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La Vecina Recién Divorciada se Entrega en el Cuarto Frío

El carpintero de 32 años se folla salvajemente a su vecina trans de 38 en el cuarto frío.

26 min read September 29, 2026New

En el viejo edificio de apartamentos del centro, donde las tuberías gruñían y el viento se filtraba por las ventanas mal ajustadas, Emmett, un carpintero de treinta y dos años con hombros anchos y manos ásperas de tanto lijar madera, había aceptado el encargo esa misma mañana. Naomi, su vecina trans de treinta y ocho años recién divorciada, lo había llamado desde el piso contiguo con una voz que ya entonces le erizó la piel. El cuarto frío del fondo era su vestidor improvisado, un espacio estrecho y helado donde guardaba toda su ropa y necesitaba estantes sólidos que resistieran la humedad. Emmett llegó con su caja de herramientas, vestido con una camiseta ajustada y vaqueros gastados, y se puso a trabajar bajo la luz mortecina de una bombilla desnuda.

El aire olía a pintura vieja y a algo más dulce, como perfume caro atrapado en la madera. Mientras clavaba listones en la pared del fondo, su mirada se desvió hacia un mueble antiguo con cajones profundos. Uno de ellos estaba entreabierto. Pensó que tal vez guardaba herramientas o clavos, pero al abrirlo del todo se encontró con un mundo que le secó la garganta. Docenas de prendas de lencería se desbordaban en un caos ordenado: tangas de encaje negro con transparencias que no ocultarían nada, bragas con aberturas estratégicas, corsés de satén rojo sangre con ballenas rígidas, y medias de seda pura, suaves como piel, enrolladas con esmero. Al fondo, juguetes íntimos brillaban bajo la luz fría: un consolador grueso y venoso, plugs de silicona negra de varios tamaños, frascos de lubricante y un vibrador curvado que parecía usado recientemente.

Emmett sintió un latigazo directo en la entrepierna. Su polla, gruesa y pesada, empezó a hincharse contra la tela áspera de los vaqueros. «Joder… esta mujer», pensó, pasando los dedos por una media negra cuya textura le hizo imaginar las piernas de Naomi enfundadas en ella, la carne cálida debajo, su polla asomando por encima del encaje. Nunca había tocado nada tan delicado. El contraste entre sus manos callosas y la seda lo excitó de una forma casi violenta. Se imaginó a Naomi, alta, curvilínea, con esos pechos operados que había vislumbrado bajo su ropa al mudarse, y esa verga que debía de ser tan gruesa como la suya. El deseo prohibido le subió por la columna como fuego lento. Su respiración se volvió pesada, audible en el silencio del cuarto frío. Sacó un corsé rojo y lo olió, aspirando el aroma leve de su piel y de excitación antigua. La polla le palpitaba ya sin control, marcando un bulto evidente.

La puerta se abrió sin aviso. Naomi estaba allí, observándolo. Llevaba solo una bata de seda negra entreabierta que dejaba ver absolutamente todo: sus pechos operados, redondos y firmes, con pezones oscuros endurecidos por el frío, y más abajo, su polla semierecta, gruesa, depilada por completo, colgando pesada entre unos muslos suaves y bien formados. Tenía treinta y ocho años, un divorcio reciente a sus espaldas y la mirada de quien ya no pide permiso para desear. En lugar de enfadarse, sonrió con complicidad, una sonrisa lenta y húmeda que le curvó los labios pintados.

—Veo que has encontrado mi cajón secreto, Emmett —murmuró, cerrando la puerta tras de sí. El clic sonó como una sentencia.

Él no soltó la media que aún tenía en la mano. El corazón le martilleaba contra las costillas.

—No pretendía… pero no pude evitarlo, vecina. Todo esto… tú… me ha puesto como una puta piedra.

Naomi dio dos pasos. La bata se abrió del todo. Sus pechos se movieron con el gesto, pesados y perfectos. Su polla ya no estaba semierecta; empezaba a alzarse, gruesa y oscura en la punta.

—¿Te gusta lo que ves, carpintero? —preguntó directamente, sin juegos—. Mis tetas operadas, mi polla… todo yo.

Emmett dejó caer la media. Su voz salió ronca, casi rota.

—Siempre he fantaseado con una mujer como tú, Naomi. No una fantasía barata. Una mujer real, completa, que me vuelva loco exactamente como eres. Me muero por tocarte.

Ella se acercó hasta que sus cuerpos casi se rozaron. El frío del cuarto hacía que su piel se erizara, pero el calor entre ellos era abrasador. Tomó la mano grande y áspera de él y la colocó sobre uno de sus pechos, obligándolo a apretar.

—Tócame entonces. Y llámame «vecina» mientras lo haces. Quiero oír cómo suena en tu boca mientras se te pone más dura.

La mano libre de Naomi bajó sin piedad al bulto de sus vaqueros, envolviendo la polla gruesa a través de la tela, acariciándola de arriba abajo con presión exacta. Emmett gimió, apretando el pecho de ella, pellizcando el pezón erecto. La verga de Naomi ya estaba completamente dura, rozando el muslo de él.

—Vecina… joder, vecina, estás tan rica —gruñó él, perdido.

La tensión se rompió como un cristal. Se besaron con hambre salvaje, bocas abiertas, lenguas enredadas, dientes chocando. Las manos de ambos volaron. Emmett le quitó la bata de un tirón; Naomi le arrancó la camiseta, bajándole los vaqueros y el bóxer de un solo movimiento. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, goteando ya por la punta. Entre jadeos y besos brutales, las promesas sucias salieron sin filtro.

—Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho, vecina —masculló él contra su boca. —Primero vas a mamarme como la putita que sé que eres por dentro —respondió ella, mordiéndole el labio inferior—. Y después te voy a abrir ese culo apretado sobre la mesa. Quiero correrme dentro de ti, Emmett. Y tú vas a rogar por más.

Naomi se separó apenas lo suficiente para tomar del cajón las medias negras hasta el muslo y el corsé rojo que él había tocado antes. Frente a su mirada hambrienta, se las puso con lentitud deliberada. Primero las medias, deslizándolas por sus piernas largas, el encaje superior mordiendo la carne suave de sus muslos. Luego el corsé, que le apretó la cintura, levantó sus pechos y dejó su polla gruesa y depilada completamente expuesta, palpitando, la cabeza brillante de precum. Se veía obscena, poderosa, deseable.

—Arrodíllate —ordenó con suavidad firme, señalando el suelo frío.

Emmett cayó de rodillas sin dudar. El cemento helado le mordió las rótulas. Naomi agarró su verga por la base y la frotó contra los labios de él.

—Chúpamela. Hasta el fondo. Quiero sentir tu garganta apretándome.

Él abrió la boca y la tragó. La polla de Naomi era gruesa, caliente, con un sabor salado y limpio. Llegó hasta el fondo de su garganta en la primera embestida, provocándole arcadas que solo lo excitaron más. Saliva gruesa le corría por la barbilla mientras ella le follaba la boca con movimientos controlados pero profundos, agarrándole el pelo. Emmett gemía alrededor de la carne, sus propias manos sujetando los muslos enfundados en seda, sintiendo cómo las medias se tensaban bajo sus dedos.

—Así, mi putita… mama la verga de tu vecina —jadeaba Naomi, la voz rota de placer.

Después de varios minutos intensos, ella lo levantó, lo giró y lo vistió. Le puso un tanga negro diminuto que apenas contenía su polla erecta; el hilo se hundió entre sus nalgas, presionando su agujero ya palpitante. Luego le colocó ligueros y medias similares, ajustando las tiras contra sus muslos fuertes. El contraste de su cuerpo masculino y fornido con esa lencería lo hizo sentir expuesto, deseado, sucio de la mejor manera.

—Mírate… mi putita preciosa —susurró Naomi con deseo crudo, no con burla. Le dio un azote suave en el culo y lo empujó hacia la vieja mesa de madera que había en el centro del cuarto—. Apóyate. Cuatro patas.

Emmett obedeció, inclinándose sobre la mesa fría, el tanga corrido a un lado. Naomi escupió en su mano, añadió lubricante y presionó dos dedos primero, abriéndolo con paciencia posesiva. Después colocó la cabeza gruesa de su polla contra el agujero fruncido y empujó.

El gemido que soltó Emmett cuando ella lo penetró hasta el fondo fue ronco, animal. La verga de Naomi lo abrió completamente, quemando deliciosamente, llegando tan profundo que le rozó la próstata y le hizo ver estrellas. Empezó a follarlo con fuerza posesiva, sacando casi todo y volviendo a clavarla con golpes secos que hacían temblar la mesa. Alternaba azotes fuertes y consentidos —el sonido seco de palma contra nalga resonaba en el cuarto— con besos brutales en la nuca y la espalda, mordiéndole el hombro mientras sus tetas operadas se aplastaban contra su piel.

—Tu culo me aprieta tan rico, putita… —gruñía ella, acelerando, sudando a pesar del frío—. Dime que te gusta que tu vecina te folle como una perra.

—Me gusta… ¡joder, vecina, me encanta! Más fuerte… rómpeme —suplicaba Emmett, empujando hacia atrás, su propia polla atrapada en el tanga, goteando sin parar sobre la madera.

Los gemidos de ambos se mezclaban sin control. El cuarto frío ya no parecía tan helado; el vapor de sus alientos y el olor a sexo lo llenaban todo. Naomi lo follaba con ritmo salvaje, profundo, posesivo, alternando velocidad y fuerza, azotándolo cuando sentía que él se acercaba demasiado. Sus bolas chocaban contra las de él con cada embestida. El corsé rojo de ella se frotaba contra la espalda de Emmett, las medias de ambos se deslizaban una contra la otra en un susurro constante.

Después de correrse dentro de él con un gemido largo y gutural, llenándolo de chorros calientes y espesos que Emmett sintió palpitar en sus entrañas, este eyaculó también, manchando el tanga y la mesa con su semen abundante. Pero mientras Naomi permanecía aún enterrada hasta el fondo, latiendo dentro de su culo usado, se inclinó sobre su espalda, le mordió la oreja y susurró con voz todavía cargada de lujuria:

—Esto no se acaba aquí, mi putita. Apenas acabo de empezar a disfrutar de mi carpintero. Respira… porque en cuanto recuperes el aliento, voy a follarte otra vez. Y esta vez voy a hacer que dure mucho más.

El cuarto frío seguía helado, pero los cuerpos de ambos ardían, conectados, temblando, con la promesa de mucho más placer aún por venir.

Naomi permanecía enterrada hasta el fondo en el culo de Emmett, su verga latiendo todavía con los últimos espasmos de su corrida. El semen caliente se sentía denso dentro de él, un recordatorio viscoso y posesivo que hacía palpitar las paredes internas del carpintero de treinta y dos años. El cuarto frío parecía vibrar con el eco de sus respiraciones agitadas. La vecina de treinta y ocho, recién divorciada, apretó los dientes contra la nuca de él y movió apenas las caderas, un círculo lento y deliberado que hizo que su polla semierecta rozara de nuevo esa próstata hinchada.

—Respira, putita mía —susurró ella con la voz ronca, cargada de lujuria pura—. Porque ahora viene lo bueno. Voy a follarte tan lento y tan profundo que vas a sentirme durante días cada vez que te agaches a clavar un clavo.

Emmett gimió, las manos grandes y ásperas aferradas al borde de la mesa de madera. El tanga negro se le clavaba entre las nalgas, el hilo empapado de su propia leche y del sudor. Las medias hasta el muslo le apretaban la carne fornida de las piernas, y el contraste entre su cuerpo de obrero y esa delicada lencería le provocaba un fuego que le subía por la columna. «Joder, la deseo tanto… no como un juego, la deseo a ella, completa, con todo lo que es», pensó mientras sentía cómo la verga de Naomi volvía a endurecerse del todo dentro de su agujero usado.

Ella comenzó a moverse. Salidas largas, casi hasta sacar la cabeza gruesa, y entradas lentas que lo abrían de nuevo centímetro a centímetro. El corsé rojo de satén se frotaba contra la espalda ancha de Emmett, las ballenas rígidas marcándole la piel. Sus tetas operadas, pesadas y firmes, se aplastaban contra él con cada embestida controlada. Las medias negras de ambos se deslizaban una contra la otra en un susurro constante, seda contra seda, carne caliente debajo. El frío del cuarto hacía que los pezones de Naomi estuvieran duros como piedras, rozando la espalda de él como dos puntos ardientes.

—Vecina… mierda, vecina, así… así me estás matando —jadeó Emmett, empujando hacia atrás para recibirla más hondo.

Naomi soltó una risa baja y oscura. Agarró las caderas de él con manos fuertes y aceleró apenas un poco el ritmo, pero manteniéndose en ese borde tortuoso. Cada vez que la cabeza de su polla le rozaba la próstata, un chorro fresco de precum brotaba de la verga de Emmett, manchando aún más el tanga diminuto.

—Dime lo que sientes, carpintero. Dime cómo te gusta que tu vecina trans te abra el culo con su verga mientras llevas sus medias y su tanga. Quiero oírlo de tu boca sucia.

Emmett volvió la cabeza, buscando su mirada. Tenía la cara enrojecida, el pelo pegado a la frente por el sudor a pesar del frío.

—Me encanta, Naomi. Me encanta cómo me llenas… cómo eres tan mujer, tan puta mujer con esa polla gruesa que me está volviendo loco. No quiero que pares. Quiero que me uses hasta que no pueda pensar.

Ella gruñó de placer ante las palabras y cambió el ángulo, follándolo ahora con estocadas más cortas pero más intensas, golpeando exactamente donde sabía que lo deshacía. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba el cuarto frío, mezclado con el crujido de la mesa vieja. Emmett sentía las bolas de ella, pesadas y suaves, chocando contra las suyas con cada empujón. Su propia verga estaba atrapada, dolorosamente dura, frotándose contra la madera áspera a través del encaje negro.

Después de varios minutos que parecieron eternos, Naomi se retiró con un sonido obsceno. El vacío repentino hizo que Emmett soltara un gemido de protesta. Ella lo giró con autoridad, lo sentó sobre la mesa y le abrió las piernas. El tanga fue corrido a un lado sin piedad. La verga de Emmett saltó libre, gruesa, venosa, brillando de precum que le caía por los huevos.

—Chúpame limpia primero —ordenó ella, acercando su polla reluciente a los labios de él—. Prueba cómo sabe tu culo en mi verga, putita.

Emmett abrió la boca con hambre. La tomó hasta el fondo en un solo movimiento, sintiendo el sabor salado y terroso de su propio interior mezclado con el semen de ella. Naomi le agarró el pelo corto y empezó a follarle la garganta con lentitud posesiva, gimiendo cada vez que sentía la garganta apretada alrededor de su grosor. Las lágrimas de esfuerzo corrían por las mejillas de Emmett, pero sus ojos brillaban de deseo puro. «La quiero así, exactamente así, sin filtros, sin vergüenza», pensaba mientras tragaba alrededor de ella.

Naomi lo sacó de su boca con un hilo grueso de saliva conectando sus labios a la cabeza morada de su polla. Lo empujó hacia atrás hasta que quedó tendido sobre la mesa, levantó sus piernas enfundadas en medias y las apoyó sobre sus propios hombros. El corsé rojo le apretaba las tetas, que se bamboleaban pesadas mientras volvía a colocar la punta contra el agujero ya abierto y brillante.

—Ahora mírame a los ojos mientras te follo, Emmett. Quiero que veas lo mucho que me pone tu cuerpo de macho vestido de puta.

Entró de un golpe seco. En esta posición, la penetración era más profunda, más directa. Emmett soltó un grito ronco que reverberó en las paredes heladas. Naomi empezó a bombear con fuerza contenida, sus caderas chocando contra las nalgas de él. Cada embestida hacía que las tetas de ella saltaran, los pezones oscuros hipnotizantes. El carpintero sentía cómo su próstata era masacrada sin descanso. Su verga, libre ahora, golpeaba contra su propio abdomen con cada golpe, dejando hilos brillantes de líquido.

—Más fuerte, vecina… por favor, rómpeme el culo —suplicó él, las manos apretando sus propias medias, sintiendo la seda tensa bajo los dedos callosos.

Naomi sonrió con los labios entreabiertos, sudor brillando entre sus pechos operados. Aceleró. El cuarto se llenó de palmadas húmedas, de gemidos y del olor espeso a sexo y lubricante. Ella soltó una mano y empezó a masturbarlo con fuerza, sincronizando los movimientos de su puño con las estocadas de su polla.

—No te corras todavía, putita. Aguanta. Quiero que te corras cuando yo te lo diga.

Pero era demasiado. El roce del corsé contra sus muslos, el frío del aire en su verga expuesta, la sensación de estar completamente lleno y deseado… Emmett arqueó la espalda y eyaculó con un bramido. Chorros espesos y blancos saltaron hasta su pecho, salpicando el tanga y la mesa. Sus músculos internos apretaron la verga de Naomi con tanta fuerza que ella tuvo que detenerse un segundo, gruñendo.

—Buena chica… buena putita —murmuró ella con admiración cruda, sin una gota de burla, solo deseo animal—. Mira cómo te corres mientras te follo. Eres precioso así.

Sin salir de él, Naomi se inclinó hacia delante y lamió el semen de su pecho, recogiendo parte con la lengua y besándolo después, compartiendo el sabor en un beso brutal y húmedo. Sus lenguas se enredaron mientras ella comenzaba de nuevo a moverse, más lento ahora, disfrutando del calor resbaladizo que el segundo orgasmo de Emmett había provocado dentro de él.

Pasaron minutos eternos de follada profunda y constante. Naomi alternaba entre besos salvajes y mordiscos en el cuello, sus tetas aplastadas contra el torso de él. Las medias se habían bajado un poco en el frenesí, el encaje marcando líneas rojas en la carne. El frío del cuarto ya no existía para ellos; solo existía el sudor, el roce de la lencería y el sonido constante de la polla gruesa entrando y saliendo de ese culo ávido.

Finalmente, Naomi se retiró con un gemido largo. Su verga brillaba, hinchada, latiendo en el aire frío. Miró a Emmett tendido allí, jadeante, con las piernas abiertas, el tanga destrozado y el culo rojo y abierto que no dejaba de contraerse.

—Ahora te toca a ti, carpintero —dijo ella con la voz rota de placer, subiéndose a la mesa y poniéndose a cuatro patas, ofreciéndole el culo redondo y perfecto, depilado, con el agujero fruncido palpitando visiblemente—. Quiero sentir esa polla gruesa de obrero abriéndome. Fóllame como si llevaras meses soñando con partirme el culo, porque sé que es verdad.

Emmett se levantó como un animal, la verga todavía dura a pesar de haber corrido dos veces. Agarró las caderas de Naomi, sintiendo el corsé bajo sus dedos, el roce de las medias. Colocó la cabeza ancha contra su entrada y empujó, penetrándola de un solo golpe brutal. Ella soltó un gemido largo y gutural, arqueando la espalda.

—Así… joder, Emmett, así… rómpeme —suplicó ella, empujando hacia atrás.

Él empezó a follarla con fuerza salvaje, las manos grandes apretando la carne de sus nalgas, las medias deslizándose bajo sus palmas. Cada embestida hacía que las tetas de Naomi se bambolearan pesadamente dentro del corsé. El cuarto frío se llenó de nuevo con el sonido obsceno de carne contra carne, más intenso ahora, más desesperado. Emmett la follaba como si quisiera marcarla, gruñendo con cada golpe, sintiendo cómo el culo de ella lo apretaba con una calidez perfecta.

—Eres mía, vecina… esta verga, estas tetas, este culo… todo tú eres mío esta noche —masculló él, inclinándose para morderle el hombro mientras aceleraba el ritmo.

Naomi giró la cabeza, los ojos vidriosos de placer, y lo miró con una sonrisa cargada de promesas.

—Entonces no pares, carpintero… fóllame más duro. Quiero que me dejes tan abierta como yo te dejé a ti… y después… después veremos quién termina rompiendo a quién.

Sus cuerpos seguían chocando con furia, el sudor volando, las medias rasgadas en algunos puntos por la ferocidad de las manos. El placer subía otra vez, imparable, y ninguno de los dos tenía intención de detenerse. El cuarto frío ya no era un vestidor improvisado; era solo el escenario de una lujuria que apenas comenzaba a desbordarse.

Emmett no podía contener el fuego que le subía por las venas mientras sus caderas golpeaban con furia contra el culo redondo y perfecto de Naomi. Cada embestida hundía su polla gruesa hasta el fondo, abriéndola sin piedad, y el sonido húmedo y carnoso de carne contra carne rebotaba en las paredes heladas del cuarto. La vecina de treinta y ocho años, recién divorciada y entregada por completo, arqueaba la espalda como una gata en celo, empujando hacia atrás para tragárselo entero. El corsé rojo de satén se le clavaba en la cintura estrecha, haciendo que sus tetas operadas se bambolearan pesadas con cada choque, los pezones oscuros y duros por el frío del cuarto y por la lujuria pura que le corría por el cuerpo.

—Más fuerte, carpintero… rómpeme este culo como si fuera tuyo desde siempre —jadeaba ella, la voz rota y exigente, sin una gota de vergüenza, solo deseo animal que le salía desde lo más profundo de la garganta.

Emmett, el carpintero de treinta y dos años con el cuerpo marcado por años de lijar y cargar madera, sentía cómo las paredes internas de Naomi lo apretaban como un puño caliente y sedoso. Sus manos ásperas se hundían en las caderas de ella, dejando marcas rojas sobre la carne suave que asomaba por encima de las medias negras hasta el muslo. El tanga que le había puesto antes se le clavaba entre las nalgas, el hilo empapado frotándole el agujero todavía sensible, y el contraste entre su cuerpo fornido de obrero y esa delicada lencería lo hacía sentir expuesto, sucio y absolutamente deseado. «Joder, la quiero así, completa, con su verga balanceándose y su culo tragándome entero. No es un juego, es ella, tal como es, y me vuelve loco», pensó mientras aceleraba, sudando a pesar del frío que le erizaba la piel.

Naomi giró la cabeza, los labios pintados entreabiertos, los ojos vidriosos de placer. Agarró una de las manos de él y la llevó hasta su propia polla gruesa y depilada, obligándolo a masturbarla mientras la follaba.

—Tócame la verga, putita mía… siente cómo me pones con tu polla de macho abriéndome —ordenó con esa voz ronca que le erizaba la nuca a Emmett.

Él obedeció sin dudar, cerrando los dedos alrededor de esa carne caliente y pesada, masturbándola al ritmo de sus embestidas. El precum de Naomi le chorreaba por los nudillos, caliente y resbaladizo, y el carpintero sintió un latigazo directo en los huevos. El cuarto frío hacía que cada gota que caía sobre la mesa se enfriara rápido, creando un contraste brutal con el calor que salía de sus cuerpos. Las medias de ambos se rozaban en un susurro constante de seda, algunas ya rasgadas por las manos ansiosas de Emmett, el encaje mordiendo la carne de los muslos fuertes de él y las piernas largas y suaves de ella.

Sin salir de dentro de Naomi, Emmett se inclinó más, aplastando sus tetas operadas contra la mesa fría. El contacto del metal helado con esos pezones sensibles la hizo gemir más alto, un sonido gutural que reverberó en el pequeño espacio. Él le mordió el hombro, dejando la marca de sus dientes mientras sus caderas seguían clavando sin control, sacando casi toda su verga gruesa y venosa para volver a meterla de golpe, sintiendo cómo el culo de ella se abría y se cerraba alrededor de su grosor.

—Eres tan puta mujer, vecina… tan rica, tan caliente… me tienes preso con ese culo —gruñó contra su oído, la voz pastosa de placer.

Naomi soltó una risa baja y oscura, cargada de lujuria. Estiró el brazo hacia el cajón entreabierto y sacó el consolador grueso y venoso que Emmett había mirado con hambre al principio. Lo levantó para que él lo viera, la silicona brillando bajo la luz mortecina de la bombilla.

—Quiero que me folles con esto dentro de ti —susurró, la mirada brillante de promesas sucias—. Quiero que sientas cómo te lleno mientras tú me destrozas a mí.

Emmett no necesitó más palabras. Se retiró apenas un segundo, el vacío en el culo de Naomi provocando un gemido de protesta en ella. La vecina se giró con rapidez felina, lubricó el enorme consolador con saliva y con su propio precum y lo presionó contra el agujero todavía abierto y brillante de Emmett. Él se apoyó en la mesa, piernas abiertas, las medias tensas alrededor de sus muslos fornidos, y soltó un bramido ronco cuando ella empujó el juguete hasta el fondo. El grosor lo abrió de nuevo, presionando su próstata con fuerza brutal, y su polla saltó, soltando un chorro grueso de líquido que cayó sobre las tetas de Naomi.

—Así… trágatelo entero, mi putita preciosa —murmuró ella con admiración cruda, girando el consolador dentro de él antes de volver a colocarse de espaldas y guiar la polla de Emmett de nuevo a su culo.

Cuando él volvió a penetrarla, el doble relleno lo hizo ver estrellas. Cada embestida movía el consolador dentro de su propio culo, frotando su próstata sin descanso. Naomi gemía sin control, su verga frotándose contra la madera áspera de la mesa, dejando un charco brillante. El frío del cuarto les pegaba el sudor a la piel, pero por dentro ardían. Emmett la follaba con salvajismo renovado, una mano tirando del corsé rojo para mantenerla en posición, la otra sujetando el consolador que entraba y salía de su propio agujero al ritmo de sus caderas.

—Vecina… me estás matando… me tienes lleno por todos lados y sigo queriendo más de tu culo —jadeó él, la voz rota, el pecho subiendo y bajando con fuerza.

Naomi se corrió primero, sin aviso. Su verga palpitó entre sus cuerpos y soltó chorros espesos y calientes que salpicaron la mesa y las medias de ambos. El apretón de su culo alrededor de la polla de Emmett fue tan fuerte que casi lo hizo correrse también, pero ella se movió rápido, saliendo de debajo de él con el consolador todavía enterrado en el carpintero. Lo empujó hasta que quedó sentado sobre la mesa, el juguete presionando más profundo en esa posición. Luego subió a horcajadas sobre él, facing him, sus tetas operadas pegadas a su cara.

—Chúpame las tetas mientras te follo con esto —ordenó, moviendo el consolador dentro de él con la mano mientras bajaba lentamente sobre su polla otra vez.

Emmett abrió la boca y atrapó uno de esos pezones oscuros y duros, succionándolo con hambre mientras Naomi empezaba a cabalgarlo. El frío de la habitación hacía que la saliva se le enfriara rápido en los labios, pero la boca de ella estaba ardiendo. La vecina movía las caderas en círculos lentos y profundos, sintiendo cada vena de la polla gruesa de él rozarle las paredes internas, mientras su otra mano no dejaba de follarlo con el consolador, sincronizando ambos movimientos hasta que Emmett pensó que iba a perder la cabeza.

—Eres tan hermosa así, vecina… tan puta y tan mía —gruñó él contra su pecho, lamiendo el valle entre sus tetas, saboreando el sudor salado y el perfume caro que todavía se le pegaba a la piel.

Naomi aceleró, sus nalgas chocando contra los muslos de él, las ligas de las medias tirando con cada bajada. El corsé le apretaba tanto que su respiración era corta y jadeante, lo que solo aumentaba el placer. El cuarto ya olía completamente a sexo: lubricante, semen, sudor y ese toque dulce de su perfume atrapado en la lencería. Emmett sentía que el orgasmo se le acercaba otra vez, peligroso, imparable, pero ella se detuvo de golpe, sosteniendo el consolador quieto dentro de él, la polla de él enterrada hasta el fondo en su culo pero sin moverse.

—Aún no, carpintero —susurró contra su boca, mordiéndole el labio inferior con fuerza suficiente para dejar una marca—. Quiero que me folles en el suelo, contra la pared helada, con este consolador todavía dentro de ti. Y después… después voy a sacarlo y voy a meterte mi verga otra vez mientras tú me abres a mí con el grande. No vamos a parar hasta que los dos estemos temblando y rogando.

Emmett la miró a los ojos, la respiración agitada, el plug y la polla palpitando, el deseo latiéndole en las sienes. Asintió, agarrándola de las nalgas con fuerza posesiva, y la levantó sin salir de ella. Sus cuerpos seguían conectados, la lencería rasgada y empapada, las medias deslizándose una contra otra mientras se movían hacia la pared fría del fondo. El contraste del cemento helado contra la espalda sudorosa de Emmett cuando ella lo empujó allí le arrancó un gemido gutural. Naomi sonrió con esa sonrisa lenta y húmeda que prometía más locura, más horas de carne, más rendición total, y comenzó a moverse de nuevo, lenta, profunda, tortuosa, sabiendo que la noche apenas estaba empezando a desbordarse de verdad en ese cuarto frío.

Naomi comenzó a moverse de nuevo sobre él contra la pared helada, lenta, profunda, tortuosa, sus caderas trazando círculos exactos que tragaban la polla gruesa de Emmett hasta la base mientras su mano derecha no dejaba de empujar el consolador venoso dentro del culo abierto del carpintero. El frío del cemento le mordía la espalda ancha y sudorosa, pero el contraste solo multiplicaba el fuego que le subía por las venas. Cada vez que ella bajaba, el juguete giraba y presionaba su próstata hinchada, arrancándole chorros frescos de precum que caían sobre el corsé rojo de Naomi. Las medias de ambos se rozaban en un susurro constante de seda rasgada, el encaje superior clavándose en la carne de los muslos fuertes de Emmett y en las piernas largas y suaves de ella.

—Sigue así, vecina… me tienes tan lleno que no sé dónde termina tu polla y empieza el consolador —gruñó él, las manos callosas aferradas a las nalgas perfectas de Naomi, separándolas más para clavarse más hondo. Sentía las ballenas del corsé marcándole el pecho cada vez que las tetas operadas de ella se aplastaban contra él, los pezones duros como piedras por el frío del cuarto y por la lujuria animal que los dominaba.

Naomi, la trans de treinta y ocho años recién salida de un divorcio que la había dejado hambrienta de verdad, soltó una risa baja y oscura, acelerando apenas el ritmo de sus caderas y del juguete. Su propia verga gruesa y depilada se frotaba entre sus vientres, dejando hilos pegajosos de precum que se enfriaban rápido en el aire helado.

—Siente cómo te abro, putita mía —susurró contra su boca antes de morderle el labio inferior con fuerza posesiva—. Esa polla de carpintero de treinta y dos años me está partiendo el culo tan rico y tú estás tragándote mi consolador como si hubieras nacido para esto. Dime que te gusta que tu vecina te use así, completa, con todo lo que tengo.

Emmett empujó hacia arriba, follándola más fuerte desde abajo, el plug improvisado moviéndose dentro de él con cada embestida. Pensó que nunca había deseado a nadie con esta crudeza limpia: no era disfraz, era deseo por ella tal como era, con sus tetas operadas, su verga pesada y su forma de mirarlo como si ya fueran adictos el uno al otro. El orgasmo lo golpeó primero, brutal, sus paredes internas apretando el consolador y la polla de Naomi al mismo tiempo mientras su leche salía en chorros espesos que salpicaban el corsé y las tetas de ella. Naomi gruñó, aceleró y se corrió segundos después, llenando el espacio entre sus cuerpos con su semen caliente que goteaba por los muslos enfundados en media.

Sin darle respiro, ella se levantó, sacó el consolador con un sonido húmedo y obsceno y reemplazó el vacío con un plug vibrador más pequeño que sacó del cajón. Lo encendió en intensidad media y lo empujó hasta el fondo en el culo todavía palpitante de Emmett. El zumbido inmediato le arrancó un gemido ronco al carpintero. Naomi se puso a cuatro patas sobre la bata de seda extendida en el suelo frío, arqueando la espalda, el corsé rojo apretándole la cintura y dejando su culo redondo y abierto expuesto.

—Ahora métemela hasta el fondo, carpintero. Quiero que me folles mientras ese vibrador te vuelve loco —ordenó con voz rota de placer.

Emmett cayó de rodillas detrás de ella, el plug zumbando contra su próstata con cada movimiento. Agarró el corsé como riendas, colocó la cabeza gruesa de su verga contra el agujero fruncido de Naomi y empujó de un solo golpe brutal. El culo de ella lo recibió con un apretón sedoso y caliente que lo hizo gruñir. Empezó a follarla con estocadas salvajes, sus caderas chocando contra las nalgas con palmadas secas que resonaban en el cuarto. Cada embestida movía el plug dentro de él, frotando ese punto exacto que le hacía soltar gemidos guturales. Sus bolas pesadas golpeaban las de ella, las medias rasgadas se enganchaban, el sudor volaba.

—Tu culo es una puta maravilla, vecina… tan apretado, tan mío —jadeaba él, inclinándose para morderle la nuca mientras una mano bajaba a masturbar la polla gruesa de Naomi al ritmo de sus embestidas—. Me encanta cómo eres, completa, sin filtros. Me tienes vestido de puta y yo solo quiero darte más.

Naomi empujaba hacia atrás, recibiendo cada golpe con hambre, su verga goteando sobre la bata.

—Más fuerte, Emmett… rómpeme como sé que sueñas desde que viste mi cajón. Soy tu vecina trans y tú eres mi putita perfecta. Quiero tu leche otra vez dentro de mí.

El segundo orgasmo llegó como un martillazo. Naomi se corrió primero, su polla palpitando en la mano de él y soltando chorros espesos sobre la tela. El apretón de su culo arrastró a Emmett al abismo; se enterró hasta el fondo y la llenó con su semen, sintiendo cómo el plug vibraba sin piedad dentro de él y prolongaba su clímax hasta que las piernas le temblaron.

Todavía conectados, rodaron por el suelo. Naomi sacó el plug, lo giró y lo colocó de espaldas sobre la manta improvisada. Tomó el vibrador curvado del cajón, lo encendió y lo presionó contra la base de su propia verga mientras se montaba de nuevo sobre la polla de Emmett, esta vez frente a frente. El frío del suelo le helaba la espalda al carpintero, pero el calor de Naomi cabalgándolo con furia lo quemaba todo. Ella movía las caderas en círculos brutales, el vibrador zumbando contra sus huevos y la base de su polla, mientras Emmett le chupaba las tetas con hambre, mordiendo los pezones oscuros que sabían a sudor, perfume y semen seco.

—Quiero que nos corramos juntos otra vez —jadeó ella, los ojos vidriosos clavados en los de él—. Siente cómo te acepto, cómo te deseo con tu cuerpo de obrero vestido con mis ligueros y medias. No hay nada más sucio y más bonito que esto.

Emmett la sujetó por las caderas, empujando hacia arriba con fuerza renovada, el culo todavía sensible y abierto palpitando con cada roce. Pensó que podría quedarse así para siempre, conectado a esta mujer que lo veía exactamente como era y lo quería más por ello. Los movimientos se volvieron desesperados, la mesa vieja crujía a lo lejos como testigo mudo, el olor a sexo espeso llenaba cada rincón del cuarto frío. Cuando el orgasmo final los atravesó, fue devastador: Naomi se corrió con un grito largo, su leche salpicando el pecho de Emmett, y él la siguió, inundándola por última vez mientras sus cuerpos se sacudían en espasmos violentos y compartidos.

Se derrumbaron uno sobre el otro, respiraciones agitadas, lencería destrozada, semen y sudor mezclados, el vibrador aún zumbando olvidado en el suelo. Las manos de Emmett recorrieron la espalda de Naomi con una ternura cruda, aceptando cada curva, cada latido, cada gota de lo que acababan de compartir.

Y esa noche en el cuarto frío devoró para siempre cualquier distancia que aún quedara entre el carpintero y su vecina.

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