Primer Ajuste en el Probador
En la tienda, el musculoso dependiente de 28 años y el ejecutivo de 34 se follan salvajemente en el probador.
En el bullicio constante del centro financiero, la tienda de ropa masculina se mantenía como un refugio de telas caras y luces tenues que favorecían las siluetas. Malik, un musculoso dependiente de 28 años cuyo cuerpo había sido esculpido por años de pesas y entrenamiento funcional, doblaba camisetas con movimientos precisos. Sus brazos gruesos tensaban las mangas cortas de la polo negra del uniforme, y el pantalón oscuro se adhería a sus muslos poderosos y a un culo redondo que atraía miradas discretas de los clientes. Sentía el peso de la tarde en los hombros, pero su energía sexual siempre latente lo mantenía alerta, especialmente cuando entraban hombres como el que acababa de cruzar la puerta.
Andre, un atractivo ejecutivo de 34 años que dirigía cuentas millonarias en una consultora a tres cuadras de allí, caminaba con esa confianza que da el poder y el dinero. Alto, de mandíbula marcada y ojos oscuros que parecían evaluar todo, llevaba un traje gris hecho a medida que marcaba sus hombros anchos y una cintura estrecha fruto de sus rutinas diarias de running. Buscaba jeans que le permitieran pasar de la oficina a una cena casual sin perder atractivo. Sus ojos recorrieron las estanterías hasta posarse en Malik. Hubo un segundo de reconocimiento mutuo, como si ambos supieran que el otro era carne de primera.
—Buenas tardes —saludó Malik con voz grave, acercándose—. ¿Buscas algo específico?
Andre lo miró de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose un instante en el pecho ancho del dependiente.
—Jeans ajustados. Muy ajustados. Quiero que marquen todo lo que tienen que marcar —respondió con una sonrisa leve, casi desafiante.
Malik tragó saliva. Ya sentía el primer tirón en la entrepierna. Le mostró tres modelos distintos, explicando cortes y telas con profesionalismo, pero su mente ya estaba imaginando cómo se vería ese ejecutivo desnudo. Andre eligió dos pares y pidió probárselos. El probador del fondo era amplio, con cortina gruesa de terciopelo negro y espejos que multiplicaban cada ángulo. Malik corrió la cortina tras él y esperó afuera, pero solo pasaron treinta segundos antes de que la voz de Andre lo llamara.
—¿Puedes entrar un momento? Quiero que me des tu opinión profesional.
Malik respiró hondo, sintiendo cómo su polla empezaba a engrosarse contra la tela de su pantalón. Empujó la cortina y entró. El espacio se redujo de inmediato. Andre estaba de pie frente al espejo lateral, ya sin el pantalón del traje, solo con una camisa blanca abierta y unos boxers negros que apenas contenían un paquete grueso y prometedor. Se había puesto los primeros jeans, de un azul oscuro que se pegaba a sus piernas como una segunda piel. La tela marcaba cada músculo de los cuádriceps y, sobre todo, delineaba con obscena precisión el contorno de su polla semierecta.
Malik notó cómo la mano derecha de Andre se deslizaba lentamente por encima del bulto, ajustando, presionando, casi masturbándose delante del espejo. No era un gesto casual. Era una invitación. Sus miradas se encontraron en el reflejo. Andre sonrió de medio lado, una sonrisa cómplice que decía “sé lo que estás pensando”. Malik sintió un calor subirle por el abdomen. Su propia verga palpitó con fuerza, empujando contra la cremallera.
—Te quedan brutales —murmuró Malik, dando un paso más cerca—. Te marcan el culo de una forma que… joder.
Andre se giró despacio, ofreciéndole la vista trasera. Los jeans se hundían entre sus nalgas firmes, redondas, perfectas para ser agarradas. Volvió a pasarse la mano por delante, esta vez más lento, apretando la base de su polla visiblemente endurecida.
—¿Tú crees? Siento que me aprietan un poco aquí —dijo, señalando su entrepierna sin quitar la mano—. ¿No te parece que se nota demasiado?
Malik se humedeció los labios. El aire dentro del probador se había vuelto denso, cargado de testosterona y anticipación. Pensó que cualquier cliente que entrara ahora notaría la tienda vacía y se iría, pero en realidad solo podía pensar en arrodillarse y arrancarle esos jeans con los dientes. Andre lo miraba fijamente, sin vergüenza, con los ojos entrecerrados y una respiración que empezaba a acelerarse. Malik le devolvió la sonrisa, una sonrisa lenta, depredadora, que dejaba claro que ambos querían exactamente lo mismo.
—Se nota lo justo para que cualquiera que te vea quiera bajártelos —contestó Malik en voz baja—. Y a mí me está costando mantenerme profesional ahora mismo.
Andre soltó una risita grave, casi un gruñido. Se ajustó el paquete otra vez, dejando que sus dedos delinearan toda la longitud de su erección bajo la tela vaquera. La tensión sexual crepitaba entre ellos como electricidad estática. Ninguno apartaba la mirada. Malik sentía el corazón latiéndole en la garganta y en la polla al mismo tiempo. Quería tocar. Quería lamer. Quería follarse a ese ejecutivo arrogante ahí mismo, contra el espejo, hasta que los gemidos retumbaran en la tienda.
—Tráeme el otro par, el que es un poco más oscuro y ceñido —pidió Andre, pero su tono ya no era de cliente. Era una orden disfrazada de petición, una forma de hacer que Malik volviera a entrar.
Malik salió del probador con las piernas temblando de pura excitación. Su verga estaba completamente dura, formando una tienda de campaña imposible de disimular. Buscó el pantalón solicitado, respirando agitado, intentando calmarse. En su mente solo veía la mano de Andre tocándose, esa sonrisa cómplice, ese culo embutido en denim. Regresó al cabo de un minuto que pareció eterno.
Cuando corrió la cortina de nuevo, Andre ya se había bajado los jeans y estaba de pie únicamente con los boxers negros. Su polla empujaba la tela con fuerza, la cabeza gruesa marcándose claramente, una mancha húmeda de precum comenzando a transparentarse. El cuerpo del ejecutivo era puro músculo definido, pecho cubierto de vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta perderse bajo la cintura elástica.
Malik entró y cerró la cortina tras de sí con un gesto seco. Esta vez no hubo excusas. Andre dio un paso adelante y, al hacerlo, su entrepierna rozó deliberadamente la de Malik, presionando su polla dura contra el bulto del dependiente. El contacto fue brutal, eléctrico, directo. Ambos jadearon al mismo tiempo.
Se miraron a los ojos sin parpadear. La respiración de Andre era caliente contra la boca de Malik.
—Llevo toda la puta tarde queriendo probar tu polla, Malik —susurró el ejecutivo, usando su nombre por primera vez, con la voz ronca de deseo—. Desde que te vi doblando esas camisetas con esos brazos de semental. Quiero sentirla. Quiero que me des lo que tienes guardado ahí.
Malik no respondió con palabras. Soltó el pantalón nuevo al suelo y agarró con ambas manos el culo firme de Andre, clavando los dedos en la carne a través de la tela fina de los boxers. Lo atrajo con fuerza contra su cuerpo, sintiendo cómo sus pollas se aplastaban una contra la otra. Sus bocas se encontraron en un beso salvaje, hambriento, lleno de lengua y dientes. Gemidos ahogados vibraron entre ellos mientras se devoraban. La lengua de Andre era exigente, invasiva, y Malik respondió con la misma agresividad, chupando, mordiendo el labio inferior del ejecutivo.
Las manos bajaron al mismo tiempo. Malik metió la mano dentro de los boxers de Andre y envolvió una polla gruesa, venosa, caliente como hierro. La piel era suave, pero el grosor era impresionante. Empezó a masturbarlo con movimientos largos y firmes, sintiendo cómo el precum lubricaba su palma. Andre soltó un gruñido gutural dentro de su boca y correspondió, bajando la cremallera de Malik con dedos ansiosos. Sacó la verga del dependiente —una polla más larga, ligeramente curvada hacia arriba, con una cabeza gruesa y brillante— y empezó a pajearlo con la misma hambre.
—Joder, qué polla tienes… —jadeó Andre contra sus labios, sin dejar de mover la mano—. Gruesa, caliente… justo como me imaginaba.
Malik apretó más fuerte el culo de Andre, separando las nalgas con los dedos, rozando con un dedo el borde de su agujero por encima de la tela. El beso se volvió más sucio, más húmedo. Sus manos subían y bajaban al unísono, masturbándose mutuamente con ritmo creciente, las venas palpitando, los gemidos cada vez más difíciles de contener. El probador olía a colonia cara, a sudor masculino y a sexo inminente. Los espejos devolvían la imagen de dos hombres fuertes, musculosos, perdidos en el deseo: camisas arrugadas, pantalones bajados, pollas enrojecidas deslizándose dentro de puños apretados.
Malik empujó a Andre contra la pared del probador, sin dejar de besarlo ni de pajearlo. Sentía que podía correrse solo con la fricción y con los sonidos obscenos que hacía el ejecutivo. Pero no quería terminar todavía. Quería más. Quería enterrarse dentro de ese culo que había estado mirando toda la tarde. Quería oírlo suplicar mientras lo follaba salvajemente contra el espejo.
Andre mordió el cuello de Malik, lamiendo la piel sudorosa, y aceleró el movimiento de su mano, retorciendo la muñeca justo en la cabeza de la polla del dependiente.
—Aquí mismo… quiero que me folles aquí mismo —gruñó contra su oreja, la voz rota de placer.
Malik apretó los dientes, conteniendo el orgasmo que amenazaba con subirle por la columna. Sus manos seguían trabajando, el sonido húmedo de la carne deslizándose llenaba el pequeño espacio. Sabía que la cortina no era insonorizada. Sabía que en cualquier momento podía entrar alguien. Pero eso solo hacía que su polla palpitara más fuerte en la mano de Andre.
Se miraron a los ojos otra vez, jadeando, con las frentes pegadas y las manos todavía moviéndose con ritmo brutal. Ninguno quería parar. La tensión estaba a punto de romperse, pero aún quedaba mucho por hacer. Malik sonrió con ferocidad, apretando el glande de Andre hasta sacarle un gemido ahogado.
—Entonces prepárate, porque te voy a reventar ese culo que tienes… —susurró, y el beso volvió a ser violento, prometiendo todo lo que aún no había empezado.
En el estrecho probador, el aire ya era espeso, cargado de sudor y deseo crudo. Andre, el ejecutivo de 34 años que dominaba reuniones de millones con solo una mirada, rompió el beso con un gruñido bajo y se dejó caer de rodillas sobre el suelo alfombrado. Sus ojos oscuros se clavaron en la polla de Malik, esa verga gruesa, venosa y ligeramente curvada hacia arriba que palpitaba a centímetros de su boca. El dependiente de 28 años, con el cuerpo esculpido por horas de hierro en el gimnasio, apoyó la espalda contra la pared y miró hacia abajo, el pecho subiendo y bajando con fuerza.
—Quiero comértela entera —susurró Andre con voz ronca, sin apartar la vista de la cabeza brillante y morada.
Abrió la boca y la engulló de golpe. Sus labios se estiraron al máximo alrededor del grosor mientras bajaba hasta que la nariz rozó el vello recortado de la base. La saliva brotó de inmediato, chorreando por las comisuras, resbalando por el eje grueso y cayendo en gotas pesadas sobre los boxers bajados de Malik. Andre no fue delicado. Chupó con hambre animal, la lengua plana recorriendo la vena inferior, la garganta contrayéndose alrededor de la cabeza cada vez que la tragaba hasta el fondo. Los sonidos eran obscenos: glug, glug, el chapoteo húmedo de la saliva que no paraba de fluir, empapando la barbilla del ejecutivo y goteando sobre su propio pecho velludo.
Malik apretó los dientes, una mano grande y callosa se posó en la cabeza de Andre, sin empujar, solo sujetando, sintiendo cómo ese hombre poderoso se convertía en una boca caliente y babosa solo para él. «Joder, míralo… un ejecutivo de traje que hace una hora mandaba en su oficina y ahora está de rodillas mamándome como si le pagaran por ello», pensó Malik, y la idea le hizo palpitar más fuerte dentro de esa garganta apretada. Andre levantó la mirada, los ojos llorosos por el esfuerzo, las mejillas huecas por la succión, y eso fue demasiado. Malik gruñó, sacando la polla un segundo para dejar que hilos espesos de saliva conectaran sus labios con el glande, antes de volver a metérsela hasta el fondo.
Después de varios minutos de mamada brutal, Andre se puso de pie, jadeando, la barbilla brillante de su propia saliva y el precum de Malik. Se giró sin decir nada, apoyó las dos manos abiertas contra el espejo frío y se agachó, ofreciendo el culo firme y redondo que los jeans habían marcado antes. La espalda se arqueó, los músculos de los hombros se tensaron bajo la camisa abierta.
—Ahora, Malik. Métemela. Fuerte —ordenó con voz entrecortada.
Malik escupió sobre su propia polla, extendió la saliva con la mano y se colocó detrás. El probador era tan pequeño que sus muslos chocaban contra los de Andre con cada movimiento. Empujó la cabeza gruesa contra el agujero fruncido y entró de un solo golpe seco, hasta las bolas. Andre soltó un gemido gutural que Malik ahogó inmediatamente tapándole la boca con la palma grande. El ejecutivo mordió la carne de esa mano mientras el dependiente empezaba a follarlo con fuerza, embestidas profundas y brutales que hacían temblar el espejo.
Cada embestida era salvaje. El sonido de la piel contra piel resonaba húmedo y seco al mismo tiempo: plap, plap, plap. La polla de Malik entraba y salía casi completa, el grosor abriendo ese culo apretado sin piedad. Andre empujaba hacia atrás, pidiendo más, el sudor corriendo por su espalda y haciendo que la camisa se pegara a su piel. Malik le mordió el hombro a través de la tela, manteniendo la otra mano firmemente sobre su boca mientras aceleraba el ritmo.
—Cállate, joder… que te van a oír gemir como una puta —gruñó Malik contra su oreja, pero no dejó de follarlo más duro, girando las caderas para clavarse en ese punto que hacía que las piernas de Andre temblaran.
A través del espejo, ambos veían la escena multiplicada: el cuerpo musculoso del dependiente embistiendo al ejecutivo elegante, la cara de Andre roja, los ojos entrecerrados de placer, la polla del ejecutivo goteando precum contra el cristal. Malik sentía el calor interno apretándolo como un puño, los músculos de Andre contrayéndose alrededor de su verga con cada golpe. «Está tan apretado… tan caliente… este culo está hecho para que yo lo reviente», pensaba mientras aumentaba la velocidad, los huevos golpeando contra las nalgas firmes.
Sin salir de él, Malik se movió hacia el pequeño banco del probador y se sentó, la polla todavía enterrada hasta el fondo. Andre se giró sobre él, ahora a horcajadas, y se dejó caer con fuerza. Empezó a rebotar salvajemente, las manos agarradas a los hombros anchos de Malik, las rodillas abiertas sobre el banco. Subía y bajaba como un animal, el culo tragándose la verga completa cada vez, la carne golpeando con fuerza húmeda. El sudor volaba. Los gemidos ahogados de Andre llenaban el espacio pese a la mano que Malik seguía teniendo cerca de su boca.
—Así… rómpeme el culo, cabrón —jadeó Andre entre dientes, rebotando más rápido, más brutal, sintiendo cómo la polla curvada de Malik le masajeaba la próstata sin descanso.
Malik lo sujetaba por las caderas, clavando los dedos en la carne, empujando hacia arriba para encontrarse con cada descenso. El probador olía a sexo puro: sudor masculino, saliva, precum y el aroma almizclado de dos machos follando sin control. Los espejos reflejaban cada detalle: la polla de Andre, gruesa y oscura, golpeando contra el abdomen de Malik y dejando rastros brillantes; las venas del cuello del dependiente hinchadas por el esfuerzo; los abdominales de ambos contraídos y brillantes.
—Estoy cerca… me voy a correr dentro de ti —avisó Malik con voz rota.
Andre aceleró aún más, rebotando como si quisiera partirlo, una mano bajando a pajearse con furia. El primer chorro de Malik salió potente, inundando las entrañas del ejecutivo con leche espesa y caliente. Andre soltó un gemido largo y ahogado cuando sintió el segundo, el tercero, el cuarto latigazo llenándole el culo hasta que empezó a rebosar. Entonces se corrió él también: su polla escupió chorros largos y blancos que salpicaron el espejo en líneas gruesas, bajando lentamente por el cristal mientras su agujero se contraía alrededor de la verga aún enterrada, ordeñando hasta la última gota.
Ambos quedaron temblando, respiraciones agitadas, cuerpos pegados por el sudor. Malik salió lentamente, un hilo espeso de semen escapando del culo abierto de Andre y cayendo al suelo. Sin palabras, Malik agarró dos toallas pequeñas de cortesía que la tienda dejaba para los clientes que probaban ropa, y se limpiaron con rapidez: Andre limpiando su propio semen del espejo y el que chorreaba de su agujero, Malik secando su polla sensible y los restos de saliva.
Se miraron. Una sonrisa cómplice apareció en los labios de ambos. Andre tomó la cara de Malik con ambas manos y lo besó una última vez, lento, profundo, con lengua perezosa pero llena de promesa. No era un beso de despedida; era un sello de lo que acababa de pasar y de lo que podía repetirse.
Se vistieron en silencio, todavía con las piernas flojas. Andre señaló los jeans oscuros que habían quedado tirados en el suelo, manchados ligeramente de sudor y precum.
—Me los llevo —dijo con voz grave—. Como recuerdo de mi primer ajuste.
Malik pasó por caja con profesionalismo fingido, cobrando los jeans usados. Cuando le entregó la bolsa, se inclinó ligeramente sobre el mostrador, guiñó un ojo y le susurró al oído:
—Vuelve cuando quieras otro ajuste, Andre.
Andre tomó la bolsa, sonrió de medio lado y, antes de girarse hacia la puerta, respondió con la voz baja pero clara:
—¿La próxima vez te atreves a dejar que te folle yo en mi oficina?
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