Rebote Inesperado en la Cubierta Nocturna

En el crucero, Kiara le da su coño a Rafael mientras Sullivan se pajea y acaba limpiando la corrida.

32 min read September 03, 2026New

La brisa cálida del Caribe acariciaba la cubierta superior del crucero mientras las luces de la costa se diluían en la oscuridad. Sullivan, contador tímido de gafas finas y hombros encorvados, se aferraba a la barandilla como si el metal pudiera anclarlo. A su lado, Kiara, su esposa de veintiocho años, se movía con esa voluptuosidad que siempre lo dejaba sin aliento: caderas anchas, pechos pesados bajo el vestido corto de tirantes finos, el culo redondo marcándose cada vez que se inclinaba un poco más hacia el mar. El aire olía a sal y a promesa.

Rafael apareció como si el barco lo hubiera vomitado de sus entrañas. Marinero argentino de treinta y dos años, torso ancho bajo la camiseta blanca ceñida, brazos marcados por el trabajo, sonrisa de quien sabe exactamente el efecto que provoca. Se detuvo junto a ellos, apoyó los codos en la barandilla y miró directamente a Kiara.

—Buena noche para perderse un rato, ¿no? —dijo con acento porteño grueso, la mirada bajando sin disimulo al escote de ella.

Sullivan sintió el nudo en la garganta. Quiso hablar, pero solo asintió con la cabeza. Kiara, en cambio, le sostuvo la mirada a Rafael y sonrió, lenta, deliberada.

—Depende de con quién —respondió ella, y su voz ya tenía ese hilito ronco que Sullivan conocía demasiado bien.

Rafael se acercó un poco más. Su hombro rozó el de Kiara. Ella no se apartó. Al contrario: giró el cuerpo apenas, lo suficiente para que el pecho rozara el brazo del marinero. Sullivan observaba, el pene ya duro dentro del pantalón, el corazón latiéndole en las sienes. Nervioso. Excitado. Culpable de ambas cosas.

—Tu marido parece un poco tenso —murmuró Rafael, sin apartar los ojos de ella—. ¿O le gusta mirar?

Kiara rió bajito y se giró hacia Sullivan. Le tomó la mano y la apretó.

—Dale un respiro, amor. Solo estamos hablando.

Pero no era solo hablar. Rafael le pasó el dorso de los dedos por el antebrazo a Kiara, subiendo despacio hasta el hombro. Ella se estremeció y no apartó la mano. Sullivan tragó saliva. El calor le subía por el cuello. Quería decir basta y al mismo tiempo quería que siguieran.

Pasaron minutos así: risas bajas, miradas que se alargaban, el pecho de Kiara subiendo y bajando más rápido. Cuando Rafael se inclinó para “señalarle una estrella”, su pecho rozó el de ella y la mano le rozó la cadera. Kiara soltó un suspiro que no era de sorpresa.

Se apartó un segundo, se acercó a Sullivan y le habló al oído, tan bajo que solo él la oyó:

—Me está poniendo empapada, Sully. La idea de que me toque… joder, me excita una barbaridad. ¿Puedo…? ¿Quieres que lo deje?

Sullivan la miró. Los ojos de Kiara brillaban. Él asintió, la voz ronca:

—Sí. Hazlo. Quiero verlo. Por favor.

El consentimiento salió ansioso, casi desesperado. Kiara le besó la comisura de los labios y volvió con Rafael. Esta vez no hubo preámbulos. Se plantó contra la barandilla, de espaldas al mar, y atrajo al marinero por la nuca. La boca de Rafael bajó sobre la de ella con hambre. Lenguas, dientes, un gemido ahogado de Kiara que hizo que a Sullivan se le endureciera todavía más la verga.

Rafael le subió el vestido sin pedir más permiso. La tela se arremolinó en la cintura. Debajo, Kiara no llevaba bragas. Los dedos gruesos del argentino encontraron el coño ya mojado, los labios hinchados, el clítoris duro. La frotó despacio, metiendo un dedo, luego dos, sacándolos brillantes.

—Estás chorreando, preciosa —gruñó Rafael.

Sullivan se había quedado a unos metros, medio oculto por una columna y una tumbona. Se bajó la cremallera con dedos torpes y sacó la polla. Se pajeó en silencio, mirando cómo aquellos dedos ajenos entraban y salían del coño de su mujer, cómo Kiara abría más las piernas y empujaba las caderas hacia adelante.

—Más fuerte —pidió ella contra la boca de Rafael—. Quiero que mi marido te vea tocarlo bien.

Rafael obedeció. Le metió tres dedos y le masajeó el clítoris con el pulgar. Kiara gimió alto. Sullivan se corría el prepucio arriba y abajo, el glande ya goteando.

No aguantaron mucho más la espera. Kiara se despegó de la barandilla, se arrodilló en la cubierta de madera y abrió la cremallera del pantalón de Rafael con ambas manos. La verga del marinero saltó gruesa, venosa, ya dura del todo. Kiara la miró un segundo, luego miró a Sullivan.

—Mírame —le ordenó suavemente—. Mírame chupársela.

Y se la metió entera hasta la garganta. Babas, sonidos obscenos, las manos de Rafael en el pelo de Kiara guiándola. Sullivan se pajeaba más rápido, las piernas temblándole. Cada vez que Kiara se retiraba, un hilo de saliva unía sus labios a la cabeza morada de aquella polla.

—Joder, qué puta más buena tienes —dijo Rafael, mirando a Sullivan—. ¿Te gusta ver cómo se la come tu mujer?

Sullivan solo pudo asentir, rojo hasta las orejas.

Kiara se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se inclinó sobre una tumbona cercana, de espaldas, el culo en alto, el vestido aún subido. Separó las nalgas con las manos.

—Fóllame. Ahora. Quiero que me la metas entera mientras él mira.

Rafael no se hizo de rogar. Se colocó detrás, le apoyó la verga entre los labios del coño y empujó de un solo tajo. Kiara gritó, un gemido largo y roto. El marinero la agarró de las caderas y empezó a embestir con fuerza, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la cubierta nocturna. Cada embestida hacía temblar los pechos de Kiara. Ella gemía sin cuidarse, alto, diciendo “más”, “más duro”, “rómpeme el coño”.

—Sullivan… ven —jadeó ella entre embestidas—. Ven y lámame el clítoris mientras me la mete.

Él se acercó como hipnotizado, se arrodilló delante de la tumbona y metió la cara bajo el vientre de su esposa. La lengua encontró el clítoris hinchado. Probó su propio sabor mezclado con el de ella mientras la verga gruesa de Rafael entraba y salía a centímetros de su nariz. El olor a sexo, a sal, a hombre ajeno. Sullivan lamió con desesperación, la polla aún en la mano, masturbándose contra el aire.

Rafael aceleró. Las embestidas se volvieron salvajes, profundas. Kiara gritó el nombre de nadie, solo sonidos rotos. El argentino se clavó hasta el fondo, se tensó y se corrió dentro con un gruñido largo. Sullivan sintió las contracciones del coño de su mujer alrededor de aquella polla ajena, sintió el calor de la corrida abundante que empezaba a salir por los bordes.

Rafael se retiró despacio. Un hilo espeso de semen blanco bajó por el muslo interno de Kiara.

Ella, todavía temblando, miró a su marido por encima del hombro.

—Límpiamelo. Con la lengua. Toda la corrida. Quiero sentirte tragártela.

Sullivan dudó un segundo —solo un segundo— y después se lanzó. La lengua plana lamió el coño abierto, recogiendo el semen caliente y salado de Rafael, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua dentro para sacar más. Kiara gimió de nuevo, esta vez más suave, y le acarició el pelo.

—Así… buen chico. Trágatelo todo. Eres mío y te encanta esto, ¿verdad?

Él solo pudo murmurar un “sí” contra su coño mientras terminaba de limpiar cada gota.

Cuando al fin se separó, la boca brillante, Kiara se giró, lo atrajo hacia arriba y lo besó con violencia. Le pasó la lengua por los labios, compartiendo el sabor que aún quedaba. El beso era poseído, dueño.

—Nunca te había visto tan duro, tan… entregado —le susurró contra la boca—. Vamos a repetirlo. Esta noche fue solo el comienzo.

Rafael se subió el pantalón, se pasó la mano por el pelo y sonrió, satisfecho, casi perezoso.

—Si me necesitan otra noche… ya saben dónde encontrarme. Cubierta de tripulación, turno de madrugada.

Se alejó silbando bajito, la espalda ancha desapareciendo entre las sombras de las cubiertas inferiores.

Kiara se acomodó el vestido, tomó la mano de Sullivan —aún temblorosa, aún con restos de semen en los dedos— y lo atrajo hacia el pasillo que bajaba a los camarotes. Caminaban abrazados, el cuerpo de ella pegado al de él, la respiración aún agitada.

Sullivan sentía el rostro ardiendo de humillación y la polla otra vez dura contra el muslo. Cada paso le recordaba el sabor ajeno en la lengua, el sonido de las embestidas, la voz de su mujer mandándolo a lamer. Estaba cachondo hasta el dolor. Entregado. Y sabía, con una claridad aterradora y dulce a la vez, que en las noches que quedaban de crucero aquello no iba a bastar. Kiara ya le acariciaba la nuca con esa sonrisa peligrosa, y el barco seguía avanzando hacia aguas más profundas, hacia noches más largas, hacia lo que todavía no se habían atrevido a pedir en voz alta.

La puerta del camarote se cerró detrás de ellos con un clic suave. Apenas entraron, Kiara empujó a Sullivan contra la pared y le bajó el pantalón de un tirón. Su polla saltó otra vez dura, brillante de líquido pre, y ella la agarró con fuerza, apretándola hasta que él soltó un gemido ahogado.

—Mírate —susurró contra su oreja, la voz todavía ronca del follón en cubierta—. Acabas de lamerle la corrida a un desconocido del coño de tu mujer y ya estás otra vez como una piedra. Qué mariconcito más patético eres, Sully. Y qué rico.

Sullivan tragar saliva. El sabor salado de Rafael aún le llenaba la boca. Intentó hablar, pero Kiara le metió dos dedos pastosos —los mismos que había metido en su propio coño antes de salir del pasillo— y se los empujó entre los labios.

—Chúpalos. Quiero que sepas de qué sabes ahora.

Él obedeció, la lengua rodeando los dedos de ella mientras ella le masturbaba despacio, el pulgar pasando una y otra vez por el glande sensible. Kiara se rio bajito, se quitó el vestido de un solo movimiento y se quedó desnuda delante de él: pechos pesados, pezones duros, el coño hinchado y todavía abierto, un hilo blanco de semen que no se había limpiado del todo brillando entre los labios.

—Siéntate en la cama —ordenó.

Sullivan se sentó. Ella se subió a horcajadas sobre sus muslos, pero no se lo metió. En cambio, se frotó el coño abierto contra el pecho de él, dejando rastros brillantes de jugos y resto de corrida en su camisa. Después se giró, le ofreció el culo y se inclinó hacia adelante hasta que su cara quedó a centímetros de la verga de su marido.

—Pajeátela mientras yo te hablo —dijo—. Y no te corras hasta que yo diga.

Sullivan empezó a bombearse la polla con la mano temblorosa. Kiara se miraba en el espejo del camarote, las piernas abiertas, y se metía los dedos con lentitud obscena.

—¿Sabes lo que sentí cuando me la clavó hasta el fondo? —empezó, la voz pastosa—. Su verga era más gruesa que la tuya, Sully. Me abría de una forma que tú no puedes. Cada embestida me llegaba al útero. Y tú ahí arrodillado, lamiéndome el clítoris como un perrito bueno mientras otro hombre me llenaba. Joder… me corrí tan fuerte que casi me desmayo.

Sullivan gimió. La mano se movía más rápido. Ella se giró hacia él, le apartó la mano y le escupió en la polla para lubricarla mejor.

—Más despacio. Quiero que aguantes. Porque esta noche no ha terminado.

Sacó el móvil del bolsillo del vestido tirado en el suelo. Tecleó algo rápido. Sullivan la miró, el corazón martilleándole.

—Le he mandado un mensaje —explicó ella con una sonrisa de puta—. Le dije que mi marido se ha tragado toda su leche y que todavía tengo el coño abierto. Que si quiere venir a usarme otra vez antes de que amanezca.

El móvil vibró casi de inmediato. Kiara leyó en voz alta, deliberada:

—«Estoy en el pasillo de servicio. Abre».

Sullivan sintió que se le caía el estómago y al mismo tiempo se le ponía todavía más dura. Kiara se levantó, se puso solo el albornoz corto del barco —sin nada debajo— y abrió la puerta. Rafael entró como si fuera su derecho, todavía con la camiseta blanca ceñida y el olor a sal y diesel en la piel. Miró a Sullivan, desnudo de cintura para abajo, la polla en la mano, y sonrió con esa superioridad tranquila de quien sabe exactamente su lugar.

—Vaya, el cornudo ya está calentito otra vez —dijo el argentino, cerrando la puerta con el pie—. Qué bien educado lo tienes, Kiara.

Ella se dejó caer de rodillas delante de Rafael sin más preámbulos y le bajó la bragueta. La verga del marinero salió semi dura, todavía manchada de los jugos de ella de antes. Kiara la lamió de base a glande, limpia, y después se la metió entera hasta que le golpeó la garganta.

—Ven aquí, Sully —ordenó ella, sacándola solo lo suficiente para hablar—. Agárrale las pelotas mientras te la chupo. Y míralo bien. Quiero que veas cómo se me hincha la cara.

Sullivan se acercó a gatas. Con una mano le sostuvo el escroto pesado a Rafael; con la otra se seguía tocando. El olor a sexo anterior, a sudor de hombre, a semen seco, le subía directo a la cabeza. Rafael le puso una mano en el pelo a Kiara y empezó a follarle la boca con embestidas cortas y profundas. Babas caían al suelo del camarote. Cada vez que ella se atragantaba, soltaba un gorgoteo húmedo que hacía que a Sullivan se le cerrara la garganta de excitación y vergüenza.

—Basta —dijo Rafael de pronto, sacándosela de la boca con un hilo de saliva—. Quiero follártela de nuevo, pero esta vez con él debajo.

Kiara se subió a la cama a cuatro patas. Señaló a Sullivan.

—Tú, tumbado. Cara arriba. Yo me siento en tu cara y él me la mete por detrás. Y tú me comes el clítoris y me bebes todo lo que se salga. ¿Entendido?

Sullivan se recostó. Kiara se le montó a horcajadas sobre la boca, el coño todavía resbaladizo y abierto bajándole directo a la lengua. Rafael se colocó detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y empujó de un solo golpe. El grito de Kiara se ahogó contra la almohada. Sullivan sintió cómo la verga gruesa del otro hombre distendía a su mujer justo encima de su nariz; sintió el movimiento de vaivén, el calor, el líquido que empezaba a gotearle en la lengua. Lamió desesperado, el clítoris hinchado, los labios estirados alrededor de aquella polla ajena. Cada embestida de Rafael le empujaba la cara de Kiara contra su boca.

—Joder, qué estrecha se pone cuando te tiene debajo —gruñó el marinero, acelerando—. Se le contrae el coño cada vez que te oye gemir contra ella. Eres un buen condón humano, tío.

Kiara se reía entre gemidos, las tetas colgando y golpeándole el pecho a Sullivan con cada embestida.

—Más duro, Rafa. Quiero que me dejes coja. Quiero que mi marido sienta cómo me la destrozas.

Rafael le agarró el pelo a Kiara, la arqueó hacia atrás y se la folló como a una puta de puerto: profundo, brutal, el sonido de carne contra carne llenando el camarote pequeño. Sullivan se masturbaba a ciegas, la mano resbaladiza, la lengua trabajando sin parar. Cuando Rafael se tensó y se corrió otra vez dentro, el semen caliente brotó alrededor de la base de su verga y le cayó directo a la boca a Sullivan. Kiara se lo ordenó con la voz rota:

—Trágatelo. Todo. No dejes ni una gota.

Él tragó. El sabor era más espeso esta vez, más amargo. Rafael se retiró despacio y le dio una palmada en el culo a Kiara.

—Ahora tú —le dijo a Sullivan—. Métetela. Quiero ver cómo follas el coño que yo acabo de llenar.

Kiara se bajó de su cara, se tumbió de espaldas y abrió las piernas. El coño le chorreaba blanco. Sullivan se subió encima, temblando, y se la metió de un empujón. Estaba tan resbaladiza, tan usada, que entró sin resistencia. El semen de Rafael le hacía de lubricante. Cada embestida sacaba más líquido blanco que le goteaba a los huevos.

—Así… usa lo que te dejó —susurró Kiara, mirándolo a los ojos—. Siente lo blanda que me has dejado. Porque no eres tú el que me abre, Sully. Eres el que limpia y el que cierra el turno.

Se corrió rápido, demasiado rápido, con un gemido patético mientras ella se reía y le acariciaba la cara. Cuando se salió, un hilo de su propia corrida mezclada con la de Rafael le colgaba del glande. Kiara se lo recogió con el dedo y se lo metió en la boca a él otra vez.

Rafael se estaba abrochando el pantalón ya. Miró el reloj.

—Mañana turno de noche otra vez. Si quieres, tráelo a la sala de máquinas a las tres. Hay un rincón oscuro detrás de las turbinas. Nadie pasa. Y esta vez quiero que me la chupe él también mientras te follo. A ver si aprendemos a compartir de verdad.

Kiara asintió, todavía con las piernas abiertas, el coño goteando sobre las sábanas.

—Estaremos. Y vendrá de rodillas si hace falta.

Rafael le dio un beso largo y sucio, le pellizcó un pezón y salió silbando. La puerta se cerró. Kiara se giró hacia Sullivan, le limpió la boca con el pulgar y le habló muy bajito, casi cariñosa:

—Mañana va a ser peor, amor. Mucho peor. Vas a tener su polla en la garganta mientras él me destroza el culo. Y vas a darme las gracias después. ¿Verdad que sí?

Sullivan solo pudo asentir, la polla otra vez a medio camino, el pecho ardiéndole de humillación dulce. Fuera, el barco seguía cortando el agua negra del Caribe, y las horas hasta la madrugada se le antojaron eternas y demasiado cortas al mismo tiempo.

La mañana siguiente el sol del Caribe entraba a sablazos por la ventanilla del camarote. Sullivan despertó con la polla pegada al muso y el sabor residual de semen ajeno todavía en la lengua. Kiara ya estaba despierta, desnuda, sentada a horcajadas sobre sus caderas, frotándose despacio el coño hinchado contra el vientre de él. Los labios hinchados dejaban un rastro brillante de fluidos secos y frescos.

—Buenos días, cornudo —susurró ella, agarrándole la verga y dándole dos milanesas lentas—. Toda la noche soñé con lo de las tres. Con tu boca llena de su polla mientras me abre el culo. ¿Tú también?

Sullivan asintió, la voz ronca de sueño y vergüenza. Ella se rió y se bajó de la cama. Se puso un bikini mínimo, el de las tiras que apenas cubrían los pezones, y le tiró a él la ropa de playe.

—Vamos a desayunar. Quiero que te sientes con la polla dura todo el día. Y si se te baja, me avisas y te la chupo un poco en el baño para que vuelva.

En la cubierta de piscina Kiara se movía como si el barco entero le perteneciera. Se estiraba en la tumbona, abría las piernas de más, dejaba que el sol le marcara el contorno de los labios del coño a través de la tela mojada. Sullivan, a su lado, intentaba leer un libro y no podía. Cada vez que alguien pasaba ella le rozaba el muslo a su marido y le decía bajito:

—Ese marinero de ahí tiene brazos como los de Rafael. Imagínate que me lo folle también mientras tú limpias. ¿Se te pone más dura solo de pensarlo?

Se la ponía. La polla le marcaba el bañador de forma obscena. Kiara se lo notó, se inclinó y le metió la mano por debajo de la toalla, apretándole los huevos con fuerza.

—No te corras. Hoy no te corres hasta que él te lo diga. Eres mío y de quien yo quiera.

A media tarde, mientras tomaban copas en el bar de popa, Kiara sacó el móvil otra vez. Tecleó y se lo enseñó a Sullivan: una foto de su propio coño abierta con dos dedos, el mensaje ya enviado a Rafael. «A las tres en la sala de máquinas. Trae lubricante. Hoy le das el culo a mi marido primero y después me lo destrozas a mí. Él te la chupa mientras».

El corazón de Sullivan se le subió a la garganta. Ella le pellizcó el pezón a través de la camiseta.

—Vas a hacerlo. Vas a abrirle las nalgas y vas a dejar que te use. Y después me vas a dar las gracias por dejarte ser tan puta.

Las horas se arrastraron. A las dos y media Kiara se puso solo un vestido corto sin nada debajo y le puso a Sullivan un collar de cuero fino que había comprado en la tienda del barco, la correa colgando. Lo miró a los ojos mientras se lo abrochaba.

—Camina delante de mí. De rodillas cuando yo diga. Eres mi perra y la de él.

Bajaron por escaleras de servicio hasta el zumbido constante de las máquinas. El aire olía a aceite caliente, a metal y a sudor de hombre. Rafael los esperaba detrás de las turbinas grandes, camiseta blanca ya manchada, pantalón abierto, la verga gruesa colgando semi-dura. Sonrió al ver el collar.

—Mira qué bien lo traes amaestrado. Acércate, cornudo.

Sullivan se acercó. Rafael le agarró del pelo y le empujó la cara contra su entrepierna.

—Lame. Lame mis huevos primero. Quiero que huelas lo que le vas a meter a tu mujer.

Sullivan sacó la lengua. El sabor era salado, amargo, a mar y a trabajo duro. Lamió despacio, chupó cada testículo mientras Kiara se quitaba el vestido y se arrodillaba al lado, abriéndose el coño con los dedos para que Rafael mirara.

—Mírala —gruñó el argentino—. Esa puta está chorreando solo de verte de rodillas. Ahora ábrete el culo tú.

Kiara le pasó el lubricante. Sullivan, temblando, se lo aplicó entre las nalgas y se inclinó hacia adelante, las manos en una tubería caliente. Rafael le escupió en el culo y le apoyó la cabeza de la polla contra el agujero apretado.

—Respira. Y no te quejes o te la meto de un golpe.

Empujó. Sullivan soltó un gemido largo, ahogado, mientras la verga gruesa lo abría centímetro a centímetro. El ardor era intenso, la humillación peor. Rafael no esperó: empezó a embestir con calma brutal, agarrándole las caderas, follándole el culo como si fuera un juguete. Cada embestida le sacaba el aire. Kiara se puso delante, le abrió la boca y le metió los dedos pastosos.

—Chupa. Prueba lo mojada que me tienes. Eres un buen agujero, Sully. Tan apretado y tan entregado.

Rafael aceleró. El sonido de carne contra carne se mezclaba con el ruido de las máquinas. Sullivan se masturbaba a ciegas, la polla goteando sin control. Cuando el argentino se tensó y se corrió profundo en su culo, el calor lo inundó. Rafael se retiró despacio y le dio una palmada fuerte en una nalga.

—Ahora limpia. Con la lengua. Como limpia el coño de tu mujer.

Sullivan se giró, todavía de rodillas, y lamió su propio culo abierto, recogiendo el semen espeso que le salía. El sabor lo mareó de excitación. Kiara lo miraba con los ojos brillantes, frotándose el clítoris.

—Mi turno —dijo ella, poniéndose a cuatro patas sobre una caja de herramientas—. Métela en mi culo, Rafa. Quiero que me dejes igual de abierta que a él. Y tú, Sully, ponte debajo y chúpame el coño mientras me la clava.

Rafael se colocó detrás de Kiara, le separó las nalgas y empujó de un solo tajo. Ella gritó, el grito se perdió entre el ruido industrial. Sullivan se deslizó debajo, la cara justo bajo el coño y el culo de su mujer. La verga de Rafael entraba y salía a centímetros de su nariz; el olor a sexo, a lubricante, a hombre lo emborrachaba. Lamió el clítoris hinchado, chupó los labios, bebió los jugos que goteaban. Cada embestida profunda le empujaba la cara de Kiara contra su boca.

—Más duro —jadeaba ella—. Rómpeme el culo. Quiero que mi marido sienta cómo me destrozas.

Rafael le agarró el pelo, la arqueó y se la folló salvaje. Sullivan se tocaba sin parar, al borde. Cuando el marinero se corrió otra vez, el semen le brotó alrededor de la base y le cayó directo a la lengua a Sullivan. Kiara se lo ordenó:

—Traga. Todo. Y después méteme la tuya en el coño. Quiero sentir las dos corridas dentro.

Sullivan se subió, temblando, y se la metió de un empujón. Estaba resbaladiza, usada, abierta. Se corrió en segundos, un gemido patético mientras ella se reía y le apretaba el cuello con la correa.

Rafael ya se abrochaba, sonriendo.

—Mañana traigo a un compañero. El de mantenimiento. Quiere probar ese culo de cornudo y follarte a ti al mismo tiempo. ¿Vienes?

Kiara, todavía con las piernas abiertas y el culo goteando blanco, miró a Sullivan y le acarició la cara sucia.

—Vendremos. Y esta vez le vas a chupar la polla a los dos mientras me turnan. ¿Verdad que sí, amor?

Sullivan asintió, la polla otra vez a medio camino, el culo ardiéndole, el pecho lleno de esa humillación dulce que ya no sabía dónde terminaba el dolor y empezaba el vicio. El zumbido de las turbinas seguía, el barco avanzaba, y las noches que quedaban se abrían delante de ellos como un agujero negro dispuesto a tragarlos enteros.

El zumbido de las turbinas aún les vibraba en los huesos cuando subieron las escaleras de servicio. Sullivan caminaba torpe, el culo ardiéndole con cada paso, el collar de cuero rozándole el cuello sudado. Kiara lo llevaba de la correa con una mano y se metía dos dedos en el coño con la otra, saboreándose después con lentitud, como si el sabor de las dos corridas mezcladas fuera el mejor postre del barco.

—Mañana va a ser más sucio —le susurró al oído en el pasillo del camarote—. Vas a tener dos vergas en la boca y yo voy a chorrear sobre tu cara mientras te abren el culo otra vez. ¿Se te pone dura solo de imaginarlo, maricón?

Se le ponía. La polla le latía contra el muslo, ya semi dura otra vez a pesar del ardor. Entraron al camarote. Kiara lo empujó de rodillas al suelo y se sentó en la cama, abriendo las piernas. El coño y el culo le goteaban blanco sobre las sábanas.

—Limpia lo que queda. Con la lengua. Despacio. Quiero que te duerma el sabor de él en la garganta.

Sullivan se arrastró entre sus muslos. La lengua plana recogió el semen espeso que le salía del agujero abierto, chupó los labios hinchados, metió la punta dentro del culo de ella para sacar más. Kiara le apretó la cara contra su entrepierna y gimió bajo, frotándose el clítoris contra su nariz.

—Así… buen perrito. Traga. Mañana te van a llenar a ti también y vas a limpiarlo igual.

Esa noche no lo dejaron dormir del todo. Cada dos horas ella lo despertaba, le escupía en la polla, lo pajeba hasta el borde y lo paraba con un pellizco en los huevos.

—No te corras. Guardas la leche para cuando ellos digan.

Al día siguiente el sol del Caribe entraba otra vez a sablazos. Kiara lo vistió con pantalones cortos holgados y una camiseta fina que marcaba los pezones. El collar seguía puesto. Bajaron a desayunar y ella lo obligó a sentarse con las piernas abiertas, la polla dura y visible bajo la tela. Cada vez que un camarero pasaba, ella le rozaba el muslo a Sullivan y le decía bajito:

—Míralo. Ese también podría follarme mientras tú le chupas los huevos. ¿Quieres?

A media tarde el mensaje llegó. Kiara se lo enseñó en la terraza de popa, la brisa moviéndole el vestido corto:

«Sala de máquinas, 3:15. Traigo a Marcos. Quiere el culo del cornudo y tu coño al mismo tiempo. Lubricante y correa. No faltes.»

Sullivan sintió que se le hundía el estómago y al mismo tiempo se le endurecía hasta doler. Kiara le metió la mano bajo la mesa, le apretó la verga con fuerza y le susurró:

—Vas a abrirle las nalgas a Marcos primero. Vas a decirle “por favor, fóllame el culo, señor” mientras yo le chupo la polla a Rafael. Y después los dos me van a turnar. Tú debajo, tragando lo que se salga. ¿Entendido?

Él asintió, la voz rota. Ella le besó la comisura de los labios con ternura falsa y tiró de la correa.

Bajaron otra vez por las escaleras de servicio. El aire caliente a aceite y metal los envolvió. Detrás de las turbinas grandes estaban los dos. Rafael, camiseta blanca manchada, sonrisa de dueño. Al lado, Marcos: más alto, más ancho, brazos tatuados de anclas y cuerdas, barba corta, la bragueta ya abierta y la polla gruesa colgando semi dura, más oscura, venas marcadas. Olia a sudor de taller y a tabaco barato.

—Mira qué bien traes al maricón —dijo Marcos con voz grave, mirando el collar—. Acércate, cornudo. Quiero ver esa cara de puta antes de metértela.

Sullivan se acercó temblando. Kiara lo empujó de rodillas. Marcos le agarró del pelo y le aplastó la cara contra su entrepierna.

—Lame. Huevos primero. Bien limpios. Quiero que huelas lo que te voy a meter hasta el fondo.

La lengua de Sullivan salió. El sabor era más fuerte, más amargo, a hombre que trabaja con las manos. Chupó cada testículo, los lamió despacio mientras Rafael se bajaba el pantalón y Kiara se arrodillaba a su lado para chupársela. El sonido de su esposa atragantándose con la verga de Rafael llenaba el rincón oscuro.

—Ahora ábrete —ordenó Marcos.

Kiara le pasó el tubo de lubricante. Sullivan, de rodillas, se lo aplicó entre las nalgas con dedos torpes, el culo todavía sensible de la noche anterior. Se inclinó hacia adelante, manos en una tubería caliente, y separó las nalgas él mismo. Marcos le escupió dos veces en el agujero y le apoyó la cabeza morada contra el esfínter.

—Pide. En voz alta.

—Por favor… fóllame el culo, señor —balbuceó Sullivan, la cara ardiendo.

Marcos empujó. Entró de un solo tajo brutal. Sullivan gritó, un sonido ahogado y roto que se perdió entre el ruido de las máquinas. La verga era más gruesa que la de Rafael, lo abría hasta el límite, el ardor blanco le subía por la espalda. Marcos no esperó: empezó a embestir con fuerza de obrero, agarrándole las caderas, follándole el culo como si fuera un agujero de carne sin nombre. Cada embestida le sacaba el aire, le hacía llorar los ojos.

Kiara se puso delante, le abrió la boca a su marido y le metió los dedos empapados de su propio coño.

—Chupa. Prueba lo mojada que me tienes viéndote así. Eres un buen culo, Sully. Tan apretado y tan puta.

Rafael se colocó al lado, le ofreció la verga a Sullivan.

—Chúpamela mientras te la meten. Aprende a compartir.

Sullivan abrió la boca. La polla de Rafael le golpeó la garganta al mismo tiempo que Marcos le destrozaba el culo. Babas, gorgoteos, el olor a tres hombres y a sexo industrial. Kiara se reía, frotándose el clítoris, los pechos colgando fuera del vestido.

—Más duro, Marcos. Quiero que lo dejes flojo para que después me lo metas a mí.

Marcos aceleró. El sonido de carne contra carne era obsceno, húmedo, brutal. Sullivan se masturbaba a ciegas, la polla goteando sin control sobre el suelo grasiento. Cuando el de mantenimiento se tensó y se corrió profundo, el calor espeso lo inundó otra vez. Marcos se retiró despacio y le dio una palmada fuerte en la nalga marcada.

—Limpia. Con la lengua. Ahora.

Sullivan se giró, todavía de rodillas, y lamió su propio culo abierto. El semen salado y espeso le bajaba por los muslos; lo recogió todo, lo tragó, el sabor lo mareó de humillación dulce. Kiara lo miraba con los ojos brillantes, el coño chorreando.

—Mi turno —dijo ella, poniéndose a cuatro patas sobre una caja de herramientas oxidadas—. Uno en el coño, otro en la boca. Y tú, Sully, debajo. Come lo que se salga.

Rafael se colocó detrás de Kiara y le clavó la verga en el coño de un solo empujón. Ella gritó, el grito se perdió en el zumbido. Marcos le agarró el pelo y le metió la polla todavía manchada de culo en la boca. Sullivan se deslizó debajo, la cara justo bajo el coño y el culo de su mujer. Vio la verga de Rafael entrar y salir a centímetros de su nariz, vio cómo los labios hinchados se estiraban alrededor de aquella carne gruesa, cómo el lubricante y los jugos le goteaban directo a la lengua. Lamió el clítoris hinchado, chupó, bebió. Cada embestida le empujaba la cara de Kiara contra su boca.

—Joder, qué puta más buena —gruñó Rafael, acelerando—. Se le contrae cada vez que el cornudo gime debajo.

Kiara se atragantaba con la polla de Marcos, babas cayéndole por la barbilla hasta la cara de Sullivan. Los dos marineros se turnaron. Marcos le metió la verga en el culo a Kiara mientras Rafael se la follaba la boca. Sullivan debajo, lamiendo, tragando, la propia polla a punto de explotar. Cuando Marcos se corrió otra vez en el culo de ella, el semen le brotó alrededor de la base y le cayó directo a la lengua a Sullivan. Kiara, con la voz rota y la boca llena, ordenó:

—Traga. Todo. Y después métete en mi coño. Quiero las tres corridas dentro.

Sullivan se subió temblando. El coño de su mujer estaba destruido, resbaladizo, abierto, lleno de semen ajeno. Entró sin resistencia. Se corrió en tres embestidas patéticas, un gemido ahogado mientras ella se reía y le tiraba de la correa.

Los dos marineros ya se abrochaban los pantalones, sonriendo, el pecho subiendo y bajando.

—Mañana noche de fiesta en el camarote de tripulación —dijo Rafael, pasándose la mano por el pelo sudado—. Hay tres más que quieren probar. El cornudo de rodillas toda la noche, limpiando y chupando. Y a ti, Kiara, te vamos a turnar hasta que no puedas caminar. ¿Vienes?

Kiara, todavía con las piernas abiertas, el culo y el coño goteando blanco sobre la caja, miró a Sullivan. Le acarició la cara sucia de semen y babas, le limpió la boca con el pulgar y le habló muy bajito, casi cariñosa, pero con esa sonrisa peligrosa que él ya conocía demasiado bien:

—Vendremos. Y esta vez le vas a chupar la polla a los cinco mientras me abren todos los agujeros. Vas a darme las gracias de rodillas después de cada corrida. ¿Verdad que sí, amor?

Sullivan solo pudo asentir, la polla otra vez a medio camino, el culo ardiéndole, la garganta llena del sabor de dos hombres, el pecho hinchado de esa humillación dulce y adictiva que ya no sabía dónde terminaba el dolor y empezaba la necesidad. El zumbido de las turbinas seguía constante, el barco cortaba el agua negra del Caribe, y las horas hasta la noche siguiente se le antojaron un abismo abierto, listo para tragarlos más hondo todavía.

El zumbido de las máquinas ya era solo un eco lejano cuando Kiara tiró de la correa y empujó a Sullivan por el pasillo estrecho de la tripulación. El collar le rozaba la garganta sudada; él caminaba descalzo, pantalones cortos bajados hasta los muslos, la polla dura y rebotando con cada paso. Detrás de la puerta de metal marcado con “Solo personal” olía a cerveza barata, a aceite de motor y a cuerpos que llevaban horas follando. Rafael abrió. Detrás de él, el camarote de tripulación era un cubículo sudoroso con literas desordenadas, una mesa llena de botellas y cinco vergas ya semiduras.

Marcos estaba sentado en una silla grasienta, pajeándose despacio. A su lado, dos marineros más jóvenes —uno moreno de pecho liso y cicatriz en el hombro, el otro rubio quemado de sol— se pasaban un porro. El quinto era un mecánico calvo de brazos como cables, la bragueta abierta y la polla gruesa ya brillante de saliva de no se sabía quién. Rafael sonrió al ver el collar.

—Míralo. Viene hecho puta de fábrica. Kiara, súbelo a la mesa. Quiero que nos la chupe a todos antes de que te abramos.

Kiara no dudó. Empujó a Sullivan de rodillas sobre la mesa de metal fría. Él temblaba, el culo aún sensible de la tarde anterior, el sabor de semen ajeno todavía pegado a la lengua. Rafael le agarró del pelo y le metió la verga de un golpe hasta la garganta. Sullivan se atragantó; babas le cayeron por la barbilla mientras el argentino le follaba la boca con embestidas cortas y brutales. Marcos se acercó por el otro lado, le abrió la mandíbula con los dedos y le empujó los huevos contra la lengua.

—Lame bien, cornudo. Esta noche no te vas a levantar hasta que hayamos acabado todos dentro de tu mujer y dentro de ti.

Kiara se desnudó del todo. El vestido corto cayó al suelo grasiento. Se subió a horcajadas sobre la cara de Sullivan, el coño ya chorreando, y se frotó los labios hinchados contra su nariz mientras los cinco hombres formaban círculo. Rafael le sacó la polla de la boca a Sullivan solo para que el rubio se la metiera. Luego el moreno. Luego el calvo. Cada verga tenía un sabor distinto: sal, tabaco, jabón industrial, el amargor metálico del que se había corrido hace poco. Sullivan chupaba, gorgoteaba, la lengua trabajando sin descanso mientras Kiara se reía arriba y se metía tres dedos en el culo delante de todos.

—Mirad cómo se le pone la polla —dijo ella, apretándole los huevos a su marido con el pie—. Está a punto de corrérsela solo de teneros en la garganta. No lo dejes, Rafa. Quiero que aguante hasta el final.

Rafael le dio la vuelta a Sullivan como a un saco. Lo puso a cuatro patas sobre la mesa, le separó las nalgas con las manos grandes y le escupió dos veces en el agujero todavía flojo. Marcos se colocó delante y le metió la verga otra vez en la boca al mismo tiempo que Rafael empujaba. El grito de Sullivan se ahogó alrededor de la carne gruesa. El argentino lo folló con calma de dueño, profundo, cada embestida sacándole el aire y empujándole la cara contra los huevos de Marcos. El rubio y el moreno se turnaron para masturbarse sobre su espalda, dejando hilos calientes de líquido pre que le resbalaban por los lomos. El calvo se arrodilló detrás de Kiara, la montó sin aviso y le clavó la verga en el coño de un solo tajo. Ella gritó, el grito se mezcló con el ruido de la puerta que alguien cerró con el pie.

—Más duro —jadeó Kiara, mirando a Sullivan por encima del hombro—. Quiero que sienta cómo me la destrozan mientras le abren el culo a él.

El calvo aceleró. El sonido húmedo de carne contra carne llenó el camarote. Rafael se corrió primero dentro del culo de Sullivan, un chorro espeso y caliente que lo inundó. Se retiró y le dio una palmada que dejó la marca roja. Marcos lo sustituyó al instante, más grueso, más brutal, follándole el agujero abierto sin piedad mientras el rubio le llenaba la boca otra vez. Sullivan se masturbaba a ciegas, la polla goteando sobre la mesa, al borde del llanto y de la corrida. Kiara se bajó de su cara solo para ponerse a cuatro patas al lado y ofrecer el culo al moreno. Dos vergas la atravesaron al mismo tiempo: una en el coño, otra en el culo. Ella gimió roto, los pechos colgando y golpeando la mesa con cada embestida.

—Sully… debajo —ordenó con la voz destrozada—. Come. Todo lo que se salga. Ahora.

Sullivan se deslizó al suelo, la cara justo bajo los agujeros de su mujer. Vio las dos vergas entrar y salir a centímetros de su nariz, vio cómo los labios del coño se estiraban, cómo el culo se abría alrededor de aquella carne gruesa, cómo el semen y los jugos le goteaban directo a la lengua. Lamió, chupó, tragó. Cada vez que uno de los marineros se tensaba y se corría, el chorro caliente le caía en la boca o le resbalaba por la cara. Rafael se arrodilló junto a él, le agarró del pelo y le obligó a mirar.

—Traga como un buen cornudo. Esta leche es tuya ahora. Toda.

Kiara se corrió con un grito largo, el cuerpo temblando, el coño contrayéndose alrededor de la verga del calvo. El hombre se vació dentro y se retiró; un hilo blanco grueso le bajó por el muslo hasta la lengua de Sullivan. El moreno la siguió en el culo. Luego Marcos. Luego el rubio. Cinco corridas. El camarote olía a sexo puro, a sudor y a humillación. Sullivan tenía la cara brillante, la garganta llena, el culo ardiendo y abierto. Kiara, todavía temblando, se giró y lo atrajo hacia su entrepierna.

—Limpia. Despacio. Quiero sentirte sacar hasta la última gota con esa boquita de puta.

Él obedeció. La lengua plana recogió el semen espeso de los dos agujeros, chupó los labios hinchados, metió la punta dentro del culo destrozado de ella para sacar más. Kiara le acariciaba el pelo con ternura cruel mientras los cinco hombres se pajeaban otra vez mirándolos. Rafael fue el primero en corrérsela otra vez, esta vez en la cara de Sullivan. Los otros lo imitaron. Chorros calientes le salpicaron las gafas, la boca, el pecho. Kiara se rio y le recogió una gota con el dedo para metérsela entre los labios.

—Así… buen chico. Eres mío. De ellos. De cualquiera que yo diga.

Cuando por fin se detuvieron, el camarote era un desastre de sábanas manchadas, botellas caídas y cuerpos sudados. Rafael se abrochó el pantalón, miró el reloj y sonrió con esa superioridad tranquila.

—El barco atraca en dos días. Si queréis… el camarote de Marcos y el mío queda libre las próximas tres noches de escala. Hay literas. Y más compañeros que quieren probar.

Kiara asintió, todavía con las piernas abiertas, el coño y el culo goteando sobre la mesa. Le limpió la cara a Sullivan con el pulgar, le besó la boca llena de semen ajeno y le susurró al oído, tan bajo que solo él la oyó:

—Vendremos. Y esta vez te van a dejar el culo tan abierto que vas a caminar raro todo el viaje de vuelta. ¿Verdad que sí, amor?

Sullivan solo pudo asentir, la polla otra vez dura a pesar del ardor, el pecho hinchado de esa dulce humillación que ya no sabía soltar. Los marineros se rieron, se pasaron otra cerveza y uno de ellos le dio una palmada en la nalga marcada antes de empujarlo hacia la puerta. Kiara lo llevó de la correa por los pasillos oscuros de servicio, el cuerpo de ella pegado al de él, la respiración todavía agitada. En el camarote de matrimonio ella lo empujó a la cama, se montó a horcajadas sobre su cara una última vez y se frotó hasta corrérsela otra vez en su boca mientras él se pajeaba desesperado. Cuando por fin se corrió, el gemido le salió patético, roto, y ella se rio contra su pecho.

—Descansa, cornudo. Mañana empezamos otra vez.

Apagó la luz. Sullivan se quedó mirando el techo, el sabor de cinco hombres todavía en la lengua, el culo palpitándole, la polla blanda y pegajosa contra el muslo. Creía que aquello era solo el final del crucero, una locura de una semana que se llevarían a casa como un secreto sucio entre sábanas. No sabía que Kiara, con la sonrisa aún en la boca, ya había transferido desde el móvil del barco el depósito completo para tres meses de alquiler de un piso en el puerto de Buenos Aires, a dos calles del edificio donde vivían Rafael y Marcos. El contrato estaba firmado a su nombre. La mudanza empezaba el día que atracaran.

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