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Fugaz Deseo Nocturno en el Acuario

Un guardia de 32 años se deja vestir de lencería roja y follar por Petra, una atractiva trans de 29, en el acuario nocturno.

21 min read October 05, 2026New

Tengo treinta y dos años y trabajo como guardia de seguridad nocturno en el acuario público de la ciudad. Las noches se me hacen eternas entre el murmullo constante de los filtros y esa penumbra azulada que tiñe todo de misterio. Nunca esperé que una ronda rutinaria me cambiara la vida de aquella forma.

Aquella madrugada, cerca de las dos, oí un roce suave cerca del tanque de los tiburones tigre. Ajusté la linterna y avancé con cuidado. Allí estaba ella: Petra, veintinueve años, encerrada por error tras una visita privada de un grupo de mecenas. Llevaba un vestido negro elegante que se ceñía a sus caderas, medias de seda negras que brillaban bajo la luz del agua y tacones altos que la hacían aún más alta, más imponente. El vestido se le había subido un poco al sentarse en el borde de un banco de observación, y entonces lo vi: el bulto inequívoco bajo la falda, grueso, marcado contra la tela fina.

No sentí sorpresa. Sentí un calor inmediato en la entrepierna, una punzada de deseo tan clara que mis ojos se clavaron ahí un segundo de más. Petra levantó la mirada y me pilló. No apartó la vista. Sonrió despacio, como si hubiera esperado exactamente esa reacción.

—Buenas noches, guapo —dijo con voz grave y melosa—. Me quedé atrapada. La puerta de emergencia se cerró sola y mi teléfono no tiene cobertura aquí dentro.

Me acerqué. El azul de los tanques bailaba en su cara maquillada, en sus labios pintados de rojo oscuro, en el contorno suave de su manzana de Adán que no intentaba disimular.

—Soy Lorenzo. Seguridad nocturna. Puedo abrirte… pero ¿estás bien?

Ella se puso de pie. El vestido cayó otra vez, pero el bulto seguía ahí, tentador. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi entrepierna, donde ya se notaba que la tela del uniforme se tensaba.

—Estoy perfectamente —susurró—. Y tú me miras como si quisieras tocar lo que tengo entre las piernas en vez de escandalizarte. Eso me gusta. Me excita que me deseen tal como soy: una chica con algo extra. ¿Te gusta lo que ves, Lorenzo?

Tragué saliva. El confesionario que llevo dentro se abrió de golpe.

—Sí. Me gusta. Siempre me ha gustado… imaginarte a alguien como tú. Y más. Siempre he fantaseado con vestirme yo también. Con medias, con encaje, con que me tomen como una sissy. Con que me usen así.

Los ojos de Petra se encendieron. Dio un paso y su mano rozó mi entrepierna por encima del pantalón, palpándome la erección que ya dolía.

—Qué rico lo dices. Quiero vestirte yo misma. Quiero follarte esta misma noche. ¿Me dejas? ¿Quieres que te convierta en mi putita dispuesta aquí, entre los peces?

—Sí —respondí sin dudar—. Llevame. Por favor.

Me agarró de la mano y me guió por los pasillos oscuros hasta el vestuario de empleados, al fondo, donde solo yo tenía llave. Cerré la puerta. El olor a cloro y jabón se mezcló con su perfume. Petra me empujó suavemente contra las taquillas y empezó a desabotonarme la camisa con ternura, besándome el pecho mientras hablaba bajo.

—Vas a quedar preciosa. Traje algo en el bolso por si acaso… nunca se sabe cuándo aparece un hombre que quiere ser niña por una noche.

Del bolso sacó un conjunto de lencería roja: un corpiño de encaje, un tanga minúsculo que dejaba el culo al aire, medias rojas hasta el muslo con liguero y unos tacones de aguja que había guardado envueltos. Me desnudó por completo. Mi polla saltó libre, dura, goteando. Ella se arrodilló un momento solo para lamerme la punta y después me hizo levantar una pierna, otra, colocándome las medias con dedos expertos. El encaje me rozaba la piel y me temblaban las rodillas. Me abrochó el corpiño, me subió el tanga que apenas contenía mis huevos, me puso los tacones y me obligó a dar dos pasos torpes mientras se reía bajito de placer.

—Mírate. Mi putita dispuesta. Ahora los labios.

Sacó un pintalabios rojo y me pintó la boca con lentitud, pasándome el dedo después para difuminar. Me miré en el espejo del vestuario: un tío de treinta y dos años transformado en sissy ruborizada, polla marcada bajo la lencería roja, labios de puta. Me corrí un poco solo de verme.

Petra se quitó el vestido. Debajo llevaba solo las medias y un sujetador. Su polla gruesa, ya dura, se arqueaba hacia arriba, venosa, la cabeza lustrosa. Me hizo inclinarme sobre el banco de madera.

—Primero te preparo bien, cariño.

Se arrodilló detrás de mí, me separó los glúteos y clavó la lengua en mi culo. La sentí caliente, expertísima, abriéndome el esfínter a lametones profundos, empujando dentro, mojándome, comiéndome el culo como si fuera un postre. Gemí contra el banco, los tacones crujiendo en el suelo. Ella metió un dedo, luego dos, abriéndome mientras lamía alrededor. Sacó un tubo de lubricante del bolso, me embadurnó generosamente y se untó la polla entera.

—Respira. Voy a entrar hasta el fondo.

Me penetró de un empujón lento pero firme. Su polla gruesa me abrió, me llenó, me estiró hasta que noté los huevos contra mi culo. Empezó a follarme en posición de perrito, embistiendo hondo, agarrándome las caderas, mientras con la otra mano me rodeaba la polla y me masturbaba al ritmo de las embestidas. El banco crujía. Yo gemía su nombre, los labios rojos abiertos, la lencería rozándome la piel sudada.

—Qué culo tan puto apretado tienes… mi sissy perfecta —jadeaba ella—. Dime que te gusta que te folle así.

—Me encanta… fóllame más fuerte, Petra… úsame…

Me dio la vuelta de un tirón. Me sentó en el borde del banco, me abrió las piernas y me penetró de nuevo en misionero, cara a cara. Sus ojos no se apartaban de los míos. Me follaba profundo, circular, rozándome la próstata cada vez. Me besó con lengua mientras me masturbaba más rápido.

—Córrete para mí. Quiero sentirte apretarme mientras me vengo dentro.

No pude aguantar. Me corrí en su mano con un grito ahogado, chorros calientes manchándole los dedos y el corpiño rojo. En ese mismo instante ella embistió hasta el fondo, gimió mi nombre —Lorenzo, joder, Lorenzo— y sentí el pulso caliente de su corrida llenándome el culo, chorro tras chorro, desbordándome mientras seguía empujando suave para meterlo todo.

Nos quedamos temblando. Ella me besó con cariño, despacio, limpiándome los labios rojos con la lengua. Me ayudó a levantarme, me limpió el semen y el lubricante con una toalla del vestuario, me besó otra vez la frente.

—La próxima guardia quiero repetir —susurró contra mi boca—. Y la siguiente. Quiero verte otra vez vestida solo para mí, con esta lencería o con otra. ¿Vendrás?

Asentí, todavía con los tacones puestos, el culo goteando su leche, el corazón desbocado. Nos vestimos a medias. Ella se puso el vestido negro otra vez; yo recuperé el uniforme por encima de la lencería roja, escondiendo las medias y el tanga debajo del pantalón como un secreto ardiendo.

Salimos juntos al pasillo de los acuarios. La luz azul nos bañaba. Petra me sonrió con complicidad, me rozó la mano un segundo y se fue hacia la salida que yo le abrí. Me quedé solo entre los tanques, sintiendo todavía su polla dentro, el sabor de su boca, la promesa de la próxima noche pesándome en la polla medio dura. Sabía que ambos habíamos encontrado un deseo nocturno que no iba a apagarse con una sola follada. Ya estaba contando las horas para volver a ponerme los tacones y esperar a que ella me encontrara otra vez en la penumbra.

La siguiente noche llegué al acuario con el corazón latiéndome en la garganta y la lencería roja todavía puesta debajo del uniforme. No me la había quitado en casa; me duché con ella, me sequé con cuidado y volví a abrocharme el pantalón encima del tanga y las medias. El corpiño me apretaba el pecho cada vez que respiraba hondo y los tacones los llevaba en la mochila, envueltos en una toalla. Sabía que Petra volvería. Lo sentía en la polla, que ya se me hinchaba solo de oír el murmullo de los filtros y de ver la luz azulada bailar en los cristales.

A la una y media la oí. El clic suave de unos tacones altos en el pasillo de los tiburones. Salí de la caseta de control y allí estaba ella, otra vez de negro, pero esta noche el vestido era más corto, casi una minifalda ceñida que dejaba ver el arranque de las medias y el bulto grueso que empujaba la tela hacia delante. Me miró de arriba abajo y sonrió con esos labios rojos oscuros que ya conocía tan bien.

—Lorenzo… —susurró—. Te has quedado vestida para mí. Qué buena putita.

Me agarró de la corbata y me arrastró otra vez al vestuario. Cerré la puerta con llave y antes de que pudiera decir nada ella ya me había bajado los pantalones. El tanga rojo apareció, mi polla dura y goteando asomaba por un lado, las medias brillaban bajo la luz fluorescente. Petra se arrodilló, me lamió la punta a través de la tela y después me hizo dar la vuelta.

—Quítate solo la camisa. Quiero verte en corpiño mientras te follo la boca.

Me desabroché la camisa con dedos torpes. El encaje rojo se marcaba contra mi piel. Ella se levantó la falda, se bajó el elástico de las bragas y su polla saltó libre, más gruesa que la noche anterior, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Me empujó de rodillas sobre el suelo frío del vestuario.

—Abre esa boquita pintada. Quiero que me chupes como la sissy que eres.

Le pinté los labios otra vez yo mismo mientras ella me miraba, pasándome el pintalabios con mano temblorosa. Después abrí la boca y ella me embistió despacio. La sentí caliente, pesada, llenándome la garganta. Respiré por la nariz y la dejé entrar hasta casi el fondo. Petra gemía bajo, acariciándome el pelo, empujando suave al principio y después más fuerte, follándome la cara con ritmo constante. El sabor salado me subía a la lengua, el olor a ella me mareaba de ganas. Baba me corría por la barbilla y manchaba el corpiño. Yo me tocaba por encima del tanga, apretando mis huevos, frotándome la polla contra la tela húmeda.

—Mírate… mi guardia de seguridad chupándome la polla con lencería roja. Eres perfecta así —jadeó ella—. Más profundo. Quiero verte llorar de placer.

Me agarró la cabeza con las dos manos y me la embistió hasta que la nariz me rozó el vello. Aguanté, tragando alrededor de ella, gimiendo con la garganta llena. Cuando se retiró, un hilo de saliva y precum unía mis labios a su glande. Me levantó de un tirón, me dio la vuelta y me inclinó sobre el banco otra vez. El lubricante ya lo tenía preparado; me embadurnó el culo con tres dedos, abriéndome, buscándome la próstata hasta que me temblaban las piernas.

—Esta noche te voy a follar más duro. Y después te voy a montar yo. ¿Quieres eso, Lorenzo? ¿Quieres sentarte en mi polla y cabalgarme como la putita que eres?

—Sí… fóllame, Petra, úsame todo lo que quieras.

Me penetró de un solo empujón. Su polla me abrió de golpe, me llenó hasta el fondo, me estiró tanto que solté un grito ahogado contra el banco. Empezó a embestirme sin piedad, caderas chocando contra mi culo, las medias crujiendo, el tanga bajado solo lo suficiente para dejarme expuesto. Cada embestida me rozaba ese punto interno que me hacía ver estrellas. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, los tacones que me había puesto mientras ella me preparaba golpeando el suelo.

—Más fuerte… joder, más fuerte…

Petra se rió baja y me dio una palmada en el culo. Después me sacó de golpe, se sentó en el banco y me hizo montarla a horcajadas. Me guió su polla hasta mi culo y me bajé encima, despacio al principio, sintiendo cómo me abría otra vez centímetro a centímetro hasta que estuve sentado del todo, los huevos de ella contra los míos. Empecé a subirme y bajarme, follándome a mí mismo con su polla, el corpiño rebotándome el pecho, mi propia polla rebotando entre nuestros vientres y manchando de precum el encaje.

Ella me agarró las caderas y me ayudó a marcar el ritmo, más rápido, más hondo. Me besó con lengua, chupándome los labios rojos, mordiéndome el cuello mientras yo cabalgaba. El banco crujía. El olor a sexo y a cloro llenaba el aire. Yo gemía su nombre una y otra vez, sintiendo cómo me llenaba, cómo me reclamaba.

—Córrete así… conmigo dentro… quiero que me aprietes mientras te vengo a chorros.

Me masturbé rápido, la mano resbaladiza de precum y sudor. El orgasmo me subió desde el culo, desde esa polla gruesa que me follaba sin parar. Me corrí con un grito, chorros calientes saliendo a borbotones, manchándole el vientre, el sujetador, hasta el mentón. En ese mismo segundo Petra embistió hacia arriba, se clavó hasta el fondo y se corrió dentro de mí otra vez, pulsos calientes, espesos, llenándome hasta que sentí que se me desbordaba por los muslos, corriendo por las medias rojas.

Nos quedamos abrazados, temblando, su polla todavía dentro, blanda pero presente. Me besó la frente, me limpió el semen con los dedos y me los hizo lamer.

—Mañana traigo más cosas —susurró contra mi oído—. Un plug para que lo lleves durante toda la ronda. Y un vestido corto. Quiero que hagas la ronda vestida solo para mí, con mi leche todavía goteándote. ¿Vendrás temprano?

Asentí, todavía montado en ella, el culo laténdome, el corazón desbocado. Me levanté con cuidado; su corrida me resbaló por las piernas. Nos limpiamos a medias, yo me subí el pantalón del uniforme otra vez encima de la lencería empapada, ella se ajustó el vestido. Salimos juntos al pasillo azul. Petra me rozó el culo por encima de la tela, me susurró que pensara en ella cada vez que diera un paso y se fue hacia la salida que le abrí.

Me quedé solo otra vez entre los tanques. Sentía su semen caliente todavía dentro, el plug imaginario ya apretándome el culo en la mente, el vestido corto que me había prometido. La polla se me volvió a poner dura solo de imaginar la siguiente noche: más ropa, más órdenes, más de su polla abriéndome en cada rincón oscuro del acuario. Sabía que esto solo acababa de empezar, que cada encuentro nos iba a llevar más lejos, más profundo, y que yo iba a llegar cada madrugada con las medias puestas y la boca lista, contando los minutos hasta que sus tacones sonaran otra vez en la penumbra.

Llegué la tercera noche con el corazón desbocado y el culo ya abierto. Petra me había dejado el plug en el casillero del vestuario, envuelto en papel de seda rojo junto a un vestido corto negro y unas bragas de encaje que apenas cubrían nada. Me lo metí en el baño de empleados antes de empezar la ronda, lubricante frío contra el esfínter todavía sensible de la noche anterior, empujando hasta que la base redonda quedó apretada entre mis nalgas. El vestido me lo puse encima del corpiño rojo; me llegaba a media muslo, las medias subidas, los tacones de aguja otra vez. El uniforme se quedó colgado. Solo la chaqueta abierta por si alguien venía, aunque sabía que a esas horas no vendría nadie.

Caminé por el pasillo de los tiburones tigre con el plug moviéndose dentro a cada paso. Cada embestida del propio cuerpo me rozaba la próstata y me sacaba un gemido ahogado. La polla se me puso dura al instante, marcando la tela fina del vestido. Me miré en el cristal del tanque: un hombre de treinta y dos años vestido de putita, labios ya pintados de rojo, el bulto de mi propia erección empujando hacia delante y el culo lleno. Me toqué por encima, apreté el glande y sentí cómo se me humedecía la punta.

A la una en punto oí sus tacones. Petra apareció entre las sombras azules, esta noche con un body negro de encaje que dejaba su polla gruesa completamente a la vista, dura ya, balanceándose con cada paso. Llevaba una bolsa. Me agarró de la cintura y me hizo girar contra el cristal frío del acuario.

—Qué vision… —susurró, metiendo la mano bajo el vestido—. Llevas el plug. Buena sissy. Enséñame.

Me giré, me agaché y levanté la falda. Ella me separó las nalgas, tocó la base del juguete y lo giró despacio. Gemí contra el cristal. Los tiburones nadaban al otro lado, indiferentes.

—Ahora te saco esto y te meto la mía. Aquí mismo. Quiero que te follen mirando a los peces.

Sacó el plug con un tirón húmedo. Mi culo quedó abierto, palpitando. Petra sacó lubricante de la bolsa, se embadurnó la polla entera y me empujó contra el tanque. El vestido subido a la cintura, las medias tirantes, los tacones crujiendo. Me penetró de un solo envite hondo. Su grueso me abrió otra vez, me llenó hasta los huevos, me estiró mientras yo gemía con la cara pegada al cristal frío. Empezó a follarme con ritmo brutal, caderas golpeando mi culo, la polla rozándome la próstata en cada embestida. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más.

—Más fuerte, Petra… joder, úsame aquí…

Ella me agarró el pelo, me obligó a mirar a los tiburones mientras me embestía. Con la otra mano me rodeó la polla y me masturbó al mismo compás. El agua azul temblaba con nuestros movimientos. El olor a sexo y a mar se mezclaba. Me corrí de pronto, chorros calientes salpicando el cristal y el suelo, el culo apretándola con fuerza. Petra no paró. Siguió follándome a través del orgasmo, más hondo, hasta que yo temblaba y le rogaba que no parara.

Me sacó, me hizo arrodillarme y me embistió la boca. Tragué su polla todavía resbaladiza de mi culo y del lubricante. La chupé profundo, babeando, los labios rojos abiertos alrededor de ella. Petra gemía mi nombre, me follaba la garganta con cuidado pero sin piedad.

—Qué buena zorra de seguridad… chúpame así, trágatela toda.

Cuando estuvo a punto de correrme, me levantó, me llevó al pasillo de las medusas y me tumbó de espaldas sobre un banco de observación. El vestido abierto, las piernas abiertas en V, los tacones en el aire. Se montó encima, me guió su polla otra vez al culo y se hundió hasta el fondo. Empezó a cabalgarme al revés, ella arriba, yo abajo mirándola. Sus pechos en el body de encaje rebotaban. Yo le agarré las caderas y la ayudé a bajar más fuerte. Cada vez que ella se clavaba sentía el peso de su polla, el calor, el estiramiento perfecto.

—Quiero que me corras otra vez conmigo dentro —ordenó—. Y esta vez no te limpies. Quiero que hagas toda la ronda con mi leche goteándote por las medias.

Me masturbé rápido mientras ella me follaba. El segundo orgasmo me subió desde las entrañas, más intenso, chorros que me salpicaron el corpiño y el vientre de ella. Petra embistió tres veces más y se vació dentro, pulsos espesos, calientes, llenándome hasta desbordar. Sentí el semen resbalar por el culo, bajar por el muslo, manchar la media roja.

Nos quedamos ahí un rato, su polla blanda todavía dentro, ella besándome la boca pintada con ternura. Me limpió la cara con los dedos y me los hizo lamer.

—Todavía no hemos terminado —dijo contra mi oído—. Traje un arnés. Quiero que me folles también. Quiero sentir tu polla de sissy dentro de mí mientras llevas mi corrida.

Sacó el arnés de la bolsa, me lo ajustó sobre el tanga. Mi polla, todavía medio dura, quedó sujeta. Petra se puso a cuatro patas en el mismo banco, el body corrido a un lado, el culo al aire, su propia polla colgando pesada entre las piernas. Me arrodillé detrás, le unté lubricante y me metí despacio. El calor de su culo me apretó. Empecé a embestirla, el vestido corto subido, el plug mental de su leche todavía moviéndose en mí cada vez que empujaba. Ella gemía alto, empujando hacia atrás.

—Así… fóllame como la putita que eres, Lorenzo. Más hondo.

La follé con ganas, agarrándole las caderas, sintiendo cómo mi polla desaparecía en ella. El arnés rozaba mi tanga empapado. Me corrí otra vez dentro del condón del juguete, temblando, mientras ella se tocaba y se venía también, chorros que mancharon el banco.

Después me sacó el arnés, me volvió a meter el plug limpio y lleno de su semen fresco, me ajustó el vestido y me besó despacio.

—Ahora haz la ronda. Toda. Conmigo mirándote. Quiero verte caminar entre los tanques con el culo lleno y la polla dura. Y cuando termines… te espero en el tanque de las ballenas. Allí te voy a atar las muñecas con las medias y te voy a follar hasta que no puedas más. ¿Vendrás?

Asentí, las piernas temblorosas, el semen de ella resbalando alrededor del plug, el vestido pegado a la piel sudada. Empecé a caminar. Cada paso me recordaba su polla. Petra me seguía a unos metros, sonriendo, tocando de vez en cuando mi culo al pasar. La luz azul nos envolvía. Yo sentía la promesa del tanque de las ballenas como un peso dulce entre las piernas, sabiendo que la noche apenas empezaba a abrirse y que todavía quedaba mucho más para que ella me usara, me vistiera y me llenara otra vez antes de que amaneciera.

Caminé por el pasillo de las medusas con el plug empujándome la próstata a cada paso. El vestido corto se me pegaba a los muslos sudados y la polla me latía dura contra la tela fina, dejando un hilito de precum que ya manchaba el encaje. Petra me seguía a tres metros, el body negro abriéndose con cada movimiento, su polla gruesa balanceándose libre y lustrosa. Cada vez que yo me detenía frente a un tanque ella se acercaba, me levantaba la falda y giraba el plug con dos dedos hasta sacarme un gemido ahogado.

—Sigue andando, putita —me ordenó al oído—. Quiero verte temblar hasta el tanque de las ballenas.

Llegué allí con las piernas flojas. El acuario gigante ocupaba toda la pared: agua negra y profunda, alguna sombra lenta cruzando al fondo. El banco de observación era ancho, de madera barnizada, y la luz azul lo bañaba todo. Petra dejó la bolsa en el suelo, me empujó de pecho contra el cristal frío y me bajó el vestido hasta la cintura. Me separó las nalgas, sacó el plug con un tirón húmedo y mi culo quedó abierto, goteando todavía su leche de antes.

—Manos atrás —dijo.

Me las cruzó en la espalda baja. Desenrolló las medias rojas que yo llevaba puestas, me las quitó de un tirón y con ellas me ató las muñecas. El nudo apretaba justo lo suficiente para que no pudiera soltarme; el encaje me rozaba la piel y me obligaba a arquear el pecho contra el cristal. Mi polla quedó atrapada entre mi vientre y el vidrio helado. Petra se arrodilló un segundo, me lamió el culo abierto de arriba abajo, metió la lengua hasta el fondo y después se incorporó.

—Ahora te voy a destrozar aquí, Lorenzo. Hasta que no te queden fuerzas ni para gemir.

Se embadurnó la polla con lubricante a puñados, me abrió más las piernas con la rodilla y me penetró de un solo empujón brutal. Su grueso me estiró de golpe, me llenó hasta los huevos, me abrió tanto que grité contra el cristal. Empezó a follarme sin piedad, caderas chocando contra mi culo atado, el banco crujiendo bajo nosotros. Cada embestida me clavaba la cara en el vidrio, la polla de ella rozándome la próstata una y otra vez mientras yo no podía ni tocarme.

—Dime qué eres —jadeó, agarrándome el pelo y obligándome a mirar el agua oscura.

—Tu putita… tu sissy de seguridad… fóllame más duro…

Me sacó casi del todo y me volvió a clavar hasta el fondo. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba el silencio del acuario. Yo empujaba hacia atrás lo que podía con las manos atadas, pidiendo más, la leche anterior saliendo a chorros alrededor de su verga y resbalándome por los muslos. Petra me masturbó con la mano libre, apretándome el glande al ritmo de las embestidas. Me corrí de pronto, chorros calientes salpicando el cristal y el suelo, el culo apretándola con fuerza convulsiva. Ella no paró. Siguió follándome a través del orgasmo, más hondo, más rápido, hasta que yo temblaba y le rogaba entre jadeos que no se detuviera.

Me sacó, me dio la vuelta de un tirón y me sentó a la fuerza en el borde del banco. Las muñecas seguían atadas a la espalda. Ella se subió encima, me guió su polla otra vez al culo y se hundió hasta que sus huevos me aplastaron. Empezó a cabalgarme con todo el peso, subiendo y bajando, su body de encaje abierto, la polla gruesa desapareciendo dentro de mí una y otra vez. Me besó con lengua sucia, chupándome los labios rojos, mordiéndome el cuello mientras me follaba.

—Mírame mientras te lleno otra vez —ordenó—. Quiero verte la cara de puta cuando te corras sin manos.

Me masturbó ella misma, la mano resbaladiza de mi propio semen. El segundo orgasmo me subió desde el culo lleno, más violento, chorros que me salpicaron el corpiño y el vientre de ella. Petra embistió tres veces más, se clavó hasta el fondo y se vació dentro con un gruñido largo, pulsos espesos y calientes que me desbordaron al instante. Sentí la corrida resbalar por el culo, bajar por las nalgas, manchar el banco.

Aún con la polla dentro me desató una mano solo para que me tocara. Después me volvió a atar, me empujó de rodillas al suelo y me embistió la boca. Tragué su verga todavía resbaladiza de mi culo y de su propia leche. La chupé profundo, babeando, los labios rojos abiertos alrededor de ella mientras ella me follaba la garganta con ritmo constante. Baba y semen me corrían por la barbilla y me manchaban el corpiño.

—Trágatela toda, zorra —jadeó—. Quiero verte tragar mi polla hasta que se te ponga la cara roja.

Cuando estuvo a punto de correrme otra vez me levantó, me tumbó de espaldas en el banco con las piernas abiertas en V y las muñecas aún atadas bajo la espalda. Se montó a horcajadas, me introdujo su polla de nuevo y empezó a rebotar con fuerza. El agua de las ballenas temblaba con nuestros movimientos. Yo gemía su nombre una y otra vez, sintiendo cómo me estiraba, cómo me reclamaba, cómo me usaba.

Me corrí una tercera vez sin tocarme, solo con su polla golpeándome la próstata. Chorros flojos pero calientes que me salpicaron el pecho. Petra se rió baja, me sacó, me giró otra vez a cuatro patas y me folló el culo abierto hasta que se vació por segunda vez esa noche, llenándome hasta que la leche le chorreaba por los muslos y gota a gota caía al suelo del acuario.

Me dejó temblando, las muñecas aún atadas, el vestido hecho jirones, el culo goteando sin parar. Se arrodilló delante de mí, me agarró la polla todavía medio dura y me la metió entera en la boca una última vez, chupándome hasta que me saqué un cuarto orgasmo débil, amargo, directo en su garganta. Ella lo tragó, se limpio los labios con el dorso de la mano y me miró desde abajo.

Me desató al fin. Me puse de pie con las piernas temblorosas. Petra me empujó contra el cristal una vez más, me separó las nalgas y me metió tres dedos hasta el fondo, revolviendo su propia corrida dentro de mí.

—Mañana vuelvo con un dildo más gordo que mi polla y te lo voy a dejar puesto toda la ronda mientras te follo la boca en cada tanque —susurró contra mi oreja—. Y tú vas a llegar ya con el culo dilatado y la polla dura pidiendo que te la meta entera.

Me agarró del pelo, me obligó a mirar el agua negra y me dio una última embestida con los dedos hasta que gemí.

El semen de Petra me seguía chorreando por las medias rotas y yo ya solo quería que me volviera a abrir el culo hasta dejármelo destrozado y lleno otra vez.

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