.
—Trágatela entera, cantante de mierda. Quiero oír cómo te atragantas con mi verga otra vez.
Marco se atragantó de verdad. Los ojos se le llenaron de lágrimas de esfuerzo, la saliva le brotó a chorros por las comisuras y le cayó en hilos gordos por el pecho manchado. Diego le sujetó la cabeza con las dos manos callosas y le folló la boca a golpes cortos y brutales, las bolas pesadas golpeándole la barbilla una y otra vez. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, gorgoteos, gemidos ahogados de Marco alrededor del grosor que le estiraba la garganta.
—Así… joder, mira cómo te entra. Dos putos años soñando con esta boca y ahora la tengo llena de mi polla. Chupa más fuerte. Usa la lengua.
Marco obedeció, relajando la garganta lo más que pudo, dejando que Diego la usara como un coño. Se tocaba la propia polla con una mano, dándose tirones rápidos, el glande ya goteando otra vez sobre la manta. Cada embestida le hacía temblar las rodillas. El sabor salado y amargo de la leche anterior se mezclaba con el precum fresco. Diego gruñó y se sacó de un tirón, un hilo espeso de baba uniendo la punta a los labios hinchados y rojos de Marco.
—Escupe. Quiero verte escupir en mi verga y después limpiarla.
Marco escupió un chorro denso de saliva sobre la polla del bombero. Diego se la frotó con la mano, untándola bien, y se la volvió a meter hasta las bolas. Marco se atragantó de nuevo, lágrimas rodándole por las mejillas, pero no se apartó. Le agarró los muslos fuertes, las uñas clavándose en la carne, y dejó que le follaran la cara con saña. Diego le hablaba bajito, sucio, la voz rota de placer:
—Vas a irte a Europa con la garganta destrozada. Cada vez que cantes vas a recordar cómo te la metí hasta el fondo. Eres mi puta de azotea, Marco. Mi puta cantante famosa.
Cuando Diego lo sacó otra vez, Marco jadeaba, la cara un desastre de baba y lágrimas, la polla dura y palpitante entre las piernas. Diego lo levantó de un tirón, lo giró y lo empujó contra la barandilla de metal. El frío le caló la barriga. Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió directo al agujero todavía abierto y resbaladizo de semen.
—Agárrate fuerte. Te voy a follar mirando la ciudad. Quiero que grites mi nombre para que se lo lleve el viento.
Alineó la cabeza gruesa y se la clavó de un solo golpe profundo. Marco soltó un grito roto, el culo abriéndose alrededor del grosor que lo llenaba otra vez hasta el fondo. Diego no le dio tiempo a acostumbrarse. Empezó a embestir salvaje, caderas chocando contra el culo con un sonido húmedo y obsceno de carne mojada. Cada embestida hacía que Marco se doblara más sobre la barandilla, la ciudad de luces abajo, el puerto oliendo a sal y a noche. La polla del bombero le rozaba la próstata una y otra vez, brutal, precisa.
—Más duro… joder, Diego, destrozamelo… —jadeaba Marco, una mano en el metal y la otra intentando tocarse, pero Diego se la apartó de un manotazo.
—Sin manos. Te vas a correr solo de sentir cómo te abro el culo. Aprieta. Trágate toda mi verga, puto vicioso.
Marco apretó el culo a conciencia. Diego gruñó como un animal y aceleró el ritmo, embestidas profundas y rápidas que le sacudían el cuerpo entero. El sudor les caía a chorros. El olor a sexo, a asfalto caliente y a semen se mezclaba con la brisa. Diego le mordió el hombro, le chupó el cuello dejando marcas, le hablaba al oído entre embestidas:
—Cuando estés en ese avión mañana vas a sentir mi leche escurrirte todavía. Vas a sentarte con el culo ardiendo y vas a pensar en cómo te la metí aquí arriba. Y yo me voy a tocar cada puta noche recordando este culo apretado tragándosela entera.
Marco gritaba abiertamente ahora, sin importarle nada. La polla le rebotaba contra la barandilla, goteando precum en hilos largos. Diego le dio una palmada fuerte en la nalga, otra, dejando la piel roja y caliente, y después le metió dos dedos junto a la polla, estirándolo más, follándolo con la verga y los dedos a la vez.
—Mira cómo te abre. Qué puto desastre de culo. Me encanta.
Marco se corrió sin tocarla. La polla le saltó contra el metal frío, chorros blancos y espesos saliendo a presión, salpicando la barandilla y cayendo hacia la noche. El culo se le contrajo en espasmos salvajes alrededor de Diego, ordeñándole la polla. Diego no paró. Siguió embistiendo a través del orgasmo de Marco, usándolo, follándolo más duro mientras el cantante temblaba y gemía sin control.
—Todavía no… te voy a llenar otra vez… —gruñó Diego, el ritmo volviéndose irregular, brutal—. Dime que la quieres dentro.
—Dentro… córrete dentro… lléname el culo otra vez… quiero sentirla mañana… joder, Diego, así, no pares—
Diego se enterró hasta las bolas y se corrió a chorros calientes y espesos dentro de él. Marco lo sintió bombear, llenarlo, la leche rebosando por los bordes del agujero y bajándole por los muslos en hilos blancos y viscosos. Diego se quedó clavado un momento, jadeando, sudando, y después salió despacio. El semen le siguió en un chorro grueso que resbaló por las bolas de Marco y goteó sobre el concreto.
Pero no había terminado. Diego lo giró, lo tiró de espaldas otra vez sobre la manta hecha un asco de semen y saliva, y le abrió las piernas a la fuerza. Le metió la lengua directa al agujero destrozado, lamiendo su propia leche, chupando, metiendo la lengua gruesa y caliente lo más profundo que pudo. Marco arqueó la espalda y soltó un grito agudo, las manos en el pelo corto del bombero, empujándolo más contra su culo.
—Joder… sí… lámelo… limpia tu desastre…
Diego lo lamió con saña, sucio, saboreando el sabor amargo y salado, metiendo dos dedos y follándoselo mientras chupaba. La polla de Marco, todavía sensible, empezaba a endurecerse otra vez contra su propio vientre. Diego levantó la cabeza, la barbilla brillante de semen, y le escupió encima del culo abierto.
—Todavía no has cantado esa segunda canción. Y yo todavía no te he hecho tragar otra carga. Arrodíllate otra vez. Ahora.
Marco se arrastró de rodillas, temblando, la cara un desastre, el culo goteando leche por los muslos. Se puso entre las piernas abiertas de Diego, que ya se masturbaba la polla semi-dura para volver a ponerla a tope. Marco la tomó en la boca con hambre, chupando el sabor de su propio culo y del semen fresco, bajando hasta que la nariz le rozó el vello. Diego le agarró el pelo y le folló la garganta otra vez, más lento ahora, más profundo, saboreando cada atragantamiento.
—Eso… chúpala limpia. Sácalo todo. Quiero oír cómo tragas.
Marco tragó alrededor del grosor, babas espesas cayéndole otra vez. Se tocaba la polla con furia, el placer subiendo otra vez como una corriente. Diego lo sacó con un chasquido y le dio una bofetada suave en la mejilla con la polla mojada.
—Súbete a la barandilla. Quiero follarte de pie otra vez, pero esta vez vas a cantar mientras te la meto. Una canción. Ahora.
Marco se levantó, las piernas temblando, y se apoyó contra el metal. Diego se puso detrás, le abrió las nalgas y se la clavó de un empujón brutal. Marco gritó y empezó a cantar a duras penas, la voz rota, una balada sucia improvisada entre gemidos, letras que hablaban de culos abiertos y leches calientes y noches que no se acaban. Diego le follaba al ritmo de la canción, embestidas profundas que le sacudían las palabras, las manos agarrándole las caderas con fuerza de bombero.
—Más alto. Canta más alto mientras te destrozo el culo.
Marco cantaba y gemía, la voz hecha un desastre de placer, la polla rebotando otra vez. Diego le masturbaba ahora con la mano resbaladiza, al ritmo de las embestidas, y le mordía el cuello dejando moretones. El viento se llevaba la canción y los gritos. La azotea seguía siendo solo suya. El semen anterior les resbalaba por las piernas. Diego aceleró, el ritmo volviéndose salvaje otra vez, y le susurró al oído entre embestidas:
—Después de esta te voy a poner de rodillas y te voy a correr en la garganta. Y después te voy a follar otra vez contra esta puta barandilla hasta que no puedas ni hablar. Y si todavía te queda voz me vas a decir exactamente cómo quieres que te espere cuando vuelvas de Europa. Porque esta noche no se acaba hasta que yo diga.
Marco empujó el culo hacia atrás, buscando más, la polla a punto otra vez, la garganta ardiendo, el culo ardiendo, todo el cuerpo marcado y usado y pidiendo más. Diego le dio una palmada fuerte en la nalga y le mordió la oreja.
—Canta. Y después traga. La madrugada todavía es larga, cantante de mierda.
Marco seguía cantando contra la barandilla mientras Diego se lo follaba con saña, la voz rota en pedazos de balada y gemidos. Las palabras salían torcidas, sucias, improvisadas sobre la melodia que había empezado horas atrás: algo de bocas abiertas, de leches calientes que escurren por los muslos, de noches que se niegan a acabar. Cada embestida le cortaba el aliento, le hacía perder el hilo, pero Diego no aflojaba.
—Más alto, joder —gruñó el bombero, clavándole la polla hasta las bolas y sosteniéndole las caderas con fuerza bruta—. Que te oiga medio puerto. Canta mientras te abro el culo otra vez.
Marco apretó los dedos blancos contra el metal frío y obedeció. La voz le salió ronca, desgarrada, una nota larga que se quebró en un grito cuando Diego le rodeó la polla con la mano callosa y le masturbó al mismo ritmo salvaje. El glande le rozaba la barandilla con cada golpe de cadera; el precum dibujaba hilos brillantes que el viento se llevaba hacia las luces de abajo. El culo le ardía, abierto y resbaladizo, todavía lleno de la corrida anterior que salía a empujones cada vez que Diego entraba hasta el fondo. El sabor de semen y saliva le impregnaba la lengua. Quería más. Quería que lo destrozara de verdad.
Diego aceleró. Las nalgas de Marco rebotaban contra los muslos duros del bombero con un sonido húmedo y obsceno, carne contra carne, semen antiguo salpicando. Le mordió el hombro, le chupó el cuello dejando un moretón oscuro, y le susurró al oído entre embestidas:
—Cuando cantes en Europa vas a sentir esto. Cada puta nota te va a recordar cómo te la metí aquí arriba mirando la ciudad. Eres mío esta noche, cantante de mierda. Mi puta de azotea.
Marco se corrió otra vez sin aviso. La polla le saltó en la mano de Diego, chorros espesos que mancharon el metal y cayeron hacia la noche. El culo se le cerró en espasmos violentos alrededor del grosor que lo follaba, ordeñándolo. Las piernas le temblaron tanto que casi se dobló del todo sobre la barandilla. Diego no paró. Siguió embistiendo a través del orgasmo, usándolo, follándolo más profundo mientras Marco gemía sin control y la canción se convertía en un hilo de sonidos rotos.
—Todavía no —jadeó Diego—. Te vas a tragar esta.
Lo sacó de golpe. El semen anterior le siguió en un hilo blanco y espeso que resbaló por los muslos de Marco hasta las rodillas. Diego lo giró, lo empujó de rodillas otra vez sobre la manta empapada y se le plantó delante. La polla le latía gruesa, morada, brillante de jugos, a punto de reventar. Marco abrió la boca al instante, la lengua afuera, los ojos hinchados de lágrimas de esfuerzo y placer. Diego se la clavó hasta el fondo de la garganta de un solo empujón.
—Traga. Toda. Ahora.
Marco se atragantó, la garganta abriéndose a la fuerza, babas y lágrimas cayéndole por la cara hecha un desastre. Diego le sujetó la cabeza con las dos manos y le folló la boca a golpes cortos y brutales, las bolas golpeándole la barbilla. El sonido era puro sexo sucio: gorgoteos, chupeteos, gemidos ahogados. Marco se tocaba la propia polla sensible, dándose tirones lentos solo para sentirla latir otra vez. El sabor amargo y salado le llenó la boca cuando Diego gruñó como un animal, se enterró hasta el vello y se corrió a chorros calientes directo a la garganta. Marco tragó y tragó, la leche espesa bajándole por el esófago, algo rebosándole por las comisuras y cayéndole al pecho manchado. Cuando Diego se sacó, un hilo blanco unió la punta a los labios hinchados del cantante. Marco lo lamió limpio, mirándolo a los ojos, y se lo tragó todo.
—Joder… —susurró Diego, voz rota—. Qué puta boca.
Pero la noche no se acababa. Diego lo levantó otra vez, lo tumbió de espaldas sobre la manta destruida y le abrió las piernas hasta casi partirle la cadera. Se metió de un empujón brutal, misionero profundo, rodillas clavadas, manos agarrando los muslos y empujándolos hacia el pecho de Marco. La polla entraba fácil ahora, el culo destrozaado y resbaladizo, pero seguía apretando con esa avidez viciosa que los dos compartían. Empezó a embestir lento al principio, saboreando cada centímetro, después más rápido, más duro, el ritmo de alguien que no piensa parar hasta que el cuerpo del otro no dé más.
Marco arqueaba la espalda, las manos en los hombros anchos del bombero, las uñas clavándose. Cada embestida le rozaba la próstata con precisión cruel. La polla le rebotaba entre los dos vientres sudados, ya semi-dura otra vez a pesar de todo. Diego le hablaba al oído, sucio, posesivo:
—Mañana en el avión vas a sentarte con el culo ardiendo y mi leche todavía dentro. Vas a cerrar los ojos y vas a recordar cómo te abrí aquí. Y yo me voy a tocar en el cuartel pensando en este agujero tragándosela entera. Cuando vuelvas te voy a follar todavía peor. Te voy a llenar tantas veces que no vas a poder ensayar sin que se te escape la leche.
—Sí… fóllame… úsame hasta que no quede nada —jadeaba Marco, la voz hecha un desastre—. Quiero irme marcado. Quiero que cada vez que me siente en Europa sienta tu puta polla.
Diego le dio la vuelta sin salir del todo, lo puso a cuatro patas y se lo folló de perro otra vez, embestidas profundas que hacían que el cuerpo entero de Marco se sacudiera. Le dio palmadas en las nalgas hasta dejarlas rojas y calientes. Le escupió en el culo abierto y se lo metió con los dedos junto a la polla, estirándolo más, follándolo con todo. Marco gritaba abiertamente, sin vergüenza, el viento llevándose los sonidos hacia el puerto. Se masturbó con furia cuando Diego se lo ordenó y se corrió por cuarta vez esa noche, chorros débiles pero intensos que mancharon la manta ya imposible de salvar. El culo se le contrajo en espasmos y Diego se dejó llevar: se enterró hasta el fondo, gruñó el nombre de Marco y se corrió otra vez dentro, llenándolo, bombeando leche caliente que rebosó al instante y le bajó por las bolas y los muslos en hilos viscosos.
Se quedaron así, unidos, jadeando, el sudor mezclándose con el semen y la brisa salada. Diego salió despacio. El desastre que le siguió fue obsceno: un chorro blanco y espeso que resbaló libre. El bombero lo miró un segundo, ojos oscuros, y después se inclinó y le lamió el culo abierto con la lengua gruesa, limpiando su propia corrida, metiendo la lengua lo más hondo que pudo mientras Marco temblaba y empujaba hacia atrás. Fue sucio, lento, posesivo. Cuando levantó la cabeza, la barbilla le brillaba.
Se tumbaron de lado al fin, cuchara, el brazo de Diego rodeando el pecho de Marco, la mano grande todavía jugando entre las nalgas resbaladizas, metiendo un dedo de vez en cuando solo para sentir cómo el agujero seguía abierto y usado. Se besaron despacio, sabores de semen y saliva y noche. La guitarra seguía tirada a un lado. Las maletas abajo, cerradas. El avión esperando con la madrugada.
Diego le besó la nuca, la oreja, la mandíbula marcada de baba seca.
—Esa segunda canción… —murmuró—. La que me cantaste mientras te destrozaba… esa me la llevo yo. Cada noche. Y tú te llevas esto.
Marco rio bajo, exhausto, la polla blanda y sensible contra el muslo del otro, el culo palpitando. Le pasó los dedos por el pelo corto y húmedo.
—Te la canto otra vez cuando quieras. Por videollamada. O cuando vuelva y me tengas contra esta misma barandilla. Pero no creas que se acaba. Te debo más. Mucho más.
Diego le apretó el culo con posesión, le mordió el hombro suavemente y le susurró el último orden de la noche, la voz ya más baja, casi tierna debajo de la suciedad:
—Duerme un rato así. Con mi leche dentro. Y antes de que baje el sol te voy a follar una vez más, despacio, mirándote a la cara. Para que te vayas sabiendo exactamente de quién eres esta puta noche.
El silencio se instaló. Solo el viento, el olor a sexo y asfalto, las luces de la ciudad parpadeando abajo. Marco cerró los ojos, el cuerpo marcado, usado, lleno, la garganta ardiendo, el culo ardiendo, cada músculo recordando las embestidas. Pensó en el avión, en Europa, en dos años de miradas en el ascensor que por fin habían estallado. Pensó en volver. Pensó en videollamadas sucias. Pensó en esta azotea como el único lugar que importaba.
Diego lo abrazó más fuerte. La mano entre las nalgas no se movió. La respiración de los dos se igualó. La madrugada seguía siendo suya.
Y cuando el primer rayo de sol rozó la barandilla y Marco abrió los ojos de verdad, la manta estaba vacía, la guitarra no existía y él seguía solo en su cuarto del tercero, la mano dentro del pantalón y la canción a medio escribir en el cuaderno de al lado, porque Diego del tercero nunca había subido y la única polla que lo había follado toda la noche era la suya propia.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories