Baile de boda en el granero
La madura vecina Isabel arrastra al joven invitado a un rincón del granero para follarlo salvajemente.
El granero olía a heno fresco, madera vieja y el rastro dulzón del merengue que salía de los altavoces improvisados. Isabel cruzó el umbral con el vestido negro ceñido hasta la rodilla, ese que le marcaba las tetas generosas y le redondeaba el culo de mujer de cuarenta y ocho años que sabía exactamente lo que tenía. La boda de su sobrina había llenado el campo de gente, pero la mayoría de los invitados y los maridos se habían quedado fuera, riendo junto a las mesas de catering y las neveras de cerveza. Dentro solo quedaban las luces tenues, el polvo dorado flotando y el calor húmedo del baile.
Lo vio de inmediato. Marco, el amigo del novio, veinticuatro años, hombros anchos de quien carga sacos sin esfuerzo, camisa blanca arremangada y esa mirada hambrienta que no disimulaba. Cuando la música cambió a un merengue pegajoso, él se acercó sin pedir permiso con palabras; bastó la mano abierta en el aire.
—Bailas conmigo, Isabel —dijo, y no era pregunta.
Ella soltó una risa baja, aceptando. En cuanto sus cuerpos se juntaron, sintió la dureza. La polla de Marco ya estaba semidura, rozándole la cadera a través de la tela fina del vestido. Él la guió con la mano firme en la cintura, pegado, el muslo entre los de ella, el roce deliberado. Cada giro empujaba esa verga joven contra su carne madura. Isabel sintió el calor subirle por el cuello. Llevaba meses sin que nadie la mirara así, meses fantaseando en la cama con la idea de un tío así de fresco, así de insolente.
—Joder, cómo te queda ese vestido —susurró Marco contra su oreja, la voz ronca—. Pareces una puta cara, de las que te dejan seco. Una mujer como tú… se te ve el hambre en los ojos.
Isabel apretó los labios, el coño ya humedeciéndose. El roce de la polla dura contra su cadera se volvió más insistente; él no se corría a un lado, al contrario, la sujetaba más cerca. Afuera se oían risas y el tintineo de copas. Nadie miraba hacia adentro.
—Eres un descarado —murmuró ella, pero no se apartó. Le subió una mano al pecho ancho, notando el músculo bajo la camisa—. Y estás duro como una piedra.
—Por ti. Llevo rato mirándote el culo. Esas tetas… se te salen casi.
La química reventó en el siguiente compás. Isabel lo agarró de la corbata floja y lo arrastró hacia el rincón más oscuro del granero, detrás de una pila de fardos de heno que olían a verano seco. Las risas nerviosas se les escaparon a los dos, cortas, cargadas. Se miraron. El deseo era mutuo, crudo, consentido.
—Llevo meses imaginándome a un chaval como tú —confesó ella sin vergüenza, la voz baja y húmeda—. Follándome como se debe. Sin miedo a estas curvas, a esta edad. ¿Te gusta una madura cachonda, Marco?
Él no contestó con palabras. La besó con hambre, boca abierta, lengua metiéndose profundo, saboreándole el vino barato y el deseo. Una mano le bajó por la espalda, le subió la falda del vestido y le metió los dedos entre los muslos. El tanga ya estaba empapado. Marco gruñó al notar la humedad del coño de Isabel, los labios hinchados, el clítoris duro bajo la yema.
—Estás empapada, joder… —dijo contra su boca, acariciándola sin prisa, dos dedos abriéndola un poco—. Qué coño tan rico. Te lo voy a follar hasta que no puedas andar.
Isabel se le echó encima, besándolo con la misma urgencia, frotándose contra la mano de él. La lujuria compartida los empujó al límite. Ella le desabrochó el pantalón con dedos torpes de ganas, sacó la polla gruesa y caliente, tan joven, tan tensa que le palpitaba en la palma. Era gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante de precum.
Se arrodilló sobre el heno esparcido sin importarle las rodillas. Le agarró la verga con las dos manos y se la metió en la boca de un solo impulso, tragándosela hasta el fondo. El glande le golpeó la garganta; ella no se retiró. Chupó con ganas, saliva espesa bajándole por la barbilla, la lengua aplanada contra la vena gruesa de debajo. Marco le agarró el pelo teñido de castaño oscuro, sujetándole la cabeza, jadeando.
—Así, trágatela entera… mierda, qué boca de puta tienes —gruñó, empujando un poco las caderas. Isabel gorgoteó alrededor de la polla, los ojos entrecerrados de placer, el coño latiéndole vacío. Subía y bajaba la cabeza, chupando fuerte, sacándola solo para lamerle los huevos y volver a embutírsela hasta la raíz. El olor a hombre joven, a jabón y a ganas, le subía a la cabeza.
Cuando él tiró de su pelo para sacársela de la boca, un hilo de saliva unía sus labios a la punta roja y hinchada. Isabel se levantó, se subió a un fardo de heno alto y se abrió de piernas, subiéndole el vestido hasta la cintura. Se corrió el tanga a un lado.
—Métela. Ya. Quiero sentir esa polla joven dentro.
Marco no se hizo de rogar. Se colocó entre sus muslos abiertos, le apoyó la cabeza gruesa en la entrada mojada y empujó de un solo tajo, hundiéndose hasta las bolas. Isabel arqueó la espalda, un gemido largo escapándosele. La llenaba por completo, estirándola, caliente y dura. Empezó a follarla en misionero con embestidas profundas y constantes, el heno crujiendo bajo ellos, el sonido húmedo de su coño tragándose la verga una y otra vez.
—Más duro —exigió ella, clavándole las uñas en los hombros—. Fóllame como si no hubiera nadie fuera.
Él obedeció, acelerando, el choque de caderas llenando el rincón. Las tetas de Isabel rebotaban dentro del escote; Marco le bajó la tela y se las sacó, chupándole un pezón grueso mientras la penetraba. Ella se corrió la primera vez así, apretándole la polla con espasmos fuertes, mordiéndose el labio para no gritar. El orgasmo le recorrió las piernas, el vientre, dejándola temblando y aún más mojada.
No pararon. Marco la hizo girar, la puso a cuatro patas sobre el fardo, el culo maduro y redondo en alto. Le dio una azotada seca que hizo temblar la carne y volvió a entrar de un empujón salvaje, follándola por detrás con fuerza, agarrándole las caderas. Cada embestida hacía chocar sus huevos contra el clítoris de ella. Isabel empujaba hacia atrás, dominando el ritmo cuando quería, moviendo el culo en círculos para sentirlo más profundo, gimiendo sin cuidado.
—Así… azótame otra vez… joder, qué bien me la metes… más, dámela toda —
Marco le propinó otro azote, y otro, enrojeciendo las nalgas mientras la penetraba sin piedad. El sudor les resbalaba por la piel. Él se inclinó, le mordió el hombro y le metió la mano por debajo para frotarle el clítoris con dos dedos torpes y urgentes. Isabel se corrió por segunda vez, más fuerte, el coño contrayéndose alrededor de esa verga resistente de chaval, chorreando jugos por los muslos. El placer le nubló la vista; solo existía el roce, el llenarla, el olor a sexo y heno.
Él no aguantó mucho más. Las embestidas se volvieron irregulares, profundas, y con un gruñido animal se corrió dentro, llenándole el coño de leche caliente a chorros espesos. Isabel lo sintió latir, el semen caliente bañándole las paredes, desbordándose un poco mientras él seguía empujando despacio, vaciándose del todo. Se quedaron así un momento, jadeando, pegados, el vestido de ella arrugado y sucio de heno, la camisa de él abierta y empapada de sudor.
Afuera, la música cambió y se oyó una carcajada cercana. Alguien llamó a gritos a Marco desde la puerta del granero. Isabel apretó el coño alrededor de la polla aún semidura que seguía dentro, sintiendo la leche caliente resbalarle entre los labios hinchados, y sonrió contra el hombro de él con una promesa oscura en los ojos.
El grito volvió a sonar más cerca, la voz borracha de algún amigo del novio llamando a Marco entre risas. Isabel no soltó la polla que aún latía semidura dentro de su coño empapado de leche. Apretó los músculos internos, exprimiendo cada gota, y le mordió el lóbulo de la oreja con los dientes.
—Que se joda quien te busque —susurró ronca, moviendo el culo en círculos lentos, frotando el glande hinchado contra su fondo—. Todavía no has terminado conmigo. Siento tu leche resbalándome por los muslos y quiero más. Sácala, chúpame el coño hasta limpiarme y después métela otra vez.
Marco jadeó, la verga dándole un salto de nuevo entre esos labios hinchados y resbaladizos. Se apartó despacio; un hilo espeso de semen y jugos de ella colgó de la punta roja hasta el agujero rosado que se cerraba con ganas. Isabel se giró sobre el fardo, se abrió de piernas todavía más y le agarró la cabeza por el pelo corto.
—Come. Lame todo. Quiero ver cómo te tragas lo que me has dejado dentro.
Él se arrodilló entre sus muslos maduros, el olor a sexo crudo subiendo fuerte. Clavó la lengua plana en su coño abierto, lamiendo de abajo arriba, recogiendo la leche blanca que le salía a hilos. Isabel arqueó la espalda y se tapó la boca con el dorso de la mano para no gemir alto. Marco chupó el clítoris hinchado, lo apretó entre los labios y metió dos dedos hasta el nudillo, moviéndolos en tijera mientras succionaba. El sabor salado y dulzón le llenó la boca; tragó y volvió a hurgar más profundo, la nariz aplastada contra el vello oscuro de ella.
—Joder, qué asqueroso y rico estás… así, más lengua —gimió Isabel, empujando las caderas contra su cara—. Mírame mientras me chupas la lefa tuya. Eres un puto animal, Marco. Un chaval que se come el coño de una madura después de corrérsele dentro.
Él gruñó contra su carne, la lengua revolviendo, los labios succionando fuerte. Los jugos le chorreaban por la barbilla. Cuando Isabel se corrió otra vez, corto y violento, le apretó las piernas alrededor de la cabeza y le frotó el coño empapado por toda la cara. Marco salió jadeando, la boca brillante, y se incorporó. La polla ya estaba otra vez dura como hierro, venas marcadas, la cabeza morada y babosa.
Isabel se bajó del fardo con las piernas temblorosas, el vestido todavía subido a la cintura, las tetas fuera y los pezones duros como piedras. Lo empujó contra la pared de madera del rincón, se arrodilló de nuevo y se embutió la verga entera de un golpe. La sintió latir contra la garganta. Chupó con ruido, saliva espesa bajándole por el pecho, una mano apretándole los huevos pesados mientras la otra se metía dos dedos en el coño propio para revolverse la leche que aún le salía.
—Te voy a dejar la garganta destrozada —dijo Marco entre dientes, agarrándole el pelo y follándole la boca con embestidas cortas—. Traga, puta. Trágatela toda.
Isabel gorgoteó, los ojos llorosos de placer, dejando que la usara. Cuando se ahogó un segundo, saliva y precum le brotaron por las comisuras. Se apartó jadeando, un hilo grueso uniéndola a la punta, y se puso de pie. Se giró, apoyó las manos en la pared y le ofreció el culo redondo, las nalgas aún marcadas de los azotes anteriores, el coño goteando.
—Métela de una. Hasta el fondo. Y no pares aunque llamen otra vez.
Marco le agarró las caderas con fuerza, le abrió las nalgas con los pulgares y se hundió de un solo empujón salvaje. El golpe de caderas resonó húmedo. Empezó a follarla a golpes secos, profundos, el sonido de carne contra carne llenando el rincón oscuro. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Isabel contra la madera. Él le rodeó el cuello con un brazo, sin apretar del todo, solo sujetándola mientras le metía la polla entera una y otra vez.
—Más fuerte, joder —exigió ella, empujando hacia atrás para encontrarlo—. Destroza este coño de madura. Quiero que me duela mañana cuando me siente en la silla del banquete. Azótame otra vez. Más duro.
La mano de Marco cayó sobre su nalga con un chasquido seco. Luego otra. La carne tembló. Él le clavó los dedos en la cintura y aceleró, follándola como un animal en celo, los huevos golpeándole el clítoris hinchado. Isabel metió la mano entre sus piernas y se frotó con desesperación, los dedos resbalando en el desastre de semen y jugos. Se corrió temblando, el coño apretando la verga en espasmos rítmicos que casi lo sacan a él.
Afuera se oyeron pasos. Alguien entró unos metros en el granero y gritó:
—¡Marco, cabrón, dónde te has metido! La tarta ya está.
Isabel se rio bajito, sin parar de mover el culo. Marco se quedó quieto un segundo, la polla enterrada hasta las bolas, el pecho pegado a su espalda sudorosa.
—No digas nada —susurró ella, apretando internamente, ordeñándolo—. Quédate duro dentro. Si se acerca, me corro otra vez con tu polla clavada y que nos pillen si quieren.
Los pasos se alejaron con una maldición. En cuanto se hizo silencio otra vez, Marco la sacó casi del todo y la embistió con toda la fuerza. La levantó un poco, la giró y la sentó a horcajadas sobre sus muslos mientras él se dejaba caer sentado en el fardo más bajo. Isabel se impaló sola, bajando hasta sentarse completa sobre esa verga gruesa. Empezó a cabalgarlo con furia, las tetas rebotándole en la cara de él. Marco le chupó un pezón, lo mordió, mientras ella se rebotaba arriba y abajo, el culo golpeándole los muslos, el coño haciendo ruidos obscenos de chapoteo.
—Mírame —ordenó Isabel, agarrándole la cara—. Mírame cómo te monto. Cómo me trago esta polla joven hasta el fondo. Llevo años soñando con un tío como tú que me folle sin piedad. Dime que te gusta mi coño usado. Dime que te corres otra vez dentro.
—Me encanta —gruñó él, agarrándole las nalgas y abriéndolas para empujar más hondo—. Está caliente, resbaladizo, lleno de mi leche y todavía me aprietas como una puta virgen. Voy a llenarte otra vez. Te voy a dejar chorreando hasta que se te note en el vestido.
Ella aceleró, moliendo el clítoris contra la base de la polla en cada bajada. El orgasmo le subió desde las pantorrillas, le subió por el vientre y le explotó en un gemido ahogado contra el hombro de él. El coño se contrajo en oleadas fuertes. Marco no aguantó; la agarró por la cintura, la levantó y la bajó con violencia mientras se corría a chorros espesos otra vez, bombeando semen caliente dentro de ella. Isabel lo sintió latir, llenarla, desbordarse otra vez por los labios hinchados y bajarle por el culo.
Se quedaron jadeando, pegados, el sudor mezclándose. La polla de Marco seguía dentro, todavía dura a medias, y ella no hizo ademán de levantarse. Afuera la música subió de volumen y se oyeron más voces acercándose al granero. Isabel sonrió, se inclinó y le lamió el cuello salado.
—No te vas todavía —murmuró contra su piel, moviendo las caderas en un roce lento y peligroso—. Quiero que me folles una vez más. Esta vez contra la puerta del granero, con el riesgo de que cualquiera abra. Quiero que me dejes el coño rojo y abierto. Y si alguien entra… que vea cómo una madura se deja destrozar por un chaval de veinticuatro. ¿Tienes huevos para eso, Marco?
Él le apretó el culo con las dos manos, la verga volviendo a endurecerse del todo dentro de ella, y le mordió el hombro en respuesta. El heno crujió bajo ellos mientras las voces se acercaban un poco más.
Marco la levantó sin sacarla del todo, las piernas de Isabel rodeándole la cintura mientras cruzaban los pocos metros hasta la puerta lateral del granero. La madera vieja crujió cuando él la empujó contra ella; el pestillo no estaba cerrado del todo y un hilo de luz dorada se filtraba por la rendija. Afuera las voces se acercaban otra vez, risas borrachas, el olor a barbacoa y perfume barato. Isabel sintió el frío de los tablones en la espalda desnuda, las tetas aplastadas contra el pecho sudoroso de él, y la polla gruesa todavía metida hasta el fondo, latiente, resbaladiza de tanta leche mezclada.
—Así —jadeó ella contra su boca—. Aquí. Que sientan el golpe si se apoyan. Métela entera y no pares.
Marco le agarró los muslos con fuerza, los abrió más y empezó a embestir hacia arriba. Cada embestida levantaba a Isabel un poco, el culo golpeando la puerta con un sonido sordo y húmedo. La polla entraba y salía brillante, gorda, abriéndole los labios hinchados que ya goteaban semen blanco por el muslo interior. Ella se agarró a sus hombros anchos, las uñas clavándose, y movió la cadera al encuentro, moliendo el clítoris contra la base cada vez que él llegaba al fondo.
—Joder, estás más apretada ahora —gruñó Marco, la voz rota—. Después de dos corridas todavía me chupas la polla como si quisieras exprimirme los huevos. Dime que te duele. Dime que quieres que te deje coja.
—Me duele rico —respondió Isabel, los ojos entrecerrados, el placer subiéndole en oleadas—. Me estiras, me llenas… ay, así, más hondo. Quiero sentir cómo me destrozas el coño de madura contra esta puta puerta. Si abren, que vean cómo me la comes entera.
Los pasos se detuvieron justo al otro lado. Alguien rio y golpeó la madera con la palma.
—¡Marco, cabrón de mierda, sal ya! La tarta y el brindis.
Isabel apretó los músculos internos con deliberación, ordeñando la verga gruesa que latía dentro. Marco se quedó quieto un segundo, enterrado hasta las bolas, el pecho subiendo y bajando contra las tetas de ella. Ella le mordió el labio inferior y susurró sin soltarlo:
—No digas ni una palabra. Empuja despacio. Que sientan el movimiento y se vayan a la mierda.
Él obedeció. Embestidas cortas, profundas, el roce de la puerta apenas perceptible. Isabel se frotó el clítoris con dos dedos entre ambos cuerpos, el jugo y la leche salpicándole la mano. El orgasmo le llegó callado, violento, el coño contrayéndose en espasmos largos que casi le sacaron un grito. Se lo tragó contra el hombro de Marco, temblando, chorreando más. El de afuera maldijo algo sobre “el muy hijo de puta se habrá ido a mear” y los pasos se alejaron entre carcajadas.
En cuanto el silencio volvió a ser solo música lejana, Marco la soltó un segundo, la giró de golpe y la puso de cara a la puerta. Le subió un muslo, le abrió el culo con las manos y se la volvió a clavar de un solo empujón salvaje. Isabel soltó un gemido ahogado, las tetas aplastadas contra la madera, las mejillas abiertas. Él la folló sin piedad, caderas golpeando con fuerza, el sonido de carne mojada llenando el rincón. Cada embestida hacía crujir la puerta; el pestillo temblaba.
—Así me gusta, puta —le dijo al oído, una mano rodeándole el cuello sin apretar del todo, la otra azotándole la nalga ya marcada—. Culo rojo, coño abierto, llena de mi leche y todavía pidiendo más. Te voy a dejar goteando hasta el banquete. Cuando te sientes a comer tarta, vas a sentir cómo se te sale mi semen por las bragas.
Isabel empujaba hacia atrás, encontrándolo, el clítoris rozando la madera rugosa cada vez que él entraba del todo. El placer era sucio, urgente, peligroso. Pensó en la sobrina bailando afuera, en los maridos bebiendo, en cómo nadie sabía que la tía Isabel se estaba dejando partir el coño por el amigo joven del novio. La idea la mojó más.
—Dámela toda —exigió—. Más fuerte. Quiero que me duela al caminar. Quiero ir al baño después y ver cómo me sale tu leche a chorros. Azótame otra vez. Dime lo que soy.
Marco le dio tres azotes secos seguidos. La carne tembló. Aceleró, follándola como un animal, los huevos golpeándole el clítoris hinchado. Isabel se corrió otra vez, las piernas fallándole; él la sostuvo por la cintura y siguió metiéndosela sin parar, alargándole el orgasmo hasta que ella lloriqueó de exceso.
—Voy a correrme —avisó él, la voz rota—. Dentro otra vez. Te voy a inundar.
—Hazlo —jadeó Isabel—. Lléname. Quiero sentir los chorros. Quiero que me desborde y se me baje por las piernas hasta los zapatos.
Él gruñó, embistió tres veces más profundas y se vació. La polla latió fuerte, bombeando semen caliente y espeso que Isabel sintió llegar al fondo y luego desbordarse, resbalando por el clítoris y bajando en hilos blancos. Marco siguió empujando despacio, vaciándose del todo, hasta que ya no salió más. Se quedaron pegados a la puerta, jadeando, sudados, el olor a sexo crudo mezclado con heno y madera vieja.
Poco a poco las embestidas se detuvieron. Marco salió de ella con un sonido húmedo; un chorro espeso de leche le corrió por el muslo interno hasta la corva. Isabel no se movió de inmediato. Apoyó la frente contra la puerta, sintiendo el aire fresco que entraba por la rendija, el pulso todavía loco entre las piernas, el coño abierto y sensible, goteando. Detrás de ella Marco respiraba pesado, una mano todavía en su cadera, el pulgar acariciándole la marca del azote.
Se giró despacio. Le subió el vestido lo justo para cubrirse un poco las tetas, se acomodó el tanga a un lado sin molestarse en ponerlo bien —sabía que se le notaría la humedad— y le miró la polla brillando de jugos. Le pasó un dedo por la punta, recogió una gota de semen y se la metió en la boca, saboreándola sin prisa.
Fuera la música seguía, más lejana ahora, como si el mundo hubiera seguido sin ellos. Nadie volvió a gritar el nombre de Marco. El polvo dorado flotaba en el rayo de luz que entraba. Isabel le dio un último beso lento en la boca, sabiendo a sexo y sal, y apoyó la cabeza un segundo en su pecho.
Después solo quedó el crujido lejano del heno bajo sus pies al separarse, la respiración que se calmaba y, al final, el silencio completo del rincón oscuro.
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