Rendición en la Escala de Medianoche
Fiona y Trent se reencuentran en una boda, se confiesan su amor eterno y follan salvajemente en la suite hasta correrse juntos.
La mansión de los Valderas se alzaba como un faro de mármol blanco bajo la luna llena, sus torres recortadas contra el cielo de medianoche. Fiona ajustó el escote de su vestido de seda negra mientras bajaba los escalones de piedra hacia el jardín donde se celebraba la ceremonia. Treinta y dos años, arquitecta de renombre, y sin embargo las rodillas le temblaban como la primera vez que había cruzado un umbral importante. El aire olía a jazmín y a cera de las velas que flanqueaban el altar improvisado. Bruno, el novio, su antiguo compañero de facultad, le había insistido en que viniera. «Trent será el testigo», había dicho con esa sonrisa cómplice que no delataba del todo cuánto sabía. Fiona no había respondido. Solo había empacado el vestido y el coraje.
Lo vio antes de que la música de cuerdas comenzara. Trent. Diez años no le habían robado esa forma de inclinarse ligeramente hacia adelante cuando prestaba atención, ni el modo en que la luz le dibujaba la mandíbula. Llevaba el traje oscuro de testigo como si le perteneciera desde siempre. Cuando sus miradas se cruzaron por encima de las cabezas de los invitados, Fiona sintió el golpe seco en el pecho: el mismo que había sentido la noche en que se habían perdido el uno en el otro en aquel piso de estudiantes, sudorosos, risueños, jurándose cosas que el amanecer había disuelto en silencio y arrepentimiento mutuo. Él sostuvo su mirada. No sonrió. Solo la miró como quien reconoce un territorio que creyó perdido y que de pronto vuelve a latirle bajo la planta del pie.
Durante los votos, Fiona apenas oyó las palabras. Contaba las respiraciones. Recordaba la textura de su boca, el modo en que Trent había murmurado su nombre contra su cuello aquella única noche. «Nunca debimos dejar que el orgullo hablara por nosotros», pensó, y el pensamiento le quemó. Cuando los novios se besaron y los aplausos estallaron, Trent se abrió paso entre la gente sin disimulo. Se detuvo a un paso de ella.
—Fiona —dijo, y su voz era la misma y no lo era: más grave, más llena de lo no dicho—. Diez años y sigues siendo la única persona que me deja sin aire en una habitación llena de gente.
Ella soltó una risa baja, temblorosa.
—Y tú sigues siendo un descarado. Bruno te puso de testigo a propósito, ¿verdad?
—Bruno siempre fue un cabrón con buen ojo —admitió Trent, y por fin sonrió, esa sonrisa torcida que le había desarmado el alma a los veintidós—. Baila conmigo después. No como cortesía. Como lo que somos.
No contestó con palabras. Asintió, y el roce de sus dedos cuando él le ofreció el brazo para acompañarla hacia el salón de baile le recorrió el antebrazo como una corriente.
La cena fue un tormento delicioso. Los sentaron en mesas contiguas. Cada vez que Fiona alzaba la copa, sentía la mirada de Trent. Cuando se levantó para ir al baño, él se cruzó en su camino en el pasillo estrecho y su pecho rozó la espalda de ella un segundo de más. «Accidente», murmuró él contra su oreja, pero la mano que le sujetó la cintura no temblaba de casualidad. Fiona se volvió lo justo para que sus labios casi tocaran la comisura de los suyos.
—Si sigues así —susurró—, voy a olvidar que hay doscientas personas mirando.
—Que miren —respondió Trent—. Yo solo te veo a ti desde que entré.
En la terraza, lejos del bullicio de las copas y de Yara riendo con las damas de honor, la luna bañaba el mármol en plata. Fiona se apoyó en la barandilla. Trent se colocó a su lado, tan cerca que el calor de su cuerpo le atravesaba la seda.
—Nunca dejé de desearte —confesó ella, sin mirarlo primero, porque si lo miraba se iba a romper—. Cada plano que dibujo, cada ciudad que recorro… hay un hueco con tu forma. Aquella noche… me asusté de lo mucho que te quería. Y callé. Y tú callaste. Y nos perdimos.
Trent exhaló un temblor. Su mano cubrió la de ella sobre la piedra fría.
—He soñado contigo cada noche, Fiona. No es poesía barata. Es literal. Me despierto con el sabor de tu piel y con la rabia de no haberte buscado al día siguiente. Te amé entonces. Te amo ahora. Y si el destino nos ha puesto otra vez en la misma boda de medianoche, no pienso soltar esta segunda oportunidad. Sube conmigo a la suite de la torre. Ahora. A medianoche. Rendirnos de una puta vez a lo que siempre sentimos.
Ella se giró. Le tomó la cara entre las manos. Le besó con la lentitud de quien sella un pacto, no un capricho. Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.
—Vamos —dijo ella—. Antes de que el miedo vuelva a ganar.
La suite ocupaba el último piso de la torre este. Apenas entraron, Trent cerró la puerta de un golpe suave y la luna, única luz, dibujó franjas plateadas sobre la cama de dosel y el suelo de madera oscura. Se besaron con el hambre de diez años contenidos: lenguas profundas, dientes rozando labios, manos que buscaban piel bajo la tela. Fiona sintió el endurecimiento de él contra su vientre y un gemido le nació en la garganta.
Se arrodilló primero. Desabrochó el pantalón de Trent con dedos firmes, liberó su polla gruesa, ya goteando, y la miró un segundo con devoción antes de llevarla a la boca. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal, y luego la engulló despacio, profundamente, hasta sentirla tocar el fondo de su garganta. Trent gimió su nombre —«Fiona, joder, Fiona»— mientras le acariciaba el cabello, sin empujar, solo sosteniéndola, dejándola marcar el ritmo de aquella mamada lenta y húmeda que era a la vez disculpa y promesa. Ella chupó con hambre, salivando, subiendo y bajando la cabeza, una mano rodeándole los huevos, la otra clavada en su muslo. Cada gemido de él le mojaba más el coño bajo el vestido.
Cuando él no aguantó más, la levantó como si no pesara. La tumbó en la cama, le subió la falda hasta la cintura, le bajó la braga negra con los dientes y se enterró entre sus muslos. Su lengua experta abrió los labios de Fiona, lamió el clítoris con círculos precisos, empujó dentro de ella y la folló con la boca hasta que ella se arqueó y se corrió la primera vez, gritando su nombre contra la almohada. Trent no se detuvo. Siguió comiéndosela, chupando, metiendo dos dedos curvados que le rozaban el punto exacto, hasta que el segundo orgasmo la sacudió más fuerte, dejándola temblando y empapada, la luna brillando en el sudor de su vientre.
—Mírame —pidió él al subir sobre ella, colocándose entre sus piernas abiertas. Empujó su polla dentro de golpe, llenándola hasta el fondo en una sola embestida profunda. Fiona jadeó, lo rodeó con las piernas. Se follaron en misionero mirándose a los ojos, besos constantes, frentes juntas, él entrando y saliendo con ritmo profundo y constante, ella levantando las caderas para recibirlo entero. «Te amo», susurraba él entre embestida y embestida. «Te he amado siempre». Ella respondía con uñas en su espalda y con el mismo «te amo» roto de placer.
Cuando el ritmo se volvió más salvaje, Trent la giró con suavidad pero con firmeza. La puso a cuatro patas, le aferró las caderas y la penetró de nuevo, esta vez con fuerza, embistiéndola hondo, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. Se inclinó sobre su espalda, le mordisqueó el hombro y le susurró al oído, voz ronca:
—Cuánto te amo, Fiona. Cómo te he necesitado. Esta polla es tuya. Este hombre es tuyo. Nunca más silencio. Nunca más.
Ella empujaba hacia atrás, recibiendo cada embestida, el coño apretándolo, cerca otra vez. El clímax los alcanzó juntos: ella se corrió gritando, contrayéndose alrededor de él, y Trent se derramó dentro con un gemido largo, chorros calientes que la llenaron mientras le juraba amor entre espasmos. Se quedaron unidos, temblando, hasta que las ondas cesaron.
Después, sudorosos, abrazados en la cama revuelta, rieron suavemente, la risa de quienes por fin han dejado de huir. Fiona le trazó círculos en el pecho con el dedo.
—Esta vez no nos separamos —dijo ella, voz aún ronca—. Lo digo en serio. Ni orgullo ni miedo. Tú y yo.
—Nunca —prometió Trent, besándole la sien—. He esperado demasiado.
Se incorporó un poco, todavía desnudo, el sudor secándosele en la piel a la luz de la luna. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta que había caído al suelo y sacó un pequeño estuche de terciopelo gastado por los años. Fiona lo miró, el corazón disparado otra vez, distinta clase de latido.
—Lo llevo guardado desde hace… —empezó Trent, la voz entrecortada de emoción, abriendo el estuche con dedos que apenas temblaban—. Desde antes de que el silencio nos ganara la primera vez. No sabía si llegaría el día. Pero lo traje por si el destino nos daba esta medianoche.
El anillo brilló pálido bajo la luna. Fiona contuvo el aliento. Afuera, en el jardín, la fiesta seguía, lejana. Dentro de la suite, el aire olía a sexo y a promesa a medio pronunciar. Trent sostenía el estuche entre ellos dos, la pregunta aún sin formular del todo, los ojos clavados en los de ella con una intensidad que hacía que el futuro se sintiera tan inmediato y frágil como el próximo latido.
Fiona alargó la mano, no para tomar el anillo todavía, sino para posarla sobre el pecho de él, sintiendo cómo el corazón le golpeaba desbocado. El silencio que siguió no era el de antes: era el silencio denso de lo que estaba a punto de cambiarlo todo, de la palabra que aún no había salido y de la madrugada que apenas comenzaba a asomarse tras los ventanales de la torre.
Fiona sintió el latido de Trent golpearle la palma como un tambor de guerra antigua. El anillo brillaba entre ellos, pequeño y terco, un círculo de plata antigua con un diamante que captaba la luna y la devolvía en destellos fríos. No lo tomó todavía. Solo miró ese brillo y luego los ojos de él, oscuros, desnudos de toda defensa.
—Trent… —su voz salió baja, rasgada por el sexo y por diez años de silencio—. ¿Desde cuándo lo guardas?
—Desde la mañana siguiente a aquella noche —confesó él, sin apartar la mirada—. Lo compré con el dinero de un encargo de verano. Pensé en pedírtelo al amanecer. Después el orgullo me comió la lengua y lo metí en el cajón. Cada mudanza, cada ciudad… lo llevaba conmigo. Como si el puto anillo pudiera recordarte por mí.
Ella rio, un sonido húmedo, casi un sollozo. Le acarició la mandíbula con el pulgar, sintiendo la barba de un día rozarle la yema.
—Eres un idiota hermoso —susurró—. Un idiota que me ha tenido despierta noches enteras dibujando edificios que se parecían a la forma de tu espalda. Sí. Sí, joder, sí. Pero no me lo pongas todavía. Primero… primero quiero sentirte otra vez. Quiero que me folles como si el anillo ya estuviera en mi dedo y el mundo fuera solo esta cama.
Trent soltó el aire en un temblor. Cerró el estuche con un clic suave y lo dejó sobre la mesilla, al alcance de la mano. Luego la atrajo hacia sí, rodándola hasta quedar encima, el peso de su cuerpo cubriéndola por completo. La polla, todavía semidura y resbaladiza de su propio semen y de los jugos de ella, rozó el vientre de Fiona. Él la besó despacio, lengua profunda, saboreando el resto de su propio sabor en la boca de ella. Las manos de Fiona subieron por su espalda, clavaron las uñas justo debajo de los omóplatos y lo atrajeron más cerca.
—Dime otra vez que me amas —pidió ella contra sus labios—. Mientras me la metes. Quiero oírlo cada vez que me llenes.
—Te amo —gruñó Trent, alineándose. Empujó de un solo golpe, hondo, hasta el fondo, y Fiona arqueó el cuello con un gemido largo—. Te amo, Fiona. Te amo en cada puto centímetro de esta polla que te abre. Te he amado mientras dibujabas puentes en otras ciudades y yo firmaba contratos con la mano temblando de ganas de llamarte.
Se movió con ritmo lento al principio: embestidas largas, casi ceremoniosas, que salían casi del todo y volvían a enterrarse hasta que los huevos le golpeaban el culo. Fiona levantaba las caderas al encuentro, el coño todavía sensible, hinchado, agarrándolo con contracciones involuntarias cada vez que él rozaba ese punto profundo que le hacía ver estrellas detrás de los párpados. El sonido era obsceno y hermoso a la vez: carne húmeda, respiraciones entrecortadas, el crujido lejano del dosel.
Trent se incorporó sobre las rodillas, le agarró los muslos y los abrió más, mirando cómo su polla entraba y salía brillante de ella. Con el pulgar le frotó el clítoris en círculos firmes, sin piedad. Fiona se retorció, las manos agarrando las sábanas.
—Así… joder, así —jadeó—. No pares. Me voy a correr otra vez solo de mirarte follarme.
—Entonces mírame —ordenó él, voz ronca—. Quiero ver tu cara cuando te corras en mi polla. Quiero grabarme cómo se te ponen los ojos cuando dejas de fingir que puedes vivir sin esto.
El orgasmo la alcanzó en oleadas. Se contrajo a su alrededor con fuerza, un grito ahogado que se convirtió en su nombre repetido como una oración sucia. Trent no se detuvo. Aguantó las contracciones, los dientes apretados, hasta que ella bajó un poco de la cima. Entonces la sacó de golpe, la giró de lado y se colocó cuchara, entrando otra vez desde atrás. Una mano le rodeó el pecho, pellizcándole el pezón a través de la seda todavía semienrollada del vestido; la otra le bajó entre las piernas para seguir torturándole el clítoris hinchado.
—Más profundo —suplicó Fiona, empujando el culo hacia atrás—. Fóllame como si fueras a marcarme por dentro. Como si el anillo no bastara.
Trent obedeció. Las embestidas se volvieron más cortas, más brutales, el sonido de piel contra piel llenando la suite. Le mordió el hombro, el cuello, la oreja, dejando marcas rojas que mañana tendría que esconder o exhibir con orgullo. Fiona gemía sin control, una mano atrás agarrándole el muslo, animándolo a ir más duro.
Cuando él sintió que se acercaba demasiado, se retiró otra vez. Fiona protestó con un quejido, pero él ya la estaba colocando a horcajadas sobre su cara. Ella se sentó sin vergüenza, el coño empapado y abierto sobre su boca. Trent la lamió con hambre, lengua plana recorriendo desde la entrada hasta el clítoris, chupando, metiendo la lengua dentro, bebiéndola. Fiona se balanceó sobre él, frotándose contra esa boca experta, las manos en el cabello de él, la cabeza echada hacia atrás.
—Sí… cómeme… joder, Trent, tu lengua… —balbuceó—. Me haces gorda de placer. Me haces tuya otra vez.
Se corrió así, temblando sobre su cara, los muslos apretándole las orejas, un chorro caliente que él recibió con un gemido de satisfacción. Antes de que pudiera recuperarse del todo, Trent la bajó, la puso a cuatro y la penetró de nuevo con un solo empujón salvaje. Esta vez no hubo delicadeza. La folló con la urgencia de quien ha esperado una década: manos clavadas en las caderas, embestidas que hacían crujir la cabecera contra la pared, el bajo vientre golpeándole el culo una y otra vez.
—Esta polla es tuya —le gruñó al oído, inclinándose sobre su espalda sudorosa—. Este cuerpo. Este corazón. El puto anillo. Todo. Nunca más voy a dejarte ir, ¿me oyes? Ni cuando salgamos de esta torre. Ni mañana. Ni dentro de otros diez años.
Fiona empujaba hacia atrás con la misma furia, el coño haciendo ruidos obscenos al tragarlo entero. El orgasmo construía otra vez, más bajo, más intenso, un nudo que le subía desde el útero hasta la garganta.
—Dentro —ordenó ella—. Córrete dentro otra vez. Quiero sentirte gotear por los muslos cuando diga que sí delante de todo el mundo. Quiero tu semen como promesa.
Trent se quebró con un gemido animal. Se derramó profundo, chorros calientes que la llenaron mientras ella se corría a su alrededor, apretándolo, exprimiéndolo, gritando su nombre contra la almohada. Se quedaron unidos, temblando, el sudor mezclado, la luna ya más baja dibujando nuevas franjas en la cama revuelta.
Lentamente se desplomaron de lado, todavía enlazados. Trent no salió de ella. Permaneció enterrado, suave ahora, mientras le besaba la nuca y le acariciaba el vientre con dedos perezosos. Fiona tomó el estuche de la mesilla. Lo abrió. El anillo destelló. Ella se lo puso en el dedo anular de la mano izquierda con manos temblorosas y lo miró alzando la mano hacia la luz.
—Queda perfecto —murmuró—. Como si hubiera estado esperando este dedo todo este tiempo.
Trent le besó los nudillos, luego el anillo, luego la boca otra vez, un beso lento y lleno de sal y de futuro.
—Mañana —dijo contra sus labios— tendremos que bajar. Bruno va a sonreír como el cabrón que es. Tu madre va a llorar. Mis socios van a preguntar cuándo nos mudamos a la misma ciudad. Y yo voy a querer follarte otra vez en cuanto cerremos la puerta de cualquier habitación que elijamos.
Fiona sonrió, pero algo se le agitó en el pecho: no miedo, sino la magnitud de lo que acababan de desatar. El anillo pesaba de un modo delicioso y aterrador a la vez. Afuera, la música de la boda se había apagado casi del todo; solo quedaban risas lejanas y el rumor del mar al otro lado de los acantilados. La madrugada empezaba a teñir de gris el horizonte tras los ventanales.
—Entonces no bajes todavía —susurró ella, girándose entre sus brazos hasta quedar frente a frente, la polla de él resbalando fuera con un hilo brillante de semen—. Quédate. Fóllame despacio una vez más. Quiero que el sol nos encuentre todavía unidos. Quiero oírte decir mi nombre cuando la luz entre y ya no podamos fingir que esto es solo una noche robada.
Trent la miró con una intensidad que le apretó las entrañas. Le acarició la mejilla, el cuello, el pecho donde el corazón le galopaba.
—Una vez más —aceptó—. Y después otra. Y después hablaremos de pisos y de anillos y de cómo le digo al mundo que por fin eres mía. Pero ahora… ahora solo tú. Solo esto.
La levantó con suavidad hasta que ella quedó a horcajadas otra vez. La polla, ya recuperándose, rozó su entrada resbaladiza. Fiona se impaló despacio, centímetro a centímetro, gimiendo cuando lo sintió crecer dentro de ella otra vez. Empezaron a moverse con un ritmo casi hipnótico, frentes juntas, respiraciones compartidas, el anillo brillando cada vez que ella apoyaba la mano en su pecho.
Afuera, la primera luz pálida rozaba las torres. Dentro, el placer volvía a subir, más dulce, más profundo, cargado de todas las promesas que aún no habían pronunciado del todo. Trent la miró a los ojos mientras la embestía hacia arriba y murmuró, voz rota de emoción y de deseo:
—Hay algo más que tengo que decirte antes de que amanezca del todo… algo que no cabe solo en un anillo.
Fiona apretó alrededor de él, el orgasmo ya lamiéndole los bordes, el corazón en la garganta.
—Dilo —jadeó—. Dilo mientras me follas. Lo que sea.
Pero Trent solo la besó, profundo, y aceleró el ritmo, dejando la confesión a medias colgando entre ellos como el siguiente latido que aún no llegaba, mientras la suite se llenaba otra vez del sonido de dos cuerpos que por fin habían dejado de huir y de la madrugada que se negaba a esperar.
Trent aceleró el ritmo sin soltarle la mirada, las caderas empujando hacia arriba con una fuerza contenida que hacía que Fiona se hundiera hasta el fondo una y otra vez. El anillo de plata antigua brillaba en su dedo anular cada vez que ella apoyaba las manos abiertas sobre el pecho sudoroso de él; el diamante captaba la primera luz grisácea que entraba por los ventanales y la devolvía en destellos fríos sobre la piel de ambos. Ella gemía con cada embestida, el coño todavía resbaladizo de los corridas anteriores, apretándolo con contracciones rítmicas que le robaban el aliento a Trent.
—Dilo —insistió Fiona, la voz rota, inclinándose hasta que sus pechos aplastaron el torso de él y el aliento caliente le rozó los labios—. Lo que sea que no quepa en el anillo… dilo mientras me follas. Quiero sentirlo dentro y oírlo fuera.
Trent la besó en lugar de responder, lengua profunda, saboreando la sal de su propia piel en la boca de ella. La sujetó por la cintura y la levantó apenas lo suficiente para que solo la punta de su polla quedara dentro, goteando, antes de soltarla de golpe y enterrarse hasta los huevos. Fiona gritó contra su boca. Él repitió el movimiento, lento al principio, casi cruel, dejándola sentir cada vena, cada pulso, el modo en que la abría otra vez después de diez años de vacío.
—Te amo más de lo que un puto anillo puede sostener —gruñó por fin, voz ronca contra su cuello mientras la embestía hacia arriba con ritmo creciente—. Te amo con la rabia de todas las mañanas en las que me desperté solo. Te amo con cada plano que firmaste sin mí y cada contrato que yo firmé con la mano temblando. Y hay más, Fiona. Hay algo que llevo guardando igual que el anillo… pero primero quiero correrme tan hondo que lo sientas mañana cuando camines entre los invitados.
Ella se enderezó, cabalgándolo con furia nueva. Las manos de Trent subieron a sus pechos, pellizcando los pezones endurecidos hasta que ella arqueó la espalda y el coño se le cerró alrededor de él como un puño mojado. El sonido era obsceno: piel húmeda contra piel, el chapoteo de su semen anterior mezclado con los jugos frescos de ella, las respiraciones entrecortadas que llenaban la suite. Afuera el cielo empezaba a teñirse de un rosa pálido; dentro, el dosel crujía al ritmo de las caderas.
Trent no aguantó la posición mucho más. La rodó con suavidad pero sin pedirle permiso, quedando él encima, rodillas abiertas, polla todavía enterrada. Fiona abrió las piernas más, talones clavados en los muslos de él, y lo recibió entero cuando él empujó. Ahora el ritmo fue más salvaje: embestidas cortas y profundas que hacían golpear la cabecera contra la pared de piedra. Él le mordió el hombro, el cuello, la curva del pecho, dejando marcas rojas que la luz del alba iba a delatar. Ella le arañó la espalda, hundiendo las uñas justo donde los omóplatos se movían con cada embestida.
—Más —suplicó—. Fóllame como si el sol no fuera a salir nunca. Como si solo existiéramos tú, yo y esta cama.
Él obedeció. Sacó la polla casi del todo, la frotó contra el clítoris hinchado dos, tres veces, y volvió a entrar de un solo golpe brutal. Fiona se corrió en seco, un grito ahogado que se quebró en su nombre repetido. Las paredes de su coño lo exprimieron con fuerza, calientes, convulsas. Trent aguantó los dientes apretados, sudor cayéndole de la frente a los pechos de ella, hasta que las ondas bajaron un poco. Entonces la sacó, la giró de lado y se colocó cuchara otra vez, entrando desde atrás con una lentitud deliberada que contrastaba con la urgencia de hace un momento.
Una mano le rodeó el vientre, subiendo hasta pellizcarle el pezón; la otra bajó entre sus muslos y le abrió los labios para frotar el clítoris con dos dedos firmes, resbaladizos. Fiona empujaba el culo hacia atrás, buscando más profundidad, el anillo brillando cada vez que agitaba la mano izquierda contra la sábana.
—Así… joder, Trent, así de hondo —jadeó—. Me tienes gorda de ti. Me tienes llena y todavía quiero más.
—Porque eres mía —susurró él al oído, mordiéndole el lóbulo—. Esta polla es tuya desde aquella noche de estudiantes. Este cuerpo. Este puto corazón que no ha latido bien en diez años. Y el anillo… el anillo es solo el principio.
Se movieron así un rato largo, el ritmo hipnótico de quien ya no huye: él entrando y saliendo con embestidas largas que la llenaban por completo, ella contrayéndose a propósito para sentirle cada centímetro. El semen anterior resbalaba por el muslo interno de Fiona, tibio, y él lo recogía con los dedos para untárselo otra vez en el clítoris. El placer volvía a construir, más bajo, más denso, un nudo que le subía desde el útero hasta la garganta.
Cuando sintió que ella estaba cerca otra vez, Trent se retiró. Fiona protestó con un quejido animal, pero él ya la estaba levantando, llevándola hasta el borde de la cama. La puso de pie, de espaldas a él, mirando por el ventanal donde la madrugada teñía de oro las torres y el mar lejano. Le levantó una pierna, apoyó el pie de ella en el alféizar bajo, y entró desde atrás con un empujón que la hizo jade ar contra el cristal frío.
—Mira —ordenó, voz ronca, una mano en su cadera y la otra rodeándole el cuello con suavidad posesiva—. Mira cómo amanece mientras te follo. Mañana todo el mundo va a saber que eres mía. Pero ahora solo el sol y yo te vemos correrte.
Fiona apoyó las palmas en el cristal. El contraste entre el frío del vidrio y el calor de la polla que la abría la hizo temblar. Trent la embistió con fuerza constante, el bajo vientre golpeándole el culo, los huevos húmedos chapoteando. Ella empujaba hacia atrás al mismo ritmo, el coño haciendo ruidos obscenos al tragarlo entero una y otra vez. El anillo tintineaba contra el cristal cada vez que ella movía la mano.
—Voy a… joder, Trent, me corro —avisó, la voz quebrada—. Me corro otra vez. No pares. No me sueltes.
Él no paró. Le frotó el clítoris con el pulgar mientras la follaba, embestidas cada vez más cortas y brutales. Fiona se vino gritando su nombre contra el ventanal, las piernas temblando, el coño exprimiéndolo con espasmos tan fuertes que a Trent se le nubló la vista. Apenas ella bajó de la cima, él la giró, la levantó como si no pesara y la sentó en el alféizar ancho. Entró de frente, piernas de ella rodeándole la cintura, y la besó mientras la embestía hacia arriba.
Ahora sí. El ritmo final. Frentes juntas, respiraciones compartidas, el anillo atrapado entre sus pechos sudorosos. Trent le miró a los ojos y dejó de contenerse.
—Te amo —gruñó entre embestida y embestida—. Te he amado cada puto día. Y me corro dentro. Ahora. Contigo.
Fiona se contrajo alrededor de él con un grito largo. El orgasmo la sacudió desde las entrañas, oleadas que le cerraron la garganta y le hicieron clavar las uñas en los hombros de él. Trent la siguió un segundo después: un gemido animal, las caderas pegadas a ella, chorros calientes y espesos que la llenaron una vez más mientras le besaba la boca abierta y le juraba amor entre espasmos. Se quedaron unidos, temblando, el semen de él rezumando ya por donde estaban unidos, la luz del sol naciente bañándoles la piel sudorosa.
Despacio, sin salir del todo, Trent la bajó de nuevo a la cama. Se desplomaron de lado, todavía enlazados, piernas enredadas, el corazón de ambos golpeando como si quisiera salirse del pecho. Fiona le acarició la mandíbula con el dedo que llevaba el anillo, sonriendo cansada, feliz, el coño aún pulsátil alrededor de la polla que se ablandaba dentro de ella.
—Ahora —susurró, voz ronca de tanto gritar—. Dime esa cosa que no cabe en el anillo. Lo que ibas a confesarme antes de que amanezca del todo.
Trent la miró. Le besó los nudillos, el anillo, la comisura de los labios. Afuera las torres se teñían de oro completo; dentro, el aire olía a sexo y a jazmín que entraba por la ventana entreabierta. Se quedó un segundo en silencio, acariciándole el pelo pegado a la sien, y entonces habló con la voz baja y clara de quien por fin suelta el último secreto.
—Bruno no te trajo aquí solo por casualidad —dijo—. Yo supe hace tres meses que ibas a venir. Alquilé esta suite el mismo día. Y… hay más. Hace dos años compré la casa de los acantilados, la que se ve desde aquí cuando baja la marea. La que siempre dibujabas en las servilletas cuando teníamos veintidós. Está amueblada. Tiene tu estudio en la torre este y mi despacho en la oeste. Las llaves están en el cajón de esa mesilla desde anoche. No te lo dije antes porque necesitaba saber si todavía me querías lo bastante como para no salir corriendo. Ahora lo sé. Y mañana, cuando bajemos, no vamos a ninguna otra parte. Vamos a esa casa. Juntos. Para siempre.
Fiona se quedó sin aire. El anillo pesaba de pronto de un modo distinto en su dedo. Él ya lo había construido todo en silencio, durante años, mientras ella creía que solo soñaba. Trent la atrajo más cerca, todavía dentro de ella, y le besó la frente mientras la primera luz verdadera del día entraba del todo y la fiesta lejana se apagaba por completo.
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