Midnight En La Azotea Con La Esposa De Mi Jefe
El asistente seduce a la esposa de su jefe en la azotea.
No pensé que esa noche de verano en la mansión de mi jefe fuera a convertirme en un traidor. Tengo veintiocho años, me llamo Dante, y soy su asistente personal desde hace casi tres años. Él es un empresario rico, del tipo que organiza fiestas solo para recordarles a los demás cuánto dinero tiene. La mansión olía a jazmín y a alcohol caro; la música bajaba desde el salón principal y las luces del jardín temblaban sobre la piscina. Yo circulaba entre invitados con una sonrisa profesional, sirviendo copas, anotando nombres, fingiendo que no me aburría el teatro de los poderosos.
Isabel me encontró cerca de la terraza trasera. Cuarenta y dos años, voluptuosa, vestido negro que le abrazaba las caderas y el pecho como si lo hubieran cosido sobre su piel. Me había mirado antes, en oficinas y cenas de empresa, con esa lentitud que no es casual. Esa noche se acercó con dos cigarros entre los dedos y una sonrisa perezosa.
—Subamos a la azotea —susurró—. Necesito aire que no huela a hipocresía.
La seguí. Las escaleras de servicio crujían bajo nuestros pies. Arriba, el calor del día aún se aferraba a las losas y la ciudad se extendía como un collar de luces lejanas. Encendió su cigarro; la llama le iluminó la boca. Me ofreció el otro. Nuestros dedos se rozaron y ninguno apartó la mano de inmediato. El humo se enredó entre nosotros. Ella se apoyó en la barandilla, arqueó la espalda y el vestido se le subió un poco por los muslos. Yo miré. Ella lo notó. No se tapó.
—Siempre estás tan correcto, Dante —dijo, exhalando humo hacia la luna—. Como si no tuvieras ganas de nada.
—Tengo ganas de muchas cosas —contesté, y mi voz sonó más grave de lo que pretendía—. Solo que no las digo en la oficina.
Se rio bajito. Dio un paso hacia mí. El pecho casi rozó mi camisa. El roce “accidental” de su muslo contra el mío no fue accidental en absoluto; lo disfrutamos los dos, sin disimulo. El calor de su cuerpo era distinto al del verano: más denso, más peligroso. Mis nudillos rozaron su cadera al apartarme un mechón de pelo de la cara. Ella no se movió. Sus ojos bajaron a mi boca y subieron otra vez.
La conversación se torció hacia lo íntimo como si ambos hubiéramos estado esperando el desvío. Me contó, sin maquillaje en la voz, que su marido la tocaba solo cuando necesitaba una foto de pareja perfecta o cuando estaba demasiado borracho para recordar su nombre. Que llevaba semanas fantaseando conmigo: con mis manos en sus caderas mientras le pasaba documentos, con mi boca en su cuello en el ascensor vacío del edificio corporativo.
—Te imagino follándome en su despacho —admitió, mirándome fijo—. Sobre su puta mesa de caoba.
Sentí la sangre subirme a la cara y bajarme a la entrepierna al mismo tiempo.
—Te deseo desde hace meses, Isabel —dije, y la confesión me quemó la lengua—. Cada vez que entras en una reunión con ese vestido, se me endurece la polla y tengo que fingir que reviso el móvil.
Nos acercamos. El cigarro se le apagó entre los dedos. Ella tomó la iniciativa: me agarró la nuca y me besó con hambre, con lengua, con un gemido corto que se me metió en la garganta. Su boca sabía a humo y a vino tinto. Respondí igual de voraz. La apreté contra la barandilla; sus pechos se aplastaron contra mi pecho. Mis manos bajaron a su culo y lo amasé sin permiso pedido, porque el permiso ya estaba en la forma en que ella se frotaba contra mi erección. Elegimos continuar. No hubo presión externa, solo el deseo mutuo empujándonos al borde, claras las dos voluntades, adultas y hambrientas.
—Quiero chupártela aquí —susurró contra mi boca—. Quiero que me mires mientras te la meto hasta el fondo.
Se arrodilló sobre las losas todavía calientes. Le bajé la bragueta con dedos torpes de ganas. Mi polla saltó libre, dura, con la cabeza ya brillante. Isabel la miró un segundo, lamiéndose el labio inferior, y luego la tomó con las dos manos y se la metió en la boca de un solo movimiento. Calor húmedo. Lengua plana por debajo. Me miró a los ojos mientras bajaba hasta casi atragantarse, tragando profundo, saliva corriendo por la base. Gemí sin cuidado; el ruido de la fiesta abajo nos cubría. Ella chupaba con ganas, subiendo y bajando, lamiendo la ranura, apretando los labios alrededor del glande y después abriéndose otra vez para engullirme entero. Le agarré el pelo —ese pelo caro, perfectamente peinado— y le marqué el ritmo. Ella gimió alrededor de mi polla y la vibración me subió por la columna.
—Joder, Isabel… así, más profundo.
Sacó la boca solo para decir, con la voz ronca y la barbilla brillante:
—Fóllame duro. Ahora. Quiero que me destrocéis esta coño aburrido.
La levanté. La giré y la puse contra la barandilla en perrito. Le subí el vestido hasta la cintura. No llevaba bragas. Su coño estaba chorreando, los labios hinchados, el clítoris visible bajo la luz de la luna. Le pasé la cabeza de la polla arriba y abajo, untándome de su jugo, y luego entré de un embestida fuerte. Ella gritó un “sí” ahogado y se aferró al metal. Empecé a follarla sin piedad: embestidas largas y profundas, luego cortas y brutales, el sonido húmedo de mi cadera golpeando su culo. Le apreté las tetas por encima del vestido, encontré los pezones duros y los pellizqué. Después le bajé la tela, saqué un pecho y lo exprimí mientras la empuñaba. Le tiré del pelo hacia atrás, obligándola a arquearse, y le mordí el hombro.
—Más fuerte, Dante… fóllame como si fueras dueño de esto.
La giré. La levanté; ella enredó las piernas alrededor de mi cintura y la apoyé de nuevo en la barandilla, de frente. Entré otra vez. Sus pechos rebotaban contra mi pecho. Nos besamos con dientes y lengua mientras la embestía hacia arriba, profundizando cada embestida. Ella gemía sin control, yo gruñía contra su cuello. Sudor, calor, el olor a sexo abriéndose paso entre el jazmín. Me suplicaba que no parara, que la llenara, que la usara. Sus uñas se clavaron en mi espalda a través de la camisa. El sexo era apasionado, crudo, totalmente consentido: dos cuerpos eligiendo el peligro y el placer al mismo tiempo. Sentí su coño apretarse en oleadas; ella se corrió gritando mi nombre contra mi oído, temblando, chorreando alrededor de mi polla. Eso me empujó al borde. Embestí tres veces más, profundas, y me corrí dentro de ella con un gemido largo, llenándola a chorros mientras ella me apretaba las piernas para no dejarme salir.
Nos quedamos así un rato, jadeando, pegados, mi semen empezando a resbalar entre nosotros. Cuando la bajé, ella se limpió los muslos con los dedos —mi leche espesa mezclada con sus jugos— y se los llevó a la boca, chupándolos con una sonrisa sucia y satisfecha. Me miró a los ojos mientras lo hacía.
Me besó una última vez, lenta, sabiendo a los dos.
—Esto será nuestro secreto —susurró contra mis labios—. Y quiero repetirlo pronto. Muy pronto.
Bajamos por separado. Yo por la escalera de servicio, intentando ordenarme la camisa y la respiración. Ella por el otro acceso, arreglándose el vestido y el pelo con la elegancia de quien ha practicado disimular. Cuando volví al salón, la fiesta seguía: risas, copas, mi jefe riendo demasiado alto cerca de la barra. Isabel apareció minutos después, impecable, y se le acercó, le puso una mano en el brazo y sonrió como la esposa perfecta. Nuestros ojos se cruzaron un segundo por encima de la muchedumbre. Complicidad. El inicio de una aventura peligrosa y excitante.
Pero mientras servía otra ronda de champagne y sentía aún el eco de su coño en mi polla, algo se me torció en el pecho. No era culpa exactamente; era una duda fría que se colaba entre el orgullo y el semen todavía caliente. ¿Qué pasaba si él se enteraba? ¿Qué pasaba si esto, que había sabido a libertad en la azotea, se convertía en una jaula distinta? Isabel rió ante un chiste de su marido y por un instante vi en su cara no solo el triunfo de lo prohibido, sino también el abismo de lo que acabábamos de elegir. Me sequé las manos en la servilleta, sonreí a un invitado y sentí, por primera vez en la noche, que el calor del verano ya no bastaba para tapar el frío que me subía por la espalda.
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