Fingiendo Deseo en la Caballeriza

Marisol contrata a Otto, el musculoso mozo negro, y acaba follándoselo salvajemente en la caballeriza todas las tardes.

6 min read August 19, 2026New

El sol de la tarde caía a plomo sobre las caballerizas de la hacienda, ese calor argentino que pega en la nuca y te hace sudar hasta el alma. Marisol cruzó el patio de tierra apisonada con el vestido blanco pegado a las curvas, las tetas pesadas balanceándose sin sostén debajo de la tela fina. Tenía veintiocho años, la piel clara de quien se quema fácil y un cuerpo voluptuoso que su marido ya no miraba. Contrató a Otto esa misma mañana.

Otto era keniano, treinta y dos años, casi un metro noventa de músculo negro ébano. Había llegado buscando trabajo de mozo de cuadra y ella lo vio y lo quiso al instante. Cuando él se quitó la camisa para cepillar al zaino en el box del fondo, el sudor le brillaba en los pectorales anchos, en los abdominales marcados, en esa V que se metía dentro del pantalón de lona. Marisol se detuvo en el umbral fingiendo revisar el inventario de avena. Él levantó la vista. Sonrió con esos dientes blancos y ella le devolvió la sonrisa, lenta, sin esconder del todo que lo estaba comiendo con los ojos.

—¿Todo bien, señora? —preguntó él con ese acento grueso, la voz grave.

—Marisol. Llámame Marisol. Y sí… todo perfecto.

Se acercó. El olor a caballo, a cuero y a hombre sudado le subió a la cabeza. Extendió la mano como para tocar el flanco del animal y “sin querer” rozó el antebrazo de Otto. La piel de él quemaba. Ninguno retiró el contacto de inmediato. Ella dejó los dedos un segundo de más sobre ese músculo duro. Él tampoco se apartó. Solo miró cómo el pezón de ella se le marcaba contra el vestido.

Al día siguiente volvió a pasar lo mismo. Y al otro. Conversaciones cada vez más largas mientras juntaban la mierda de los boxes o cambiaban la paja. El verano apretaba. El heno olía dulce y polvoriento. Marisol se agachaba de más para que él viera el culo redondo. Otto se estiraba sin camisa y ella se lamió los labios sin disimulo.

—Mi marido no me toca —confesó ella un jueves, mientras le pasaba el cepillo a la yegua alazana. La voz le salió ronca—. Hace meses. Como si yo no existiera de la cintura para abajo. Me miro al espejo y me pregunto si todavía sirvo para algo.

Otto dejó el rastrillo. Se le acercó. Olía a sol y a esfuerzo.

—Desde el primer día que te vi quise meterte la verga, Marisol. Esa cara de casada decente y ese cuerpo pidiendo a gritos que te rompan. Te deseo. Todos los putos días.

Ella tragó saliva. El coño se le humedeció de golpe.

—Enséñame a montar a pelo —pidió—. Ahora.

Sacaron al zaino al corral lateral, lejos de la casa principal. Otto le dio la mano para subir. Ella se acomodó sobre el lomo caliente del animal, el vestido subido hasta las caderas, el culo desnudo casi rozando la silla imaginaria. Él se montó detrás “para guiarla”. La polla se le endureció al instante contra la raja de ella. Marisol empujó hacia atrás a propósito, frotando su culo contra esa verga gruesa que se le marcaba entera en el pantalón.

—Joder… —gruñó Otto contra su oreja—. Estás mojada. Lo siento hasta a través de la tela.

—Quiero que me folles —soltó ella sin filtro, girando la cabeza—. Aquí. En la caballeriza. Todas las tardes si hace falta. ¿Me oyes? Quiero esa polla negra dentro de mi coño blanco hasta que no pueda caminar derecho.

Él bajó del caballo de un salto, la bajó a ella como si no pesara nada y la arrastró dentro del box vacío del fondo. El olor a heno era denso. Cerró la puerta con el cerrojo. Marisol ya le estaba abriendo el pantalón con dedos torpes de ganas. La verga de Otto saltó fuera, gruesa, oscura, venosa, la cabeza brillante de precum. Casi le daba miedo de lo gorda que era, pero se le hizo agua la boca.

Se arrodilló en la paja. Lo agarró con las dos manos y se la metió entera hasta la garganta de un solo envión. Otto maldijo en su idioma y le agarró el pelo rubio, tirando hacia atrás para mirarla. Ella baboseaba, los ojos llorosos de esfuerzo, chupando con hambre, metiendo y sacando esa polla negra hasta que le golpeaba el fondo de la garganta. Sonidos húmedos, obscenos. Saliva le corría por la barbilla y le caía entre las tetas.

—Así, puta… trágatela toda —le dijo él, embistiéndole la boca con cuidado brutal—. Qué rica estás chupándome.

Marisol se tocó el coño por debajo del vestido. Estaba empapada, los labios hinchados. Cuando ya no pudo más sin ahogarse del todo, Otto la levantó de un tirón, la pegó de espaldas contra la pared de madera y le alzó las piernas. Ella se enganchó a su cuello. Él se bajó un poco el pantalón, alineó la cabeza gruesa contra la entrada rosada y empujó.

Entró despacio al principio, estirándola, abriéndola. Marisol gritó contra su hombro. Dolía delicioso. Esa verga oscura desapareciendo centímetro a centímetro dentro de su coño blanco y apretado. Cuando la tuvo entera, se quedó quieto un segundo, latiéndole dentro.

—Mírame —ordenó él.

Ella abrió los ojos. Él empezó a follarla de pie, embestidas profundas y salvajes que la hacían subir por la pared. Cada embestida le golpeaba el punto exacto. El sonido de piel contra piel llenaba la caballeriza. Las tetas de Marisol rebotaban fuera del escote. Otto se las metió a la boca, chupando los pezones duros mientras la clavaba sin piedad.

—Más duro… joder, Otto, rómpeme —rogó ella.

La giró, la puso de manos contra un fardo de heno y la penetró desde atrás hasta el fondo. El culo blanco de ella se aplastaba contra la pelvis negra de él. Marisol gritaba sin control, el coño haciendo squelch cada vez que la verga salía brillante de jugos y volvía a entrar. Otto le dio una palmada en la nalga y el golpe resonó.

Luego se sentó él en el fardo, la polla apuntando al techo, y la hizo montarlo a horcajadas. Marisol se impaló sola, bajando hasta sentarse completa sobre esa cosa enorme. Gimió largo cuando la sintió latirle en el útero. Empezó a cabalgarlo como si fuera el puto caballo, subiendo y bajando el culo, abriéndose, dejándose estirar. Él le agarró las caderas y la embistió hacia arriba al mismo tiempo. El pecho de ella le rebotaba en la cara. Se besaron con lengua, saliva, dientes.

—Me corro… me voy a correr dentro —advirtió Otto, la voz rota.

—Adentro. Lléname. Quiero sentirla caliente.

El orgasmo los agarró juntos. El coño de Marisol se contrajo en espasmos violentos alrededor de la verga negra, exprimiéndola. Otto gruñó y se vació a chorros dentro de ella, bombeando semen espeso y caliente que le rebasó al instante y le bajó por los muslos blancos mezclado con sus propios jugos. Ella siguió moviéndose lento, ordeñándolo hasta la última gota, temblando, la cara derretida de placer.

Cuando por fin se detuvieron, jadeando, Marisol se levantó con las piernas flojas. El semen le chorreaba espeso por el interior de los muslos, goteando sobre la paja. Se limpió con dos dedos, se los chupó mirándolo a los ojos y sonrió satisfecha, la boca hinchada, el vestido hecho un desastre.

Se inclinó y le dio un beso largo, lento, saboreándose los dos.

—Esto va a ser nuestro ritual secreto —le susurró contra los labios—. Todas las tardes. Aquí. En la caballeriza. Te voy a follar hasta que se me olvide que estoy casada. ¿Entendido, Otto?

Él sonrió, todavía medio duro, y le apretó el culo con las dos manos.

—Entendido, señora. Todas las putas tardes.

Marisol se rió bajito, se acomodó el vestido lo mejor que pudo y se estaba limpiando el resto del semen de entre las piernas con un trapo viejo cuando la puerta del box se abrió de golpe con un chirrido metálico.

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