Primer Deseo en la Terraza: Su Culo Se Abre para Mí
La divorciada Carmen, de 42 años, abre su culo ansioso para que el joven Otto la folle duro en la terraza.
La noche de verano envolvía la terraza compartida del edificio como un amante insistente, con el aire espeso y cargado de humedad que hacía que la piel brillara bajo la luna. Carmen, la divorciada de 42 años cuya voluptuosa figura aún conservaba la firmeza de sus años de juventud, salió del apartamento buscando aire. Su matrimonio había terminado hacía meses, dejando un vacío que ahora se llenaba de deseos reprimidos. Vestía solo un fino camisón de seda que se adhería a sus curvas generosas, marcando sus pechos pesados y terminando justo debajo de sus nalgas redondas y firmes. Se inclinó sobre la barandilla de metal, sintiendo el frío contra su vientre mientras el borde de la tela subía lentamente, exponiendo la parte inferior de su culo tentador.
Escuchó pasos y el corazón le dio un vuelco. Otto, su atractivo vecino de 28 años, un hombre de hombros anchos que trabajaba como ingeniero y exudaba una virilidad natural, apareció en la terraza. Llevaba solo unos pantalones livianos de algodón que colgaban bajos en sus caderas. Sus ojos se clavaron de inmediato en ella, en esa postura provocativa, en ese culo redondo y firme que parecía ofrecérsele bajo la luz plateada.
—Vaya… Carmen. No pensé que alguien más escapara del calor esta noche —dijo él con voz baja, acercándose sin prisa. Su mirada no se apartaba de sus nalgas, devorándolas abiertamente.
Ella giró la cabeza, sin enderezarse del todo. Una sonrisa pícara asomó a sus labios mientras sentía cómo su coño empezaba a humedecerse solo con esa atención descarada.
—El calor me tiene despierta, Otto. Y parece que a ti también. ¿O es otra cosa lo que te mantiene en pie? —respondió ella con tuteo directo, arqueando ligeramente la espalda para que el camisón subiera un centímetro más.
La tensión sexual crepitó entre ellos como electricidad. Otto se detuvo a menos de un metro, admirando sin disimulo cómo las nalgas de Carmen se separaban apenas, dejando entrever el surco oscuro entre ellas. Pensó que esa mujer madura, con su cuerpo curvilíneo y su mirada hambrienta, era mucho más excitante que cualquiera de su edad. Ella, por su parte, sentía los ojos de él como caricias físicas sobre su culo. Después de años de un marido indiferente, ese joven fuerte la hacía sentir deseada, sucia, viva.
—Me cuesta apartar la vista de tu culo, Carmen. Es perfecto. Redondo, firme… parece hecho para ser agarrado con fuerza —murmuró él, dando un paso más. Su polla ya empezaba a endurecerse visiblemente bajo la tela fina.
Ella soltó una risa ronca, cargada de deseo.
—Llevas semanas mirándome así cuando nos cruzamos en el ascensor. Hoy no tienes que disimular. Si te gusta mi culo, míralo bien. Inclínate si quieres.
Los coqueteos se volvieron cada vez más directos, sin filtros. La divorciada de 42 años sentía el pulso entre sus piernas, la humedad que empezaba a correr por sus muslos. Otto se colocó a su lado, tan cerca que su aliento le rozaba el hombro.
La conversación tomó un rumbo explícito cuando Carmen, con la voz temblorosa de excitación, confesó lo que llevaba meses fantaseando:
—Desde que me divorcié, no dejo de imaginar que un hombre como tú tome el control absoluto de mi culo. Que me domine ahí, que me use sin piedad. Quiero sentirme completamente abierta, follada en el lugar más prohibido.
Otto respiró hondo, su mano grande posándose en la cintura de ella. Deslizó los dedos hacia abajo, acariciando por encima del camisón la curva generosa de su nalga derecha, apretándola con posesión.
—¿De verdad quieres que te folle el culo esta misma noche, Carmen? Aquí mismo, en la terraza. ¿Quieres que mi polla gruesa te abra ese ano apretado y te dé lo que has estado pidiendo? Dímelo claro.
Un gemido gutural escapó de la garganta de la mujer. Separó las piernas con descaro, empujando su culo hacia la mano de él, sintiendo cómo sus dedos se hundían en la carne blanda por encima de la tela.
—Sí… joder, sí, Otto. Quiero que me folles el culo esta noche. Quiero que me domines como la puta que soy para ti —respondió ella, la voz rota de lujuria.
El beso llegó como una explosión. Sus bocas se devoraron con hambre salvaje, lenguas enredadas, dientes chocando. Las manos de Otto bajaron los tirantes del camisón con un tirón impaciente. La prenda cayó a sus pies, dejando completamente desnuda a Carmen bajo la luna. Sus pechos pesados se balancearon libres, pezones duros como piedras, y su culo quedó totalmente expuesto, redondo y tembloroso de anticipación.
Otto se arrodilló detrás de ella sin perder tiempo. Agarró sus nalgas con ambas manos, las separó con fuerza y acercó su rostro. Su lengua caliente y húmeda recorrió el ano fruncido de Carmen con devoción absoluta, lamiendo en círculos lentos primero, luego presionando el centro con la punta rígida, intentando entrar. Ella gimió alto, sin importarle si alguien podía oírla desde los pisos inferiores, y empujó su culo contra la cara de él, restregándose descaradamente.
—Dios… sí, lámeme el ano, Otto. Méteme la lengua dentro —jadeaba ella, los nudillos blancos de tanto apretar la barandilla.
Él gruñó contra su carne, comiéndole el culo con verdadera adoración. Su saliva corría por el perineo de Carmen, lubricando cada pliegue. La lengua entraba y salía, follándola con ella mientras sus dedos apretaban las nalgas con tanta fuerza que dejaban marcas rojas. El placer era tan intenso que las piernas de la divorciada temblaban.
Después de varios minutos de ese banquete anal, Otto se incorporó. Escupió abundantemente sobre sus dedos y metió dos de ellos en el ano ahora reluciente de Carmen, abriéndola con movimientos circulares y profundos. Ella gemía sin control, empujando hacia atrás, follando sus dedos con su propio culo.
—Estás tan apretada… pero vas a tomar toda mi polla esta noche —gruñó él.
La puso de pie contra la barandilla, las piernas abiertas. Su polla gruesa, venosa y completamente dura, presionó contra el ano lubricado. Empujó con fuerza controlada. La cabeza gruesa entró con un “pop” audible, arrancando un grito de placer doloroso de Carmen. Luego vinieron las embestidas: profundas, rápidas, brutales. La sujetó del pelo largo con una mano, tirando su cabeza hacia atrás como si fuera una yegua, mientras su pelvis chocaba contra las nalgas generosas.
—Qué puta eres, Carmen —le susurró al oído con voz ronca, cada palabra acompañada de un golpe de cadera que hundía su polla hasta el fondo del intestino—. Abriendo tu culo ansioso para mí de esta manera. ¿Te gusta que un hombre más joven te sodomice como una zorra en la terraza? Dilo.
—Sí… soy tu puta… me encanta que me folles el culo tan duro —gritaba ella, las lágrimas de placer rodando por sus mejillas.
El cambio de posición fue brusco. Otto la llevó casi en volandas hasta una tumbona cercana, la colocó en cuatro patas sobre los cojines y volvió a penetrarla analmente con más brutalidad. Sus embestidas ahora eran salvajes, sus huevos golpeando el coño empapado de ella, su mano dando algún azote ocasional que resonaba en la noche. El ano de Carmen se había abierto completamente para él, rojo, hinchado, tragándose la polla gruesa una y otra vez.
Ambos llegaron al clímax casi al mismo tiempo. Otto rugió, enterrándose hasta el fondo mientras su semen caliente inundaba las entrañas de Carmen en gruesos chorros. Ella se corrió con un grito agudo, su ano contrayéndose violentamente alrededor de la polla invasora, su coño chorreando sin que nadie lo tocara.
Otto se retiró muy lentamente, observando cómo el ano enrojecido y palpitante de Carmen quedaba abierto, latiendo, con su semen blanco escapando en lentos hilos. La abrazó con ternura inesperada, girándola para besarla en los labios con suavidad mientras usaba un paño limpio que encontró doblado en una esquina y su propia saliva para limpiarla con cuidado entre las nalgas, calmando la zona sensible.
Carmen, aún temblando, sonrió con los ojos brillantes de satisfacción y lujuria renovada. Acarició el pecho sudoroso de él y le susurró al oído:
—Esta será la primera de muchas noches, Otto. Quiero que vuelvas a abrirme el culo una y otra vez…
Pero justo entonces, el sonido inconfundible de una puerta de hierro abriéndose en el piso de abajo rompió el silencio. Pasos lentos subían por la escalera exterior. ¿Era Petra, la vecina de abajo que siempre parecía saberlo todo? ¿O Gideon, su marido, que a veces salía a fumar a deshoras? Carmen y Otto se quedaron congelados, desnudos, con el semen aún goteando del ano abierto de ella y la polla de él todavía medio dura. El corazón les latía con fuerza, la adrenalina mezclándose con el deseo insatisfecho. La noche no había terminado. El peligro de ser descubiertos solo aumentaba la tensión, y ambos sabían que esto apenas comenzaba.
Los pasos se aproximaban por la escalera metálica, cada crujido amplificado en el silencio denso de la terraza. Carmen permanecía a cuatro patas sobre la tumbona, el cuerpo aún sacudido por los últimos espasmos del orgasmo, con el ano dilatado y enrojecido latiendo visiblemente. El semen espeso de Otto escapaba en hilos lentos y calientes, resbalando por su perineo hasta mojar los labios hinchados de su coño. Tenía la respiración entrecortada, los pechos pesados colgando y los pezones duros rozando el cojín áspero. El corazón le martilleaba con tal fuerza que temía que Petra pudiera oírlo desde abajo.
Otto, arrodillado detrás de ella, aún con la polla medio dura y brillante de fluidos, reaccionó por instinto. Su mano grande y callosa se posó sobre la boca de Carmen, no con violencia sino con una firmeza dominante que la hizo gemir bajito contra su palma. Con la otra mano la empujó hacia abajo, obligándola a pegar el torso contra la tumbona para que sus curvas quedaran menos expuestas. Su polla, traicionera, dio un salto y se endureció por completo al sentir el peligro, rozando la nalga izquierda de ella y dejando un rastro pegajoso.
—Ni un puto sonido, Carmen —le susurró al oído, la voz grave y cargada de lujuria—. Petra está subiendo. Si nos oye, nos verá así: tú con el culo abierto y lleno de mi leche, yo con la polla dentro de ti otra vez.
Carmen asintió frenéticamente, pero por dentro ardía. “Tengo cuarenta y dos años, soy una divorciada respetable… y estoy empapada solo de pensar que esa cotilla nos pille con la polla de Otto enterrada hasta el fondo en mi ano”, pensó. El miedo se mezclaba con un deseo tan sucio que su coño se contrajo y soltó un hilo de jugos que goteó sobre la tela de la tumbona. Nunca se había sentido tan viva, tan puta, tan ansiosa por más.
Los pasos llegaron al rellano. Petra, la abogada de cuarenta y ocho años que vivía justo debajo y parecía olfatear los secretos ajenos como un sabueso, apareció en la terraza con un batín ligero que apenas cubría sus muslos maduros. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la barandilla, exhalando el humo hacia la noche húmeda. Murmuraba para sí misma sobre el calor asfixiante y lo sola que se sentía desde que su marido la dejó.
Otto no esperó. Su polla, ahora completamente erecta y venosa, presionó directamente contra el ano aún abierto de Carmen. El semen que aún salía sirvió de lubricante perfecto. Empujó con lentitud calculada, sintiendo cómo el esfínter cedía sin resistencia y tragaba la gruesa cabeza. Carmen mordió con fuerza el cojín, ahogando un gemido gutural. El estiramiento era intenso, casi doloroso después de la primera follada brutal, pero el placer era aún mayor. Sentía cada vena de esa polla joven abriéndola de nuevo, invadiendo sus entrañas con posesión absoluta.
—Así, zorra… abre ese culo para mí otra vez —susurró Otto pegado a su nuca, mordiéndole el hombro mientras avanzaba centímetro a centímetro hasta que sus huevos pesados chocaron contra el coño chorreante de ella—. Petra está a cinco metros y tú sigues empujando hacia atrás como una puta anal desesperada.
Carmen giró ligeramente la cara, los ojos vidriosos de lujuria. —Fóllame… pero despacio —suplicó en un hilo de voz—. No pares, Otto. Quiero sentirte hasta el fondo mientras ella está ahí.
Él empezó a moverse. Embistes cortas, profundas, controladas, sacando apenas la mitad de su polla para luego hundirla con fuerza contenida. El sonido húmedo de la carne lubricada era apenas audible, pero para ellos retumbaba como un trueno. Cada vez que entraba del todo, Carmen sentía cómo su ano se hinchaba alrededor de la base gruesa, cómo sus paredes internas se estiraban al límite. El semen anterior facilitaba el paso, pero también creaba un squelch traicionero que los obligaba a ir más lento.
Petra dio unos pasos hacia el centro de la terraza, fumando y mirando alrededor. Parecía inquieta, como si percibiera algo en el aire cargado de olor a sexo y sudor. Carmen se tensó, su ano contrayéndose violentamente alrededor de la polla invasora. Otto gruñó bajito y le cubrió la boca con más fuerza, usando la otra mano para agarrarle el pelo largo y tirar de su cabeza hacia atrás, arqueándole la espalda.
—Mírate… cuarenta y dos años, las tetas colgando, el culo abierto para un hombre ocho años más joven mientras tu vecina está a punto de descubrirnos. Eres una puta sin vergüenza, Carmen. Dime cuánto te gusta esto.
Ella apenas podía hablar, pero las palabras salieron ahogadas contra la palma de él:
—Me encanta… me encanta que me sodomices el culo así, Otto. Me pone cachonda que Petra pueda vernos… que vea cómo me usas como un agujero.
El joven ingeniero sonrió con fiereza y aceleró las embestidas, siempre conteniéndose para no hacer ruido. Sus caderas chocaban contra las nalgas generosas de Carmen con golpes secos y controlados. La carne temblaba con cada impacto. Él soltó su pelo y bajó la mano hasta su coño, metiendo dos dedos gruesos sin piedad mientras seguía follándole el ano. La doble penetración la hizo convulsionar. Sus paredes anales apretaban la polla con fuerza rítmica, ordeñándola.
“Esto es una locura absoluta”, pensaba Carmen mientras las lágrimas de placer rodaban por sus mejillas. “Mi exmarido nunca me tocó así… y ahora este chico de veintiocho me está destrozando el culo por segunda vez en menos de media hora, con Petra a metros de distancia. Siento su polla tan adentro que parece que me llega al estómago… y quiero más. Quiero que me rompa.”
Otto sentía lo mismo. El calor del ano de Carmen era adictivo, apretado incluso después de haberlo abierto brutalmente antes. El riesgo de ser descubiertos le ponía la polla más dura de lo normal. Cambió ligeramente de ángulo, inclinándose más sobre ella, aplastándola contra la tumbona. Ahora sus embestidas eran más cortas pero más violentas, golpeando un punto profundo dentro de sus intestinos que la hacía ver estrellas.
Petra se detuvo de pronto. Apagó el cigarrillo y miró directamente hacia las sombras donde la tumbona estaba colocada.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó con voz clara, dando dos pasos más cerca.
El pánico y la excitación se mezclaron en una ola brutal. Otto se quedó completamente quieto, su polla enterrada hasta la raíz en el ano palpitante de Carmen. Sentía cómo las paredes internas de ella latían alrededor de su verga, cómo su coño chorreaba alrededor de sus dedos. Carmen estaba al borde de un orgasmo devastador, el cuerpo temblando por el esfuerzo de no gritar. El ano le ardía de placer, tan abierto y lleno que cada latido de la polla de Otto dentro de ella era una tortura deliciosa.
Pasaron segundos eternos. Petra entrecerró los ojos, escudriñando la oscuridad. El corazón de ambos retumbaba tan fuerte que parecía que iba a delatarlos. Finalmente, la vecina se encogió de hombros.
—Debo estar volviéndome loca con este calor —murmuró, y se dio la vuelta para dirigirse hacia la escalera, pero sin prisa, como si aún sospechara.
En cuanto los pasos comenzaron a alejarse ligeramente, Otto no pudo contenerse más. Retiró la polla casi por completo, dejando solo la cabeza gruesa dentro del ano hinchado, y luego la clavó de golpe con un golpe silencioso pero brutal. Carmen enterró la cara en el cojín y explotó. El orgasmo anal la atravesó como un rayo: su ano se cerró como un puño alrededor de la polla, ordeñándola con contracciones violentas, mientras su coño soltaba un chorro caliente que empapó la mano de Otto y los cojines.
Él no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, más intenso ahora, más salvaje, susurrándole al oído toda clase de obscenidades:
—Esa es mi puta… córrete con la polla en el culo mientras Petra casi nos pilla. Tu ano está tan abierto que podría meterte el puño si quisiera. La próxima vez te voy a follar más duro, te voy a dejar el culo destrozado y goteando durante días.
Carmen, aún convulsionando, solo podía gemir bajito contra la mano que la silenciaba. Su cuerpo sudoroso brillaba bajo la luna, las nalgas enrojecidas por los impactos, el ano convertido en un agujero rojo y palpitante que tragaba la polla joven sin piedad. Otto seguía penetrándola con ritmo implacable, cambiando de nuevo la postura: la giró de lado sobre la tumbona, levantó una de sus piernas gruesas y continuó sodomizándola desde un ángulo que le permitía llegar aún más profundo.
La noche seguía cargada de peligro. Petra se había detenido otra vez al pie de la escalera, como si hubiera oído algo. Otto y Carmen permanecían conectados, carne contra carne, polla profundamente enterrada en ano, respiraciones contenidas, corazones desbocados y el deseo escalando a niveles casi insoportables. El calor del verano, el olor a semen y coño, el riesgo inminente… todo se mezclaba en una tensión sexual que amenazaba con romperlos en cualquier momento.
Ninguno de los dos quería parar.
La tensión en el aire era tan densa que parecía que la noche misma contenía la respiración. Ninguno de los dos quería parar. Otto permanecía enterrado hasta la raíz en el ano de Carmen, su polla gruesa y venosa palpitando dentro de aquellas paredes calientes que lo apretaban como un puño sedoso y resbaladizo. El semen de su primera corrida aún facilitaba cada mínimo movimiento, creando un lubricante espeso que permitía que el esfínter dilatado de ella lo tragara con facilidad obscena. Petra seguía al pie de la escalera metálica, su silueta madura recortada contra la luz tenue del rellano inferior. El crujido de sus pasos había cesado, pero no se marchaba. Olfateaba el aire como un animal, y tanto Carmen como Otto sabían que el olor a sexo —a culo follado, a semen caliente y a coño chorreante— flotaba hasta ella.
Otto no retiró ni un centímetro. En cambio, flexionó las caderas en un círculo lento, torturador, haciendo girar su verga dentro del recto abierto de Carmen sin casi sacarla. El movimiento presionaba cada nervio sensible de sus intestinos, frotando ese punto profundo que la hacía ver destellos blancos detrás de los párpados. Carmen mordió el cojín con tanta fuerza que la tela se rasgó ligeramente. A sus cuarenta y dos años, divorciada desde hacía meses y con un cuerpo que aún conservaba la voluptuosidad firme de sus nalgas redondas y sus pechos pesados, nunca se había sentido tan expuesta, tan sucia, tan viva. “Estoy empalada en la polla de un ingeniero de veintiocho años mientras Petra, la abogada de cuarenta y ocho que vive debajo, está a punto de descubrirnos. Y lo único que quiero es que me folle más fuerte”, pensó, y el pensamiento hizo que su ano se contrajera violentamente alrededor de la base gruesa de él.
—Respira por la nariz, zorra —le susurró Otto al oído, su voz grave y dominante vibrando contra su nuca sudorosa—. Siente cómo tu culo ansioso me ordeña. Petra está oliendo tu puta excitación y tú sigues empujando hacia atrás como si quisieras que te destroce las entrañas.
Carmen asintió con un gemido ahogado contra la palma que él mantenía firme sobre su boca. Sus pezones rozaban el cojín áspero de la tumbona con cada respiración entrecortada. Otto deslizó la mano libre entre sus cuerpos y metió dos dedos gruesos en su coño empapado, follándola con ellos al mismo ritmo lento y circular de su polla en el ano. El doble relleno la estaba volviendo loca. Sentía las paredes separadas, la fina membrana entre coño y culo tensada al límite, y cada roce enviaba descargas eléctricas que le hacían curvar los dedos de los pies.
Los pasos de Petra resonaron de nuevo. Subía. Lentamente. El batín ligero se abría con cada escalón, dejando ver sus muslos maduros y la curva inferior de unas nalgas que, en otras circunstancias, habrían llamado la atención de cualquier hombre. Se detuvo a mitad del tramo, encendiendo otro cigarrillo. El olor a tabaco se mezcló con el aroma denso de la terraza.
—¿Carmen? —llamó con voz clara, inquisitiva—. Juraría que he oído algo. Como… un jadeo. ¿Estás bien ahí arriba?
El pánico y la excitación se fundieron en una ola brutal dentro de Carmen. Otto, lejos de congelarse, empujó más profundo, clavando su polla hasta que sus huevos pesados presionaron contra los labios hinchados del coño de ella. El movimiento fue tan preciso y salvaje que Carmen sintió cómo su ano se abría otro milímetro más, tragándose hasta la última vena de aquella verga joven. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Tenía que responder. Y tenía que hacerlo mientras su vecino de veintiocho años le follaba el culo con lentitud implacable.
—Sí… —logró articular, la voz ronca, entrecortada, fingiendo que era por el calor—. Soy yo, Petra. Solo… tomando el aire. El verano me tiene… agitada.
La última palabra salió casi como un gemido porque Otto había elegido ese preciso instante para frotar su clítoris hinchado con el pulgar mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de su coño. El ano de Carmen latía visiblemente alrededor de la polla, rojo, hinchado, convertido en un agujero obscenamente abierto que succionaba y soltaba con cada contracción. Petra dio dos pasos más hacia la zona en sombras donde se encontraba la tumbona. Su mirada escudriñaba la oscuridad.
—Huele raro… como a sudor y a algo más dulce. ¿Seguro que estás sola? Me pareció oír una voz grave. Y esos ruidos… parecían golpes húmedos.
Carmen sintió que el orgasmo se acercaba como un tren de mercancías. Sus paredes anales se cerraban y abrían rítmicamente, ordeñando la polla de Otto con fuerza desesperada. El semen anterior salía en pequeños chorros blancos con cada contracción, resbalando por sus nalgas y ensuciando los cojines. Otto le mordió el hombro con posesión, susurrándole al oído palabras que la empujaron aún más al abismo:
—Dile que estás sola mientras te corro por segunda vez en el culo, puta de cuarenta y dos. Dile que no pasa nada mientras mi polla te llega hasta el estómago. Quiero sentir cómo te corres con ella mirándonos.
—Estoy… sola, Petra —jadeó Carmen, la voz quebrada por el esfuerzo de no gritar. Sus pechos pesados temblaban, los pezones tan duros que dolían—. Debe ser… el viento en las antenas. O yo… tocándome por el calor. Ya sabes cómo es.
La mentira fue tan descarada y tan cargada de verdad que Otto sonrió ferozmente contra su piel. Petra se quedó quieta durante varios segundos eternos, fumando, mirando directamente hacia las sombras. Carmen estaba al borde. Su ano ardía de placer, tan dilatado que ya no ofrecía resistencia alguna. Cuando Petra finalmente se encogió de hombros y murmuró algo sobre “mujeres maduras calientes” antes de girarse para bajar de nuevo, Carmen explotó.
El orgasmo anal la atravesó como un rayo. Su ano se cerró como una boca hambrienta alrededor de la polla de Otto, contrayéndose con espasmos violentos que ordeñaron cada centímetro de él. Un chorro caliente salió de su coño sin que nadie lo tocara, empapando la mano de Otto y formando un charco oscuro bajo la tumbona. Ella enterró la cara en el cojín y gritó silenciosamente, el cuerpo entero convulsionando mientras las lágrimas de placer puro corrían por su rostro.
Otto no le dio tregua. En cuanto Petra desapareció por completo de la vista pero sus pasos aún se oían lentos en la escalera —como si sospechara y estuviera esperando—, él sacó la polla con un pop húmedo y audible. El ano de Carmen quedó abierto varios segundos, un agujero rojo, hinchado y palpitante que no se cerraba, dejando ver el interior brillante de saliva, semen y fluidos. Él la giró con fuerza, colocándola de lado otra vez, levantó una de sus piernas gruesas y la penetró de nuevo con un golpe brutal que le arrancó un gemido ronco.
—Otra vez, Carmen. Abre ese culo para mí. Quiero que Petra vuelva y te encuentre exactamente así: con el ano destrozado y goteando mi leche mientras te follo como la divorciada anal que eres.
Las embestidas se volvieron más profundas, más violentas, aunque aún contenidas. Cada choque de pelvis contra nalgas resonaba suavemente en la terraza. Los huevos de Otto golpeaban el coño chorreante de ella con un sonido húmedo y obsceno. Carmen, aún temblando por el orgasmo anterior, sintió que otro se construía ya. Su mano libre bajó hasta su propio clítoris y se frotó con desesperación mientras Otto la sujetaba del pelo y tiraba de su cabeza hacia atrás, arqueándola.
—Dime cuánto te gusta que te sodomice con riesgo, zorra —gruñó él, sudando profusamente, los músculos de su torso brillando bajo la luna.
—Me encanta… joder, Otto, me encanta que me rompas el culo mientras Petra casi nos pilla —confesó ella entre dientes, la voz rota—. Tengo cuarenta y dos años y quiero que un hombre más joven me use el ano como un agujero barato. Quiero que me dejes tan abierta que mañana camine sintiendo tu polla todavía dentro.
El joven ingeniero aceleró, cambiando el ángulo para golpear ese punto sensible una y otra vez. El ano de Carmen ya no era un anillo apretado; era una boca hambrienta, roja e hinchada que tragaba su polla con glotonería. El semen salía y entraba, creando espuma blanca en la base de la verga. Petra, desde abajo, había vuelto a detenerse. Se oía el encendedor otra vez. Estaba subiendo de nuevo, más decidida.
Otto y Carmen se miraron a los ojos, conectados por la polla enterrada hasta el fondo en aquel culo ansioso. Ninguno quería parar. El peligro era ahora un afrodisíaco brutal, y la noche aún guardaba más escalada, más riesgo, más carne abriéndose para ser usada sin piedad. Los pasos de Petra se acercaban otra vez, más firmes, y el ano de Carmen se contrajo con anticipación renovada alrededor de la polla que no pensaba salir.
La noche parecía conspirar a su favor y en contra al mismo tiempo. Los pasos de Petra se acercaban con determinación, el taconeo de sus sandalias contra el metal de la escalera resonaba como latigazos. Otto, el ingeniero de veintiocho años, mantuvo su polla gruesa enterrada hasta la raíz en el ano dilatado de Carmen sin sacar ni un centímetro. La divorciada de cuarenta y dos años sentía cómo su esfínter, ya completamente abierto y rojo después de dos folladas brutales, palpitaba alrededor de aquella verga venosa, succionándola con contracciones involuntarias que ordeñaban cada vena hinchada.
—Sigue empujando ese culo hacia atrás, zorra —le susurró Otto al oído, su voz ronca y baja mientras comenzaba a rotar las caderas en círculos lentos y profundos. Su polla giraba dentro del recto de Carmen como un tornillo, presionando las paredes internas, removiendo el semen de la corrida anterior hasta convertirlo en una crema espesa que burbujeaba en la base.
Carmen, con la cara aplastada contra el cojín rasgado de la tumbona, mordió la tela para no gritar. “Tengo cuarenta y dos años, un divorcio a cuestas y el culo destrozado por la polla de un vecino ocho años menor… y estoy más cachonda que nunca porque esa cotilla de Petra está a punto de pillarnos”, pensó, mientras su ano se abría aún más, tragándose la base gruesa hasta que los huevos pesados de Otto presionaban contra sus labios vaginales empapados.
Petra llegó al último escalón. Su bata ligera se abría con el movimiento, mostrando los muslos maduros de sus cuarenta y ocho años. El olor a sexo era abrumador: semen caliente, ano follado, coño chorreante y sudor veraniego.
—¿Carmen? —preguntó, dando tres pasos hacia las sombras—. Juraría que he oído gemidos y… golpes. ¿Qué coño pasa aquí?
En ese preciso instante Otto aceleró. Sacó la polla casi por completo, dejando el ano de Carmen convertido en un agujero abierto, rojo, hinchado, con el interior brillante y goteando hilos blancos de semen. Luego la clavó de golpe con un sonido húmedo y carnoso, sus caderas chocando contra las nalgas generosas y firmes de ella. Carmen no pudo evitar un gemido ronco que escapó entre sus dientes.
—Estoy… follando, Petra —jadeó la divorciada, la voz quebrada mientras Otto le metía la polla hasta el fondo una y otra vez, sin piedad, follándole el ano con embestidas cortas y brutales que hacían temblar sus nalgas—. Otto me está rompiendo el culo… y no vamos a parar.
Petra se quedó congelada a menos de dos metros, los ojos muy abiertos al ver la escena bajo la luz plateada de la luna: Carmen a cuatro patas sobre la tumbona, el camisón tirado en el suelo, los pechos pesados balanceándose, y Otto arrodillado detrás de ella, los músculos de su espalda sudorosa tensos mientras su polla gruesa desaparecía una y otra vez en el agujero anal dilatado de la mujer.
—Hostia puta… —murmuró Petra, pero no se movió. Su mano bajó inconscientemente hacia el borde de su bata.
Otto sonrió con ferocidad y agarró a Carmen del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás para arquearla mientras aceleraba el ritmo. El sonido de carne contra carne era ahora claro y obsceno: plap, plap, plap. Cada embestida hacía que el ano de Carmen se inflara alrededor de la base de la polla, expulsando espuma blanca de semen que corría por sus muslos.
—Mírala, Petra —gruñó Otto sin dejar de sodomizar a la divorciada—. Mira cómo esta puta de cuarenta y dos años abre su culo ansioso para un tío de veintiocho. Lleva meses queriendo que le destroce el ano y hoy se lo estoy dando mientras tú miras.
Carmen sintió una nueva oleada de vergüenza y placer brutal. Su coño chorreaba sin parar, soltando hilos transparentes que caían sobre los cojines. “Que me vea… que vea cómo me usan el culo como un agujero barato”, pensó, y su ano se contrajo con tanta fuerza que Otto soltó un gruñido.
—Más duro, Otto… —suplicó Carmen, la voz rota de lujuria—. Métemela hasta el estómago. Quiero que Petra vea cómo me dejas el ano como un cráter.
El joven ingeniero cambió de postura bruscamente. Sacó la polla con un pop húmedo y audible. El ano de Carmen quedó abierto varios segundos, un túnel rojo e hinchado que no se cerraba, mostrando las paredes internas brillantes de semen y saliva. Otto la giró de lado sobre la tumbona, levantó una de sus piernas gruesas y volvió a penetrarla analmente desde ese ángulo, llegando aún más profundo. Ahora cada golpe hacía que su polla rozara directamente la pared que separaba el recto del coño, y Carmen veía estrellas.
Petra se acercó un paso más, respirando agitada. Sus pezones se marcaban duros bajo la bata.
—Sois unos depravados… —susurró, pero sus ojos no se apartaban del punto exacto donde la polla venosa de Otto entraba y salía del ano dilatado de Carmen, creando espuma blanca que salpicaba con cada embestida.
Otto metió cuatro dedos en el coño de Carmen mientras seguía follándole el culo sin descanso. La doble penetración fue devastadora. La divorciada de cuarenta y dos años empezó a correrse de nuevo, el orgasmo anal subiendo desde lo más profundo de sus entrañas. Su ano se cerró como una mano caliente y húmeda alrededor de la polla de Otto, ordeñándola con contracciones violentas y rítmicas. Un chorro de squirt salió de su coño, empapando la mano de él y salpicando el suelo de la terraza.
—¡Me corro… me corro con la polla en el culo, joder! —gritó Carmen sin importarle ya nada, el cuerpo convulsionando, las nalgas temblando, el ano latiendo visiblemente alrededor de la verga que no dejaba de bombear.
Otto no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, más salvaje, más animal. Sus huevos golpeaban el coño chorreante con fuerza, el sudor caía de su pecho sobre la espalda de ella. Petra observaba todo sin pestañear, una mano ya dentro de su propia bata.
—Dilo, puta —exigió Otto, tirando del pelo de Carmen con más fuerza—. Dile a Petra lo que eres.
—Soy una zorra anal… una divorciada de cuarenta y dos que necesita que le abran el culo cada noche —gimió Carmen, las lágrimas de placer corriendo por sus mejillas—. Me encanta que me uses el ano como un agujero, Otto. Quiero que me dejes tan abierta que mañana no pueda sentarme sin sentir tu polla todavía dentro.
El riesgo, la mirada de Petra, el ano destrozado y el placer insoportable llevaron a Otto al límite. Aceleró hasta un ritmo brutal, las caderas chocando con fuerza contra las nalgas enrojecidas de Carmen. El ano de ella ya no ofrecía resistencia alguna; era solo un túnel caliente, hinchado y babeante que tragaba la polla con glotonería obscena.
—Voy a correrme, zorra —gruñó él—. Te voy a llenar las tripas de leche por tercera vez esta noche.
Con un rugido bajo y animal, Otto se enterró hasta el fondo y explotó. Chorros gruesos y calientes de semen inundaron las entrañas de Carmen, tanto que el exceso salió expulsado alrededor de la polla en borbotones blancos y espesos. El ano de la divorciada palpitaba, succionando cada gota, convertido en un desastre rojo, abierto y goteante.
Carmen tuvo un último orgasmo seco, el cuerpo entero sacudido por espasmos mientras Petra los miraba con la boca abierta y la mano moviéndose entre sus piernas.
Otto sacó la polla lentamente, dejando que el ano de Carmen quedara totalmente expuesto: un agujero grande, hinchado, rojo oscuro, que no se cerraba y por el que manaba semen en cascada espesa, bajando por su coño y muslos como un río blanco y sucio.
—Así me gusta, puta: con el culo roto, lleno de leche y goteando como una alcantarilla.
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