Resistencia Rota: Su Culo se Rinde en el Taller

Delphine, una mecánica de 28 años, se agacha en el taller y le entrega su culo prieto de 35 años a Emmett para que se lo folle duro hasta romperlo.

11 min read September 16, 2026New

Delphine, la mecánica de veintiocho años cuyo cuerpo curvilíneo convertía cada movimiento en una provocación, empujó su moto averiada hasta el taller de Emmett con el mono de trabajo negro pegado a sus caderas como una segunda piel. El pantalón se hundía entre sus nalgas prietas, marcando la curva perfecta de un culo que parecía esculpido para tentar. Emmett, el dueño del taller de treinta y cinco años, salió secándose las manos con un trapo sucio. Sus ojos, oscuros y hambrientos, bajaron sin disimulo hasta ese culo mientras ella se detenía frente a él.

—Vaya, Delphine… otra vez por aquí. ¿Tu moto sigue sin responder o eres tú la que necesita que le aprieten bien las tuercas? —preguntó él con una sonrisa torcida, la voz cargada de doble sentido.

Ella levantó una ceja, desafiante, y se cruzó de brazos, haciendo que sus pechos llenos se marcaran contra la tela. Llevaban semanas cruzándose miradas cada vez que ella pasaba por el taller a comprar piezas. Semanas sintiendo cómo la polla de Emmett se hinchaba bajo sus pantalones cuando la veía agacharse.

—Tal vez las dos cosas, Emmett. Esta moto es como yo: dura por fuera, pero a veces necesita que un hombre con manos fuertes la abra y la haga gemir. Y por cómo me estás mirando el culo, parece que ya sabes exactamente qué herramienta usar —respondió ella, mordiéndose el labio inferior con descaro.

El aire entre ellos crepitó. Delphine sintió un calor líquido acumularse entre sus piernas. Pensó que ya era hora de dejar de fingir. Emmett dio un paso más cerca, lo suficiente para que ella oliera el aceite, el sudor y el deseo masculino puro.

—Llevo semanas imaginando cómo se vería ese culo prieto rebotando contra mis caderas, Delphine. No me mires así si no estás dispuesta a que deje de ser solo una fantasía.

—Pues deja de hablar y demuéstrame que eres capaz de romperme, grandote —contestó ella, girándose deliberadamente para que él viera cómo el mono se tensaba sobre sus nalgas al inclinarse sobre la moto.

La escalada fue instantánea. Mientras Delphine se agachaba para revisar el motor, separando las piernas y ofreciendo sin pudor la curva de su trasero, Emmett se colocó detrás. Su aliento caliente le rozó la nuca cuando se inclinó sobre ella, pegando su bulto duro contra aquellas nalgas firmes.

—Joder, Delphine… llevo queriendo follarte ese culo prieto desde la primera vez que entraste aquí. Quiero metértela hasta el fondo, sentir cómo tu ano apretado se abre solo para mí —susurró, la voz ronca de pura lujuria.

Ella giró la cabeza, una sonrisa provocadora pintada en sus labios carnosos. Su coño ya palpitaba, pero era su culo el que quería entregar esta vez.

—Siempre he querido probar algo más duro, Emmett. Mi coño ya lo ha probado casi todo… pero este culo virgen para ti está pidiendo que lo prepares bien. Tócame. Bésame. Y después haz que se rinda completamente ante esa polla gruesa que siento latir contra mí.

Las manos de Emmett no esperaron. Bajó la cremallera del mono de Delphine con un tirón seco, dejando al descubierto sus tetas pesadas y el tanga negro que apenas cubría nada. Sus dedos callosos apretaron una nalga con fuerza, separándola mientras su otra mano subía hasta su cuello. Se besaron con hambre brutal, lenguas enredándose, mordiéndose los labios, gruñendo. Delphine empujó su culo hacia atrás, frotándose descaradamente contra la erección que amenazaba con romper los pantalones de él.

—Prepárame, por favor —suplicó entre jadeos, rompiendo el beso solo para mirarlo a los ojos con descaro—. Quiero tu lengua en mi ano primero. Lubrícame con los dedos. Haz que mi culo se abra y se rinda ante ti como la puta que soy para ti.

Emmett la levantó en brazos y la llevó hasta el banco de trabajo lleno de herramientas y trapos. La puso a cuatro patas sobre la superficie metálica fría. Delphine arqueó la espalda, bajándose del todo el mono hasta las rodillas, ofreciendo su culo redondo, suave y completamente expuesto. Las nalgas se separaron solas, revelando el pequeño ano rosado y fruncido que palpitaba de anticipación.

—Así, mi puta… mírate, tan abierta para mí —gruñó Emmett, arrodillándose detrás.

Su lengua atacó sin piedad. Lamió el ano de Delphine con lametones largos y profundos, hundiendo la punta dentro del apretado anillo muscular mientras sus dedos lubricados con saliva y un poco de aceite de taller jugaban alrededor. Delphine gimió alto, clavando las uñas en el banco. El placer era sucio, intenso, prohibido. Sentía cada giro de esa lengua abriéndola, cada dedo que entraba poco a poco, estirándola. Dos dedos gruesos entraron y salieron, scissoring dentro de su culo mientras él seguía comiéndoselo con devoción.

—Más… méteme tres. Quiero estar lista para tu polla —rogó ella, moviendo las caderas hacia atrás.

Cuando Emmett se puso de pie, su polla gruesa y venosa ya estaba fuera, brillante de precum. Presionó la cabeza contra el ano lubricado de Delphine y empujó despacio. Ella jadeó al sentir cómo la abría, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos pesados chocaron contra su coño empapado.

—Joder, qué apretado estás… —siseó él.

—Más duro… ¡fóllame el culo más duro! —exigió Delphine, mirando por encima del hombro con los ojos vidriosos de placer.

Emmett obedeció. Sus embestidas pasaron de lentas y profundas a brutales. El banco de trabajo crujía con cada golpe de cadera. El culo de Delphine se estiraba obscenamente alrededor de esa polla gruesa, tragándosela entera. Ella gemía sin control, empujando hacia atrás, pidiendo más.

—¡Rómpeme el culo, Emmett! ¡Quiero que me destroces!

—Qué puta tan hermosa te ves, corriéndote con mi polla enterrada en tu trasero —gruñó él, dándole una fuerte palmada en la nalga—. Siente cómo te abre, cómo te llena. Este culo ya es mío.

Cambió de posición con un movimiento fluido. La levantó, la empujó contra la pared del taller y levantó una de sus piernas, manteniéndola abierta mientras volvía a clavarse en su ano desde atrás. Ahora entraba más profundo, golpeando puntos que la hacían gritar. El sudor corría por la espalda de Delphine. Su coño chorreaba sin que nadie lo tocara. El orgasmo anal la golpeó como un relámpago: su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla de Emmett, ordeñándola mientras ella gritaba su nombre y se corría con todo el cuerpo temblando.

Emmett no aguantó más. Con un rugido gutural, se enterró hasta el fondo y descargó chorros calientes de semen dentro de las tripas de Delphine. El orgasmo fue tan intenso que ambos se quedaron sin aliento, pegados a la pared, jadeando.

Cuando por fin se separaron, Delphine, con las piernas temblorosas y el culo lleno de semen que empezaba a escurrir por sus muslos, se arrodilló sobre el suelo sucio del taller. Tomó la polla todavía semidura de Emmett entre sus labios y la limpió con devoción: lamió cada gota de semen y sus propios jugos anales, chupando hasta la base, mirándolo a los ojos con esa actitud desafiante que ahora estaba completamente rota.

—Volveré a este taller cada vez que quiera que me follen el culo de nuevo —confesó con voz ronca, todavía saboreándolo—. Esto apenas empieza, Emmett. Mi resistencia se ha roto… pero todavía hay mucho más que quiero que me hagas.

Se besaron una vez más, lento y profundo, saboreando el gusto sucio del sexo en sus lenguas. Acordaron en susurros que repetirían muy pronto, que la próxima vez no habría preliminares tan largos. Delphine se subió el mono, sintiendo cómo el semen de él seguía escapando de su ano bien follado. Se dirigió hacia la puerta contoneando las caderas con descaro, sabiendo que él no podía apartar la mirada de ese culo que acababa de conquistar.

Pero antes de salir del todo, se detuvo un segundo bajo el marco, giró la cabeza y le dedicó una sonrisa oscura y prometedora. Sabía que Brigitte pasaría por el taller al día siguiente. Sabía que la próxima vez no estaría sola. La puerta se cerró tras ella, dejando a Emmett con la polla todavía húmeda y la promesa de que su resistencia rota solo era el comienzo de algo mucho más sucio y profundo.

El taller quedó envuelto en un silencio espeso tras el chasquido de la puerta. Emmett se pasó el dorso de la mano por la boca, aún con el sabor terroso y salado del ano de Delphine en la lengua, y sonrió con esa arrogancia satisfecha de quien acaba de conquistar territorio virgen. Su polla, todavía medio dura y brillante de fluidos, se removió dentro del pantalón mientras recordaba cómo aquel culo prieto de veintiocho años se había abierto como una flor sucia solo para él. «Mañana volverá… y no vendrá sola», murmuró para sí, sin imaginar hasta dónde llegaría la siguiente entrega.

A la tarde siguiente, el sol entraba oblicuo por las claraboyas sucias del taller, iluminando las herramientas grasientas y el banco de trabajo que aún guardaba el olor de la follada anterior. Emmett estaba inclinado sobre un motor cuando el ronroneo de dos motos lo alertó. Delphine fue la primera en cruzar el umbral, el mono negro pegado a sus curvas como pintura húmeda, las tetas pesadas marcándose contra la cremallera. Detrás de ella entró Brigitte, una piloto profesional de treinta y dos años, cuerpo fibroso de tanto entrenar en pista, caderas anchas y un culo redondo, alto y desafiante que hacía juego perfecto con el de su amiga.

Delphine no perdió tiempo en formalidades. Se acercó a Emmett, lo agarró por la nuca y le metió la lengua hasta la garganta en un beso brutal, mordiéndole el labio inferior mientras le frotaba la polla por encima del pantalón.

—Te dije que volvería, grandote. Y esta vez traigo refuerzos. Brigitte también quiere que le rompas el culo. Lo hemos hablado… y las dos estamos mojadas desde anoche solo de imaginarte reventándonos el ano.

Brigitte, con el casco aún bajo el brazo, se bajó la cremallera de su propio mono de carrera lentamente, dejando que sus tetas firmes saltaran libres. Tenía los pezones ya duros como guijarros. Se colocó al lado de Delphine, hombro con hombro, y ambas se giraron al mismo tiempo, bajándose los monos hasta las rodillas con un movimiento sincronizado. Dos culos perfectos, suaves, bronceados, se ofrecieron bajo la luz sucia del taller: el de Delphine aún con la leve marca rojiza de las palmadas del día anterior, el de Brigitte más pálido, más virgen, con un ano pequeño y rosado que se contrajo visiblemente cuando Emmett lo miró.

—Quiero sentir lo mismo que ella sintió —dijo Brigitte con voz grave, mirándolo por encima del hombro—. Que me prepares con la lengua, que me abras con los dedos y que luego me folles tan duro que no pueda sentarme en la moto mañana. ¿Puedes con las dos, mecánico?

Emmett sintió que la sangre le bajaba directamente a la polla. Se arrodilló entre aquellos dos culos como quien entra en un templo prohibido. Primero hundió la cara entre las nalgas de Delphine, lamiendo el ano todavía sensible del día anterior con lametones largos y obscenos. La punta de su lengua entraba y salía, follándola con la boca mientras sus dedos gruesos, lubricados con aceite de motor, abrían el culo de Brigitte. Tres dedos de golpe, girando, scissoring, estirando aquel anillo apretado que nunca había recibido una polla real. Brigitte gimió fuerte, clavando las uñas en el banco metálico.

—Joder… duele rico —jadeó ella, empujando hacia atrás—. Méteme cuatro, quiero sentirme llena antes de que me des tu verga.

Delphine, mientras tanto, giró la cabeza y besó a Brigitte con hambre, tragándose sus gemidos mientras Emmett alternaba: lengua en un ano, dedos en el otro, luego al revés. El taller se llenó del sonido húmedo y sucio de saliva, aceite y carne. El olor a sexo, a aceite mecánico y a culos calientes era denso, casi mareante. Emmett pensaba que nunca había visto nada tan obsceno y perfecto: dos mujeres adultas, expertas, ofreciéndole sin vergüenza sus agujeros más privados.

Se levantó, la polla tan dura que le dolía. Agarró a Delphine por las caderas y la empaló de un solo golpe brutal. Su ano, ya entrenado, lo tragó hasta la base con un sonido húmedo y obsceno. Emmett empezó a follarla con embestidas salvajes, haciendo que sus nalgas rebotaran y se pusieran rojas. Cada golpe profundo hacía que los huevos pesados chocaran contra el coño chorreante de ella.

—Así, cabrón… rómpeme otra vez —gruñó Delphine, los ojos en blanco—. Quiero que me destroces el intestino.

Brigitte se colocó debajo, boca arriba, y empezó a lamer el coño de su amiga mientras la polla de Emmett entraba y salía del culo justo encima de su cara. De vez en cuando sacaba la lengua y lamía también la verga brillante, probando el sabor anal de Delphine. Luego Emmett cambió de agujero. Sacó la polla con un pop húmedo y la clavó directamente en el ano de Brigitte. Ella soltó un grito ronco, arqueando la espalda. El estiramiento era mayor, más doloroso, pero su cara mostraba puro placer pervertido.

—Está tan apretado… joder, me estás abriendo como a una puta virgen —gruñó Emmett, sujetándola por la cintura mientras entraba hasta los huevos.

Delphine, aún temblando de su primer orgasmo anal, se puso de rodillas y metió la cara entre las nalgas de Brigitte, lamiendo el punto exacto donde la polla gruesa entraba y salía, saboreando la mezcla de aceite, saliva y los primeros jugos anales. Sus lenguas se tocaban a veces alrededor de la verga invasora.

La follada se volvió frenética. Emmett alternaba sin piedad: cinco embestidas brutales en el culo de Delphine, sacaba la polla chorreante y la metía en el de Brigitte, repitiendo el ciclo mientras ambas mujeres gemían y se besaban, sus cuerpos sudorosos deslizándose sobre el banco lleno de trapos sucios. El sudor corría por sus espaldas, el semen del día anterior mezclado con el nuevo lubricante salía a borbotones cada vez que él cambiaba de orificio.

Cuando el orgasmo lo atravesó, Emmett rugió. Se enterró hasta el fondo en el ano de Delphine y soltó los primeros chorros espesos, inundándole las tripas. Luego sacó rápidamente y terminó dentro de Brigitte, llenándola también con el resto de su corrida caliente. Ambas mujeres se corrieron al mismo tiempo, sus anos contrayéndose violentamente alrededor de la polla que las había roto, ordeñándola, exprimiendo hasta la última gota.

Los tres se quedaron jadeando, pegados, semen blanco escurriendo abundantemente de los dos culos abiertos y enrojecidos, bajando por sus muslos hasta el suelo grasiento del taller. Los besos finales fueron lentos, sucios, compartiendo sabores anales y semen en una cadena de lenguas.

Mientras se subían los monos con piernas temblorosas, Emmett sonreía con la satisfacción del macho que cree haber conquistado. No sabía que Delphine, al mirar a Brigitte con esa sonrisa cómplice y oscura, guardaba un secreto que él jamás sospecharía: Brigitte y ella eran amantes exclusivas desde hacía más de tres años. Todo esto —las visitas al taller, la entrega de sus culos, la resistencia rota— había sido un plan meticuloso de las dos para incorporar por fin una polla real y dominante a sus juegos más sucios. Emmett solo era el instrumento elegido. Y volverían cuantas veces quisieran, sin que él nunca llegara a entender del todo quién había roto la resistencia de quién.

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