Noche a solas en la casa ajena

Lucas cuida la casa de su jefe y folla a la cuñada casada de este.

9 min read August 28, 2026New

Lucas aparcó el coche frente a la gran casa de su jefe en las afueras. Treinta y dos años, casado, con una vida ordenada que de repente se sentía estrecha. Roman, su jefe, se había ido de vacaciones con toda la familia y le había pedido que cuidara la propiedad un par de semanas: regar las plantas, recoger el correo, asegurarse de que todo estuviera en orden. Nada del otro mundo. O eso creía.

Al abrir la puerta con la llave que le habían dejado, el olor a madera y a jazmín le golpeó de inmediato. No estaba solo. En el salón, de espaldas a él, una mujer se movía con naturalidad, sacando una botella de vino de la nevera. Carla. La cuñada de Roman, hermana de su esposa. Veintiocho años, casada con un tipo que viajaba demasiado, y una presencia que siempre había puesto nervioso a Lucas en las cenas de empresa.

Ella se giró. Cabello oscuro suelto hasta los hombros, camiseta blanca ajustada que marcaba los pezones duros contra la tela fina, pantalones cortos de tela suave que dejaban ver el comienzo de unos muslos firmes. Sus ojos se cruzaron con los de él y la tensión eléctrica se instaló de golpe, espesa, prohibida.

—Lucas —dijo ella, con una sonrisa lenta—. No esperaba verte tan pronto. Roman me dijo que podías aparecer hoy. Yo también me quedo unos días. Mi marido está fuera y… bueno, aquí hay más espacio que en mi piso.

Lucas dejó la bolsa en el suelo. Notó cómo le latía el pecho. Llevaba meses viéndola en fotos, en reuniones, imaginando exactamente eso: la forma en que se movía, el modo en que se mordía el labio inferior cuando escuchaba algo que le interesaba.

—No sabía que estaría alguien más —respondió, la voz más grave de lo normal—. Pero… no me quejo.

Ella se acercó con dos copas. El aire entre ellos olía a deseo contenido y a traición a punto de romperse. Carla le sirvió vino tinto sin preguntar. Al inclinarse, su pecho rozó casi el brazo de él. Miradas largas. Sonrisas que no eran de cortesía.

Prepararon una cena improvisada juntos: pasta con lo que había en la nevera, un poco de queso, pan. Se sentaron en la isla de la cocina, demasiado cerca. Las conversaciones empezaron banales y derivaron rápido.

—Tu mujer debe echarte de menos —comentó Carla, girando la copa entre los dedos—. Aunque yo… también estoy casada. Y aún así, aquí estamos.

Lucas la miró de frente. El alcohol ya calentaba la sangre.

—Llevas meses metida en mi cabeza, Carla. Cada vez que Roman menciona a su cuñada, se me pone dura. Esa camiseta… joder, se te marca todo. Pareces hecha para que te follen contra la encimera.

Ella soltó una risa baja, cargada. Al pasarle el plato, su mano rozó “accidentalmente” la de él y se quedó un segundo de más, dedos cálidos contra nudillos.

—Y tú en la mía —admitió en voz baja—. Fantaseo contigo desde la fiesta de Navidad. Te vi mirándome el culo cuando me agaché a recoger el bolso. Esa noche me corrí pensando en tu polla. Consciente. Decidido. Los dos. Ya no podemos contenerlo, ¿verdad?

Lucas negó con la cabeza. Se levantó, rodeó la isla y se plantó detrás de ella. Carla se giró y se subió a horcajadas sobre su regazo cuando él se sentó en el sofá del salón. La casa era enorme y silenciosa. Solo ellos.

Lo besó con hambre, lengua metiéndose sin permiso, labios abiertos, saliva mezclándose. Lucas le agarró el culo con ambas manos, apretando la carne firme a través de los shorts, y le arrancó la camiseta de un tirón. Los pechos saltaron libres, pesados, pezones oscuros y duros. Se los metió a la boca uno tras otro, chupando con fuerza, mordiendo lo justo para hacerla gemir. Carla arqueó la espalda y frotó su coño mojado contra la polla dura de él, todavía dentro del pantalón. El roce húmedo se notaba incluso a través de la tela.

—Joder, estás empapada —gruñó él contra su pecho—. Quieres que te folle ya.

—Sí. La boca primero. Quiero saborearte.

Lucas la bajó de un movimiento y la puso de rodillas entre sus piernas. Se desabrochó el pantalón, sacó la polla gruesa y venosa, ya goteando por la punta. Carla no dudó: abrió la boca y se la tragó hasta casi el fondo, babas corriendo por la barbilla mientras él le agarraba el pelo y la follaba la garganta con embestidas cortas y profundas. Sonidos obscenos, glups, saliva que caía sobre sus tetas desnudas. Él gemía mirándola, los ojos de ella llorosos de placer, no de dolor.

Cuando no pudo más, la levantó de un tirón, la dobló sobre el brazo del sofá y le bajó los shorts de un golpe. El coño le brillaba, labios hinchados, abierto. Lucas le dio una nalgada sonora en cada nalga, dejando la marca roja, y le tiró del pelo hacia atrás mientras la penetraba de un solo empujón hasta el fondo. Carla gritó, el coño apretándole la polla como un puño caliente.

—Así, así… más fuerte —jadeó ella.

Él la folló salvaje en perrito, caderas chocando contra su culo, nalgadas rítmicas, tirones de pelo que le hacían arquear el cuello. El sonido de la piel contra piel llenaba el salón. Luego la giró, la subió a la mesa de centro y se metió entre sus piernas en misionero. Cara a cara. Ojos clavados. La embistió con fuerza, profundo, rozándole el clítoris con cada embestida, sudor corriendo por la espalda de ambos. Carla se enganchó las uñas en sus hombros y gritó cuando el orgasmo la partió: coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla de Lucas. Él aguantó dos embestidas más y se corrió dentro, chorros calientes llenándola mientras gemía su nombre contra su boca.

Quedaron jadeando, todavía unidos. Carla, con una sonrisa cómplice y sucia, se pasó los dedos por los muslos, recogió el semen que le chorreaba del coño y se los lamió despacio, mirándolo a los ojos, saboreando la mezcla de los dos.

Se vistieron en silencio. La camiseta de ella quedó torcida, el pantalón de él sin abrochar del todo. Ambos sabían que aquello no era un error aislado. Era el comienzo de una aventura secreta que iba a pudrirlo todo: matrimonios, lealtades, la casa ajena convertida en nido de traición. Lucas la miró desde el sofá mientras ella recogía las copas. Mañana Roman no estaría. Ni el día siguiente. Y la química que acababan de soltar no iba a apagarse con una sola follada.

Carla se acercó, le rozó la mejilla con los labios hinchados y susurró:

—Esta noche solo hemos empezado, Lucas. La casa es grande. Y yo no pienso dormirme sola.

Él asintió, la polla ya volviendo a tensarse solo de oírla. La noche todavía era larga y la traición sabía demasiado bien como para parar ahora.

Carla no se alejó. Se quedó a horcajadas otra vez sobre él, la polla de Lucas ya semi-dura rozándole el coño resbaladizo, todavía lleno de semen. Le pasó la lengua por el cuello, mordió el lóbulo de la oreja y susurró:

—Subamos. Quiero que me folles en la cama de mi hermana. En las sábanas donde duerme con Roman.

Lucas se levantó con ella enganchada a la cintura. La subió por las escaleras a trompicones, manos agarrándole el culo desnudo, dedos hundiéndose entre las nalgas. En el pasillo amplio ella se bajó, se quitó los shorts del todo y caminó delante de él, caderas balanceándose, el hilo de semen bajándole por el muslo interno. Lucas se palmeó la polla a través del pantalón abierto.

Entraron en la habitación principal. La cama de matrimonio era enorme, blanca, olía a colonia de Roman y a jabón caro. Carla se subió de rodillas, se agachó y abrió el culo con las manos.

—Métela. Ahora. Sin prepararme más.

Lucas se desnudó de un tirón, se subió detrás y le clavó la polla de un golpe seco hasta las pelotas. Carla aulló contra la almohada. Él la agarró de las caderas y empezó a embestir con fuerza bruta, el sonido de los huevos golpeándole el clítoris mojado llenando la habitación. Cada embestida hacía que el semen anterior saliera a chorros blancos por los labios hinchados.

—Mírate —gruñó él—. Casada, en la cama de tu cuñado, con mi polla hasta el fondo. Eres una puta de primera.

—Tu puta —jadeó ella—. Fóllame más duro. Quiero que me duela mañana cuando hable con mi marido.

Lucas le pegó una nalgada que dejó la marca de la mano roja y ardiente. Luego otra. Carla se empujaba hacia atrás, buscando más profundidad. Él se inclinó, le rodeó el torso y le pellizcó los pezones mientras la follaba a martillazos. El coño de ella hacía ruidos obscenos, chapoteos húmedos, y ella no paraba de gemir su nombre entre tacos.

Cuando sintió que ella iba a correrse otra vez, se salió de golpe. Carla se quejó. Lucas la giró de un manotazo, la tumbó de espaldas y le abrió las piernas hasta casi partirle la cadera. Se metió de nuevo, cara a cara, y la embistió lento y profundo, rozándole el punto que la hacía temblar.

—Mírame mientras te corro dentro otra vez —ordenó.

Carla lo miró con los ojos vidriosos, la boca abierta. Se corrió primero ella, el coño apretándose en contracciones locas, las uñas clavándosele en la espalda. Lucas aguantó lo justo para sentir cada espasmo y después se vació otra vez, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Quedaron quietos, jadeando, el sudor mezclándose en la sábana blanca.

Pero no se acabó. Carla, todavía con la polla dentro, se rio baja y sucia.

—Todavía no. Quiero probarte en la ducha. Y después en el sofá del jardín. Roman tiene cámaras fuera… ojalá estuvieran encendidas.

Se levantaron. Bajo el agua caliente del baño principal ella se arrodilló otra vez y le chupó la polla limpia de semen y jugos, chupando los huevos, metiéndose un dedo en el culo a él mientras le mamaba. Lucas le agarró el pelo y le folló la boca hasta que le saltaron lágrimas de placer. Después la levantó, la pegó contra el azulejo frío y la penetró de pie, una pierna de ella enganchada a su cintura. El agua corría entre ellos. Él le mordió el cuello y le habló al oído:

—Mañana cuando Roman me llame para preguntar cómo va la casa le voy a decir que todo perfecto. Mientras te tengo abierta en su cama.

Carla se corrió otra vez, temblando, y Lucas la siguió, llenándola por tercera vez. Se rieron, se enjabonaron, se tocaron sin prisa. Bajaron al salón envueltos en toallas. Carla se dejó caer en el sofá grande, abrió las piernas y se tocó el clítoris hinchado delante de él.

—Ven. Última ronda. Quiero que me corras en la cara. Quiero olerte mañana cuando vaya al súper.

Lucas se arrodilló entre sus muslos y la lamió primero: lengua plana sobre el coño abierto, chupando el clítoris hinchado, metiendo dos dedos y curvándolos. Carla se retorcía, tirándole del pelo, gritando sin freno porque la casa estaba sola. Cuando ya no pudo más él se subió, le puso la polla gorda otra vez dentro y la folló en misionero salvaje, rodillas hundidas en el sofá, manos agarrándole las tetas. El ritmo se volvió brutal. Piel contra piel, gemidos guturales, el sofá crujiendo.

—Dentro… no. En la cara —jadeó ella al borde.

Lucas se salió en el último segundo, se subió al pecho de ella y se corrió a chorros espesos sobre su boca, mejillas y pechos. Carla abrió la lengua y se tragó lo que pudo, el resto le corría por el cuello. Se lo limpió con los dedos y se los chupó mirándolo.

Quedaron tirados, el cuerpo de ella manchado, el de él temblando. Lucas le pasó la mano por el pelo pegajoso.

—Joder, Carla… esto no tiene marcha atrás.

Ella sonrió, satisfecha, la voz ronca:

—Ni lo quiero. Mañana te follo en la cocina mientras haces el café. Y pasado… ya veremos.

Se acomodaron un momento, respirando el olor a sexo y traición que llenaba la casa ajena. Lucas cerró los ojos un segundo, la polla todavía goteando sobre el muslo de ella. El silencio era perfecto.

Entonces el móvil de Carla, olvidado en la isla de la cocina, empezó a vibrar con fuerza. La pantalla se iluminó. El nombre que salía era claro incluso desde el sofá: “Marido”. Y al mismo tiempo, en la puerta principal, se oyó el ruido inequívoco de una llave entrando en la cerradura.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged conversation

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.