Cruzamos la Mirada en la Cata de Cerveza
En una cata de cervezas, el ingeniero de 32 años y el bartender tatuado Roman, de 28, se comen con la mirada y terminan follando duro en el
Soy un ingeniero de treinta y dos años y aquella noche fui solo a la cata de cervezas artesanales del bar del centro. No buscaba nada en concreto; solo quería probar lúpulos raros y olvidarme un rato de los planos y de los plazos. Entré, pedí la tarjeta de degustación y, al girarme hacia la barra, me lo encontré.
Roman. Bartender tatuado, veintiocho años, hombros anchos, brazos marcados que asomaban bajo la camiseta negra arremangada. Tenía un dragón que le subía por el antebrazo hasta desaparecer bajo la tela y una línea de runas en los nudillos. Me miró fijamente mientras me pasaba el primer vaso de muestra. No fue una mirada de cortesía. Fue intensa, prolongada, como si ya me estuviera desnudando. Yo le sostuve la vista. Él sonrió de lado, apenas, y yo le devolví la sonrisa. Desde ese segundo supe que la tensión era mutua.
—IPA de temporada —dijo con voz grave—. Cítrica, amarga al final. Dime qué te parece.
Bebí. El amargor me llenó la boca y, sin embargo, lo único que registraba era el calor de sus dedos al rozar los míos en el intercambio del vaso. Me quedé un instante de más con la mirada clavada en su boca. Él lo notó. Volvió a mirarme y esta vez su lengua pasó despacio por el labio inferior. Me subió la sangre a la entrepierna de golpe.
Durante la cata se acercó varias veces. Siempre con la excusa de explicar el siguiente trago. Se inclinaba, me hablaba bajito, ronco, tan cerca que sentía su aliento en la oreja.
—Esta es una stout ahumada —murmuró, y su pecho rozó mi hombro—. Notarás café, chocolate… y un toque a madera quemada.
Su mano bajó “sin querer” por mi brazo. Los dedos se quedaron un segundo en mi codo. Después, al servirme la tercera, apoyó la palma abierta en mi espalda baja, justo encima del cinturón, y me guió un paso hacia un lado para que otro cliente pasara. El contacto fue deliberado. El calor de su mano se me metió bajo la piel. Yo apreté los muslos y noté cómo se me endurecía la polla dentro del pantalón. Él lo sabía. Yo lo sabía.
Entre trago y trago nos comíamos con los ojos. Cada vez que se alejaba a atender a alguien, yo lo seguía con la mirada: el modo en que se movía detrás de la barra, la tensión de los glúteos al inclinarse, los tatuajes que se tensaban con cada gesto. Cuando volvía, me miraba directo a la boca o a la entrepierna un instante demasiado largo antes de subir otra vez a mis ojos. Yo le sonreía, discreto, y él respondía con esa misma sonrisa ladeada que prometía mierda buena.
A la quinta cerveza —una sour de frambuesa que me hizo fruncir el ceño— Roman se plantó a mi lado, más cerca aún. Su muslo rozó el mío. Me habló casi pegado al oído, la voz convertida en un susurro áspero que me erizó la nuca.
—Termino el turno en diez minutos —dijo—. Me encantaría continuar la cata en privado. Si te apetece.
El corazón me latía en la garganta y más abajo. Levanté la vista, lo miré a los ojos y dejé que se me escapara la verdad sin filtro, con una sonrisa clara:
—Quiero que me folles.
Sus pupilas se dilataron. Asintió una sola vez, lento, y el gesto fue más explícito que mil palabras. Me tocó el antebrazo con los dedos y apretó apenas.
—Espérame al fondo, junto a la puerta del almacén. Nadie entra ahí a estas horas.
Acabé el vaso de un trago. El alcohol me calentaba la sangre, pero no estaba borracho; estaba lucido y duro y deseando. Conté los minutos. Cuando Roman se quitó el delantal y le dijo algo al otro bartender, yo ya caminaba hacia el pasillo trasero. Él me alcanzó, abrió la puerta metálica del almacén y me empujó dentro con una mano firme en la nuca. La puerta se cerró. El olor a lúpulo, madera y cerveza vieja nos envolvió. Había cajas apiladas, barriles y una luz floja colgando del techo.
Roman me clavó contra la pared de cemento. Su boca se estrelló contra la mía. El beso fue hambre pura: lengua, dientes, saliva. Le agarré la camiseta y se la subí, palpando el pecho duro, los pezones, los abdominales tensos. Él me bajó la cremallera de un tirón y metió la mano dentro de mi ropa interior. Me encontró completamente erecto y gruñó contra mi boca.
—Joder, qué ganas tenías…
Me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los muslos. Él hizo lo mismo. Su polla saltó gruesa, venosa, ya brillante en la cabeza. Me arrodillé sin que me lo pidiera. Quería saboreársela. La cogí con la mano, la pesé, y se la metí a la boca de un golpe, abriendo bien la garganta. Roman soltó un jadeo y se apoyó con ambas manos en la pared por encima de mi cabeza.
—Así… joder, chúpamela entera…
La chupé con devoción. Lengua plana por debajo, labios apretados, saliva bajando hasta las bolas. Me la metía hasta la base y me quedaba ahí, tragando, dejando que me lloraran los ojos. Él mecía las caderas con cuidado al principio y después con más fuerza, follándome la boca mientras me decía lo bien que la tomaba. Yo me tocaba a mí mismo con la mano libre, lento, para no correrme demasiado pronto. El sabor a piel limpia y a un rastro de jabón de manos me volvía loco. Cuando sentí que se le tensaban los muslos, me aparté, un hilo de saliva uniéndome aún a su glande.
Roman me levantó, me dio la vuelta y me inclinó sobre unas cajas de cartón resistentes. Me abrió los glúteos con las dos manos y se arrodilló detrás. Su lengua me encontró el culo sin preámbulos. Me la clavó profunda, caliente, húmeda, abriéndome con la punta y después con toda la lengua, chupando, gimiendo contra mi piel. Yo mordí el dorso de mi mano para no gritar. Las piernas me temblaban. Él me comió el culo como si llevara semanas deseándolo: saliva espesa, dedos que se unían a la lengua, un movimiento circular que me hizo arquear la espalda y empujar hacia atrás pidiendo más.
—Date la vuelta no… quédate así —ordenó, ya de pie otra vez—. Quiero metértela de una.
Escupió en su mano, se untó la polla y me la puso en la entrada. Empujó. El grueso de la cabeza me abrió de golpe y yo solté un gemido ronco, medio dolor medio placer. Me agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra y se enterró hasta el fondo de una embestida larga. Me folló de pie, contra las cajas primero y después me pegó otra vez a la pared, una pierna mía alzada. Las embestidas eran brutales: profundas, rápidas, el sonido obsceno de piel contra piel llenando el almacén. Cada vez que se hundía entero me golpeaba la próstata y yo gemía sin vergüenza.
—Más… así, duro… —le pedí.
—Qué puto estás —me dijo al oído, tirándome del pelo para que le diera la cara—. Querer mi verga tan rápido, en el almacén del bar… te la estás comiendo toda, ¿eh? Dime que te gusta.
—Me encanta… tu polla… fóllame más fuerte…
Él aceleró. Me daba tirones de pelo alternados con palmadas en el culo. Me hablaba sucio, me llamaba puto, me decía lo apretado que lo tenía y lo bien que le chupaba la polla el culo. Yo empujaba hacia atrás al mismo ritmo, sudando, la frente contra el cemento frío. La fricción era perfecta. Cuando sentí que se me acercaba el orgasmo, se lo dije entre jadeos. Roman metió la mano por delante, me agarró la polla y me la masturbó al ritmo de sus embestidas.
Me corrí primero, a chorros, en su puño, manchándole los dedos y un poco la pared. Las contracciones me apretaron alrededor de su verga y eso lo mandó al borde. Embestidas cortas, profundas, y entonces se enterró hasta las bolas y se corrió dentro de mí, caliente, a pulsos, gimiendo contra mi cuello. Nos quedamos así unos segundos, pegados, respirando agitados, su polla todavía laténdome dentro.
Después me soltó el pelo con cuidado. Me giró despacio y me besó suave, casi tierno, contrastando con la brutalidad de antes. Sacó un paño limpio de no sé dónde —quizá de un cajón de limpieza— y me limpió con gestos precisos, el semen que me bajaba por el muslo, el sudor de la espalda baja. Yo le limpié a él la mano y la polla con el mismo paño. Nos subimos los pantalones. Roman me miró a los ojos y sonrió de verdad, sin la media sonrisa de antes.
—Ven a casa —dijo—. Quiero repetirlo con más calma, sin prisa, en una cama de verdad. Tengo el resto de la noche libre.
Salimos juntos del almacén como si nada. El bar seguía con su bullicio de catas y risas. Intercambiamos números junto a la salida: yo le dicté el mío y él me mandó un mensaje en el acto para que tuviera el suyo. Su mano se quedó un segundo en la mía al entregarme el móvil.
—¿Vienes ahora? —preguntó, ya en la calle, la noche fresca pegándonos en la cara.
Asentí. Todavía me temblaban las piernas y sentía el recuerdo de su corrida dentro de mí con cada paso. Subimos a su moto —una negra mate que encajaba con los tatuajes— y yo me pegué a su espalda, los brazos alrededor de su cintura. Mientras arrancábamos hacia su barrio sentí que la noche apenas empezaba: su casa, su cama, todo el tiempo del mundo para que me follara otra vez más despacio, más profundo, y para que yo le devolviera cada gemido con intereses. El motor vibraba entre mis muslos y la promesa de lo que vendría me tenía otra vez medio duro contra su espalda.
Llegamos a su edificio de ladrillo en un barrio tranquilo, dos plantas más un ático. Roman aparcó la moto, me ofreció la mano para bajar y no la soltó hasta la puerta del ascensor. Dentro del cubículo estrecho me empujó contra la pared metálica y me besó otra vez, más despacio que en el almacén, explorando, saboreando la cerveza que aún teníamos en la lengua. Su mano bajó y me apretó la polla por encima del pantalón; yo ya estaba otra vez duro del viaje, del motor vibrando y de la promesa de su cama.
—Tercer piso —murmuró contra mi boca cuando las puertas se abrieron—. No pares.
El piso era pequeño, limpio, con olor a café y a la misma jabón de manos del bar. Había un sofá viejo, una nevera con imanes de cervezas y una cama de matrimonio al fondo, sábanas grises deshechas. Roman encendió solo una lámpara de pie. Me quitó la chaqueta, después la camisa, botón a botón, mirándome el pecho y los hombros como si inventariara lo que iba a follar. Yo le subí la camiseta y se la quité del todo. El dragón le cubría medio torso, negro y rojo, y las runas de los nudillos se extendían en líneas finas hasta el hombro. Le chupé un pezón, después el otro; él gruñó y me empujó hacia la cama.
—Quítate todo —dijo—. Quiero verte desnudo de verdad.
Me descalcé, me bajé los pantalones y los calzoncillos. Mi polla saltó pesada, todavía sensible del orgasmo del almacén, la cabeza brillante. Roman se quitó el resto: botas, vaqueros, ropa interior. Su verga ya estaba semierecta otra vez, gruesa, con las venas marcadas. Me empujó suavemente hasta que caí de espaldas en el colchón. Se arrodilló entre mis piernas y me la chupó sin prisas. Lengua caliente, labios apretados, una mano apretándome las bolas con cuidado. Yo arqueé la espalda y le agarré el pelo corto.
—Joder, Roman… así…
Me la tomó profunda un rato, saliva espesa bajando, y después se detuvo, me abrió las piernas más y me lamió las bolas, el perineo, hasta volver a mi culo. Todavía estaba abierto y sensible de la follada anterior; su lengua me encontró fácil y me abrió otra vez, lento, deliberado. Metió un dedo, después dos, curvándolos contra la próstata mientras me chupaba la polla a intervalos. Yo gemía sin vergüenza, las manos en las sábanas, las caderas empujando hacia su boca.
—Lubricante —dijo, y se estiró hacia la mesilla. Sacó un bote y un condón. Se lo puso él mismo, rodándolo con dedos expertos, y se untó generoso. Me untó a mí también, dos dedos entrando y saliendo, preparándome de verdad esta vez. —Quiero metértela despacio y sentirte entero.
Me puso de lado, se colocó detrás, me alzó una pierna y empujó. La cabeza entró suave, el lubricante ayudando, y después el resto, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas se pegaron a mi culo. Me besó el cuello, me mordió el hombro. Empezó a moverse con embestidas largas y profundas, sin prisa. Cada una me rozaba la próstata; yo apretaba el músculo a propósito para oírlo jadear.
—Más fuerte cuando quieras —le dije—. Me gusta como me jodes.
—Te voy a follar hasta que no puedas caminar mañana —respondió contra mi oreja, y aceleró. La cama crujía. Su mano me rodeó el pecho, me pellizcó un pezón, después bajó y me masturbó al ritmo. El sonido de piel mojada, de su respiración ronca, de mis gemidos ahogados en la almohada. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me embistió más duro, agarrándome las caderas con fuerza, los tatuajes tensándose en sus brazos. Palmadas en el culo, tirones de pelo suaves, sucio otra vez:
—Qué culo tan puto… lo tienes hinchado de mi verga y todavía pides. Dime que me quieres dentro toda la noche.
—Te quiero dentro… fóllame, Roman, no pares…
Me corría cerca otra vez. Él lo notó, me sacó, se quitó el condón de un tirón, se puso otro nuevo en segundos y me hizo montarlo. Me senté encima, guiando su polla hasta el fondo, y empecé a subirme y bajarme, las manos en su pecho tatuado. Él me agarraba las caderas y empujaba hacia arriba, encontrándome a mitad de camino. Sudábamos. El olor a sexo y a cerveza residual llenaba la habitación. Me inclinó hacia delante, me besó mientras me follaba desde abajo, y metió la mano entre nosotros para masturbarme.
Me corrí segundo esta vez, chorros calientes sobre su abdomen y el dragón, contrayéndome alrededor de él. Roman soltó un gemido largo, me clavó las uñas en los muslos y se corrió dentro del condón, pulsando, las caderas levantadas del colchón. Nos quedamos así, yo aplastado contra su pecho, respirando juntos, su polla ablandándose despacio dentro.
Después se deslizó fuera con cuidado, se quitó el condón, lo ató y lo tiró. Me trajo un vaso de agua de la cocina. Nos limpiamos con una toalla húmeda. Me acosté de lado y él se pegó a mi espalda, un brazo pesado sobre mi cintura, los labios en mi nuca. El silencio era cómodo al principio. La noche entraba por la ventana entreabierta. Pensé en quedarme a dormir, en otro round al amanecer, en desayuno y números guardados de verdad.
Roman habló bajo, casi distraído, mientras me acariciaba el pecho con los dedos.
—Esto… ha estado bien. Muy bien. Pero no te hagas ideas, ¿eh? Yo no busco nada fijo. El bar, los turnos, la gente que entra y sale… prefiero así. Follar rico y ya. Sin dramas.
Asentí contra la almohada, todavía con el sabor de su piel en la boca. “Sin dramas.” La frase se me quedó clavada. Él se rio bajito, como si hubiera dicho algo gracioso, y añadió:
—Además, el otro bartender, el de la barra de al lado… a veces también venimos aquí. O el chico de la distribución de barriles. No es exclusivo, ¿sabes? Si te apetece repetir algún día, me escribes. Si no, también bien. La cata ha estado de puta madre.
Me giré un poco para mirarlo. Su sonrisa era la misma de la barra: ladeada, segura, sin malicia aparente. Pero algo se me enfrió en el pecho. No era celos exactamente; era la sensación de haber sido una muestra más, como los vasos de degustación. IPA, stout, sour… y yo. El ingeniero de treinta y dos que dijo “quiero que me folles” y se dejó abrir en el almacén y en la cama. Él me besó la frente, tierno otra vez, y se estiró para apagar la lámpara.
—Quédate si quieres. O llámame un Uber. Como prefieras.
Me quedé quieto un rato, escuchando su respiración que se iba volviendo regular. El semen seco me tiraba un poco en el muslo. La polla me dolía agradable, el culo también, marcado y usado como yo había pedido. Todo había sido consensual, duro, perfecto en la carne. Y sin embargo, mientras la oscuridad se asentaba y Roman ya casi dormía a mi lado, me invadió una duda sorda, incómoda. No sobre el sexo —eso había estado jodidamente bien—, sino sobre mí mismo. Sobre lo fácil que me había abierto, lo rápido que había confesado el deseo en voz alta, lo mucho que había querido creerme la promesa de “más calma, sin prisa, toda la noche” como si fuera algo más que otra ronda de cata. Me pregunté si al día siguiente, en la obra o delante de los planos, iba a recordar solo las embestidas o también esta frase suelta de “no es exclusivo” dicha con la misma naturalidad con la que servía una cerveza.
Me levanté despacio, sin despertarlo del todo. Me vestí a tientas: calzoncillos, pantalones, camisa abotonada a medias. Encontré las llaves de mi piso en el bolsillo y el móvil con su número recién guardado. Lo miré un segundo en la pantalla tenue. Podría borrarlo. Podría escribirle “gracias” y ya. En su lugar me quedé de pie junto a la cama, contemplando el dragón medio cubierto por la sábana, los hombros anchos, la boca entreabierta. El mismo hombre que me había comido con la mirada en la barra y que me había follado hasta hacerme temblar.
Salí en silencio. Bajé las escaleras en vez del ascensor. En la calle la noche fresca me pegó en la cara como al salir del bar. Pedí un coche. Mientras esperaba, noté otra vez el recuerdo físico de él dentro, el ardor dulce, y al mismo tiempo un vacío raro en el pecho, como si me hubiera bebido demasiadas muestras y al final solo quedara el amargor. No arrepentimiento de haberlo hecho —habría vuelto a arrodillarme en el almacén sin dudar—, sino la duda de si yo buscaba solo eso o si, por un momento idiota entre el motor de la moto y las sábanas grises, había querido creer que la tensión de las miradas significaba algo que durara más que el semen y el lubricante.
El coche llegó. Me subí. Miré atrás una vez, hacia las ventanas del tercer piso ya a oscuras. El número de Roman seguía en el móvil. No lo borré. Tampoco le escribí. Me fui a casa con las piernas torpes, el cuello marcado por sus dientes y esa sensación residual de que la noche había terminado exactamente como empezó: intenso, carnal, y de alguna manera incompleto, como un trago que sabe increíble mientras baja y después te deja la boca seca y preguntándote si valió la pena pedir la ronda entera.
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