Su Culo Entregado tras la Apuesta Perdida
La camarera de 28 años, Paulina, entrega su culo virgen al vecino Victor tras perder una apuesta de billar.
La barbacoa del bloque olía a chorizo quemado y a cerveza barata, ese perfume dominical que Paulina, camarera de veintiocho años con las piernas siempre cansadas de subir y bajar bandejas, conocía de memoria. Llevaba un top blanco que se transparentaba un poco con el sudor y unos pantalones cortos que Victor, el arquitecto de treinta y dos que vivía justo enfrente, no dejaba de mirar cada vez que ella se agachaba a recoger una pinza del suelo. Bianca y Otto, los de la puerta del fondo, reían a carcajadas con una anécdota de obras, pero Paulina y Victor ya estaban en su burbuja de siempre: pullas, guiños y ese flirteo descarado que llevaba meses pudriéndose de ganas sin atreverse a cruzar la raya.
—Si sigues mirándome el culo así, Victor, te va a dar un calambre en el cuello —le soltó ella, dándole un codazo juguetón mientras le robaba un chorizo de la parrilla.
—Es un culo que merece estudio estructural, joder. Curvas perfectas. Debería hacerte un plano —contestó él, con esa sonrisa de tío seguro que a ella le ponía los pezones duros bajo la tela.
Se metieron dentro del salón de Otto cuando el sol empezó a picar de verdad. Allí estaba la mesa de billar, polvorienta y con el fieltro un poco raído. Paulina cogió un taco como si fuera un arma.
—Partida. Si gano yo, me invitas a esa cena carísima del japonés del centro. La de los nigiris de mil euros el bocado.
Victor levantó una ceja, apoyado en el taco contrario, mirándola de arriba abajo con una mezcla de hambre y diversión.
—Y si pierdes tú… un favor sexual. Atrevido. De los que se piden en voz baja. Llevamos meses con este baile, Paulina. Ya es hora de ponerle precio al flirteo.
Ella se rio por lo bajo, un sonido ronco y confiado, y le guiñó un ojo. Los dos sabían de sobra que el deseo estaba ahí, gordo y juguetón, desde aquella noche en la que se habían quedado a solas en el portal y casi se comen a besos. Aceptó sin dudar, chasqueando la lengua.
—Trato hecho, arquitecto. Prepárate para pagar sake caro. Mi culo y yo somos imbatibles.
La partida fue un desastre ridículo. Paulina, tan segura de su golpe de vista en el bar, falló la primera bola de manera espectacular: el taco resbaló, la bola blanca salió volando y casi le pega a Otto en la cerveza. Victor no paraba de reírse, pero no con maldad, sino con esa calidez morbosa que la hacía sentirse observada y deseada. Ella falló otra, y otra, hasta que solo le quedaron bolas imposibles y él, con paciencia de depredador divertido, las fue metiendo una a una. Cuando metió la negra, Paulina se quedó mirando la mesa con las mejillas ardiendo y una risa nerviosa atrapada en la garganta.
—Joder… —murmuró, pasándose la mano por el pelo—. He perdido como una principiante. Y mira que me confié.
Victor se acercó, dejando el taco a un lado. Le rozó la cadera con los dedos, apenas un toque.
—¿Estás asustada o mojada, camarera?
Ella le miró a los ojos, todavía sonrojada, pero la risa le salió espontánea, cálida, confesando sin vergüenza.
—Las dos cosas. Y más mojada que asustada, la verdad. Llevamos meses olisqueándonos. La idea de… lo que sea que me vayas a pedir me tiene el coño latiendo. Así de claro.
Se fueron a su piso, el de Victor, con la excusa de “liquidar la apuesta en privado”. Apenas cerró la puerta, él la arrinconó contra la pared del recibidor y le soltó bromas subidas de tono mientras le subía la mano por el muslo.
—Voy a abrirte ese culo virgen que me has estado enseñando en shortcitos todo el verano. Lento. Con lengua primero. Luego dedos. Luego la polla hasta el fondo, Paulina. ¿Te imaginas cómo se te va a poner la cara de perdedora culona mientras te la meto?
Ella le respondió al mismo tono, mordiéndole el labio inferior con ganas, la respiración ya entrecortada y el humor intacto.
—Calla, listillo. Que yo también he fantaseado con que me destrocen el culo. Semanas enteras tocándome en la ducha pensando en tu polla empujando ahí atrás. Así que menos monólogo y más manos, arquitecto. O te cobro intereses.
El beso que siguió fue hambriento, de lenguas torpes y risas entrecortadas cuando los dientes chocaron. Tropezaron hasta el sofá. Victor la tumbó de espaldas y le palpó los pechos por encima de la ropa, pellizcándole los pezones duros a través del top. Ella le agarró la polla por fuera del pantalón, notándola gruesa y ya dura, y se rio contra su boca.
—Hostia, qué pedazo. Esto va a doler rico, ¿eh?
—Llevo semanas soñando con follarte el culo, Paulina. Con dejártelo abierto y rojo y pidiéndome más. Tú también, ¿a que sí?
—Sí —admitió ella, arqueando la espalda mientras él le bajaba la cremallera de los shorts y le metía la mano entre las piernas, encontrándola empapada—. Fantaseaba con que me lo comieras primero. Con tu lengua en el culo y tus dedos abriéndome. Joder, Victor, toca ya de verdad.
Se desnudaron entre tirones torpes y más risas. Paulina se quedó en bragas un segundo, luego se las quitó del todo y se subió a la cama de él sin pudor, poniéndose a cuatro patas como había prometido la apuesta no dicha. El culo al aire, redondo, blanco, con el agujero apretado y virgen que él había codiciado. Victor se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las manos y le pasó la lengua plana desde el coño hasta el culo en un lametón lento y obsceno. Ella soltó un gemido que se transformó en risa ahogada.
—Joder, qué asqueroso y qué rico a la vez… más, cabrón.
Él se dedicó a comérselo con lengua experta: círculos, punzadas, saliva abundante que le chorreaba por el perineo. Metió un dedo lubricado con el bote que tenía en la mesilla —siempre previsor, el arquitecto—, luego dos, abriéndola con paciencia mientras ella empujaba hacia atrás y se tocaba el clítoris con dos dedos propios.
—Qué culo más apretado tienes, perdedora. Se te va a quedar marcado mi nombre.
—Métela ya —pidió ella, la voz pastosa de ganas—. Quiero sentirte. He perdido, cobráte el favor.
Victor se colocó detrás, se untó la polla generosamente y empujó la cabeza contra el anillo apretado. Entró despacio, centímetro a centímetro, con embestidas controladas y profundas que le sacaban a Paulina gemidos guturales mezclados con risitas histéricas de placer. Ella clavaba los dedos en la sábana y miraba por encima del hombro, el pelo pegado a la cara sudada.
—Ay, joder… qué gruesa… no pares. Me estás abriendo el culo como si fuera tu puta particular.
—Eso eres ahora. Mi perdedora culona de la apuesta —le soltó él, agarrándole las caderas y metiéndosela hasta los huevos con una embestida más honda. El culo de ella se adaptaba, resbaladizo y caliente, tragándosela entera—. Escucha cómo te suena al follártelo. Qué rico.
Después la hizo girar y se tumbó de espaldas. Paulina se montó a vaquera invertida, de espaldas a él, bajando el culo sobre la polla erecta hasta que la sintió enterrada del todo. Empezó a cabalgarse el miembro ella misma, subiendo y bajando con las piernas temblando, mientras se masturbaba el clítoris con ganas. Las risas salían entre gemidos cada vez que él le daba un azote en una nalga o le tiraba del pelo suavemente.
—Dámelo más fuerte, Victor. Me encanta sentirte dentro de mi culo. Más. Usa a tu perdedora.
—Así, muévete, culona. Mírate cómo te la metes tú solita. Qué puta más rica has salido después de perder al billar.
Ella se corrió primero, un orgasmo anal intenso que le contrajo el agujero alrededor de la polla de él y le arrancó un grito ronco seguido de una carcajada temblorosa. Las paredes se le apretaron tanto que Victor no aguantó: la agarró de las caderas, la embistió hacia arriba un par de veces más y se derramó dentro, llenándole el culo de corrida caliente mientras gruñía su nombre. Paulina se derrumbó hacia atrás, riendo sin aliento, y acabó tumbada sobre el pecho sudado de él, el culo aún latiente y goteando un hilo blanco por el muslo.
Le dio un mordisco juguetón en el hombro, lo bastante fuerte para dejar marca, y se acomodó contra su cuello con la voz todavía ronca de placer.
—La próxima apuesta la gano yo, arquitectorazo. Y entonces me cobro el favor en tu boca. Quiero verte de rodillas chupándome el coño hasta que me corra en tu cara, y después te voy a follar la garganta con ganas. ¿Trato?
Victor se rio bajo ella, todavía dentro, y le acarició el culo rojo con la palma abierta, un gesto posesivo y tierno a la vez. Fuera, en el patio del bloque, se oían todavía las voces de Bianca y Otto cerrando la barbacoa. Ninguno de los dos se movió a vestirse. La noche era larga, el piso estaba en silencio salvo por sus respiraciones, y la tensión de lo que vendría después —otra partida, otra apuesta, más culo y más boca— se quedó flotando entre ellos como una promesa sin firmar todavía del todo.
Se quedaron así un rato, ella encima de él con la polla todavía medio dentro del culo, palpándole el pecho sudado y riéndose contra su cuello cada vez que un espasmo le cerraba el agujero alrededor de él.
—Mira que te lo dije, arquitectorazo. Que mi culo era imbatible… hasta que te lo dejé ganar —murmuró Paulina, mordisqueándole la oreja—. Ahora tienes corrida tuya goteándome por el muslo y yo con ganas de otra ronda. ¿O te has quedado sin batería después de cobrarte el favor?
Victor le dio un azote suave en la nalga todavía caliente y se rio, esa risa baja y confiada que a ella le subía la temperatura otra vez.
—Batería de sobra, camarera. Y tu culo sigue pidiendo obra. Siéntate bien, que voy a mirarte cómo se te abre.
Ella se incorporó con las piernas temblando, se giró sobre la polla que volvía a endurecérsele dentro y se acomodó a horcajadas mirándole la cara. Bajó despacio, sintiendo cómo el glande le rozaba el anillo hinchado, y soltó una carcajada ronca cuando él le agarró las caderas para ayudarla a tragarla entera otra vez.
—Joder, qué manera de recuperarte. Parece que el billar te da superpoderes de polla —dijo ella, empezando a moverse en círculos lentos, el culo abriéndose y cerrándose con cada giro—. Hostia, se nota más gorda ahora. ¿O es que me la estás hinchando a propósito, listillo?
—Es tu culpa, perdedora. Ese agujero me aprieta como si quisiera quedársela de recuerdo. Súbete y bájate más fuerte. Quiero ver cómo te la comes tú sola hasta el fondo.
Paulina obedeció, plantando las manos en su pecho y cabalgándolo con ganas. Cada bajada le sacaba un gemido gutural mezclado con risitas; el roce le hacía cosquillas en el coño y ella se tocaba el clítoris con dos dedos, mojándose más mientras el culo se le llenaba otra vez. Victor le pellizcaba los pezones, tironeaba un poco y le soltaba pullas entre embestidas hacia arriba.
—Mira qué cara de puta contenta pones. La camarera del bloque, la que se cree tan lista con el taco, y ahora se está follando el culo como si le pagaran extra por turno. ¿Te gusta, Paulina? ¿Te gusta que te lo destroce despacio?
—Me encanta, cabrón —admitió ella, arqueando la espalda y acelerando el ritmo—. Me duele rico, se me abre y se me cierra y cada vez que bajas me entra más. Joder, Victor… si ganas otra partida te dejo que me lo marques con la mano. Azotes y todo. Pero ahora cállate y fótame más hondo.
Él la giró de golpe, sin sacársela del todo, y la puso de lado. Le levantó una pierna, le pasó el brazo por debajo del muslo y empezó a embestirla de costado, profundo y constante. El sonido obsceno de la polla entrando y saliendo del culo lubrificado llenaba el piso; Paulina se agarraba a la sábana y se reía entre gemidos cada vez que él le daba un golpecito seco en la nalga.
—Escucha eso. Tu culo haciendo ploc-ploc como si te estuviera cobrando la apuesta con intereses. Qué rico se te pone rojo. Más abierto. Más mío.
—Eres un hijo de puta divertido —jadeó ella, empujando hacia atrás para recibirlo entero—. Sigue. Métela hasta que se me note en la garganta. Quiero correrme otra vez con tu polla clavada ahí atrás.
Victor metió la mano por delante y le frotó el clítoris con el pulgar, rápido y preciso, mientras le follaba el culo con embestidas cada vez más largas. Paulina se corrió enseguida, el agujero contrayéndose a mil por hora alrededor de él, un grito ahogado que se convirtió en carcajada temblorosa. Las piernas le fallaron; él la sostuvo, la puso a cuatro patas otra vez y le dio lengua al culo abierto y lleno de su propia saliva y restos de corrida, limpiándola y abriéndola más con la punta de la lengua mientras ella se reía contra la almohada.
—Asqueroso… y delicioso. No pares, que me estás dejando el culo listo para la siguiente. ¿O ya piensas en la apuesta de la boca?
—Primero termino de usar lo que me gané —dijo él, subiéndose detrás otra vez, untándose más lubricante y empujando de una. Entró de un tirón hasta los huevos. Paulina gritó de placer y se rio al mismo tiempo—. Ahora sí. Hasta el fondo. Agárrate, culona de la apuesta.
La folló con ritmo constante, agarrándole el pelo con una mano y la cadera con la otra. Cada embestida le hacía rebotar las nalgas; ella empujaba hacia atrás, pidiendo más fuerte, más hondo, soltando frases sucias entre risas.
—Así… joder, así. Me estás dejando el culo para ti solo. Mañana no voy a poder sentarme en el bar sin acordarme de tu polla. Cabronazo. Dámela toda.
Victor se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le susurró al oído mientras le daba caña:
—La próxima vez que te agaches a recoger una pinza en la barbacoa voy a saber exactamente cómo se siente este culo por dentro. Cómo se abre. Cómo se te pone la cara cuando te la meto entera. Eres mía de apuesta, Paulina. Mi perdedora de culo virgen… bueno, ya no tan virgen.
Ella se corrió de nuevo, este orgasmo más largo, las paredes del culo exprimiéndole la polla hasta que él no aguantó. Se derramó otra vez dentro, grueso y caliente, llenándola mientras gruñía y le daba dos azotes finales en las nalgas. Paulina se derrumbó de bruces, riendo sin aliento, el culo goteando y las piernas abiertas sin pudor.
Se giró de espaldas, lo atrajo hacia sí y le besó la boca con lengua perezosa y sabor a sexo.
—Vale, arquitectorazo. Me has cobrado el favor con creces. Ahora yo. La próxima partida de billar es mía. Y cuando gane… te arrodillas, me abres las piernas y me chupas el coño hasta que me corra en tu cara. Después te follo la garganta despacio, bien profundo, y te dejo babear como me has dejado el culo yo ahora. ¿Trato cerrado?
Victor le acarició el culo hinchado, metió un dedo suave solo para sentir cómo todavía palpitaba, y asintió con esa sonrisa de siempre.
—Trato. Pero si vuelves a perder… esta vez te lo dejo tan abierto que no vas a poder servir cervezas sin que se te escape un gemido cada vez que te sientes.
Ella le dio un mordisco en el labio y se acomodó contra su pecho, los dos sudados, cansados y aún con ganas flotando entre las sábanas.
—Que venga. Mi culo ya tiene tu firma y mi coño está listo para cobrar. Ahora cierra el pico y abrázame un rato, que mañana tengo turno y no quiero que me vean cojeando… o sí, total, que se enteren de que la camarera del 3º se dejó el culo en una apuesta de billar como una campeona.
Se rieron bajito. Fuera, el bloque se iba callando. Dentro, solo quedaba el calor de los cuerpos y la promesa de otra ronda, otra partida, más culo y más boca.
Y así, con el culo aún lleno y la risa pegada a la garganta, Paulina entendió que había perdido la mejor apuesta de su vida.
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