Fuego Cruzado en la Casa Vacía

En la casa vacía, Nadia la de 22 se folla con ganas al maduro Silas, amigo de su padre.

13 min read September 06, 2026New

El calor del mediodía se filtraba por las persianas a medio bajar de la casa vacía, tiñendo de oro los pasillos y el polvo suspendido en el aire. Nadia llevaba tres semanas cuidando el chalet de los vecinos, una tarea fácil de verano que le dejaba tardes enteras de silencio, música alta y el cuerpo en camiseta corta y shorts. A sus veintidós años, la soledad no le pesaba; al contrario, le daba espacio para fantasear con cosas que no confesaría a nadie. O casi a nadie.

Cuando el timbre sonó, se asomó por la ventana del salón y lo reconoció al instante. Silas. El amigo de su padre. Cuarenta y ocho años bien llevados, hombros anchos de quien ha trabajado con las manos toda la vida, barba de tres días salpicada de gris y esa forma de mirar que siempre la había dejado un segundo sin aire. Llevaba vaqueros desgastados y una camisa de manga corta abierta en el pecho. Herramientas, pensó ella. Claro. Su padre le había mencionado algo.

Abrió la puerta y el aire caliente del jardín entró con él.

—Nadia —dijo Silas, y su voz grave le recorrió la piel como una caricia no pedida—. Tu padre me dijo que las cajas de herramientas están en el garaje. ¿Puedo…?

—Claro. Entra —respondió ella, y no se apartó del todo del umbral, de modo que al pasar casi rozó su pecho con el hombro de él. Notó el olor a colonia vieja, sudor limpio y sol. Se le erizaron los brazos—. La casa está vacía. Solo estoy yo todo el verano.

Silas asintió, pero sus ojos no se comportaron. Bajaron un instante a las piernas desnudas de Nadia, a la camiseta que se le pegaba al pecho por el calor, al hueco de la clavícula. Contuvo la mirada un segundo de más y luego se obligó a alzarla. Ella lo vio. Y sonrió con descaro, sin bajar la vista.

—Hace tiempo que no te veo —dijo Nadia, cerrando la puerta tras ellos. El pestillo sonó seco—. Estás… igual de imponente.

Él soltó una risa baja, casi incómoda.

—Y tú ya no eres la cría que se escondía detrás del sofá. Veintidós, ¿no?

—Veintidós y con ganas de cosas que no debería contar —respondió ella, y empezó a caminar hacia el pasillo que llevaba al garaje, sabiendo que él la seguía. Cada paso suyo era deliberado: la curva de la cadera, el vaivén de los shorts. Sentía la mirada de Silas clavada en su espalda como un peso caliente.

Recorrieron la casa en silencio cargado. La cocina amplia, el salón con los sofás cubiertos, el pasillo estrecho donde las paredes casi los obligaban a rozarse. En un tramo, al girar hacia las escaleras, el dorso de la mano de Silas rozó la de ella. Ninguno se apartó de inmediato. El contacto se alargó un segundo, dos, tres. Ella notó la piel áspera de sus nudillos, la calor. Cuando por fin se separaron, Nadia se mordió el labio inferior y lo miró de reojo.

—¿Siempre miras así a las amigas de tu hijo… perdón, a las hijas de tus amigos? —preguntó, sin filtro.

Silas se detuvo junto a la barandilla. El sol que entraba por el ventanal del rellano le marcaba las arrugas de expresión, la tensión en la mandíbula.

—No —admitió, voz ronca—. Solo a ti. Y llevo demasiado tiempo intentando no hacerlo.

El pecho de Nadia subía y bajaba más deprisa. Se acercó un paso. El aire entre ellos se espesó.

—Pues deja de intentarlo —susurró—. Yo también te miro. Desde hace años. Fantaseo con un hombre mayor, experimentado… con alguien que sepa exactamente dónde tocar y cómo. Alguien como tú.

Silas tragó saliva. Sus ojos oscuros recorrieron la boca de ella, el cuello, el bulto de los pechos bajo la tela fina.

—Tu cuerpo… joder, Nadia. Joven, firme, esa piel… Me despierta por las noches pensando en lo que haría si algún día… si tú quisieras. Sé la diferencia de edad. Sé que soy el amigo de tu padre. Pero te deseo. Te deseo de una forma que me quema.

Ella no esperó más cortesía. Se plantó frente a él, levantó la barbilla y dijo, clara:

—Entonces bésame. Quiero que me bese. Ahora. Consiento. Lo quiero.

Silas no dudó. La agarró por la cintura con las dos manos grandes, la pegó contra su pecho y le tomó la boca con hambre. El beso fue profundo, húmedo, sin preámbulos elegantes: lengua, dientes, el sabor a café y a deseo contenido demasiado tiempo. Nadia gimió contra sus labios y se subió de puntillas, enredando los brazos al cuello de él. Notó la erección de Silas presionando ya contra su vientre, gruesa, dura, y el calor le bajó directo al coño, mojándola de golpe.

Se besaron con prisa y con rabia dulce, empujados por lo prohibido y por el alivio de por fin decirse la verdad. Las manos de Silas bajaron a su culo, lo apretaron con fuerza a través de los shorts, lo levantaron un poco para frotarla contra su polla. Nadia jadeó y le mordió el labio inferior.

—Quítame la ropa —ordenó ella, entre besos—. Quiero sentirte.

Subieron las manos de él por debajo de la camiseta, le rozaron las costillas, los pechos desnudos —no llevaba sujetador por el calor— y le pellizcó los pezones ya duros. Nadia arqueó la espalda. Silas le arrancó la camiseta de un tirón y la tiró al suelo del rellano. La luz del sol le bañó los pechos firmes, los pezones rosados. Él se inclinó y le chupó uno con avidez, lamiendo, mordisqueando suave mientras ella se aferraba a su pelo canoso.

—Joder, qué tetas… —murmuró contra la piel—. Llevo años imaginándolas.

Nadia le desabrochó la camisa a empujones, botones saltando, y le pasó las manos por el pecho peludo, el abdomen todavía firme, la línea de vello que bajaba hacia el cinturón. Le desabrochó el pantalón con dedos torpes de ganas. Cuando sacó la polla de Silas —gruesa, venosa, ya goteando por la punta—, soltó un gemido de puro apetito.

—Hostia… está enorme —susurró, rodeándola con la mano y subiendo y bajando la piel. Él gruñó y le empujó los shorts y la braga hacia abajo de un solo gesto. Nadia levantó una pierna y otra para zafarse, y quedó desnuda delante de él, el coño afeitado, ya brillante de lubricación.

Silas la miró de arriba abajo como quien se muere de sed.

—Dime que lo quieres de verdad —exigió, aunque la respuesta ya la tenía en los ojos de ella—. Dime que me follas porque te apetece, no por un capricho.

—Te quiero dentro —respondió Nadia, clara, sin vergüenza—. Quiero que me folles en esta casa vacía, que me abras las piernas y me llames tuya un rato. Consiento. Te lo pido.

Él la alzó como si no pesara y la sentó en el borde de la barandilla del rellano, abriéndole los muslos con las manos. Se arrodilló un segundo solo para olerla, para lamerle el coño de abajo arriba con una lengüetazo largo y lento que la hizo gritar bajito. El sabor de ella le sacudió. Volvió a ponerse de pie, se alineó y frotó la cabeza de su polla contra el clítoris hinchado, impregnándola de su propio precum.

Nadia lo miraba a los ojos, las pupilas dilatadas, las mejillas encendidas.

—Métemela —rogó—. Despacio primero. Quiero sentirte todo.

Silas empujó. La entrada fue apretada, caliente, resbaladiza. Nadia abrió la boca en un gemido largo cuando la polla gruesa le estiró las paredes, centímetro a centímetro, hasta que estuvo enterrada hasta las bolas. Se quedaron así un segundo, temblando, sudando, el corazón a mil. Él le sujetaba las caderas; ella le clavaba las uñas en los hombros.

—Tan jodidamente estrecha… —jadeó Silas—. Tu coño me va a matar.

Empezó a moverse. Embestidas profundas, lentas al principio, luego más fuertes cuando ella le pedía más con la cadera. El sonido de piel contra piel llenó el rellano vacío. Nadia gemía sin cuidado, sin vecinos que escucharan, sin padre cerca: solo el eco de sus propias voces y el crujido de la madera bajo ellos. Cada embestida le golpeaba el punto exacto; sentía cómo se le acumulaba el orgasmo bajo el vientre, caliente, inevitable.

Silas le besó el cuello, le mordió el hombro, le habló al oído con esa voz grave de hombre maduro:

—Llevo años aguantándome. Ahora te voy a follar hasta que no puedas más. ¿Lo quieres?

—Sí… sí, fóllame más duro —suplicó ella, y él obedeció, acelerando el ritmo, sujetándola con fuerza para que no se cayera de la barandilla. El placer le subía a oleadas. Nadia se corrió primero, contrayéndose alrededor de la polla de él con un grito ahogado, el cuerpo temblando, el coño exprimiendo cada centímetro. Silas apretó los dientes y aguantó, seguid follándola a través del orgasmo, prolongándolo, haciéndola lloriquear de sobreestimulación dulce.

Cuando ella se ablandó un poco en sus brazos, él la bajó de la barandilla, la hizo girar y la empujó de pechos contra la pared del pasillo. Le separó las nalgas y volvió a entrar de un solo empujón, más profundo aún en esa postura. Nadia gritó de placer, las manos abiertas contra la pared fría, el culo empujando hacia atrás para recibirlo entero. Silas la follaba con ganas, sin piedad bonita, con la urgencia de lo que nunca debían estar haciendo y sin embargo hacían con consentimiento absoluto. Le daba palmadas en el culo, le tiraba del pelo con cuidado, le decía lo buena que estaba, lo mojada, lo perfecta que le quedaba la polla dentro.

Pero no terminó. Se contuvo otra vez, sacándola casi del todo y volviendo a hundirse, manteniendo el fuego vivo. Nadia lo notó: la tensión en los muslos de él, la forma en que respiraba, el control feroz.

—No te corras todavía —le pidió ella, mirándolo por encima del hombro con los ojos brillantes—. Quiero más. Quiero que me lleves a la cama de invitados. Quiero chupártela y que me dejes la cara hecha un desastre. Y después que me folles otra vez, más lento, mirándome.

Silas se detuvo hondo dentro de ella, le dio un beso húmedo en la nuca y susurró, la voz destrozada de deseo:

—Como digas. Toda la tarde. Toda la puta casa vacía es nuestra.

La sacó con un sonido obsceno, la levantó en brazos —ella rió, temblorosa, aún con las piernas flojas— y empezó a llevarla hacia el final del pasillo, hacia la habitación de invitados cuya puerta estaba entreabierta. El colchón crujiría. Las sábanas olerían a sol y a sexo. Y lo prohibido apenas acababa de empezar a arder de verdad.

Nadia se deslizó de los brazos de Silas en cuanto cruzaron el umbral del pasillo largo, las piernas aún temblorosas pero la mirada ya voraz otra vez. El calor del chalet vacío les pegaba la piel; el sudor les brillaba en el pecho y en el vientre. Ella se dejó caer de rodillas sobre la tarima caliente, sin importarle el roce áspero, y le agarró la polla gruesa y venosa con las dos manos, todavía resbaladiza de sus propios jugos.

—Quiero saborearte entero —jadeó, mirándolo fijamente a los ojos oscuros—. No apartes la vista.

Silas gruñó bajo y le enredó los dedos en el pelo castaño, tirando lo justo para guiarla sin forzarla. Nadia abrió la boca y se tragó la cabeza hinchada de un solo movimiento húmedo, la lengua plana contra la vena gruesa que latía en la parte de abajo. Chupó con devoción, salivando a propósito para que el sonido fuera obsceno, succionando fuerte mientras bajaba más, hasta que la punta le rozó la garganta y las bolas le golpearon la barbilla. Los ojos de ella no se cerraron ni un segundo; se mantenían clavados en los de él, brillantes, retozones, mientras la polla le estiraba los labios y le dejaba hilos de saliva bajándole por la mandíbula hasta el pecho.

—Joder, Nadia… así, justo así —ronroneó Silas, la voz rota, empujando despacio más adentro. Ella gimió alrededor de la carne caliente, la vibración recorriéndole el tronco, y aceleró el ritmo: chupones profundos, la lengua girando en la ranura, una mano apretándole las bolas pesadas y la otra acariciándole la base gruesa que no cabía del todo. El sabor a ella misma mezclado con su precum le volvía loca; se le mojaba otra vez el coño solo de sentir cómo se le tensaban los muslos a él.

Cuando la boca de Nadia ya le había dejado la polla brillante y palpitante al borde, Silas la levantó de un tirón por las axilas. La pegó contra la pared del pasillo de un solo movimiento bruto, le abrió las piernas con las caderas y se hundió de golpe hasta el fondo. Nadia gritó contra su hombro, las uñas clavadas en la espalda ancha de él.

—Más… más duro —exigió ella, y él obedeció sin piedad.

Las embestidas fueron profundas y brutales desde el primer empujón: caderas chocando con fuerza, la polla gruesa abriéndola una y otra vez, el golpe sordo de la base contra su coño empapado resonando en la casa vacía. Silas la sujetaba por los muslos, manteniéndola suspendida contra el yeso frío, follándola de pie con la urgencia de quien lleva años reprimiéndose. Cada embestida le aplastaba el clítoris; Nadia sentía cómo se le acumulaba otra vez el orgasmo, caliente y pesado bajo el vientre. Él le mordía el cuello, le hablaba al oído entre jadeos:

—Tu coño me aprieta como si quisiera comerme entero. Dime que te gusta que te folle contra la puta pared.

—Me encanta… me estás destrozando y lo quiero todo —gimió ella, moviendo la cadera al encuentro de cada embestida. El sudor les resbalaba entre los cuerpos; el olor a sexo ya impregnaba el aire caliente.

Sin sacarla del todo, Silas la bajó y la arrastró hacia el comedor. La mesa de madera larga y despejada los esperaba. La puso boca abajo de un manotazo suave pero firme, las tetas aplastadas contra el tablero frío, el culo en alto. Le separó las nalgas con las dos manos y le dio la primera nalgada consensuada, el sonido seco y perfecto. Nadia jadeó de placer y empujó el culo hacia atrás.

—Otra —pidió—. Más fuerte. Quiero sentirlo mañana.

Silas le propinó tres palmadas seguidas, la piel enrojeciendo al instante bajo su mano grande, siempre atento a cómo ella se removía y gemía pidiendo más. Luego alineó la polla y la penetró de un solo empujón brutal por detrás, hasta las bolas. La folló con fuerza dominante, agarrándola de las caderas para clavársela hondo, el ritmo rápido y profundo que le hacía rebotar las tetas contra la mesa. Cada embestida le rozaba ese punto exacto dentro; Nadia gritaba sin freno, las manos agarradas al borde de la madera, el coño chorreando por los muslos.

—Más… no pares, joder, más profundo —suplicaba ella, y él le daba otra nalgada mientras aceleraba, la polla saliendo casi del todo y volviendo a hundirse con un sonido húmedo y obsceno. Controlaba el ritmo para no corrérselo todavía, bajando una mano a frotarle el clítoris hinchado en círculos rápidos. Nadia se corrió otra vez contra la mesa, contrayéndose a su alrededor con un grito largo, el cuerpo sacudido, el orgasmo arrancándole temblores hasta las pantorrillas. Silas la folló a través de las contracciones, prolongándolas, murmurándole lo mojada que estaba, lo perfecta que se sentía exprimiendo su polla.

Cuando ella pudo hablar otra vez, jadeante, se incorporó un poco y lo miró por encima del hombro:

—Al sofá. Ahora. Quiero cabalgarte hasta que gritemos los dos.

Silas se sacó de ella con un sonido obsceno, la levantó y la cargó hasta el salón. Tiró una de las fundas del sofá al suelo y se dejó caer de espaldas sobre los cojines. Nadia no esperó: se montó a horcajadas, agarró la polla gruesa y se la clavó de un solo descenso salvaje hasta el fondo. Gritó de placer puro al sentirse llena otra vez y empezó a cabalgarlo con furia, las caderas rebotando, el culo golpeando las bolas de él en cada bajada. Silas le agarraba las tetas, le pellizcaba los pezones, le empujaba la cadera hacia arriba para clavársela aún más hondo. El sofá crujía; el sonido de piel mojada contra piel llenaba la casa.

Nadia se inclinó hacia adelante, las manos en el pecho peludo de él, follándolo salvajemente, el clítoris frotándose contra la base gruesa en cada movimiento. El orgasmo le subió como una ola negra y caliente. Silas gruñó, le sujetó las caderas y empezó a empujar hacia arriba con embestidas brutales desde abajo.

—Me corro… me corro contigo —jadeó él.

—Dentro… lléname —gritó ella.

Los dos estallaron al mismo tiempo. Nadia se contrajo alrededor de la polla que latía y disparaba chorros calientes y espesos dentro de ella; gritó el nombre de Silas mientras el orgasmo la sacudía entero, el coño exprimiéndole hasta la última gota. Silas rugió, las caderas levantadas del sofá, vaciándose profundo, las manos clavadas en su culo. Se quedaron temblando, unidos, el semen caliente empezando a rezumar por los bordes mientras ella seguía moviéndose un poco, ordeñándolo.

Nadia se dejó caer contra su pecho un segundo, todavía con la polla dentro, y Silas le besó la boca con una ternura húmeda y profunda que contrastaba con lo salvaje de antes. Le susurró al oído, la voz ronca:

—Ha sido increíble, joder. Tu cuerpo, tu coño… no tengo putas palabras.

Ella sonrió contra sus labios, todavía palpitando a su alrededor.

—Esto solo es el comienzo —murmuró—. Todo el verano. Cada vez que la casa esté vacía. Encuentros secretos, solo nosotros dos. La próxima vez te chupo la polla en la cocina y me follas contra la nevera.

Silas asintió, la mano aún en su culo, acariciando la marca de las nalgadas.

—Quedamos. Mañana a la misma hora. Y pasado. Y el resto del puto verano.

Se separaron despacio, el semen de él resbalándole a Nadia por el muslo interior mientras se vestían a medias entre risas cómplices. Salieron juntos por la puerta principal, el sol de la tarde pegándoles en la cara, la sonrisa compartida de quien ya tiene planes sucios para la próxima vez.

Nadia se detuvo un segundo en el umbral, se pasó un dedo entre las piernas, se lo llevó a la boca y lamió el resto de su corrida mezclada con la de él antes de guiñarle un ojo: —La próxima te la trago entera y me dejas la cara chorreando de tu leche caliente, maduro de mierda.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged flirting

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.