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Revelación Prohibida en el Cuarto Oscuro con la Madre de mi Mejor Amigo

Carlos, de 24 años, folla salvajemente a Harriet, la madrastra de 42 de su mejor amigo, en el cuarto oscuro.

12 min read October 06, 2026New

Soy Carlos, tengo veinticuatro años, y esta verano me lo estoy pasando en la casa de mi mejor amigo Diego, en las afueras. La casa huele a madera vieja y a café de la mañana. Diego trabaja a veces hasta tarde con su padre, Victor, y yo me quedo merodeando por la cocina, el jardín, el sótano. Allí vive Harriet, la madrastra de Diego. Cuarenta y dos años, casada con Victor, cuerpo voluptuoso que no se esconde ni debajo de esos vestidos sueltos que lleva en casa: caderas anchas, pechos pesados que se marcan cuando se inclina a sacar algo del frigorífico, muslos firmes y una boca gruesa que siempre parece a punto de sonreír con doble sentido.

Desde el primer día noté su mirada. No era la de una anfitriona educada. Era hambrienta. Me rozaba “sin querer” al pasar el salero. Su pecho rozaba mi brazo cuando me servía más vino. Una mañana me pilló en calzoncillos yendo al baño y no apartó los ojos; se los bajó despacio por mi pecho, por la erección medio dormida, y solo dijo, con voz ronca:

—Perdona, Carlos. No esperaba verte despierto tan temprano.

Los dos sabíamos que aquello no debía alimentarse. Si Victor o Diego se enteraban, se iba al carajo la amistad de toda la vida y el matrimonio de ella. Precisamente por eso me ponía duro cada vez que ella entraba en la cocina en camisón corto, sin sujetador, los pezones marcados contra la tela fina. Yo me obligaba a pensar en otra cosa. Fallaba.

Una noche, pasada la una, Diego roncaba arriba y Victor hacía lo mismo en el otro extremo del pasillo. Yo bajé al sótano porque no pegaba ojo. Había un cuarto oscuro antiguo al fondo, de cuando alguien de la familia revelaba fotos. La luz roja de seguridad estaba encendida a medias; olía a químicos viejos y a polvo. Estaba revisando una caja de negativos cuando la puerta chirrió.

Harriet entró en silencio. Llevaba un vestido negro simple, sin sujetador, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Cerró detrás de ella.

—No esperaba encontrarte aquí —susurró—. Vi la luz.

Me quedé quieto. El corazón me golpeaba la garganta.

—No podía dormir. Estaba curioseando.

Ella se acercó. En la penumbra rojiza su piel parecía más cálida. Se detuvo a un paso.

—Desde que llegaste no dejo de mirarte —dijo sin rodeos, voz baja para que no subiera el sonido—. Tengo cuarenta y dos años, Carlos. Estoy casada. Soy la madrastra de tu mejor amigo. Y aun así… llevo meses fantaseando contigo. Con esa polla que se te marca cuando te pones nervioso cerca de mí. Con follarte en cualquier rincón de esta casa. Es asqueroso y está mal. Y me pone wet cada puta noche.

El aire se espesó. Sentí la sangre bajar de golpe.

—Yo también —confesé, la voz ronca—. Desde el primer roce en la cocina. Sé que si nos pillan se jode todo. Diego, Victor, todo. Y eso me pone todavía más duro. Quiero metértela sabiendo que eres tabú.

Sus dedos rozaron mi antebrazo, subieron despacio hasta el codo, como probando. Luego se cerraron en mi camiseta y me atrajo. El beso no fue suave. Fue desesperado, dientes, lengua, saliva. Ella gimió dentro de mi boca cuando apreté su culo con las dos manos y noté lo blando y grande que era. Mis dedos se hundieron en la carne. Ella empujó la cadera contra mi erección.

—Dios, qué dura la tienes —jadeó contra mis labios—. Quiero chupártela ahora mismo. Aquí. Antes de que se me pase el valor.

No me lo pensé. Me apoyé contra la mesa de revelado. Harriet se arrodilló en el suelo de cemento frío sin importarle. Me desabrochó el pantalón con prisa, bajó la cremallera y sacó mi polla. Estaba gruesa, venosa, palpitando. Ella me miró desde abajo con ojos de puta prohibida, labios entreabiertos, y sin más preámbulos me la metió entera hasta la garganta.

—Joder, Harriet…

Chupaba con ansia, babosa, profunda. La cabeza de mi polla golpeaba el fondo de su garganta y ella no se retiraba; tragaba, salivaba, usaba la lengua por debajo mientras una mano me apretaba los huevos. El sonido húmedo llenaba el cuarto oscuro. Yo le agarré el pelo y le marqué el ritmo, follándole la boca con cuidado al principio y después más brusco. Ella gemia alrededor de mi polla, saliva resbalándole por la barbilla hasta el escote.

—Mírame —ordené en un susurro—. Mírame mientras te la tragas como la zorra casada que eres.

Sus ojos se alzaron, brillantes, y se la volvió a tragar hasta el fondo, lágrimas de esfuerzo en las comisuras. Cuando ya no aguanté más la saqué con un sonido obsceno. Harriet se levantó jadeando, labios hinchados y brillantes.

La giré y la empujé contra la pared de ladrillo. Le subí el vestido hasta la cintura. Debajo no llevaba bragas —o se las había quitado antes—, solo un coño afeitado, hinchado, chorreando. Le arranqué lo que quedaba de tela de las bragas que sí traía medio bajadas y se las metí en el bolsillo. Abrí sus piernas con la rodilla, levanté una de ellas y se la enganché a mi cadera. La cabeza de mi polla buscó su entrada empapada y la empujé de un solo golpe hasta el fondo.

Harriet soltó un grito ahogado que sofocó contra mi hombro.

—Sí… así, duro —jadeó—. Fóllame como si no hubiera mañana.

La follé en misionero contra la pared, levantándole la pierna, profundizando en ese coño caliente y apretado que me chupaba la polla con cada embestida. El sonido de piel contra piel era obsceno en el silencio del sótano. Sus pechos rebotaban dentro del vestido; se lo bajé y se los saqué, chupándole un pezón grueso mientras le daba embestidas largas y brutales. Ella se aferraba a mis hombros, uñas clavándose, gimiendo mi nombre en susurros rotos.

—Más fuerte, Carlos… joder, qué bien me la metes…

La giré. La puse de espaldas a mí, manos contra la pared, culo en alto. Le aparté los labios del coño con los pulgares y la penetré de nuevo por detrás, hasta los huevos. Empecé a darle nalgadas secas, fuertes, dejando la marca roja en esa carne blanda.

—Qué zorra eres —le gruñí al oído, follándola sin piedad—. Follándote al mejor amigo de tu hijastro en el cuarto oscuro de su casa. Con tu marido durmiendo arriba. Dilo.

—Soy… una puta —jadeó ella entre embestidas—. Una puta casada que se deja follar por el amigo de Diego… ah, sí, así… nalgéame más…

Le di otra y otra. El coño se le contraía alrededor de mi polla cada vez que la palabra “prohibido” salía de mi boca. La saqué casi del todo y la volví a clavar de golpe. Harriet temblaba.

La llevé hasta la mesa vieja de revelado, llena de bandejas vacías y papeles. Me senté en el borde y la subí a caballo. Ella se colocó, me guió la polla otra vez dentro y se dejó caer hasta el fondo con un gemido largo. Empezó a cabalgarme salvajemente, caderas circulando, pechos rebotando a centímetros de mi cara. Yo le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a subir y bajar más fuerte, más hondo, follándola desde abajo mientras ella se corría en oleadas, el coño apretándome en espasmos.

—Me voy a correr dentro —avisé entre dientes—. ¿Quieres mi leche, Harriet?

—Sí… lléname… córrete dentro de esta puta de madrastra… —rogó, y se inclinó a besarme con lengua y dientes mientras rebotaba más rápido.

Sentí el nudo subir. La apreté contra mí y me corrí profundo, chorros calientes llenándole el coño mientras ella gritaba de placer contra mi boca, corriendo a la vez, el cuerpo sacudido. Seguimos moviéndonos unos segundos más, resbaladizos, hasta que nos quedamos quietos, jadeantes, sudorosos, mi polla todavía dentro, latiendo.

El silencio del sótano volvió a caer, solo roto por nuestras respiraciones. Harriet me besó entonces con una ternura que contrastaba con todo lo anterior: labios suaves, lengua lenta, manos en mi cara. Se separó un poco, me miró a los ojos en la luz roja.

—Esto será nuestro secreto sucio —susurró contra mi boca—. Cada vez que vuelvas a visitarlos. Cada vez que Diego y Victor no miren. Voy a follarte en esta casa como la zorra que soy por ti. Y nadie se va a enterar.

Se levantó despacio. Mi semen le resbaló por el muslo interno. Se bajó el vestido, se alisó el pelo con los dedos, se pasó el dorso de la mano por la boca. Todavía temblaba un poco de las piernas. Yo me metí la polla, aún sensible, en el pantalón.

Antes de abrir la puerta se giró una última vez, sonrisa sucia y peligrosa.

—Mañana por la noche Victor se va un rato al club. Diego dijo que salía con unos amigos. Habrá un hueco. No te duermas temprano, Carlos.

Salió. El clic suave de la puerta me dejó solo en el cuarto oscuro, oliendo a sexo y a químicos viejos, con el corazón todavía desbocado y la certeza de que aquello no había hecho más que empezar.

La casa estaba en silencio cuando bajé otra vez. Habían pasado veinticuatro horas y el cuerpo me pedía más. Victor se había ido al club como prometió; Diego salió con los amigos sin ni mirar atrás. Solo quedábamos Harriet y yo. La luz roja del cuarto oscuro ya estaba encendida cuando empujé la puerta. Ella me esperaba de pie junto a la mesa de revelado, el mismo vestido negro de la noche anterior, pero esta vez más corto, subido casi hasta la mitad del culo. Sin bragas. Los pezones duros le marcaban la tela.

—Sabía que vendrías —dijo, voz baja y cargada—. Toda la puta tarde me he tocado pensando en cómo me llenaste ayer. El coño todavía me escurría tu leche cuando me duché esta mañana. Diego me preguntó por qué olía raro el sótano. Casi le digo la verdad solo por oír su cara.

Me acerqué sin hablar. La agarré del cuello y la besé con la misma brutalidad de antes, lengua profunda, mordiéndole el labio inferior hasta que gimió. Mis manos le bajaron el vestido de un tirón; se le enredó en las caderas y lo dejé caer al suelo de cemento. Quedó desnuda, pechos pesados, culo ancho, ese coño afeitado ya brillante de jugos. Le di la vuelta, la doblé sobre la mesa y le separé las nalgas con las dos manos.

—Abre. Quiero ver cómo te chorreas solo de pensarlo.

Harriet abrió las piernas y empujó el culo hacia atrás. Le escupí en el agujero del culo y le metí dos dedos de golpe en el coño, chapoteando. Estaba empapada, caliente, apretando mis nudillos.

—Más… joder, Carlos, métemelos enteros —jadeó, la cara aplastada contra la madera vieja—. Úsame. Quiero que me dejes el coño destrozado antes de que vuelvan.

Saqué los dedos, me desabroché y le golpeé la polla gruesa contra el clítoris hinchado. Ella se retorcía. La penetré de un solo empujón hasta los huevos, sintiendo cómo me chupaba. Empecé a follarla duro, embestidas largas que hacían crujir la mesa. Cada golpe le hacía rebotar los pechos y salir un gemido ahogado.

—Dilo otra vez —gruñí, agarrándole el pelo y tirando hacia atrás hasta que el arco de su espalda me obligó a entrar más hondo—. Dime qué eres.

—La puta de tu mejor amigo… la madrastra de Diego que se deja reventar el coño por su amigo de veinticuatro años… ah, sí, así, más fuerte… —su voz se rompía con cada embestida—. Me estoy corriendo… me corro solo de oírte llamar puta a la mujer de Victor…

Le di nalgadas secas mientras follaba. La carne le temblaba. Cuando noté que se le cerraba el coño en espasmos, la saqué del todo, la giré y la empujé de rodillas. Mi polla chorreaba sus jugos. Se la metí en la boca hasta la garganta sin avisar.

—Límpiala. Chupa lo que me sacaste del coño, zorra.

Harriet tragó, babas espesas bajándole por la barbilla, ojos llorosos de esfuerzo. Usó las manos para apretarme los huevos mientras se la metía entera. El sonido húmedo de garganta llena llenaba el cuarto. La follé la boca un rato, profundo, hasta que ella misma se apartó jadeando y me miró desde abajo.

—Fóllame el culo —pidió, ronca—. Nunca se lo dejo a Victor. Quiero que me lo abras tú. Aquí. Ahora. Con la polla todavía mojada de mi coño.

La levanté, la volví a doblar sobre la mesa y le escupí otra vez en el agujero. Metí un dedo, luego dos, abriéndola despacio mientras ella gemía y empujaba hacia atrás. Cuando estuvo blanda la sustituí por la cabeza de mi polla. Empujé. Entró lento, apretado, quemando. Harriet soltó un grito sordo y clavó las uñas en la madera.

—Joder… qué grande… no pares… rómpeme el culo, Carlos…

Avancé centímetro a centímetro hasta enterrarme completo. Empecé a moverme, primero corto, después más largo, más brutal. El culo se le abría y cerraba alrededor de mi polla con cada embestida. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo y la follé por los dos agujeros. Ella se corrió otra vez, el cuerpo entero sacudiéndose, un hilo de baba cayéndole de la boca abierta.

—Más… lléname el culo también… quiero tu leche goteándome de los dos agujeros cuando suba a la cama de mi marido —suplicó entre embestidas.

La saqué, la giré otra vez y la subí a la mesa de espaldas, piernas abiertas en V. Le clavé la polla otra vez en el coño y la follé salvaje, el borde de la mesa golpeándole el culo. Le chupé los pezones grueso, mordiéndolos, mientras ella se agarraba a mis hombros y me pedía más duro, más profundo, más sucio.

—Voy a correrme otra vez… joder, me vas a hacer correrme solo de follarme como una puta barata… —jadeó.

La saqué del coño en el último segundo, le abrí la boca con los dedos y me corrí a chorros calientes sobre la lengua, la cara, los pechos. Ella se lo tragó todo lo que pudo, el resto le resbaló por el cuello hasta los pezones. Antes de que se me bajara del todo la volví a meter en el culo y le di las últimas embestidas profundas hasta vaciarme otra carga caliente dentro. Harriet se sacudió en un tercer orgasmo, el culo apretándome la polla en espasmos, gemidos rotos contra mi pecho.

Nos quedamos así un momento, yo todavía dentro, goteando. Luego la saqué. El semen le bajó lento por el muslo, mezclado con los jugos del coño. Ella se bajó de la mesa con las piernas temblando, se arrodilló otra vez y me limpió la polla con la lengua, lenta, chupando hasta la última gota.

—Mañana vuelven los dos —susurró contra la cabeza de mi polla, todavía sensible—. Pero la próxima vez que Diego se duerma, te voy a chupar la polla en el sofá de la sala mientras él ronca arriba. Y te voy a dejar que me corras en la cara justo antes de que baje a desayunar. Quiero oler a tu leche cuando le sirva el café a mi marido.

Me miró desde abajo, labios hinchados, semen secándosele en la mejilla, sonrisa sucia.

—Ahora vete a tu habitación. Y no te toques. Esa polla es mía hasta que se nos joda todo.

Se levantó, se puso el vestido sin limpiarse, el semen todavía resbalándole por dentro del muslo. Antes de salir se detuvo en la puerta, se metió dos dedos en el coño, los sacó cubiertos de nuestra mezcla y se los chupó despacio, mirándome a los ojos.

—La próxima vez te voy a hacer correrte en mi boca mientras te cuento cómo me folla Victor. Y tú me vas a llenar el culo otra vez sabiendo que después me voy a ir a dormir con él con tu leche todavía caliente adentro.

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