Noche en el Ferry con Ella
Renata y Marco, ex mejores amigos, comparten el único camarote disponible en el ferry nocturno.
El ferry olía a sal y a metal caliente. Renata arrastraba la maleta con ruedas por el pasillo estrecho del nivel de camarotes cuando lo vio. Diez años. Diez malditos años y el mismo perfil, la misma mandíbula un poco torcida cuando sonreía sin querer, el mismo modo de llevar el bolso del portátil colgado de un solo hombro como si aún estuviera en el campus.
Marco se detuvo en seco. La maleta de ella chocó suavemente contra su pierna.
—Renata.
No fue una pregunta. Su voz había bajado media octava desde la universidad, pero el tono —ese asombro contenido, esa mezcla de alegría y algo más oscuro— le subió la piel de gallina en los brazos.
—Marco —dijo ella, y se oyó a sí misma sonreír aunque el pecho le latía desordenado—. Qué… Dios, qué coincidencia.
El empleado del ferry, impaciente, les explicó que solo quedaba un camarote doble. El resto estaba ocupado por un grupo de turistas y un congreso médico que volvía de Barcelona. Renata iba sola; había cancelado la boda tres semanas antes y el viaje de luna de miel se había convertido en esta fuga nocturna hacia Mallorca. Marco regresaba de presentar un paper. Ninguno quiso ceder. Ninguno quiso dormir en cubierta. Así que el hombre les dio la llave 214 y desapareció.
El camarote era minúsculo: litera de matrimonio —no literas separadas—, un lavabo, una ventanilla ovalada por donde entraba el negro del mar. La puerta se cerró con un clic suave. El motor del ferry vibraba bajo sus pies.
Se miraron.
—Puedo dormir en el suelo —ofreció él, dejando la chaqueta sobre la silla.
—No seas ridículo. Somos adultos. Podemos compartir una cama sin… —Renata se mordió el labio inferior. La frase se le quedó a medias porque la palabra “morir” no cabía. Sin desearse. Sin recordarse.
Sacó la botella de vino tinto que había comprado en el puerto “por si acaso” y dos vasos de plástico del baño. El barco empezó a balancearse con más fuerza al salir de la dársena. Renata se sentó en el borde del colchón; Marco se quedó de pie un segundo de más, mirándola como si ella pudiera evaporarse.
—Brindemos —dijo ella, sirviendo—. Por los ex mejores amigos que se cruzan en un ferry.
—Por los cobardes —corrigió él, y chocó el vaso contra el suyo.
Bebieron. El vino estaba tibio y astringente. Las risas salieron nerviosas al principio: recuerdos de la residencia universitaria, de las noches de examen, de aquella fiesta en la terraza donde casi se besaron y no lo hicieron. Marco se quitó los zapatos. Renata se soltó el pelo. El balanceo del mar las empujaba un poco uno hacia el otro cada vez que el ferry cabecaba.
—Cancelé la boda —soltó ella de golpe, mirando el líquido oscuro del vaso—. Tres semanas antes. Todo el mundo cree que fue por “incompatibilidad de caracteres”. Mentira. Fue porque me desperté un martes y pensé en ti. Como todas las mañanas desde hace diez años. Y supe que no podía casarme con otra persona mientras siguieras existiendo en mi cabeza.
Marco se quedó muy quieto. El vaso tembló ligeramente entre sus dedos.
—Renata…
—No me digas que lo sientes. No quiero lástima. Quiero… quiero que sepas.
Él dejó el vaso en la mesita diminuta y se sentó a su lado. El colchón se hundió. Sus rodillas se rozaron. El calor de esa simple fricción le subió por el muslo hasta la entrepierna, un tirón lento y pesado.
—Aquella última noche —dijo Marco con voz ronca—. En el aeropuerto. Cuando te ibas de Erasmus y yo fingía que todo estaba bien. Me arrepiento cada puto día de no haberte besado. Te miré la boca y pensé “si la beso ahora se queda”. Y no lo hice. Me acobardé. Y te perdí.
Renata giró el rostro. Estaban tan cerca que el aliento de él le rozó los labios. Olía a vino y a la colonia que usaba desde siempre, algo amaderado y limpio.
—Nunca dejé de pensar en ti —susurró ella—. Ni cuando me comprometí. Ni cuando elegía el vestido. Ni cuando firmaba los papeles de la casa. Estabas ahí. Como un fantasma caliente entre mis piernas cada vez que me tocaba y cerraba los ojos.
Marco tragó saliva. Su mano se cerró en un puño sobre su propio muslo.
—Dios, Renata… Si supieras las veces que me corrí pensando en ti. En cómo gemías cuando te reías fuerte. En lo que habría pasado si te hubiera empujado contra la pared de aquella cocina y te hubiera metido la mano bajo la falda.
El barco se inclinó. Ella se dejó llevar por el movimiento y su hombro chocó contra el pecho de él. No se apartó. El corazón de Marco le golpeaba las costillas a través de la camisa. Renata levantó la mano y, con deliberada lentitud, entrelazó sus dedos con los de él. La palma de Marco estaba caliente, un poco húmeda. El contacto eléctrico le endureció los pezones bajo la blusa fina.
Lo miró. Los ojos de él estaban oscuros, dilatados, brillantes de ese mismo deseo que a ella le humedecía ya la entrepierna.
—Estamos aquí —dijo ella, voz baja, segura—. Solo esta noche. El mar, el camarote, diez años de silencio. No quiero arrepentirme otra vez.
Marco apretó su mano. El pulgar le rozó la muñeca, justo donde el pulso le latía desbocado.
—Si empiezo a tocarte —advirtió, la voz hecha ronquera—, no voy a parar. Te lo juro, Renata. Te voy a besar hasta que se te olvide el nombre del tipo con el que ibas a casarte. Te voy a abrir las piernas en esta cama minúscula y te voy a follar despacio primero, y después como un animal, porque te he esperado demasiado.
Ella sintió el calambre dulce entre las piernas, el latido insistente del clítoris contra la tela de las bragas. Se lamió los labios. El vino le ardía en la sangre, pero la decisión era cristalina.
—Entonces no pares —susurró—. Mírame. Estoy eligiendo esto. Estoy eligiéndote a ti. Ahora.
Marco levantó su mano entrelazada y se la llevó a la boca. Besó los nudillos, despacio, y después el interior de la muñeca. La lengua le rozó la piel sensible. Renata soltó un suspiro tembloroso. Él acercó la cara hasta que sus frentes se tocaron. El aliento se les mezclaba. Abajo, el mar seguía empujando el casco del ferry en un vaivén constante, como una invitación rítmica.
Renata soltó su mano solo para posársela en la nuca a él, los dedos enterrándose en el pelo corto. El deseo mutó de tensión en algo más pesado, más inevitable. Se miraron un segundo más —ojos brillantes, labios entreabiertos, diez años de “qué habría pasado si…” condensados en el aire denso del camarote— y ella se inclinó lo suficiente para que sus bocas casi se rozaran, deteniéndose a un milímetro, saboreando el instante justo antes del abismo.
El ferry crujió. La botella de vino se movió sobre la mesita. Ninguno miró otra cosa que no fuera el otro.
El ferry crujió otra vez y ese milímetro se rompió. Marco avanzó la cabeza y sus labios se estrellaron contra los de Renata con una hambre de diez años. No fue un beso suave. Fue dientes, lengua, sal y el sabor amargo del vino tinto. Ella abrió la boca de inmediato, gimiendo contra la suya mientras él la sujetaba por la nuca y la inclinaba hacia atrás. La luz de la luna entraba por la ventanilla ovalada, bañando el camarote en un azul pálido que dejaba ver el brillo de la saliva entre sus bocas y el temblor de las pestañas de ella.
Renata tiró de la camisa de Marco, sacándola del pantalón. Sus manos subieron por la piel caliente de su espalda, sintiendo los músculos tensos. Él la besó más profundo, lamiéndole el labio inferior, mordisqueándolo, y después bajó a su cuello. El balanceo del barco los empujaba uno contra el otro. Ella notó la erección dura de Marco rozándole el muslo y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Joder, Renata… —murmuró él contra su garganta—. Hueles igual. Igual que entonces.
Ella no contestó con palabras. Se deslizó de la cama y se arrodilló entre sus piernas. El suelo del camarote vibraba bajo sus rodillas. Con dedos torpes desabrochó el cinturón de Marco, bajó la cremallera y sacó su polla. Estaba gruesa, caliente, la cabeza ya brillante de precum. Renata lo miró un segundo a los ojos —oscuros, dilatados, fijos en ella— y después se inclinó y lo tomó en la boca de un solo movimiento lento.
Marco soltó un gemido ronco y le enterró los dedos en el pelo.
—Renata… joder, Renata…
Ella chupó con devoción, lengua plana por la parte inferior, labios apretados alrededor del glande. Subía y bajaba la cabeza al ritmo del vaivén del ferry, mojándolo entero, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla. Cada vez que lo tragaba más profundo, él gemía su nombre otra vez, la voz rota, la mano acariciándole el cabello con una ternura desesperada que contrastaba con la dureza de su polla palpitándole en la garganta. Renata sentía el sabor salado, el calor, y el latido de su propio clítoris contra las bragas empapadas. Quería esto. Quería marcarlo por dentro, recordarle con la boca todo lo que se habían negado.
Marco tiró suavemente de su pelo para apartarla cuando notó que estaba al borde.
—Si sigues así me corro en tu boca y no quiero. No todavía. Sube.
La levantó como si no pesara. La tumbaron juntos en la cama estrecha; la litera crujió. Él le quitó la blusa de un tirón, después el sujetador, y se quedó mirándole los pechos iluminados por la luna. Se inclinó y le chupó un pezón mientras le bajaba la falda y las bragas de un solo gesto. Renata abrió las piernas sin pudor. Estaba empapada, los labios hinchados, el clítoris hinchado y visible.
Marco se acomodó entre sus muslos y le comió el coño como un hombre sediento. Lengua ancha primero, lamiendo de abajo arriba, después punta rápida contra el clítoris. Dos dedos se metieron dentro de ella, curvados, buscando ese punto que la hacía arquearse. Renata se agarró a la barandilla de la cama y gimió alto, sin cuidarse de si alguien en el pasillo oía.
—Marco… así, joder, no pares…
Él no paró. La chupó con hambre, con años de fantasías concentradas en esa lengua, en ese ritmo. La lamió hasta que las piernas de ella empezaron a temblar, hasta que el vientre se le contrajo y un orgasmo la sacudió de golpe. Renata se corrió contra su boca, entrecortada, mojándole la barbilla, lloriqueando su nombre mientras las oleadas la atravesaban. El ferry se inclinó y ella se aferró a él como a un salvavidas.
Cuando aún temblaba, Marco se subió sobre ella. Se quitó el resto de la ropa. La polla le rozó la entrada empapada. Se miraron. La luz de la luna le dibujaba las mejillas húmedas a ella y la mandíbula tensa a él.
—Mírame —dijo él, voz baja, casi rota—. Quiero verte mientras entro.
Empujó despacio. La abrió centímetro a centímetro, llenándola, estirándola. Renata abrió la boca en un gemido silencioso. Estaba tan mojada que se deslizó entero de un empujón final, hasta el fondo. Se quedaron quietos un segundo, frente con frente, respirando el mismo aire. Él empezó a moverse en misionero, profundo y lento, mirándola a los ojos sin pestañear. Cada embestida era una confesión. Cada retirada, una promesa. Las manos de Renata le recorrían la espalda, las uñas clavándosele cuando él rozaba ese punto exacto dentro de ella.
—Te he querido siempre —susurró Marco, la voz temblando—. Cada puto día. Cada noche que me corrí solo pensando en esto. En ti.
Las lágrimas le picaron a ella en los ojos. No de tristeza. De demasiado. De por fin. Se besaron mientras él la follaba con esa intensidad emocional que le hacía el pecho doler de lo lleno que estaba. El ritmo se aceleró un poco, el colchón crujiendo, el mar empujándolos. Renata rodeó con las piernas la cintura de él y lo atrajo más adentro.
Después la giró. Con manos firmes la puso a cuatro patas en la cama estrecha. La luna le bañaba la espalda curva, el culo levantado. Marco se arrodilló detrás, le agarró las caderas y la penetró de un solo empujón hondo. Renata gritó contra la almohada. Él la folló así, profundo, hasta el fondo cada vez, las bolas golpeándole el clítoris. Se inclinó sobre su espalda y le susurró al oído, caliente, urgente:
—Te amo. Te amo, Renata. Llevo diez años amándote y no voy a dejar de hacerlo. Esta polla es tuya. Este cuerpo es tuyo. Dime que me sientes.
—Te siento —jadeó ella—. Te siento todo. Te amo… joder, Marco, te amo también, no pares…
Él la embistió más fuerte, más hondo, una mano rodeándole la cintura para frotarle el clítoris con los dedos. El placer se acumularon otra vez, brutal, compartido. Renata empezó a temblar. Marco gimió su nombre contra su nuca. El orgasmo los alcanzó juntos: ella se apretó alrededor de él en oleadas violentas, mojándolo, y él se corrió dentro, profundo, bombeando chorros calientes mientras la abrazaba por detrás y los dos se derrumbaban sobre el colchón.
Se quedaron así, unidos, temblando, llorando de verdad ahora. Besos torpes en la mejilla, en la boca, en el hombro. El semen de él le escurría por el muslo. El ferry seguía balanceándose. Renata giró la cabeza y lo buscó con los labios, saboreando la sal de las lágrimas mezclada con el sexo.
—No es solo esta noche —susurró él contra su boca, todavía dentro de ella, todavía duro a medias—. No voy a dejarte ir otra vez.
Ella no contestó enseguida. Solo lo besó más despacio, más profundo, mientras el motor del ferry vibraba bajo sus cuerpos pegados y la luna seguía entrando por la ventanilla. Afuera el mar era negro e infinito. Dentro del camarote, el aire olía a sexo y a segunda oportunidad, y ninguno de los dos sabía todavía qué iba a pasar cuando atracaran en Mallorca al amanecer.
Se quedaron unidos todavía, el cuerpo de Marco cubriendo el de Renata como un manto caliente mientras el ferry seguía meciéndose con ese balanceo lento y profundo que parecía venir del fondo del mar. El semen le resbalaba tibio por el muslo interno, mezclado con su propia humedad, y ella no hizo ningún gesto por apartarse. Solo cerró los ojos un segundo y sintió el peso de él, el latido irregular de su pecho contra su espalda, el aliento entrecortado que le rozaba la nuca. Diez años. Diez años de fantasmas y de mañanas en las que se despertaba con el nombre de él atrapado en la lengua. Ahora estaba aquí, dentro de ella todavía, medio duro, temblando un poco, y Renata pensó que si el barco se hundía en ese preciso instante moriría completa.
Marco se movió con cuidado, saliendo de ella con un gemido bajo que le vibró en la garganta. El vacío que dejó la hizo apretar los muslos un segundo, como si quisiera retenerlo. Él se dejó caer a su lado en la cama estrecha, tiró de la sábana delgada para cubrirles las caderas y la atrajo contra su pecho. Renata se acomodó de lado, la mejilla pegada a su clavícula, una pierna echada sobre el muslo de él. El olor a sexo, a sal y a vino tibio llenaba el camarote. Afuera, a través de la ventanilla ovalada, el negro del Mediterráneo se mecía sin prisa. El motor vibraba bajo el colchón, un ronroneo constante que les entraba por los huesos.
—Esta vez no te dejo escapar —dijo Marco contra su pelo. La voz le salió ronca, gastada por los gemidos y por las confesiones—. Lo juro, Renata. No me vuelvo a acobardar en un aeropuerto ni en una cocina ni en ningún puto sitio. Te tengo aquí. Te siento. Y no te suelto.
Renata sonrió contra su piel. No fue una sonrisa grande ni teatral; fue algo pequeño y verdadero que le dobló la boca y le humedeció otra vez los ojos. Levantó la cara lo justo para mirarlo. La luna le iluminaba la mandíbula torcida, esa que le había gustado desde el primer día en la facultad, y los ojos oscuros que ahora la miraban como si ella fuera el único puerto posible.
—Ya soy tuya para siempre —respondió ella, y la frase le salió sin esfuerzo, como si la hubiera ensayado en silencio durante una década—. No hay boda que cancelar, no hay excusa, no hay distancia. Esta polla, este pecho, esta boca… todo lo que eres me pertenece desde que te vi en el pasillo con la maleta. Y yo te pertenezco a ti. Hasta el final.
Marco exhaló un temblor. Su mano subió por la espalda desnuda de ella, trazando la curva de la cintura, el hueco de los riñones, deteniéndose en la nuca para atraerla. El beso que selló la promesa fue lento. No hubo dientes ni prisa. Solo labios que se reconocían, lengua suave que entraba y salía como una caricia larga, el sabor salado de las lágrimas mezclado con el residual del vino y del sexo. Renata abrió la boca y lo dejó profundizar, gimiendo bajito cuando él le mordisqueó el labio inferior con ternura absurda. Sus pechos se aplastaron contra el pecho de él; los pezones, todavía sensibles, se endurecieron otra vez al contacto. La mano de Marco bajó hasta su culo, lo apretó con posesión suave, y ella sintió cómo la polla de él, todavía pegajosa, empezaba a latir de nuevo contra su vientre.
No se apresuraron. El ferry cabecaba y los empujaba uno contra el otro en un ritmo perezoso. Renata deslizó la mano entre sus cuerpos y lo agarró. Estaba semierecto, caliente, resbaladizo de los dos. Lo acarició despacio, de la base a la cabeza, sintiendo cómo se hinchaba otra vez bajo sus dedos. Marco gimió en su boca.
—Otra vez —susurró ella—. Quiero sentirte otra vez antes de que amanezca. Despacio. Quiero que me folles sabiendo que ya no hay prisa. Que tenemos todas las noches del mundo después de esta.
Él no contestó con palabras. La hizo rodar suavemente hasta dejarla debajo otra vez. La litera crujió. Se acomodó entre sus piernas abiertas y la miró mientras se guiaba con la mano. La entrada estaba hinchada, sensible, empapada todavía de él. Empujó centímetro a centímetro, sin prisa, y Renata arqueó el cuello y soltó un suspiro largo cuando lo sintió llenarla otra vez. Esta vez no hubo urgencia de animal. Fue profundo y lento, embestidas que entraban hasta el fondo y se quedaban ahí un segundo, dejando que ella sintiera cada vena, cada pulso. Marco se apoyó en los antebrazos a ambos lados de su cabeza y la besó al ritmo de las caderas. Cada vez que el ferry se inclinaba, él se hundía un poco más y ella gemía su nombre como una oración.
—Te siento tan profundo… —jadeó Renata, las uñas clavándosele en los hombros—. Joder, Marco… así. No pares. Quiero correrme contigo dentro otra vez. Quiero que me dejes llena y que me abraces hasta que el sol salga.
Él aceleró apenas, lo justo para que el roce del pubis le frotara el clítoris hinchado. La mano derecha bajó entre ellos y le rodeó el botón sensible con dos dedos, frotando en círculos lentos mientras la follaba. El placer se construyó distinto esta vez: no una explosión brutal, sino una marea que subía desde el bajo vientre, caliente, inevitable. Renata abrió más las piernas, los talones clavados en los muslos de él, y se dejó llevar. Cuando el orgasmo llegó fue largo, ondulado, un temblor que le empezó en el coño y le subió por la columna hasta la garganta. Se apretó alrededor de la polla de Marco en contracciones rítmicas y él se corrió con ella, gemidos bajos y rotos contra su cuello, bombeando otra vez dentro, caliente, abundante.
Se quedaron temblando, pegados, el sudor mezclándose en la piel. Marco no salió. Se quedó dentro, ablandándose poco a poco, y la abrazó con todo el cuerpo. Renata le acarició la espalda húmeda, los dedos dibujando círculos perezosos. El camarote olía a ellos. El mar seguía empujando el casco. A lo lejos se oía el chirrido de alguna puerta y el murmullo lejano de voces en el pasillo, pero aquí dentro no existía nada más.
—Cuando atracemos en Mallorca —murmuró Marco después de un rato, la voz ya espesa de sueño—, no nos separamos. Ni para coger un taxi. Compartimos habitación. Desayunamos juntos. Te presento a mi hermana por teléfono y le digo que por fin encontré a la única que me ha importado siempre. Y después… después vemos. Pero juntos.
Renata rió bajito, el pecho vibrándole contra el de él.
—Mi maleta tiene ropa de novia frustrada y crema solar. La tuya tiene camisas de congreso. Vamos a hacer el ridículo juntos y me parece perfecto.
Él sonrió contra su pelo. La mano le subió hasta la nuca otra vez, acariciando.
—Me da igual el ridículo. Me da igual todo lo que no seas tú. He pasado diez años fingiendo que estaba bien sin esto. Sin tu olor. Sin tu forma de mirarme como si me conocieras entero. Ya no finjo.
Ella levantó la cara y lo besó una vez más, lento, saboreando la promesa. Después se acomodó mejor, la cabeza en el hueco de su hombro, una pierna enredada con las suyas, el brazo cruzado sobre su pecho. El semen le seguía resbalando un poco, pero no le importó. El balanceo del ferry era ahora una nana. El cansancio dulce del sexo y de las lágrimas le pesaba en los párpados. Marco tiró un poco más de la sábana y la cubrió hasta los hombros. Su respiración se fue haciendo más lenta, más profunda, sincronizada con la de ella.
Renata pensó en el aeropuerto de hacía una década, en el casi-beso, en todas las mañanas en las que se despertaba con el fantasma de él entre las piernas. Pensó en la boda cancelada, en el vestido que nunca estrenó, en el alivio brutal de haber dicho que no. Y pensó en esta cama minúscula, en el camarote 214, en el olor a sal y a metal caliente y a segunda oportunidad. Esta noche no era un accidente. Era el verdadero inicio. El mar lo sabía. El motor del ferry lo sabía. Su cuerpo, todavía lleno de él, lo sabía con cada pulso.
Se durmieron entrelazados, la luna bajando poco a poco por la ventanilla, el barco avanzando hacia Mallorca y hacia todo lo que vendría después. No hicieron falta más palabras grandes. Solo el calor compartido, el vaivén constante y la certeza quieta de que por fin habían dejado de perderse.
Cuando el sueño ya los tenía casi vencidos, Renata abrió los ojos un último segundo y susurró contra la piel de Marco, la voz apenas un hilo:
—¿Me prometes que mañana, cuando atracquemos, me vas a follar otra vez contra la barandilla del ferry antes de que nadie nos vea?
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