Reencuentro Ardiente en la Piscina Desierta
Laura, de 38 años, se deja follar salvajemente por el entrenador Javier de 29 en la piscina mientras su marido Carlos se masturba humillado viéndolos.
Soy Carlos, un ejecutivo de cuarenta y dos años, y aquella tarde de agosto el calor del Caribe me pegaba a la camisa de lino mientras Laura y yo cruzábamos el jardín del club vacacional donde nos conocimos hace casi quince años. Ella tenía treinta y ocho, el cuerpo todavía firme de yoga y natación, el bikini blanco ceñido a sus tetas pesadas y a esa curva de culo que siempre me volvía loco. La piscina olía a cloro y a jazmín; estaba completamente desierta al atardecer, el agua turbia de naranja y oro, las tumbonas vacías. Fue entonces cuando lo vimos: Javier, el entrenador personal de veintinueve años, saliendo del vestuario con el torso bronceado goteando, el bañador negro pegado a la entrepierna gruesa.
Laura se detuvo. Su respiración cambió. Yo lo noté enseguida, esa misma mirada de deseo que le había visto lanzarle años atrás, cuando él apenas era un chaval de diecinueve que daba clases de aquagym y ella todavía no era mi mujer. Javier sonrió al reconocernos, esos dientes blancos, la mandíbula marcada, y se acercó sin prisa.
—Carlos, Laura… qué sorpresa. El club os echa de menos —dijo, y su voz grave me rozó la nuca—. Laura, estás… increíble. Mejor que nunca.
Le tomó la mano y la giró despacio, como midiendo las caderas. Ella rió, un sonido bajo y húmedo, y no retiró la mano. Yo tragué saliva. El sol se hundía detrás de las palmeras y la humillación empezó a calentarme la sangre de una forma que me avergonzaba y me excitaba a partes iguales. Javier le acarició el dorso de los dedos con el pulgar, abiertamente, delante de mí, y murmuró:
—Siempre te miraba cuando nadabas. Esas piernas… esa espalda. Todavía las sueño.
Laura se mordió el labio inferior. Sus pezones se marcaron contra la tela fina del bikini. Me miró de reojo, cómplice, y yo sentí cómo se me endurecía la polla dentro del bañador. El aire olía a su perfume de vainilla mezclado con el sudor limpio de él.
Nos sentamos al borde de la piscina. El agua nos lamía los tobillos. Javier se colocó junto a ella, tan cerca que su muslo rozaba el de Laura. Empezaron a recordar viejos tiempos: las clases nocturnas, la fiesta de Nochevieja en la que ella se había caído encima de él en la barra libre, la vez que él la había ayudado a estirar después de una lesión de hombro. Cada anécdota era un roce más descarado. Él le pasó una gota de agua por el hombro, dejó que resbalara hacia el escote. Ella se inclinó hacia adelante, ofreciendo más piel.
Me susurró al oído, la voz ronca de excitación:
—Carlos… siempre he fantaseado con él. Con esa polla que se le marcaba en el bañador. Quiero que me la meta. ¿Me dejas? Quiero que nos veas.
El corazón me martilleaba. La humillación era un fuego dulce entre las piernas. Confesé, la voz temblando de vergüenza y deseo:
—Sí. Quiero veros. Quiero que te folle delante de mí. Hazlo, Laura. Te lo ruego.
Ella se volvió hacia Javier con los ojos brillantes. Le puso una mano en el pecho mojado y dijo, clara, sin dudar:
—Bésame. Ahora. Quiero que me beses delante de mi marido.
Javier miró primero a Laura, luego a mí, buscando el consentimiento explícito. Yo asentí, la garganta seca. Él la agarró por la nuca y la besó con hambre, lengua profunda, chupándole el labio inferior mientras su otra mano bajaba por la espalda y le apretaba un culo entero. Laura gimió dentro de su boca. Yo me toqué encima del bañador, notando cómo se me empapaba la tela de precum. La química era un incendio: el sonido de sus lenguas, el chapoteo del agua, el olor a sexo que ya empezaba a salir de ella.
Él le bajó el triángulo del bikini sin prisa, descubriendo los pezones duros y oscuros. Se los chupó uno tras otro, mordisqueándolos mientras Laura arqueaba la espalda y me miraba a los ojos. Yo me saqué la polla. Estaba roja, gruesa, chorreando. Me masturbé despacio, humillado y duro como nunca, viendo cómo las manos grandes de Javier le abrían los muslos y le metían dos dedos en el coño ya resbaladizo.
—Estás empapada —gruñó él—. Tan puta para mí delante de tu marido.
—Sí… fóllame —rogó ella—. Quiero tu polla gruesa dentro.
En el borde de la piscina, Javier la tumbó de espaldas sobre la toalla. Le quitó el resto del bikini. Laura abrió las piernas, el coño hinchado y brillante, el clítoris asomando. Él se bajó el bañador. Su polla salió pesada, más gruesa que la mía, venas marcadas, la cabeza morada y goteando. La frotó contra los labios de ella, empapándola más, y empujó de un solo tajo hasta el fondo. Laura gritó, un sonido crudo que se perdió entre las palmeras. Él la folló en misionero con embestidas largas y profundas, las pelotas golpeándole el culo, mientras ella me miraba fijamente a los ojos y gemía mi nombre mezclado con el de él.
—Carlos… míralo… me la está metiendo entera… ¡ah, joder, qué gruesa!
Yo me pajé más rápido, la vergüenza quemándome las mejillas, la excitación subiéndome por la espalda. Javier le agarró las tetas, se las apretó mientras le daba más fuerte. El chapoteo de su polla entrando y saliendo del coño mojado de mi mujer era obsceno. Ella se corrió la primera vez con un temblor que le sacudió las piernas, el coño apretándole la verga a él en espasmos, chorreando jugos que le resbalaban por las pelotas y caían al agua.
Sin sacársela, la giró a cuatro patas en el borde. Le agarró el pelo rubio en un puño y la penetró desde atrás, más hondo, el cuerpo de él golpeando el culo redondo de Laura con cada embestida. El sonido era carnoso, húmedo. Ella empujaba hacia atrás, ofreciéndose, mirándome por encima del hombro con la boca abierta y la saliva cayéndole por el mentón.
—Más duro… úsame… hazme correrme otra vez delante de mi marido —suplicó.
Javier le dio una palmada en la nalga que dejó la marca roja y aceleró el ritmo. La follaba como un animal, profundo, tirándole del pelo para que arquease la espalda. Yo veía cómo su polla desaparecía entera dentro de ella, cómo le salía brillante de sus jugos y entraba de nuevo. Laura se corrió por segunda vez gritando, el cuerpo convulso, el coño chorreando a chorros cortos sobre los muslos de él. Yo estaba al borde, apretándome la base para no correrme todavía, humillado hasta el tuétano y más duro que nunca.
Él la sacó de un tirón y la puso de rodillas en la toalla mojada. Laura abrió la boca de inmediato, sumisa y lujuriosa. Javier se masturbó dos veces frente a su cara y se corrió con un gruñido bajo: chorros espesos y calientes que le llenaron la lengua, le salpicaron las tetas y le resbalaron por el pecho hasta el ombligo. Ella se tragó una buena parte, saboreándolo, y me miró con una sonrisa sucia, los labios brillantes de semen, mientras el resto le goteaba de la barbilla.
Me acerqué. Ella se levantó todavía temblando, se pegó a mí y me besó profundamente. Su lengua me metió el sabor salado y amargo de la corrida de Javier. Me lo hice todo dentro de la boca, tragando, mientras ella me acariciaba la polla aún dura y me susurraba contra los labios:
—Esto solo es el comienzo de nuestras nuevas vacaciones, Carlos. Quiero más. Quiero que me folle cada noche mientras tú nos miras y te corres en el suelo como un buen cornudo. ¿Me lo vas a dar?
Javier se subió el bañador, todavía medio duro, y nos miró con una sonrisa victoriosa, poseída, dueña de la situación. Se pasó la mano por el pecho sudado, recogió su toalla y se alejó hacia el vestuario sin prisa, el culo firme moviéndose, dejándonos solos junto al agua quieta. Laura se quedó pegada a mí, el semen de él todavía brillándole en los pezones y en la comisura de la boca. Me agarró la mano y la bajó hasta su coño hinchado, todavía abierto y resbaladizo.
—Mañana vuelve a dar clase de noche —murmuró, metiéndome los dedos dentro de ella para que sintiera lo caliente y usada que estaba—. Y yo voy a estar ahí, sin bragas debajo del vestido. Quiero que me lleve al almacén de toallas y me folle de pie mientras tú haces guardia en la puerta… o mejor, mientras te sientas dentro y nos ves. Dime que sí, Carlos. Dime que esta vacación va a ser nuestra ruina más deliciosa.
El sol ya se había ido. Las luces de la piscina se encendieron tenues. Yo tenía la polla palpitando contra su muslo, el sabor de otro hombre todavía en la lengua, y el corazón desbocado por lo que acababa de permitir y por todo lo que aún no había empezado. Laura me besó otra vez, lenta, y susurró la promesa que me dejó temblando:
—Esta noche, en la habitación, me vas a lamer limpia… y mañana le pediremos que se una a la cama. Los tres. Sin límites.
Aquella noche en la habitación el aire acondicionado no bastaba para secar el sudor que aún nos pegaba la piel. Laura me empujó hacia la cama king-size nada más cerrar la puerta. El semen de Javier le brillaba todavía en los pezones y en la comisura de los labios; el olor a cloro y a sexo ajeno llenaba la suite. Me arrodillé entre sus muslos abiertos exactamente como me había ordenado junto a la piscina. Su coño estaba hinchado, abierto, resbaladizo de jugos y de la corrida que él le había dejado chorrear por dentro antes de marcharse. Lami todo. La lengua plana, lenta, recogiendo cada gota amarga y salada mientras ella me agarraba el pelo y me frotaba la cara contra su carne usada.
—Más adentro, Carlos… limpia lo que me ha dejado tu cornudo favorito —gimió, la voz ronca—. Quiero estar lista para cuando vuelva.
La chupé hasta que sus caderas temblaron otra vez. Dos dedos míos entraron fáciles; el coño latía caliente y suelto. Me corrí a su gusto contra la sábana, humillado y duro, sin tocarme, solo con el sabor de otro hombre en la garganta. Después ella cogió el teléfono del hotel y marcó la extensión del vestuario de monitores. Su voz fue clara, sin vergüenza:
—Javier, soy Laura. Habitación 412. Ven ahora. Mi marido quiere verte follarme otra vez. Y esta vez sin prisa.
Veinte minutos después llamaron a la puerta. Yo abrí en calzoncillos, la polla ya semi-erecta de puro nervio. Javier entró con la toalla al hombro, el bañador negro todavía húmedo, la sonrisa segura de quien sabe que manda. Cerró con pestillo. Laura lo esperaba desnuda en el centro de la cama, piernas abiertas, los dedos abriéndose los labios para enseñarle lo rojo y brillante que seguía.
—Quítatelo —le ordenó ella.
Él se bajó el bañador. La polla gruesa y pesada rebotó contra el bajo vientre, ya semi-dura, las venas marcadas. Me miró a los ojos un segundo —buscando otra vez el sí— y yo asentí, la boca seca. Entonces se subió a la cama, se arrodilló entre las piernas de mi mujer y se la metió de un solo empujón hasta las pelotas. Laura gritó contra mi hombro. El sonido húmedo de esa verga entrando en el coño que yo acababa de lamer me partió el pecho de excitación y vergüenza.
Me senté en el sillón frente a ellos, exactamente donde ella me señaló. Me saqué la polla y empecé a masturbarme despacio mientras Javier la follaba en misionero profundo, las manos grandes abriéndole los muslos hasta casi partirla. Cada embestida hacía que las tetas de Laura rebotaran y que el colchón crujiera. Ella me miraba fijamente, la boca abierta, saliva resbalándole por la mejilla.
—Míralo, Carlos… míralo cómo me la abre… es más gruesa que la tuya, joder… me llega más hondo…
Javier le tapó la boca con la suya un momento, la besó con lengua sucia, después se incorporó, la giró a cuatro patas y se la empaló desde atrás. Le agarró las caderas con fuerza, los pulgares abriéndole las nalgas para que yo viera perfectamente cómo su polla desaparecía entera y salía brillante de jugos. El chapoteo era obsceno. Laura empujaba hacia atrás, ofreciéndose, y me hablaba entre jadeos:
—Ven… acércate… quiero chupártela mientras él me usa.
Obedecí. Me arrodillé delante de su cara. Ella me tomó la polla con la mano libre y me la metió hasta la garganta de un golpe, babosa, glotoneando, mientras Javier le daba tan fuerte que cada embestida le empujaba la cabeza contra mi vientre. El calor de su boca, el olor a sexo de los tres, el sonido de las pelotas de él golpeándole el clítoris… me tenía al borde en segundos. Apreté la base para no correrme todavía. Quería durar. Quería verlo todo.
Javier la sacó de repente, se recostó de espaldas y la hizo montarlo. Laura se impaló sola, bajando despacio hasta sentarse completa sobre esa verga gruesa. Empezó a cabalgarlo con movimientos circulares de cadera, las tetas rebotando, el culo golpeándole el bajo vientre. Yo me puse detrás de ella. Ella se inclinó hacia adelante, ofreciéndome el agujero rosado y apretado. Escupí en mis dedos, la prepare y empujé la cabeza de mi polla contra su culo. Entró al segundo intento. Estaba tan resbaladiza por detrás del coño lleno que resbalé hasta el fondo. Los tres gemimos a la vez.
Doble penetración. Laura entre nosotros, empalada por las dos pollas, temblando, sudando, gritando que no parásemos. Javier le sujetaba las caderas desde abajo; yo le agarraba los hombros desde atrás. Nos movíamos a contratiempo: cuando él subía yo bajaba, llenándola, estirándola, usándola. El roce de su verga contra la mía a través de la pared fina de carne era eléctrico, humillante, adictivo. Laura se corrió primero, un temblor largo que le apretó las dos pollas a la vez y la hizo chorrear sobre el vientre de Javier. Seguí follándole el culo más despacio, sintiendo cada espasmo.
—Otra… dadme otra —suplicó, la voz rota—. Llenadme… los dos…
Javier aceleró. Yo también. La habitación olía a sexo crudo, a sudor masculino y a vainilla de su perfume. La follamos así hasta que ella se corrió por tercera vez, el cuerpo convulso, el coño y el culo apretándonos en oleadas. Entonces Javier gruñó, se clavó hasta el fondo y se vació dentro de su coño con embestidas cortas y profundas. Sentí el calor de su corrida a través de la membrana, cómo le llenaba el útero. Eso me empujó al límite. Me corrí en su culo con un gemido ahogado, chorros espesos que le rebosaron alrededor de mi polla y le resbalaron por los muslos hasta las sábanas.
Nos desplomamos en un montón de sudor y semen. Laura entre los dos, temblando, riendo bajito, el pelo pegado a la frente. Javier se salió despacio; un hilo blanco y espeso le siguió desde el coño abierto de mi mujer y cayó sobre la cama. Yo me retiré del culo y vi cómo mi propia corrida le resbalaba por la raja. Ella se giró, nos besó a los dos uno tras otro, mezclando sabores, y murmuró:
—No os vayáis todavía. Quiero más. Quiero que me la metáis otra vez, turnándoos, hasta que no pueda caminar mañana.
Y lo hicimos. Javier se la folló de lado mientras yo le chupaba los pezones y le masturbaba el clítoris. Después me la di de frente, lenta y profunda, mientras él le metía los huevos en la boca para que los lamiera. La usamos en todas las posiciones que cabían en aquella cama: ella de rodillas chupándonos uno después del otro, nosotros dos de pie y ella en el aire entre nuestros cuerpos, Javier sentado en el borde del colchón y yo empujándola contra su polla desde atrás. Cada corrida de él dentro de ella me hacía más duro. Cada vez que ella gemía su nombre mezclado con el mío me hundía más en la humillación dulce que me tenía la sangre ardiendo.
Casi al amanecer, exhaustos, Javier la puso una última vez a cuatro patas al borde de la cama. Se la embistió con fuerza animal, la mano en el cuello, hasta que ella se corrió gritando contra la almohada. Entonces se salió, se masturbó dos veces frente a su cara abierta y le pintó la lengua, los labios y las tetas con el último chorro espeso. Laura se lo tragó todo lo que pudo, se pasó los dedos por el pecho y se los chupó mirándome. Yo me corrí por cuarta vez solo con esa imagen, chorreando sobre la alfombra a sus pies como el cornudo perfecto que ella quería.
Javier se vistió despacio, todavía medio duro. Nos miró a los dos, recogió su toalla y se acercó a Laura. Le besó la frente con una ternura que contrastaba con todo lo que le había hecho. Después se inclinó hacia mí y me apretó el hombro.
—Mañana a las diez en el almacén de toallas —dijo en voz baja—. Ella ya sabe la hora. Tú decides si miras o haces guardia.
Salió sin ruido. La puerta se cerró. El sol empezaba a filtrarse por las cortinas. Laura se acurrucó contra mi pecho, el cuerpo marcado de chupetones y semen secándosele en la piel. Me besó despacio, sabiendo todavía a él, y susurró:
—Esto solo acaba de empezar, Carlos. Cada noche. Cada clase. Hasta que digamos basta… o hasta que ya no podamos parar.
Me quedé abrazándola, la polla sensible y vacía contra su muslo, el corazón todavía desbocado. Ella se durmió en minutos, la respiración calmada, una sonrisa pequeña en los labios manchados. Yo no pude cerrar los ojos. Porque mientras la miraba —el coño aún entreabierto y goteando la mezcla de los dos, las tetas llenas de la última corrida de Javier— yo sabía algo que ella no. Sabía que el anillo de compromiso que ella llevaba en el dedo, el mismo que yo le puse hace quince años junto a esta misma piscina, lo había visto Javier guardar en el bolsillo de su bañador al marcharse. No lo había perdido. Se lo había llevado. Y mañana, en el almacén, cuando ella se lo notara faltando, yo ya sabría exactamente qué significaba.
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