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Teasing Under Moonlight Until Dawn

Una divorciada de 42 años seduce al hijo de 24 de su mejor amiga y follan salvajemente bajo la luna hasta el amanecer.

23 min read October 06, 2026New

Soy Laura, cuarenta y dos años, divorciada hace tres y con un cuerpo que el tiempo ha vuelto más generoso en las curvas que me importan: caderas anchas, tetas pesadas que aún se ponen duras de pezón con un roce, un culo redondo que se mueve cuando camino y un coño que no se cansa nunca. Trabajo en una inmobiliaria de pueblo y paso los veranos en mi casa de campo, lejos del ruido. Mi apetito sexual es un hambre constante; después del divorcio aprendí a no avergonzarme de tocarlo, de pedirlo, de tomarlo cuando aparece.

Diego tiene veinticuatro. Es el hijo de Paulina, mi mejor amiga desde hace décadas. Este verano se quedó en mi casa porque necesitaba tranquilidad para terminar unos diseños de interiores que le habían encargado; no es un chaval perdido, cobra por su trabajo y habla como alguien que ya sabe lo que quiere. Lleva meses viniendo de visita, mirándome demasiado cuando creo que no lo veo, y yo devolviéndole esas miradas con una culpa dulce que me humedece la braga.

Aquella noche cenamos en la terraza. Abrí una botella de tinto, bebimos despacio, sin pasarnos; solo lo suficiente para aflojar la lengua y el calor del cuerpo. Hablamos de tonterías hasta que el silencio se volvió espeso. La luna llena colgaba enorme sobre el jardín. Salimos descalzos a la hierba fresca. El aire olía a tierra húmeda y a jazmín.

—Llevas meses mirándome así —le dije, sin rodeos, con la copa aún en la mano—. No soy ciega, Diego.

Él se rió bajito, nervioso y seguro a la vez. Sus ojos oscuros me recorrieron el escote del vestido ligero.

—Y tú a mí, Laura. Cada vez que te agachas o te ríes… joder. Llevo todo el puto verano con la polla dura pensando en ti. En cómo serían tus tetas fuera de la ropa. En si tu coño estaría tan mojado como imagino.

El deseo que habíamos contenido se abrió de golpe. Nos miramos y lo reconocimos en voz alta, sin disculpas. Él dio un paso, yo otro. Empezamos a movernos sin música, solo el crujido de la hierba bajo los pies. Bailábamos despacio, casi frotándonos. Yo me acerqué más y rocé a propósito mis tetas contra su pecho firme; sentí mis pezones endurecerse al instante contra la tela fina. Él soltó un gruñido y me agarró la cintura con las dos manos, fuerte, como si ya me perteneciera.

—Te deseo tanto que me duele —me susurró al oído, la respiración caliente—. Quiero follarte. Quiero metértela entera y oírte gritar mi nombre. Dime que sí.

Mis dedos subieron a los botones de su camisa. El calor entre mis piernas ya era un pulso insistente.

—Mírame entonces —murmuré.

Me quité el vestido despacio, tirando de los tirantes, dejándolo caer por las caderas hasta el suelo. Quedé en lencería negra: sujetador que empujaba las tetas hacia arriba y una braga de encaje que ya estaba oscura de mojada en la entrepierna. La luna me bañaba la piel. Diego se pasó la lengua por los labios, la polla marcándose dura y gruesa contra el pantalón.

—Por favor… déjame tocarte —suplicó, la voz ronca—. Necesito sentir cómo estás.

No dudamos. Nos entregamos a lo que ambos queríamos desde hacía meses. Le agarré la mano y se la puse sobre mi pecho.

—Toca. Todo lo que quieras.

Se desabrochó el pantalón con torpeza urgente. Saqué su polla: gruesa, caliente, venuda, la cabeza ya brillante de líquido. Me arrodillé en la hierba sin que me lo pidiera. Él me agarró el pelo con una mano y yo abrí la boca. Me la metí hasta el fondo de la garganta de un solo movimiento, tragando, sintiendo cómo me llenaba, cómo mis ojos se humedecían. Chupé con ganas, succionando, salivando, subiendo y bajando mientras él gemía y tiraba de mi pelo justo lo suficiente para guiarme.

—Joder, Laura… tu boca… así, más profundo…

Me corrí un poco solo de oírlo. Cuando ya no pude más sin ahogarme del todo, me levanté. Él me giró contra el tronco de un olivo viejo, me bajó la braga hasta los tobillos y me abrió las piernas con la rodilla. Me embistió de un solo golpe por detrás, enterrándome aquella polla gruesa hasta el fondo. Grité. Me folló con fuerza, sin piedad de principiante, las manos agarrándome las caderas y luego subiendo a pellizcarme los pezones duros a través del sujetador, tirando de ellos hasta que el dolor se mezcló con el placer y mojé más.

—Más fuerte —le pedí entre jadeos—. Úsame. Fóllame como has imaginado todas estas noches.

Él lo hizo. Cada embestida me empujaba contra la corteza áspera; el contraste me volvía loca. Me corría el primer orgasmo de pie, apretándolo por dentro, temblando, y él no se detuvo. Me sacó, me llevó hasta la manta que habíamos traído “por si acaso el fresco”, y se tumbó. Me subí a horcajadas, vaquera salvaje. Me bajé el sujetador para que mis tetas rebotaran libres y monté su verga con movimientos amplios, circular, subiendo casi hasta sacármela y bajando de golpe. Gritaba sin vergüenza:

—Me encanta que un tío joven me use como una puta… que me llene… que me deje el coño destrozado… Diego, así, así—

Él me agarraba las tetas, me miraba como si no creyera que yo fuera real. Cambiamos otra vez. Me tumbió de espaldas, me abrió las piernas y entró en misionero, profundo, mirándome a los ojos. Me folló lento al principio y luego más rápido, más duro, hasta que sentí cómo se tensaba.

—Dentro —le dije—. Córrete dentro de mí.

Lo hizo. Noté los chorros calientes llenándome mientras yo me venía otra vez, un orgasmo intenso que me hizo arquear la espalda, temblar de los muslos a la garganta, apretarlo con fuerza, gemir su nombre una y otra vez. Él se derrumbó encima un segundo, sudado, besándome el cuello.

Al amanecer la luna se había ido y el cielo empezaba a clarear en rosa gris. Seguíamos desnudos sobre la manta, cubiertos de sudor, de semen que me resbalaba entre los muslos, de hierba pegada a la piel. Nos besamos con una ternura que contrastaba con lo salvaje de antes: labios lentos, lenguas suaves, respiraciones que se calmaban y volvían a acelerarse. Su mano bajó entre mis piernas. Me acarició el clítoris con dos dedos húmedos, apenas rozando, en círculos perezosos que no buscaban todavía otro orgasmo, solo mantenerme al borde, despertándome otra vez el pulso.

—Todavía no he terminado contigo —susurró contra mi boca, y yo sonreí, abriendo un poco más las piernas para él, sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse bajo aquella caricia suave que prometía continuar mucho más allá del amanecer.

Soy Laura y aún siento sus dedos perezosos rodeándome el clítoris mientras el cielo se tiñe de ese rosa gris del primer amanecer. La hierba se me pega a la espalda y el semen de Diego me resbala caliente entre los muslos abiertos. Él no aparta la mano. Sigue rozando apenas, dos yemas húmedas que dibujan círculos lentísimos, y yo me arqueo sin pudor, ofreciéndole más.

—Así… no pares —le susurro contra su boca—. Me tienes al borde otra vez y apenas has empezado.

Diego sonríe contra mis labios. Tiene veinticuatro años, el cuerpo firme de quien pasa el día dibujando planos y la mirada de quien ya sabe exactamente lo que quiere de una mujer de cuarenta y dos. Me besa más profundo, lengua lenta, mientras esos dedos bajan un poco, recogen el corrido que me escurre y lo suben otra vez al botón hinchado. Me frota con más presión ahora. El pulso vuelve a martillearme el bajo vientre.

—Quiero oírte mojar más —murmura—. Quiero que chorrees en mi mano antes de volverte a follar.

Me abro más. Él mete dos dedos de golpe, curvados, buscando ese punto esponjoso que me hace abrir la boca en un gemido ahogado. Los mueve en vaivén corto y rápido mientras el pulgar sigue castigando el clítoris. Siento cómo me aprieto alrededor de ellos, cómo el jugo me resbala hasta el culo. Me corro pronto, un orgasmo seco y tembloroso que me levanta las caderas de la manta. Él no saca los dedos. Sigue frotando por dentro, estirando las contracciones, hasta que yo forcejeo y le agarro la muñeca.

—Basta… joder, basta un segundo —jadeo riendo—. Me vas a matar si sigues así.

—Todavía no —responde, y se baja entre mis piernas.

Me abre los labios con los pulgares y me lame de abajo arriba, despacio, saboreando su propio semen mezclado conmigo. La lengua ancha, caliente, se aplasta contra el clítoris y vibra. Chupa. Succiona con fuerza rítmica. Yo le agarro el pelo y le empujo la cara más contra mi coño. Él gruñe y me clava la lengua dentro, follándome con ella mientras dos dedos vuelven a buscar el punto dulce. El segundo orgasmo me pilla de sorpresa: me sacude entero, me hace cerrar los muslos alrededor de su cabeza y gritar su nombre sin cuidado de que el eco se lleve el sonido hasta la casa vacía.

Cuando levanta la cara tiene la boca brillante y la polla otra vez dura, gruesa, pesada contra su vientre. Me mira desde abajo.

—Sube —le ordeno, y él obedece.

Me tumbo de lado. Él se coloca detrás, cuchara, y me levanta un muslo. La cabeza de su verga se frota por la raja abierta, se moja, se desliza arriba y abajo sin entrar. Me desespero. Empujo culo hacia atrás.

—Métela de una vez, Diego. Necesito que me estires otra vez.

Entra despacio esta vez, centímetro a centímetro, hasta que tengo los huevos pegados a mi coño y la longitud entera laténdome dentro. Se queda quieto un momento, respirando en mi nuca, y yo siento cada vena, cada pulso. Luego empieza a moverse. Embestidas largas y profundas que me hacen gemir contra el brazo. Una mano me agarra una teta pesada, pellizca el pezón ya dolorido, tira. La otra baja otra vez al clítoris y lo frota al mismo ritmo de las embestidas. El sonido húmedo de nuestra piel chocando llena el jardín. Huele a sexo, a jazmín y a tierra removida.

—Más fuerte —le pido—. Quiero que me dejes marcada por dentro.

Él acelera. Me folla con fuerza de joven, sin piedad, las caderas golpeándome el culo redondo hasta que se me pone la piel roja. Cada embestida me empuja hacia adelante sobre la manta. Yo empujo hacia atrás para recibirlo más hondo. Me corro otra vez, apretándolo, y él gime bajito al sentirme exprimirle la polla.

—Joder, Laura… te aprietas como una puta necesitada —dice contra mi oído, la voz rota—. Dime que te gusta que te use tu amigo de la madre.

—Me encanta —confieso sin vergüenza—. Me encanta que me folles el coño hasta dejármelo abierto y goteando. Sigue. No pares.

Se sale de golpe. Me gira de bruces, me levanta las caderas y me abre las nalgas con las dos manos. Me mira el coño hinchado, rojo, goteando su semen anterior y mis propios jugos. Escupe un hilo de saliva que cae justo en la raja y me la vuelve a meter de un solo empujón. Esta vez no hay piedad. Me embiste salvaje, las manos clavadas en mis caderas, tirando de mí hacia su polla cada vez que avanza. El golpeteo es obsceno, rápido, profundo. Siento cómo me destrozan el interior de la mejor manera posible. Mis tetas cuelgan y rebotan con cada embestida. La luna se ha ido del todo y la luz del alba me ilumina la espalda sudada.

—Habla sucio —le ordeno entre jadeos—. Dime lo que me vas a hacer.

—Te voy a follar hasta que no puedas caminar —gruñe—. Te voy a llenar otra vez y después te voy a lamer limpia para volverte a mojar. Voy a usar este coño maduro como si fuera mío. Voy a correrme tan adentro que me vas a gotear todo el día.

Sus palabras me empujan al borde otra vez. Él nota cómo me tensó y acelera aún más, casi brutal, hasta que el orgasmo me parte en dos. Grito contra la manta, el cuerpo entero convulsionando, el coño succionándole la verga en espasmos violentos. Diego no se detiene. Me folla a través del orgasmo, estirándolo, hasta que yo estoy temblando y babosa de tanto gemir.

Cuando por fin se sale estoy destrozada y perfecta. Me doy la vuelta, lo empujo de espaldas y me arrodillo entre sus piernas. Su polla brilla de nosotros dos, roja, dura, las venas hinchadas. La agarro con las dos manos y la lamo de la base a la punta, saboreando el sabor a sexo y a mi propio corrido. Abro la boca y me la trago entera otra vez, hasta que la nariz me roza el vello. Él gime y me agarra el pelo con las dos manos, guiándome arriba y abajo, follándome la garganta con cuidado y a la vez con ganas. Babeo. Lágrimas me saltan de los ojos de lo profundo que llega. Me gusta. Me gusta ahogarme un poco en él.

—Así… trágatela toda —jadea—. Eres una zorra increíble chupándome la polla.

Saco la verga solo para lamerle los huevos, chuparlos uno a uno, y después volver a engullirla. Cuando siento que está cerca, me levanto, me monto a horcajadas otra vez y me la clavo de un solo movimiento. Me siento hasta el fondo. Empiezo a cabalgarlo duro, amplios círculos de cadera, subiendo casi hasta sacármela y bajando de golpe para que me golpee el fondo. Mis tetas rebotan libres delante de su cara. Él las atrapa con la boca, las chupa, las muerde suave, tira de los pezones con los dientes mientras yo lo montó como si me fuera la vida.

—Córrete otra vez dentro —le digo, mirándolo a los ojos—. Quiero sentirte llenarme otra vez. Quiero que me dejes el coño baboso de ti.

Él me agarra las caderas y empieza a embestir desde abajo, encontrándome a mitad de camino. El ritmo se vuelve salvaje, desesperado. Siento cómo se pone aún más gruesa dentro, cómo late. Me inclino hacia adelante, le muerdo el hombro y le susurro:

—Dámelo todo. Úsame. Llénamela.

Se corre con un gemido largo, las caderas levantadas del suelo, disparándome chorros calientes y espesos que siento latir contra las paredes. El calor me dispara otro orgasmo pequeño pero intenso; me aprieto alrededor de él y lo exprimí mientras él sigue bombeando hasta vaciarse del todo. Nos quedamos así, unidos, temblando, sudados, el sol ya asomando de verdad por encima de los olivos.

Pero Diego no se ablanda del todo. Incluso después de correrme dos veces dentro y de follarme la boca y el coño sin descanso, su polla sigue medio dura dentro de mí, latente. Me mira con esa sonrisa pícara de quien no ha terminado ni de lejos.

—Aún no he terminado contigo, Laura —susurra, y mueve las caderas apenas, un roce lento que me hace jadear otra vez—. Quiero follarte contra la pared de la casa. Quiero que me chupes la polla otra vez hasta dejártela brillante. Quiero probar ese culo que se te mueve cuando caminas. Y todavía queda mucha luz de mañana…

Me besa despacio, lengua suave, mientras su mano vuelve a bajar entre nuestros cuerpos unidos y me acaricia el clítoris hinchado y sensible con dos dedos perezosos. El deseo, en lugar de apagarse, se enciende de nuevo bajo esa caricia, promesa clara de que la mañana apenas ha empezado y que él piensa usarme hasta que el sol esté alto. Abro más las piernas sobre él, le dejo espacio, y sonrío contra su boca sabiendo que lo peor —y lo mejor— todavía está por llegar.

Soy Laura y siento cómo la polla de Diego sigue medio dura dentro de mí, latente, mientras sus dedos perezosos me rodean el clítoris hinchado. El sol ya roza las copas de los olivos y el jardín huele a sexo y a hierba aplastada. Me levanto despacio, el corrido espeso resbalándome por los muslos, y él me sigue, la mirada oscura fija en mi culo.

—Ven —digo, tomándole la mano—. Quiero que me folles contra la pared como prometiste.

Caminamos desnudos hasta la fachada de piedra de la casa. La superficie está fresca del rocío. Me pongo de espaldas a ella, las manos apoyadas a la altura de la cabeza, y abro las piernas. Diego se coloca detrás, me levanta un poco las caderas y frota la cabeza de su verga por mi raja abierta, recogiendo los restos de semen y jugos. Entra de un solo empujón profundo. Grito. La piedra me muerde la piel de las tetas y del vientre mientras él me embiste con fuerza joven, sin compasión.

—Joder, Laura… estás empapada —gruñe al oído—. Este coño de cuarenta y dos años me chupa la polla como si no hubiera comido en semanas.

—Porque no he comido nada como tú en meses —confieso jadeando—. Úsame. Destózame contra esta pared. Quiero que me dejes moretones en las caderas.

Sus manos me agarran fuerte, los dedos clavándose en la carne blanda. Me folla a ritmo salvaje, cada embestida haciéndome rebotar las tetas pesadas contra la piedra. El contraste del frío de la pared y el calor de su cuerpo me vuelve loca. Siento cómo me estira, cómo la cabeza me golpea el fondo una y otra vez. Una de sus manos baja y me frota el clítoris con dos dedos rápidos, húmedos. Me corro enseguida, un orgasmo que me dobla las rodillas y me hace gritar su nombre sin cuidado. Él no para. Me sostiene, me folla a través de las contracciones, estirándolas hasta que tiemblo y baboso de tanto gemir.

Cuando saca la polla estoy abierta y goteando. Me giro, me arrodillo en la hierba junto a la pared y le abro la boca. Él me agarra el pelo con las dos manos y me la mete hasta la garganta. Babeo, lágrimas me saltan, pero empujo con la lengua y trago, chupando con ganas, saboreando el sabor a nosotros dos. Subo y bajo, succionando fuerte, mirándolo a los ojos. Diego gime bajo, las caderas moviéndose, follándome la boca con control y hambre.

—Así… trágatela toda, zorra preciosa —dice con la voz rota—. Eres la mejor mamada que he tenido en mi puta vida. Mira cómo te brilla la cara de saliva y de mi corrido.

Saco la verga solo para lamerle los huevos, chuparlos uno a uno, y volver a engullirla. Cuando siento que está al límite, me levanto. Él me gira otra vez de bruces contra la pared, me abre las nalgas con las manos y me mira el culo redondo.

—Quiero probarlo —susurra—. Dime que sí, Laura. Quiero follarte el culo bajo esta luz de mañana.

—Sí —respondo sin dudar, el corazón latiéndome en la garganta—. Úsame ahí también. Quiero sentirte entrarme despacio y luego destrozaarme.

Él escupe saliva gruesa que cae justo en el agujero fruncido. Mete un dedo primero, despacio, girándolo, abriéndome. Luego dos. Me arde un poco y me gusta. Me froto el clítoris yo misma mientras él me prepara, metiendo y sacando los dedos hasta que estoy relajada y mojada. La cabeza de su polla se coloca ahí. Empuja. Entra centímetro a centímetro. Gimo largo, el ardor mezclado con un placer oscuro y profundo. Cuando la tiene entera dentro se queda quieto, respirando en mi nuca, dejándome acostumbrarme al llenado total.

—Dios… qué estrecho —jadea—. Tu culo me está matando, Laura. Tan apretado… tan caliente.

Empieza a moverse. Embestidas largas y profundas al principio, luego más rápidas. Me folla el culo con la misma fuerza con la que me folló el coño, las manos agarrándome las caderas, tirando de mí hacia él. Mis tetas se aplastan contra la piedra fría. El sonido es obsceno: piel contra piel, gemidos, el chapoteo húmedo. Cada embestida me llena hasta el fondo y me deja temblando. Me corro otra vez solo de sentirlo ahí, el orgasmo diferente, más intenso, más profundo, haciéndome apretarlo con fuerza. Él gruñe y acelera.

—Habla —le ordeno entre jadeos—. Dime lo que sientes follándome el culo.

—Siento que me duele de lo duro que estoy —responde, la voz rota—. Siento cómo me aprietas como una puta necesitada. Voy a correrme tan adentro de este culo maduro que me vas a gotear el resto del día. Y después te voy a lamer limpia y volverte a mojar. Eres mía esta mañana, Laura. Toda.

Sus palabras me empujan al borde otra vez. Él mete la mano por delante y me frota el clítoris al mismo ritmo brutal de las embestidas. Me parto en dos. Grito contra la pared, el cuerpo entero convulsionando, el culo succionándole la verga en espasmos violentos. Diego no se detiene. Me folla a través del orgasmo hasta que yo estoy temblando y casi sin aliento. Entonces se sale, me gira, me tumba en la hierba otra vez y me monta a horcajadas al revés, mi cara sobre su polla y la suya sobre mi coño. Me lame con lengua ancha y voraz mientras yo le chupo la verga brillante de saliva y de mí. Nos comemos el uno al otro con hambre, sucios, perfectos. Me corro en su boca otra vez, chorreando, y él bebe todo. Cuando levanto la cara él ya está duro de nuevo, imposible, joven y voraz.

Me subo encima otra vez, de cara a él, y me clavo la polla en el coño de un solo movimiento. Cabalgo duro, amplios círculos, subiendo casi hasta sacármela y bajando de golpe para que me golpee el fondo. Mis tetas rebotan libres. Él las atrapa, las chupa, muerde los pezones ya doloridos, tira de ellos con los dientes mientras me embiste desde abajo. El sol ya está más alto. Sudamos, oliendo a sexo y a jazmín. Me inclino y le muerdo el hombro.

—Llénamela otra vez —le susurro—. Quiero sentir tus chorros calientes dentro. Quiero que me dejes el coño y el culo babosos de ti todo el puto día.

Él me agarra las caderas y embiste salvaje. Siento cómo se pone más gruesa, cómo late. Se corre con un gemido largo, disparándome chorros espesos que siento latir contra las paredes. El calor me dispara otro orgasmo pequeño pero intenso; me aprieto y lo exprimo mientras él bombea hasta vaciarse. Nos quedamos unidos, temblando, el semen resbalando entre nosotros.

Pero Diego no se ablanda del todo. Incluso después de follarme el coño, la boca y el culo sin descanso, su polla sigue medio dura dentro de mí. Me mira con esa sonrisa pícara, los dedos ya bajando otra vez a mi clítoris sensible, dibujando círculos perezosos que me hacen jadear.

—Todavía no he terminado —susurra contra mi boca—. Quiero llevarte dentro, a la cama. Quiero atarte las muñecas con mi cinturón y follarte despacio hasta que ruegues. Quiero ver cómo me goteas mientras te chupo las tetas. Y el sol apenas está empezando a calentar…

Me besa lento, lengua suave, mientras su mano sigue acariciándome, promesa clara de que la mañana es larga y que él piensa usarme hasta que el calor del mediodía nos obligue a parar. Abro más las piernas sobre él, le dejo espacio, y sonrío sabiendo que lo mejor —y lo más sucio— todavía está por llegar dentro de la casa, lejos de la hierba, con toda la luz del día para vernos.

Soy Laura y me levanto de su regazo con la polla de Diego todavía medio dura resbalándome fuera, el semen espeso dibujándome hilos blancos por los muslos hasta las rodillas. Él me sigue sin soltarme la mano, los dos desnudos, cubiertos de hierba y de nosotros, cruzando el umbral de la casa de campo mientras el sol ya calienta de verdad las piedras. Dentro huele a madera vieja y a jazmín que se cuela por las ventanas abiertas. Subimos las escaleras despacio, mis tetas pesadas rebotando con cada peldaño, su mirada clavada en mi culo abierto y rojo.

En el dormitorio la cama está deshecha de cuando me vestí anoche. Diego cierra la puerta con el pie y me empuja suavemente hacia el colchón. Me tumbo de espaldas, las piernas abiertas sin pudor, y él coge el cinturón de su pantalón tirado en el suelo. El cuero es ancho, cálido de haberlo llevado todo el día.

—Muñecas juntas —ordena con esa voz joven que ya me conoce por dentro.

Obedezco. Cruza el cinturón alrededor de mis muñecas, lo aprieta justo lo suficiente para que no pueda soltarme del todo y lo pasa por el barrote del cabecero. Quedo inmóvil, los brazos arriba, las tetas expuestas y subiendo con cada respiración. Él se arrodilla entre mis piernas y me mira como si fuera un regalo que acaba de desembalar.

—Ahora te follo despacio —susurra—. Hasta que ruegues. Hasta que mojes la sábana otra vez.

Empieza con la boca. Lame mis pezones ya hinchados y doloridos, los chupa con fuerza, tira de ellos con los dientes mientras dos dedos me abren el coño goteante y me frotan el clítoris en círculos perezosos. Yo tire del cinturón, el cuero crujiendo, y arqueo la espalda.

—Diego… métela… por favor…

—Todavía no —responde, y baja la lengua hasta mi raja. Me lame de arriba abajo, saboreando el semen anterior y mis jugos nuevos, chupa el clítoris hinchado hasta que tiemblo y grito su nombre. Me corró pronto, un orgasmo largo y tembloroso que me hace cerrar los muslos alrededor de su cabeza, pero él no para. Sigue lamiendo, follándome con la lengua, estirando las contracciones hasta que baboso y le ruego de verdad.

Solo entonces se sube. La cabeza de su polla gruesa se coloca en mi entrada y entra centímetro a centímetro, tan despacio que siento cada vena, cada latido. Cuando la tiene entera se queda quieto, respirando contra mi cuello, y yo aprieto alrededor de él, desesperada.

—Muévete —suplico—. Fóllame. Necesito que me uses.

Empieza a embestir largo y profundo, casi sacándola del todo y volviendo a enterrarla hasta el fondo. Cada golpe me estira, me llena, me hace gemir sin control. Sus manos agarran mis tetas, las aprietan, pellizcan los pezones mientras me mira a los ojos.

—Mira cómo te abres para mí —dice, la voz ronca—. Este coño de cuarenta y dos años es mío esta mañana. Dime que te gusta que el hijo de tu mejor amiga te deje atada y te destroce despacio.

—Me encanta —confieso, el orgullo y el deseo mezclados—. Me encanta que me folles así, que me tengas inmóvil y me llenes. Más fuerte ahora… por favor…

Acelera un poco. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llena la habitación. Me corró otra vez, apretándolo con fuerza, el cuerpo entero convulsionando bajo él, pero Diego no se detiene. Me folla a través del orgasmo, profundo, constante, hasta que yo forcejeo contra el cinturón y le muerdo el hombro.

Se sale, me desata las muñecas con dedos torpes de ganas y me gira de bruces. Me levanta las caderas, me abre las nalgas y escupe otra vez sobre mi culo ya usado. La cabeza se coloca en el agujero fruncido y empuja. Entra despacio, el ardor delicioso mezclado con el placer oscuro. Cuando la tiene entera gime contra mi espalda.

—Tan puto estrecho… —jadea—. Tu culo me chupa la polla como si quisiera quedársela.

Empieza a moverse. Embestidas largas al principio, luego más rápidas, más brutales. Me folla el culo con la misma hambre con la que me folló el coño fuera, las manos clavadas en mis caderas, tirando de mí hacia él cada vez. Mis tetas cuelgan y rebotan; yo me froto el clítoris con dos dedos rápidos, el orgasmo subiendo otra vez como una ola. Grito cuando llega, el culo apretándolo en espasmos violentos, y él acelera, follándome a través de las contracciones hasta que siento que está al borde.

Se sale de golpe, me gira otra vez y me monta a horcajadas al revés. Mi boca traga su polla brillante de saliva y de mí mientras él me abre con los pulgares y me lame el coño y el culo a la vez, lengua ancha y voraz. Nos comemos con hambre, sucios, perfectos. Me corró en su boca, chorreando, y él bebe todo, gruñendo contra mi carne. Cuando me levanto él ya está otra vez duro del todo, imposible, joven y sin límite.

Me subo encima de cara a él, me clavo la verga en el coño de un solo movimiento y cabalgo duro. Amplios círculos de cadera, subiendo casi hasta sacármela y bajando de golpe para que me golpee el fondo. Mis tetas rebotan libres delante de su cara; él las atrapa, las chupa, muerde los pezones ya rojos y sensibles, tira de ellos con los dientes mientras embiste desde abajo. El sol entra por la ventana y nos ilumina enteros: sudor, marcas de dedos, semen seco en mis muslos, la polla de Diego desapareciendo dentro de mí una y otra vez.

—Llénamela —le ordeno, mirándolo a los ojos—. Quiero tus chorros calientes otra vez. Quiero gotearte todo el día mientras pienso en cómo me has usado.

Él me agarra las caderas con fuerza y embiste salvaje, encontrándome a mitad de camino. Siento cómo se pone más gruesa, cómo late contra mis paredes. Se corre con un gemido largo y roto, las caderas levantadas, disparándome chorros espesos y calientes que siento latir profundamente. El calor me dispara otro orgasmo intenso; me aprieto alrededor de él y lo exprimo, exprimiendo cada gota mientras él bombea hasta vaciarse del todo. Nos quedamos unidos, temblando, el semen resbalando entre nosotros sobre la sábana ya empapada.

Pero ni siquiera entonces se ablanda del todo. Diego me besa lento, lengua suave, mientras su mano baja otra vez y me acaricia el clítoris hinchado y hipersensible con dos yemas perezosas. El deseo, en lugar de apagarse, vuelve a encenderse bajo esa caricia, promesa clara de que todavía queda más.

—Una más —susurra contra mi boca—. Quiero verte correrte una última vez con mi polla dentro y mis dedos en tu culo.

Obedezco sin palabras. Él me tumba de lado, se coloca detrás, me levanta el muslo y entra otra vez en mi coño baboso. Al mismo tiempo mete dos dedos en mi culo ya abierto y los mueve al ritmo de las embestidas. Me folla así, lento al principio y luego más profundo, más insistentemente, los dedos curvados, la polla golpeándome el punto dulce. Yo gimo sin vergüenza, el cuerpo entero entregado, y cuando el orgasmo final llega es devastador: me parte en dos, me hace gritar su nombre hasta quedarme sin voz, el coño y el culo succionándolo a la vez en espasmos violentos que no paran. Diego se corre otra vez dentro, el tercer o cuarto chorro caliente de la mañana, y nos derrumbamos juntos, sudados, unidos, el sol ya alto calentándonos la piel.

Nos quedamos así un rato largo, su polla ablandándose despacio dentro de mí, sus labios besándome el hombro, mis uñas clavadas en su brazo. El jardín huele a sexo y a tierra. La casa está en silencio. Yo siento cada marca, cada gota, cada pulso que aún me late entre las piernas.

Y supe, mientras su semen me resbalaba caliente por el muslo y la luz del mediodía nos bañaba enteros, que nunca volvería a tocarme sin oír su voz diciéndome “todavía no he terminado” bajo la luna que ya se había ido.

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