Susurro prohibido en la piscina
En la piscina, la curvilínea Tamara de 19 años provoca al musculoso Marco, padre de su amiga, hasta que él la folla salvajemente contra el borde.
El sol de agosto se derramaba sin piedad sobre la terraza de mármol blanco de la mansión. El agua de la piscina infinity brillaba como una lámina de zafiro líquido, y Tamara flotaba en ella como si el mundo le perteneciera. Diecinueve años, curvas generosas que el microbikini negro de tres hilos apenas se molestaba en contener: pechos pesados que rebosaban del triángulo minúsculo, caderas anchas, un culo redondo y firme que asomaba casi por completo cuando se giraba de espaldas. El hilo del tanga se perdía entre sus nalgas y ella lo sabía. Lo sabía y sonreía.
Marco la observaba desde la sombra del porche, un vaso de whisky con hielo sudando entre los dedos. Cuarenta y ocho años, hombros anchos de quien todavía levantaba hierro tres veces por semana, abdomen marcado bajo la camisa de lino abierta, mandíbula tensa. Arquitecto de renombre, viudo desde hacía años, acostumbrado al control. Su hija Delphine se había marchado a un viaje de estudios con la universidad y había dejado a su mejor amiga instalada en la casa como si nada. «Cuídala, papá». Y aquí estaba él, cuidándola, mientras el calor le subía por la nuca cada vez que Tamara se sacudía el agua de los pechos con las manos y lo miraba de reojo.
—¿No te metes, Marco? —preguntó ella, voz perezosa, labios húmedos—. El agua está perfecta. Y tú pareces… tenso.
Él apuró un trago.
—Trabajo. Planos que revisar.
—Siempre planes —murmuró Tamara, y se acercó a la escalera de la piscina con paso deliberadamente lento. El agua le chorreaba por el vientre plano, se acumulaba en el ombligo y bajaba hasta empapar el parche minúsculo de tela que cubría su coño. Se sentó en el borde, abrió un poco las piernas y se inclinó hacia adelante, ofreciéndole una vista imposible de ignorar—. Delphine me dijo que eras estricto. Yo no lo noto. Te veo mirándome todo el rato.
Marco apretó la mandíbula.
—No miro.
—Mentiroso —susurró ella, y se deslizó de nuevo al agua con una risa baja.
Durante tres días la provocación fue un arte. Cada mañana el bikini era más pequeño: ayer el negro, hoy un rojo carmín que no cubría ni las areolas si se movía demasiado. Tamara se untaba crema solar en los muslos con movimientos circulars lentos, justo frente a la ventana de su estudio. Se agachaba a recoger la toalla dejando el culo en alto. Pasaba rozándolo en el pasillo con el pecho rozando su brazo «sin querer». Él respondía con monosilabos, con la polla dura dentro del bañador cada puta tarde, odiándose un poco por no echarla de la casa y deseándola con una violencia que no recordaba desde la juventud.
La tarde del cuarto día el calor apretaba de verdad. Marco bajó a la piscina decidido a nadar unas series y a ignorarla. Ella ya estaba dentro, flotando de espaldas, pezones duros marcando la tela mojada. Cuando él se zambulló, ella nadó hacia él como una sombra.
—Perdona… —dijo, y su pierna se enredó con la de él bajo el agua, muslo suave contra muslo duro—. El agua mueve.
—Tamara.
—¿Qué? —Se acercó más. El pecho le rozó el brazo desnudo de él. La piel fría contra la piel caliente. Ella levantó la cara y le habló casi en la boca—. Me gusta cómo hueles. A colonia cara y a hombre que sabe lo que hace. Los chicos de mi edad huelen a desesperación y a colonia barata. Tú… tú hueles a alguien que podría partirme en dos contra esta pared y no pedir perdón después.
Marco sintió que la sangre se le iba directa a la entrepierna. La polla se le endureció de golpe, pesada, visible bajo el bañador oscuro. Intentó apartarse, pero ella lo siguió, flotando pegada.
—Eres la amiga de mi hija.
—Y tengo diecinueve y sé exactamente lo que quiero —replicó ella, voz ronca—. Un hombre mayor. Experimentado. Que me agarre del pelo y me folle hasta que no pueda caminar derecho. Que me diga putita mientras me la mete entera. ¿Nunca has pensado en eso, Marco? ¿Nunca se te ha puesto dura imaginándome de rodillas en tu cama, con la boca abierta esperando tu leche?
El susurro le rozó la oreja, caliente, obsceno. La lengua de Tamara rozó el lóbulo un segundo. Marco soltó un gruñido bajo, animal. El control se le resquebrajaba.
—Déjalo, joder…
—No quiero dejarlo. —Ella se pegó del todo. Bajo el agua, su mano «accidental» rozó la erección gruesa que le tensaba el bañador. Un roce, dos, la palma abierta midiendo el grosor—. Hostia… estás enorme. Siempre supe que lo estaría. Los hombres como tú, callados, dominantes… siempre tienen la polla más gruesa.
Marco la agarró de repente por las muñecas y la empujó hacia atrás hasta clavar su espalda contra el borde de la piscina. El agua les llegaba a la cintura. El mármol frío contra la piel mojada de ella. Él la tenía atrapada entre su cuerpo y el muro, respirando agitado, la frente casi tocando la de ella. Los ojos oscuros, la mandíbula apretada.
—¿Crees que esto es un juego, Tamara?
—No. —Ella no apartó la mirada. Le subió las piernas a la cintura de él bajo el agua, enredándoselas, frotando su coño cubierto solo por el hilo contra la polla dura—. Creo que me tienes ganas desde el primer día. Y yo a ti más. Confiesa. Dime que quieres metérmela. Dime que te la pones de piedra cada vez que me ves en este bikini de mierda.
Él apretó más las muñecas de ella contra el borde. El pecho le subía y bajaba.
—Te miro y se me pone dura hasta dolerme. Quiero abrirte las piernas aquí mismo y follarte como una puta hasta que grites mi nombre. Quiero correrme dentro de ese coño apretado y verte gotear después. ¿Feliz? ¿Eso querías oír?
Tamara soltó un gemido abierto, lascivo. Se arqueó contra él.
—Sí. Exactamente eso. —Y entonces fue ella quien lo besó.
La boca se le abrió con hambre, lengua caliente buscando la de él, dientes rozando el labio inferior. No había timidez: era un beso de quien lleva días imaginando la polla de un hombre dentro y ya no puede esperar. Marco respondió con violencia contenida, soltándole las muñecas para agarrarle el culo con ambas manos, apretando las nalgas firmes, abriéndolas un poco bajo el agua mientras la lengua le invadía la boca. El beso era profundo, húmedo, obsceno. Ella gemía contra sus labios, frotándose descarada, el clítoris hinchado rozando la erección gruesa a través de las dos capas de tela mojada.
Cuando se separaron, un hilo de saliva los unía todavía. Tamara tenía los labios hinchados, las pupilas dilatadas, las mejillas sonrojadas.
—Esta noche —susurró ella contra su boca—. Quiero que me folles esta misma noche. Aquí, en tu cama, contra la pared, donde te salga de los huevos. Quiero que me uses. Que me dejes marcada. Que Delphine nunca se entere y que yo camine mañana con las piernas temblando recordando cómo me la metiste entera.
Marco le mordió el labio inferior, un tirón seco que le arrancó otro gemido.
—Si cruzamos esta línea no hay vuelta atrás. Te voy a follar hasta que no sepas ni tu nombre.
—Entonces crúzala ya —jadeó ella, y le metió la mano dentro del bañador bajo el agua, envolviendo la polla gruesa y caliente con los dedos—. Tócamela. Comprueba lo mojada que estoy solo de pensar en ti partiéndome.
Los dedos de él bajaron sin dudar. Apartó el hilo del bikini y encontró el coño de Tamara hinchado, resbaladizo, el clítoris duro como una bolita. Dos dedos se deslizaron dentro con facilidad; ella estaba empapada, las paredes calientes apretándole las falanges. Marco curvó los dedos y ella soltó un quejido agudo, echando la cabeza hacia atrás contra el borde de mármol.
—Joder, Marco… así… más adentro…
Él la masturbaba despacio, profundo, el pulgar rozándole el clítoris mientras la otra mano le apretaba un pecho, liberando el pezón del bikini para pellizcarlo. Tamara se movía contra su mano, cabalgando los dedos, el agua chapoteando entre ellos. La polla de Marco palpitaba contra el vientre de ella, abandonada un segundo solo para concentrarse en destruirla con los dedos.
—Esta noche te la meto entera —le gruñó al oído—. Primero te voy a lamer este coño hasta que te corras en mi lengua. Después te voy a poner de rodillas y te voy a follar la boca. Y cuando ya no puedas más te voy a abrir las piernas y te voy a clavar hasta el fondo. ¿Entendido, putita?
—Sí… sí, por favor… —Tamara temblaba, al borde ya, las uñas clavadas en los hombros de él—. Hazme tuya. Quiero ser tu puta secreta toda la semana.
Marco le sacó los dedos despacio, se los llevó a la boca y los chupó delante de ella, saboreando el sabor a coño joven y salado. Los ojos de Tamara se oscurecieron de puro deseo.
—Sube a la casa —ordenó él, voz grave, sin espacio para discusión—. Dúchate. Ponte solo una camisa mía. Nada más. Te espero en el dormitorio en veinte minutos. Y Tamara…
Ella lo miraba jadeante, pezones al aire, el bikini torcido, el coño aún latidor.
—Si entras en esa habitación, te follo. Sin besitos suaves. Sin romanticismos. Te uso como has pedido. ¿Sigues queriéndolo?
Tamara sonrió, lenta, depredadora, y le dio un último roce con la mano a la polla todavía dura.
—Más que nada en el mundo. Nos vemos arriba, Marco. Y prepárate… porque pienso gritar.
Se deslizó fuera de la piscina con el cuerpo goteando, las caderas balanceándose con insolencia deliberada, y subió las escaleras de la terraza sin mirar atrás. Marco se quedó en el agua hasta la cintura, la respiración entrecortada, la polla doliéndole de lo dura que estaba, el sabor de ella todavía en la lengua. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja. Veinte minutos. Después no habría marcha atrás.
Marco salió del agua con la polla todavía dura y el control hecho trizas. Tamara no había llegado a la puerta. Se había detenido junto a las tumbonas de rattan, el microbikini torcido, el agua resbalándole por la columna y acumulándose en el hueco de los riñones. Cuando él la alcanzó, ella se giró sin sorpresa, solo con esa sonrisa perezosa de quien sabe exactamente el efecto que provoca.
—No puedo esperar veinte minutos —gruñó él.
La levantó en brazos de un solo movimiento. Tamara soltó un jadeo y se agarró a su cuello mientras Marco la llevaba de vuelta al borde de la piscina. El mármol todavía caliente del sol le quemó las nalgas cuando él la sentó a horcajadas contra el pretil, abriéndole las piernas a la fuerza. Apartó el hilo del bikini con dos dedos y alineó la cabeza gruesa de su polla contra el coño empapado. Tamara estaba resbaladiza, hinchada, lista.
—Míraame —ordenó.
Ella lo miró. Él empujó.
La entrada fue brutal y profunda. La polla de Marco abrió las paredes apretadas de un solo tajo hasta el fondo, hasta que los huevos le golpearon el culo. Tamara gritó, las uñas clavándosele en la espalda desnuda, dejando medias lunas rojas sobre la piel morena. Él no le dio tiempo a adaptarse: la folló de pie, levantándola y bajándola sobre su erección como si no pesara nada, el agua de la piscina chapoteando contra el mármol a cada embestida. El borde le marcaba las nalgas. Cada embestida le sacaba el aire en gemidos rotos.
—Así… joder, Marco, así de hondo…
Él le mordió el hombro y aceleró. El coño de ella le chupaba la polla con cada retirada, caliente, baboso, haciendo ruidos obscenos que se mezclaban con el chapoteo. Tamara le arañaba la espalda sin piedad, la cabeza echada atrás, los pechos liberados del bikini rebotando contra el pecho de él. Marco le agarró una teta entera con la mano libre, pellizcándole el pezón hasta que ella soltó un quejido agudo y se corrió de golpe, apretándole la polla en espasmos rítmicos que casi lo sacan a él también.
No la dejó bajar. La cargó hasta la tumbona más cercana, la tumbó de pechos sobre el tejido impermeable y le subió las caderas. El bikini quedó hecho un hilo inútil entre sus muslos. Marco se arrodilló detrás, le agarró el pelo mojado en un puño y le metió la polla de un solo empujón hasta que el culo de Tamara chocó contra su abdomen.
—Más duro —pidió ella, la voz ya ronca—. Tíramelo del pelo y fóllame como me prometiste.
Él tiró. La espalda de Tamara se arqueó en una curva preciosa y vulnerable. Marco la embistió con fuerza salvaje, las caderas golpeando las nalgas redondas una y otra vez, el sonido carne contra carne llenando la terraza. Cada embestida le sacaba un gemido largo, gutural. Ella pedía más, pedía que no parara, que la usara, que le dejara el coño destrozado. Marco le dio una nalgada abierta, el golpe resonando, la mejilla del culo poniéndose roja al instante. Tamara gimió más alto y empujó hacia atrás, buscando más profundidad.
—Otra —suplicó—. Otra, por favor…
Se la dio. Y otra. Mientras le follaba el coño sin piedad, tirándole del pelo para que arquease todavía más, para ver cómo la polla gruesa desaparecía entre esos labios hinchados y brillantes de jugos. El sudor le corría por la espalda. El sol de agosto les pegaba en la piel. Tamara temblaba, al borde de otro orgasmo, los muslos abiertos a la fuerza, el clítoris rozando la tela de la tumbona cada vez que él la empujaba hacia adelante.
Cuando sintió que ella estaba a punto de romperse otra vez, Marco se salió, la giró y se sentó en la tumbona con la polla vertical, brillante de ella. La atrajo hasta que Tamara quedó a horcajadas sobre su regazo.
—Ahora cabalga —ordenó, voz baja, dominante—. Quiero verte rebotar en mi polla hasta que te corras otra vez.
Tamara bajó despacio, guiando la erección gruesa hasta el fondo. Soltó un gemido largo cuando la tuvo entera dentro otra vez. Empezó a moverse: primero circular, saboreando el grosor, después arriba y abajo con las caderas rodando. Marco le agarró las tetas con ambas manos, se llevó un pezón a la boca y chupó con fuerza, lengua y dientes, mientras ella cabalgaba salvajemente. El sonido húmedo de su coño tragándose la polla llenaba el aire. Él le daba nalgadas rítmicas, consensuadas, perfectas: cada palmada le arrancaba un gemido y un apretón interno que lo volvía loco. Tamara se apoyaba en sus hombros, el pelo mojado pegado a la cara, los ojos entornados de placer puro.
—Eres mía esta noche —jadeó él contra su pecho—. Mía todo el puto verano si hace falta.
—Sí… tuya… —Ella aceleró, follándose sobre él con desesperación, las nalgas chocando contra sus muslos, pidiendo nalgadas más fuertes y recibiendo cada una con un gemido de sumisión caliente y compartida. El juego de poder iba en las dos direcciones: ella lo provocaba para que la dominara y él se dejaba provocar porque la necesitaba exactamente así, abierta, pidiendo, disfrutando.
El orgasmo los pilló juntos. Tamara se corrió primero, el coño convulsionándole alrededor de la polla en oleadas tan fuertes que Marco no pudo aguantar. Se enterró hasta el fondo, le agarró las caderas con fuerza brutal y se vació dentro de ella con un gruñido animal, chorro tras chorro caliente llenándola mientras ella seguía temblando y contrayéndose a su alrededor. Se quedaron así, pegados, sudorosos, la respiración entrecortada, la polla de él todavía latidera dentro del coño empapado de los dos.
Marco le tomó la cara con las dos manos y la besó con una ternura que contrastaba con todo lo anterior. Labios lentos, lengua suave, el pulgar acariciándole la mejilla. Todavía dentro de ella, todavía conectados.
—Esto solo es el principio del verano —le susurró contra la boca—. No pienso dejarte escapar tan fácil.
Tamara sonrió, satisfecha, luminosa, el cuerpo blando y usado sobre el suyo. Le pasó los brazos al cuello y le devolvió el beso, profundo, sellándolo.
—Ya estoy planeando colarme en tu habitación esta misma noche —murmuró contra sus labios—. Y mañana. Y el día siguiente. Prepárate, Marco… porque pienso follarte el verano entero.
Se besaron otra vez, más despacio, saboreando el final de la resistencia y el comienzo de lo prohibido.
Lo que ninguno de los dos vio fue el mensaje que Delphine acababa de abrir en su teléfono, a cientos de kilómetros: una foto borrosa de la terraza enviada por la cámara de seguridad de la casa, acompañada de la nota que la propia Delphine se había reenviado a sí misma semanas atrás —«Plan A cumplido. Papá por fin folló a Tamara. Ahora a esperar que me den las gracias los dos.»
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