Masaje Tentador en el Karaoke
Mientras cantábamos en el karaoke, Diego me masajeó, me folló duro delante de Carlos y lo dejó pajeándose como un cornudo excitado.
Aquella noche de karaoke no iba a ser como las demás. Carlos y yo habíamos reservado el reservado más amplio del local, con sofás de piel roja y luces tenues que temblaban al ritmo de la música. Mi marido pedía cervezas sin parar, nervioso como siempre cuando salíamos de la rutina. Yo llevaba un vestido negro ceñido que marcaba mis pechos y dejaba al aire mis muslos. Me llamo Camila, y aquella confesión empieza exactamente ahí, con el micrófono en mano y el coño ya húmedo sin razón aparente.
Diego entró como si el puto local le perteneciera. Alto, hombros anchos, sonrisa de depredador carismático y una voz grave que hizo que varias mujeres se giraran. Era el cantante invitado de la noche. Cuando se acercó a nuestro reservado para saludar, sus ojos marrones se clavaron en mí como si ya me hubiera desnudado. Carlos se puso rígido a mi lado.
—Buenas noches —dijo Diego, extendiendo la mano primero hacia mí—. Soy Diego. ¿Cantáis algo juntos o prefieres que te dedique una yo solo, guapa?
Carlos murmuró un «hola» seco. Yo sonreí y acepté. Diego se quedó. Cogió el micrófono y empezó con una balada lenta, pero las letras que escogió eran subidas de tono: hablaban de manos bajo la falda, de gemidos ahogados, de follar en secreto mientras el otro miraba. Me miraba fijamente cada estribillo. Carlos removía la pierna sin parar, la mandíbula apretada. Yo sentía cómo se me endurecían los pezones contra la tela del vestido. No quería ocultarlo. Dejé que mi respiración se acelerara a propósito, que mis labios se entreabrieran. La humillación de mi marido me excitaba tanto como la voz de Diego.
Después de la tercera canción, Diego dejó el micro y se acercó por detrás del sofá donde yo estaba sentada.
—Tienes los hombros hechos un nudo, Camila —dijo, usando mi nombre como si lo hubiera sabido siempre—. Déjame. Un masaje rápido. Aquí mismo. Carlos no se va a molestar, ¿verdad?
Carlos abrió la boca, pero no salió nada. Solo asintió con la cabeza, rojo hasta las orejas. Diego se sentó a mi espalda en el borde del sofá, sus muslos abiertos a ambos lados de los míos. Sus manos grandes bajaron primero a mis trapecios. Los pulgares hundieron la carne con precisión. Un gemido bajo se me escapó al instante. No fingí. No quise.
—Joder… —susurré.
Carlos nos miraba de reojo, las piernas cruzadas ahora, intentando disimular la erección que se le marcaba en el pantalón. Diego siguió amasando, bajando por la columna, subiendo otra vez hasta la base del cuello. Sus dedos rozaban la piel descubierta sobre el escote. Cada presión me hacía arquearme un poco más hacia delante. El calor me subía por el vientre. Notaba el roce de la braga contra el clítoris cada vez que me movía.
—Así… más fuerte —pedí en voz alta, sin mirar a Carlos.
Diego se inclinó y me habló al oído, la barba rozándome la mejilla:
—Tu marido te mira como si te estuviera perdiendo. ¿Te gusta que te vea así de mojada solo con mis manos?
Asentí. Mis muslos se abrieron solitos sobre el sofá. El vestido subió unos centímetros. Diego deslizó las palmas por mis brazos, luego volvió a los hombros y bajó despacio por el pecho, sin llegar aún a tocarme los pechos del todo, solo rozando el borde superior. Yo gemí otra vez, más claro. Carlos tragó saliva. Su mano derecha se cerró en un puño sobre su rodilla.
La química era un puto incendio. Diego conocía exactamente dónde apretar. Sus dedos expertos encontraron un punto bajo el omoplato que me hizo soltar un «ahhh» largo y tembloroso. Me giré un poco hacia él, suficiente para que nuestra respiración se mezclara.
—Carlos nunca me ha tocado así —le confesé en un susurro que solo él y mi marido podían oír—. Nunca me ha hecho sentir tan… deseada. Tan puta. Él me folla y ya está. Tú… joder, tú me estás abriendo solo con las manos.
Diego sonrió contra mi cuello. Sus labios rozaron la piel sensible justo debajo de la oreja. Besó despacio, abierto, dejando saliva caliente. Chupó un segundo la carne y yo eché la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más. Mis ojos buscaron los de Carlos. Estaban brillantes, humillados, pero la polla se le hinchaba visiblemente ahora, sin disimulo. Le miré con ojos suplicantes, labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápido.
—Por favor —le dije a mi marido en voz baja pero clara—. Déjalo. Quiero que siga. Quiero que me toque de verdad.
Carlos se pasó la lengua por los labios secos. El rubor le llegaba hasta el cuello. Miró hacia la puerta del reservado —estaba semi-cerrada, la música del exterior ensordeciendo cualquier ruido— y luego volvió a mí. Su mano derecha bajó y se apretó la erección por encima de la tela una sola vez, como si no pudiera evitarlo. Asintió. Una sola vez. Silencioso. Explícito. El permiso estaba dado.
Diego no esperó más confirmación. Su mano izquierda bajó por mi pecho y cubrió un pecho entero por encima del vestido, apretando el pezón duro entre dos dedos. La derecha siguió masajeando mi nuca mientras me besaba el cuello con más hambre, mordisqueando la piel. Yo gemí su nombre:
—Diego… joder, Diego…
Carlos se recostó en el otro extremo del sofá, las piernas abiertas, mirándonos. Su mano ya no se apartaba de su entrepierna. Se acariciaba despacio, avergonzado y caliente a la vez. Yo no apartaba la vista de él mientras Diego me manoseaba. Quería que viera cada expresión de placer en mi cara. Quería que sintiera lo cornudo que era y lo excitado que eso lo dejaba.
Las manos de Diego bajaron por fin bajo el escote. Sacó un pecho y se llevó el pezón a la boca sin importarle que estuviéramos en un puto karaoke. Chupó fuerte. Yo arqueé la espalda y abrí más las piernas. El vestido quedó subido hasta la cadera. Se veía la braga negra, ya empapada, pegada a los labios de mi coño. Diego metió dos dedos por el borde y los pasó despacio entre mis pliegues mojados.
—Estás chorreando, Camila —murmuró contra mi pecho—. Tu marido te está viendo empaparte por otro tío. ¿Se te pone más caliente el coño sabiendo que se la está pajeando?
—Sí… sí, me pone jodidamente cachonda —confesé sin vergüenza.
Carlos soltó un sonido ahogado. Se había bajado un poco la cremallera y se tocaba la polla por encima del calzoncillo, el glande ya marcando una mancha de precum. Sus ojos no se despegaban de los dedos de Diego que entraban y salían de mi coño con lentitud cruel, el pulgar frotándome el clítoris hinchado. Yo movía las caderas al ritmo, follándome esos dedos delante de mi marido.
Diego me besó la boca por primera vez. Lengua profunda, posesiva. Yo correspondí con hambre, chupándole los labios, gimiendo dentro de su boca. Cuando nos separamos, le hablé mirando todavía a Carlos:
—Quiero que me folles aquí. Quiero que me abras la polla grande y que él te mire mientras me corres dentro o donde te salga de los huevos. Quiero oírle jadear de vergüenza.
Diego sonrió y sacó los dedos. Los acercó a la boca de Carlos.
—Chupa lo que produce tu mujer cuando la toco yo.
Carlos dudó un segundo. Luego se inclinó y lamió los dedos brillantes, los ojos cerrados de humillación y lujuria. Diego se rio bajo y volvió a metérmelos dentro, más profundo esta vez, curvándolos contra ese punto que me hacía ver estrellas. Yo empecé a temblar. El orgasmo se acercaba rápido, demasiado rápido, y aún no habíamos llegado a lo gordo.
El reservado olía a sexo y a alcohol barato. Fuera seguían cantando canciones inocentes. Dentro, mi marido se pajeaba abiertamente ya, la polla fuera, gruesa y roja, mirando cómo Diego me abría las piernas del todo y se colocaba de rodillas entre ellas. Sus manos me sujetaron las caderas. Su boca bajó y lamió mi coño por encima de la braga primero, después la apartó con los dientes y me comió en serio: lengua plana, chupones en el clítoris, dos dedos metidos hasta el nudillo.
—Míralo, Carlos —jadeé—. Mírame mientras otro tío me chupa el coño mejor que tú nunca.
Carlos gimió y se corrió un poco en su propia mano, solo un chorrito anticipado, avergonzado. Diego levantó la cara, la boca brillante de mis fluidos, y me miró a los ojos.
—Esto no ha hecho más que empezar, Camila. Cuando te folle de verdad, quiero que grites mi nombre para que él no pueda olvidarlo nunca.
Me agarró de la nuca y me besó otra vez, dejándome saborear mi propio coño. Sus dedos seguían follándome. El orgasmo me golpeó de repente: contracciones fuertes, un grito ahogado contra su boca, los jugos chorreando por su mano y por el sofá. Carlos se masturbaba más rápido, hipnotizado, rojo, duro, cornudo y feliz de serlo.
Diego se incorporó, se desabrochó el pantalón con calma y sacó una polla gruesa, pesada, venosa, ya goteando. La frotó contra mis labios hinchados, untándola de mis restos. Yo abrí más las piernas y miré a mi marido.
—Ahora sí —susurré—. Ahora te voy a follar delante de él hasta que no pueda más.
Carlos asintió otra vez, la mano subiendo y bajando su polla con desesperación. Diego colocó la cabeza del glande en mi entrada y empujó solo la punta. Me estiré alrededor de él, sintiendo cómo me abría. El ardor dulce, la promesa de lo que venía. Todavía no había entrado del todo. Todavía nos quedaba toda la noche.
Diego empujó de una vez y su polla gruesa me abrió hasta el fondo. El sofá de piel crujió bajo nosotros mientras me clavaba en misionero, las rodillas abiertas a ambos lados de mis caderas, el peso de su cuerpo aplastándome contra el respaldo. Yo arqueé la espalda y gemí su nombre alto, claro, para que Carlos lo oyera desde el otro extremo:
—Diego… joder, Diego, me estás partiendo…
Él me desnudó del todo sin sacarla. Tiró del vestido hacia arriba, me lo pasó por la cabeza y lo lanzó al suelo. La braga ya estaba a un lado, hecha un hilo mojado. Mis pechos quedaron al aire, rebotando con cada embestida. Diego agarró uno, lo apretó fuerte y chupó el pezón mientras me follaba con fuerza, empujones secos, profundos, que me hacían subir por el sofá. Sentía cómo su glande rozaba ese punto blando dentro de mí una y otra vez. El coño me hacía ruidos obscenos, chapoteando alrededor de su verga gruesa.
Carlos se había levantado y ahora estaba en la esquina del reservado, la polla fuera, pajeándosela con la mano temblorosa. Sus ojos no se apartaban de nosotros. Yo lo miré fijo mientras Diego me embestía más duro.
—Mira cómo me la mete, Carlos —jadeé—. Mira cómo me abre. Es mucho más gruesa que la tuya… me llena toda.
Diego gruñó, agarró mis muslos y los empujó hacia mi pecho, abriéndome del todo. Empezó a martillarme sin piedad, el sonido de sus huevos contra mi culo llenando el reservado. Yo gritaba su nombre entre gemidos:
—Diego… Diego… así, más fuerte… fóllame como una puta delante de mi marido…
Él se inclinó, me mordió el cuello y me habló al oído mientras me daba tajos brutales:
—Tu cornudo te está viendo. Dile lo bien que te la meto.
—Me la metes de puta madre —grité mirando a Carlos—. Me estás follando mejor que él nunca. Mi coño es tuyo esta noche.
Carlos se corrió un chorrito anticipado otra vez, la cara roja de vergüenza, la mano subiendo y bajando más rápido. Diego me sacó de golpe, me dio la vuelta como si no pesara nada y me puso a cuatro patas en el sofá. Me agarró de las caderas, me abrió los labios del coño con los pulgares y volvió a entrar de un solo empujón, hasta los huevos. Empezó a darme por detrás con embestidas profundas y brutales, el sonido carne contra carne seco y húmedo a la vez. Cada embestida me hacía gemir y avanzar sobre los cojines.
—Mira a tu marido todo el tiempo —ordenó Diego, tirándome del pelo para obligarme a levantar la cara—. No cierres los ojos. Quiero que vea tu cara de puta mientras te reviento el coño.
Obedecí. Miré a Carlos fijamente. Él se masturbaba humillado en la esquina, la polla roja y goteando, la otra mano apretando sus propios huevos. Yo gemía el nombre de Diego una y otra vez, las tetas colgando y balanceándose con cada embestida.
—Diego… joder, Diego… más hondo… rómpeme…
Él me daba duro, sin piedad, la polla entrando y saliendo brillante de mis jugos. Me pegó una palmada en el culo que resonó y yo solté un grito de placer. Luego otra. Y otra. Me estaba marcando mientras me follaba como un animal. Sentía cómo me abría más, cómo mi coño se adaptaba a ese grosor, cómo el clítoris me latía cada vez que sus huevos me golpeaban.
—Suplícale mi leche —ordenó Diego, sin aflojar el ritmo—. Que te oiga.
—Dame tu leche, Diego —supliqué mirando a Carlos, la voz rota de gemidos—. Quiero que me corras dentro… lléname el coño… déjamelo chorreando para que mi marido lo vea… por favor, dame toda tu leche caliente…
Carlos gimió como un perro herido, pajeándose más rápido, la cara contraída de humillación y calentura. Diego aceleró, embestidas profundas y brutales que me sacudían toda. Me agarró del cuello por detrás, me obligó a mantener la mirada en mi marido y me folló hasta que el orgasmo me partió otra vez: contracciones violentas, el coño apretándole la verga a mil, jugos chorreando por mis muslos. Yo grité su nombre como una loca.
Diego gruñó posesivo, se clavó hasta el fondo y se corrió dentro de mí con un rugido bajo. Sentí los chorros calientes, espesos, llenándome, pulsando una y otra vez contra mi útero. Me lo metió todo, apretándome las caderas contra él para que no se perdiera ni una gota. Carlos se corrió en ese preciso momento, un chorro largo que salpicó el suelo de la esquina, gimiendo bajo mientras nos miraba.
Después del orgasmo, Diego me besó posesivamente, lengua profunda, saboreándome la boca mientras todavía estaba enterrado en mí. Sacó la polla despacio y se arrodilló detrás. Me abrió los labios del coño con los dedos y me limpió con su lengua: lamió su propia leche mezclada con mis jugos, chupó despacio, metió la lengua dentro para recolectar más. Yo temblaba a cuatro patas, el culo en alto, y le susurré:
—Quiero repetir pronto… quiero que me vuelvas a llenar… que me uses delante de él otra vez…
Carlos se acercó temblando, la polla aún semi-dura y sucia de su propio semen. Me dio un beso en la frente, la voz ronca:
—Nunca había estado tan excitado… joder, Camila… ver cómo te follaba… cómo le pedías la leche… me ha dejado destrozado de calentura. Esto… esto es nuestro juego ahora. Soy tu cornudo. Quiero verlo otra vez.
Me sonreí satisfecha entre los dos hombres, el semen de Diego todavía rezumando de mi coño abierto y rojo, goteando por el sofá mientras el gusto de su leche me llenaba la boca cuando él me besó otra vez.
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