Nieve y Lencería en el Stockroom
En el stockroom de una boutique madrileña, el gerente de 32 años Bruno pilla a su empleado de 24, Naomi, probándose lencería y la convierte en su put
La trastienda de Seda y Noche olía a perfume caro, a carton nuevo y a ese calor seco que dejaban las calefacciones de Madrid en enero. Bruno cerró la puerta tras de sí con el mismo gesto automático de siempre: llave en la cerradura, un cuarto de vuelta, silencio. Eran casi las nueve; la boutique ya había bajado la persiana y él solo quería cuadrar el inventario de medias antes de irse a casa.
Lo que encontró lo detuvo en seco.
Naomi estaba de pie en el centro del pasillo estrecho, de espaldas a la puerta, frente al espejo de cuerpo entero que usaban para las clientas más exigentes. Llevaba puestas unas medias de seda negra hasta el muslo, el encaje superior mordiendo la carne suave de sus piernas, y un body de tul y encaje que le abrazaba el torso como una segunda piel. El escote profundo dejaba ver la curva de un pecho moldeado con relleno, y por detrás el hilo del tanga se perdía entre los glúteos redondos, tensos. Sus manos, todavía con el esmalte de uñas oscuro que se había puesto esa mañana «por diversión», ajustaban la tira del hombro derecho.
Bruno no dijo nada al principio. Solo miró.
Naomi se giró al notar el cambio en el aire. El color le subió a las mejillas de golpe, un rubor que le bajó por el cuello hasta el escote. No se tapó. No dio un paso atrás. Se quedó allí, respirando más rápido, con los labios entreabiertos y los ojos abiertos de par en par, como si el descubrimiento no fuera una amenaza sino la cosa que había estado esperando sin atreverse a pedirla.
—Bruno… —su voz salió ronca, más fina de lo habitual—. Yo… pensé que te habías ido.
—Cerré yo mismo —respondió él, y su propia voz le sonó más grave de lo normal—. El inventario de las medias…
Se acercó un paso. Luego otro. El tacón de las mules de satén que Naomi se había puesto crujió contra el suelo de cemento pintado. Bruno la miró de arriba abajo sin disimulo: las medias brillaban bajo la luz fría del fluorescente, marcando cada centímetro de pantorrilla y muslo; el body le ceñía la cintura y resaltaba la suave protuberancia entre las piernas, apenas contenida por la tela fina. Naomi no apartó la mirada. Se pasó la lengua por el labio inferior y tragó saliva.
—No me voy a disculpar —dijo ella, casi en un susurro—. Llevo semanas esperando a que el local se quede vacío. Quería… ver cómo me siento. Cómo se siente ser esto.
Bruno se detuvo a menos de un metro. Olía el perfume de ella —algo dulce, a vainilla y pachulí— mezclado con el aroma de la seda nueva. Tenía treinta y dos años, el pelo oscuro peinado hacia atrás, la camisa blanca arremangada y la corbata floja. Había contratado a Naomi hacía dos meses: voz baja, manos cuidadas, una manera de mirar los escaparates que delataba un conocimiento íntimo de las prendas. Nunca había preguntado de más. Ahora entendía por qué.
—Y ¿cómo te sientes? —preguntó.
Naomi respiró hondo. El pecho se le hinchó contra el encaje.
—Como si por fin encajara. Como si estas medias… —pasó los dedos por el muslo, tirando un poco del encaje— me dijeran la verdad que yo ya sabía. Quiero que me veas así. No como el chico que dobla cajas. Como la chica que soy por dentro.
Bruno alargó la mano y tocó, con la yema de los dedos, el borde de la media derecha. La seda estaba tibia por el calor de la piel. Naomi tembló, pero no se apartó. Al contrario: abrió un poco más las piernas, ofreciendo el cuerpo al roce.
—Estás preciosa —dijo Bruno, y lo decía en serio. La palabra le salió natural, sin esfuerzo—. El negro te sienta de puta madre. Ese body… se te clava justo donde tiene que clavarse.
Naomi soltó una risa nerviosa, casi un jadeo.
—¿De puta madre, eh? —repitió, saboreando la frase—. Me gusta cómo suena. Dímelo otra vez.
—Estás preciosa —repitió él, subiendo la mano por la cadera, notando el hilo del tanga bajo el tul—. Y estás mojada. Se te marca.
Era verdad. Entre las piernas de Naomi la tela del body se había oscurecido un poco, tensa sobre la erección que ella no intentaba esconder. Bruno rozó esa zona con el dorso de los dedos, apenas un roce, y Naomi arqueó la espalda, un gemido bajo escapándosele de la garganta.
—Bruno… —susurró—. No pares. Por favor. Llevo tanto tiempo imaginando que alguien me pillara… que tú me pillaras… y que en vez de echarme me miraras así.
Él se acercó del todo. El pecho de Bruno rozó el de ella. Con la mano libre le sujetó la nuca, los dedos enredados en el pelo corto teñido de un castaño cálido, y la besó. Fue un beso lento al principio, de labios suaves, y luego más hondo, con lengua, con el sabor a menta de un chicle que Naomi debía de haberse metido antes. Ella se aferró a la camisa de él, arrugándola, y empujó la cadera hacia adelante, frotando su dureza contra el muslo de Bruno.
Cuando se separaron, un hilo de saliva los unió un segundo.
—Quiero más —dijo Naomi, con la voz temblorosa de deseo—. Quiero que me digas qué ves. Quiero que me trates… como lo que soy ahora mismo.
Bruno la hizo girar despacio hasta que volvió a quedar de frente al espejo. Se colocó detrás, las manos en su cintura, los pulgares acariciando la curva de las caderas. En el reflejo se veían los dos: él alto, moreno, la mandíbula tensa de contención; ella sonrojada, los labios hinchados del beso, el body negro subrayando cada línea de su cuerpo.
—Veo a una chica que se ha puesto la lencería más cara de la tienda porque le encanta cómo le sienta —murmuró Bruno junto a su oreja—. Veo unas medias que te hacen las piernas interminables. Veo ese culo redondo pidiendo que le den un azote suave. Y veo esto… —su mano bajó y rodeó la erección de Naomi a través del encaje, apretando con firmeza cariñosa— …duro y necesitado, porque te excita que te miren. Que te deseen así.
Naomi gimió y apoyó la cabeza en el hombro de Bruno, los ojos entrecerrados mirando el espejo.
—Sí… eso. Exactamente eso. No quiero esconderme. Quiero que me uses, que me vistas, que me digas puta bonita mientras me follas con la ropa puesta. Quiero ser tu… tu chica del stockroom.
Bruno le dio un beso en el cuello, justo debajo de la oreja, y notó cómo se le erizaba la piel.
—Aún no te he follado —dijo, la voz cargada de promesa—. Todavía estamos en la primera lección. Quítate el body. Despacio. Quiero ver cómo te sacas la lencería que te has robado del expositor.
Naomi soltó una risa que se quebró en otro gemido. Con dedos torpes por la emoción, deslizó las tirantes de los hombros. El body bajó hasta la cintura, revelando el pecho con los rellenos de silicona suaves y los pezones duros, rosados. Luego lo empujó por las caderas y las medias, y el tul cayó al suelo en un susurro. Se quedó solo con las medias, las mules y la erección libre, gruesa, la punta brillante de líquido preeyaculatorio.
Bruno se arrodilló un momento delante de ella, no para someterse, sino para mirar de cerca. Pasó la lengua por el interior del muslo, donde la media terminaba, y Naomi se agarró a su hombro para no caerse.
—Bruno, joder…
—Calla y déjate mirar —ordenó él con suavidad—. Estás perfecta. Estas medias se quedan puestas. Las mules también. Quiero follarte más tarde viéndote así, pero primero voy a tocarte hasta que ruegues.
Se puso de pie otra vez. La mano de Bruno cerró los dedos alrededor de la polla de Naomi y empezó a bombear despacio, el pulgar extendiendo el líquido por el glande. Con la otra mano le pellizcó un pezón, tirando con justo la presión necesaria para arrancarle un grito ahogado. Naomi empujaba la cadera al ritmo, los muslos temblando, el culo rozando la erección dura de Bruno a través del pantalón.
—Más fuerte —pidió ella—. Trátame como tu puta de encaje. Dime que soy tuya.
—Eres mía mientras estemos aquí —contestó Bruno, acelerando la mano—. Mi empleado precioso que se convierte en mi chica en cuanto cierra la puerta. Mira cómo te pones. Mira cómo goteas en mi mano. ¿Quieres correrte así, de pie, con las medias puestas, mientras te masturbo mirándote al espejo?
—Sí… sí, por favor, Bruno…
El ritmo se volvió más rápido, más húmedo. El sonido obsceno de la mano resbalando llenó la trastienda junto a los gemidos de Naomi, cada vez más agudos, más femeninos, más libres. Bruno la sujetaba por la cintura con el brazo libre, manteniéndola erguida, besándole el hombro y el cuello, mordiéndole suavemente la piel.
—Cuando te corras —susurró contra su oído—, no te limpies. Quiero verte manchada. Y después… después te voy a vestir otra vez. Te voy a elegir yo la siguiente pieza. Y vamos a seguir.
Naomi abrió la boca en un gemido largo, los ojos clavados en el reflejo de los dos, y el orgasmo la sacudió con violencia dulce: chorros calientes saliendo entre los dedos de Bruno, salpicando el suelo y el body caído, las piernas fallándole, el cuerpo entero tenso y después blando contra el pecho de su jefe.
Bruno la sostuvo. Le dio tiempo a respirar. Le limpió un poco el sudor de la frente con el dorso de la mano limpia y le sonrió con una mezcla de ternura y hambre que no prometía terminar ahí.
—Esto no se acaba aquí, Naomi —dijo, la voz baja, segura—. El inventario puede esperar. Tú no. Y yo acabo de descubrir exactamente qué quiero hacer con mi turno de cierre.
Naomi, todavía jadeando, se giró entre sus brazos y lo miró a los ojos, sonriendo con los labios hinchados y las mejillas encendidas.
—Entonces no apagues la luz —susurró—. Quiero que me veas enterita mientras decides cómo me vas a follar.
Bruno no apagó la luz. La dejó tal cual, fría y directa sobre la piel de Naomi, que aún temblaba contra su pecho con la respiración irregular y la polla ablandándose poco a poco entre las medias negras. El semen le brillaba en el vientre bajo y en los dedos de él; el olor a sexo recién corrido se mezclaba con el perfume a vainilla y el carton nuevo de las cajas apiladas. Bruno la sostuvo un segundo más, rozándole la nuca con la nariz, y después dio un paso atrás sin soltarle del todo la cintura.
—Quédate así —ordenó en voz baja—. No te muevas. Quiero mirarte otra vez antes de vestirte.
Naomi obedeció. Las mules de satén crujieron al abrir un poco más las piernas. Las medias le marcaban la carne suave de los muslos, el encaje superior hundiéndose apenas donde la piel se volvía más caliente. Sin el body, el pecho moldeado subía y bajaba con cada respiración; los pezones seguían duros, rosados, y entre las piernas la polla húmeda descansaba contra el muslo, todavía sensible. Bruno dio la vuelta despacio a su alrededor, como quien inspecciona la mercancía más cara de la tienda. Una mano le rozó la curva de la cadera, subió por la costilla y bajó otra vez hasta el arranque de la media.
—Mira cómo te sienta esto —murmuró—. Estas medias te alargan las piernas hasta volverlas indecentes. El encaje te muerde justo donde tienes la carne más blanda, y ese culo… joder, Naomi, ese culo redondo pidiendo que lo agarre. Las curvas que te salen cuando te pones seda no son de chico que dobla cajas. Son de putita que sabe exactamente lo que provoca.
Naomi soltó un gemido corto, la mejilla aún encendida. No apartó la vista del espejo; se miraba a sí misma mientras las manos de Bruno hablaban por ella.
—Bruno…
—Llevo semanas —continuó él, deteniéndose delante, tan cerca que el aliento le rozaba los labios—. Semanas enteras. Desde el segundo día que te vi doblar medias de night en el mostrador. Te miraba los dedos, lo cuidadoso que eras con el tul, y me imaginaba metiéndote en el probador, quitándote la ropa de chico y poniéndote yo mismo lo que te faltaba. Lencería negra. Medias hasta el muslo. Un body que te apretara la polla hasta que se te notara el bulto mojado. Fantaseaba con feminizarte despacio, pieza a pieza, hasta que dejaras de ser mi empleado y te convirtieras en mi chica del stockroom. En mi puta de seda. Cada noche, cuando cerraba, me la cascaba pensando en cómo te quedaría el encaje entre los glúteos y cómo me pedirías que te follara sin quitártelo.
La confesión cayó entre los dos como un peso caliente. Naomi tragó saliva; los ojos se le humedecieron de deseo, no de vergüenza. Dio un paso hacia él, las mules sonando contra el cemento, y le agarró la camisa por el pecho.
—Yo también —admitió, la voz más fina, más rota—. Yo también lo quería. Cada vez que me mandabas al almacén a buscar cajas, me quedaba un minuto mirando las perchas de lencería y me mojaba solo de imaginar que me pillaras. Quiero ser tu putita vestida de seda, Bruno. Tu putita de trastienda. Quiero que me elijas la ropa, que me vistes, que me llames tuya mientras me usas con las medias puestas. No quiero esconderme más. Quiero que me veas así y que me folles sabiendo exactamente lo que soy.
Bruno no contestó con palabras. La agarró por la nuca y la besó con hambre, lengua profunda, dientes rozándole el labio inferior hasta arrancarle un gemido que se le metió en la boca. Las manos bajaron a las medias de inmediato: palmas abiertas recorriendo la seda tibia desde la pantorrilla hasta el muslo, dedos hundidos en el encaje, tirando un poco para que la tela se tensara contra la carne. Naomi se arqueó, empujando la cadera hacia adelante, y la polla de él, dura otra vez dentro del pantalón, se le clavó contra el vientre.
El beso se volvió más sucio. Bruno le mordió la lengua, le chupó el labio, y mientras tanto una mano le rodeó el culo a través de la media, apretando, separando un poco los glúteos para rozar con el dedo el hilo invisible donde el tanga había estado. La otra mano subió al pecho, pellizcó un pezón y lo torció con la presión justa para que Naomi gritara contra su boca.
—Dilo otra vez —exigió él al separarse un centímetro, la frente pegada a la de ella, la respiración compartida—. Dime qué quieres ser.
—Tu putita —jadeó Naomi—. Tu putita de seda. La que se prueba la lencería de la tienda para que tú la pillars y la uses. Vísteme. Fóllame. Haz lo que quieras conmigo, pero no pares de tocarme así.
Bruno sonrió contra su boca, una sonrisa oscura y consentida, y la hizo girar de nuevo hacia el espejo. Se pegó por detrás, la erección dura rozándole el culo a través de la tela del pantalón, y las dos manos le bajaron por los muslos enfundados en seda, subiendo y bajando, abriéndole las piernas con las rodillas.
—Entonces nos dejamos llevar —susurró al oído—. Los dos. Sin prisas de inventario, sin puertas que abrir mañana. Solo esto. Tú pidiéndolo y yo dándotelo porque me vuelve loco verte así.
Naomi asintió con la cabeza, los ojos fijos en el reflejo: ella casi desnuda salvo las medias y las mules, él todavía vestido de gerente, la corbata floja, las manos propietarias recorriéndola. El deseo mutuo les quemaba la piel. Bruno bajó una mano y le envolvió de nuevo la polla, ya semi-dura otra vez, y la bombeó despacio mientras la otra le metía dos dedos en la boca para que los chupara.
—Mira lo bien que chupas —dijo—. Eso lo vas a hacer después con mi polla. Pero primero te voy a elegir ropa nueva. Quiero verte con un body rojo que tengo en la caja de reposición. Encaje grueso. Abierto en la entrepierna. Y unas medias de red que te marquen más todavía. ¿Quieres que te vista yo?
—Sí —gimeó ella alrededor de los dedos—. Por favor. Vísteme como tu puta y después fóllame contra las estanterías.
Bruno le sacó los dedos de la boca, los pasó húmedos por el pezón y después por el glande, untándola de saliva y restos de semen. La tensión les subía por la espalda a los dos; el aire de la trastienda se había vuelto espeso, cargado de jadeos y del roce continuo de la seda. Él no se la folló todavía. En su lugar la soltó solo el tiempo necesario para abrir una de las cajas bajas, sacar el body rojo de tul grueso y las medias de red negras, y volver a ella con la ropa colgando de los dedos.
—Levanta los brazos.
Naomi los levantó. Bruno le pasó el body por la cabeza, le ajustó las tirantes, le acomodó los rellenos del pecho y le subió la tela hasta que el tejido le abrazó la cintura y le dejó la polla asomando por la abertura delantera, ya dura otra vez, el glande rozando el aire frío. Después se arrodilló, le quitó las medias de seda una a una con lentitud deliberada —besándole el interior del muslo cada vez que la tela bajaba— y le subió las de red, despacio, centímetro a centímetro, alisándolas con las palmas hasta que el dibujo le marcó cada músculo de la pantorrilla y el muslo. Las mules volvieron a sus pies. Cuando se puso de pie otra vez, Naomi era exactamente la imagen que él había fantaseado semanas enteras: putita de stockroom, body rojo abierto, medias de red, polla dura y goteando, labios hinchados del beso.
Bruno se la quedó mirando un largo segundo, la mano en la propia erección a través del pantalón, apretándola.
—Perfecta —dijo—. Ahora sí. Ahora te voy a tocar hasta que me ruegues que te meta la polla. Y tú vas a mirarte al espejo mientras lo hago, para que no se te olvide lo que eres cuando estás conmigo.
Naomi retrocedió hasta apoyar el culo en el borde de una mesa de embalaje. Abrió las piernas. El body rojo se tensó. La abertura le dejó la polla y los huevos al aire, brillantes.
—Entonces tócame —pidió, la voz ya sin filtro—. Y no pares hasta que los dos estemos tan jodidos de ganas que no podamos pensar en otra cosa. Quiero tu boca. Quiero tus manos en las medias. Quiero que me digas otra vez que llevas semanas soñando con esto.
Bruno se acercó. Se arrodilló entre sus piernas abiertas. Las manos le subieron por las medias de red, dedos enganchados en los rombos, y la lengua le rozó primero el interior del muslo, después la base de la polla, después el glande ya húmedo. Naomi arqueó la espalda y se agarró al borde de la mesa. El fluorescente zumbaba encima. Afuera, Madrid seguía frío y vacío a las nueve de la noche. Dentro, el stockroom olía a seda, a sexo y a la promesa clara, consentida, de que aquello solo acababa de empezar.
Bruno no se detuvo en el roce de la lengua. La hundió más, envolviendo el glande de Naomi con calor húmedo, chupando con lentitud deliberada mientras los dedos le apretaban los muslos a través de la red. Ella arqueó la espalda contra la mesa de embalaje, un gemido agudo escapándosele entre los dientes, las uñas clavándose en el borde de madera.
—Joder, Bruno… así, no pares —jadeó, la voz ya quebrada de puro deseo.
Él soltó la polla con un hilo de saliva brillándole en el labio y se puso de pie. La miró un segundo, la respiración agitada, la erección empujando contra la cremallera del pantalón.
—Aún no. Primero te voy a terminar de vestir como te mereces. Como la chica que eres de verdad esta noche. Quédate quieta.
Naomi asintió, las piernas aún abiertas, el body rojo tenso sobre el pecho moldeado. Bruno se giró hacia las cajas más altas, las que guardaban la lencería de temporada y los accesorios de escaparate. Sacó un corsé negro de ballenas flexibles, el tejido brillante bajo la luz fría, con cordones rojos que contrastaban. Después un par de tacones de aguja negros, de satén, de talla que sabía que le valdrían. Por último, de una caja lateral, una peluca rubia platinada de ondas suaves, la que usaban para maniquíes de noche. Volvió a ella con todo en las manos y una sonrisa oscura de hambre contenida.
—Levanta los brazos otra vez. Y a partir de ahora… te llamo Nieve. Porque eres blanca de deseo debajo de todo este negro, y porque vas a ser mía como la nieve que cae y se rinde. ¿De acuerdo, Nieve?
—Sí —susurró ella, los ojos brillantes—. Llámame así. Vísteme.
Bruno le quitó el body rojo con cuidado, deslizando las tirantes, dejando la polla ya dura otra vez al aire libre. Le puso el corsé alrededor del torso. Las manos firmes le ajustaron las ballenas contra las costillas, tirando de los cordones rojos por la espalda hasta que la cintura se le estrechó, el pecho se le empujó hacia arriba y el tejido le abrazó la carne como una promesa. Naomi jadeó al sentir la presión, la respiración más corta, más profunda, el corsé marcándole cada curva. Él le acomodó los rellenos, le rozó los pezones duros con los nudillos y le dio un beso en el hueco del cuello.
—Hermosa. Mira cómo te ciñe. Eres una puta de corsé perfecta.
Después se arrodilló. Le quitó las mules y le calzó los tacones de aguja, dedos firmes asegurando las tiras alrededor del tobillo. El satén crujió. Cuando Naomi se puso de pie con ayuda de sus manos en las caderas, los tacones la alargaron, le tensaron los gemelos y le empujaron el culo hacia atrás con una curva indecente. Las medias de red subían hasta el muslo; el corsé terminaba justo encima del nacimiento de la polla. Bruno le colocó la peluca rubia con cuidado, ajustándola sobre el pelo corto castaño, peinando las ondas con los dedos hasta que enmarcaban su cara sonrojada. El contraste era brutal: rubia de oro barato y precioso, labios hinchados, ojos oscuros de necesidad.
Se la quedó mirando en el espejo. Nieve. Su Nieve de stockroom.
—De rodillas —ordenó, la voz grave, cariñosa y dominante a la vez—. Quiero tu boca. Quiero verte chupar mi polla gruesa con esa devoción de sissy hermosa que ya eres.
Naomi —Nieve— bajó despacio, los tacones haciendo eco suave en el cemento. Se arrodilló entre las piernas de Bruno, las manos subiendo por los muslos de él hasta la cremallera. La abrió con dedos torpes de emoción, sacó la polla gruesa, caliente, ya goteando por la punta. Era más gruesa de lo que ella había imaginado en tantas noches solitarias; las venas marcadas, el glande hinchado. Nieve la miró un segundo, la lengua asomando, y después la envolvió con los labios. Chupó con hambre, con devoción, bajando hasta donde pudo, la saliva resbalando por la base mientras la mano libre le acariciaba los huevos. Bruno gemió bajo, una mano en la peluca rubia, guiándola sin forzar, solo sosteniendo.
—Así, Nieve… qué hermosa eres chupándome. Mi sissy perfecta. Esa boca hecha para mi polla. Mírate, con el corsé apretándote, los tacones clavados en el suelo, la peluca rubia moviéndose mientras me chupas como si llevaras años esperando esto. Eres preciosa. Mi putita de trastienda. Más profundo, cariño. Traga.
Nieve obedeció, relajando la garganta, dejando que la polla le golpeara el fondo una y otra vez. Lágrimas de esfuerzo le brillaban en las pestañas, pero no paraba; gemía alrededor del grosor, la polla propia dura y goteando contra el aire frío bajo el corsé. Bruno le acariciaba la mejilla con el pulgar, susurrándole lo hermosa que era su sissy, lo bien que le quedaba el rubio, cómo el corsé le marcaba la cintura de chica, cómo iba a follarla hasta que no pudiera pensar. El sonido húmedo de la chupada llenaba el stockroom junto al zumbido del fluorescente. Ella se movía con ritmo, lengua girando, succionando la punta, bajando otra vez, los ojos levantados hacia él en una súplica silenciosa de más.
Cuando Bruno sintió que estaba al borde, la apartó con suavidad. Un hilo de saliva unía la boca de Nieve a su glande brillante.
—De pie. Inclínate sobre esas cajas. Ahora te follo.
Nieve se levantó tambaleante sobre los tacones. Bruno la guió hasta un montón de cajas de cartón nuevas, apiladas a la altura de la cadera. La inclinó hacia adelante, el pecho contra el cartón, el culo en alto, el corsé tensándose. Él le apartó las bragas de encaje negro que le había puesto por debajo del corsé —un hilo fino que se perdía entre los glúteos— y las dejó a un lado, enganchadas en un muslo. Escupió en la mano, se untó la polla gruesa y después el agujero rosado y apretado de Nieve, ya relajado de ganas. Empujó. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo se le abría alrededor del grosor, caliente y estrecho. Nieve gritó un gemido largo, las manos agarrando el borde de la caja, los tacones crujiendo.
—Joder… Bruno… tan gruesa…
—Aguanta, Nieve. Eres mía. Mi sissy hermosa abriéndose para mí.
Cuando estuvo del todo dentro, empezó a follarla con fuerza en posición de perrito. Empujones profundos, caderas chocando contra el culo redondo, las medias de red rozándole los muslos a él. Una mano le agarraba la cadera, la otra tiraba suavemente de los cordones del corsé para tensarlo más. Nieve gemía sin freno, la polla propia balanceándose bajo el corsé, goteando sobre el cartón. Bruno le susurraba al oído lo preciosa que era, cómo el rubio le caía por la espalda mientras la follaba, cómo el culo le apretaba la polla como si hubiera nacido para eso. La pasión era dominante pero cariñosa: palmadas firmes en la nalga, caricias en la espalda, palabras de aceptación entre cada embestida.
—Te sientes tan bien… mi putita de corsé… mira cómo me tomas entero.
Después la giró. La levantó casi, la sentó al borde de las cajas y le puso las piernas sobre los hombros. Los tacones le rozaban las orejas a Bruno. Entró de frente esta vez, más hondo todavía, mirándola a los ojos mientras follaba con ritmo brutal y tierno a la vez. El corsé le subía y bajaba el pecho moldeado; la peluca se le despeinaba un poco; las medias de red se le marcaban en la carne. Nieve se agarraba a sus hombros, los gemidos cada vez más agudos, la polla atrapada entre sus vientres, frotándose contra el abdomen de él con cada embestida.
—Voy a correrme… Bruno, me corro…
—Juntas. Dentro de la lencería, Nieve. Quiero verte mancharte.
El orgasmo los golpeó casi al unísono. Nieve gritó, la espalda arqueada, y eyaculó con fuerza: chorros calientes saliendo entre el corsé y el cuerpo de Bruno, manchando el encaje interior, las bragas apartadas, el vientre bajo. Al mismo tiempo Bruno embistió hondo una última vez y se derramó dentro de su culo, llenándola a pulsos largos y calientes, el semen espeso quedándose dentro mientras él seguía moviéndose despacio, exprimiendo cada gota. Nieve temblaba alrededor de él, las piernas aún sobre sus hombros, los ojos húmedos de placer, la peluca rubia pegada a la frente sudorosa.
Bruno la bajó con cuidado, la polla resbalando fuera con un hilo blanco que le bajó por el muslo interior, manchando más la lencería. La abrazó contra el pecho, besándole la sien a través de la peluca, acariciándole la espalda todavía ceñida por el corsé.
—Estás perfecta así —susurró—. Llena de mí. Vestida de Nieve. Pero esto… esto solo es el principio de lo que te voy a hacer esta noche. Todavía quedan cajas por abrir. Y yo todavía no he terminado de enseñarte lo que significa ser mi chica del stockroom.
Nieve asintió contra su cuello, la respiración irregular, la polla sensible aún goteando restos dentro del encaje manchado, el culo lleno y pulsátil. El fluorescente seguía zumbando. Afuera Madrid esperaba. Dentro, el aire olía a sexo, a seda y a la promesa espesa de que la noche apenas empezaba a abrirse del todo.
Bruno la sostuvo contra su pecho un rato más, la respiración de los dos todavía agitada, el fluorescente zumbando encima como un testigo impasible. El semen le resbalaba a Nieve por el interior del muslo, caliente y espeso, manchando las medias de red negras y el borde inferior del corsé. Él no se apartó de golpe. Pasó la palma abierta por su espalda ceñida, acariciando la curva que el tejido marcaba, y después se arrodilló despacio delante de ella.
—Quédate quieta, Nieve —murmuró, la voz baja, casi ronca de lo que acababan de compartir—. Déjame limpiarte.
Naomi —Nieve— apoyó las manos en sus hombros para no temblar sobre los tacones. Miró cómo Bruno, con una ternura que contrastaba con la fuerza con la que la había follado minutos antes, levantaba el borde de la media de red. El semen le brillaba en los rombos del tejido, pegajoso contra la piel suave del muslo interior. Bruno acercó los labios y lamió primero, despacio, recogiendo el sabor de ambos mezclado, la lengua caliente recorriendo la red hasta que la tela quedó húmeda solo de saliva. Nieve jadeó, los dedos hundidos en el pelo de él.
—Bruno… joder, eso…
—Shh. Quiero verte limpia y preciosa otra vez. Y después sucia otra vez, si me dejas.
Usó los dedos para recoger lo que quedaba. Con cuidado, casi reverente, pasó las yemas por el interior de la media, subiendo centímetro a centímetro, limpiando el hilo blanco que se había quedado atrapado en el encaje. Cada roce era deliberado: el pulgar alisando la seda artificial, el índice separando un poco la carne para no dejar rastro. El olor a sexo recién corrido se mezclaba con el perfume a vainilla de ella y el cartón nuevo de las cajas. Bruno besó el muslo donde la media terminaba, justo encima del encaje que mordía la piel, y sintió cómo Nieve se estremecía.
—Estás temblando —dijo él, mirándola desde abajo—. ¿Demasiado?
—No. Al revés. Nunca me han… nunca me han limpiado así. Como si importara. Como si yo importara vestida de esto.
Bruno se puso de pie. Le secó los dedos en su propia camisa blanca, ya arrugada y manchada, y después le tomó la cara entre las manos. La peluca rubia estaba despeinada, las ondas pegadas a las sienes sudorosas. Él le apartó un mechón con el pulgar y la besó. Fue un beso suave, distinto a los anteriores: labios cerrados al principio, después abiertos solo lo justo para sentir el sabor a menta y a su propia polla que todavía le quedaba en la lengua a ella. Nieve se aferró a la corbata floja de Bruno y se dejó besar, el corsé subiendo y bajando con la respiración compartida.
Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la de ella.
—Escúchame bien, Nieve. A partir de ahora… siempre que quieras, siempre que cerremos la puerta y baje la persiana, puedes vestirte. Puedes ser mi mujer aquí dentro. No el empleado que dobla cajas. Mi chica. Mi putita de seda si lo pides. Mi Nieve. Te elijo yo la lencería, o la eliges tú. Me da igual. Pero quiero verte así en la tienda, detrás del mostrador cuando no haya clientas, en el probador, en este stockroom. Quiero que te sientas libre de ser exactamente lo que eres cuando estás conmigo.
Nieve tragó saliva. Los ojos se le humedecieron, pero no de vergüenza: de algo más denso, más caliente. Asintió, la voz saliendo ronca y fina a la vez.
—¿De verdad? ¿Aunque mañana haya que abrir a las diez y fingir que nada pasó?
—Aunque haya que abrir a las diez. Aunque el inventario se atrase otra semana. Esto no es un secreto sucio que escondemos. Es lo que queremos los dos. Tú te vistes, yo te miro, te toco, te follo cuando los dos lo pidamos. Y después te limpio otra vez, como ahora. Con ternura. Porque me vuelves loco vestida de Nieve y me vuelves loco también cuando te tiemblan las piernas después de correrte.
Le besó otra vez, más despacio todavía, la lengua rozándole solo el labio inferior. Las manos de Bruno bajaron al corsé, aflojaron un poco los cordones rojos para que ella pudiera respirar mejor, y después volvieron a las medias. Pasó las palmas por la red, asegurándose de que no quedara rastro de semen, alisando el tejido contra la carne tibia. Nieve sintió el calor subirle otra vez entre las piernas: la polla, todavía sensible, empezaba a endurecerse de nuevo bajo el borde del corsé solo por la forma en que él la cuidaba.
—Prométeme más noches como esta —susurró ella contra su boca—. Más lencería. Más medias que me limpies tú. Más veces que me llames tuya mientras me usas contra las cajas.
Bruno sonrió, esa sonrisa oscura y cariñosa que ya le conocía el cuerpo.
—Te lo prometo. Todas las noches de cierre que quieras. Te voy a traer sets nuevos. Bodies abiertos. Medias de seda más finas. Un collar quizá, algo que te marque como mía cuando estemos solos aquí. Vamos a follar hasta que el stockroom huela solo a nosotros. Y después, cuando salgamos a la calle fría de Madrid, tú te pondrás otra vez la ropa de chico si quieres… o no. Como prefieras. Pero aquí dentro eres Nieve. Mi mujer del stockroom. ¿Entendido?
—Entendido —jadeó ella, empujando la cadera hacia adelante, rozando la erección que a Bruno se le estaba endureciendo otra vez dentro del pantalón abierto—. Entonces… ¿empezamos ya la siguiente noche? Porque me has limpiado las medias y ya las quiero manchadas otra vez. Quiero que me vistas con algo nuevo. Quiero tu polla otra vez, Bruno. Lenta. O fuerte. Como tú digas. Solo no apagues la luz todavía.
Bruno la miró de arriba abajo: el corsé negro con los cordones rojos flojos, las medias de red todavía húmedas de su saliva, los tacones de aguja, la peluca rubia revuelta, la polla semi-dura asomando otra vez. El deseo le subió por la espalda como una corriente. Le agarró la cintura y la giró hacia el espejo de cuerpo entero.
—Mírate —ordenó en voz baja—. Mírate limpia y ya goteando otra vez. Eso es lo que vamos a repetir. Todas las veces que haga falta. Ahora levanta los brazos. Voy a elegirte otra pieza. Y esta vez te voy a follar de pie, contra el espejo, mirándonos los dos mientras te corro dentro otra vez. ¿Quieres eso, Nieve?
—Sí —respondió ella sin dudar, la voz ya rota de ganas nuevas—. Quiero eso. Y lo que venga después. Toda la noche si hace falta. Sé mi mujer aquí. Sé mi puta de lencería. Y limpiame otra vez cuando terminemos. Por favor.
Bruno se apartó solo el tiempo necesario para abrir otra caja. Sacó un body de tul blanco casi transparente, con copas moldeadas y abertura total entre las piernas, y un par de medias de seda natural color carne que contrastarían con el negro que aún llevaba. Volvió a ella con las prendas en la mano, la polla ya dura otra vez saliendo del pantalón. Nieve levantó los brazos. Él le desabrochó el corsé despacio, dejando que el aire frío le rozara la piel marcada por las ballenas, y le pasó el body blanco por la cabeza. El tejido le abrazó el pecho, le ciñó la cintura y le dejó la polla libre y dura al aire. Después se arrodilló, le bajó las medias de red con besos en cada centímetro de piel que descubría, y le subió las de seda color carne, despacio, hasta el muslo, el encaje superior clavándose en la carne blanda.
Cuando terminó, la miró al espejo: blanca y negra, limpia y ya mojada otra vez, su Nieve perfecta.
—Ahora sí —dijo Bruno, colocándose detrás, la erección rozándole el culo a través del tul—. Ahora te follo contra el cristal. Y después te limpio otra vez. Y te lo vuelvo a prometer. Porque esto… esto solo acaba de empezar de verdad.
Nieve apoyó las palmas en el espejo frío. Abrió las piernas. El body blanco se tensó. Bruno escupió en la mano, se untó y entró en ella de un empujón lento y profundo, llenándola otra vez mientras la miraba a los ojos en el reflejo. El stockroom olió de nuevo a seda, a sexo y a la promesa espesa de que la noche aún tenía horas por delante, y que ninguna de las dos iba a salir de allí sin haber cumplido cada palabra.
Bruno empujó hasta el fondo, el body de tul blanco casi transparente rasgándose apenas contra la erección gruesa de Nieve mientras la llenaba por completo. El cristal del espejo se empañó bajo las palmas de ella; los dedos se le abrieron, las uñas raspando la superficie fría. Cada embestida hacía crujir los tacones de aguja contra el cemento, el sonido seco mezclado con el chapoteo húmedo de la polla entrando y saliendo del culo ya resbaladizo de semen anterior. Bruno le agarró las caderas con fuerza, los pulgares hundidos en la carne blanda que asomaba por encima del encaje de las medias color carne, y aceleró el ritmo sin perder la mirada en el reflejo.
—Mírate, Nieve —jadeó contra su oreja, la voz ronca, la camisa blanca ya abierta del todo y la corbata colgando como un lazo olvidado—. Mírate cómo te abres para mí. Ese body blanco te deja la polla libre y goteando, las medias te marcan los muslos como si te hubieran dibujado para que te follara justo así. Eres mi chica. Mi putita de stockroom. Dime que lo quieres.
—Lo quiero —gimió ella, la peluca rubia pegada a la frente sudorosa, los labios hinchados abiertos en un gemido continuo—. Fóllame más fuerte, Bruno. Quiero sentirte hasta el fondo. Quiero que me corras dentro otra vez mientras nos miramos. Soy tuya… tu Nieve… tu sissy preciosa…
Bruno gruñó y le mordió el hombro, justo donde el tul dejaba la piel al aire. Una mano subió al pecho moldeado, apretó el relleno y el pezón duro a través de la tela fina, torciéndolo hasta arrancarle un grito agudo. La otra bajó y rodeó la polla de Nieve, bombeándola al mismo ritmo de las embestidas. El glande ya estaba púrpura, brillante de líquido preeyaculatorio que resbalaba por los dedos de él y manchaba el tul blanco. Nieve empujaba hacia atrás, el culo redondo chocando contra la pelvis de Bruno con un sonido obsceno y húmedo, el corsé interior —aún flojo bajo el body— marcándole la cintura como un recordatorio de lo ceñida que había estado minutos antes.
El fluorescente zumbaba. El aire se espesaba con el olor a sexo, a vainilla, a cartón y a la seda caliente. Bruno cambió el ángulo, subiendo un poco las caderas de ella para llegar más hondo, y Nieve gritó, la espalda arqueada, los tacones crujiendo. Cada embestida le hacía balancear la polla dentro de la mano de él; el roce de las medias de seda color carne contra los muslos de Bruno era un roce constante, resbaladizo, adictivo. Él le susurraba al oído lo hermosa que era, cómo el blanco le sentaba de puta madre, cómo el culo le apretaba la polla como si hubiera nacido para tomarlo entero, cómo iba a llenarla otra vez y después limpiarla con la lengua, despacio, hasta que pidiera más.
—Más… joder, Bruno, más profundo —pidió Nieve, la voz ya rota, los ojos clavados en el reflejo donde se veía a sí misma: rubia, encorsetada bajo el tul, medias hasta el muslo, polla dura y goteando, culo lleno de la polla de su jefe—. Voy a correrme… no pares… trátame como tu puta de lencería… dilo…
—Eres mi puta de lencería —contestó él, acelerando, la mano en su polla apretando con firmeza cariñosa—. Mi Nieve. Mi chica del stockroom. Correte para mí. Mancha ese body blanco. Quiero verte sucia y mía.
El orgasmo la sacudió primero. Nieve gritó un nombre que se quebró a mitad, el cuerpo entero tenso contra el cristal, y eyaculó con violencia: chorros calientes saliendo a pulsos entre los dedos de Bruno, salpicando el tul blanco, el espejo, el vientre bajo. El culo se le contrajo alrededor de la polla de él en espasmos rítmicos, apretando, ordeñando. Bruno no aguantó. Embistió hondo una, dos, tres veces más y se derramó dentro, gruñendo contra el cuello de ella, llenándola a chorros espesos y calientes que se sumaban a lo que ya había dejado antes. Siguió moviéndose despacio, exprimiendo cada gota, la frente apoyada en el hombro de Nieve, la respiración agitada y compartida.
Se quedaron así un largo momento, unidos, temblando. El semen empezó a resbalar por el muslo interior de ella en cuanto Bruno se retiró un centímetro, un hilo blanco y espeso que manchó más las medias color carne y el borde del body. Nieve jadeaba contra el cristal empañado, las piernas flojas, los tacones a punto de fallarle. Bruno la sostuvo por la cintura, la giró despacio entre sus brazos y la besó: un beso lento, profundo, de lengua suave y sabor a menta y a sexo. Le acarició la mejilla a través de la peluca, le alisó un mechón rubio y le sonrió con esa mezcla de hambre y ternura que ya le conocía el cuerpo entero.
—Estás perfecta —susurró, la voz todavía ronca—. Llena. Vestida de blanco y ya manchada otra vez. Déjame limpiarte…
Se arrodilló. Con la misma reverencia de antes, levantó el borde de la media de seda color carne y pasó la lengua por el muslo interior, recogiendo el semen que bajaba, saboreando la mezcla de los dos. Nieve se agarró a su hombro, un gemido bajo escapándosele. Bruno lamió despacio, metódico, limpiando la red de la piel y el tejido, besando el encaje donde mordía la carne, subiendo hasta la base de la polla sensible de ella y dándole un beso suave en el glande todavía húmedo. Después se puso de pie, le secó los labios con el dorso de la mano y la abrazó contra el pecho.
—Todas las noches de cierre —prometió otra vez, rozándole la sien—. Te visto. Te follo. Te limpio. Y te vuelvo a manchar. Porque eres mía aquí dentro, Nieve. Mi mujer del stockroom. ¿Verdad?
—Verdad —susurró ella, sonriendo contra su cuello, la respiración ya más calmada, el body blanco pegado al pecho con sudor y semen, las medias brillantes, la polla blanda y sensible entre ellos—. No apagues la luz todavía. Quiero…
El sonido los cortó en seco.
Un golpe seco, metálico, contra la puerta de la trastienda. Luego otro. Llaves. El ruido inconfundible de alguien intentando girar la cerradura desde fuera. Una voz de mujer, alta y clara, filtrándose por la rendija:
—¿Bruno? ¿Sigues ahí? Olvidé el cargador del datáfono y la persiana de la calle está medio bajada. Abre, tío, que me estoy cagando de frío.
El silencio que siguió fue absoluto. Nieve se tensó en los brazos de Bruno, los ojos abiertos de par en par, la peluca rubia revuelta, el body blanco transparente manchado de forma imposible de esconder. Bruno giró la cabeza hacia la puerta, la polla todavía semi-dura y brillando, la camisa abierta, el pantalón a medio bajar. Afuera, las llaves volvieron a sonar. La perilla giró una vez más.
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