Amigos en la Lavandería
Un hombre casado folla a su vecina casada en la lavandería.
Cada jueves por la noche la lavandería del edificio se volvía mi pequeña confesión. Yo, Victor, treinta y dos años, casado, bajaba con la cesta como si fuera una obligación de adulto responsable, pero sabía perfectamente que ella estaría ahí. Selena, veintiocho, vecina del cuarto, casada con mi mejor amigo. La primera vez coincidimos por casualidad; la tercera ya era un hábito. Doblábamos camisetas y hablábamos de tonterías: el ruido del ascensor, el vecino del quinto que dejaba la basura en el pasillo, el calor que no bajaba ni de noche. Mientras tanto sus ojos se me iban a la entrepierna sin disimulo y los míos se clavaban en esas tetas apretadas bajo la camiseta fina, pezones marcados cada vez que el aire acondicionado soplaba. Los dos sabíamos que aquello estaba mal. Cada risa un poco más baja, cada roce “accidental” de dedos al pasar una toalla, era una traición a medias. Ninguno paraba el flirteo. Al contrario: lo alimentábamos como si el próximo jueves fuera a ser el último y por eso había que exprimirlo.
Aquella noche la lavadora del medio se atascó a mitad de ciclo, zumbando raro. Nos agachamos juntos a mirar el panel. Su culo rozó mi polla, ya dura de tanto mirarla. No se apartó. Empujó hacia atrás, despacio, con una sonrisa traviesa que me partió el pecho. El denim de su falda corta se pegó a mi bulto y ella apretó un segundo más, deliberada.
—Mi marido ya no me folla como antes —susurró contra mi oreja, caliente, húmedo—. Me toca rápido y se duerme. Llevo meses mojada y sola.
Tragú saliva. La confesión me subió por la garganta como un golpe.
—Llevo semanas pajeándome pensando en ti —admití, la voz ronca—. En esas tetas. En cómo te moverías encima. Cada puta noche.
No hizo falta más. Nos besamos con hambre, bocas abiertas, lenguas urgentes, eligiendo conscientemente joderlo todo: a su marido, a mi mujer, a la amistad. El sabor a menta de su chicle y a deseo puro. La empujé contra la mesa de plegado y ella ya se subía la falda, se bajaba las bragas negras y las dejaba caer al suelo. Abrió las piernas. Su coño estaba brillante, hinchado, olía a sexo contenido. Me arrodillé y la comí con ganas, labios y lengua abriéndola, chupando el clítoris mientras ella me agarraba del pelo y gemía bajito, mordiéndose el labio para no gritar.
—Joder, Victor… así, no pares…
La lami hasta que le temblaron los muslos. Luego ella se bajó, me abrió la cremallera, sacó mi polla dura y me la metió en la boca. Chupó con saliva chorreando por la base, mirándome desde abajo, manos en mis caderas. El calor húmedo de su garganta me volvió loco; tuve que apartarla antes de correrme.
La giré y la puse en perrito sobre la mesa. Le agarré el pelo con una mano, la cadera con la otra, y la follé fuerte, embistiendo hondo, el sonido de piel contra piel tapado por el ruido de las máquinas. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, el culo rebotando.
—Más duro… me la estás destrozando y me encanta…
La giré otra vez, la subí a la lavadora que vibraba en el ciclo de centrifugado. Piernas abiertas en misionero, me miró a los ojos mientras le hundía la polla hasta el fondo. Cada embestida hacía temblar su cuerpo; las tetas se le salían de la camiseta y yo se las chupaba a mordiscos. Sudor, jadeos, el metal frío bajo su espalda y el calor de nosotros dos.
—Te deseaba desde hace meses —jadeé contra su boca—. Cada jueves me iba a casa con la polla doliendo.
—Yo también… joder, córreme dentro, Victor. Quiero sentirte.
Me corrí hondo, a pulsos, llenándola mientras ella se apretaba alrededor mío y se venía con un gemido ahogado, uñas en mi espalda. Seguimos moviéndonos un rato más, frotándonos en el semen y el jugo, hasta que el cuerpo nos pidió aire.
Nos limpiamos rápido con toallas calientes sacadas de la secadora. El olor a suavizante mezclado con sexo. Ella me besó una última vez, lenta, y me dijo al oído, la voz aún entrecortada:
—Esto no puede repetirse…
Los dos sabíamos que era mentira. El próximo jueves la cesta volvería a bajar y el hambre también. Selena se acomodó la falda, recogió las bragas y se las guardó en el bolsillo. Me miró un segundo, sin drama, sin promesas.
Luego cogió su cesta, abrió la puerta de la lavandería y se fue por el pasillo, el sonido de sus pasos alejándose hasta que solo quedó el zumbido de las máquinas y yo solo, con el gusto de ella todavía en la boca.
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