Probando el Vestido de su Esposa

Laura reta a Ingrid a probarse el vestido de su esposa y acaban follando como locas en tijera.

26 min read September 02, 2026New

El apartamento olía a café recién hecho y a esa calidez perezosa de las tardes de verano en las que el aire acondicionado apenas gana la batalla. Laura, de veintiocho años, curvas generosas y una sonrisa que siempre parecía estar a punto de soltar una tontería, se dejó caer en el sofá con las piernas abiertas sin ninguna elegancia. Su esposa había salido a una reunión de trabajo y, por un milagro del calendario, Ingrid se había quedado. Ingrid, treinta años, mejor amiga lesbiana de la esposa, humor ácido y esa manera de mirar que hacía que uno se preguntara si estaba bromeando o planeando un crimen.

Ingrid deambulaba por el dormitorio principal como si fuera suyo. De pronto se detuvo frente al armario entreabierto.

—Joder, Laura… ¿esto es el famoso vestido negro? —sacó la prenda con dos dedos, como si pesara demasiado pecado—. El que tu mujer se pone cuando quiere que le compren algo caro. Te juro que a mí me quedaría mejor. Tengo más pecho y menos pudor.

Laura se rio desde el sofá, pero la risa le salió un poco más grave de lo normal.

—¿Me estás retando, Ingrid?

—Te estoy diagnosticando envidia. Si te atreves, me lo pruebo. Ahora. Aquí. Y tú te callas la boquita mientras te atragantas con tu propia saliva.

Laura se levantó, caminó hasta ella y le arrebató el vestido con una sonrisa de lado.

—Póntelo. Pero si se te rompe, le dices tú que fue un accidente sexual.

Ingrid se quitó la camiseta de un tirón. Debajo no llevaba sujetador. Los pechos le rebotaron con una libertad insolente y Laura sintió un tirón bajo el ombligo que no tenía nada de amistoso. El short se fue al suelo. Ingrid se quedó en tanga negra y se metió en el vestido con movimientos exagerados, como si estuviera en un reality de transformaciones baratas.

El escote se abrió en picado. La tela se ciñó a las caderas redondas, subió entre los muslos y dejó una buena parte del culo a la vista porque el cierre se negó a subir del todo.

—Hostia —murmuró Laura, acercándose—. Pareces una prostituta cara que ha robado el armario de una señora casada. Ven, déjame “arreglarte”.

Le pasó las manos por la cintura, tiró del escote hacia abajo “para que respire” y de paso rozó con los nudillos la curva inferior de un pecho. Ingrid soltó una carcajada nasal.

—Estás manoseándome, cabrona. Y yo… joder, me estoy mojando. ¿Lo sientes? La tanga ya es un desastre. Si tu esposa viera esto diría que el vestido está maldito.

Laura se agachó un poco, miró el reflejo de ambas en el espejo de cuerpo entero y le habló al oído:

—Llevas meses mirándome el culo cuando cocino. Yo llevo meses imaginándome cómo te sabría el coño después de una discusión. ¿Lo admitimos ya o seguimos con la comedia?

Ingrid se giró. Se miraron. La risa se les quedó a medias, convertida en algo más caliente y tonto a la vez.

—Desde hace meses, sí —confesó Ingrid—. Cada vez que venías a buscarnos al bar yo me iba al baño a tocarme pensando en ti. Eres una traidora de la hermandad del matrimonio… y me encanta.

Laura no esperó más. La agarró de la nuca y la besó. Fue un beso de lengua inmediata, de dientes que rozan labios, de risas ahogadas porque ninguna de las dos podía creerse lo fácil que había sido caer. Ingrid le mordió el labio inferior y Laura respondió apretándole el culo con ambas manos a través de la tela del vestido.

—A la cama —ordenó Laura, ya sin gracia de por medio, solo hambre—. Con el vestido subido. Quiero verte hecha un desastre en la ropa de mi mujer.

Empujó a Ingrid hasta el colchón. El vestido quedó arremangado en la cintura. Laura se arrodilló entre sus piernas, le bajó la tanga con los dientes y se la sacó de un tirón. El coño de Ingrid estaba brillante, hinchado, olía a excitación y a esa loción barata que usaba siempre. Laura no perdió el tiempo: le abrió los labios con los pulgares y le pasó la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris, lenta primero, después rápida y sucia. Ingrid arqueó la espalda y le agarró el pelo con las dos manos.

—Joder, Laura… así, no pares, me estás comiendo como si te debiera dinero.

Laura metió dos dedos de golpe, curvándolos hacia arriba mientras chupaba el clítoris con fuerza. Los muslos de Ingrid temblaron. Gemia alto, sin vergüenza, y de vez en cuando soltaba una risa nerviosa porque el techo le parecía demasiado blanco para lo que le estaban haciendo.

Cuando Ingrid ya estaba al borde, se zafó, se dio la vuelta y se sentó a horcajadas sobre la cara de Laura, de espaldas, presentándole el culo.

—Ahora me lames todo —dijo, con voz ronca y divertida—. El agujero del culo también, puta. Quiero que sepas a lo que husmeas cuando finjo que solo somos amigas.

Laura obedeció con gusto. Le separó las nalgas y le recorrió el ano con la punta de la lengua, círculos húmedos y atrevidos, mientras dos dedos le follaban el coño empapado. Ingrid se balanceaba, frotándose el clítoris contra la nariz y la boca de Laura, riéndose entre gemidos.

—Más… joder, sí… me vas a hacer correrme en tu cara y después vas a tener que explicárselo al espejo.

Cuando las piernas le flaquearon, Ingrid bajó, se giró y se colocó en tijera. Entrelazaron las piernas, juntaron los coños mojados y empezaron a frotarse con movimientos rápidos, salvajes, casi torpes de lo ansiosas que estaban. El roce de clítoris contra clítoris era obsceno y resbaladizo; la tela del vestido se arrugaba entre ellas como un testigo mudo y arruinado. Laura le agarró una teta a Ingrid y le pellizcó el pezón; Ingrid le clavó las uñas en el muslo y aceleró el ritmo.

—Míranos —jadeó Laura, riéndose y gimiendo a la vez—. Dos idiotas follando en tijera con el vestido de mi mujer. Si nos pillan nos echan del edificio.

—Que nos echen —respondió Ingrid, la voz rota—. Me corro… joder, me corro ya…

El orgasmo las pilló juntas: un grito ronco de Ingrid, una carcajada ahogada de Laura que se convirtió en gemido largo mientras el coño le latía contra el de la otra. Los fluidos se mezclaron, resbalaron por los muslos, mancharon las sábanas y el forro interno del dichoso vestido. Se quedaron temblando, todavía unidas, sudadas y riéndose como adolescentes que acaban de descubrir que el pecado sabe mejor de lo que contaban.

Minutos después, todavía entre carcajadas flojas, se limpiaron con la camiseta que Ingrid había tirado al suelo. Ingrid se quitó el vestido arrugado y oloroso, lo extendió sobre la tabla de planchar que Laura tenía en el rincón del dormitorio (porque su esposa era de esas personas organizadas) y le pasó la plancha un par de veces con una sonrisa pícara.

—Listo. Casi como nuevo —dijo, devolviéndoselo a Laura colgado en la percha—. Ahora tú tienes que explicarle a tu mujer por qué su vestido favorito huele a coño recién comido. Suerte con eso, cariño.

Laura lo cogió, lo olió sin pudor y se rio.

—Le diré que fuiste tú. Que te lo probaste y te corriste encima. Ella se pondrá colorada y después me follará más duro solo de pensarlo.

Se besaron otra vez, más despacio, con cariño y con esa chispa sucia que no se había apagado del todo. Ingrid le mordisqueó el labio y le susurró:

—La próxima vez traigo yo el vibrador. Y no pienso irme tan pronto cuando ella salga… a no ser que me invites a quedarme y a manchar más ropa.

Laura la miró, todavía con el gusto de Ingrid en la boca y el vestido colgando de su mano como una prueba del delito. Fuera, el sol de la tarde empezaba a bajar y el móvil de la mesita vibró una sola vez: un mensaje de su esposa diciendo que la reunión se había acortado. Las dos lo leyeron de reojo. Ingrid arqueó una ceja, Laura se mordió la sonrisa, y ninguna de las dos se movió hacia la puerta.

El móvil vibró una sola vez más, como un recordatorio impaciente, y las dos se quedaron mirándolo sobre la mesita como si fuera una granada a punto de estallar. Laura sintió el corazón latirle en la garganta, no de miedo exactamente, sino de esa adrenalina absurda que te sube cuando sabes que estás haciendo algo estúpido y delicioso a la vez.

—Se está acercando —murmuró, sin soltar el vestido—. Diez minutos, a lo sumo. El tráfico de esta hora es una puta broma, pero si coge el atajo…

Ingrid se rio, todavía desnuda, con el pelo revuelto y el brillo de la excitación anterior pegado a los muslos. Se acercó, le arrebató el vestido de las manos y lo tiró al suelo otra vez, como si le importara una mierda el planchado improvisado.

—Entonces tenemos nueve. Ocho si quieres ser precavida. Yo prefiero ser una puta imprudente. Quítate esa camiseta ya, Laura. Quiero verte las tetas mientras me follas con los dedos y el reloj corre.

Laura no dudó. Se sacó la ropa de un tirón, se quedó en bragas —esas de algodón cómodo que ahora le parecían ridículas— y se las bajó también. Ingrid silbó bajo, apreciativa, y le dio una palmada en el culo que resonó en la habitación.

—Hostia, qué culo de casada traidora. Ven aquí.

La empujó contra el espejo de cuerpo entero. El cristal estaba frío contra la espalda de Laura, un contraste delicioso con el calor que le subía entre las piernas otra vez. Ingrid se arrodilló delante, le abrió los muslos con las manos y le lamió el coño de una sola pasada larga, sucia, ruidosa. Laura soltó un gemido y se agarró al marco del espejo.

—Joder, Ingrid… mi mujer puede llegar en cualquier momento y tú me estás comiendo como si no hubiera un mañana.

—Precisamente por eso —respondió Ingrid entre lametones, la voz pastosa de saliva y de Laura—. Quiero que cuando ella entre huelas a mí. Que te quede el gusto en la lengua y el coño hinchado. Que te cueste caminar recto. Dime que te gusta el riesgo, puta.

—Me encanta —jadeó Laura, riéndose nerviosa mientras Ingrid le chupaba el clítoris con fuerza—. Eres una cabrona… así, más lengua, joder.

Ingrid metió tres dedos de golpe, sin piedad, curvándolos hacia dentro y follándola con ritmo rápido, húmedo, obsceno. El sonido chapoteaba en la habitación silenciosa. Laura se arqueó, se miró en el espejo: ella desnuda, las piernas abiertas, Ingrid de rodillas con el culo en pompa y la cara enterrada entre sus muslos. Se corrió rápido, demasiado rápido, un orgasmo corto y violento que le dobló las rodillas y le arrancó una carcajada ahogada.

—Mírate —se burló Ingrid, poniéndose de pie y lamiéndose los labios—. Te has corrido en menos de tres minutos. Eres un desastre. Ahora me toca a mí otra vez.

La giró, la tumbió de espaldas en la cama y se le montó a horcajadas al revés, ofreciéndole el coño empapado a la boca mientras ella se inclinaba hacia el de Laura. Sesenta y nueve torpe, riendo las dos porque las piernas se enredaban y el pelo se pegaba a la saliva. Laura le abrió los labios con los pulgares y le clavó la lengua dentro, chupando, bebiendo, mientras Ingrid le devolvía el favor con ruidos obscenos y dedos que se metían también por detrás, juguetones, atrevidos.

—El culo también, dije —gruñó Ingrid contra el coño de Laura—. Quiero que me dejes marca. Que mañana cuando me siente en el bar note que me has follado bien.

Laura obedeció. Le lamió el ano con lengua plana, después con la punta, después le metió un dedo lubricado de saliva y de fluidos mientras chupaba el clítoris hinchado. Ingrid se retorcía, se frotaba la cara contra el coño de Laura, gemía y se reía a la vez.

—Eres… joder… eres peor que yo. Imagínate si tu mujer abre la puerta ahora. Nos ve así: yo con el dedo en el culo y tú tragándome el coño. ¿Qué le dirías?

—Que… ah, joder, no pares… que estabas ayudándome a probar el vestido —rió Laura, la voz rota—. Que se nos fue de las manos. Que te invito a quedarte a cenar y a follarnos las dos juntas si quiere.

Ingrid se corrió contra su boca, un temblor largo, un grito sofocado contra el muslo de Laura. Los jugos le resbalaron por la barbilla. Apenas se recuperó, se giró, se colocó otra vez en tijera, pero esta vez más salvaje, más desesperada. Entrelazaron las piernas con fuerza, juntaron los coños mojados y empezaron a frotarse como locas, clítoris contra clítoris, labios resbalando, caderas chocando. El colchón crujía. El vestido negro seguía tirado en el suelo, testigo mudo y arrugado.

Laura le agarró una teta, le pellizcó el pezón duro, le clavó las uñas en el culo. Ingrid le devolvió el favor mordiéndole el hombro y acelerando el ritmo hasta que el roce se volvió casi doloroso de lo bueno que era.

—Más fuerte —pidió Laura, sudando, riéndose entre jadeos—. Quiero correrme otra vez antes de que llegue. Quiero que me duela el coño de tanto follarte.

—Puta casada —jadeó Ingrid—. Te voy a dejar el coño rojo. Que cuando ella te toque esta noche notes que ya te he usado yo.

Se frotaron más rápido, torpes, ansiosas, los fluidos mezclándose otra vez, resbalando por los muslos y manchando las sábanas limpias. Laura sentía el orgasmo subiendo otra vez, esa presión dulce y urgente en el bajo vientre. Ingrid también: se le veía en la cara, en cómo se le abría la boca y se le entrecerraban los ojos.

El móvil vibró de nuevo. Las dos lo ignoraron. Segían follando, el roce cada vez más resbaladizo y obsceno, gemidos cada vez más altos.

—Me corro —avisó Ingrid, la voz hecha un hilo—. Joder, Laura, me corro en el coño de la esposa de mi mejor amiga…

—Juntas —exigió Laura, agarrándola de la cadera y apretándola más contra sí—. Ahora.

El segundo orgasmo las atravesó como una corriente. Laura gritó, se rio, se retorció. Ingrid maldijo en voz alta y se derrumbó un poco hacia delante, todavía frotándose en espasmos. Se quedaron así unos segundos, temblando, con los coños palpitando uno contra el otro, el sudor pegándoles la piel.

Entonces se oyó el ruido inconfundible de llaves en la cerradura de la puerta principal.

Las dos se quedaron heladas un segundo. Después Ingrid soltó una carcajada baja, casi histérica, y se levantó de un salto.

—Mierda. Mierda, mierda.

Laura se incorporó, el corazón a mil. Se miraron. El vestido en el suelo. Las sábanas hechas un desastre. El olor a sexo impregnándolo todo. Ingrid, en lugar de vestirse a toda prisa, se limitó a recoger su tanga y su camiseta, pero no se las puso. Se quedó desnuda, con una sonrisa de lado, y le susurró a Laura:

—No te vistas del todo. Deja que te vea así. O mejor… esconde el vestido bajo la cama y yo me meto en el armario. Quiero oír cómo le mientes. Y después, cuando se vaya a duchar, salgo y te follo otra vez contra la puerta.

Laura la miró, con el coño todavía latigando y la risa nerviosa subiendo por la garganta. El sonido de la puerta abriéndose llegó desde el pasillo. Pasos. La voz familiar de su esposa llamándola desde la entrada.

—¿Laura? Cariño, he llegado antes. ¿Estás en casa?

Ingrid se mordió el labio, le dio un último beso húmedo y rápido a Laura, le chupó el pezón de pasada y se deslizó hacia el armario de puertas correderas, dejándolo entreabierto lo justo. Laura se quedó en la cama, desnuda, el vestido negro asomando por debajo del colchón como una confesión a medio hacer, y el gusto de Ingrid todavía fresquito en la boca.

Escuchó los pasos acercándose por el pasillo. El corazón le latía desbocado. Entre las rendijas del armario, los ojos de Ingrid brillaban, expectantes, y una mano se deslizaba ya entre sus propias piernas otra vez, sin ningún pudor.

Laura se pasó la lengua por los labios, se acomodó las sábanas a medias sobre las caderas y contestó con voz un poco ronca, conteniendo la carcajada:

—Estoy en el dormitorio… entra. Tengo algo que contarte.

Los pasos de Sofía resonaron por el pasillo como un metrónomo impaciente. Laura se acomodó las sábanas justo por encima del pubis, lo bastante para fingir pudor y lo bastante poco para que se le vieran las tetas todavía marcadas por los chupetones de Ingrid. El corazón le palpitaba en la garganta, mezclado con esa risa nerviosa que le subía cada vez que oía el crujido de las puertas del armario. Allí dentro, Ingrid se estaba tocando sin el menor disimulo; Laura lo sabía por el leve chapoteo húmedo y por el brillo de esos ojos que la miraban entre las rendijas.

La puerta se abrió de golpe.

Sofía entró con la chaqueta de blazer todavía abrochada, el bolso colgando de un hombro y esa expresión de “me he librado antes y ahora te voy a follar la siesta entera”. Se plantó en el umbral, olió el aire y arqueó una ceja.

—Joder, Laura… huele a coño de puticlub barato y a plancha quemada. ¿Te has estado masturbando con mi vestido otra vez, cabrona? Porque juro que ese aroma no es solo tuyo.

Laura soltó una carcajada ronca, se pasó la lengua por los labios —todavía sabía a Ingrid— y se incorporó un poco, dejando que una teta se escapara del todo.

—Cariño, siéntate. O mejor… quítate esa chaqueta. Tengo una confesión que te va a poner más caliente que el aire acondicionado estropeado. Verás… Ingrid pasó a dejarme unas cosas y… bueno, se le ocurrió probarse tu vestido negro. El de las compras caras. Y se nos fue un poquito de las manos.

Sofía dejó el bolso en la silla, se desabrochó el blazer con dedos lentos y una sonrisa torcida que Laura conocía demasiado bien: la sonrisa de “esto me gusta más de lo que debería”.

—¿Un poquito? —repitió, acercándose a la cama. Se inclinó, olió el cuello de Laura y le mordisqueó la oreja—. Llevas el coño hinchado, sudas a sexo y mi vestido está asomando debajo del colchón como un cadáver. ¿Dónde está Ingrid exactamente? Porque si se ha ido sin despedirse te juro que la busco solo para darle las gracias.

Desde el armario llegó un ruido ahogado, mitad risa, mitad gemido. Sofía se enderezó, miró las puertas correderas y se rio bajito, un sonido sucio y divertido.

—Ah, no me jodas. Está dentro. Ingrid, sal de ahí, puta exhibicionista. Quiero ver la cara que pones después de follarte a mi mujer en mi propia cama.

Ingrid deslizó la puerta con una teatralidad ridícula, todavía desnuda, los dedos brillantes de sus propios jugos y el pelo hecho un nido. Saludó con dos deditos húmedos.

—Hola, Sofía. Precioso el vestido, por cierto. Me lo corrí encima dos veces y aún así queda mejor en mí. ¿Te importa si me quedo a la sobremesa? Porque Laura me ha dejado el coño hecho un desastre y ahora te toca a ti rematar la faena.

Sofía se quitó la blusa de un tirón. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro que contrastaba con la risa abierta que se le escapó.

—Os voy a matar… después de correrme. Los dos. Las tres. Como sea. Laura, ábrele las piernas a esta cabrona otra vez. Quiero ver cómo os frotáis mientras yo me desvisto.

Laura no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Tiró de Ingrid hacia la cama, la tumbó de espaldas y se colocó entre sus muslos de un salto torpe, riéndose porque casi se cae. Juntó su coño todavía resbaladizo contra el de Ingrid y empezó a mover las caderas en círculos lentos, obscenos, el clítoris rozando el de la otra con ese sonido húmedo que llenaba la habitación. Sofía se bajó la falda y las bragas de un solo movimiento, se subió a la cama de rodillas y se acercó al rostro de las dos.

—Más fuerte, idiotas. Quiero oír cómo se chocan. Ingrid, ábrete bien. Laura, pellízcale las tetas como si fueran mías.

Ingrid arqueó la espalda y le ofreció el pecho a Laura, que le retorció los pezones mientras aceleraba el tijera. Los fluidos se mezclaban otra vez, resbalaban por el culo de Ingrid y manchaban las sábanas ya perdidas. Sofía se pasó dos dedos por su propio coño, se los metió hasta el fondo y después se los acercó a la boca de Laura.

—Chupa. Quiero que sepas a las tres a la vez. Y tú, Ingrid, no te rías tanto o te vas a atragantar con tu propia saliva.

Laura chupó los dedos de su esposa con lengua plana, gimiendo contra ellos mientras seguía frotándose contra Ingrid. El roce era cada vez más resbaladizo, casi violento; los clítoris se golpeaban, se aplastaban, se buscaban. Ingrid soltó una carcajada que se le quebró en gemido.

—Sofía… tu mujer me está follando el coño como si le debiera el alquiler. Y tú mirándonos… joder, pásame esa mano. Quiero tus dedos dentro mientras ella me frota.

Sofía obedeció. Se agachó, le metió dos dedos a Ingrid de golpe —el coño ya estaba tan abierto y mojado que entraron sin resistencia— y los curvó hacia arriba al ritmo de las caderas de Laura. Con la otra mano se agarró una teta y se pellizcó el pezón, mirándolas como quien ve el mejor reality show de su vida.

—Sois un desastre. Mi vestido favorito apesta a corrida, las sábanas están para tirarlas y yo… yo me estoy chorreando solo de veros. Laura, bájate un segundo. Quiero probar a esa traidora yo misma.

Laura se apartó jadeando, con el coño palpitándole y una sonrisa idiota. Sofía se tumbió entre las piernas de Ingrid, le abrió los labios con los pulgares y le pasó la lengua desde el perineo hasta el clítoris en una lamida larga, ruidosa, posesiva. Ingrid se agarró a la cabeza de Sofía y le empujó la cara contra su coño.

—Así, casada de mierda… cómeme como si Laura no existiera. Ah, joder, sí, mete la lengua.

Laura no se quedó quieta. Se colocó a horcajadas sobre el rostro de Ingrid al revés, ofreciéndole el coño empapado, y al mismo tiempo se inclinó hacia Sofía para lamerle el culo mientras su esposa se comía a la amiga. El tresillo era torpe, lleno de codos, risas ahogadas y chapoteos. Ingrid lamia a Laura con hambre, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua; Sofía follaba a Ingrid con tres dedos y le lamia el ano de vez en cuando solo para oírla maldecir; Laura le mordisqueaba las nalgas a su esposa y le metía un dedo lubricado de saliva.

—El reloj… —jadeó Laura entre risas y gemidos—. Si alguien llama al timbre ahora mismo nos pillan las tres hechas un monstruo de coños y tetas. Sofía, más profundo… quiero que Ingrid se corra en tu boca y después me la pases con un beso.

Sofía gruñó contra el coño de Ingrid, aceleró los dedos y chupó el clítoris con fuerza hasta que Ingrid se arqueó entera, gritó un “me corro, putas” y se deshizo en espasmos largos, chorreando contra la lengua de Sofía. Laura bajó enseguida, le besó a su esposa con la boca abierta y se pasó los jugos de Ingrid de una lengua a la otra, riéndose porque sabía a las dos y al desastre completo.

No pararon. Sofía se tumbió de espaldas, Laura se le montó en tijera salvaje y Ingrid se arrodilló detrás de Laura, separándole las nalgas para lamerle el culo mientras las dos esposas se frotaban clítoris contra clítoris como posesas. El colchón protestaba. El aire olía a sexo denso, a sudor dulce, a vestido abandonado. Laura le agarró las tetas a Sofía, le retorció los pezones y aceleró hasta que el roce se volvió casi doloroso de lo bueno que era.

—Míranos —jadeó Sofía, riéndose y gimiendo a la vez—. Mi mejor amiga lamiéndote el culo mientras tú me follas el coño con el tuyo. Si esto no es el cielo de las lesbianas casadas, que baje Dios y lo vea… aunque prefiero que no baje todavía.

Ingrid metió la lengua más adentro del ano de Laura, le dio palmadas en las nalgas y después deslizó dos dedos en su coño desde atrás, follándola al mismo ritmo del tijera. Laura sentía que se deshacía: el clítoris de Sofía resbalando contra el suyo, los dedos de Ingrid curvándose, la lengua en el culo… todo a la vez. El orgasmo le subió como una risa histérica convertida en grito.

—Joder, me corro… las dos… las tres…

Se retorció, apretó las caderas contra Sofía y se corrió en oleadas, mojándola, riéndose sin control. Sofía la siguió segundos después, clavándole las uñas en los muslos y maldiciendo el nombre de las dos. Ingrid se frotó el clítoris con la mano libre hasta corrirse otra vez, goteando sobre los muslos de Laura.

Se quedaron hechas un ovillo sudado, temblando, todavía tocándose sin pudor. Sofía le mordió el hombro a Laura y miró a Ingrid con los ojos entrecerrados y brillantes.

—Nadie se va a duchar todavía. Ingrid, tráeme ese vibrador que sé que llevas en el bolso. Laura, no limpies nada. Vamos a manchar el otro lado de la cama y después… después hablamos de cómo le explicamos al vecino de abajo por qué hemos gritado tanto. Porque esto no ha terminado. Ni de coña.

Ingrid se levantó tambaleante, buscó en su bolso con una sonrisa de lado y sacó el juguete negro, grueso, ya con las pilas puestas. Lo hizo zumbar una vez, solo para que el sonido llenara la habitación. Laura se lamió los labios, miró el vestido arrugado en el suelo y después a su esposa y a su amante, el coño todavía latiéndole y la cabeza llena de ideas peores.

Fuera, en la calle, un coche tocaba la bocina. Dentro, el vibrador zumbaba más fuerte mientras Ingrid se acercaba otra vez a la cama con los ojos brillantes de hambre y Sofía abría más las piernas, invitándolas a las dos a la vez. El aire acondicionado seguía perdiendo la batalla y ninguna de las tres tenía la menor intención de rendirse.

El vibrador zumbó otra vez en la mano de Ingrid, un ronroneo grave y obsceno que llenó el dormitorio como si el puto juguete también se estuviera riendo de ellas. Sofía abrió más las piernas, el coño hinchado y brillante, todavía goteando de la corrida anterior, y le hizo un gesto con dos dedos.

—Ven aquí, cabrona. Quiero que me lo metas mientras Laura me mira y se toca. Y si te ríes demasiado te lo saco y te lo clavo a ti hasta que pidas perdón por el vestido.

Ingrid se subió a la cama de rodillas, el culo en pompa, las tetas balanceándose. Se inclinó entre los muslos de Sofía y le pasó la lengua una vez, lenta, saboreando el sabor mezclado de las tres. Después apoyó la cabeza del vibrador contra el clítoris hinchado y lo hizo girar en círculos cortos. Sofía arqueó la espalda y soltó una carcajada que se le quebró en gemido.

—Joder, sí… así de cabrona. Laura, no te quedes mirando como una monja. Siéntate en mi cara. Quiero tragarte mientras esta puta me folla con plástico.

Laura no necesitaba que se lo pidieran dos veces. El corazón todavía le latía a mil por el susto de las llaves, pero ahora la adrenalina se le había convertido en una risa caliente que le subía por la garganta. Se colocó a horcajadas sobre la boca de su esposa, de espaldas a la cabecera, y bajó el coño resbaladizo justo cuando Sofía abrió la boca. La lengua de Sofía la encontró de inmediato: plana, sucia, metiéndose entre los labios y chupando el clítoris con ruidos obscenos. Laura se agarró al cabecero y miró hacia abajo: Ingrid empujando el vibrador dentro de Sofía centímetro a centímetro, la cara concentrada y una sonrisa de lado.

—Hostia, qué apretada estás todavía —murmuró Ingrid—. Parece que el matrimonio te deja el coño virgen de tanto fingir que eres la esposa perfecta. ¿Quieres más?

—Mételo entero, idiota —jadeó Sofía contra el coño de Laura—. Y no pares. Quiero correrme con el juguete y con la lengua de mi mujer al mismo tiempo.

Ingrid empujó hasta el tope. El zumbido se apagó un segundo dentro de la carne y después volvió más fuerte cuando le subió la potencia. Sofía gritó contra Laura, la vibración recorriéndole el vientre y subiéndole hasta la boca. Laura sintió cómo la lengua de su esposa se volvía más torpe, más desesperada, y se rio bajito mientras se frotaba contra esa cara.

—Míranos —dijo Laura, la voz ronca de risa y de placer—. Tú con el vibrador hasta el fondo, yo sentada en tu cara y Ingrid… joder, Ingrid, ¿qué haces ahora?

Ingrid se había agachado más. Con una mano sostenía el juguete y con la otra separaba las nalgas de Sofía para lamerle el ano con lengua plana, círculos húmedos y atrevidos mientras el vibrador follaba el coño. Sofía se retorció, le clavó las uñas en los muslos a Laura y se corrió de golpe: un temblor largo, un grito sofocado contra el coño de su esposa, los jugos chorreando alrededor del juguete y resbalando hacia la lengua de Ingrid.

—Putas… las dos… —consiguió decir Sofía entre espasmos—. No… no lo saquéis todavía.

Ingrid no lo sacó. Bajó la potencia un punto, lo dejó zumbar suave dentro y se subió hasta la cara de Laura. La besó con la boca llena del sabor de Sofía, lengua contra lengua, riéndose porque las dos sabían a la misma mujer. Laura le mordió el labio y le susurró:

—Ahora tú. Quiero verte montada en ese juguete mientras yo te chupo las tetas y Sofía nos mira como si estuviéramos arruinándole el matrimonio… que de hecho lo estamos haciendo, pero con estilo.

Sofía se incorporó jadeando, el pelo pegado a la frente, los ojos brillantes de lujuria y de esa diversión absurda que solo aparece cuando has pillado a tu mujer y a tu mejor amiga follando en tu cama y decides unirte en vez de tirar la vajilla. Sacó el vibrador de su propio coño con un sonido chapoteante y se lo pasó a Ingrid.

—Póntelo tú, exhibicionista. Y Laura, tú detrás. Quiero un sandwich de coños y tetas que el vecino de abajo confunda con un terremoto.

Ingrid se tumbió de espaldas, abrió las piernas y se metió el vibrador de un empujón. El zumbido se volvió más agudo cuando le subió al máximo. Laura se colocó entre sus muslos, juntó su coño contra el de Ingrid justo encima del juguete y empezó a frotarse. El plástico vibraba contra los dos clítoris a la vez, resbaladizo de fluidos, casi doloroso de lo intenso que era. Sofía se arrodilló a un lado, le agarró una teta a cada una y las pellizcó al ritmo de las caderas.

—Más fuerte, idiotas —ordenó, riéndose—. Quiero oír cómo se chocan. Ingrid, dime la verdad: ¿cuántas veces te has corrido pensando en follarte a mi mujer antes de hoy?

—Demasiadas —jadeó Ingrid, arqueando la espalda, el vibrador y el coño de Laura aplastándole el clítoris—. Cada vez que veníais al bar… me iba al baño… y me tocaba imaginándome el vestido negro subido hasta la cintura y Laura comiéndome el culo. Joder… así… no pares.

Laura aceleró. El roce era salvaje, torpe, los muslos temblando, el juguete atrapado entre ellas como un tercer amante ruidoso. Sofía se inclinó y le lamió el pezón a Ingrid, después el de Laura, después bajó a chupar donde se juntaban los dos coños, lengua loca repartiendo lametones a las dos a la vez. El colchón crujía. El aire acondicionado seguía perdiendo la batalla y el olor a sexo era tan denso que casi se podía morder.

Laura sintió el orgasmo subir otra vez, esa presión dulce y urgente que le hacía reír y gemir al mismo tiempo. Se agarró al muslo de Ingrid, le clavó las uñas y se corrió con un grito ronco, mojando el vibrador y el coño de la otra. Ingrid la siguió segundos después: se arqueó entera, maldijo el nombre de Sofía y de Laura en la misma frase y se deshizo en espasmos largos, el juguete todavía zumbarle dentro.

No se detuvieron. Sofía les quitó el vibrador, se lo llevó a la boca para lamerlo limpio con lengua lenta y teatral, y después se lo pasó a Laura.

—Ahora me lo metes tú a mí otra vez. Pero esta vez Ingrid te lame el culo mientras lo haces. Quiero el trío completo antes de que se nos olvide cómo se camina.

Laura se rio, todavía temblando, y empujó a su esposa de espaldas. Le abrió las piernas, le frotó el cabezal del vibrador por el clítoris hinchado y se lo metió de un golpe seco. Sofía gritó de placer y de risa. Ingrid se colocó detrás de Laura, le separó las nalgas con las dos manos y le metió la lengua en el ano sin avisos, círculos profundos, sucios, mientras Laura follaba a Sofía con el juguete a ritmo rápido y húmedo.

—Eres… una… puta… imprudente —jadeaba Sofía, mirando a las dos—. Mi vestido… mi cama… mi mujer… y ahora mi culo también, porque Ingrid no para de mirármelo. Ingrid, cuando termines con Laura vente aquí y lámelo tú también. Quiero que las dos me dejen marca.

Ingrid obedeció en cuanto Laura se corrió otra vez, un orgasmo corto y violento que le dobló las rodillas. Se arrastró hasta Sofía, le levantó las piernas y le lamió el ano con la misma hambre mientras Laura seguía metiendo y sacando el vibrador del coño. Sofía se agarró a las sábanas, gritó el nombre de las dos y se corrió chorreando, el cuerpo entero en espasmos, riéndose sin control porque el techo le parecía demasiado normal para lo que le estaban haciendo.

Se derrumbaron las tres en un ovillo sudado, temblando, todavía tocándose sin pudor. El vibrador quedó zumbando flojo entre las almohadas. El vestido negro seguía en el suelo, arrugado y oloroso, como un trofeo de guerra. Laura se pasó la lengua por los labios, saboreando a las dos, y miró el móvil olvidado en la mesita. Ningún mensaje nuevo. El mundo exterior podía esperar.

Sofía les mordisqueó el hombro a cada una, primero a Laura, después a Ingrid, y soltó una carcajada floja.

—Nadie se ducha. Nadie limpia. Vamos a pedir comida china desnudas y a manchar el sofá también. Ingrid, te quedas a cenar. Y a dormir. Y a lo que salga mañana cuando me tenga que ir otra vez a una reunión absurda.

Ingrid se incorporó un poco, el pelo hecho un nido, los dedos todavía brillantes, y miró a las dos esposas con esa sonrisa de lado que había empezado todo.

—De acuerdo. Pero solo si me dejáis probarme el vestido rojo la próxima vez. El que aprieta más. Y si se rompe… esta vez lo explicáis vosotras dos juntas.

Laura se rio, le dio un pellizco en el culo a Ingrid y después a Sofía, y se acomodó entre las dos, el coño todavía latiéndole y la cabeza llena de ideas peores.

Sofía le susurró al oído, la voz ronca de sexo y de diversión absurda:

—¿Y si la próxima vez que salga a una reunión te dejo las llaves y el armario abierto… te atreves a follártela otra vez y a dejarme el vestido todavía más destruido para cuando vuelva?

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