Reencuentro con mi ex en la cata
Lucas reencuentra a su ex en la cata de vinos.
La sala de catas olía a roble húmedo y a uva madura cuando la vi. Martina estaba al otro lado de la mesa larga, con una copa de blanco en la mano y ese vestido negro que le dejaba los hombros al aire. Cinco años. Cinco putos años sin verla y el pecho se me cerró igual que la última noche, cuando ella cerró la puerta del piso y yo me quedé mirando la madera como un idiota.
Me acerqué porque no sabía hacer otra cosa. Nuestros amigos comunes charlaban de taninos y de cosechas, ajenos al terremoto que me estaba ocurriendo por dentro.
—Lucas —dijo ella, y mi nombre en su boca sonó exactamente igual que antes: bajo, un poco ronco, con esa pausa que siempre me dejaba sin aire.
—Martina.
Nos miramos un segundo de más. Después otro. Ella soltó una risa corta, nerviosa, y yo noté cómo se me secaba la garganta.
—No pensé que vinieras —confesé—. Creí que… no sé. Que preferirías no verte conmigo.
—Yo tampoco pensé que tú. Pero aquí estamos.
Probamos el primer vino sin probarlo de verdad. Hablamos de nuestras vidas como si fueran postales: yo en la bodega del norte, ella con su estudio de arquitectura en Madrid. Mentiras pequeñas y verdades a medias. Hasta que, en un rincón apartado entre barricas, el ruido de la sala se volvió lejano y ella dejó la copa sobre un tonel.
—No te he olvidado —dijo de golpe, mirándome a los ojos—. Ni un solo día del todo. A veces sueño… con tus manos. Con cómo me agarrabas la cintura cuando dormíamos.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que pensé que se iba a oír.
—Yo tampoco —admití, y la voz me salió más grave de lo que pretendía—. Nunca volví a sentir esa conexión. Con nadie. Intenté, Martina. Dios, lo intenté. Pero siempre terminaba comparando. Siempre eras tú.
Nuestros dedos se rozaron al pasarme la copa de tinto. Un accidente tonto, o no. El contacto fue mínimo y me quemó entero. Ella no retiró la mano. Yo tampoco. El pulgar le rozó el dorso de la mía y me tembló el estómago.
—Te he extrañado —susurró—. Extrañé cómo me mirabas cuando te corrías. Cómo me decías que era tuya sin pedirme nada a cambio.
—Y yo cómo gemías mi nombre contra la almohada. Cómo te derretías cuando te chupaba el cuello.
El aire se espesó. Nos miramos y ya no había excusas. Solo deseo crudo y ese cariño viejo que nunca se había ido del todo.
—Quiero tocarte —dije—. Sin presiones. Solo… si tú también.
Ella asintió, tragó saliva y apretó mi mano.
—Sí. Quiero. Ahora.
Encontramos una sala privada al fondo de la bodega: paredes de piedra, una mesa de madera larga, poca luz. Cerré la puerta y el clic del pestillo sonó definitivo. Martina se giró hacia mí y por un segundo solo nos miramos, respirando agitados, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.
Se arrodilló primero. Con esa mezcla de devoción y hambre que siempre me volvía loco. Me desabrochó el pantalón con dedos decididos, sacó mi polla ya dura y me miró a los ojos mientras pasaba la lengua lenta por la base hasta la punta. Gemí. Ella sonrió contra mi piel y me la metió entera, caliente y mojada, chupando con ganas, con esa reverencia que me hacía sentir adorado y deseado a la vez. Le acaricié el cabello, enredé los dedos en sus rizos y susurré:
—Te he extrañado tanto… joder, Martina, así… mira cómo me miras mientras me chupas.
Ella gimió alrededor de mi polla y la vibración me recorrió la espina. Subía y bajaba, salivando, tomándome profundo hasta que las lágrimas le brillaron un poco en los ojos, pero sin dejar de mirarme. Cuando sentí que estaba demasiado cerca la levanté con cuidado, la besé con la boca sucia de mi sabor y la senté en el borde de la mesa.
Le subí el vestido, le bajé las bragas negras y me arrodillé entre sus muslos. El olor de su coño me golpeó como un recuerdo físico. La lamí de abajo arriba, lenta al principio, saboreándola, recordando exactamente dónde se le doblaban las rodillas. Ella echó la cabeza atrás y soltó un gemido largo.
—Lucas… ay, Dios…
Le chupé el clítoris con hambre, metí dos dedos curvados dentro y la follé con la lengua y la mano hasta que le temblaron los muslos y se agarró a mi pelo. La sentí apretarse, mojarse más, y cuando empezó a venir la sujeté por las caderas para que no se escapara del placer. Gritó mi nombre en voz baja, temblando, y yo no paré hasta que se le pasó la ola.
Me levanté, me la llevé contra la pared de piedra. La levanté un poco; ella rodeó mi cintura con las piernas. Entré en ella de un empujón lento y profundo, sintiendo cómo me recibía caliente y apretada, como si su cuerpo me hubiera estado esperando. Me quedé quieto un segundo, frente a frente, frentes juntas.
—Estás igual de perfecta —murmuré—. Igual de mía en este momento.
Empecé a follarla despacio, embestidas largas y hondas que hacían que la piedra le rozara la espalda. Ella gemía contra mi boca, nos besábamos sucios, con lengua y dientes. Cada vez que llegaba al fondo ella apretaba las uñas en mis hombros y yo le decía al oído lo mucho que la había echado de menos, lo bien que me cabía, lo jodidamente enamorado que todavía estaba de ese sonido que hacía cuando la llenaba del todo.
Cuando las piernas le flaquearon la giré, la senté otra vez en la mesa y me dejé caer hacia atrás en una silla. Ella se subió encima, guió mi polla y se la hundió sola, con un suspiro largo. Empezó a montarme con movimientos circulares intensos, frotándose el clítoris contra mí mientras subía y bajaba. Nos mirábamos sin parpadear. Nos besábamos. Nos decíamos cosas a media voz:
—No me sueltes esta noche.
—No pienso.
—Quiero intentarlo de verdad.
—Yo también. Contigo. Solo contigo.
El orgasmo nos llegó juntos, casi sincronizado. Ella se corrió primero, apretándome por dentro con espasmos fuertes, y yo la seguí enseguida, llenándola con gemidos rotos y promesas torpes que salían entre jadeos. Nos abrazamos temblando, todavía unidos, sudorosos, con el corazón desbocado contra el pecho del otro.
Después nos vestimos despacio. Entre besos tiernos y risas nerviosas porque nos temblaban las manos al abrochar botones y subir cremalleras. Ella me peinó el pelo con los dedos; yo le acomodé el vestido en los hombros.
—Esto no puede ser solo sexo —dije, serio ahora, tomándole la cara entre las manos—. No quiero que lo sea. Quiero verte mañana. Hablar de verdad. De una segunda oportunidad. Si tú quieres.
Martina sonrió, esa sonrisa pequeña y esperanzada que me partía el pecho.
—Quiero. Mañana. Café. O lo que sea. Pero sí. Hablemos.
Nos besamos una última vez, despacio, sin prisa. Luego apagué la luz de la sala privada.
Y nos quedamos en silencio.
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