Pasión Oculta en el Establo
Tamara, de 22 años, se folla con ganas al fuerte padrastro Grant, de 48, en el establo del rancho.
Soy Tamara, tengo veintidós años, y acabo de llegar al rancho familiar para pasar el verano lejos del ruido de la ciudad. El aire aquí huele a hierba seca, a cuero y a tierra caliente. Mi padrastro Grant, cuarenta y ocho años, es el dueño del lugar: un hombre alto, de hombros anchos, brazos marcados por años de trabajo duro y una barba corta que le da un aire serio. Desde el primer día lo vi en los establos, con la camisa arremangada y el sudor brillándole en la nuca, y algo dentro de mí se removió con una fuerza que no esperaba.
Mi madre se casó con él hace casi una década. Nunca hubo sangre entre nosotros, solo esa palabra incómoda —padrastro— que ahora se me pega a la lengua cada vez que lo miro demasiado. Él pasa las jornadas entre caballos, alambres y balas de heno. Yo llegué ofreciéndome a ayudar, en parte por no quedarme quieta y en parte, aunque no me atrevía a admitirlo, porque quería estar cerca.
Al segundo día noté sus miradas. No eran casuales. Cuando yo enjabonaba el flanco de una yegua, él se detenía un segundo de más con la escoba en la mano. Cuando me inclinaba a recoger una brida, sus ojos bajaban por mi espalda, por el corte de mis vaqueros ajustados, por la curva de mi culo. Yo lo sentía en la nuca, como un calor ajeno. Por las noches, en la cama estrecha del cuarto de invitados, fantaseaba con esas manos callosas. Me imaginaba los dedos ásperos abriéndome los muslos, la palma grande cubriéndome un pecho, la voz grave diciéndome cosas que un padrastro no debería decir. Me tocaba pensando en él hasta quedarme temblando, y al día siguiente volvía al establo con las piernas flojas y la boca seca.
Grant intentaba ignorarlo. Yo también. Nos cruzábamos en el pasillo de la casa, él me decía “buenos días, Tamara” con esa voz grave, y yo respondía sin mirarlo a los ojos. Pero el deseo crecía como el polvo en agosto: imposible de barrer del todo.
Una tarde de calor sofocante el termómetro del porche marcaba casi cuarenta grados. El sol pegaba en el techo de lámina del establo y el aire dentro olía a paja, a estiércol seco y a sudor. Grant estaba rastrillando el pasillo central. Yo barría los boxes vacíos con una camiseta blanca pegada a la piel y el pelo recogido en una coleta alta. El pecho se me marcaba con cada movimiento; no llevaba sujetador porque el calor lo hacía insoportable, y lo sabía.
—Pásame ese cubo —dijo él sin mirarme del todo.
Se lo alcancé. Nuestros dedos se rozaron. Un segundo. Suficiente para que un calambre me subiera por el brazo.
—Estás roja —comentó, y esta vez sí me miró. Los ojos de Grant son de un marrón oscuro, casi negro cuando la luz cae así—. El calor te sienta… peligroso.
Sonreí, atrevida, aunque el corazón me latía en la garganta.
—Peligroso para quién, Grant.
Él dejó el rastrillo apoyado en un poste. Se pasó el dorso de la mano por la frente y se quedó mirándome de frente, sin disimulo. La camisa le estaba abierta hasta el pecho; el vello grisáceo le brillaba de sudor.
—Para los dos —respondió al fin, bajo—. Llevo semanas mirándote como no debería. Desde que bajaste del coche con esa maleta y esos shorts tan cortos. Cada vez que te agachas a herrar o a limpiar una pezuña se me pone la polla dura dentro del pantalón. No es decente. Pero tampoco puedo dejar de hacerlo.
El silencio del establo se llenó solo del zumbido de una mosca y de mi respiración. Me acerqué un paso. Luego otro. El deseo mutuo ya no cabía debajo de la alfombra de paja.
—Yo también —confesé, y la voz me salió ronca—. Quiero sentir a un hombre mayor. Experimentado. Uno que sepa usar las manos y la boca y no se asuste de lo que pide una chica de veintidós años que lleva demasiado tiempo mojada pensando en su padrastro. Quiero tus manos callosas en mi culo, Grant. Quiero que me folles aquí, entre el heno y el olor a caballo, como si no hubiera reglas.
Él soltó un sonido gutural, mitad risa, mitad gruñido.
—Joder, Tamara…
—Dímelo otra vez —pedí—. Dime que me deseas.
Grant dio un paso y me acorraló suavemente contra la pared de madera del box. La superficie estaba caliente y áspera en la espalda. Él no me aprisionó con violencia; me dejó espacio para escapar si quisiera. No quise. Sus manos grandes se apoyaron a ambos lados de mi cabeza. El pecho amplio me rozaba los pezones duros a través de la tela fina. Olía a sol, a jabón barato y a hombre.
—Te deseo —dijo contra mi boca—. Llevo semanas jodiéndome la mano en la ducha imaginando cómo te sabría el coño. Cómo te abrirías para mí. Cómo gritarías con mi polla dentro. Eres mi hijastra y aun así me tienes loco. ¿Lo oyes? Loco.
—Entonces bésame —susurré—. Ya elegí. Tú también.
Su boca bajó sobre la mía con hambre. No fue un beso tímido. Fue lengua, dientes, saliva. Me agarró la nuca con una mano callosa y me abrió los labios como quien reclama algo que le han negado demasiado tiempo. Yo le respondí con la misma urgencia, subiendo las manos a su pecho sudado, clavando las uñas en la camisa. Él empujó la cadera contra la mía y sentí la erección gruesa y dura rozándome el vientre. Un gemido se me escapó dentro de su boca.
—Así de mojada estás solo con un beso —murmuró contra mis labios, y la mano libre bajó por mi costado, se coló bajo la camiseta y subió hasta palparme un pecho desnudo. El pulgar áspero rozó el pezón y yo arqueé la espalda—. Mírate. Dura. Caliente. Toda para mí.
—Tócame más —pedí, sin vergüenza—. Quiero tus dedos. Quiero que me sientas.
Grant me besó el cuello mientras la mano bajaba por mi estómago y se metía dentro del pantalón y de la braga. Encontró el calor, la humedad que ya me resbalaba por los labios. Dos dedos se deslizaron entre mis pliegues y yo abrí más las piernas contra la pared, jadeando.
—Estás empapada, nena —dijo al oído, la voz engolada—. Empapada por tu padrastro. ¿Esto es lo que querías confesar?
—Sí… joder, sí. Mételos.
Los dedos entraron lentos, gruesos, explorando. Me folló con la mano contra la madera mientras su boca volvía a la mía. Yo le busqué el cinturón a tientas, desabroché, bajé la cremallera y metí la mano dentro del boxer. Su polla saltó pesada, caliente, venosa, ya goteando por la punta. La rodeé con los dedos y la acaricié de base a glande, sintiendo cómo se le tensaba el abdomen.
—Tamara… —gruñó—. Si sigues así te voy a follar aquí mismo contra esta pared.
—Eso quiero —respondí, mirándolo a los ojos, los labios hinchados del beso—. Quiero que me empuje el culo contra la madera y me la metas entera. Quiero oírte gemir mi nombre mientras me corres dentro o en las tetas, da igual. Solo… no pares.
Él sacó los dedos de mi coño, se los llevó a la boca y los chupó sin apartar la mirada. El gesto me dejó sin aire. Luego me giró despacio, de frente a la pared, y me bajó los vaqueros hasta los muslos. El aire caliente del establo me rozó la piel expuesta. Grant se agachó un segundo, me mordió un glúteo con suavidad y luego se incorporó, frotando la polla gruesa entre mis nalgas, subiendo y bajando por la hendidura húmeda sin entrar todavía.
—Dime que lo quieres —exigió, la voz rota de contención—. Dímelo claro.
—Lo quiero —jadeé, las manos apoyadas en la madera, el culo empujando hacia atrás—. Quiero que me folles, Grant. Quiero la polla de mi padrastro abriéndome el coño aquí, en tu establo. Ya no puedo más de esperar.
Él colocó la cabeza del glande justo en mi entrada, mojada y abierta, y empujó solo un centímetro, lo bastante para que yo sintiera el estiramiento inicial y soltara un gemido largo. Se detuvo ahí, respirando agitadas contra mi oreja, una mano en mi cadera y la otra rodeándome el pecho por debajo de la camiseta.
—Mira cómo me recibes… —susurró—. Tan jodidamente apretada y ya te estás comiendo la punta. Cuando te la meta del todo vas a gritar, ¿verdad?
—Sí… métela. Por favor.
Pero no lo hizo del todo. Se quedó ahí, frotándose apenas, negándonos el empujón completo, manteniéndonos al borde. Me besó el hombro, me pellizcó el pezón y me habló al oído con esa voz de hombre hecho que me derretía por dentro.
—No todavía. Quiero oírte pedirlo más. Quiero que me digas exactamente cómo quieres que te use. Porque una vez que empiece de verdad, Tamara, no voy a parar hasta que te corras en mi polla y yo te llene. Y el establo se va a enterar entero.
Yo temblaba, el coño palpitándole alrededor de esa promesa incompleta, la mente nublada de calor y de ganas. El sudor nos resbalaba a los dos. Afuera se oía el relincho lejano de un caballo y el crujido de las tablas bajo nuestros pies. Sabíamos que cualquiera podía acercarse. No nos importaba.
—Grant… —gemí, empujando el culo hacia él, intentando engullirlo más—. Te necesito dentro. Todo. Ahora.
Él sonrió contra mi piel, cruel y tierno a la vez, y retiró apenas la cadera, dejándome vacía otra vez, solo para volver a presionar la cabeza gruesa contra mi entrada hinchada.
—Entonces agárrate a esa pared —ordenó, la respiración caliente en mi nuca—. Porque lo que viene no va a ser suave… y yo tampoco pienso disculparme.
Grant empujó de golpe. La polla gruesa se me abrió paso de un solo tajo, estirándome hasta el fondo, y el grito se me escapó contra la madera del box. Me llenó por completo, caliente y dura, y el dolor dulce se mezcló al instante con el placer que llevaba semanas acumulando. Él gruñó mi nombre contra mi nuca y empezó a moverse, profundo, lento al principio, luego más fuerte, el sonido húmedo de su cuerpo chocando contra el mío llenando el establo.
—Así… joder, Tamara, qué apretada estás —jadeó, agarrándome las caderas con esas manos callosas—. Te estoy follando de verdad. Mi hijastra. Y te encanta.
—Sí… Grant… más —gemí, empujando el culo hacia atrás para recibirlo entero cada vez. Los vaqueros me apretaban los muslos; él tiró de ellos hasta que cayeron a mis tobillos y pude abrir más las piernas. Su polla entraba y salía resbaladiza de mi mojadura, y yo me corría casi solo de sentirlo tan grueso dentro.
Pero él se detuvo de pronto, me sacó y me giró. Me levantó la camiseta hasta el cuello, me expuso los pechos sudados y me empujó suavemente hacia atrás, hasta que caí sentada sobre una paca de heno. El olor a paja seca me subió a la nariz mientras él se arrodillaba entre mis piernas abiertas, me separaba los muslos con decisión y enterraba la cara en mi coño.
—Voy a comerte antes de follarte como mereces —dijo, y su lengua ancha y caliente se aplastó contra mi clítoris.
Gimé su nombre en cuanto empezó. Grant me comía el coño con ansia, sin delicadeza de principiante: chupaba los labios hinchados, metía la lengua dentro, lamía de abajo arriba y volvía a succionar el botón sensible hasta que yo arqueaba la espalda y me agarraba a su pelo grisáceo. Mis muslos le temblaban a los lados de la cabeza. El heno me pinchaba el culo desnudo y no me importaba. Cada lametón me sacaba un gemido más alto.
—Grant… Grant… así, no pares —jadeaba, empujando la cadera contra su boca. Él gruñía contra mi carne, el sonido vibrándome por dentro, y metió dos dedos otra vez mientras chupaba. Me follaba con la mano y la lengua a la vez, rápido, sucio, y yo sentía el orgasmo subiendo como una ola.
Cuando ya estaba al borde, él se apartó, me lamíó los labios una última vez y me miró desde abajo, la boca brillante de mis jugos.
—Ahora de cuatro. Quiero verte el culo mientras te la meto.
Me dio la vuelta sobre el heno. Me puse a cuatro patas, las rodillas hundidas en la paja, el culo en alto, y sentí cómo él se colocaba detrás. Me agarró las caderas con fuerza —los dedos me marcarían moretones, lo sabía— y empujó de nuevo. Entró de un solo golpe hasta el fondo. Empezó a follarme duro desde atrás, embestidas profundas y potentes que me hacían avanzar sobre el heno con cada embate. El sonido de piel contra piel resonaba, húmedo, obsceno. Yo gemía su nombre una y otra vez, sin pudor.
—Joder, Grant… me estás destrozando… qué rico…
—Tan puta para tu padrastro —gruñía él, apretándome más las caderas, tirando de mí hacia su polla—. Mira cómo te abre el coño. Lo tienes chorreando. Cada vez que te la clavo sientes cómo te lleno, ¿verdad?
—Sí… lléname… follame más fuerte…
Obedeció. Las embestidas se volvieron brutales, el heno crujía bajo nosotros, el sudor nos resbalaba por la espalda. Yo bajaba la frente a la paja y empujaba hacia atrás para que me la metiera entera. Sentía cada vena, cada pulso. Cuando una de sus manos se deslizó por delante y me frotó el clítoris al ritmo de las embestidas, casi me corro ahí mismo.
Pero él me sacó otra vez, me dio la vuelta como si pesara nada y me tendió de espaldas sobre el heno. Se colocó entre mis piernas, me miró a los ojos —esos ojos marrones casi negros— y me penetró en misionero, lento al principio, profundo, sin apartar la mirada. Me sujetó las muñecas a los lados de la cabeza y me folló mirándome, la barba rozándome la mejilla cuando se inclinaba a besarme el cuello.
—Míralos… —susurró contra mi oído mientras empujaba—. Estás tan jodidamente apretada y cachonda. Tu coño me aprieta como si no quisiera soltarme. Eres mía aquí, Tamara. Dime que te corres para mí.
—Me corro… Grant, me estoy corriendo… —grité cuando el orgasmo me partió por la mitad. El coño se me contrajo alrededor de su polla en espasmos fuertes, el placer me recorrió desde el vientre hasta los dedos de los pies. Grité su nombre sin cuidarme de quién pudiera oír, las piernas envueltas en su cintura, el cuerpo temblando bajo el suyo.
Él siguió follándome a través de mi orgasmo, susurrándome lo apretada que estaba, lo mojada, lo puta que me ponía por él. Cuando mis contracciones se suavizaron, se salió, se puso de rodillas sobre el heno y me jaló suavemente hacia abajo.
—De rodillas, nena. Quiero verte tragar.
Me arrodillé entre sus piernas, el heno pinchándome las rodillas, y abrí la boca. Su polla estaba roja, brillante de mis jugos, las venas hinchadas. La tomé con las dos manos y me la metí hasta la garganta. Grant gimió, me agarró el pelo de la coleta y empezó a mover las caderas, follándome la boca con cuidado pero con hambre. Yo chupaba, lamía, dejaba que me llenara la boca mientras lo miraba a los ojos.
—Voy a correrme… trágala toda —advirtió, la voz rota.
La primera racha de leche caliente me golpeó la lengua. Tragué. La segunda y la tercera me llenaron la boca; tragaba con gusto, saboreando lo salado y espeso, chupando hasta que no quedó nada. Él temblaba, los músculos del abdomen tensos, y me miraba como si acabara de descubrir algo sagrado y prohibido a la vez.
Cuando terminó, me ayudó a levantarme. Me besó con ternura, despacio, saboreando su propio sabor en mi boca. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano callosa.
—Esto no va a ser solo una vez —confesó contra mis labios, la voz grave y segura—. No puedo. No después de sentir cómo te corres en mi polla. Cada vez que podamos, Tamara. Cada puta vez.
Sonreí, todavía temblando, el coño palpitante y la boca sabiendo a él.
—Cada vez —repetí.
Nos vestimos en silencio cómplice, ajustándonos la ropa, peinándome la coleta con los dedos. Salimos del establo sonriendo como dos ladrones que acaban de robar algo precioso. El sol de la tarde nos dio en la cara. Nadie nos había visto. Nadie lo sabría.
Mientras caminábamos de vuelta hacia la casa, yo ya estaba planeando la siguiente. Mañana, después de que mamá se vaya al pueblo a comprar, yo bajaré otra vez al establo con una falda corta y sin bragas. Lo encontraré rastrillando. Me agacharé a propósito. Y cuando me mire, le diré que quiero que me folle contra la puerta del box esta vez, mirándome a los ojos mientras me llena otra vez. Que se corra dentro y me deje caminar el resto del día con su leche resbalándome entre las piernas. Nuestras noches de verano —y las tardes, y las madrugadas— iban a estar llenas de esta pasión secreta. Y yo ya contaba las horas.
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