Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Doble Cita Que Termina En Tatuajes y Gemidos

Diego, tatuador de 28 años, y Silas, repartidor musculoso de 32, abandonan su doble cita con chicas para follarse salvajemente en el estudio de tatuajes

11 min read October 03, 2026New

La doble cita a ciegas había sido idea de Ingrid. Diego, el tatuador de veintiocho años dueño del pequeño estudio en el barrio de Malasaña, aceptó más por aburrimiento que por ganas reales de ligar con una tía. Silas, el repartidor musculoso de treinta y dos, llegó con los brazos aún marcados por el esfuerzo de cargar cajas todo el día, la camiseta negra ceñida a un pecho ancho y un abdomen de hierro. Las chicas, Sonia e Ingrid, hablaban sin parar de series y de lo caro que estaba todo, sin mirarles realmente a la cara.

Diego se dio cuenta al tercer trago de que no prestaba atención a nada de lo que decía Sonia. Sus ojos se cruzaban una y otra vez con los de Silas al otro lado de la mesa. El repartidor sonreía de lado, esa sonrisa de tío que sabe exactamente lo que está provocando. Cuando Sonia se levantó para ir al baño, Silas se inclinó hacia adelante.

—Tu estudio está cerca, ¿no? —preguntó en voz baja, la mirada clavada en la boca de Diego—. Porque esto es un puto aburrimiento y tú me estás mirando como si quisieras comerme la polla aquí mismo.

Diego soltó una risa ronca. El calor le subió directo a la entrepierna.

—Más te vale que no sea bluff —respondió—. Porque si salimos de aquí, te voy a destrozar.

Ingrid volvió y notó el silencio denso. Sonia también. Las dos se miraron, ofendidas de esa manera educada de quien ya ha perdido. Diez minutos después, Diego dejó billetes sobre la mesa y se levantó.

—Nosotros nos largamos. Que os vaya bien.

Silas lo siguió sin disculparse. En la calle, el aire fresco no apagó nada. Caminaron en silencio hasta el local de Diego, la puerta de metal cerrada con llave. Dentro, olía a tinta, a desinfectante y a cuero viejo. Diego encendió solo las lámparas bajas de la zona de trabajo. La camilla de tatuajes ocupaba el centro, cubierta con plástico negro limpio.

Silas se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla.

—Siempre he querido que me tatúes algo íntimo —confesó, la voz ya espesa—. Aquí —señaló la ingle, justo por encima del bulto que ya se marcaba en los vaqueros—. Algo que solo vea el tío que me esté follando.

Diego se le acercó, le agarró la nuca y lo besó con violencia. Lenguas chocando, dientes rozando labios. Silas respondió igual de bruto, empujándolo contra el mostrador de herramientas. Manos grandes bajaron a la cintura de Diego, tiraron de la camiseta y se la arrancaron por la cabeza. El pecho del tatuador, marcado con viejos tatuajes y un vello fino, quedó al descubierto. Silas se inclinó y le mordió un pezón, chupando fuerte hasta que Diego gruñó.

—Quítate todo —ordenó Diego entre besos—. Quiero ver esa polla gruesa de la que estás tan orgulloso.

Silas se rió y se desabrochó los pantalones. Se bajó boxer y vaqueros de un tirón. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, ya completamente dura, la cabeza morada brillante de líquido preseminal. Diego se la agarró con la mano derecha, la palma caliente rodeando el grosor, y la frotó despacio contra su propio vientre descubierto. Sentía el calor, el peso, el pulso.

—Joder, qué pedazo de carne —susurró Diego—. Fóllame sin condón. Quiero que me la metas cruda y me dejes el culo goteando. Los dos nos queremos comer crudos, ¿verdad?

Silas asintió, la respiración agitada, y le arrancó los pantalones a Diego. La polla del tatuador también estaba dura, más delgada pero larga, curvada hacia arriba. Se frotaron un momento, torsos duros chocando, pollas juntas, manos explorando culos firmes y muslos. Besos agresivos, saliva compartida, uñas clavándose en la espalda.

Diego se arrodilló sin más preámbulos sobre el suelo frío del estudio. Agarró la base de la polla de Silas y abrió la boca. La metió entera de un golpe, hasta que la cabeza rozó su garganta y las bolas le golpearon la barbilla. Babas espesas le corrieron por la comisura. Silas gruñó y le agarró el pelo con las dos manos, empezando a follarle la boca con embestidas cortas y profundas.

—Así, trágatela entera, puto zorra de tatuador —jadeó Silas—. Mírame mientras te la meto hasta el fondo.

Diego miraba hacia arriba, ojos llorosos de esfuerzo, garganta abierta, tragando alrededor del grosor. Cada vez que Silas empujaba, un sonido húmedo y obsceno llenaba el local. Diego se tocaba a sí mismo con una mano, la otra apretando el muslo de Silas. Cuando casi se ahogó, se separó jadeando, hilos de saliva uniendo su labio inferior a la polla brillante.

—Ahora fóllame de verdad —dijo Diego, poniéndose de pie y girándose hacia la camilla—. Ábreme el culo y rómpeme.

Se inclinó sobre la camilla de tatuajes, el pecho apoyado en el plástico, las piernas abiertas. Silas le separó las nalgas con las manos, escupió un chorro generoso sobre el agujero rosado y apretado, y lo embadurnó con los dedos. Dos falanges entraron de golpe. Diego empujó hacia atrás.

—No me prepares tanto, papi. Métela ya.

Silas alineó la cabeza gruesa y empujó. El culo de Diego cedió con un gemido largo y gutural. La polla entró centímetro a centímetro hasta que los muslos de Silas chocaron contra las nalgas. Se quedaron quietos un segundo, respirando. Luego Silas empezó a embestir. Brutales, profundas, el sonido de carne contra carne ecoando. Cada embestida sacudía el cuerpo de Diego sobre la camilla.

—Rómpeme el culo, papi —gritaba Diego, la voz rota—. Más fuerte. Quiero sentirla mañana cuando esté tatuando.

Silas le agarró las caderas y aceleró, la polla saliendo casi del todo y volviendo a desaparecer dentro. El culo de Diego se abría y se cerraba alrededor del grosor, ya brillante de saliva y del propio lubricante natural. Diego se masturbaba con fuerza, el pre-semen goteando sobre el plástico negro.

Sin avisar, Silas se salió, se tumbó de espaldas sobre la camilla y tiró de Diego hacia arriba.

—Súbete. Quién te folla ahora eres tú.

Diego se montó a horcajadas, guió la polla otra vez a su entrada y se dejó caer de un solo movimiento. Se clavó hasta el fondo y empezó a rebotar, nalgas golpeando el abdomen duro de Silas. Se masturbaban mutuamente: la mano de Silas rodeando la polla de Diego, la de Diego apretando las bolas pesadas del repartidor. Gemían guarradas sin freno.

—Te voy a llenar de leche —rugió Silas, caderas subiendo para encontrarse con cada bajada—. Voy a correrme tan adentro que te va a salir por la boca.

—Hazlo —suplicó Diego—. Llénamelo. Quiero tu leche caliente en mis tripas.

El ritmo se volvió salvaje. Sudor resbalando por las pechos tatuados, músculos tensos, el olor a sexo crudo llenando el estudio. Silas se corrió primero con un gruñido animal, la polla latiendo dentro del culo de Diego, chorros densos y calientes inundándolo. Diego sintió cada pulso, cada descarga, y eso lo empujó al límite. Se corrió sobre su propio abdomen, chorros blancos salpicando pecho y ombligo, algunos cayendo sobre el torso de Silas.

Se quedaron unidos, jadeando. La polla de Silas seguía semi-dura dentro, y el semen empezaba a gotear despacio alrededor del grosor, resbalando por las bolas y manchando la camilla. Diego no se bajó. Estiró el brazo, alcanzó la máquina de tatuar que tenía preparada en la bandeja lateral y la encendió. El zumbido eléctrico llenó el silencio.

Con la polla de Silas todavía clavada en su culo goteante, Diego inclinó el cuerpo hacia adelante, apretó la piel de la ingle de su nuevo amante y apoyó la aguja justo encima del vello púbico. Silas siseó por el pinchazo, pero no se movió. Al contrario: sus manos subieron a las caderas de Diego y lo mantuvieron firmemente sentado sobre su polla.

—Hazlo matching —susurró Silas, la voz ronca de corrida y de anticipación—. Quiero sentirte tatuarme mientras me sigues apretando el rabo.

Diego sonrió, sucio y satisfecho, y bajó la aguja. La tinta empezaba a entrar en la piel mientras el semen seguía rezumando entre ellos, y ninguno de los dos tenía intención de separarse todavía.

Diego bajó la aguja con precisión sucia, el zumbido llenando el aire cargado de sexo. La tinta negra se clavaba justo encima del vello púbico de Silas, a milímetros de la base de aquella polla que seguía hinchada y latente dentro de su culo. Cada pinchazo hacía que el repartidor apretara los dientes y, al mismo tiempo, empujara las caderas hacia arriba, clavándole el rabo más hondo. Diego gemía entre dientes, el semen caliente de Silas resbalando ya por sus nalgas y goteando sobre los huevos pesados del otro.

—Joder, se siente… se siente como si me estuvieras follando con la aguja también —gruñó Silas, las manos grandes clavadas en las caderas del tatuador, manteniéndolo sentado hasta el fondo—. No pares. Quiero que me marques mientras me sigues ordeñando la polla con ese culo.

Diego se reía ronco, sudor resbalando por el pecho tatuado, y rebotaba despacio, cortos y profundos, para no joder la línea que estaba trazando. La polla de Silas se endureció otra vez por completo dentro de él, empujando contra su próstata con cada micro-movimiento. El tatuador apretó el esfínter a propósito, exprimiendo el grosor venoso, y sintió cómo un nuevo chorro de pre-leche le salía del glande y le manchaba el propio abdomen ya pegajoso de corrida anterior.

—Mira lo que me haces, cabrón —susurró Diego, la voz espesa—. Estoy tatuándote con tu leche todavía caliente dentro de mis tripas. Vas a tener mi firma en la ingle y mi culo recordando la forma de tu polla durante días.

Silas arqueó la espalda. La aguja bailaba, dibujando un pequeño trazo grueso, casi un ancla minimalista que apuntaba hacia abajo, hacia la carne que latía. Cada vez que la máquina se clavaba, el repartidor soltaba un siseo que se convertía en embestida. Diego tenía que agarrarse al pecho sudado de Silas con la mano libre para no caerse, y aun así seguía cabalgándolo, nalgas golpeando el abdomen de hierro, el sonido húmedo y obsceno de un culo goteante follándose una polla semi-limpia de semen.

—Más fuerte, papi —exigió Diego, bajando la aguja otra vez—. Fóllame mientras te marco. Quiero que te corras otra vez y que la tinta se mezcle con tu puto olor.

Silas no necesitaba que se lo digan dos veces. Agarró las nalgas de Diego, las abrió como un libro y empezó a empujar desde abajo con fuerza bruta. La camilla crujía. La máquina zumbaba. Diego gritaba guarradas sin freno, la garganta todavía irritada de haberse tragado aquella polla hasta las bolas minutos antes. El semen viejo salía a borbotones con cada embestida, resbalando por las bolas de Silas y formando un charco brillante en el plástico negro. El olor a tinta fresca, a desinfectante y a sexo crudo se mezclaba hasta marear.

Diego terminó el trazo principal con la mano temblando de placer. Apagó la máquina un segundo, se inclinó y lamió la sangre y la tinta de la ingle de Silas, saboreando el metal y el salado de la piel. Luego volvió a encenderla.

—Ahora el mío —dijo, voz rota—. Matching, como pediste. Pero en mi culo, para que cada vez que me sienta te recuerde.

Se levantó apenas lo suficiente para que la polla de Silas saliera con un pop obsceno, un hilo espeso de leche uniéndolos todavía. Se giró de espaldas, se volvió a sentar de un golpe, clavándose otra vez hasta las bolas, y se inclinó hacia adelante apoyando las manos en los muslos del repartidor. Silas, jadeando, agarró la máquina que Diego le pasó y, con dedos torpes de corrida y lujuria, empezó a tatuarle un trazo idéntico en la nalga derecha de Diego, justo donde la carne se encontraba con el agujero rojo e hinchado.

El pinchazo hizo que Diego aullara y se apretara alrededor de la polla como un puto puño. Silas embestía sin piedad mientras tatuaba, la aguja bailando al ritmo de las caderas. Diego se masturbaba con furia, la polla curva y larga reventando pre-semen sobre el pecho peludo de Silas.

—Rómpeme, joder, rómpeme el culo otra vez —suplicaba Diego—. Quiero tu segunda leche. Lléname hasta que no pueda caminar. Quiero salir de aquí con tu semen bajándome por las piernas y tu puto tatuaje ardiendo.

El ritmo se volvió animal. Silas tiró la máquina a un lado cuando el trazo estuvo listo, agarró a Diego por el pelo y lo forzó a arquearse hacia atrás hasta que pudieron besarse al revés, lenguas salvajes, dientes, saliva. Las caderas del repartidor subían como pistones. El culo de Diego ya no ofrecía resistencia; se abría y se cerraba con un sonido chapoteante, tragando cada centímetro de aquella carne gruesa y venosa.

—Me corro —avisó Silas con un gruñido gutural—. Me corro otra vez dentro de tu puto culo de tatuador zorra.

Diego apretó con todas sus fuerzas, rebotando como loco. Silas estalló con un rugido que retumbó en las paredes del estudio. Chorros densos, calientes, a borbotones, inundando a Diego por segunda vez. El tatuador sintió cada pulso profundo, cada descarga que le llenaba las tripas, y eso lo empujó al límite. Se corrió con un grito ahogado, leche blanca salpicando el pecho de Silas, el plástico, hasta el borde de la camilla. Algunos chorros le cayeron en la propia ingle, mezclándose con la tinta fresca y el sudor.

Se quedaron unidos, temblando, la polla de Silas todavía latiendo y soltando los últimos hilos dentro del culo desbordado de Diego. El semen empezó a salir en cantidad, resbalando en ríos blancos por las bolas del repartidor, manchando todo. Diego no se bajó. Se dejó caer sobre el pecho ancho de Silas, respirando el olor a sexo y a tinta, lamiéndole el cuello, susurrándole guarradas al oído mientras el tatuaje de ambos ardía en la piel.

—Míranos —murmuró Diego, riendo sucio—. Doble cita de mierda y acabamos con la polla clavada y matching en los sitios más guarradas. Mañana cuando te levantes y veas mi marca encima de tu rabo vas a pensar en lo duro que me follaste.

Silas le apretó el culo con las dos manos, manteniendo la polla dentro aunque ya se ablandaba, disfrutando de cómo el semen seguía goteando entre ellos. Se besaron despacio, sucios, saciados, el zumbido de la máquina ya apagado, solo el sonido de sus respiraciones y el goteo obsceno sobre el plástico.

Diego se estiró para alcanzar un papel de cocina y limpiar un poco la tinta, pero no se separó. Estaba a punto de decirle que se quedaran así toda la noche, que le tatuara algo más, que se la chupara limpia otra vez, cuando el ruido metálico de la puerta exterior cortó el aire.

Tres golpes secos. Fuertes. Y después la voz inconfundible de Ingrid, alta y molesta, filtrándose desde la calle:

—¡Diego! ¡Sabemos que estáis ahí dentro, cabrones! ¡Abrid de una puta vez!

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged blowjob deepthroat doggy-style riding creampie

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.