Apuesta Entregada: Mi Esposa Se Abre para el Entrenador
Mi esposa Sonia, de 38 años, se abre y se deja follar a fondo por el entrenador Rafael como mi regalo hotwife.
Soy Desmond, un ejecutivo de 42 años acostumbrado a cerrar tratos millonarios en salas de juntas con vistas a la ciudad, pero nada de eso me ha excitado jamás tanto como la mujer que duerme a mi lado cada noche. Mi esposa Sonia, de 38 años, es una hembra voluptuosa y fogosa: caderas anchas, culo redondo y firme, tetas pesadas que se mueven con cada paso y una cintura que todavía logra que los hombres giren la cabeza en la calle. Su piel morena brilla bajo el sudor, y sus labios gruesos siempre parecen listos para gemir o para envolverse alrededor de algo grueso. Durante años hemos jugado en la cama contándonos fantasías hotwife. Yo le confesaba lo mucho que me ponía imaginarla abierta de piernas para otro hombre mientras yo miraba, y ella se corría como una loca cuando le describía cómo un desconocido la follaba hasta dejarla temblando.
La apuesta se volvió real hace tres meses. Decidimos que Sonia seduciría a su entrenador personal, Rafael, un atractivo mulato de 35 años con un cuerpo esculpido por el hierro y una presencia que llenaba cualquier habitación. Alto, hombros anchos, brazos gruesos y esa forma de mirarla durante los entrenamientos que ya no dejaba lugar a dudas. Sonia empezó a contarme los detalles con voz ronca cada noche, mientras me masturbaba despacio. “Hoy me miró el culo durante toda la sentadilla, Desmond. Me dijo que tenía una forma perfecta y que le costaba concentrarse”. Yo sentía la polla tan dura que dolía. “¿Y tú qué hiciste?”, le preguntaba. “Le sonreí y le dije que si quería corregirme mejor, podía ponerme las manos donde hiciera falta”. Cada confesión era más atrevida. Ella coqueteaba abiertamente, rozaba sus tetas contra el brazo de él al recoger las pesas, se mordía el labio cuando él le ajustaba la postura. Yo aprobaba todo. Lo deseaba tanto como ella. La noche anterior a la sesión en casa, Sonia se sentó en mi regazo desnuda y me susurró al oído: “Mañana voy a entregarme, amor. Voy a dejar que Rafael me folle como la puta caliente que soy para ti. Será tu regalo”. Me corrí solo con sus palabras.
Al día siguiente la tensión era insoportable. Sonia se puso unos leggins negros tan ajustados que se le marcaba la raja del coño y un top deportivo blanco que apenas contenía sus tetas grandes. El tejido se transparentaba ligeramente con el sudor. Rafael llegó puntual, vestido con camiseta ceñida y shorts que no ocultaban el bulto pesado entre sus piernas. Yo me quedé en el despacho contiguo con la puerta entreabierta, el corazón latiéndome en la garganta. Los escuchaba reír, el sonido metálico de las pesas, los jadeos de Sonia que ya no parecían solo de esfuerzo.
—Rafael, ¿puedes corregirme esta postura? —la oí decir con voz más baja, más cargada.
Escuché pasos y luego el roce de ropa. Sonia estaba inclinada hacia delante en una sentadilla profunda, culo empujado hacia atrás. Rafael se colocó detrás de ella y puso las manos grandes y oscuras en sus caderas. El roce fue deliberado. Ella empujó hacia atrás hasta que su culo presionó contra la entrepierna de él. El silencio se volvió espeso.
—Joder, Sonia… —gruñó Rafael, la voz ronca—. Llevas semanas volviéndome loco. Estos leggins… tu forma de mirarme. Dime que no estoy imaginando cosas.
—No lo estás imaginando —respondió ella, girando la cara para mirarlo por encima del hombro, labios entreabiertos—. Mi marido y yo tenemos una apuesta. Él quiere verme abierta para ti. Y yo… yo llevo semanas mojándome cada vez que me tocas.
Rafael respiró pesado. Sus dedos se clavaron en la carne de las caderas de Sonia.
—¿Tu marido lo sabe? ¿De verdad está de acuerdo?
Sonia sonrió con lujuria pura.
—Llámale. Ahora.
Escuché el sonido del teléfono y luego la voz de Rafael, grave y directa:
—Desmond, soy Rafael. Tu esposa está aquí, frotándose contra mí como una gata en celo. Dice que esto es cosa tuya. Necesito oírlo de ti, hombre. ¿Estás seguro de que quieres que me la folle?
Mi mano temblaba sujetando el móvil. La polla me palpitaba dentro del pantalón.
—Rafael, tienes mi permiso y mi bendición —dije con voz clara, excitada—. Quiero que la tomes. Quiero que la uses. Sonia es tu puta esta tarde. Fóllatela como se merece. Yo voy a mirar.
Escuché el gemido bajo de Sonia al oír mis palabras. Rafael colgó. El siguiente sonido fue el de dos cuerpos chocando. Se besaron con hambre salvaje, bocas abiertas, lenguas enredadas. Sonia gemía dentro de la boca de él mientras Rafael le apretaba el culo con las dos manos, levantándola casi del suelo.
—Quiero entregarme completamente —le susurró ella entre beso y beso, jadeando—. Como regalo hotwife para mi marido. Quiero que me abras, Rafael. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar derecho.
El beso se volvió más sucio, más profundo. Yo salí del despacho y me senté en el sillón de la sala, la polla ya fuera, dura como piedra, mientras ellos entraban tambaleándose, sin dejar de tocarse.
Sonia se arrodilló frente a Rafael sin que nadie se lo pidiera. Le bajó los shorts y la polla gruesa y negra saltó libre, pesada, venosa, más grande de lo que ella había imaginado. Tenía al menos veintitrés centímetros y un grosor que hizo que Sonia soltara un gemido de anticipación. Me miró directamente a los ojos, los suyos brillando de pura zorra, y abrió la boca. La lengua rosada lamió desde los huevos pesados hasta la cabeza hinchada, dejando rastros de saliva brillante. Luego se la metió. Profunda. Babosa. Ruidosa. La garganta de Sonia se abultaba cada vez que bajaba hasta el fondo, gorgoteando, escupiendo saliva que le caía por la barbilla y sobre sus tetas. Rafael le agarró el pelo y empezó a follarle la boca con embestidas controladas pero fuertes.
—Así, mamita… chúpala bien para tu marido. Mira cómo te observa. Está disfrutando verte convertida en una puta mamadora.
Sonia sacó la polla un segundo, jadeando, hilos de saliva conectando sus labios con la verga brillante.
—¿Te gusta verme así, Desmond? —me preguntó con voz rota de deseo—. ¿Te gusta ver cómo me atraganto con esta polla enorme?
—Muchísimo, amor —respondí, masturbándome despacio—. Sigue. Trágatela toda.
Ella obedeció con entusiasmo renovado, metiéndosela hasta que la nariz tocó el vientre de Rafael, ojos llorosos pero llenos de lujuria. Cuando él ya no aguantó más la sacó de la boca y la puso en cuatro sobre el sofá grande de la sala. Le arrancó los leggins de un tirón, dejando al descubierto el coño depilado, hinchado y chorreando. Sin preliminares suaves, colocó la cabeza gorda contra los labios y empujó. Sonia soltó un grito gutural cuando la polla la abrió de golpe, centímetro a centímetro, hasta que los huevos pesados golpearon su clítoris.
—¡Dios mío, qué gruesa! —gimió ella, uñas clavadas en los cojines.
Rafael empezó a follarla con embestidas fuertes, profundas, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la sala. Cada golpe hacía rebotar las tetas de Sonia dentro del top.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —gruñó él, dándole una nalgada fuerte que dejó marca roja en su culo blanco—. La puta caliente de tu marido. Dilo.
—¡Sí! ¡Soy la puta caliente de mi marido! ¡Fóllame más duro, Rafael! ¡Ábreme el coño!
Yo observaba cada detalle: cómo los labios de Sonia se estiraban alrededor de esa polla oscura, cómo su jugo le corría por los muslos, cómo sus ojos no dejaban de buscar los míos, compartiendo el placer prohibido.
Rafael la cambió de posición. Se sentó en el sofá y la colocó en vaquera inversa, de espaldas a él pero de frente a mí. Así podía verlo todo. Sonia se agarró las rodillas, bajó despacio y dejó que la polla la empalara hasta el fondo. Empezó a cabalgar. Arriba y abajo, círculos lentos, luego más rápidos. Su coño tragaba toda esa verga gruesa, los labios hinchados, el clítoris rojo y palpitante. Yo veía perfectamente cómo la abría, cómo la carne interna salía un poco cada vez que subía.
—Mírame, Desmond —jadeó ella—. Mira cómo me está destrozando el coño. ¿Ves cómo me abre?
—Te veo, mi amor. Estás preciosa siendo follada.
Las tetas de Sonia saltaban dentro del top hasta que Rafael se lo subió y las liberó. Las manos grandes del mulato las apretaron, pellizcando los pezones oscuros mientras ella aceleraba el ritmo, gimiendo cada vez más alto.
Finalmente la puso de lado sobre el sofá, una pierna de Sonia levantada casi contra su pecho. Rafael la penetró desde ese ángulo, follándola con golpes cortos pero brutales, la polla entrando hasta el fondo. El sudor brillaba en sus cuerpos. Sonia tenía la cara contraída de placer, la boca abierta en un gemido constante.
—Voy a correrme dentro, puta —avisó Rafael con voz ronca.
—¡Sí! ¡Lléname! ¡Quiero sentir cómo me llenas para mi marido!
Con un rugido animal, Rafael empujó hasta el fondo y se corrió. Sus huevos se contrajeron visiblemente mientras disparaba chorros calientes y espesos dentro del coño de Sonia. Ella se corrió al mismo tiempo, temblando, chorros de squirt salpicando el sofá, los ojos clavados en mí con una mirada de absoluta entrega y lujuria.
Se quedaron unidos, jadeando, la polla todavía dentro de ella, latiendo con los últimos restos de semen. Sonia me miró, el rostro enrojecido, el coño desbordando semen blanco que empezaba a escaparse alrededor de la base gruesa de Rafael. Respiraba entrecortado, aún temblando de los últimos espasmos.
—Desmond… —susurró con voz quebrada, una sonrisa satisfecha pero hambrienta en los labios—. Esto ha sido solo el principio. Siento su leche tan adentro… y todavía quiero más. Rafael tiene mucho más para darme, y yo… yo necesito que me sigas viendo así. La noche no ha terminado. Ni mucho menos.
Rafael besó el cuello sudoroso de Sonia sin salir de ella, mirándome con una sonrisa oscura y prometedora, como si ambos supiéramos que aquella apuesta acababa de abrir una puerta que ninguno de los tres quería cerrar todavía. Mi polla seguía dura. El corazón me latía con fuerza. Y el coño de Sonia seguía contrayéndose alrededor de la polla del entrenador, pidiendo más sin palabras.
Rafael no sacó la polla. Siguió clavado hasta el fondo dentro del coño de Sonia, moviendo apenas las caderas en círculos lentos y viscosos mientras el semen que acababa de dispararle empezaba a rebosar alrededor de la base gruesa. El sonido era repugnante y delicioso a la vez: un chapoteo constante, húmedo, como si estuviera removiendo un pote de crema espesa. Sonia jadeaba con la mejilla aplastada contra el sofá, el culo todavía elevado, empujando hacia atrás para sentir cada latido de esa verga de veintitrés centímetros que no terminaba de ablandarse.
—Sigue dentro… no la saques todavía —suplicó ella con voz rota, mirándome directamente a los ojos—. Quiero que mi marido vea cómo me chorrea tu leche mientras me follas otra vez, Rafael. Quiero que vea lo puta que me has puesto.
El entrenador mulato de treinta y cinco años soltó una risa grave y le dio una nalgada fuerte que hizo temblar la carne morena de Sonia. Sus manos grandes, oscuras y venosas se clavaron en esas caderas anchas y la levantó un poco más, usándola como un juguete. Empezó a bombear de verdad. Cada embestida sacaba globs blancos de semen que caían en hilos gruesos sobre el sofá y los muslos de ella. El coño de Sonia, hinchado y rojo, tragaba y escupía la polla con obscenidad, los labios vaginales estirados al límite alrededor de esa circunferencia brutal.
Yo tenía la polla en la mano, masturbándome con furia contenida. ‘Esto es mejor que cualquier trato millonario’, pensaba mientras el corazón me martilleaba en el pecho. Mi esposa de treinta y ocho años, la misma mujer que dormía a mi lado oliendo a vainilla y perfume caro, ahora era una hembra en celo abierta de piernas para otro. Ver su coño destrozado, lleno de semen ajeno y todavía pidiendo más me tenía al borde de correrme sin tocarme casi.
Rafael la sacó de golpe. La polla salió con un sonido húmedo y obsceno, coronada de una mezcla blanca y espesa. Sin darle tiempo, la agarró del pelo y se la metió en la boca hasta la garganta.
—Límpiala, puta. Chúpate tu propio coño y mi semen de la verga que te acaba de llenar.
Sonia obedeció como una desesperada. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras la garganta se le abultaba visiblemente. Gorgoteaba, escupía, lamía desde los huevos pesados y sudados hasta la cabeza morada e hinchada. Hilos de saliva y semen le caían por la barbilla y se deslizaban entre sus tetas pesadas, que todavía llevaban las marcas rojas de los dedos de Rafael. Cada vez que sacaba la polla para respirar, me miraba con esa sonrisa de zorra absoluta.
—¿Ves esto, Desmond? ¿Ves cómo me atraganto con la polla que me acaba de creampiear? Me encanta el sabor de los dos juntos… me pone más cachonda.
Le metió dos dedos en el coño mientras lo decía y los sacó chorreando. Se los llevó a la boca junto con la verga y los chupó ruidosamente. Rafael gruñó, la levantó como si fuera una muñeca y la estampó contra la pared del salón. Le subió una pierna hasta casi tocarle el hombro y la penetró de pie, follándola con golpes cortos y brutales que hacían que sus tetas rebotaran contra el pecho de él. El culo de Sonia chocaba contra la pared con golpes secos. Cada vez que salía, el coño dejaba un reguero de semen en el muslo oscuro de Rafael.
—Dime a quién pertenece este coño ahora —exigió él, mordiéndole el cuello.
—A ti cuando quieras follármelo… pero siempre será el coño de mi marido para que lo regale —respondió Sonia entre gemido y gemido, la voz quebrada por el placer—. ¡Más fuerte, cabrón! ¡Rómpeme!
Yo me acerqué hasta casi tocarlos. Quería oler el sexo: el sudor masculino, el aroma almizclado del coño abierto, el semen espeso. Sonia me miró de reojo, la boca abierta, la lengua fuera.
—Mira cómo me está destrozando, amor… mira cómo me abre el agujero. Nunca me habían follado tan profundo.
Rafael la bajó, la tiró sobre la alfombra y le puso las piernas sobre sus hombros. En esa posición de misionero brutal, la polla entraba hasta el fondo con cada golpe. Los huevos le golpeaban el culo con un sonido húmedo y constante. Sonia se corrió otra vez, squirtando con tanta fuerza que salpicó el abdomen marcado de Rafael y parte de mi brazo. Su cara era pura expresión de puta satisfecha: ojos entrecerrados, labios hinchados, mejillas rojas.
Pero todavía quería más. Lo vi en su mirada cuando se recuperó del orgasmo. Se lamió los labios y susurró:
—Rafael… ahora quiero que me folles el culo. Quiero que me abras el segundo agujero delante de mi marido. Que vea cómo me conviertes en una puta completa.
El entrenador no necesitó que se lo repitieran. Sacó la polla del coño, que quedó abierto, rojo y goteando semen como una fuente. La puso en cuatro sobre la alfombra, le escupió directamente en el ano fruncido y colocó la cabeza gorda contra él. Empujó. Sonia soltó un gemido largo y gutural cuando el glande forzó el anillo apretado y entró. Centímetro a centímetro, la verga negra desapareció dentro de su culo hasta que los huevos tocaron los labios de su coño chorreante.
—Joder… qué culo más apretado tienes, Sonia. Se está tragando toda mi polla como una puta profesional.
Ella temblaba, los dedos clavados en la alfombra. El dolor inicial se transformó rápido en placer animal. Empezó a empujar hacia atrás, follándose ella misma la verga en el culo.
—Más… métemela toda. Quiero sentir tus huevos contra mi coño mientras me follas el ojete. Desmond, ¿lo estás viendo? ¿Ves cómo me abre el culo tu regalo?
Rafael empezó a follarla de verdad. Primero con golpes largos y profundos, luego más cortos y salvajes, haciendo que las nalgas de Sonia rebotaran y se pusieran rojas con cada nalgada. El sonido era todavía más sucio que cuando le follaba el coño: un ploc-ploc obsceno acompañado de los gemidos roncos de ella y los gruñidos de él.
La cambió de nuevo. Se sentó en el sofá y la colocó encima en vaquera anal, de espaldas a él pero de frente a mí. Sonia se agarró las rodillas, se levantó hasta casi sacar la polla y se dejó caer con fuerza. Una y otra vez. Su culo tragaba toda esa verga gruesa, el agujero estirado al máximo, rosado y brillante de saliva y fluidos. Las tetas le saltaban descontroladas. El coño, vacío, chorreaba semen y jugos sobre la polla que le reventaba el culo.
—Estoy llena… me estás rompiendo el culo y me encanta —jadeaba sin parar—. Mírame, Desmond. Mírame convertida en una puta anal para ti. Esto es tu apuesta entregada, cabrón. Tu esposa con el culo destrozado por otra polla.
Yo me corrí en ese momento. Chorros espesos salieron de mi polla mientras veía a Sonia cabalgar esa verga negra como una posesa, el ano dilatado, el coño abierto y vacío palpitando. Pero ellos no pararon.
Rafael la tiró de nuevo en cuatro, le agarró el pelo como riendas y la folló el culo con furia animal. El salón olía a sexo puro: sudor, coño, semen, culo. Sonia se corrió una última vez, squirtando sobre la alfombra mientras su ano se contraía alrededor de la polla que la taladraba.
—Voy a llenarte el culo, puta —rugió Rafael.
—¡Sí! ¡Lléname el intestino! ¡Quiero sentir tu leche caliente bien adentro del culo!
Con un bramido, Rafael empujó hasta el fondo y se corrió. Sus huevos se contrajeron visiblemente mientras disparaba chorros espesos directamente en las tripas de Sonia. Ella temblaba, el culo latiendo alrededor de la base de la verga, el coño todavía goteando el primer creampie. Cuando por fin la sacó, el ano quedó abierto como una boca obscena, roja, dilatada, vomitando semen blanco y espeso que corrió en un río lento hacia su coño arruinado.
Sonia se quedó allí, a cuatro patas, jadeando, con los dos agujeros completamente destruidos y chorreando leche espesa de polla negra mientras me miraba con una sonrisa sucia y satisfecha.
—Ahora soy solo una puta anal y vaginal llena de semen ajeno, Desmond. Dos agujeros abiertos, chorreando leche espesa como la zorra barata que siempre quisiste.
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