Medianoche en la Azotea
Una noche en la azotea, la atrevida Imani de 22 se deja follar duro por su vecino Xavier, de 48.
La azotea del edificio viejo olía a alquitrán caliente y a humo barato. Medianoche. El ruido de la ciudad subía como un zumbido lejano, faros y bocinas ahogados por la altura. Xavier estaba apoyado en la baranda oxidada, camisa blanca abierta hasta el pecho, cigarrillo entre los dedos. Cuarenta y ocho años, divorciado, hombros anchos y pecho velludo marcado por el sol y el tiempo. Cicatrices pequeñas en los nudillos. La luna le iluminaba la mandíbula cuadrada y la cana que empezaba en las sienes.
Imani subió descalza. Veintidós años, estudiante, cuerpo firme y atrevido. Solo llevaba una camiseta larga de algodón que le llegaba a mitad de muslo y unas bragas negras finas. El aire nocturno le endureció los pezones contra la tela. Llevaba meses mirándolo desde el rellano, viéndolo subir aquí a fumar y a mirar el horizonte como si cargara algo pesado.
—No esperaba compañía —dijo él sin girarse del todo, voz grave, ronca de tabaco.
—Yo sí te esperaba —respondió ella, acercándose. Se plantó a su lado, rozándole el brazo. El calor de él le subió por la piel—. Subes todas las noches. Yo también. He estado contando las veces que te veo.
Xavier la miró de reojo. Los ojos oscuros le recorrieron las piernas desnudas, la curva de las caderas bajo la camiseta.
—Tienes edad de ser mi hija, Imani.
—Y aun así no dejas de mirarme cada vez que bajo la basura o cuando salgo al pasillo en pijama. Lo sé. Te he pillado.
Él soltó una risa baja, apagó el cigarrillo contra la baranda y lo tiró.
—No puedo. Ese culo, esa boca. Cada vez que te veo me pongo duro como un cabrón. Es un puto problema.
Ella se sentó en el borde de concreto, patas colgando hacia el vacío, y lo atrajo con un gesto. Xavier se sentó a su lado. La tensión era espesa, eléctrica. Imani abrió las piernas un poco, deliberada, y rozó su muslo desnudo contra el de él. La tela de su pantalón se tensó al instante. Ella lo notó y sonrió, atrevida, curiosa hasta el hueso.
—Llevo meses fantaseando con tu madurez. Con esas manos grandes. Con lo que sabes hacer. Quiero sentir las manos de un hombre de verdad, no de un chaval que se corre en dos minutos. Quiero que me uses.
Xavier respiró hondo. La polla ya le empujaba la cremallera. Le pasó la palma por el muslo interior de ella, lento, subiendo hasta el borde de las bragas. El calor entre las piernas de Imani lo empapó los dedos.
—Si lo deseas de verdad —dijo con voz ronca, casi un gruñido—, te voy a follar como te mereces. Sin prisas al principio y después sin piedad. Voy a dejarte el coño open y la garganta llena. ¿Eso quieres, niña?
—Sí. Ahora.
Se lanzaron el uno al otro. El beso fue hambriento, dientes y lengua, saliva compartida. Él le agarró la nuca y la atrajo más, metiéndole la lengua hasta la garganta mientras ella gemía dentro de su boca. Las manos de Xavier subieron bajo la camiseta, palparon las tetas firmes, pellizcaron los pezones duros hasta hacerla arquearse. Ella le desabrochó el pantalón con dedos torpes de ganas, sacó la polla gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Pesaba caliente en su palma.
Imani se arrodilló sobre el concreto áspero de la azotea. La camiseta le subió por la espalda. Miró hacia arriba, ojos llenos de lujuria, labios entreabiertos, y se tragó la polla de golpe. La cabeza ancha le estiró la boca. Chupó con ansia, lengua plana por la vena gruesa de abajo, saliva corriendo por la barbilla y los huevos. Xavier le sujetó el cabello rizado con ambas manos y empujó despacio, sintiendo cómo la garganta de ella se abría alrededor de él.
—Joder, qué boca… así, más profundo. Mírame mientras me la chupas.
Ella obedeció, ojos vidriosos de deseo, mejillas hundidas. Babeaba alrededor del tronco grueso, hacía ruiditos húmedos, se tocaba el coño por encima de las bragas mientras lo mamaba. Xavier jadeaba, caderas moviéndose en un vaivén controlado, follándole la boca con experiencia, sin romper el ritmo. Cuando sintió que estaba a punto de corrérsele dentro, la levantó de un tirón por los sobacos.
La puso de espaldas contra la baranda fría. Le bajó las bragas de un tirón y se las dejó colgando de un tobillo. Le separó los muslos, le escupió en la mano y se la pasó por el coño hinchado, chorreante. Imani se agarró al metal oxidado, arqueando el culo hacia él.
—Métela. Ya. Quiero sentirla entera.
Xavier se alineó y la penetró de una embestida profunda y fuerte. El grito de ella se perdió en el viento de la azotea. La polla gruesa le abrió las paredes apretadas, rozándole el fondo. Él le agarró las caderas con fuerza, dedos clavándose en la carne blanda, y empezó a follarla por detrás con embestidas salvajes. El sonido húmedo de piel contra piel llenó la noche. Cada embiste le hacía rebotar las tetas y le sacaba gemidos rotos.
—Más duro… así, joder, Xavier, me estás abriendo…
Él gruñó, le dio una palmada en el culo que dejó marca roja y aceleró. La follaba como se merecía: profundo, sin compasión, usando la experiencia de décadas para encontrar el ángulo que la hacía temblar. El coño de Imani lo apretaba, lo chupaba, chorreaba por los muslos. Ella miraba hacia abajo, a las luces de la ciudad lejanas, y sentía que el vacío debajo solo aumentaba el peligro y el placer.
Cuando las piernas le flaquearon, Xavier la volteó. La levantó como si no pesara, le rodeó la cintura con las piernas y la empujó otra vez contra la baranda, ahora de frente. La penetró de nuevo, esta vez mirándola a los ojos. Embestidas alternadas: salvajes, casi brutales, y luego lentas y profundas mientras le besaba la boca con dientes y lengua. Ella le clavaba las uñas en la espalda, rasgándole la camisa, gimiendo en su oído.
—No pares… más… fóllame más fuerte… quiero correrme en tu polla…
Él le sujetó el culo con ambas manos y la usó contra el metal, el ritmo volviendo a ser brutal. El roce del clítoris contra su pubis velludo la hizo gritar. Se corrió primero ella, coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla gruesa, jugos calientes resbalando hasta los huevos de él. Xavier siguió embistiendo a través del orgasmo de ella, prolongándolo, hasta que sus propias caderas empezaron a perder el control.
Terminaron jadeando y sudados, pegados. Imani seguía sentada sobre su polla, aún dura y palpitante dentro de ella, brazos alrededor del cuello de él, frente contra frente. El aire fresco les secaba el sudor de la espalda. Ella movía las caderas en círculos lentos, sin sacársela, sintiendo cada vena, cada pulso. Xavier le mordió el hombro y le susurró al oído, voz todavía cargada de hambre:
—No he terminado contigo. Ni de lejos. Esta azotea nos pertenece toda la noche… y todavía no te he llenado. ¿Sientes cómo sigo duro? Voy a follarte otra vez antes de que amanezca. Más despacio. Más profundo. Hasta que no puedas caminar mañana.
Imani apretó el coño a propósito, arrancándole un gruñido. Sonrió contra su boca, atrevida, ya pensando en la siguiente ronda, en lo que aún faltaba por hacer bajo las estrellas de la ciudad.
Ella no se separó. Siguió montada sobre él, la polla gruesa y palpitante clavada hasta el fondo, y movió las caderas en círculos lentos, deliberados, sintiendo cómo cada vena rozaba sus paredes hinchadas. El aire de la azotea les pegaba el sudor a la piel. Xavier le agarró el culo con las dos manos, los dedos hundidos en la carne blanda, y la levantó un poco solo para volver a bajarla con fuerza. El golpe húmedo resonó entre ellos.
—Así… joder, Imani, no pares —gruñó contra su cuello—. Sientes cómo me aprietas. Como si quisieras ordeñarme ya.
Imani se rió bajito, atrevida, y le clavó las uñas en los hombros anchos. Le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró con la voz ronca de ganas:
—Quiero que me uses toda la noche. Que me dejes el coño roto y la boca llena de tu leche. Hazlo. No te contengas.
Él la cargó sin sacársela, caminó tres pasos hasta el muro bajo de concreto junto a las antenas y la recostó allí. La camiseta de ella subió por encima de las tetas; él se la quitó del todo y la tiró al suelo. Quedó desnuda bajo la luna, pezones duros, el coño chorreando alrededor de la polla que todavía la llenaba. Xavier se agachó un instante, le lamió un pezón con lengua plana y luego lo mordió justo lo suficiente para arrancarle un grito. Después se enderezó, le abrió más las piernas y empezó a embestir de verdad.
Fue más lento al principio, como había prometido. Cada embestida profunda, controlada, la polla saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta rozarle el cuello del útero. Imani arqueó la espalda, la cabeza echada hacia atrás, mirando las estrellas borrosas mientras él la follaba. El roce del clítoris contra el vello grueso de él la hacía temblar. Sentía el peso de su madurez, la experiencia en cada movimiento: sabía exactamente cuándo acelerar un poco, cuándo girar las caderas para darle en ese punto que la volvía loca.
—Mírame —ordenó él—. Quiero verte la cara mientras te abro.
Ella obedeció. Los ojos oscuros de Xavier brillaban de hambre. Le sujetó una pierna más arriba, casi doblándola contra el pecho, y cambió el ángulo. Ahora entraba más hondo, más brutal. El sonido era obsceno: chapoteo de jugos, piel contra piel, gemidos de ella que se perdían en el zumbido de la ciudad. Imani se tocaba las tetas, pellizcaba los pezones, y se corrió otra vez sin avisar. El orgasmo la sacudió entero; el coño se le cerró en espasmos fuertes alrededor de la polla, exprimiéndola. Xavier gruñó y siguió follándola a través de las contracciones, prolongándolas hasta que ella gimió de más, demasiado sensible.
Cuando las piernas le fallaron, él se salió de golpe. La polla salió brillante, goteando los jugos de ella, todavía dura como piedra. Imani jadeaba, el coño abierto y vacío de repente, contrayéndose en el aire fresco.
—De rodillas —dijo él, voz grave—. Quiero verte chuparme limpio antes de volver a metértela.
Ella bajó al concreto áspero sin quejarse. Las rodillas le dolieron un poco; no le importó. Le agarró la polla con las dos manos, la olfateó, y se la metió entera a la boca. Sabía a ella misma, salada y espesa. Chupó con ansia, lengua girando alrededor de la cabeza hinchada, bajando por la vena gruesa hasta los huevos. Xavier le sujetó la cabeza con ambas manos y le folló la garganta con embestidas cortas y firmes. Ella babeaba, los ojos llorosos de esfuerzo, y se tocaba el coño con dos dedos mientras lo mamaba. Cada vez que él empujaba más hondo, ella gemía alrededor de la carne, vibrando.
—Eso es… trágatela. Mira qué puta más bonita eres con la boca llena —dijo él, mirándola desde arriba—. Llevo meses pensando en esto. En follarte la cara aquí arriba, donde nadie nos oye.
Imani sacó la polla solo para hablar, la voz pastosa de saliva:
—Hazlo más. Quiero que me corras en la lengua y después me la metas otra vez. Lléname. Quiero sentirla caliente dentro.
Él la levantó del cabello, la puso de pie y la giró de espaldas. La empujó hasta que se apoyó con las manos en la baranda oxidada, el culo en alto, las piernas abiertas. Xavier le dio una palmada fuerte en cada nalgas; la carne tembló y se puso roja. Luego le abrió los labios hinchados con los pulgares y le escupió directo al coño. El hilo de saliva bajó lento. Él se alineó y entró de una sola embestida salvaje.
Imani gritó. El vacío de la ciudad abajo, las luces lejanas, el peligro de que alguien mirara desde otro edificio… todo se mezclaba con el placer brutal. Xavier la follaba sin piedad ahora, caderas golpeando su culo con fuerza rítmica. Cada embiste la empujaba contra la baranda; ella se agarraba al metal y empujaba hacia atrás para recibirlo más hondo. Él le agarró el pelo rizado, le tiró la cabeza hacia atrás y le habló al oído mientras la usaba:
—Este coño es mío esta noche. Tan joven, tan puto apretado… me estás chupando la polla con las paredes. ¿Lo sientes? Voy a dejártelo open. Vas a caminar mañana con las piernas temblando y mi leche resbalándote por los muslos.
—Sí… joder, sí, Xavier… más duro… rómpeme…
Él aceleró. La mano libre le rodeó la cintura y le frotó el clítoris con dedos gruesos y expertos. Imani se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo entero convulsionando. El coño le chorreó; los jugos le bajaron por las piernas hasta los tobillos. Xavier no se detuvo. Siguió embistiendo a través del orgasmo de ella, el ritmo volviéndose irregular cuando su propio placer lo alcanzó. Pero no se corrió. Se salió justo a tiempo, jadeando, la polla saltando y goteando pre-semen.
La volteó de nuevo. La sentó sobre el borde bajo de concreto, le abrió las piernas en V y se arrodilló entre ellas. Le lamió el coño abierto con lengua ancha, de abajo arriba, chupándole el clítoris hinchado mientras metía dos dedos y los curvaba. Imani se agarró a su cabeza canosa, empujándolo más contra su centro.
—Cómeme… así… joder, tu lengua…
Xavier la comió como un hombre hambriento, ruidos húmedos, barbilla brillante de jugos. Le metió un tercer dedo y la folló con la mano mientras lamía. Cuando ella estuvo al borde otra vez, se levantó, le untó la polla con su saliva y la penetró de frente, mirándola a los ojos. Esta vez fue profundo y lento, casi tortuoso. Cada centímetro entrando y saliendo con control total. Imani le rodeó la cintura con las piernas, los talones clavados en su culo, y lo atrajo más.
—No te corras todavía —suplicó ella, aunque la voz le temblaba—. Quiero más. Quiero que me folles contra el suelo. Quiero sentirte encima, aplastándome.
Él sonrió, esa sonrisa de hombre que sabe exactamente lo que hace. La bajó al concreto áspero de la azotea, se tumbó encima de ella y le abrió las piernas más. La camisa de él todavía le colgaba abierta; el pecho velludo rozaba las tetas de Imani. Entró de nuevo y empezó a follarla con embestidas pesadas, completas, el peso de su cuerpo adulto aplastándola deliciosamente. Ella se ahogaba en gemidos, las uñas rascándole la espalda, la boca abierta contra su hombro.
El ritmo se volvió más salvaje. Xavier le sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y con la otra le pellizcó un pezón. La follaba como se merecía: duro, profundo, sin prisa pero sin piedad. El concreto le raspaba la espalda a ella; el dolor se mezclaba con el placer y la hacía mojarse más. Sentía cada latido de la polla dentro, cada gota de sudor que caía de la frente de él sobre su pecho.
—Vas a correrte otra vez —le ordenó—. En mi polla. Ahora.
Imani no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó como un tren; el cuerpo se le arqueó, el coño se cerró en pulsaciones violentas, y gritó su nombre contra la noche. Xavier embistió a través de todo, prolongándolo, hasta que ella quedó blanda y temblando debajo de él. Entonces se salió otra vez, todavía duro, y se pasó la polla por los labios hinchados de ella, pintándolos de jugos.
—Chúpala —dijo—. Límpiame. Y después te voy a poner de cuatro y te voy a follar el culo con los dedos mientras te la meto otra vez. Esta noche no acaba hasta que no puedas más.
Imani, ojos vidriosos de lujuria, abrió la boca y se la tragó entera otra vez. El sabor era más espeso ahora. Chupó con ganas, mirándolo desde abajo, y ya imaginaba lo que venía: más embestidas, más posiciones, la polla llenándola de nuevo, el semen caliente que aún no le había soltado. Xavier le acarició el pelo y empujó despacio hacia su garganta, sonriendo con esa hambre que no se apagaba.
La azotea seguía siendo suya. El aire nocturno, el olor a alquitrán y sexo, las luces abajo… todo esperaba. Ella lo mamaba con ansia y él ya planeaba la siguiente ronda, más sucia, más profunda, dejando claro que medianoche apenas empezaba.
Ella lo mamaba con ansia, la garganta abierta, saliva espesa bajándole por el pecho mientras Xavier le sujetaba el pelo y empujaba despacio. Cada vez que la cabeza ancha rozaba el fondo ella gemía, vibrando alrededor de la carne caliente. Él la miraba desde arriba, ojos oscuros brillando bajo la luna, y sacó la polla solo un segundo para golpear con ella los labios hinchados de Imani.
—Mírate. Toda babosa y con el coño goteando. Llevo meses soñando con usarte así.
La levantó del concreto por los sobacos. Imani no se quejó del raspón en las rodillas; el ardor se mezclaba con el fuego que le subía entre las piernas. Xavier la giró de espaldas, la empujó hasta que quedó a cuatro patas sobre la azotea, culo en alto, rodillas abiertas. La camisa de él le rozaba la espalda mientras se arrodillaba detrás. Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió directo al agujero fruncido. El hilo de saliva resbaló lento. Imani se estremeció, empujando el culo hacia atrás.
—Eso… hazlo. Quiero sentir tus dedos ahí mientras me follas.
Él metió primero un dedo grueso, lento, girándolo, abriéndola. El culo de Imani se cerró alrededor, caliente y apretado. Luego un segundo. Los movió con experiencia, buscando el ritmo mientras alineaba la polla con el coño chorreante y entró de una embestida profunda. El grito de ella se perdió en el zumbido de la ciudad. La polla la llenó hasta el fondo al mismo tiempo que los dedos le follaban el culo, estirándola, dándole esa sensación de estar completamente usada.
—Joder, qué apretada estás… sientes cómo te abro los dos agujeros —gruñó él, caderas golpeando su culo con fuerza rítmica—. Este cuerpo joven es mío esta noche. Voy a dejarte el coño y el culo abiertos para que mañana no puedas sentarte sin acordarte de mí.
Imani jadeaba, la frente apoyada en el antebrazo, el concreto frío contra las palmas. Cada embiste la empujaba hacia adelante; ella empujaba hacia atrás para recibirlo más hondo. Los dedos de Xavier se curvaban dentro de su culo, follándola al mismo ritmo que la polla le martilleaba el cuello del útero. El sonido era obsceno: chapoteo de jugos, piel contra piel, el jadeo grave de él. Ella se tocaba el clítoris con una mano libre, dedos resbaladizos, y se corrió de golpe, el cuerpo entero convulsionando. El coño se le cerró en espasmos violentos alrededor de la polla; el culo apretó los dedos de él. Xavier no paró. Siguió embistiendo a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella gimió de exceso, demasiado sensible, las piernas temblando.
Se salió de golpe. La polla salió brillante, goteando. Los dedos salieron del culo con un sonido húmedo. Imani se quedó a cuatro patas, respirando agitada, el coño y el culo abiertos y contrayéndose en el aire fresco.
—Date la vuelta. Quiero verte la cara.
Ella obedeció, tumbándose de espaldas sobre el concreto áspero. Xavier se colocó entre sus piernas abiertas, le levantó las caderas y volvió a penetrarla de frente. Esta vez fue más lento, tortuoso, cada centímetro entrando y saliendo con control total. El pecho velludo le rozaba las tetas; el peso de su cuerpo adulto la aplastaba deliciosamente. Imani le rodeó la cintura con las piernas, talones clavados en su culo, y lo atrajo más. Le mordió el hombro, saboreando el sudor y el tabaco.
—Más profundo… así… joder, Xavier, me estás abriendo toda —susurró ella, voz rota—. No te corras todavía. Quiero que me uses hasta que no pueda más. Quiero tu leche, pero primero fóllame hasta romperme.
Él sonrió contra su cuello, esa sonrisa de hombre que sabe exactamente lo que hace. Le sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y aceleró. Las embestidas se volvieron salvajes, pesadas, el concreto raspándole la espalda a ella. El dolor se mezclaba con el placer y la hacía mojarse más. Sentía cada vena, cada latido de la polla gruesa dentro. Xavier le hablaba al oído entre gruñidos:
—Vas a correrte otra vez en mi polla. Ahora. Quiero sentir cómo me chupas con ese coño joven.
Imani no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó como un tren; el cuerpo se le arqueó, el grito se le escapó hacia las estrellas, y el coño se cerró en pulsaciones violentas. Xavier embistió a través de todo, prolongándolo, hasta que ella quedó blanda y temblando debajo de él. Entonces se salió otra vez, todavía duro como piedra, y se pasó la polla por los labios hinchados de ella, pintándolos de jugos.
La levantó sin esfuerzo. La cargó hasta el muro bajo junto a las antenas, la sentó sobre el borde y le abrió las piernas en V. Se arrodilló y le lamió el coño abierto con lengua ancha, de abajo arriba, chupándole el clítoris hinchado mientras metía tres dedos y los curvaba. Imani se agarró a su cabeza canosa, empujándolo más contra su centro, las caderas moviéndose solas.
—Cómeme… así… tu lengua, joder…
Xavier la comió como un hombre hambriento, ruidos húmedos, barbilla brillante. Cuando ella estuvo al borde otra vez se levantó, le untó la polla con saliva y jugos y la penetró de pie, mirándola a los ojos. La levantó del todo, ella le rodeó la cintura con las piernas y él la folló contra el muro, embestidas profundas y firmes. El metal frío le pegaba a la espalda; el peligro de las luces abajo solo aumentaba el calor. Imani le clavaba las uñas en los hombros anchos, gimiendo en su boca.
—No pares… más duro… quiero sentirte correrte dentro, pero no todavía… hazme otra vez…
Él aceleró. La mano libre le rodeó el culo y le metió de nuevo un dedo en el agujero ya suelto, follándola por los dos lados mientras la polla le martilleaba el coño. Imani se corrió otra vez, más fuerte, chorreando por los muslos de él. Xavier gruñó, el ritmo volviéndose irregular, pero se contuvo. Se salió justo a tiempo, la polla saltando y goteando pre-semen espeso.
La bajó al suelo. Imani quedó de rodillas otra vez, jadeando, y se la tragó entera sin que se lo pidiera. Sabía a ella misma, salada, caliente. Chupó con ansia, lengua girando, bajando hasta los huevos, mirándolo desde abajo con ojos vidriosos. Xavier le sujetó la cabeza y le folló la garganta con embestidas cortas, controladas.
—Eso es… trágatela toda. Esta noche no acaba. Todavía no te he llenado. Voy a follarte otra vez contra esa baranda, más despacio, hasta que me ruegues que te corra dentro. Y después te voy a poner de cuatro y te voy a abrir el culo con la polla. ¿Lo quieres, niña?
Imani sacó la polla solo para hablar, la voz pastosa de saliva y ganas:
—Sí. Quiero todo. Quiero que me uses hasta el amanecer. Que me dejes el coño y el culo rotos y llenos de tu leche. Hazlo. No te contengas más.
Él la levantó del pelo, la besó con hambre —dientes, lengua, el sabor de ella misma compartido— y la llevó de nuevo hacia la baranda oxidada. La puso de espaldas contra el metal, le levantó una pierna alta y se alineó. Entró lento esta vez, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos mientras la llenaba por completo. Imani arqueó la espalda, gemidos rotos escapándosele. Xavier empezó a moverse, profundo, controlado, cada embestida rozándole ese punto que la volvía loca. El aire nocturno les secaba el sudor; el olor a alquitrán y sexo los envolvía.
—Mírame mientras te abro —ordenó él—. Quiero ver cómo te corres otra vez en mi polla antes de darte lo que pediste.
Ella obedeció, ojos oscuros clavados en los de él, caderas empujando al encuentro de cada golpe. El ritmo se iba volviendo más salvaje otra vez. Xavier le agarró el culo con ambas manos, la levantó un poco y la usó contra la baranda, el metal crujiendo bajo el peso. Imani sentía el vacío de la ciudad abajo, el peligro, el placer brutal subiendo otra vez. Se aferraba a sus hombros anchos, uñas clavándose, y ya imaginaba la leche caliente que aún no le había soltado, el culo que le iba a abrir después, las horas que faltaban hasta el amanecer.
Xavier embestía más fuerte, la polla hinchada al límite, pero se contenía. Le mordió el cuello y le susurró al oído, voz ronca de tabaco y lujuria:
—Todavía no. Esta azotea nos pertenece. Voy a follarte hasta que no quede fuerza en tus piernas. Y cuando te llene… vas a sentirlo resbalar por los muslos mientras te la meto otra vez. Prepárate, Imani. Medianoche apenas empieza de verdad.
Ella apretó el coño a propósito, arrancándole un gruñido largo, y sonrió contra su boca, atrevida, el cuerpo entero temblando de ganas, lista para lo que viniera después bajo las estrellas de la ciudad.
Xavier gruñó contra su boca y aceleró el ritmo sin aviso, la polla hinchada al borde, clavándola hasta el fondo mientras la baranda oxidada crujía bajo el peso de los dos. Imani sentía cada vena gruesa rozarle las paredes hinchadas, el metal frío pegándole a la espalda desnuda, el vacío de la ciudad abajo como un grito silencioso que solo aumentaba el calor. Él le agarró las nalgas con las dos manos, la levantó un poco más y la embistió con fuerza salvaje, el pubis velludo aplastándole el clítoris en cada golpe.
—Joder, Imani… me estás ordeñando —jadeó, voz rota de tabaco y ganas—. Este coño joven me va a sacar hasta la última gota. Dime que lo quieres dentro. Dímelo.
—Lléname… córrete dentro, Xavier, quiero sentirla caliente, chorreando —suplicó ella, uñas clavándose en sus hombros anchos, caderas empujando al encuentro de cada embestida—. No te contengas más. Úsame.
Pero él se salió de golpe otra vez, la polla saltando, goteando jugos de ella y pre-semen espeso. Imani gimió por el vacío repentino, el coño abierto y contrayéndose. Xavier la giró sin esfuerzo, la puso a cuatro patas sobre el concreto áspero junto a las antenas. Le abrió las nalgas, le escupió directo al agujero fruncido y metió primero dos dedos, abriéndola con paciencia experta, girándolos, follándola el culo mientras ella empujaba hacia atrás.
—Relájate… así, niña. Voy a metértela entera. Quieres la polla en el culo, ¿verdad? Llevas toda la noche pidiéndolo.
—Sí… métela, joder, ábreme —jadeó Imani, frente contra el antebrazo, el ardor del concreto en las rodillas mezclándose con el fuego. Él alineó la cabeza ancha, empujó lento. El esfínter cedió centímetro a centímetro; la polla gruesa la estiró, la llenó de una forma distinta, más intensa, más sucia. Imani gritó contra la noche cuando entró del todo, el peso de él aplastándole el culo, los huevos pegados a su coño chorreante.
Xavier empezó a moverse, primero corto y controlado, después más hondo, más brutal. Cada embiste le hacía rebotar las tetas contra el aire fresco. Le metió tres dedos en el coño al mismo tiempo, curvándolos contra ese punto mientras la follaba el culo con ritmo pesado.
—Sientes los dos… tan llena. Este culo apretado es mío. Vas a correrte así, con mi polla abriéndote.
Imani se tocó el clítoris con dedos torpes, el placer subiendo como una ola sucia. Se corrió gritando, el culo cerrándose en espasmos alrededor de la polla, el coño exprimiendo los dedos de él. Los jugos le bajaron por los muslos. Xavier no paró; embistió a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella tembló de exceso, babeando sobre el concreto.
Se salió despacio, la polla brillante y dura. La volteó de espaldas, le levantó las piernas hasta casi doblarlas contra el pecho y volvió a entrar en el coño de un solo golpe salvaje. Ahora sí. Sin freno. Embestidas profundas, pesadas, el pecho velludo rozándole las tetas, el sudor cayéndole en la boca de ella. Imani le mordió el hombro, saboreando sal y tabaco, y se corrió otra vez casi al instante, el cuerpo arqueándose, el grito perdido en el zumbido lejano.
—Dentro… ahora —ordenó ella, voz rota—. Lléname el coño. Quiero tu leche resbalándome.
Xavier gruñó largo, el ritmo volviéndose irregular, caderas perdiendo el control. Enterró la polla hasta el fondo y se corrió con un jadeo gutural, chorros calientes y espesos disparándose contra el cuello del útero, llenándola a pulsos. Imani lo sintió todo: el calor, el volumen, cómo le rebosaba ya por los labios hinchados mientras él seguía empujando, ordeñándose dentro de ella. Se quedó clavado, palpitando, hasta que la última gota salió.
Pero no terminó. Se salió, se pasó la polla por su boca y ella la chupó limpia al instante, saboreando la mezcla de semen y sus propios jugos. Xavier se endureció de nuevo en segundos bajo esa lengua ansiosa. La cargó hasta el muro, la sentó en el borde y la penetró otra vez de pie, lento al principio, casi tierno, después salvaje otra vez. Le folló el culo con los dedos mientras la polla le martilleaba el coño ya lleno y resbaladizo. Imani se corrió dos veces más, chorreando por los muslos de él, el cuerpo entero hecho un temblor continuo.
Cuando las piernas ya no le respondían, la bajó al concreto, se tumbó encima y la folló en misionero pesado, el peso adulto aplastándola deliciosamente, las muñecas sujetas sobre su cabeza. El roce del vello, el olor a sexo y alquitrán, las luces de la ciudad que empezaban a palidecer. Amanecía. Él se corrió por segunda vez dentro, más espeso, más profundo, y ella lo recibió con gemidos rotos, el coño contrayéndose para no perder ni una gota.
Se quedaron así un rato, pegados, sudados, la polla todavía dentro, ablandándose despacio. Xavier le besó el cuello, le lamió el sudor de la clavícula. Imani movía las caderas en círculos mínimos, exprimiendo los restos.
—Toda la noche… como prometí —murmuró él, voz ronca—. Te dejé el coño y el culo open. ¿Puedes caminar?
Ella se rió, atrevida aun exhausta, y lo empujó suavemente para salir. El semen le resbaló caliente por el muslo interno hasta la corva. Se puso de rodillas una última vez, le limpió la polla con la lengua con lentitud obscena, tragando lo que quedaba, y después se puso de pie. Recogió la camiseta, se la puso sin bragas, el algodón pegándosele al coño empapado. Xavier se abrochó el pantalón, todavía mirándola con hambre, la camisa abierta sobre el pecho velludo.
Se apoyaron juntos en la baranda, el primer sol tocando los edificios. Él le ofreció un cigarrillo; ella lo aceptó, dio una calada y se lo devolvió. El silencio era denso, cómplice, el olor a semen y alquitrán mezclado con el aire fresco del amanecer.
—Esto no se queda aquí —dijo él, pasándole un brazo por la cintura—. Baja esta noche otra vez. O yo bajo a tu piso. Te voy a follar en tu cama hasta que no recuerdes tu nombre.
Imani se giró, lo besó con lengua lenta, saboreando el tabaco y el sexo compartido. Le mordió el labio inferior y sonrió contra su boca, los ojos brillantes de algo que no era solo lujuria.
—Claro que sí, Xavier. Cuando quieras. Esta azotea… y yo… somos tuyas.
Él asintió, satisfecho, ya planeando las noches siguientes, la madurez y la juventud enredadas para siempre bajo las estrellas. Pero cuando ella bajó primero las escaleras de emergencia, todavía cojeando deliciosamente, con su leche resbalándole por dentro de los muslos, Imani sacó el móvil del bolsillo de la camiseta y abrió el chat con el agente inmobiliario de Barcelona: «Confirmado. Firma el lunes. Esta fue mi despedida perfecta de Madrid».
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