Confesión en la Sala de Grabación
La madura locutora Monica seduce a su joven pasante Barrett en la sala de grabación.
La emisora Radio Noche Roja olía a café quemado y a cable caliente cuando Monica cerró la puerta de la sala de grabación. Tenía cuarenta y dos años, caderas anchas, pechos pesados que tensaban la blusa de seda negra y una voz de terciopelo que hacía que media ciudad se masturbara en la cama. Barrett, el pasante de veintidós años, entró con los auriculares colgando del cuello y una carpeta de guiones contra el pecho. Ella lo miró de arriba abajo: hombros anchos, mandíbula tensa, pantalones demasiado ajustados para ocultar nada.
—Siéntate —ordenó Monica, señalando la silla frente al micrófono—. Hoy grabamos confesiones eróticas. Las tuyas.
Barrett se acomodó, nervioso. Monica se inclinó, encendió la consola y le empujó una hoja.
—Lee en voz alta. Lo que escribiste sobre mujeres maduras.
Él tragó saliva y empezó, la voz ronca:
—…sueño con una locutora de pechos enormes que me agarre la polla mientras susurra al micrófono, que me abra las piernas y me diga que soy un chico listo…
Monica no apartaba la mirada. Sus pezones se marcaron contra la seda. Cuando Barrett terminó el párrafo, ella se pasó la lengua por el labio inferior.
—Llevo semanas imaginándome exactamente eso contigo —admitió ella, sin rodeos—. Cada vez que pasas por el control y se te marca la polla, me mojo. ¿Y tú?
—Desde el primer día —confesó él, rojo hasta las orejas—. Te miro las tetas y me corro en la ducha pensando en follártelas.
La tensión se espesó como el aire acondicionado. Monica acercó el micrófono, bajó la voz a un ronroneo profesional y, al mismo tiempo, íntimo:
—Confesión en vivo, oyentes imaginarios: me pone loca el cuerpo duro y joven de Barrett. Esas manos grandes, ese culo firme… quiero que me lo meta entero.
Barrett se levantó de un salto. Se acercó, se detuvo a un palmo de ella.
—¿Puedo tocarte?
—Sí —susurró ella—. Tócame ya.
La besó con hambre, labios abiertos, lengua profunda. Monica lo empujó contra la consola de mezclas; los botones brillaron bajo su espalda. Él le desabrochó la blusa con dedos torpes. Los pechos pesados saltaron libres, pezones oscuros y duros. Barrett los sostuvo, los pesó, los chupó con ganas mientras ella jadeaba:
—Llevamos semanas deseándonos… quiero que me folles aquí, ahora, antes de que entre nadie.
Él asintió, ya con la cremallera abajo. Monica se arrodilló sobre la alfombra gastada de la cabina. Sacó la polla gruesa y caliente de Barrett, la lamió desde las bolas hasta la punta y se la embutió hasta la garganta. El glande rozó su paladar; saliva le corría por la barbilla. Barrett le agarró el pelo teñido de caoba y la guió, gemidos ahogados contra el micrófono todavía abierto.
—Joder, Monica… qué bien chupas…
Ella se lo tragó entero un rato más, humedeciéndolo, saboreando el precum salado, hasta que se puso de pie, se subió la falda y se plantó en la mesa de grabación. Abrió las piernas, el tanga negro corrido a un lado, el coño afeitado y brillante de jugos.
—Métela.
Barrett se alineó y la penetró de un solo embiste en misionero salvaje. La mesa crujió. Monica se agarró a los monitores, tetas rebotando, gemidos crudos:
—Más… así, hijo de puta, llena a esta puta madura…
Él la folló sin piedad, caderas golpeando, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la sala insonorizada. Luego la volteó, la puso a cuatro patas sobre los papeles del guion. Le agarró las caderas anchas y la embistió por detrás con fuerza, azotándole el culo maduro con la palma abierta. Cada cachetada dejaba la mejilla rosada; Monica gritaba pidiendo más duro, el coño apretándole la polla como un puño.
—Azótame otra vez… ¡más fuerte!
Barrett obedeció, le dio tres nalgadas sonoras y le metió dos dedos en la boca para que chupara. El ritmo se volvió brutal. Sudor les resbalaba por la espalda. Finalmente él se sentó en la silla del productor y la atrajo encima. Monica se montó a horcajadas, guió la polla gruesa hasta el fondo y empezó a cabalgarlo. Sus tetas enormes rebotaban frente a la cara de Barrett; él las chupaba, las mordisqueaba mientras ella subía y bajaba, el clítoris frotándose contra su pubis.
—Me corro… —jadeó ella—. Lléname, Barrett, échala dentro…
Él la agarró de la cintura, la clavó contra su pelvis y se corrió con un gruñido largo, chorros calientes de leche llenándole el coño. Monica se vino en el mismo instante, coño convulsionando, jugos mezclados resbalándole por los muslos y goteando sobre los muslos de él y el asiento de cuero.
Se quedaron abrazados un momento, respirando agitados, el olor a sexo denso en la cabina. Monica se levantó despacio; el semen le chorreaba por el interior de los muslos hasta la rodilla. Se limpió con un pañuelo de papel de la consola, se lo llevó a los labios con una sonrisa satisfecha y se lo lamió sin vergüenza. Después se inclinó y le dio un beso profundo a Barrett, compartiendo el sabor.
—Esta confesión queda entre nosotros… y el archivo de seguridad de la emisora —susurró contra su boca—. Así que la próxima vez grábame el gemido en estéreo, cariño. Mi jefe odia el mono.
Barrett soltó una carcajada ronca todavía con la polla medio dura y manchada.
—Joder, Monica… ¿y si me pides que lea otra fantasía mañana?
Ella se abrochó la blusa a medias, pechos aún marcados, y le guiñó un ojo mientras apagaba el micrófono rojo.
—Trae café y una toalla más grande. Y reza para que el limpiador nocturno no huela a corrida barata… porque si lo huele, te hago leer las confesiones de los oyentes en pelotas.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories