Susurros prohibidos bajo la luna
Un arquitecto de 32 años mira cómo su madrastra Yvonne, de 38, se masturba para él en el jardín bajo la luna llena y luego baja a follársela
Dante, arquitecto de treinta y dos años, me había mudado temporalmente a la casa de mi padrastro en las afueras mientras terminaba un proyecto de restauración de un edificio histórico en el centro. La mansión era grande, silenciosa y rodeada de un jardín extenso que por las noches parecía un mundo aparte. Lo que empezó como una solución práctica se volvió una prueba constante de autocontrol desde que Yvonne, mi madrastra de treinta y ocho años, entró en mi campo de visión. Yvonne era una mujer madura, con un cuerpo que parecía esculpido por años de disciplina: pechos pesados y firmes, cintura marcada, caderas anchas y unas piernas largas que terminaban en un culo redondo y provocador. Durante semanas nuestras miradas habían sido un lenguaje propio. En la mesa, mientras mi padrastro hablaba de negocios, sus ojos se clavaban en los míos con una intensidad que me endurecía al instante. Una noche, al pasar junto a mí en el pasillo, su mano rozó mi entrepierna “por accidente”. Otra, junto a la piscina, separó las piernas bajo el agua solo para que yo viera cómo el bikini se le hundía entre los labios. Ambos sabíamos que jugábamos con fuego, pero ninguno había cruzado la línea. Hasta esa noche de luna llena.
Me desperté sudando, con la polla ya medio dura sin motivo aparente. Caminé descalzo hasta la ventana del segundo piso. La luna bañaba el jardín con una luz plateada tan fuerte que parecía de día. Y allí estaba ella. Yvonne se encontraba en medio del césped, vestida solo con un camisón de seda fina que la brisa pegaba a sus curvas. Miró directamente hacia mi ventana, sabiendo perfectamente que yo la observaba desde la oscuridad. No había error posible: sus ojos se clavaron en la negrura donde yo estaba y sonrió con esa mezcla de inocencia y puta que me volvía loco. Lentamente, levantó las manos y deslizó los tirantes por sus hombros. El camisón cayó como una caricia al suelo. Sus tetas quedaron libres, pesadas, con los pezones ya duros como piedras bajo la luz lunar. Giró despacio, ofreciéndome su culo, separando un poco las piernas para que viera cómo su coño ya brillaba, hinchado y húmedo. Sabía que la miraba. Cada movimiento era para mí. Mi respiración se volvió pesada. “Joder, Yvonne… mi madrastra se está desnudando para mí”, pensé, y mi polla saltó dentro del pantalón corto. La tensión era eléctrica, prohibida, deliciosa. Las semanas de coqueteo silencioso habían explotado en esto: ella ofreciéndose abiertamente, yo convertido en voyeur consentido.
No se detuvo. Sus manos subieron a sus pechos y los amasó con fuerza, tirando de los pezones, pellizcándolos mientras gemía bajito, un sonido que llegó hasta mí gracias al silencio de la noche. Una de sus manos bajó por su vientre plano, pasó por el monte depilado y se hundió entre sus muslos. Dos dedos separaron sus labios brillantes y empezaron a frotar el clítoris en círculos lentos, deliberados. Insertó un dedo, luego dos, follándose con movimientos cada vez más rápidos mientras sus caderas se mecían. Sus jugos le corrían por el interior de los muslos, reflejando la luna como plata líquida. Nunca apartó la mirada de mi ventana. Cada gemido, cada contracción de su coño era una invitación muda. Mi mano bajó por instinto y apreté mi polla gruesa a través de la tela. Estaba tan dura que dolía. El riesgo de que mi padrastro se despertara y bajara solo hacía que todo fuera más intenso. Sabíamos los dos lo que hacíamos. Y lo elegíamos.
Abrí la ventana con cuidado. El leve chirrido se perdió entre el canto de los grillos. Yvonne detuvo sus dedos solo un segundo, me miró con los ojos vidriosos de placer y asintió con la cabeza, clara y deliberada. “Baja”, articuló sin sonido. Luego volvió a meterse los dedos más profundo, gimiendo más fuerte solo para mí. Ese gesto fue la confirmación definitiva. Bajé las escaleras sigilosamente, el corazón golpeándome las costillas. Cada paso era una apuesta. La casa estaba en silencio, pero la posibilidad de que mi padrastro abriera una puerta y nos encontrara hacía que mi polla palpitara aún más. Atravesé la cocina, abrí la puerta trasera y salí al jardín. El césped frío y húmedo se clavó en mis plantas. Yvonne me esperaba de pie, desnuda, con los pezones erectos y el coño reluciente. Cuando estuve frente a ella, cayó de rodillas sin decir una palabra.
Sus manos temblorosas bajaron mi pantalón. Mi polla saltó libre, gruesa y venosa, apuntando a su cara. “Mira qué polla tan dura tiene mi hijastro”, susurró con voz ronca, mirándome a los ojos con total sumisión y deseo. “Llevo semanas soñando con probártela”. Abrió la boca y me tragó entero. Sus labios calientes y húmedos se cerraron alrededor de mi grosor mientras su lengua lamía la parte inferior. Chupaba con hambre real, subiendo y bajando la cabeza, dejando que la saliva le cayera por la barbilla y salpicara sus tetas. Me miraba todo el tiempo, los ojos llorosos por lo profundo que me metía en su garganta. Sus manos masajeaban mis huevos, tirando suavemente mientras gemía alrededor de mi carne. Era la mamada más sucia y consentida que había recibido jamás. Tiré de su cabello oscuro, follándole la boca con movimientos cortos y profundos. Ella solo gemía más fuerte, pidiendo más con la mirada.
La levanté, la giré y la puse a cuatro patas sobre el césped. Su culo perfecto se alzó hacia mí, el coño abierto, rojo e inundado. Froté la cabeza de mi polla entre sus labios, empapándome de sus jugos, y la penetré de un golpe hasta el fondo. Yvonne soltó un gemido largo y gutural. “Sí, Dante… así. Fóllame fuerte”. Empecé a embestirla con fuerza, mis caderas chocando contra su culo con sonidos húmedos y obscenos. El césped amortiguaba sus rodillas mientras yo tiraba de su melena, arqueándole la espalda. Cada embestida profunda hacía que sus tetas se balancearan. Saqué dos dedos, los mojé en el río que salía de su coño y los presioné contra su culo apretado. Primero uno, luego los dos. Los metí hasta el nudillo mientras seguía follándola sin piedad. “¡Dios, sí! Méteme los dedos en el culo mientras me rompes el coño”, suplicó entre gemidos. “Úsame, por favor. Soy tu puta, Dante. Tu madrastra quiere ser tu puta personal bajo la luna. Más duro… hazme tuya”.
Sus palabras me volvieron animal. Aumenté el ritmo, follándola con todo, sintiendo cómo su coño me apretaba y su culo pulsaba alrededor de mis dedos. Sus gemidos se volvieron más agudos, desesperados. Cuando su orgasmo la atravesó, tembló violentamente, contrayéndose alrededor de mi polla y mis dedos, ordeñándome. Eso me llevó al límite. Con un gruñido bajo, me enterré hasta el fondo y me corrí dentro de ella. Chorros calientes y espesos inundaron su coño mientras ella seguía temblando, ordeñando cada gota con contracciones de placer total. Ambos jadeábamos, unidos por la luna y por el semen que ya empezaba a escaparse alrededor de mi polla aún enterrada.
Cuando por fin me retiré, Yvonne se dio la vuelta, todavía de rodillas. Me besó con lengua profunda, salvaje, metiendo su lengua hasta el fondo de mi boca mientras saboreaba el gusto de mi polla en sus labios. Sus manos me sujetaban la cara con ternura posesiva. Separó apenas el beso y me susurró al oído, con voz aún entrecortada: “Esto será nuestra nueva rutina nocturna cada vez que la luna esté llena, mi hijastro. Cada mes te esperaré aquí, más mojada que hoy”. Se levantó lentamente. Mis chorros blancos y espesos corrían abundantemente por el interior de sus muslos, bajando hasta sus rodillas en hilos brillantes bajo la luz plateada. Se quedó allí, desnuda, marcada por mí, mirándome con una sonrisa satisfecha pero llena de promesas oscuras.
Justo entonces, un ruido lejano llegó desde la casa: una ventana que se abría en el piso superior. Nuestros cuerpos se tensaron al unísono. Yvonne me miró con los ojos muy abiertos, el semen todavía goteando por sus piernas, y por un instante el riesgo que tanto nos había excitado se volvió real, palpable, amenazante. Ninguno de los dos se movió. La luna seguía brillando sobre nosotros, testigo silencioso de lo que acababa de empezar y de todo lo que aún estaba por venir.
El ruido de la ventana al abrirse nos congeló bajo la luz plateada. Mi corazón retumbaba tan fuerte que estaba seguro de que se oiría desde la casa. Yvonne seguía de rodillas frente a mí, completamente desnuda, con hilos espesos de mi semen resbalando por el interior de sus muslos hasta sus rodillas. Sus pechos subían y bajaban agitados, los pezones aún duros como guijarros. No se movió. Yo tampoco. Mi polla, aún semidura y brillante por sus jugos y mi corrida, colgaba pesada entre nosotros. El aire olía a sexo: a coño mojado, a semen y a tierra húmeda del jardín.
—Joder… —susurré apenas, sin voz.
Ella levantó una mano temblorosa y la puso sobre mi muslo, clavándome las uñas con suavidad. Sus ojos, muy abiertos, brillaban con una mezcla salvaje de terror y lujuria. La ventana del dormitorio principal estaba abierta de par en par ahora. La silueta de mi padrastro se recortó contra la luz interior. Yvonne tragó saliva; vi cómo su garganta se movía. Un hilo blanco y espeso de mi semen le bajó por la pantorrilla y goteó sobre el césped.
—¿Yvonne? —llamó la voz grave desde arriba, ronca de sueño—. ¿Estás ahí fuera?
Ella respiró hondo, se pasó la lengua por los labios y respondió con una voz sorprendentemente calmada, aunque yo veía cómo le temblaban las piernas.
—Sí, cariño. Solo necesitaba aire fresco. La luna está preciosa esta noche. Subo en un minuto.
Silencio. La silueta se quedó allí unos segundos eternos. Yo sentía la sangre palpitar en mi polla, que, traicionera, empezaba a endurecerse otra vez solo por el peligro. Yvonne me miró de reojo, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Sus dedos subieron despacio por mi muslo hasta rozar mis huevos. Me apretó suavemente, como diciéndome sin palabras: «Quédate quieto. No te vayas. Esto me está matando de lo cachonda que estoy».
La ventana se cerró con un chasquido suave. La luz del dormitorio se apagó segundos después. El jardín volvió a ser solo nuestro, iluminado por esa luna llena obscenamente grande. Yvonne soltó todo el aire que había estado conteniendo y se levantó de golpe. Su coño relucía, hinchado, con mi semen mezclado con sus propios jugos brillando entre los labios hinchados. Se pegó a mí, pecho contra pecho, y me besó con furia. Su lengua entró en mi boca como si quisiera follarme también por ahí. Sabía a saliva, a polla y a pecado.
—Dios, Dante… casi nos pilla —jadeó contra mis labios, pero sus caderas ya se frotaban contra mi polla que volvía a estar completamente dura—. Y me ha puesto como una perra en celo. Siento tu leche corriendo por mis piernas y solo quiero que me des más.
Me empujó hacia atrás, guiándome con una mano firme en mi pecho hasta que llegamos al límite del césped, donde los arbustos de jazmín creaban una pared natural de sombras. La luna aún nos alcanzaba, pero desde la casa sería más difícil vernos. Yvonne se dio la vuelta, apoyó las manos en el tronco rugoso de un viejo olivo y arqueó la espalda como una gata. Su culo perfecto se abrió ante mí: el coño rojo e inundado, el ojete apretado palpitando ligeramente.
—Fóllame otra vez, hijastro. Ahora. No puedo esperar a la próxima luna llena. Necesito que me uses mientras él duerme arriba.
Mi mente era un torbellino. «Esto es una puta locura», pensé. «Mi madrastra de treinta y ocho años, la mujer de mi padrastro, está pidiendo que la folle a metros de donde él duerme, con mi semen todavía saliendo de su coño». Pero mi cuerpo no escuchaba razones. Agarré sus caderas anchas, esas caderas que había soñado durante semanas, y froté la cabeza gruesa de mi polla entre sus labios empapados. El sonido era obsceno: húmedo, resbaladizo, lleno de nuestra mezcla.
—Eres una zorra insaciable, Yvonne —gruñí bajito, metiéndole solo la punta y sacándola otra vez—. Te acabo de llenar el coño y ya quieres más.
—Sí… —gimió ella, empujando hacia atrás, tratando de clavársela entera—. Soy tu zorra, Dante. Tu madrastra particular. La que se toca pensando en tu polla gruesa mientras tu padre me folla sin ganas. Métemela. Rompe este coño que te pertenece.
Empujé de golpe hasta el fondo. El calor era brutal. Su interior estaba resbaladizo por mi corrida anterior, lo que hacía que entrara con facilidad pero que se sintiera aún más apretado. Yvonne soltó un gemido largo que intentó ahogar mordiendo su propio brazo. Empecé a follarla con golpes profundos y lentos al principio, sintiendo cómo mi polla desplazaba mi propio semen dentro de ella. Cada embestida sacaba un sonido húmedo y sucio. Sus tetas pesadas se balanceaban bajo su cuerpo, rozando la corteza del olivo.
Saqué la polla un momento y me arrodillé detrás de ella. Necesitaba probarnos. Lamí desde su clítoris hinchado hasta su culo, saboreando el gusto salado y cremoso de mi semen mezclado con sus jugos dulces. Yvonne tembló violentamente.
—Joder, Dante… ¿estás comiendo tu propia leche de mi coño? Eres tan sucio como yo…
No respondí con palabras. Metí la lengua dentro de su coño, follándola con ella mientras mi nariz presionaba su ano. Luego subí y empecé a lamerle el ojete con hambre, mojándolo bien. Ella separó más las piernas, ofreciéndomelo todo. Dos de mis dedos volvieron a entrar en su coño, curvándose para frotar ese punto que la hacía temblar. Yvonne empezó a mover las caderas en círculos, follándose mi cara y mis dedos al mismo tiempo.
—Quiero que me des por el culo esta noche —susurró con voz rota de placer—. Nunca se lo he dado a nadie… pero a ti te lo quiero dar todo. Hazme tuya del todo, hijastro.
Me levanté, la polla brillando, y coloqué la cabeza gruesa contra su ano fruncido. Escupí sobre ella y empujé con cuidado. Yvonne respiró hondo, relajando el músculo. Centímetro a centímetro, su culo virgen fue tragándome. El calor era diferente, más intenso, más apretado. Cuando estuve completamente dentro, los dos gemimos al unísono.
—Dios… está tan llena… —jadeó ella—. Muévete, por favor. Fóllame el culo.
Empecé despacio, pero pronto el ritmo se volvió animal. Mis caderas chocaban contra sus nalgas redondas con golpes secos que resonaban en la noche. Una mano mía bajó a su coño y froté su clítoris hinchado con fuerza mientras la sodomizaba. Yvonne ya no podía contener los gemidos. Eran más altos, más desesperados. Cada vez que me enterraba hasta el fondo, sentía sus paredes internas apretarme como un puño caliente.
—Más fuerte, Dante… Quiero sentirte mañana cuando me siente a la mesa con él. Quiero que me duela el culo sabiendo que mi hijastro de treinta y dos años me ha reventado mientras él dormía.
Sus palabras me volvieron loco. Aumenté la velocidad, follándola con todo lo que tenía. El sudor nos cubría a ambos. Sus jugos le chorreaban por los muslos, mezclándose con los restos de semen. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su ano empezaba a palpitar violentamente alrededor de mi grosor.
—Me corro… ¡me corro con tu polla en el culo! —gritó casi, aunque intentó bajarlo al último segundo.
Su orgasmo fue brutal. Todo su cuerpo se sacudió como si la hubiera atravesado un rayo. Su ano se contrajo tan fuerte que casi me sacó. Chorros calientes salieron de su coño, salpicando el césped y mis dedos. Eso me llevó al límite. Con un gruñido gutural me clavé hasta el fondo y me corrí por segunda vez, inundando su intestino con chorros espesos y calientes. Me corrí tanto que cuando empecé a sacarla, un hilo blanco espeso salió de su ano dilatado y bajó hasta juntarse con los restos que ya decoraban sus muslos.
Yvonne se dio la vuelta, temblando aún, y se arrodilló de nuevo. Me limpió la polla con la boca, lamiendo cada resto de semen, de su propio culo y de sus jugos. Lo hizo con devoción absoluta, mirándome a los ojos todo el tiempo. Cuando terminó, se levantó y me besó suavemente, casi con ternura, aunque sus palabras fueron cualquier cosa menos tiernas.
—Esto solo acaba de empezar, mi hijastro. Mañana por la noche te quiero en mi habitación. Mientras él duerme al lado. Voy a chupártela bajo las sábanas y vas a correrte en mi garganta sin que él se entere. O quizás te folle yo a ti encima de su escritorio. Ya no quiero esperar a la luna llena. Te quiero todos los días.
Nos quedamos abrazados un momento, recuperando el aliento. Mi semen seguía escapando de su coño y de su ano, bajando por sus piernas en regueros brillantes. Justo entonces, otro ruido llegó desde la casa: la puerta de la terraza que se abría lentamente. Pasos en la madera. Yvonne abrió mucho los ojos, me empujó hacia las sombras más profundas de los arbustos y susurró:
—Vete. Sube por la ventana de la cocina. Yo me encargo.
Me alejé a toda prisa, el corazón en la garganta, la polla todavía semierecta y brillante, sabiendo que esto ya no tenía vuelta atrás. La luna nos había visto. Y ahora parecía reírse, prometiendo que la próxima vez el riesgo sería aún mayor. Mientras corría descalzo hacia la casa, solo podía pensar en su culo recién follado, en su promesa de mañana y en cuánto más lejos estaríamos dispuestos a llegar antes de que todo explotara.
La luna parecía burlarse de mí mientras corría descalzo hacia la casa, con el eco de los gemidos de Yvonne todavía vibrando en mis oídos y el sabor de su coño y su culo aún en mi lengua. Alcancé la ventana de la cocina, me impulsé con las manos temblorosas y caí dentro sobre las baldosas frías. El corazón me martilleaba el pecho con tanta fuerza que temí que despertara a toda la mansión. Apenas había cerrado la hoja cuando oí la puerta de la terraza abrirse del todo y los pasos pesados de mi padrastro sobre la madera.
Me pegué a la pared junto a la ventana y miré. Yvonne había logrado ponerse el camisón a toda prisa; la seda se pegaba a sus curvas húmedas de sudor y de nuestros fluidos. Bajo la luz plateada se distinguían claramente los regueros blancos que bajaban por el interior de sus muslos, gruesos hilos de mi semen escapando de su coño y de su ano recién follado. Mi padrastro se acercó a ella, en pijama, rascándose la barba.
—¿Qué haces aquí a estas horas, Yvonne? Creí oír voces —murmuró él, con la voz pastosa de sueño.
Ella se mantuvo firme, aunque yo veía cómo le temblaban las rodillas. Su voz sonó suave, casi dulce:
—Solo necesitaba sentir la luna en la piel, cariño. Me relaja después de tantos días encerrada. Vuelve a la cama, yo subiré en seguida.
Él la abrazó. Vi cómo la mano de mi padrastro bajaba por su espalda y se posaba en ese culo que yo acababa de reventar. Yvonne no se apartó; al contrario, se pegó más a él, sabiendo que mi leche caliente seguía brotando de ella y que cualquier roce podía hacerla gotear sobre el césped. Desde mi escondite, la polla se me endureció de nuevo al instante. El voyeurismo era enfermizo y delicioso: observar a mi madrastra de treinta y ocho años, la mujer de mi padrastro, fingir normalidad mientras mi semen le decoraba las piernas como una marca secreta de su hijastro de treinta y dos años.
Por fin él gruñó algo y volvió adentro. Yvonne esperó hasta que la luz del dormitorio principal se apagó antes de entrar por la cocina. En cuanto la puerta se cerró, se abalanzó sobre mí como una gata en celo. Sus manos me sujetaron la cara y su lengua entró en mi boca con furia, saboreando aún el gusto de su propio culo en mis labios.
—Joder, Dante… casi nos pilla con tu corrida chorreándome por las piernas —jadeó contra mi cuello, mordiéndome el lóbulo—. Y eso me ha puesto más cachonda que nunca. Mira.
Levantó el camisón. Su coño hinchado brillaba, los labios rojos y entreabiertos, con mi semen espeso mezclándose con sus jugos y resbalando hasta el suelo. El ano aún estaba ligeramente abierto, un hilo blanco escapando también de allí. Caí de rodillas por instinto y lamí desde su clítoris hasta su agujero trasero, tragándome nuestra mezcla prohibida. Yvonne tuvo que taparse la boca para no gemir alto.
—Eres tan sucio como yo, hijastro… —susurró, tirándome del pelo—. Pero ahora no podemos seguir. Sube a tu habitación. Mañana buscaremos la forma. No quiero esperar a la luna llena nunca más.
Me dio un último beso profundo, me apretó la polla dura a través del pantalón y desapareció escaleras arriba. Yo me quedé en la cocina un rato largo, con la polla palpitando y la mente hecha un torbellino de culpa, deseo y miedo. Esto ya no era solo un juego bajo la luna. Era adicción.
El desayuno del día siguiente fue una prueba de fuego. Mi padrastro leía el periódico en la cabecera de la mesa mientras Yvonne, con un vestido ligero de verano que marcaba sus pechos pesados, servía el café. Sus ojos se clavaban en los míos cada pocos segundos, recordándome cómo la había sodomizado horas antes. Debajo de la mesa, su pie descalzo subió por mi pantorrilla, llegó a mi entrepierna y empezó a frotar mi polla con lentos movimientos circulares. La tela del pantalón era fina; sentía cada presión de sus dedos del pie sobre el glande que se hinchaba.
—¿Cómo va el proyecto de restauración, Dante? —preguntó mi padrastro sin levantar la vista.
—Bien… muy bien —respondí con la voz ronca, mientras Yvonne aumentaba la presión, aplastándome la polla contra el muslo. Sentía cómo se mojaba el bóxer con precum. Ella sonreía inocente, mordiéndose el labio inferior cuando mi padrastro se levantó a por más café. En ese segundo aprovechó para susurrarme:
—Esta noche entro en tu habitación. Quiero que me folles con la puerta entreabierta. Necesito sentir que puede pillarnos en cualquier momento.
Su pie no paró hasta que me dejó al borde del orgasmo. Cuando se levantó para recoger los platos, rozó deliberadamente mi hombro con su pecho, dejando que uno de sus pezones duros me rozara el brazo. Pasé el resto del día encerrado en el estudio con los planos del edificio histórico, incapaz de concentrarme. Cada línea que trazaba me recordaba las curvas de su cintura, el peso de sus tetas balanceándose mientras la follaba a cuatro patas, el apretón brutal de su ano virgen alrededor de mi grosor. Yvonne pasó dos veces “a traerme agua”, y en la segunda me empujó contra la pared, metió la mano dentro de mi pantalón y me masturbó cinco segundos intensos antes de desaparecer riendo bajito.
La noche cayó como un manto espeso. Esperé en mi habitación del segundo piso, desnudo sobre la cama, con la polla tiesa apuntando al techo y la puerta entreabierta tal como ella había pedido. Los ronquidos leves de mi padrastro llegaban desde el fondo del pasillo. Cuando el reloj marcó la una, la silueta de Yvonne apareció en el umbral. Llevaba solo una bata de seda que dejó caer al suelo en cuanto cerró la puerta casi del todo, dejando una rendija de dos dedos. Sus tetas pesadas y firmes quedaron libres, los pezones oscuros y duros. Su coño ya brillaba.
Se subió a la cama a horcajadas sobre mí y me besó con violencia, frotando su coño empapado contra mi polla gruesa.
—Fóllame, hijastro. Quiero que me rompas aquí, a metros de donde él duerme —susurró en mi oído, guiando la cabeza de mi polla entre sus labios hinchados.
Entré de un solo empujón hasta el fondo. El calor era abrasador, resbaladizo por los restos de la noche anterior. Yvonne soltó un gemido gutural que tuvo que ahogar mordiendo mi hombro. Empecé a embestir desde abajo, sujetándola por las caderas anchas, sintiendo cómo sus tetas pesadas golpeaban contra mi pecho con cada golpe. El sonido húmedo de su coño tragándome era obscenamente alto en el silencio de la casa. Ella cabalgaba con furia, girando las caderas, frotando su clítoris contra mi pelvis.
—Más fuerte, Dante… Quiero que me duela el coño mañana cuando desayune con él —jadeó, con la voz rota—. Soy tu puta madrastra. La que se corre pensando en la polla de su hijastro mientras su marido la toca sin ganas.
La giré sin salir de ella, poniéndola de rodillas sobre la cama, de cara a la puerta entreabierta. Desde allí podía ver el pasillo oscuro. La follé como un animal, tirándole del pelo oscuro, haciendo que sus tetas se balancearan y golpearan el colchón. Cada embestida profunda sacaba jugos que le corrían por los muslos. Saqué la polla, la bajé y metí la lengua en su coño, luego en su ano, saboreándola entera. Yvonne temblaba, empujando hacia atrás contra mi cara.
—Quiero tu polla en el culo otra vez —suplicó en un susurro desesperado—. Rompe a tu madrastra por el culo mientras él ronca.
Escupí sobre su ano dilatado y empujé. Esta vez entró más fácil, aunque seguía siendo un puño caliente y apretado. Yvonne enterró la cara en la almohada para ahogar sus gemidos mientras yo la sodomizaba con golpes cada vez más rápidos y profundos. Una mano mía bajó a su clítoris y lo froté con fuerza. Su cuerpo se tensó como una cuerda. Sentí cómo su ano empezaba a palpitar violentamente alrededor de mi grosor.
—Me corro… ¡me corro con tu polla en el culo, hijastro! —gimió contra la almohada.
Su orgasmo fue brutal. Chorros calientes salpicaron mis muslos desde su coño mientras su ano me ordeñaba con contracciones salvajes. Eso me llevó al límite. Me clavé hasta el fondo y me corrí inundándola por segunda noche consecutiva, llenando su intestino con chorros espesos y abundantes. Cuando empecé a sacarla, un hilo blanco espeso brotó de su ano dilatado y cayó sobre las sábanas.
Nos quedamos jadeando, pegados, mi polla aún semierecta dentro de ella. Fue entonces cuando lo oímos: pasos lentos en el pasillo. Nos congelamos. Mi polla seguía enterrada hasta el fondo en su culo lleno de semen. Yvonne abrió los ojos con auténtico terror y excitación. Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta. La rendija permitía ver una sombra. Contuvimos la respiración. Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que se oiría. La polla me dio un latido dentro de su ano, traicionera, endureciéndose otra vez por el peligro.
Los pasos continuaron hacia el baño. Oímos la puerta cerrarse. Yvonne giró la cabeza, me miró con los ojos vidriosos de lujuria renovada y susurró con voz temblorosa:
—No pares ahora… Sigue follándome. Mañana quiero que me lleves al despacho de tu padrastro mientras él está en una videollamada importante en la sala contigua. Quiero que me folles sobre su escritorio con la puerta sin llave.
Empujé de nuevo dentro de su culo lleno de mi corrida, sabiendo que el riesgo ya era una droga de la que ninguno de los dos podía escapar. La luna entraba por la ventana, testigo silencioso de cómo nuestra locura seguía escalando, prometiendo que muy pronto ya no habría vuelta atrás.
La polla me latía con violencia dentro del ano dilatado de Yvonne, ese túnel caliente y resbaladizo que aún guardaba los restos espesos de mi primera corrida. Empujé otra vez, lento pero implacable, sintiendo cómo sus paredes internas me succionaban con codicia. Ella tenía treinta y ocho años, una mujer madura cuya carne cedía y se apretaba a mi alrededor como si hubiera nacido para tragarme entero. “Esto es una locura absoluta”, pensé mientras mis dedos se clavaban en sus caderas anchas, “estoy follándome el culo de mi madrastra a dos metros de donde mi padrastro acaba de mear, con la puerta entreabierta y su sombra todavía fresca en el pasillo”. El riesgo me ponía la sangre en llamas. Yvonne mordía la almohada con fuerza, pero aun así un gemido ronco se le escapó cuando giré las caderas y le froté el punto más profundo.
—Más adentro, Dante… rómpeme —suplicó con voz ahogada, empujando hacia atrás hasta que mis huevos chocaron contra su coño empapado—. Quiero sentirte mañana cuando me siente a su lado en la mesa. Quiero que me duela el culo cada vez que cruce las piernas.
Aceleré. Los golpes se volvieron brutales, cortos, precisos. El colchón crujía apenas, pero el sonido húmedo de mi polla gruesa entrando y saliendo de su ano era obsceno, imposible de disimular. Saqué dos dedos y los metí en su coño, curvándolos para masajear ese punto hinchado que la volvía loca. Yvonne tembló entera, sus tetas pesadas balanceándose, los pezones rozando las sábanas sudadas. Su orgasmo llegó como un trueno silencioso: el ano se contrajo en espasmos violentos alrededor de mi grosor, ordeñándome, mientras chorros calientes salían de su coño y empapaban mi mano y las sábanas. Sentí que me arrastraba con ella. Con un gruñido que apenas pude contener, me enterré hasta el fondo y descargué. Chorros espesos, calientes, inundaron su intestino por segunda vez esa noche. El placer fue tan intenso que me nubló la vista.
Nos quedamos unidos, jadeando, mi polla todavía palpitando dentro de ella. Los pasos regresaron por el pasillo. Esta vez se detuvieron justo frente a la rendija de la puerta. El corazón me golpeaba las costillas como un martillo. Yvonne giró la cabeza; sus ojos brillaban de puro terror y lujuria. Mi polla, traicionera, dio un latido dentro de su culo lleno y volvió a endurecerse. Pasaron diez segundos eternos. Luego los pasos se alejaron. Cuando la puerta del dormitorio principal se cerró, Yvonne soltó un sollozo de alivio y deseo.
—No pares… por favor —rogó, moviendo el culo en círculos lentos alrededor de mi carne—. Necesito que me uses hasta que no pueda caminar.
La follé otra vez, más lento, más profundo, saboreando cada contracción de su cuerpo. Cuando por fin salí, un río blanco y espeso brotó de su ano dilatado y corrió por sus muslos. Ella se dio la vuelta, me miró con esa sonrisa de puta satisfecha y me besó con lengua profunda, lamiendo su propio sabor de mi boca.
Al día siguiente el despacho se convirtió en nuestro nuevo altar prohibido. Mi padrastro tenía una videollamada importante en la sala contigua; la puerta que separaba ambas estancias estaba entreabierta porque el aire acondicionado fallaba y necesitaba ventilación. Yvonne, con un vestido ceñido que marcaba cada curva de sus treinta y ocho años, entró descalza mientras yo fingía revisar planos sobre el escritorio de roble. Sus ojos se clavaron en los míos con esa promesa oscura que ya conocía demasiado bien.
—Está hablando de cifras con los inversores de Singapur —susurró, cerrando la puerta del pasillo pero dejando la del despacho contiguo exactamente como estaba—. No puede colgar en una hora. Quiero que me folles ahora, Dante. Aquí. Sobre su escritorio.
Mi polla saltó dentro del pantalón. La levanté sin palabras, la senté en el borde de la mesa y le subí el vestido hasta la cintura. No llevaba bragas. Su coño estaba hinchado, brillante, ya chorreando. Me arrodillé y hundí la lengua entre sus labios, lamiendo con hambre los restos de la noche anterior mezclados con su excitación fresca. Yvonne tuvo que taparse la boca con ambas manos cuando le metí dos dedos en el ano todavía sensible y empecé a follarla con ellos mientras chupaba su clítoris. Sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza. Desde la otra habitación llegaba la voz grave de mi padrastro explicando proyecciones financieras.
—Quiero tu polla, hijastro… ahora —jadeó apenas audible.
Me puse de pie, saqué mi grosor venoso y se la metí de un golpe en el coño. El escritorio crujió. Yvonne echó la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio hasta que sangró. Embestí con fuerza, viendo cómo sus tetas pesadas saltaban dentro del escote del vestido. Cada golpe desplazaba los papeles y hacía temblar el marco con la foto de su boda. El sonido húmedo de su coño tragándome era alto, demasiado alto. Desde la sala contigua mi padrastro seguía hablando, ajeno, mientras yo le destrozaba el coño a su mujer sobre su propio escritorio.
—Soy tu puta, Dante… tu madrastra de treinta y ocho años que se corre con la polla de su hijastro de treinta y dos mientras él cierra millones al lado —gimió en mi oído, las uñas clavadas en mi nuca—. Más fuerte. Quiero que me oiga aunque no sepa que es a mí.
La giré, la incliné sobre la mesa y le escupí en el ano antes de metérsela entera de un empujón. El apretón fue brutal. Yvonne enterró la cara entre sus brazos para ahogar los gemidos mientras yo la sodomizaba sin piedad, mis caderas chocando contra su culo redondo con golpes secos. Una mano mía bajó a su clítoris y lo froté en círculos rápidos. Su cuerpo se tensó. Sentí el orgasmo subirle por la columna como una corriente eléctrica. Cuando estalló, su ano se contrajo tan fuerte que casi me eyaculé dentro. Chorros de sus jugos salpicaron el suelo de madera noble. Me corrí un segundo después, inundándola otra vez, llenando su intestino hasta que el exceso empezó a escaparse alrededor de mi polla.
Nos quedamos quietos, unidos, respirando como animales. La voz de mi padrastro seguía sonando, ahora más cerca de la puerta. Yvonne giró la cabeza, me miró con los ojos vidriosos y susurró:
—Mañana te quiero en nuestra cama matrimonial mientras él está en la ducha. Voy a montarte encima de su almohada.
La sola idea me hizo palpitar dentro de ella otra vez. El riesgo ya no era solo excitante: era oxígeno. Habíamos cruzado todas las líneas y seguíamos corriendo hacia el abismo con la lengua fuera.
Pero esa misma noche, cuando la luna volvió a salir llena y Yvonne me esperaba desnuda en el jardín, con el coño y el ano todavía marcados por mis corridas, supe que ya no había control posible. La follé contra el mismo olivo, luego sobre el césped, luego de pie contra la pared de la casa mientras mi padrastro dormía arriba con la ventana abierta. Cada posición era más sucia, cada palabra más degradante. “Úsame como la zorra que soy”, repetía ella entre gemidos, “lléname hasta que me chorree por las piernas cuando le sirva el desayuno”.
Y al final, cuando ambos temblábamos exhaustos y mi semen corría abundantemente por sus muslos hasta mojar la tierra, la luna iluminó su rostro con una sonrisa que ya no era solo lujuria.
Era adiós.
La puerta del dormitorio principal se abrió de par en par y mi padrastro nos miró en silencio desde lo alto de la escalera, con la verdad de todos nuestros susurros prohibidos escrita en su rostro.
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