La Vecina Se Rinde En El Baile
La vecina se rinde en el baño y se la folla.
El barrio olía a carne asada, a colonia barata y a ganas reprimidas cuando Xavier, el mecánico carismático de veintiocho años, se plantó junto a la mesa de plásticos y botellas en la fiesta anual. Las luces de colores parpadeaban sobre la pista improvisada y la bachata ya estaba calentando más que el asado. Monica, su vecina de veintiséis, profesora de baile de caderas traicioneras y sonrisa de quién sabe demasiado, apareció con un vestido corto rojo que parecía diseñado expresamente para provocarle una erección en público. Llevaba meses rozándole el brazo en el pasillo del edificio, “olvidando” sujetadores bajo las camisetas holgadas y riéndose bajito cada vez que él se manchaba de grasa las manos y ella le decía que “olía a hombre de verdad”.
Aquella noche los maridos y novios respectivos —el suyo incluido— estaban embebidos en una partida de dominó al otro lado del patio, gritando como si les fuera la vida. Monica se le acercó sin pedir permiso, le puso una mano en el pecho y tiró de él hacia la pista.
—Ven, vecino. Que se te van a oxidar las caderas de tanto mirar motores —bromeó, ya pegándose a él con descaro.
La bachata empezó y Monica no perdió el tiempo: se le frotó el culo redondo y firme justo contra el bulto que se le endurecía dentro del pantalón. Xavier soltó una risa ronca, sorprendido y caliente a partes iguales.
—Joder, Monica… si sigues así voy a tener que cambiarte las bujías en pleno baile.
Ella giró la cabeza, le miró por encima del hombro con picardía y movió las caderas en círculos lentos, deliciosamente obscenos.
—Llevo meses queriendo que me las cambies, Xavier. Y no me digas que no te has dado cuenta. Cada vez que te veo sudado bajando del taller se me moja la braga… bueno, cuando la llevo.
Se miraron, cómplices, y ambos se rieron bajito, ese tipo de risa que dice “sí, nos vamos a follar y los demás que se jodan”. La tensión ya no era tensión: era un cable pelado a punto de chispear. Monica lo arrastró hacia un rincón oscuro del salón, entre un montón de sillas apiladas y una nevera que zumbaba.
—Te voy a enseñar un pasito nuevo —susurró contra su oreja, mientras le frotaba el culo contra la polla ya dura y marcada—. Siente cómo me pongo. Estoy empapada, Xavier. Quiero probar de una puta vez si el vecino mecánico me hace correr de verdad o solo sabe apretar tuercas.
Xavier se rio, le agarró la cintura con manos grandes y callosas y le metió la derecha debajo del vestido corto. Los dedos subieron por el muslo suave… y no encontró tela. Nada. Solo piel caliente y, más arriba, un coño afeitado y resbaladizo que le recibió los dedos con un gemido ahogado de ella.
—Hostia puta, Monica. Sin bragas en la fiesta del vecindario. Eres una descarada de manual.
—Y tú estás duro como un pistón. Vámonos al baño del fondo antes de que me corra aquí mismo contra tu mano y monte el numerito del año.
No hizo falta repetirlo. Se colaron por el pasillo estrecho, esquivando a un borracho que cantaba rancheras, y entraron en el baño diminuto del fondo: un cubículo con lavabo de porcelana agrietada, un inodoro y apenas espacio para respirar. Monica cerró con pestillo, se rio nerviosa y excitada, y se dejó caer de rodillas sobre el suelo de baldosas frías.
—Primero te la chupo, vecino. Quiero ver esa verga gruesa que me has estado escondiendo.
Le bajó la bragueta con torpeza ansiosa, sacó la polla gruesa, venosa y ya goteando, y se la metió a la boca sin preámbulos. Xavier apoyó una mano en la pared y la otra en su pelo oscuro, mirándola mientras ella se la tragaba hasta la garganta, ojitos alzados, llena de picardía y saliva. Hacía ruidos obscenos, de gluglú y risitas ahogadas cada vez que se atragantaba un poco y volvía a bajar.
—Joder, cómo chupas… te va a quedar sabor a grasa de taller —dijo él entre dientes, riéndose.
Ella se apartó un segundo, un hilo de baba uniendo sus labios a la cabeza hinchada.
—Me encanta. Ahora cómeme el coño antes de que me muera de ganas.
Xavier la levantó como si no pesara, la sentó en el borde del lavabo, le abrió las piernas de par en par y se arrodilló. El vestido subido hasta la cintura dejaba ver aquel coño brillante, labios hinchados, clítoris asomando. Le pasó la lengua de abajo arriba con lentitud experta, lamiendo, chupando, metiendo la lengua dentro mientras ella se tapaba la boca con las dos manos para no gritar. Las piernas le temblaban sobre sus hombros. Xavier metió dos dedos, los curvó y siguió chupándole el clítoris hasta que Monica se corrió con todo el cuerpo en arco, un gemido ahogado contra las palmas y un chorrito caliente que le mojó la barbilla.
—Primera —jadeó ella, riéndose todavía temblando—. Ahora fóllame, por favor, que me muero.
La bajó, la puso de pie contra la pared manchada de humedad y le alzó una pierna. La polla gruesa entró de un empujón profundo, hasta el fondo, y Monica soltó un “joder sí” ahogado. Xavier la embistió fuerte, profundo, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el baño diminuto. Cada estocada hacía que el lavabo temblara y que ella mordiera su propio hombro para no delatarse.
—Más duro, vecino… así, que se note mañana cuando dé clase de salsa.
La giró, la puso en cuatro apoyada sobre el inodoro, culo en alto, y la penetró por detrás con embestidas que le hacían rebotar las tetas. Le dio una cachetada suave en una nalga, luego otra, y Monica se rio entre gemidos.
—Otra, cabrón… me encanta que me azotes el culo mientras me la metes entera.
Xavier le agarró las caderas, se la folló sin piedad un rato más y después se sentó él en el inodoro, polla enhiesta y brillante de sus jugos. Monica se trepó encima, se la encajó de un golpe y empezó a cabalgarlo con las rodillas abiertas, subiendo y bajando, el coño apretándole la verga como un puño mojado. Se besaron chapuceros, con lengua y risas, mientras ella rebotaba y él le pellizcaba los pezones a través del vestido.
—Me voy a correr otra vez… Xavier, me estás destrozando el coño de la mejor manera.
Él le agarró el culo con las dos manos, la levantó y la bajó con fuerza una y otra vez hasta que ella se corrió encima, contrayéndose, chorreándole los huevos. Xavier no aguantó más: la levantó, la puso de rodillas otra vez y se corrió en su lengua abierta, chorros espesos que ella se tragó riéndose, con el maquillaje corrido y el vestido hecho un desastre.
Salieron del baño oliendo a sexo barato y a victoria sucia. Monica se acomodó el pelo con los dedos, le guiñó un ojo y susurró:
—La próxima vez te la meto yo a ti el dedo en el culo mientras me follas contra la lavadora del trastero, mecánico de mierda. Y limpia esa polla, que todavía gotea semen de vecina puta.
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