Karaoke Privado con su Exnovia
Valentina domina a su exnovia Kara en el karaoke privado.
El karaoke privado olía a vainilla y a alcohol caro, una habitación rectangular forrada de terciopelo rojo oscuro con luces violetas que bajaban y subían como una respiración lenta. Valentina había reservado el salón entero esa noche, justo después de firmar los papeles de su ruptura con la última mujer que intentó ocupar un espacio que nunca le perteneció. Tenía veintiocho años, el cabello negro recogido en un moño alto que dejaba libre la nuca, un vestido negro ceñido que marcaba la curva de sus caderas y la firmeza de sus pechos, y esa seguridad en la mirada que siempre hacía que las demás se removieran en la silla. Celebraba sola, o eso se decía. Hasta que la puerta se abrió y entró Kara.
Kara, veintiséis años, labios pintados de rojo cereza, falda de cuero corta y una blusa blanca semitransparente que dejaba entrever el encaje negro del sujetador. Cantante de voz grave y cuerpo hecho para ser tocado. Exnovia. La única que Valentina nunca había logrado borrar del todo. Se miraron un segundo demasiado largo. El pecho de Valentina se tensó.
—No esperaba verte —dijo Valentina, aunque su voz no sonaba sorprendida, sino cargada.
—Me enteré por Fiona. Dijo que habías reservado el privado para celebrar… lo que sea que estés celebrando —Kara se acercó al mostrador de licores, se sirvió un whisky con hielo y giró el vaso entre los dedos—. ¿Puedo quedarme? O me voy si prefieres estar sola con tus fantasmas.
Valentina sonrió de lado, esa sonrisa dominante que Kara conocía demasiado bien.
—Quédate. Canta. Eres la única que sabe cómo usar este puto micrófono sin hacerlo sonar como un lamento barato.
Kara tomó el control remoto del karaoke y empezó a pasar canciones. No eligió hits comerciales. Eligió las que ellas dos habían gritado borrachas y empapadas de sudor en el sofá de aquel departamento pequeño hace tres años: baladas lentas, letras sucias disfrazadas de romanticismo, temas que hablaban de bocas abiertas, de uñas en la espalda, de “fóllame hasta que no pueda hablar”. Cada vez que la pista empezaba, Kara miraba a Valentina por encima del hombro mientras cantaba, la voz envuelta en ese timbre husky que le bajaba directo a la entrepierna a Valentina. Valentina sentía el calor subirle por el cuello. Recordaba cómo Kara se arqueaba cuando la chupaba despacio, cómo gemía su nombre cuando le metía dos dedos y le ordenaba que se corriera. El deseo no se había ido. Estaba ahí, crudo, latiendo entre las dos.
Kara eligió otra. Una balada erótica que hablaba de lengua y de piel mojada, de “quiero tu coño en mi boca otra vez”. Se acercó al micrófono central, le hizo una seña a Valentina para que tomara el segundo. Valentina se levantó, caminó despacio, cada paso medido, y se plantó a su lado. Empezaron a cantar a dúo. Las voces se enredaban: la de Kara sumisa y cálida, la de Valentina grave y controladora. En el estribillo, Valentina dio un paso atrás y se colocó justo detrás de Kara. El cuerpo de Kara olía a jazmín y a deseo contenido. Valentina apoyó las manos en aquellas caderas firmes, las rozó con los dedos abiertos, sintiendo la tela del cuero caliente bajo las palmas. Acercó la boca al oído de Kara, los labios rozando el lóbulo.
—Extraño tu cuerpo, Kara —susurró, la voz baja, casi un gruñido—. Extraño cómo se abría para mí. Extraño chuparte el clítoris hasta que temblabas y me pedías más. Extraño follarte con los dedos y con la lengua y con lo que hiciera falta hasta dejarte hecha un desastre mojado en mis sábanas. Todavía te deseo. Te deseo tanto que me duele la polla imaginaria entre las piernas cada vez que te miro.
Kara soltó un jadeo que el micrófono captó a medias. Se giró de golpe, el pecho contra el de Valentina, y la besó con hambre pura. Fue un beso de lengua, de dientes, de saliva compartida. Kara agarró el moño de Valentina y tiró un poco, abriendo la boca para que Valentina la invadiera del todo. Se frotaron: caderas contra caderas, pechos aplastados, el calor de la entrepierna de Kara palpable a través de la falda corta. Cuando se separaron, los labios de Kara brillaban y su respiración era irregular.
—Quiero que me folles esta misma noche —dijo Kara, la voz ronca, mirándola directo a los ojos—. Quiero tu boca en mi coño. Quiero que me ordenes abrirme de piernas y que me uses como se te dé la puta gana. Te he extrañado, Valentina. Extrañé cómo me dominabas, cómo me hacías correrme gritando tu nombre. Estoy mojada desde que entré. Tócame si no me crees.
Valentina deslizó una mano por debajo de la falda de cuero. Los dedos encontraron el encaje empapado de las bragas. Kara estaba empapada de verdad: el tejido pegado a los labios hinchados, el clítoris ya duro bajo la tela. Valentina frotó en círculos lentos, justo donde sabía que Kara perdía el control, y sintió cómo las piernas de Kara temblaban.
—Dilo otra vez —ordenó Valentina, los ojos oscuros, la voz baja y firme—. Dime exactamente lo que quieres que te haga esta noche.
—Quiero que me chupes. Quiero que me metas la lengua hasta el fondo. Quiero que me folles con los dedos hasta que chorree en tu mano. Quiero que me agarres del pelo y me hagas lamerte el coño hasta que te corras en mi cara. Y después quiero que me montes, que frotes tu coño contra el mío hasta que las dos gritamos. Consiento. Quiero todo. Esta noche. Aquí o donde digas.
Valentina le clavó dos dedos por encima de la tela, presionando el clítoris con fuerza suficiente para arrancarle un gemido. La química era un cable vivo entre ellas: el mismo olor, el mismo calor, la misma necesidad sucia que nunca se había apagado. Kara se arqueó contra su mano, las uñas clavándose en los hombros de Valentina, la boca abierta buscando otro beso. Se lo dio. Un beso lento y profundo esta vez, lengua contra lengua mientras los dedos de Valentina seguían rozando, provocando, sin entrar todavía del todo.
La canción terminó y el silencio del salón se llenó solo del sonido húmedo de sus bocas y de la respiración agitada de Kara. Valentina retiró la mano, se llevó los dedos a la boca y lamió el sabor de Kara sobre el encaje, sin apartar la mirada. Kara soltó un “joder” ahogado.
—Todavía no te has corrido —dijo Valentina, la voz cargada de promesa—. Y no vas a correrte hasta que yo lo decida. Vas a cantar otra. Vas a temblar mientras cantas sabiendo que después te voy a abrir las piernas en ese sofá rojo y te voy a comer el coño hasta que llores de rico. ¿Entendido, preciosa?
Kara asintió, los ojos vidriosos de deseo, las piernas ligeramente abiertas, la falda subida un centímetro de más.
—Sí, Valentina. Entendido. Haz lo que quieras conmigo. Solo… no pares. Por favor no pares esta noche.
Valentina le acarició la mejilla con el dorso de la mano mojada, un gesto casi tierno que contrastaba con la dureza de su mirada.
—No pienso parar. Vamos a cantar. Y después voy a recordarte exactamente por qué eras mía y por qué todavía lo eres cuando te tengo así, empapada y pidiendo que te folle.
Kara tomó el micrófono otra vez con manos temblorosas. Valentina se quedó pegada a su espalda, una mano poseída en la cadera, el pecho contra la espalda de Kara, la respiración caliente en su cuello. La siguiente canción empezó, lenta y sucia. Kara cantó con la voz rota de ganas, y cada nota era un recordatorio de lo que vendría: lenguas, uñas, gemidos, el roce mojado de coño contra coño, órdenes susurradas y el consentimiento crudo y mutuo que las empujaba hacia adelante sin frenos. El sofá rojo las esperaba a un metro. Las luces violetas parpadeaban. El aire olía ya a sexo anticipado. Valentina apretó los dedos en la carne de Kara y pensó, con una sonrisa oscura, que la noche apenas empezaba y que iba a saborear cada segundo de recuperar lo que siempre había sido suyo para tomar.
La canción se apagó en un suspiro electrónico y el silencio del privado se volvió denso, cargado del jadeo irregular de Kara y del calor que irradiaba de la mano de Valentina aferrada a su cadera. Kara dejó caer el micrófono sobre el sofá rojo como si ya no importara nada más que el cuerpo pegado a su espalda. Se giró despacio, los ojos negros de deseo, los labios entreabiertos todavía manchados de rojo cereza.
—Valentina… —susurró, la voz rota—. Ya no aguanto.
Valentina no contestó con palabras. La empujó hacia el sofá con una mano firme en el pecho, obligándola a sentarse de golpe sobre el terciopelo. Kara abrió las piernas de inmediato, la falda de cuero subiéndole hasta las caderas, y Valentina se arrodilló entre ellas con esa mirada de depredadora que Kara conocía de memoria. Le agarró la blusa blanca semitransparente por el escote y tiró hacia abajo con violencia controlada. Los botones saltaron, rebotando en la alfombra. El sujetador de encaje negro quedó al descubierto, las tetas de Kara pesadas, los pezones duros rozando la tela. Valentina se lo arrancó también, tirando de los tirantes hasta que el encaje se rompió con un chasquido seco. Las tetas cayeron libres, pesadas y calientes, y Valentina se las metió a la boca de un solo movimiento, chupando un pezón con fuerza mientras la mano libre le subía la falda hasta la cintura.
—Quítatelo todo —ordenó contra la piel, la voz grave, los dientes rozando el pezón—. Ahora. Quiero verte desnuda y abierta para mí.
Kara obedeció con dedos torpes, subiéndose la falda por encima de la cabeza y tirándola lejos. Las bragas empapadas las bajó ella misma, deslizándolas por los muslos temblorosos hasta que quedaron enredadas en un tobillo. El coño le brillaba bajo las luces violetas: labios hinchados, clítoris grueso y rojo, hilos de lubricante resbalándole por el culo. Valentina se quitó el vestido negro de un tirón, sin cuidarlo, y se liberó del sujetador y las bragas en segundos. Quedó desnuda, el vello negro del pubis recortado, el coño ya mojado solo de mirarla. Se subió al sofá, agarró a Kara por las caderas y la volteó de un solo movimiento experto, poniéndola a cuatro patas sobre el terciopelo rojo. El culo de Kara quedó en alto, perfecto, las nalgas firmes abiertas, el coño expuesto y goteando.
—Así —gruñó Valentina, arrodillándose detrás—. Mía otra vez. Abre bien esas piernas, preciosa. Voy a comerte hasta que grites.
Kara arqueó la espalda, presentando el coño como una ofrenda. Valentina le separó las nalgas con las manos y se enterró la cara entre ellas sin piedad. La lengua le recorrió primero el agujero del culo, húmeda y caliente, y luego bajó directo al coño, lamiendo de abajo arriba con una lentitud cruel que hizo a Kara soltar un gemido largo y ahogado. Valentina sabía exactamente cómo hacerlo: rodeó el clítoris con la punta de la lengua, lo chupó entre los labios, lo azotó con golpecitos rápidos mientras metía dos dedos de golpe en la entrada empapada. Los dedos se hundieron hasta los nudillos, curvados hacia adelante, frotando ese punto esponjoso que hacía a Kara perder el control. El coño de Kara se contrajo alrededor de ellos, caliente, resbaladizo, succionándolos.
—Joder, Valentina… sí, así… más profundo —jadeó Kara, la cara enterrada en el brazo del sofá, las caderas empujando hacia atrás contra la boca y los dedos—. Chúpame el clítoris… por favor… me estás volviendo loca.
Valentina no aflojó. Lamió con más fuerza, chupando el clítoris hinchado como si quisiera extraerle el alma, mientras los dos dedos entraban y salían con un sonido obsceno, chapoteando en los jugos que le resbalaban por la muñeca. Cada embestida de lengua y dedos arrancaba un gemido más alto de Kara. Valentina sentía el sabor a jazmín y sal, el olor intenso del coño de su ex, y se le mojaba más solo de oírla mendigar. Introdujo un tercer dedo, estirándola, follándola con la mano entera casi, la lengua nunca dejando el clítoris. Kara temblaba, los muslos sacudiéndose, el culo empujando hacia atrás con desesperación.
—Me corro… me voy a correr en tu boca… —avisó Kara, la voz quebrada.
—Córrete —ordenó Valentina contra el coño, sin detenerse—. Chorrea en mi cara. Ahora.
Kara gritó. El orgasmo la atravesó como una descarga: el coño se le cerró en espasmos violentos alrededor de los dedos, un chorro caliente le salpicó la barbilla y los labios a Valentina, que lo lamió todo, bebiéndola, chupando hasta la última gota mientras Kara se sacudía a cuatro patas, gritando su nombre una y otra vez. «Valentina… Valentina… joder…».
Antes de que Kara pudiera recuperarse, Valentina se tumbó de espaldas en el sofá, le agarró las caderas y la subió a horcajadas sobre su cara.
—Ahora tú —dijo, la voz ronca de deseo—. Cabálgame la cara. Fóllame la boca con ese coño mojado. Quiero que me ahogues con tu corrida.
Kara no dudó. Se sentó de lleno sobre la boca de Valentina, las rodillas a ambos lados de la cabeza, y empezó a frotarse con fuerza, deslizando el coño abierto de adelante hacia atrás, aplastando el clítoris contra la nariz y la lengua. Valentina le agarró las nalgas con las dos manos y la empujó más abajo, abriéndole los labios con la lengua, chupando y lamiendo sin piedad mientras Kara cabalgaba. Los pechos de Kara rebotaban con cada movimiento salvaje, los pezones duros, la boca abierta en gemidos guturales. Se frotaba más rápido, más duro, usando la cara de Valentina como un juguete, el clítoris hinchado rozando los dientes y la lengua expertas. Valentina gemía contra el coño, el sonido vibrando directo en el clítoris de Kara, y metía la lengua lo más hondo posible, follándola oralmente mientras Kara se deshacía encima.
—Así… cabálgame… usa mi cara… —gruñó Valentina entre lami das, las palabras ahogadas por la carne mojada.
Kara se inclinó hacia adelante, se agarró al respaldo del sofá y empujó con más fuerza, el orgasmo subiendo otra vez como una marea. Valentina no paraba: chupaba, mordisqueaba suavemente, metía la lengua y los labios, empapándose entera del jugo que le resbalaba por la barbilla hasta el cuello. Cuando Kara se corrió por segunda vez, lo hizo gritando, el cuerpo entero tensándose, el coño palpitando y chorreando directo en la boca abierta de Valentina, que se lo tragó todo con glotonería, gimiendo de placer propio. El orgasmo de Valentina la pilló casi al mismo tiempo: se corrió solo de tener el coño de Kara aplastándole la cara, las piernas temblando, un gemido largo y gutural vibrando contra la carne mojada mientras se corrían juntas, gritando, los sonidos llenando el privado de terciopelo rojo.
Kara se desplomó un segundo sobre ella, jadeando, pero Valentina no la dejó descansar. La empujó de lado, se colocó encima y enredó una pierna con la de Kara, alineando sus coños mojados. Se frotaron de inmediato: clítoris contra clítoris, labios hinchados resbalando uno contra el otro en un movimiento salvaje y desesperado. Valentina le sujetó las tetas con las dos manos, apretándolas, pellizcando los pezones mientras empujaba las caderas con fuerza, el roce húmedo y obsceno de coño contra coño llenando el aire de chapoteos. Se miraban a los ojos, a centímetros de distancia, la lujuria pura y cruda brillando en las pupilas dilatadas.
—Mírame —ordenó Valentina, la voz rota de placer, frotándose más rápido—. Mírame mientras te froto el coño. Siénteme. Estás empapada… joder, qué rico se siente tu coño contra el mío.
—Más fuerte… aprieta mis tetas… sí… —suplicó Kara, las manos agarrando las caderas de Valentina para empujar también, el movimiento cada vez más salvaje, más desesperado, los clítoris rozándose en círculos y estocadas cortas y brutales—. Te extrañé tanto… follarme así… mirarte a los ojos mientras nos corremos…
Valentina le apretó las tetas con más fuerza, los pulgares aplastando los pezones, las caderas moviéndose como pistones, el roce mojado cada vez más resbaladizo y caliente. El clítoris de ambas latía al unísono, hinchados, sensibles, listos para estallar otra vez. El sofá crujía bajo ellas, el terciopelo se manchaba de jugos, el aire olía a sexo puro. Se besaron a mordiscos mientras se frotaban, lenguas enredadas, gemidos compartidos en la boca del otra. Valentina pensaba, con claridad sucia, que esto no era suficiente, que necesitaba más, que iba a follarla toda la noche hasta que Kara no pudiera caminar, pero por ahora solo se dejaba llevar por el roce salvaje, por la mirada de lujuria pura que le devolvía Kara, por el calor líquido que se acumulaba otra vez entre sus piernas.
El orgasmo las golpeó juntas otra vez, más profundo, más largo. Gritaron una contra la otra, los coños contrayéndose y liberando más lubricante que se mezclaba entre ellas, las caderas sacudiéndose sin control, Valentina apretando las tetas de Kara como si quisiera fundirse con ella. Cuando el temblor amainó un poco, no se separaron. Siguieron frotándose despacio, sensibles, jadeando, mirándose a los ojos con esa hambre que no se había saciado del todo. El privado seguía oliendo a vainilla, alcohol y sexo. Las luces violetas parpadeaban. Y Valentina, con una sonrisa oscura, le susurró al oído de Kara, todavía montada en el roce:
—Esto solo es el principio, preciosa. Todavía no te he follado como mereces. Agárrate.
Valentina no le dio tiempo a Kara a recuperar el aliento. Con las piernas todavía enredadas y los coños resbalando uno contra el otro, la sujetó por las muñecas y las alzó por encima de su cabeza contra el terciopelo rojo del sofá. El roce lento se volvió otra vez salvaje: clítoris hinchados chocando, labios abiertos chapoteando, el calor líquido de ambas mezclándose en un hilo grueso que les resbalaba por los muslos.
—Agárrate, preciosa —repitió Valentina contra su boca, mordiéndole el labio inferior—. Voy a follarte hasta que no te queden gemidos.
Kara arqueó la espalda y abrió más las piernas, ofreciéndose sin reserva. Valentina bajó una mano, metió tres dedos de golpe en el coño empapado de Kara y los curvó hacia adelante, frotando sin piedad ese punto esponjoso mientras su propio clítoris se aplastaba contra el muslo tembloroso de la otra. El sonido era obsceno, húmedo, constante. Kara gritaba su nombre con la voz rota, las tetas rebotando cada vez que Valentina embestía con la mano y las caderas al mismo tiempo.
—Más… joder, más profundo… me tienes tan abierta… —jadeó Kara, empujando contra los dedos, el coño contrayéndose ya en espasmos pequeños.
Valentina se los sacó de golpe, se los llevó a la boca, los lamió enteros y se los metió a Kara otra vez, ahora cuatro, estirándola hasta el límite. Con la otra mano se frotó el propio clítoris en círculos rápidos y brutales. Se besaron a mordiscos, lenguas enredadas, saliva y jugos compartidos. El orgasmo de Kara llegó primero: un chorro caliente que le bañó la muñeca a Valentina, el cuerpo entero sacudiéndose, los gritos ahogados contra su cuello. Valentina la siguió segundos después, corriéndose con un gemido gutural mientras apretaba las caderas contra ella, el clítoris palpitando sin control.
Aún no bastaba. Valentina se incorporó, le dio la vuelta a Kara otra vez hasta dejarla a cuatro patas y se colocó detrás, pero esta vez de rodillas, abriéndole las nalgas con ambas manos. La lengua le recorrió el agujero del culo primero, húmeda y insistente, y después bajó al coño todavía palpitante, chupando todo el desastre que había dejado. Kara se empujaba hacia atrás, mendigando.
—Métete la lengua… fóllame el culo con ella… sí, así… —suplicó, la cara enterrada en el brazo del sofá.
Valentina obedeció el ruego de su ex, empujando la lengua dentro del anillo apretado mientras dos dedos entraban otra vez en el coño. El doble estímulo hizo a Kara sollozar de placer. Valentina se frotaba al mismo tiempo contra el talón de su propia mano, el coño goteándole sobre el terciopelo ya manchado. Cuando Kara se corrió por cuarta vez aquella noche, lo hizo con un grito largo que llenó el privado, el cuerpo derrumbándose hacia adelante. Valentina la siguió al instante, lamiendo hasta la última gota mientras su propio orgasmo le sacudía las piernas.
Se giraron. Kara, todavía temblando, se tumbó de espaldas y abrió los muslos en invitación clara. Valentina se subió a horcajadas, alineó los coños y empezó el roce final, lento al principio, después cada vez más rápido y sucio. Clítoris contra clítoris, labios hinchados resbalando, pechos aplastados, uñas clavadas en las caderas. Se miraban a los ojos a pocos centímetros, el aliento compartido, el sudor brillando en la piel bajo las luces violetas.
—Te quiero dentro… te quiero encima… te quiero follándome toda la puta noche —susurró Kara, la voz casi inaudible de lo rota que estaba.
—Y lo voy a hacer —contestó Valentina, acelerando el movimiento hasta que el chapoteo se volvió constante y salvaje—. Esta noche y las que hagan falta. Córrete conmigo otra vez. Ahora.
El último orgasmo las atravesó juntas, más profundo, más agotador. Gritaron una contra la boca de la otra, los cuerpos sacudiéndose sin control, los jugos mezclándose en un charco caliente entre ellas. Las caderas siguieron moviéndose unos segundos más por inercia, sensibles, sobresaltadas, hasta que por fin se detuvieron. El silencio del karaoke privado se llenó solo de sus respiraciones entrecortadas y del leve crujido del sofá empapado.
Quedaron derrumbadas, una encima de la otra, el pecho de Valentina pegado al de Kara, el sudor resbalándoles por las sienes, el cuello, entre las tetas. El olor a sexo era denso, mezclado todavía con la vainilla y el whisky. Valentina se deslizó un poco hacia un lado, sin separarse del todo, y le acarició la mejilla con el dorso de la mano, el mismo gesto tierno de antes. Kara abrió los ojos, vidriosos, y sonrió con la boca hinchada de tantos besos.
Se besaron despacio esta vez. Lenguas lentas, sin prisa, saboreando la sal y el cansancio. Las manos de Valentina recorrían la espalda sudorosa de Kara, bajando hasta el culo todavía sensible, subiendo otra vez hasta enredarse en el pelo revuelto. Kara le respondía con caricias iguales de suaves, los dedos trazando círculos en la nuca de Valentina, donde el moño se había deshecho del todo.
—Joder… —murmuró Kara contra sus labios—. Me has destrozado. No siento las piernas.
—Ese era el plan —contestó Valentina, sonriendo contra su boca—. Y ni siquiera he terminado contigo. Solo he empezado a recordarte cómo se siente ser mía otra vez.
Se quedaron así un rato largo, besándose con ternura, los cuerpos todavía enredados, el sudor secándose lentamente en la piel. Las luces violetas seguían bajando y subiendo como una respiración perezosa. Fuera, el resto del local seguía con su ruido lejano de gente y canciones mal cantadas; aquí dentro solo existían ellas dos y el olor a lo que habían hecho.
Al cabo de un rato Valentina se incorporó con un quejido suave y empezó a buscar la ropa. El vestido negro estaba hecho un guiñapo en el suelo, el sujetador de Kara roto, las bragas de ambas perdidas entre los cojines. Se vistieron despacio, ayudándose la una a la otra. Valentina le sujetó la falda de cuero a Kara mientras esta se subía las bragas todavía empapadas. Kara le subió el cierre del vestido a Valentina y le recogió el pelo negro en un moño flojo y torcido, riéndose bajito cuando un mechón se le escapaba.
—Mírate —dijo Kara, pasándole los dedos por la nuca—. Pareces una diosa que acaba de salir de una orgía. Yo parezco un accidente de tráfico sexy.
Valentina se giró, la miró de arriba abajo —labios hinchados, pezones todavía marcados bajo la blusa abierta, muslos brillantes de jugos secos— y le robó otro beso lento.
—Pareces exactamente como me gusta dejarte: usada, mojada y mía.
Se sentaron juntas en el borde del sofá rojo, hombro contra hombro, mientras terminaban de abrochar botones y alisar faldas. El aire ya no olía solo a sexo; olía también a promesa. Valentina tomó la mano de Kara, entrelazó los dedos y la miró a los ojos con esa seguridad dominante que siempre había funcionado.
—La próxima semana —dijo, la voz baja pero firme—. En mi apartamento. Sin karaoke, sin luces violetas, sin reloj. Quiero toda la noche. Quiero despertarte con la lengua en el coño y follarte hasta el desayuno. ¿Vienes?
Kara le sostuvo la mirada. La sonrisa que se le dibujó fue pícara, lenta, llena de la misma hambre que las había traído hasta aquí. Se inclinó, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y susurró:
—Claro que voy. Y lleva cuerda, una venda y ese dildo grueso que te compramos hace tres años. Porque esto, Valentina… esto solo es el puto comienzo de nuestro reencuentro. Voy a dejarte tan hecha polvo que vas a tener que pedir la baja en el trabajo.
Valentina soltó una risa ronca, la apretó contra su costado y le dio un último beso en la sien sudorosa.
—Trato hecho, preciosa.
Se levantaron juntas, un poco cojas, un poco riéndose de lo torpes que estaban las piernas. Kara recogió el micrófono del suelo, lo miró un segundo y lo dejó otra vez sobre el sofá manchado.
—Oye —dijo de pronto, mientras Valentina abría la puerta del privado—. ¿Crees que la próxima vez podamos elegir canciones que no hablen de coños y lenguas? Porque si vuelvo a cantar «quiero tu coño en mi boca otra vez» delante de testigos, voy a correrme en público y eso ya es un nivel de vergüenza que ni el whisky caro arregla.
Valentina se echó a reír de verdad esta vez, el sonido llenando el pasillo, y le dio una palmada juguetona en el culo a Kara al pasar.
—Ni lo sueñes. La próxima lista de reproducción la hago yo. Y va a ser todavía más sucia.
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